Las dictaduras de nuestro tiempo

Andreu Nin · Capítulo 26 de 41

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Las dictaduras de nuestro tiempo

2. Características de la dictadura del proletariado en la URSS. Democracia burguesa y democracia proletaria

2. Características de la dictadura del proletariado en la URSS.

Democracia burguesa y democracia proletaria

 

¿Cuáles son, según el Sr. Cambó, las características fundamentales del régimen instaurado en Rusia por la Revolución de Octubre?

«Los parias de ayer —dice— son los que mandan hoy… Hoy no existe en Rusia ninguna ley ni hay ninguna institución que proteja y defienda a los que no mandan» (pág. 104). El sentido de esta frase es extremadamente confuso y se presta a toda suerte de interpretaciones. Que los «parias de ayer», es decir, las masas explotadas del campo y de la ciudad, son los que mandan hoy es evidente. Pero ¿a qué se refiere nuestro autor cuando dice que no hay ninguna ley ni institución que proteja a los que no mandan? Si se refiere a las clases explotadas, tiene toda la razón. Pero en el párrafo siguiente deja entender que «los que mandan» no son los explotados de ayer, sino únicamente una selección, un grupo. «Hoy —dice— todo el poder está en manos de un partido, y lo ejercen en favor del partido y de sus miembros» (página citada).

¡Explicación empírica, falaz y superficial!

El partido comunista es el alma de la revolución y por una serie de circunstancias históricas, ejerce la hegemonía política. ¿A favor de los miembros del partido, como sostiene el Sr. Cambó? No; a favor de la clase de la cual es intérprete e instrumento mediante las organizaciones económicas y políticas en que apoya su acción de gobierno (sindicatos, soviets, etc., etc.).

Pero para comprender mejor el carácter y el mecanismo del régimen establecido en la URSS y del cual no nos da el jefe regionalista ningún análisis fundamentado, es preciso que definamos, aunque sea brevemente, la

esencia de la dictadura del proletariado[79].

El Estado no es, como pretenden los teorizantes burgueses, un organismo neutro, representante de todos los intereses de la sociedad, sino un instrumento de dominación y de opresión de una clase contra las otras. El Estado actual —en todas sus formas— es el instrumento de dominación y opresión de que se sirve la burguesía. El proletariado, engendrado por el desarrollo de la economía capitalista, está llamado históricamente, por las propias leyes evolutivas de esta última, a derribar a la burguesía e instaurar un régimen basado en la posesión colectiva de los medios de producción, que determinará la desaparición de las clases y, por consiguiente, de la explotación. Con éstas desaparecerá igualmente la necesidad del instrumento opresor que es el Estado, puesto que no existirá clase a quien oprimir. Pero «entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista se extiende un período de transformación revolucionaria de la primera a la segunda. A este período corresponde un período político de transición, durante el cual el Estado no

puede ser otra cosa que la “dictadura revolucionaria del proletariado”»[80].

La socialdemocracia, convertida en ala izquierda de la burguesía, ha olvidado esta enseñanza fundamental de la doctrina marxista para oponerle la teoría de la evolución pacífica de la sociedad capitalista hacia el socialismo mediante el desarrollo de las instituciones democráticas burguesas. La falsedad de esta teoría es evidente. La historia no registra ni un solo ejemplo de una clase que haya renunciado voluntariamente a su predominio. La emancipación del proletariado y con ella la de la sociedad entera, no es posible más que mediante la conquista violenta del poder político, la destrucción del mecanismo estatal capitalista y la implacable dictadura sobre la burguesía. «La dictadura del proletariado —dice Lenin— es necesaria para aplastar la resistencia de la burguesía, intimidar las fuerzas reaccionarias y

sostener la autoridad del pueblo en armas contra la burguesía»[81].

Los liberales —y los socialdemócratas— oponen a la dictadura del proletariado la «democracia pura». Pero mientras existan las clases —y, por consiguiente, la explotación y la desigualdad social— no puede hablarse de «democracia pura». Todo el mecanismo del Estado —aun en los países de régimen más democrático— está puesto al servicio de la clase explotadora, que constituye una minoría insignificante. Es más; en los países de democracia la subordinación del poder a la Banca, a la Bolsa es más directa que en ninguna parte. No hay ninguna constitución, por liberal que sea, que no deje al poder las manos libres para suspender las garantías constitucionales y adoptar medidas de represión extra-legales contra la clase obrera si ésta amenaza el orden de cosas establecido. «El liberal —dice Lenin— habla siempre de democracia en general. El marxista no se olvida nunca de

preguntar: ¿para qué clase?»[82]. «En ningún país capitalista civilizado existe

la democracia en general; existe únicamente la dictadura de la burguesía»[83].

Entre la dictadura burguesa y la dictadura proletaria existen, sin embargo, diferencias esenciales. La primera, aun en democracia, es el gobierno de una minoría sobre la mayoría; la segunda es el gobierno ejercido por la inmensa mayoría de la población.

En otro lugar de este libro (véase «La crisis de la democracia») hemos puesto al descubierto la monstruosa mixtificación que se oculta bajo el brillante marchamo de la democracia burguesa, refinada forma de dominación dictatorial de la clase capitalista. El lector nos permitirá que, en gracia a su excepcional importancia, insistamos en el tema comentando los juicios que sobre «los derechos y los deberes de los ciudadanos en democracia» expone el señor Cambó en el curioso capítulo de Las Dictaduras dedicado al problema de «la democracia-derecho y la democracia-deber».

«En régimen de democracia —dice— los ciudadanos… tienen el derecho de elegir a los que, como a mandatarios suyos, serán investidos de la suprema representación de la voluntad popular… El ciudadano tiene el deber primordial de ejercer este derecho. Tiene después el deber de ejercerlo constantemente y con dignidad. Y para esto ha de enterarse de quiénes son y qué representan los que solicitan su sufragio, y una vez sabido esto y ya formada su convicción, tiene el deber de hacerle honor, resistiendo coacciones y promesas, halagos y amenazas. Tiene, finalmente, el deber del proselitismo, procurando, en la medida de sus fuerzas, llevar el máximo número de sufragios al hombre y al partido que, según su convicción, mejor hayan de servir los intereses del país» (pág. 85).

¡Qué cuadro más idílico de los «derechos y deberes» del ciudadano en democracia burguesa! El Sr. Cambó razona como si, en virtud de un golpe de varita mágica, las clases hubiesen desaparecido súbitamente de la sociedad, no existiese la explotación y reinase en todo el mundo una igualdad completa.

Mientras exista una indignante desigualdad de clases que coloca a la mayoría explotada y opresa en situación de inferioridad en relación a la minoría opresora y dominadora, es un sarcasmo hablar de igualdad de derechos y deberes. «Resistir coacciones y promesas, halagos y amenazas» es un deber incomparablemente más fácil de cumplir para el patrono o para el terrateniente, económicamente independientes, que para el obrero o el campesino que no disponen más que de sus brazos y que, tanto desde el punto de vista económico, como desde el punto de vista político, están atados de pies y manos. Y no hablemos del deber del proselitismo. El obrero asalariado no dispone ni de una mínima parte de los medios materiales, de la independencia y de las posibilidades de coacción moral de que gozan en este sentido las clases dominantes.

«En régimen de democracia —prosigue el autor de Las Dictaduras— todo el mundo tiene el derecho de exponer 150 libremente sus opiniones. Pero al lado de este derecho tiene el deber de exponerlas o de contribuir y ayudar a la difusión y a la propaganda que de ellas hagan los demás. Los medios de máxima eficacia para la expansión de un ideal son hoy la palabra y la prensa, sobre todo la prensa. El ciudadano consciente… tiene el deber de subvenir a su difusión, protegiendo y haciendo circular los diarios que la defienden (su opinión), a fin de que puedan vivir honradamente del concurso de los adictos y no hayan de buscar su subsistencia por caminos tortuosos y poco honrados. Y este deber se extiende a los hombres de todos los estamentos sociales y de todas las posibilidades: a los más modestos, comprando y defendiendo la prensa que defiende su opinión; a los acaudalados, empleando en ella capitales, y a los escritores, haciendo aportación de su pluma» (págs. 85 y 86).

De nuevo habla el Sr. Cambó como si viviese en otro planeta en el que reinasen los principios de la democracia pura, no en una sociedad en la que toda la vida económica, social y política está subordinada al gran capital.

La lectura del pasaje que acabamos de reproducir nos recuerda una de las sátiras más agudas de Saltykov-Chedrin, el gran escritor ruso de mediados del pasado siglo, que, con causticidad insuperada, flageló en sus obras inmortales al régimen zarista. «El gobierno —venía a decir— ha publicado un decreto autorizando a todos los ciudadanos a circular libremente por la vía pública». Y, en una nota al pie de la página, añadía: «¡Hola! ¡Intentadlo!».

Nominalmente, en régimen de democracia, todo el mundo tiene el derecho de exponer libremente sus opiniones; pero este derecho está condicionado por los intereses de la clase capitalista y la situación de dependencia en que se halla situada con relación a esta clase la inmensa mayoría de la población.

Dejando aparte las leyes de excepción o los artículos del Código contra la propaganda revolucionaria que existen en todos los países democráticos y las facultades de que goza el poder, incluso en los países más liberales, para suspender las garantías constitucionales precisamente cuando son más necesarias, la burguesía dispone de facilidades infinitamente más considerables que la clase obrera para exponer sus opiniones y propagarlas. Nominalmente todos los ciudadanos gozan de libertad de palabra y de reunión; pero la burguesía dispone de todos los grandes locales, cuya utilización por sus enemigos de clase puede impedir cuando le plazca, y de recursos materiales inmensos con los cuales no puede soñar el proletariado para su agitación y su propaganda.

Nominalmente, «los hombres de todos los estamentos y de todas las posibilidades» —para emplear las palabras del Sr. Cambó— pueden valerse de la prensa y difundirla para defender su opinión. Pero las fábricas y los depósitos de papel, las grandes imprentas y la inmensa mayoría de los periódicos, los servicios telegráficos y telefónicos, la radio, se hallan en manos de la burguesía, que obtiene de este modo la posibilidad de ejercer una presión enorme sobre la opinión pública, mientras que la clase obrera sólo a costa de grandes sacrificios consigue sostener una prensa reducidísima. Y no hablemos de los otros medios eficacísimos de que dispone el capitalismo (la escuela, la iglesia, el cinema, la literatura), y que, como hemos visto en otro lugar de este libro —(«La fabricación de la opinión pública»)— le permiten realizar una propaganda vastísima en favor de sus intereses, y a la que aportan también su concurso escritores, periodistas y hombres de ciencia al servicio del capital en su inmensa mayoría y a pesar de su pretendida libertad de espíritu.

Por esta causa, solamente por su propio esfuerzo, expropiando a la clase capitalista e instaurando su propia dictadura, puede la clase obrera conquistar el derecho de exponer y propagar sus ideas, el derecho real, y no ese abstracto derecho que nominalmente le conceden las democracias burguesas. El proletariado ruso conquistó este derecho el 25 de octubre (7 de noviembre) de 1917. ¡Pero esto es un atentado a la libertad! —exclamaron indignados nuestros demócratas. Es evidente; pero no es un atentado a la libertad de la mayoría, como bajo el régimen capitalista, sino al de una insignificante minoría de explotadores. En este sentido, pues, el Sr. Cambó no tiene razón cuando afirma que «la libertad en Rusia ni ha ganado ni ha perdido con el tránsito del zarismo al bolchevismo» (pág. 104).

Al tomar el poder, el proletariado, al contrario de la burguesía que, bajo la enseña hipócrita de la democracia y de la libertad, sostiene un régimen de opresora explotación, afirma netamente que niega a la burguesía la libertad de explotar a las demás clases. Si, como dice Engels, la clase obrera tiene todavía necesidad del Estado, no es en interés de la libertad «sino en el del aplastamiento de sus adversarios», y «cuando sea posible hablar de libertad

entonces dejará de existir el Estado como tal»[84].

El proletariado proclama sinceramente que, al conquistar el poder político, instaura su dictadura, porque éste es el único camino idóneo para la destrucción del capitalismo y la victoria socialista. «La historia nos enseña — dice Lenin— que una clase oprimida no ha obtenido ni ha podido obtener nunca el poder sin un período preliminar de dictadura, es decir, sin la conquista del poder político y la represión violenta de la resistencia desesperada, salvaje, que no se detiene ante ningún crimen, que oponen siempre los explotadores. La propia burguesía, cuyo poder está defendido actualmente por los socialistas que se pronuncian contra la dictadura en general y que sostienen con alma y vida la democracia en general, alcanzó el poder en los países capitalistas gracias a una serie de insurrecciones, de guerras civiles y al derrumbamiento violento del poder real y de los señores

feudales y la estrangulación de todas las tentativas restauradoras»[85].

Sin dictadura no se ha realizado, pues, en el mundo ninguna revolución profunda. Pero la diferencia entre la dictadura burguesa (aun en sus formas más democráticas) y la dictadura del proletariado radica en que la primera consiste en la represión violenta de la resistencia de la mayoría de la población, constituida por las masas trabajadoras de las ciudades y de los campos, y la segunda se ejerce contra la resistencia de los explotadores, que constituyen, evidentemente, una minoría.

«Junto con una inmensa ampliación de la democracia —dice Lenin— convertida por primera vez en democracia para los pobres, para el pueblo y no para los ricos, la dictadura del proletariado establece una serie de excepciones de la libertad en lo que atañe a los opresores, a los explotadores, a los capitalistas. Ha de aplastarlos para libertar a la humanidad de la esclavitud asalariada. Hay que vencer su resistencia, empleando la fuerza, y es evidente que donde hay violencia no puede haber libertad, no puede haber

democracia»[86].

En Rusia la dictadura del proletariado se basa en los soviets, organismos vivos que ejercen los poderes legislativo y ejecutivo a la par, y que surgieron espontáneamente, por iniciativa de las masas, durante la revolución de 1905, «ensayo general» del gran alzamiento de 1917.

Bajo el régimen soviético, la inmensa mayoría de la población —es decir, todos los ciudadanos que viven de su trabajo— tiene el derecho efectivo —y no el derecho nominal de las democracias burguesas— de participar directamente en la gestión pública, de elegir y ser elegidos, de destituir en cualquier momento a los representantes que no se hayan mostrado dignos de la confianza otorgada, y el deber de velar por la conservación de estos derechos reduciendo violentamente a la impotencia a la clase enemiga,

En resumen, siendo como es un régimen que se inspira en los intereses de la mayoría de la población, la cual ejerce directamente su poder mediante esas vastas organizaciones populares que son los soviets, la dictadura proletaria, o, por decirlo con otros términos, la democracia soviética es un sistema de gobierno infinitamente más democrático que la república burguesa más libre.