Las caras
Capítulo 12
Tejía sentada en la cama. Cinco del derecho y cinco del revés. Estaba haciendo un agarrador para las ollas y la lana se le clavaba en el dedo índice, como le ocurría en clase de manualidades cuando iba a la escuela.
Cinco del derecho y cinco del revés, sentía orgullo por saber hacerlo. Cada cinco puntos, una gota caía del grifo de la bañera, sin fallo. Cada cosa tenía su orden y su sistema. Habían retirado el cinturón de la cama. La habían dejado bañarse con agua caliente limpia porque ya no tenían razones para atentar contra su vida. Tomaba todo lo que le daban, pues ahora que estaba loca ya no lo envenenaban. Todas las caras estaban nítidas y despabiladas como después de una larga noche de sueño, y Gitte ya no utilizaba la de la enfermera Poulsen, que había vuelto a su ser como un niño agotado regresa a casa tras vagar por senderos extraños, desconocidos. Solo la hacía dudar el celador Petersen, que aún conservaba los ojos irónicos y melancólicos de Gert; estarían limpiando los suyos. Se las arreglaba esquivando su mirada.
La señorita Anesen le cortó las uñas y se las limpió, y un día le prestó un espejo donde vio una cara nueva y muy joven sin las arrugas de antaño, como si le hubiesen pasado una plancha. Ni el triple collar se veía apenas, como si el tiempo hubiese ido hacia atrás igual que la bobina de un magnetófono. Mogens ya no lo llevaba por las noches; al fin y al cabo, él también tenía que dormir antes de ponerse la cara de su padre todas las mañanas. Las voces cada vez se oían más de tarde en tarde, y sus palabras eran dulces y lánguidas, como las que se pronuncian después de un trabajo bien hecho. Ya la dejaban ir sola a un baño sin cerrojo. Las demás pacientes
abrían la puerta y al verla murmuraban una disculpa entre dientes. Tenían todas la cara blanca de luna llena y no conseguía distinguirlas a unas de otras. Cuando el doctor Jørgensen decía que ya era hora de salir del baño, ella suplicaba que la dejaran quedarse como si le fuese la vida en ello. No quería apartarse mucho de Gitte, a quien muy de cuando en cuando lograba engatusar para que se asomase por la rejilla de las negociaciones. Ya no se dejaba ver en la de las torturas. Había dejado de atormentar a Søren desde el día en que Lise sacrificó la cara de su hijo para salvar la suya. No era una sádica, y si había recurrido a la crueldad había sido por motivos de fuerza mayor.
Una noche entró la enfermera Nordentoft a preguntarle si quería ver la televisión con las demás pacientes. Ella recordó que esa era la sala donde estaban las voces de la señora Kristensen y no tenía derecho a oírlas, pero a través del micrófono de la almohada Gitte le dijo que debía ir, porque había un mensaje importante para ella. Se dejó envolver en el albornoz, metió los pies en las zapatillas y se adentró en aquel cuarto extraño del brazo de la señora Nordentoft. Estudió con detenimiento la cara del presentador, parecidísima a la del doctor Jørgensen. Estaba hablando de disturbios en París, donde estudiantes y obreros se manifestaban contra el presidente. Se veían fogonazos de las luchas en las calles. Los manifestantes dejaban caer las pancartas y se abalanzaban sobre la policía, que descargaba en sus hombros y en sus cabezas todo el peso de las porras. Había hogueras y el gas lacrimógeno inundaba las calles como ácido sulfúrico y cegaba las caras de los jóvenes, cubiertas con manos frágiles y transparentes que, en realidad, no suponían ninguna protección. Presa de la excitación, sintió un júbilo salvaje al ver una imagen del presidente desgarrada por cuchillos. De repente, observó que Gitte salía de entre la multitud y recogía una pancarta a los pies del Arco de Triunfo. Su rostro llenó toda la pantalla hasta que extendió los brazos y alzó el cartel. Lise leyó unas palabras escritas con letra infantil y solemne. Ponía: ¡AMA A TODOS O A NINGUNO! Su excitación se
apagó de inmediato como las llamas de un fuego que no recibe alimento.
Por su mente pasó el bálsamo de unos versos antiguos:
... si no deseas sufrir penas ni duelos,
nada has de amar en este mundo nuestro. 1
Perdió interés por cuanto iba pasando por la pantalla del televisor. Trató de pensar en sus hijos, pero había olvidado sus caras. En su lugar, vio el rostro de un muchacho de su calle. Era mucho mayor que ella, pero se despidió con solemnidad de su infancia ante los niños del rincón de la basura. Me voy a España, dijo, a dar la vida por la libertad. Ella lo amaba porque estaba a punto de morir. En una ocasión, había saltado por la ventana de la escalera desde el segundo piso del principal. Aquella caída le valió el respeto y la admiración de todos, pero regresar a casa del hospital con la cadera desviada marcó su suerte. Un pie le quedó colgando un centímetro por encima del otro y sus ojos veían algo que nadie más alcanzaba a ver. Pronto una bala enemiga le daría en el corazón, y la pena, el tedio y la pobreza no volverían a su boca en forma de náusea.
—Estoy cansada —le dijo a la enfermera, que estaba sentada junto a ella
—. Quiero acostarme.
Ahora ella misma se levantaba la ropa cuando la pinchaban, y enseguida el cerebro se le quedaba embotado y vacío como un espejo que no refleja nada ni a nadie. Dormía a pierna suelta y sin sueños, y las terribles imágenes de detrás de los párpados ya no volvieron. También se habían esfumado la cara y la voz de Hanne, y de las tres que quedaban, la de su madre era la peor.
—¿Te acuerdas —le reprochaba desde su cañería— del día que estabas sola en casa y rompiste aquel jarrón que tanto me gustaba por pura maldad?
—Sí —contestó ella—, pero desde entonces no he dejado de lamentarlo.
—Eso no va a devolvérmelo —respondió su madre con sequedad—, era un jarrón de casa de mis padres, el único recuerdo que conservaba de mi
madre. Nunca has tenido corazón.
—Es que no quería repetir vuestra vida —se defendió ella—, quería vivir la mía.
—Cuando en casa no había nada que comer, te ibas a que te diera la puta de al lado. Qué poco te importaba si nosotros comíamos algo o no.
—Es verdad —admitió—, pero ya he recibido mi castigo. Hoy soy tan pobre como vosotros entonces.
Entró el doctor Jørgensen sin la bata, con un elegante traje a medida y una camisa tan blanca que parecía que había estado tomando el sol.
—Tiene usted muy buen aspecto —observó satisfecho—, ¿no se encuentra mejor?
—Estoy loca —anunció ella, contenta.
—No está tan mal como antes. ¿En qué se siente loca?
—Me dan lo mismo mis hijos —explicó Lise—. Ya casi los he olvidado.
—Volverán —le aseguró él—, y los querrá de nuevo tan pronto como los vea.
—Sí —dijo ella—, pero solo si antes siento algo por los mineros españoles, por los escritores rusos encarcelados y por los presos políticos griegos.
—¡Pero no son nada suyo! —exclamó asombrado—. No puede usted sentir nada por gente a quien nunca ha visto.
—Es un individualista —intervino Gitte llena de desdén—, no entiende ni una palabra.
Algo confusa, se quedó observando la cara bronceada y próspera del médico, que despedía un suave aroma a loción de afeitar.
—¿Ha saldado usted su deuda? —le preguntó.
—¿A qué se refiere? No tengo ninguna deuda.
Sonriendo, el doctor le pasó un dedo de arriba abajo por la nariz.
—Cierra la boca —dijo Gitte—. Lo hemos comprado. Ya no lo necesitamos.
—A nada —contestó Lise—. Es solo algo que se me ha pasado por la cabeza.
—¿No ha venido a visitarla su marido? —preguntó él—. Le alegraría saber que ya se está curando.
—No —dijo ella en un arrebato de confianza—. Se va a casar con Hanne ahora que estoy loca y así después dará igual.
Él la observó pensativo unos segundos mientras la sombra de su antigua confianza en él pasaba rozando a Lise.
—O sea, ¿que cree que mantienen una relación? —preguntó el médico con lentitud.
—Claro —respondió ella con calma—, desde hace mucho.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Los propios interesados. Y usted lo sabe también. Le dieron cincuenta mil coronas para que me quitase de en medio.
—¿Decía usted ya esas cosas cuando vivía en su casa o comenzó todo aquí?
Lo pensó bien.
—Empecé a decirlo aquí —admitió al fin.
—Yo creo que no es verdad —afirmó él—. No crea todo lo que le dicen las voces. A veces mienten.
—El muy hipócrita —dijo Gert con desprecio—. Nunca he podido soportarle. Fue él quien hizo que no te importase mi infidelidad, y no era esa mi intención. Te alejó de mí, y ahí comenzaron todas nuestras desgracias.
Asustada, se batió en retirada.
—No sé de qué voces habla —aseguró—. Yo no oigo nada.
—Bueno, lo que usted diga.
Le pasó el pelo recién lavado por detrás de la oreja y le dio una palmadita en la mejilla.
—¿Le parece bien que Gitte venga a verla? —preguntó—. Me ha pedido permiso.
—Di que sí —ordenó Gitte—. No será más que una copia.
—Sí —dijo ella, obediente—, me parece bien.
—A partir de mañana tendrá que resignarse y estar con las demás —
anunció el doctor Jørgensen—. Nos hace mucha falta un cuarto de baño; además, esto tampoco es que sea muy acogedor.
—No, por favor —suplicó atemorizada—. No quiero alejarme de las voces.
Se arrepintió de inmediato.
—Me refiero a usted y a las enfermeras —añadió sin demasiada convicción.
—Las voces irán con usted —prometió él con seriedad—. También estarán ahí fuera.
—¿Tardaré mucho en volver a casa? —preguntó—. No pienso denunciarle, y puede usted quedarse con el dinero. Además, la policía no me creería ahora que estoy loca.
Levantó los brazos por encima de la cabeza como si pretendiera demostrar lo inofensiva que era. Inocua, alguien de quien no valía la pena ocuparse. Esa era su actitud en el colegio. Recordó el encuentro con Minna en la unidad de intoxicados. «Con lo tonta de remate que nos parecías a todas.» El mundo no tenía que temerla, o de lo contrario ella temería al mundo. Era un duro golpe cuando lo olvidaba y dejaba ver aspectos de sí misma que ahora rechazaba, como en la maldita entrevista que Gitte y su madre habían sacado a colación.
—Volverá a casa en cuanto esté bien.
—Pues voy a tener que aprender a hacer pan blanco.
—No creo que sea muy difícil —dijo él con una sonrisa.
Cuando se fue, Gitte asomó por la rejilla de las negociaciones. Tenía la cara tan apretada contra el metal que se le había aplastado la nariz.
—Lo has hecho fatal —le reprochó—. Tienes que aprender a comportarte como si estuvieses cuerda. Es solo cuestión de práctica. Y lo mismo con mi copia. Cuando venga, háblale como hacías en casa con la gente de casta inferior a la tuya.
—Yo no te veía así —replicó asustada—. Mi origen no es el mejor.
Todos los seres humanos han nacido iguales, lo pone en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos.
—No quieras tanto a América —le advirtió Gitte— hasta que se retire de Vietnam.
—Siempre he detestado el mundo más allá de la esquina de mi casa —
dijo en un tono tan bajo que no creyó que Gitte la hubiese oído.
—Por eso te pegaste a tus hijos como una lapa y estuviste a puntito de asfixiarlos. ¿Te acuerdas de ese poemita de Henry Parland que tanto te gustaba? Recítalo para mí.
Obedeció, y cuando las palabras empezaron a deslizarse más allá de sus labios, tuvo la sensación de no haberlas entendido de verdad hasta ese momento:
Una madre vino a mí:
dígame
¿qué es lo que le falta
a mi amor?
Mis hijos no me quieren
como yo a ellos.
Le dije:
indiferencia,
un poco de refrescante indiferencia
es lo que le falta a tu amor
—entonces se marchó
mirando al suelo. 2
—Sí —dijo Gitte—, y solo lo has comprendido cuando te ha dado igual la cara de Søren. Pero no durará siempre. Cuando empieces a sentir algo por la humanidad que sufre, también volverás a querer a Søren.
Ella se dijo que entonces la cuestión sería si Søren podría quererla a ella.
¿Llegaría a perdonarle que lo hubiese abandonado para salvar el pellejo?
Gitte desapareció y todas las voces enmudecieron. La dejó pasmada un tenue rayo de sol que entró por el ventanal alto. ¿Sería ya primavera en el exterior? No tenía la menor idea de cuánto tiempo llevaba allí.
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