Las dictaduras de nuestro tiempo
5. La crisis del parlamentarismo y el eclecticismo del Sr. Cambó
Descartada la guerra como causa específica de las dictaduras, el Sr. Cambó señala tres causas genéricas: 1) la crisis del parlamentarismo; 2) la crisis de la democracia; 3) «la oleada de materialismo egoísta que lleva consigo la crisis de los valores morales más esenciales» (pág. 70).
Ignoramos por qué razón desglosa el autor arbitrariamente la crisis de la democracia de la del régimen parlamentario, siendo como es éste la expresión más característica de aquélla o, para decirlo con más propiedad, la base de sustentación de la democracia. Una democracia sin parlamento es una incongruencia, como lo sería, por ejemplo, suponer la existencia de una monarquía sin monarca. Una democracia próspera sin parlamento es una cosa tan absurda como una autocracia en la cual este último jugase un papel importante. Naturalmente, no queremos inferir al señor Cambó la ofensa de suponer que desconoce estas nociones elementales; pero tenemos y tienen los lectores el derecho de exigirle la máxima claridad.
Según el autor de Las Dictaduras las causas de la crisis del parlamentarismo son, por decirlo así, de orden puramente técnico: 1) el predominio, en los debates parlamentarios, de las cuestiones prácticas y concretas (aranceles, protección a la industria, etc.), que determina la intervención de crecido número de oradores en las discusiones; 2) la composición de los parlamentos a base de representantes de intereses económicos y sociales en lugar de representantes de partido; 3) las divergencias surgidas en torno al sistema electoral (proporcional o mayoritario); 4) la lentitud e ineficacia de los parlamentos para la multiplicidad de asuntos que les son confiados; 5) el gran número de partidos políticos, y 6) la trituración motivada por los pleitos nacionalistas y minoritarios (págs. 70 a 78).
No entra en nuestros propósitos analizar cada una de estas pretendidas causas de la crisis del parlamentarismo, aunque no sería difícil demostrar toda su inconsistencia. No nos haría avanzar ni un paso en el esclarecimiento del problema. Es tan manifiesta la superficialidad del Sr. Cambó, que ni siquiera ha menester ser demostrada mediante una minuciosa refutación de sus argumentos. Tal como ya hemos dicho —y ello nos exime de insistir— las raíces de la crisis son más profundas. Hay que estudiar las causas y no, como ha hecho el autor de Las Dictaduras, los efectos; hay que ir a la raíz y no al ramaje. Pero este método que evidencia la lucha de clases que es la base del fenómeno que estudiamos, los resultados de las profundas conmociones producidas por la guerra y la crisis del capitalismo, sería poco ventajoso para nuestro autor, para el cual resulta mucho más cómodo mantenerse en una posición esencialmente ecléctica. No quiere esto decir que el Sr. Cambó no sea un político de «hechos», que sabe lo que quiere y adónde va. Todo lo contrario. Su concepción política —como ya hemos hecho notar antes— tiene una base muy real, un principio muy firme: lo esencial es garantizar la dominación de la clase capitalista; el resto es secundario. Por eso, lo que interesa no es el sistema político en sí mismo, sino su contenido real. Su eclecticismo no es más que un arma de la que se vale para sus fines políticos: asegurarse, con la defensa encubierta de la dictadura, la adhesión de la gran burguesía industrial y de los grandes propietarios agrícolas, partidarios de la democracia en la medida que ésta no pone en peligro sus intereses, y atraerse, o por lo menos neutralizar, mediante su coqueteo con las fórmulas democráticas, los elementos de la pequeña burguesía radical.
Fiel a su oportunismo y a su equilibrismo proverbiales, adopta una posición equívoca que le permite subrayar, trayéndolo a primer término, uno u otro de los aspectos de esta posición, en consonancia con la situación política. El tono del libro El fascismo italiano, escrito en un momento en que la Dictadura de Primo de Rivera era relativamente sólida, es más categórico que el de Las Dictaduras. En la primera de estas obras, el Sr. Cambó señala la posibilidad de una renovación del sistema parlamentario mediante… el fascismo.
»El sistema parlamentario y la concepción democrática en que se asienta no tienen virtualidad propia, sino que su eficacia y hasta la posibilidad de su existencia están en relación con el grado de cultura cívica del país. Por no haberse tenido esto en cuenta, es por lo que en Italia y en otros países la ineficacia y el desprestigio del Parlamento han creado un ambiente favorable a las dictaduras.
»Mussolini, al llegar al Poder con una fuerza que le permitía hacerlo todo, no se atrevió a suprimir el Parlamento y a destruir la Constitución. Por el sistema de los plenos poderes y de las ratificaciones parlamentarias salvó los ritos externos y formales del sistema, suprimiendo sus inconvenientes. Era éste, sin embargo, un expediente transitorio, que no tenía otras soluciones que la supresión del Parlamento o el intento de adaptar la función parlamentaria al grado de educación cívica del pueblo italiano. Mussolini ha querido seguir el segundo camino, sin renunciar a seguir el primero si falla aquél.
»Si Mussolini acertase en su intento, ésa sería la obra más trascendental y definitiva del fascismo…
»Si del paso del fascismo por el Poder no surge una fórmula para organizar los poderes del Estado, haciendo compatibles la democracia y la autoridad, el Parlamento y el Poder ejecutivo, se habrá frustrado la mayor
trascendencia que el fascismo hubiera podido alcanzar»[49].
La idea central no puede ser más clara: la solución ideal de la crisis de la democracia sería la instauración de un régimen fascista en el cual no se conservase del régimen parlamentario otra cosa que los «ritos externos y formales».
En Las Dictaduras, libro escrito en unos momentos en que empezaban a ser evidentes los signos de descomposición de la dictadura española, el leader regionalista (¿regionalista?) se muestra menos categórico, menos prudente, aunque la defensa del régimen dictatorial sigue siendo su idea básica. «En ciertos países, como Inglaterra —dice—, la cultura política de los ciudadanos y de la nobleza, el fair play con que se desarrollan las luchas políticas, podrá salvar, al menos por algún tiempo, los inconvenientes de una máquina inventada para regir realidades muy copiosas y menos apresuradas que las que hoy caen bajo la acción del Estado. En los otros países, mientras no existan esas cualidades que ilustran la vida política británica, se puede afirmar que la única manera de salvar un parlamento de base democrática es ponerlo de acuerdo con las realidades de la vida contemporánea. Cerrar los ojos a esta realidad imperiosa puede ser fatal en algunos países para la subsistencia del régimen parlamentario, y en otros, para el restablecimiento de las instituciones democráticas» (págs. 78 y 79). Aquí el autor es mucho menos preciso. Poner el Parlamento «de acuerdo con las realidades de la vida contemporánea» es una fórmula muy elástica, que en lenguaje práctico se puede interpretar y traducir a voluntad.
Es indudable que si el Sr. Cambó hubiese escrito su libro ahora que Primo de Rivera ha desaparecido tan poco gloriosamente del poder y que en el país el papel de la dictadura se cotiza más bajo que la peseta en el mercado monetario internacional, la crítica de la dictadura habría sido mucho más categórica y más clara la defensa de la democracia.
Es posible que ahora lamente el Sr. Cambó no haber previsto para un término tan próximo la caída de la dictadura —el leader regionalista es, en general, un mal profeta— y no haber adaptado a esta coyuntura el tono de su libro. Ciertamente, el libro que comentamos es un arsenal que suministra al autor las armas que ha menester según las circunstancias. ¿Está en alza el papel de la dictadura? Abrid el libro y hallaréis abundancia de argumento a favor de este régimen de gobierno: descrédito, ineficacia, trituración del Parlamento, necesidad de la dictadura en períodos determinados y cuya duración puede ser indefinida, numerosos ejemplos históricos que la justifican, eficacia de la política económica y de obras públicas, garantías más fáciles del mantenimiento del orden público, etc., etc. ¿Está en baja el papel de la dictadura? Abrid el libro y encontraréis la demostración de la necesidad de corregir los defectos del régimen parlamentario y de cultivar las «virtudes cívicas» y hallaréis definidos los aspectos negativos de la dictadura: el «problema pavoroso» de su sustitución, la ausencia de la vida política, la aparición del «espíritu de cobardía en los ciudadanos», etc.
Este monstruoso eclecticismo permite al Sr. Cambó tener siempre a punto una receta para todas las situaciones, para los momentos en los cuales predomine la corriente favorable a la dictadura y para los momentos de predominio de la tendencia democrática. El leader regionalista alcanza en su eclecticismo una virtuosidad incomparable. Además de un arsenal que le suministra armas para cualquier contingencia, dispone de fórmulas que le permiten establecer unas distinciones sutiles entre las «dictaduras buenas» y las «dictaduras malas», y esto le procura la posibilidad de disponer de recetas nuevas, incluso para las situaciones transitorias o intermedias que se puedan producir.
Sin embargo, en política, este procedimiento no logra siempre los resultados que esperan los que lo utilizan. Cuando las situaciones políticas llegan al punto álgido, este eclecticismo no sirve para nada: en tales momentos hay que adoptar actitudes definidas y hablar alto y claro.