Las dictaduras de nuestro tiempo
Capítulo III
El Fascismo italiano
1. Observaciones preliminares
El hecho de que este libro sea una réplica al del señor Cambó nos obliga a seguir su método de exposición y, por consiguiente, a examinar los problemas objeto de este estudio en un orden de sucesión subordinado a un plan defectuoso. En la segunda parte de Las Dictaduras es tan evidente este defecto y tan imperiosa la necesidad de plantear problemas que el Sr. Cambó deja al margen, que, como podrá observar el lector, nos vemos obligados a separarnos del método que hemos seguido hasta ahora de subordinación casi absoluta al de nuestro preopinante.
En el capítulo octavo de su obra, el Sr. Cambó acomete el estudio de las dictaduras, que, a su juicio «presentan características esenciales y dignas de ser consideradas particularmente: la de Rusia, la de Italia y la de Turquía» (página 101).
Insistimos acerca del absurdo que representa considerar el fascismo italiano como un fenómeno idéntico a la dictadura proletaria de Rusia, cuando, por su contenido social, resulta ser su antípoda. Y esto es lo que tiene un valor efectivo y no la analogía —discutible, por lo demás— de las formas externas.
Por lo que atañe a Turquía, consideramos que el régimen de este país, ni por sus orígenes, ni por sus formas, ni por sus procedimientos, tiene nada de común con el fenómeno que estudiamos. Justo es reconocer que el Sr. Cambó ha comprendido la inmensa importancia de la revolución turca. Pero, fiel a su objetivismo, no adivina las verdaderas causas de orden social y económico, y entre ellas, particularmente, la necesidad, por parte de la burguesía, de romper el yugo del imperialismo para garantizar la evolución de las fuerzas productoras del país. Para Turquía, la europeización es sinónima de evolución burguesa y, por consiguiente, un fenómeno progresivo en comparación con el sistema semifeudal que el imperialismo sostenía, en provecho propio, como lo sostiene en todos los países coloniales y dependientes. Y éste será también indefectiblemente el camino de Egipto que, según el Sr. Cambó, busca el progreso «dentro de una tradición más que milenaria» (pág. 111).
Si en un libro consagrado a las dictaduras se podía prescindir del ejemplo de Turquía, que nada tiene de típico en el sentido que nos interesa, era preciso, contrariamente, dedicar mucha más atención, por una parte, a la forma más característica de la dictadura burguesa sin máscara, el fascismo italiano, y por otra a la URSS como primer país en que se ha realizado en gran escala un ensayo de dictadura proletaria cuya virtualidad ha quedado evidenciada por su existencia de más de doce años.
De acuerdo con estas consideraciones prescindiremos de Turquía. Su estudio tendría lugar adecuado en un trabajo dedicado a los movimientos de emancipación nacional. Consagraremos, en cambio, mucho más espacio del que les dedica el Sr. Cambó a estos dos ejemplos típicos de dictadura burguesa y de dictadura proletaria.