Ladrona
Capítulo 20
Jorge Pelez está a punto de llegar a su casa cuando ve un coche de la policía aparcado delante del club de tenis. Instintivamente reduce la velocidad y su cuerpo se pone en tensión presintiendo el peligro.
También ve un camión de los bomberos en la esquina de su casa y cuando avanza un poco más, se da cuenta de que hay otro camión y dos coches más de la policía. Tienen la puerta de su garaje abierta y entran y salen de ella como si fuese suya. Los maldice a todos y se aferra con fuerza al volante para contener el impulso que siente de bajar y matarlos a todos.
Ve una pequeña columna de humo y frena el coche en seco al darse cuenta de que procede del garaje o de muy cerca, y entonces lo sabe, sabe que la policía ha descubierto su secreto y rápidamente gira en medio de la calle y se marcha por donde ha venido. El agente que hay junto al vehículo cortando el paso de la calle que da acceso a la entrada donde vive Jorge Pelez, ve un todoterreno negro dar la vuelta en mitad de la calle. A él nadie le ha dicho todavía que se ha emitido una orden de detención contra Jorge Pelez, así que piensa que es algún vecino que, al ver el percal, ha decidido dar la vuelta y acceder a su calle por otro sitio. Eso le costará la vida a una persona esta noche.
Jorge Pelez sale de la urbanización y conduce hasta un desvío que lleva a un camino rural. Se adentra unos cientos de metros y se detiene en un lado. Las manos le sudan y está tan nervioso que no puede centrarse. La rabia va y viene haciéndolo enrojecer de ira y luego se mezcla con un pánico desconocido, el que le produce la idea de acabar en la cárcel. Saca su móvil del bolsillo, lo desbloquea y va a las últimas llamadas, está seguro de que su vecina de enfrente, esa vieja estúpida y cotilla a la que de repente se imagina abriéndole la cabeza con un hacha, habrá llamado a su mujer para contarle lo que ha pasado.
Está a punto de llamarla para ver si sabe algo cuando la pantalla se ilumina y en ella aparece el nombre de su padre, el diputado Eusebio-Martín Pelez.
—¿Qué? —responde Jorge de malas formas.
—¿Qué? ¿Te atreves a preguntarme, maldito imbécil? Eres un puto inútil y esta vez estás solo. Con lo que la policía ha encontrado en esa maldita maleta no te salva ni el rey. A ver cómo le explico a tu madre todo esto antes de que salga por las noticias. Eres un sádico y un depravado —escupe con asco.
Su padre sigue mascullando insultos y a Jorge no le importa porque sabe que es un falso y solo está haciendo su papel de hombre indignado, pero él sabe que está más enfadado por cómo afectará el escándalo a su carrera política que por las atrocidades de las que acusan a su hijo.
—Algo podrás hacer —dice Jorge impasible.
Ahora se mira la uña del dedo índice, se le ha astillado y se la muerde con parsimonia.
—¿No te parece que ya he hecho suficiente? —berrea su padre resoplando—. El juez Gregorio Malaña me ha dicho que si te entregas lo puede arreglar para que tengas ciertos privilegios dentro de la cárcel…
—¡No voy a entregarme! —pierde los nervios su hijo, después cuelga el teléfono y se baja del coche para lanzarlo bien lejos. Sabe que la policía no tardará mucho en intervenir su línea.
Se mesa el pelo y de repente la imagen de la subinspectora Deba Navarro frente a su casa vuelve a aparecer en su mente como lo lleva haciendo cada hora desde que la vio. Jorge Pelez vuelve a tener una erección y los labios le tiemblan de desesperación. Vuelve a sentir el olor a cerrado y a tubo de escape de aquel aparcamiento, vuelve a ver a la subinspectora en el suelo indefensa, y vuelve a sentir todo lo que sintió cuando la violó follándola como un salvaje. Jorge no se corre, como esta mañana en la ducha o anoche cuando se follaba a su mujer pensando en ella. Lanza una maldición y la rabia y la frustración crecen dentro de él sin control. Pone en marcha el coche mientras piensa en todo lo que debe hacer.
Deba está en casa de Maya, sentada en el sofá, pensativa. No se siente bien por la media discusión que ha tenido antes con la ladrona, y mucho menos después de ver el porrazo que tiene en la cadera. Maya está sentada a su lado, vestida con las bragas y una camiseta mientras
aplasta con su mano una bolsa de hielo envuelta en un trapo sobre el golpe.
Quiere disculparse con ella por su comportamiento de antes, sabe que ha reaccionado mal y que lo que Maya ha hecho es la muestra de afecto más grande que nadie ha tenido con ella jamás. Ha arriesgado su vida y su libertad para desenmascarar al hombre que le destrozó la vida, y ella ha sido completamente egoísta en ese momento, porque sabe que el verdadero motivo de su enfado ha sido el miedo que ha sentido ante la idea de que podía haberla perdido.
Maya deja la bolsa con hielo a un lado y se mira el golpe mientras pasa el dedo índice con cuidado por encima.
—¿Te duele? —pregunta Deba girándose hacia ella.
—Casi nada, mañana estoy como nueva y podré saltar más vallas
—bromea la ladrona.
Deba tuerce el gesto y cabecea suspirando. Maya Vidal no tiene remedio, es lista, es guapa y necesita dosis elevadas de adrenalina de vez en cuando para sentirse viva. Deba lo acepta con resignación y se sienta a horcajadas sobre ella ante la mirada de sorpresa de la ladrona.
—¿Ya no estás enfadada?
—Solo un poco, pero se me pasará cuando me des lo que me has prometido esta mañana.
Por mucho enfado que tiene, a la subinspectora no se le ha terminado de bajar el calentón con el que la ha dejado Maya antes de irse, no se le ha bajado o simplemente se reaviva como cada vez que la ve. Cuando la ladrona coloca las manos sobre sus muslos y las desliza hacia sus caderas sobre el pantalón de su pijama, algo le arde por debajo del vientre. No sabe explicarse qué es con exactitud porque no recuerda haberse sentido tan necesitada antes. Cierra los ojos con fuerza para intentar calmarse porque no quiere correr, pero lo único que le pide su cuerpo a gritos es que Maya la toque, y que lo haga rápido porque esa sensación se la está comiendo por dentro. El corazón le late entre las piernas y su interior burbujea de placer solo de imaginarlo. Su excitación desmesurada la asusta y su reacción también, porque acaba de coger la mano de Maya y ella misma ha levantado la tela de su pijama y sus bragas para introducirla debajo.
—Necesito que me toques ahora —la voz casi no le ha salido, ha sonado más como un jadeo prolongado que ha hecho suspirar a Maya
antes de obedecer y deslizar sus dedos por el interior resbaladizo y ardiente de la subinspectora.
Deba suelta un bufido desesperado y siente como la corriente le recorre cada centímetro de piel. No ha soltado la mano de Maya y es ella misma la que empuja sobre esos dedos, ha cerrado los ojos con fuerza y echado la cabeza hacia atrás mientras sus caderas bailan en forma de círculo a un ritmo frenético. Maya la observa con el aliento congelado en sus pulmones y la boca abierta. La imagen le parece tan erótica que no puede aguantarse e introduce su otra mano por debajo de sus bragas para tocarse y calmar la desesperación que siente.
Cuando Deba ya no puede más, se agarra con ambas manos al cuello de Maya y se corre mirándola a los ojos, la ladrona trata de contenerse porque quiere seguir disfrutando del espectáculo, pero su cuerpo no obedece y convulsiona debajo de la subinspectora proporcionándole un orgasmo largo y prolongado que hace que por poco se le salten las lágrimas.
Cuando sus cuerpos se relajan las dos se abrazan con una fuerza desmedida, como si temiesen que alguien fuese a arrebatarles a la otra y, cuando ya no les quedan fuerzas, empiezan a reírse.
—Siento lo de antes —se disculpa Deba cuando su respiración se normaliza.
—No pasa nada.
Maya besa su hombro y Deba se retira hacia atrás para contemplar su rostro. No se cansa de mirarla y se pasaría así el resto del día, pero no puede porque su teléfono acaba de empezar a sonar en la habitación.
La subinspectora se levanta para ir a cogerlo y Maya aprovecha para coger el suyo y escribirle a su amiga Inés para preguntarle si está más tranquila y darle las gracias por todo sin especificar nada.
—Me acabo de preparar un baño con sales y velas aromáticas, si eso no me relaja tendrás que pagarme la visita con el psicólogo —
responde Inés haciendo reír a Maya.
Deba vuelve en ese momento, acaba de colgar y tiene el móvil en la mano y una cara de estupefacción que asusta a Maya.
—¿Qué pasa? —pregunta preocupada.
—Era el bombero. La policía tiene la maleta.
Maya sonríe y se levanta para abrazar a Deba, que llora sacando toda la mierda que ha tenido que aguantar todo este año sabiendo quién era su agresor y sin poder hacer nada para detenerlo.
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