Las caras

Tove Ditlevsen · Capítulo 5 de 17

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Las caras

Capítulo 4

Había una vez una mujer que era una auténtica bruja malvada. La mujer tenía dos hijas. Una era fea y mala, pero ella la quería, porque era de su sangre. La otra era guapa y buena, pero ella la odiaba, porque era su hijastra...

—La fea es Hanne y la guapa es Gitte.

—¿Y entonces yo soy la bruja malvada?

Abrazó a Søren con más fuerza y observó sonriente su carita, que de pronto tenía mucho más de sus siete años. La había gastado con tanta rapidez que había tenido que ponerse una del futuro, porque aunque a nadie se le ocurriría darle a un niño de una vez todo el regaliz que consumiría en su infancia, las reservas de tiempo de la infancia, en cambio, no se administraban. Gert siempre repetía lleno de un orgullo ingenuo que era un chiquillo muy adelantado para su edad, y no se paraba a pensar en las temibles perspectivas que encerraba aquella frase.

—Sí, tú eres la bruja.

Se echó a reír con aire socarrón mirándola con esa sincera falta de empatía que solo tienen los niños.

Ella continuó leyendo aquella rara edición de los cuentos de los hermanos Grimm que en tiempos más felices había buscado en todas las librerías de viejo. Leía sin comprender las palabras. Søren se recostó en la almohada. Su aliento desprendía un vago olor a comida, porque Gitte aseguraba que cepillarse los dientes producía caries. Volvían a zumbarle los oídos. Había estado así toda la tarde, desde que Nadja se había ido. Pero al

entrar en el cuarto en desorden de Søren se le había pasado. El zumbido regresó apenas pronunció el nombre de Gitte; siempre lo tenía en la punta de la lengua, como la saliva. Regresó para recordarle el cuarto de baño y sus largas, retorcidas y misteriosas cañerías, tubos cuya función solo conocían los fontaneros. Ella, en cambio, de fontaneros no sabía nada, y pensó en la Rapunzel de su infancia, la niña de largas trenzas doradas del piso de abajo, que a los quince años se quedó embarazada de un fontanero viejo y beodo. Lo había odiado toda la vida por arrebatarle un hermoso sueño y ahora él se vengaba con ese zumbido. El zumbido en los oídos podía curarlo un médico, que era mejor fontanero que el otro. Pero hacía complicado distinguir las voces, como si de repente estuviera un poco sorda.

Al terminar el cuento descubrió que Søren se había quedado dormido.

Siempre era algo tan brusco como el disparador de una cámara de fotos. El niño dormía y de pronto ella sintió que estaba de más. El ruido del televisor tenía un timbre amenazante, como si un mundo hostil la llamara y la urgiera al compromiso. Unos versos cruzaron por su mente:

... echas en falta unas alas,

la tierra te ha quemado los pies...

y la reconfortaron tanto que fue capaz de salir de la habitación y entrar a ver a los demás como quien entra en un sueño recurrente en el que sabe que todo está decidido y no hay nada que cambiar.

El teléfono sonó cuando pasaba junto a él por el pasillo. Contestó y dijo su número. Siento molestarla, se disculpó una voz femenina vivaz y juvenil.

Llamo del Aktuelt. Estamos haciendo una encuesta titulada «¿Acabará con el matrimonio la moda de la minifalda?». Es para un artículo de...

A través de la puerta del comedor vio que Gert y Hanne estaban sentados juntos. Sus espaldas revelaban esa intimidad entre dos personas que hace que sobren las palabras. Cerró la puerta de una patada.

—Perdone —dijo—, no he oído bien eso último.

—Bueno, la cuestión es si las jóvenes que van en minifalda tientan a los maridos hasta el punto de ser un peligro para su matrimonio. Me refiero sobre todo a las amas de casa de entre cuarenta y cincuenta años. Se lo estamos preguntando a una serie de mujeres destacadas.

—Si el matrimonio va bien, no.

Detectó en su voz una frescura poco natural y tuvo una sensación fugaz de haber mantenido ya esa misma conversación, como cuando reconoces un paisaje donde sabes que nunca has estado.

—Si los hombres de esa edad sucumben ante jovencitas se debe a su inmadurez, no tiene nada que ver con la moda.

—Sí, estoy de acuerdo con usted. Gracias por su amabilidad y disculpe las molestias.

Pasó y se sentó al lado de Hanne sin dejar de preguntarse si habrían oído la conversación. La larga melena de color miel ocultaba su perfil. Delante de Gert había una botella de whisky, un sifón y un vaso. Él se inclinó hacia delante y buscó la mirada de Lise con gesto amable.

—¿No te apetece una copa? —preguntó—. Pareces necesitarla.

Sus ojos tenían el brillo mate de las uvas pasas y sus orejas, observó aliviada, eran las de siempre.

—No —contestó—. Estoy cansada, voy a acostarme enseguida.

Clavó la mirada en el televisor. La cara huesuda y con gafas del presentador se alejó de pronto, como si la viera por un catalejo puesto del revés.

«Esta tarde se han producido violentos disturbios delante de la embajada americana —decía—. A esta hora continúan los enfrentamientos entre policía y manifestantes...»

Desapareció y se vieron imágenes de la manifestación de camino a la embajada.

—¡Ahí está Gitte! —exclamó Gert.

—Y Mogens.

Hanne se echó hacia delante y Gitte volvió la cabeza como si los mirara.

Después siguió marchando con aire triunfal entre los demás.

—Deberías haber prohibido a Mogens que fuera —dijo Gert antes de beber un trago largo del vaso—. ¡Si a él no le interesa la política! Como se entere su padre, va a ponerse hecho una furia. Pero no es asunto mío, claro.

—Venga, si no va a meterse en ningún lío —lo defendió Hanne con su vocecilla de niña de doce años, tan impropia de su edad—. Si no lo convence Gitte.

—Es la primera vez que Gitte sale de casa desde que llegó... —observó Lise— y la vemos en la tele.

Era como si no pudiera ser una coincidencia, como si formara parte de lo que se avecinaba, de la maldad acechante que la rodeaba.

—El mundo se ha vuelto loco —dijo Gert melancólico con la mirada perdida dentro del vaso—. Se siente eso que Baudelaire llama las terribles alas del tiempo.

Lise le lanzó una mirada fugaz a través de la melena con olor a infancia de Hanne. Aún recordaba el periodo Baudelaire que ambos habían pasado cuando los niños eran pequeños. Vivían entre sus citas y Gert compró una edición especial de sus obras, aunque no sabía tanto francés como para sacarle partido. ¿Qué les había sucedido desde entonces? Hacía ya mucho tiempo que él no pasaba una tarde en casa. Cuando no estaba, Hanne solía quedarse en su habitación. ¿Seguiría pensando en su amante muerta? En realidad, lo dudaba; su fuerza residía precisamente en su falta de imaginación. Era un hombre incapaz de ver con los ojos y sentir con los nervios de otra persona.

La tele siguió aullando escenas de la guerra de Vietnam. Cuando la imagen se enturbió, volvió a ver la cara de Gitte, mirándola. Ahorrativa como era, parecía haberla comprado de segunda mano y con vistas a que durara. Por eso la gente pobre solía tener caras poco armoniosas. Estaban

marcadas por una infancia que no era suya y que siempre había sido amarga e infeliz. Bajó los ojos hacia la mesa y respiró hondo, como si de repente faltase el aire en la habitación.

—Creo que al final sí voy a tomarme esa copa —dijo levantándose.

Gert se volvió hacia ella.

—Si vas a la cocina —le pidió—, ¿te importa pasar por el cuarto de Gitte a ver si tiene la biografía en inglés de Tolstói? Se la presté el otro día, pero aún no he terminado de leerla.

—Claro —respondió ella desde la puerta.

Tuvo la sensación de que Gert y Hanne intercambiaban una tenue sonrisa de alivio, como cuando se está a punto de resolver un problema de aritmética complicado. Una vez en el largo y estrecho pasillo, tan oscuro que siempre dejaban la luz encendida, se detuvo como si no recordase adónde iba. El estruendo de los oídos se había esfumado y el silencio le llenaba el ánimo como un poema. Luego entró en la cocina y de ahí al cuarto de Gitte. Aunque cerró la puerta, tenía la penosa sensación de no estar sola. Sobre la mesa estaba el magnetófono de Mogens, que giraba con una bobina vacía. Gitte y él lo usaban para hacer grabaciones caseras. Lo apagó y vio las pastillas sobre la cómoda, igual que por la mañana. No había podido sacárselas de la cabeza desde entonces. Asustada y fascinada, contempló el frasco marrón de somníferos mientras la realidad desaparecía por detrás de ella como alguien en un andén cuando el tren se aleja. Oyó voces imprecisas procedentes del sótano, habitado por gentes de las que Gitte sabía cosas tan terribles. El libro de Tolstói estaba al lado del magnetófono y tenía una señal dentro. Lo abrió y leyó lo que Gitte había anotado con su letra impersonal: «Tolstói nunca se lavaba —ponía—, y su mujer era frígida». El libro aún no tenía todas las páginas separadas. Al parecer, eso era todo lo que Gitte había sacado de su lectura, como si le hubiese arrancado al escritor su mayor secreto. Leía como un detective a la caza de pistas sin pensar en el conjunto siquiera por un instante. Las voces

del sótano cobraron fuerza y, como si la impulsara una voluntad ajena a ella, Lise se arrodilló y acercó el oído a la tubería del agua caliente que comunicaba con el piso de abajo.

—Jamás sale de la casa. No me creas si no quieres, pero pretenden volverla loca. He oído al marido y a la chica hablando de ello.

Era una voz de hombre. El horror sacudió todo su cuerpo como un acceso de fiebre.

—Yo en su lugar iría a la policía. Es un delito. —Esta vez la que hablaba era una mujer.

—No, lo más probable es que usen métodos legales. Creo que el marido es jurista.

—¿De qué habláis?

Era una voz vieja y chillona. Lise recordó que, según decía Gitte, la madre era sorda y siempre hablaban en su presencia como si no estuviese.

—Calla, bruja; esto no es asunto tuyo.

Se levantó con dificultad y se quedó observando la pared, que parecía salpicada de sufrimiento y dolor. El corazón le latía loco de pánico. Tenía que irse de allí antes de que la catástrofe la alcanzara. De repente, la venció un terrible agotamiento y se sentó en una silla. Necesitaba con desesperación un poco de paz e intentó imaginar el significado de ese concepto. Recordó las tardes de su infancia en que sus padres la dejaban sola en casa. Escribía versos en su cuaderno de poesía que no les dejaba ver.

Pensó que ahora sus padres andarían preocupándose por cosas que no eran ella. La paz era no existir en la conciencia de los demás. Ahora ahí fuera estarían aguardando a que se tomara las pastillas. De niña siempre hacía lo que esperaban de ella los mayores, pero esta vez la rabia y el desafío se encendieron en su interior como una columna de fuego. No estaba lista para morir. Aún había algo que amaba. Vio la carita abatida de Søren. Crecía hacia un mundo de violencia y ella era su única y frágil salvaguarda. La fatiga y la desesperación la abandonaron. Los engañaría. Se tomaría las

pastillas y después llamaría al doctor Jørgensen para que él la ingresara en el hospital. Allí quedaría fuera de su alcance. La rodearían gentes amables y en las otras camas habría mujeres con las que hablar de hijos y de amor, como hacía con Nadja cuando vivían juntas en su juventud. En los hospitales reinaba una paz blanca con aroma a éter, como cuando das a luz y cesan los dolores. Presa de una especie de euforia sombría, cogió el frasco de pastillas. Tendría que llevarse el teléfono a su cuarto sin que lo notaran.

Le iba en ello la vida. Regresó por el pasillo de puntillas y dejó el frasco en la mesilla. Luego volvió a la cocina en busca de un vaso. Lo llenó de agua en el lavabo de su habitación. Después sacó la clavija de detrás del aparador, colocó el teléfono en el alféizar de su ventana y se arrodilló para conectarlo debajo de la cama. Cuando encendió la lámpara del techo, la luz hiriente se le coló por debajo de los párpados como un líquido corrosivo. Se abrió la puerta del comedor y Gert gritó:

—¿Dónde andas? ¿No estaba el libro?

—Sí, ahora te lo llevo.

Corrió de nuevo al cuarto de Gitte, cogió el libro, volvió a toda prisa y se lo puso delante. Seguían viendo la tele, tenía que hacerlo todo antes de que terminara y antes de que volvieran Gitte y Mogens.

—Creo que voy a acostarme —anunció—, estoy cansadísima.

—Muy bien. Que descanses.

Él le lanzó una mirada de tristeza irónica. Así se despedía de alguien que estaba a punto de morir, pensó Lise. Gert solía decir que si hay algo que sobre en este mundo es gente y libros. Cualquier añadido no era más que una repetición. Y el amor, una enfermedad que luego se recordaba con escalofríos. La única excepción que hacía era el amor por los niños, porque estaba desprovisto de deseo. Pero también practicaba el deseo sin amor, que a menudo lo llevaba a preferir las putas a las amantes. Dejó de pensar en él al entrar en su cuarto después de mirar de reojo a Hanne, que, enfrascada en una película, se mordía la uña del pulgar.

Buscó en la guía el teléfono del doctor Jørgensen. La esperanza recorría su interior en forma de frases dulces y melodiosas; el horror se había echado a descansar como un perro en su cesta. Se desvistió y se puso el camisón. Se metió en la cama y se echó las pastillas en la mano. Eran blancas e inocentes, no las contó. Se las tragó sin pensar y bebió un poco de agua. No sabía cuánto tardaban en hacer efecto, pero tal vez no hubiese tiempo que perder. Levantó el auricular del teléfono y pidió que la pasaran con el número. Contestó una voz de mujer.

—¿Podría hablar con el doctor Jørgensen, por favor? —preguntó—. Soy Lise Mundus.

—Un momento.

Se oyó un zumbido a través del teléfono y una carcajada que parecía venir de varias personas. A lo mejor tenía compañía.

—Al habla el doctor Jørgensen. —Su voz sonaba jovial y llena de aplomo.

—Soy Lise Mundus. He tomado muchísimas pastillas para dormir y ahora no sé qué hacer. No me quiero morir.

—Bien —contestó él como si llevara tiempo esperándoselo—. Le envío una ambulancia de inmediato.

Luego se echó a reír como si acabaran de contarle el chiste del siglo.

Lise se apartó el auricular del oído y se quedó mirándolo. Era el ruido del cristal al romperse en mil pedazos y se volvió a sentir abrumada por el miedo. Al colgar el teléfono, oyó la risa de Gert y Hanne por encima del sonido del televisor. El infierno la envolvió y escondió la cara entre las manos. Cuando las lágrimas le rodaron por las mejillas, fue como si la cara se le fundiera y se le escurriese entre los dedos.

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