Las caras

Tove Ditlevsen · Capítulo 3 de 17

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Las caras

Capítulo 2

La luz del día llenó la habitación de una virginidad inocente que, por un instante, hizo que lo ocurrido la noche anterior resultara más remoto que cualquier día de su infancia conservado en su memoria como un insecto milenario fosilizado en un pedazo de ámbar.

Descorrió las cortinas y contempló el patio interior. El hielo se estaba fundiendo y del pavimento sucio ascendía un vapor de trapos húmedos.

Sobre la tapa del cubo de la basura, un gato se lamía las patas al pálido y frío sol de febrero. Escuchó el murmullo sedante que salía del comedor, donde Gitte desayunaba con los niños. Gitte se desvivía para que la dejaran trabajar en paz, como si ella fuese un Goethe o un Shakespeare. Y eso que ya llevaba más de dos años sin escribir una sola línea. Había algo conmovedor, se decía con severidad, en aquella huérfana que había quemado todas las naves para poner cierto orden en la vida de unos perfectos extraños. Pensar así mitigaba un poco su miedo, hacía las cosas más fáciles, como cuando los niños fingen ceder ante los mayores.

Se puso la bata y se sentó frente al tocador tratando de hacer el menor ruido posible. Su cara en el espejo le pareció cansada y usada, como un guante viejo. La boca estaba encajada entre dos suaves líneas esbozadas que, antes de llegar a la curva del mentón, se interrumpían como si el artista desconocido hubiese tenido que dejar su obra a medias. Los ojos tenían la expresión sincera y veraz de los niños que mienten. Tres finos surcos le daban la vuelta al cuello como un collar de perlas, y cada día serían algo más profundos. ¿Aguantaría hasta el final esa cara con huellas de tantas

cosas que el resto del mundo debía ignorar? ¿No se volvía hacia ella con hostilidad cuando no la vigilaba? Y ¿qué saldría de debajo cuando un buen día cayera hecha pedazos? Recordó los vestidos y los zapatos demasiado grandes que llevaba de niña, siempre comprados con vistas a cuando creciera, siempre calculados para ser de su talla cuando ya estuviesen viejos. Cuando Hanne veía su foto en el periódico, decía: ¡Qué fotogénica eres, mamá! Søren decía: Eres la madre más guapa de la clase. Mogens no decía nada. Gitte decía que no era fácil tener una madre famosa. Citaba a Graham Greene: «El éxito es una mutilación del hombre natural». Gitte empleaba la literatura universal y la prensa del día como utensilios de cocina llamados a hacer más fácil su rutina.

La puerta se abrió y ella volvió la cabeza sobresaltada, como si la acabaran de sorprender en algún vicio secreto. Era Søren, con bigotes de leche y la mochila a la espalda.

—Adiós, mamá —dijo con tono inseguro—. Gitte me ha dejado entrar a ver si estabas dormida.

—No, estoy despierta. Adiós, Søren. ¿No me vas a dar un beso?

Se inclinó a besarlo en los labios. Él le echó los brazos al cuello y, por un momento, un aroma a sueño interrumpido, polvo escolar y culpa infantil los envolvió como un manto arrojado con piedad sobre un enemigo caído. Lo sujetó por los hombros y observó con sombría compasión su carita de cansancio.

—Estás pidiendo a gritos un corte de pelo —dijo afectando alegría mientras le acariciaba el cabello rubio y sedoso.

—No —protestó él con vehemencia al tiempo que se escabullía de entre sus manos—. Gitte dice que el pelo largo me favorece. Los demás se ríen de mí cuando me llevas al peluquero.

—Vaya.

Se apresuró a incorporarse y Gitte aprovechó ese instante para interponerse entre ellos. Cogió al pequeño por la muñeca:

—Andando —dijo con autoridad—. Faltan dos minutos para las ocho.

Avanzó por la habitación con el gesto de quien tiene un objetivo en esta vida y se detuvo con la brusquedad de un coche que frena ante un obstáculo inesperado. Cogió el frasco de pastillas y se quedó observando a Lise con una intensa expresión de moralidad en los ojos miopes.

—Gert me ha pedido que las guarde yo —anunció—. Lo de Grete ha sido un shock. No quiere volver a pasar por nada semejante.

—Ah —dijo Lise; luego se sentó en la cama sintiéndose tan transparente como un recortable—. ¿Te lo ha contado?

—La culpa es tuya.

Gitte se guardó el frasco con dejadez en el bolsillo de los vaqueros y se sentó a su lado. Era de una fealdad fascinante y olía a sudor. Lise esbozó una amplia sonrisa. El miedo lo colmó todo como un líquido. El reloj del comedor dio las ocho.

—Anoche acudió a ti en busca de consuelo. Quería arreglar las cosas, Lise. Estaba dispuesto a volver contigo, quería desterrar la idea de serte infiel. Quería acostarse contigo. Pero tú estabas cansada, querías dormir, no entendiste nada.

En su voz resonaba la impaciencia contenida. Apoyó los codos en las rodillas y dejó descansar el rostro en la cuna de las manos.

—Gitte —dijo Lise—, ¿no me vas a traer un café?

—Dios, claro. Así podemos charlar un rato.

Lise se quitó la bata y volvió a meterse bajo el edredón. Ya no podría encontrar el sueño entre sus familiares pliegues. Nadja, pensó, hoy la llamo.

Se apoyó en esa imagen dulce y firme que Nadja tenía de ella. A Nadja la impresionaba su tolerancia, pero confundía tolerancia con indiferencia. Para ser intolerante hacía falta compromiso. Franqueza, pensó, es todo lo que pide Gitte en estos momentos, un atisbo de mi alma, un acceso de humanidad. Así pasaría otro día antes de que estallase el odio.

—Anda, come algo; lo necesitas. Acabo de hacer pan.

Gitte se instaló en la silla donde se había sentado Gert la noche anterior y sirvió café en dos tazas.

—Tienes que entender —dijo con mucho énfasis— que para él fue terrible. Tuvo que llamar a la policía y pedir una ambulancia, y lo interrogaron como si fuese un criminal.

—Sí, ya lo sé. Pero es como si eso le hubiese pasado a alguien que ya no conozco, no sé si me entiendes.

—Sí, pero anoche perdiste tu oportunidad, porque después vino a verme.

Aunque yo no soy más que tu reemplazo, como tantas otras cosas. Dijo que todo lo había hecho para vengarse de ti.

—¿Y yo qué le he hecho?

Lise removía la taza sin dejar de ver la cara de Hanne, oscura, enigmática. Cada vez que pasaba cerca de ella —llevaban tiempo evitando cualquier tipo de contacto— sentía el aroma a leche caliente y botas mojadas de su infancia y sabía, en medio de una culpa sombría, que la nariz de Hanne percibía un olor muy distinto que los sentidos de su madre, saturados de recuerdos, no eran capaces de captar. Y la cara de Hanne temblaba hasta perderse en un espantoso no ser entre la cara abandonada de ayer y la que llevaría mañana. A fin de cuentas, pensó, tampoco tenía nada de raro que a Gert la víspera, con la cabeza en otras cosas, le hubiesen salido orejas de animal. ¿No vemos a veces a un pariente cercano mirándonos, por ejemplo, con ojos de perro? En esos casos había que hacer como si tal cosa con mucho tacto y quitar los espejos de la casa hasta que se arreglase el fallo. Señalar ese tipo de descuidos y olvidos a los demás solo servía para exponer su vulnerabilidad y encender su ira, como advertir a un señor muy trajeado que lleva la bragueta abierta delante de todos en una fiesta.

—Nada —contestó Gitte—, tú no le has hecho nada. Es como en las obras de Strindberg. Todos sus personajes se odian sin ningún motivo.

—Porque siguen juntos cuando el amor se ha acabado —dijo Lise con astucia para volver a llevarla a su terreno—. Porque no puedes amar a una sola persona y olvidarte del resto de la humanidad.

—Sí, por eso —dijo Gitte satisfecha—. Hay que amar al prójimo, lo otro es totalmente asocial. Por eso tampoco siento lo de Grete. Ha sido un acto egoísta.

Dilató las ventanas de la nariz, como si las tuviese tapadas. Lise, agotada, sintió que por el momento el peligro había pasado.

—Algunas de las cosas que aprendiste en esa escuela popular no estaban nada mal —reconoció con una sensación de gratitud malsana.

—No. —Gitte se levantó a recoger la bandeja—. La familia está extinguida. No queremos casarnos ni traer niños al mundo. Pero una vez que se hace, como Gert y tú, hay que seguir juntos. No nos hacen gracia los divorcios. Deberías haberle dejado quedarse anoche. Habría sido lo más inteligente por tu parte.

Ese último comentario lo hizo sin aliento, mientras empujaba el tirador de la puerta con el codo.

Lise se levantó de la cama y abrió la puerta de su despacho. Cogió aire y contempló la máquina de escribir, que, polvorienta e intacta, se extendía acusadora por una mesa en ese orden deprimente que trae la falta de trabajo.

Había una primorosa pila de ejemplares del libro premiado. Se titulaba El pervertido. Trataba sobre un delincuente sexual. Las sospechas recaían en un pobre hombre soltero que temía a las mujeres e invitaba a las niñas del barrio a refrescos y dulces en una tienda que tenía en un semisótano. El asesino era el policía que más celo mostraba durante la investigación. Ella fue la primera sorprendida con el desenlace. Una vez que creaba los personajes, ellos decidían solos lo que querían hacer. Escribir siempre había sido como un juego, una ocupación feliz que le permitía olvidarse del resto del mundo. Pensó: Si empiezo a escribir de nuevo, terminará toda esta pesadilla. Hanne volvía del colegio corriendo todos los días. ¿Has escrito

otro capítulo, mamá?, preguntaba ansiosa. Y lo leía con los ojos brillantes.

Ay, es buenísimo. Qué ganas tengo de saber qué pasa ahora.

Hanne entraba y salía de su mente como un rayo de sol en un cuarto sombrío. Su primer bebé, el milagro, una niña. Escribía todos sus libros para ella, cuentos, historias para niños, novelitas que transcurrían en un mundo de fantasía infantil, femenino. Traer al mundo a los chicos fue pasmoso. Se sintió decepcionada y después se resignó. Gitte aseguraba que Mogens y Søren sabían que ella habría querido que fueran niñas y les daba el amor que su madre les negaba. Lise les tenía cariño, decía Gitte, pero sabían que quería a Hanne mucho más que a ellos.

Cogió uno de los libros. La cubierta era colorida y dramática. Gitte lo había leído en la escuela popular. Había entusiasmado a toda la panda del LSD. Lo veían como una insurrección contra la autoridad, un arma en su lucha contra el poder y la conformidad. Cuando Gitte leyó su anuncio buscando empleada doméstica, se aferró a él como un ahogado a una tabla de salvación. Quería dejar las drogas porque veía adónde llevaban. Quería estar saludable, no ser dependiente y ponerse al servicio de una artista, pues solo el arte nos hace libres y nos eleva por encima de la actividad mortífera que origina todas las desgracias de este mundo.

Se sentó frente al escritorio con su modesto camisón de algodón y los pies desnudos sobre el parqué frío. Hacía ya mucho tiempo que no se quedaba a solas con Hanne. No sabía quién se lo impedía. Tal vez era difícil ver a alguien a solas en un piso donde vivían seis personas, nada más.

—Tengo miedo —susurró sin hablar con nadie en concreto.

¿Por qué él le había contado a Gitte lo del suicidio? ¿Qué era eso que se acercaba día a día, inexorable como el tiempo? Volvió a ver las enormes orejas peludas de Gert y supo que no debía contárselo a nadie. Y vio a la muerta. ¿Cuántas pastillas harían falta? ¿Cincuenta... cien? Gitte se las había llevado. Pero tendría que darle dos por las noches o no podría dormir.

A todos les daba algo de lo que no podían prescindir. Se acostaba con Gert;

se acostaba con Mogens; a Søren le hacía postres con nata; pero a Hanne

¿qué le daba? Hanne la trataba con una especie de reserva alerta y Lise no lograba adivinar por qué.

Hizo acopio de fuerzas y entró en el cuarto de baño. Mientras el agua caliente de la bañera la acariciaba con suavidad, oyó que Gert salía de su cuarto y llamaba a Gitte. Se tomaría un café y a eso de las diez iría al ministerio. ¿De verdad había querido acostarse con ella la noche anterior?

Si era tan imposible como si los separase un océano entero. Gitte decía que todos los hombres tenían algún tipo de perversión. Durante su medio año en la escuela popular se había ido a la cama con cuarenta y nueve, y ninguno de ellos era normal. Uno solo podía si se ponía botas de agua. A otro le satisfacía golpearla con fuerza en la cara. A Gert había que pellizcarle los pezones, y Lise llevaba diez años casada con él y ni lo sospechaba. Si le clavabas las uñas entraba en éxtasis, según Gitte.

Se oyó un zumbido en la cañería que corría paralela al borde de la bañera. Por lo visto, alguien se estaba dando un baño en el piso de arriba.

Gitte casi nunca se bañaba. Tenía un reborde oscuro debajo de la barbilla porque solo se pasaba la esponja por la cara. La suciedad era parte de su visión de la vida. No hay que olvidar que la penicilina se hace con moho, decía.

Siguió sonando el zumbido en la cañería y de repente se oyó una especie de risa triunfal. Se aclaró las axilas y se quedó observando la tubería oxidada que iba hasta la rejilla, al pie de los azulejos. Otra que iba del techo hasta el suelo comunicaba las dos viviendas. Cuando Gitte pegaba la oreja a su radiador, oía lo que decían los de abajo. Era un sótano donde vivía una anciana sorda con dos hijos ya mayores. Hablaban delante de ella de cuándo se moriría, porque tenía un seguro del que eran beneficiarios. La risa resonó con más fuerza y Lise se quedó mirando la cañería como miraba el armario de su infancia, que encerraba algo terrible que escaparía tan pronto como la oscuridad y el sueño la vencieran. Era una conversación interrumpida por

ataques de risa. Sonaba como cuando Mogens hablaba con una media de nailon en la cabeza para asustar a su hermano pequeño. Se quitó el gorro de baño y acercó la oreja.

—Peor es cuando sonríe. Tiene las fundas de arriba de un color raro.

Se palpó con el dedo índice las dos fundas de porcelana y volvió a oír la voz de Gitte:

—Solo ve lo que es palpable.

—Un poco más de paciencia y la tendremos donde queremos. Tú deja las pastillas encima de tu cómoda y un buen día acabará por tomárselas, igual que Grete. Ya lo está pensando.

Era la voz de Gert.

La rabia hizo que la sangre le hirviera por todo el cuerpo. Salió de la bañera y se echó por encima el albornoz sin secarse. En la cocina, Gitte colaba el café. Gert estaba en pie a su lado con las manos en los bolsillos de su bata azul.

—He oído todo lo que decíais —anunció Lise en tono agrio—. Pero cuidado. No me faltan los amigos y pienso contarles lo que ocurre en esta casa.

Los dos la observaron con un pasmo bien fingido.

—¿De qué demonios estás hablando? —preguntó Gert.

—Lo sabes perfectamente.

Se cerró el cuello del albornoz con una mano temblorosa.

—Debes de haberte quedado dormida en la bañera —dijo Gitte con calma sin dejar el café—. A mí me pasa a menudo. Te despiertas confundida.

La rabia se esfumó como el agua, que goteaba en el suelo hasta formar un charquito a sus pies. La duda y la confusión ocuparon su lugar.

—¿Tú crees? —preguntó—. Me ha parecido oír vuestras voces por la cañería.

—¿Y qué decíamos?

Gert se sentó a la mesa de la cocina y le sonrió. En lo más hondo de su mirada ardía una llamita de maldad.

—Nada especial —contestó ella con lentitud—, no me acuerdo bien.

Seguro que me he dormido.

Sacó un vaso del armario y se acercó al fregadero para llenarlo de agua.

La puerta del cuarto de Gitte estaba abierta, como de costumbre. Era como declarar que no tenía vida privada y que se podía entrar en su habitación con la misma libertad que en el resto de la casa. Al mirar por la puerta entreabierta, Lise sintió que le estrujaban un trapo húmedo en el corazón.

Los somníferos estaban sobre la cómoda.

Se volvió hacia ellos con rapidez mientras se bebía el agua. Le pareció que evitaban su mirada.

—Estaba pensando —anunció en tono despreocupado— invitar hoy a Nadja a comer. Hace siglos que no charlo con ella.

—Buena idea. —Gitte se sentó a la mesa frente a Gert—. Te vendrá bien ver a alguien que no seamos nosotros.

—Es verdad. —Él pasó una página del periódico—. Se vuelve uno un poco raro si se aísla demasiado.

Los dos le dedicaron una sonrisa amable y reconfortante, como unos padres que creen que su hija ya va teniendo edad de salir a divertirse.

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