Las puertas de Anubis
Capitulo Cuarto
Te vi acercarte a esos dos, y sé que al segundo le sacaste algo. Puede que seas un nuevo recluta del capitán Jack o puede que estés con Horrabin… o puede que vayas por libre. ¿Cuál de las tres cosas?
–No sé de qué me estás hablando, pero… suéltame o llamo a un policía.
– Una vez más, Doyle sintió unos enormes deseos de echarse a llorar, imaginando ya claramente que esa criatura sin piernas jamás iba a soltarle, y que durante el resto de su vida la tendría pegada, rodando con expresión furibunda detrás de él. No estoy con nadie!
–Eso me parecía – dijo el lisiado moviendo la cabeza -. Aparentemente eres nuevo en la ciudad, así que me limitaré a darte un buen consejo. Los mendigos que van por libre pueden intentarlo al este o al norte de aquí, pero Billingsgate, la calle Támesis y Cheapside son zona de los chicos de Copenhague Jack, o de ese circo de alimañas dirigido por Horrabin. Al oeste de San Pablo encontrarás acuerdos similares. Bueno, ahora ya has sido advertido por Patines Benjamin y si te vuelvo a ver en las calles principales del East End…, bueno, chico, francamente – dijo Patines, no sin cierta amabilidad -, entonces, no podrás obtener ningún otro empleo excepto el de mendigo.
Lárgate, vi que te daban algo de plata y debería quitártela… y no empieces a decir que no podría, o me obligarás a demostrarte que si podría…, pero tienes aspecto de necesitarla. ¡Largo!
Doyle se fue apresuradamente en dirección oeste, hacia el Strand, rezando para que las oficinas de los periódicos no cerraran tan pronto como el mercado de Billingsgate, y que en una de ellas hubiera alguna plaza libre y, caso de haberla, que pudiera dominar por un tiempo su creciente agotamiento y estupor para convencer a un editor de que era una persona educada y lo bastante inteligente. Se frotó el mentón y pensó que al haberse afeitado hacia menos de veinticuatro horas la barba aún no era ningún problema, pero le habría ido muy bien tener un peine.
Oh, no te preocupes tanto por tu aspecto – pensó sin demasiada coherencia -.
Conseguirás labrarte una posición sólo con tu elocuencia y la fuerza de tu personalidad.
Se irguió todo lo que pudo e intentó caminar con algo más de viveza.
CAPITULO CUARTO
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El fruto que debía crecer en este Árbol del Mal debía ser grande, pues su destino era ser servido en la mesa de Don Lucifer, como nueva sensación del banquete, dado que todos sus otros manjares, aunque le mantenían gordo y saludable, estaban empezando a cansar su apetito.
TOBIAS DECKER
La gruta subterránea se había formado mediante el derrumbe, sólo Dios sabia cuánto tiempo hacia ya, de unos doce niveles de alcantarillado; los escombros habían ido desapareciendo en el pasado, a manos de los saqueadores o arrastrados por la corriente.
La gruta tenía la forma de una inmensa estancia, sostenida por las grandes vigas que en tiempos habían servido de base al pavimento de la calle Bainbridge (dado que el derrumbe no había llegado a ser notado en la superficie), y el suelo estaba formado por piedras que los romanos habían labrado en los días en que Londinium era una avanzadilla militar, situada en los hostiles campos salvajes de los celtas. A distintas alturas de la gruta se veían hamacas colgadas de largas sogas, que se perdían en la penumbra catedralicia del lugar. Empezaban a verse luces, lámparas que humeaban con un grasiento resplandor rojizo, colgando de los maderos que asomaban, medio rotos, de las abundantes bocas de alcantarillado que constelaban los muros. Un hilillo de agua caía incesantemente de una boca de gran tamaño, perdiendo su aparente solidez a medida que trazaba un arco por la oscura atmósfera, hasta formar un negro lago en un extremo de la cueva.
En el suelo de piedra se veía una gran mesa, y en ella andaba de puntillas un enano de cuerpo deforme y blancos cabellos, colocando delicados platos de porcelana y cubiertos de plata sobre un mantel de lino.
Cada vez que una partícula de cuero podrido o unas cuantas gotas vertidas de una petaca caían sobre la mesa, el enano maldecía en voz baja a los mendigos de arriba. A lo largo de la mesa había sillas y en su cabecera se veía un asiento muy alto, como para un niño de talla monstruosa, pero en el otro extremo de la mesa no había asiento alguno, sólo una especie de arnés que el enano miraba de vez en cuando con expresión temerosa. El arnés colgaba de una larga cuerda que llegaba hasta el techo de la gran estancia, y se balanceaba suavemente impulsado por la brisa de las cloacas.
Los señores de los ladrones estaban empezando a llegar y sus elegantes ropajes contrastaban de forma macabra con el aspecto del lugar. Uno a uno,
fueron ocupando sus lugares en la mesa. El primero en sentarse apartó al enano de un empujón.
–Acepta la palabra de alguien que puede ver la mesa desde arriba – le dijo con expresión absorta -, ya has terminado. Ve por la comida. – ¡Y el vino, Dungy! – le gritó otro de los señores al enano -. ¡Aprisa, aprisa!
El enano echó a correr por un túnel, claramente aliviado ante la excusa que se le proporcionaba para abandonar el lugar, aunque fuera sólo por unos minutos. Los señores sacaron pipas de arcilla y chisqueros de sus bolsillos, y muy pronto una neblina de opio y tabaco se alzó hacia el techo para deleite de los mendigos, que empezaron a balancear sus hamacas de un lado a otro del abismo, para así capturar todo el humo que les fuera posible.
La mesa empezaba a llenarse también con hombres y muchachos harapientos, que se saludaban entre sí a gritos. Un poco más lejos, y ostentosamente ignorados, estaban unos hombres agrupados, que se habían adentrado mucho más en la pobreza y la consiguiente devastación física y mental que ésta acarrea. Permanecían inmóviles, sentados o caídos sobre las losas, en los rincones más oscuros de la gruta, cada uno de ellos solo, pese a estar rodeado de iguales, murmurando y gesticulando más por la fuerza de la costumbre que por un deseo auténtico de comunicarse entre ellos.
El enano apareció nuevamente, tambaleándose bajo el peso de una red de pescar repleta de botellas. Dejó su carga en el suelo y empezó a utilizar un sacacorchos para abrirlas. Desde uno de los túneles más espaciosos empezó a llegar un golpeteo espaciado, como de madera sobre piedra, y a medida que el ruido iba aumentando de volumen el enano descorchaba las botellas cada vez más rápido. – ¿A qué viene tanta prisa, Dungy? – le preguntó uno de los jefes de ladrones, viéndole sudar -. ¿Acaso tienes miedo de ver a nuestro anfitrión?
–Claro que no, señor – jadeó el viejo Dungy, sacando el último corcho -, pero siempre le gusta verme diligente y atareado.
El ruido, que había llegado a ser estruendoso, cesó de golpe y dos manos pintadas de blanco aparecieron agarrándose a las piedras superiores de la boca del túnel, seguidas un segundo después por una cabeza cubierta de pintura, que se agachó levemente para no chocar con la bóveda, casi a unos cuatro metros del pavimento. Horrabin sonrió e incluso los arrogantes jefes de los ladrones y mendigos rehuyeron su mirada, algo inquietos. –
¿Otra vez tarde, Dungy? – graznó con voz alegre el payaso -. Pensaba que ya estaría todo preparado.
–Si, si…, si, señor – dijo el viejo Dungy y casi se le cayó una botella. –
Es sólo que… cada vez me cuesta más servir la mesa bien, señor. Mis viejos huesos… -…alimentarán uno de estos días a los perros callejeros –
concluyó Horrabin, avanzando por la sala con hábiles movimientos de sus zancos. Su sombrero cónico y su abigarrada levita con los hombros puntiagudos por el relleno le daban a la escena el súbito aire de un carnaval.
– Mis huesos, aunque algo más jóvenes, no se encuentran tampoco en muy buena forma, por si te interesa saberlo. – Se detuvo, oscilando sobre sus zancos, ante el arnés que colgaba del techo -. Coge los zancos – le ordenó.
Dungy echó a correr y sostuvo los zancos, mientras Horrabin pasaba los brazos por las tiras del arnés y luego, con una contorsión, metía las piernas por la parte inferior. Luego, el enano llevó los zancos a la pared más cercana y los apoyó en los ladrillos, en tanto que el payaso se balanceaba en el aire a unos tres metros del suelo.
–Ah, mucho mejor – suspiró Horrabin -. Tengo la impresión de que cuando los llevo más de unas cuantas horas, vibraciones malignas empiezan a subir por la madera de los zancos. Y si el tiempo es húmedo la cosa es aún peor, claro. El precio del éxito. – Bostezó, y se abrió un gran abismo rojo en la variopinta superficie de su rostro -. ¡Uf! ¡Y ahora, adelante! Para disculparte ante esta reunión de caballeros, que han debido esperar indebidamente a que empezara la cena, quizá tengas la bondad de cantarnos algo.
El enano torció el gesto, asustado.
–Señor, por favor…, el traje y la peluca están abajo, en mi celda. Me haría falta…
–Esta noche no hacen falta aderezos – dijo el payaso con aire alegre -, no vamos a ser ceremoniosos. Esta noche puedes cantar sin el traje. – Alzó la mirada hacia el techo lejano -. ¡Música!
Los mendigos colgados del techo metieron la mano en unas bolsas de tela atadas a sus hamacas, y de ellas sacaron toda una variedad de instrumentos, que iban desde la armónica a la ocarina, incluyendo un par de violines, y con ellos empezaron a interpretar algo que, si no muy musical, al menos si poseía sin duda un ritmo. Los ecos de las paredes le
proporcionaban el contrapunto y los hombres y chicos harapientos, que rodeaban la mesa, empezaron a llevar el ritmo dando palmadas.
–Basta de tonterías – dijo de pronto una nueva voz, tan aguda que se oyó fácilmente en toda la gruta, pese a la cacofonía de instrumentos y palmadas.
Cuando los presentes se dieron cuenta del recién llegado, reinó el silencio en la gruta.
Un hombre muy alto y envuelto en una capa, por la que asomaba su cabeza calva, avanzó hacia la mesa con paso extrañamente elástico, como si estuviera pisando un trampolín y no el sólido suelo de piedra. – ¡Ah! –
exclamó Horrabin, y al menos en su voz parecía haber cierto deleite, algo que resultaba imposible discernir en su rostro cubierto de pintura -.
¡Nuestro errabundo jefe! ¡Bien, al menos en esta reunión el sillón presidencial no estará vacío!
El recién llegado asintió, quitándose la capa con un gesto brusco y arrojándola a Dungy; el enano se apresuró a salir de la gruta para guardarla con una expresión de agradecimiento en el rostro. Luego se instaló en el asiento que había a un extremo de la mesa y, sin la capa, todos los presentes pudieron ver los zapatos con suelas sobre resortes, que le daban ese andar tan peculiar.
–Señores y ciudadanos – dijo Horrabin, empleando el tono de voz de un jefe de pista circense -, permitid que os presente a nuestro gran jefe… ¡el Rey de los Gitanos, el doctor Romany! – Se oyeron algunos vítores y silbidos, pero bastante desanimados -. ¿Qué asunto trae vuestra presencia a nuestra mesa, Majestad?
Romany no le contestó hasta no haberse desembarazado de sus zapatos con suelas de resorte, tras lo cual lanzó un suspiro de alivio.
–Varios son los asuntos que me traen a tu trono de las cloacas, Horrabin
– dijo -. Para empezar, he traído personalmente el envío mensual de monedas…, soberanos de oro en sacos de doscientos kilos, que he dejado en el pasillo, probablemente aún calientes por haber salido del molde. –
Esta noticia hizo que los asistentes lanzaran unos vítores bastante más sinceros que los anteriores -. Y, además, traigo algunas noticias nuevas en cuanto a nuestra caza particular. – Aceptó la copa de vino tinto que le ofrecía uno de los comensales -. Aún no has sido capaz de encontrar ese hombre al que llamas Cara-dePerro Joe.
–Amigo, un maldito licántropo es bastante difícil de encontrar… y hallarlo puede ser peligroso – dijo una voz al otro lado de la mesa, a lo cual siguieron murmullos de asentimiento.
–No es un licántropo – dijo el doctor Romany sin volverse hacia su anónimo interlocutor -, pero admito que es peligroso, y mucho. Ésa es la razón de que la recompensa sea tan grande, y os aconsejo que me lo traigáis mejor muerto que vivo. En cualquier caso, la recompensa asciende ahora a diez mil libras en efectivo y un pasaje en cualquiera de mis barcos mercantes al punto del globo que se desee. Pero ha aparecido otro hombre que también deseo que me encontréis… y éste debe ser capturado vivo y sin haber sufrido ningún daño. La recompensa por traerme a ese hombre será de veinte mil libras y una esposa tal y como me la pidáis, que os garantizo será tan apasionada como podáis soñar y, por supuesto, un billete al sitio que desee la persona recompensada. – Los comensales se removieron inquietos y empezaron a murmurar entre ellos, e incluso uno o dos de los hombres harapientos, que sólo se movían para la tradicional pelea por los restos de la comida, parecieron dar muestras de interés -. No sé cómo se llama – siguió diciendo el doctor Romany -, pero debe de tener unos treinta y cinco años y tiene el cabello oscuro aunque ya algo escaso. Muestra tendencia a engordar, es de piel pálida y habla con alguna especie de acento colonial. Le perdí la pasada noche en un campo cerca de Kensington, junto al arroyo de Chelsea. Estaba bien atado, pero al parecer… – Romany se calló de pronto, pues Horrabin había empezado a balancearse en su arnés, dando claras muestras de nerviosismo -. ¿Si, Horrabin? – ¿Iba vestido como los vendedores del mercado? – le preguntó el payaso.
–Cuando le vi por última vez no, pero si escapó por el arroyo, tal y como sospecho, estoy seguro de que luego desearía cambiarse de ropa. ¿Le has visto? ¿Dónde, hombre…, cuándo?
–Vi a un hombre que se le parecía, pero iba vestido con un traje de pana vieja e intentaba vender cebollas en Billingsgate esta mañana, justo antes de que cerrara el mercado. Presenció mi espectáculo de Punch y le ofrecí trabajo como mendigo, pero al parecer eso le ofendió y se fue. Dijo que era norteamericano. Yo le dije que cuando cambiara de opinión, y puedo asegurar que jamás había visto un hombre con menos recursos, podía preguntar dónde actuaba el espectáculo de Punch y Horrabin, y que entonces hablara conmigo otra vez.
–Creo que debe de ser él – dijo el doctor Romany intentando controlar su nerviosismo -. ¡Alabado sea Anubis! Temía que se hubiera ahogado en el arroyo. así que Billingsgate… muy bien, quiero que tu gente registre toda el área que hay de San Pablo y el puente, por el este, hasta los tugurios que hay sobre el muelle de Londres, y desde el norte del río hasta el Hospital de Cristo, la Muralla y Long Alley. El hombre que me lo traiga vivo pasará el resto de su existencia rodeado de lujos – Romany volvió lentamente la cabeza para mirarles a todos, y su gélida mirada paralizó a los comensales -, pero si alguien le mata, entonces su destino será tal que… – hizo una pausa como si estuviera buscando la imagen adecuada – entonces tendrá una amarga envidia del viejo Dungy.
Desde los comensales se alzaron murmullos asintiendo: en efecto, había cosas peores que disponer la mesa y ejecutar danzas idiotas. Pero algunos de ellos, que habían estado sentados a esa mesa cuando Dungy era su jefe, agitaron la cabeza y fruncieron el ceño con expresión dubitativa, como pensando si la captura de ese hombre merecía tales riesgos.
–Nuestros asuntos internacionales – prosiguió Romany -, funcionan bien y dentro de un mes, si todo sigue como hasta ahora, deberían producirse unos cuantos resultados bastante espectaculares. – Se permitió el lujo de una breve sonrisa -. Si no supiera que se me tacharía de exagerar salvajemente, me atrevería a decir que nuestro parlamento subterráneo puede muy bien ser el Parlamento que gobierne esta isla antes de que llegue el invierno.
De pronto, una enloquecida explosión de carcajadas resonó entre los hombros harapientos acurrucados alrededor de la mesa, y algo que resultó ser un hombre muy viejo avanzó hacia la luz, moviéndose con la rapidez de un insecto. Hacia mucho tiempo su rostro debió de sufrir una tremenda herida y ahora le faltaba un ojo, la nariz y media mandíbula. Sus harapos eran tan enormes y colgaban de tal modo sobre su cuerpo que daba la impresión de no existir.
–No me queda gran cosa – jadeó, intentando controlar las carcajadas que pugnaban por escapar de su pecho -, no me queda gran cosa, pero me queda lo suficiente para decirte a ti, ¡idiota presuntuoso!, decirte lo que vale tu exageración…¡Burp! – El eructo fue tan potente que a punto estuvo de hacerle caer de espaldas y todos los presentes se rieron.
El doctor Romany clavó una mirada de irritación en el ruidoso desecho que le había interrumpido.
–Horrabin, ¿no puedes poner fin a la miseria de este desgraciado? – le preguntó en voz casi inaudible. – ¡Si no lo hizo es que no puede! – medio rió medio lloró el viejo.
–Con vuestro permiso, señor – dijo Horrabin -, haré que le saquen de la sala. Siempre ha estado aquí, y los mendigos de Surreyside le han dado el apodo de Suerte. Casi nunca habla, pero cuando lo hace sus palabras no tienen mayor significado que las incoherencias de un papagayo.
–Bueno, pues que se lo lleven – dijo Romany irritado.
Horrabin movió la cabeza y uno de los hombres que había estado riendo se acercó a la Suerte de Surreyside y le cogió en brazos, asombrándose visiblemente ante lo poco que pesaba el viejo.
Cuando ya estaba casi fuera de la sala, el viejo se volvió hacia el doctor Romany y le guiñó su único ojo.
–Búscame luego, cuando las circunstancias sean distintas – murmuró con voz teatral echándose a reír de nuevo como un loco.
Sus risotadas fueron apagándose, para convertirse en ecos extraños a medida que él y el hombre que le llevaba en brazos se perdieron por uno de los túneles.
–Tienes invitados muy interesantes a tus cenas – dijo el doctor Romany, aún enfadado, poniéndose de nuevo sus zapatos con resortes.
El payaso se encogió de hombros, lo que produjo un extraño efecto visual dado lo exagerado de sus hombreras.
–En el salón de Horrabin jamás se rechaza a nadie – dijo -. Algunos nunca pueden salir de él, otros se marchan usando el río…, pero todos son bienvenidos. ¿Te vas ya, antes de que sirvan la cena?
–Si, y por la escalera, si no tienes inconveniente. Tengo muchas cosas que hacer…, debo entrar en contacto con la policía y ofrecer una gran recompensa por ese hombre.
También ellos tienen derecho a una recompensa, ¿no? Y, además…, nunca me ha gustado mucho la clase de cerdo que sirves. – La indescifrable expresión que había en el rostro del payaso quizá fuera una mirada de aviso.
Romany sonrió y luego se levantó, frunciendo un poco el ceño al notar de nuevo la presión de los resortes sobre las losas.
Dungy se apresuró a traerle su capa, y Romany la desplegó y se la puso.
Antes de introducirse en uno de los túneles se volvió hacia los comensales y dejó vagar la mirada sobre ellos, sumidos en un silencio muy poco habitual; alzó luego los ojos hasta el techo y los mendigos suspendidos de las cuerdas…, todos le estaban mirando -. Encontrad a ese americano – dijo -.
olvidad a Cara-de-Perro Joe por ahora… y traedme al americano, vivo.
El sol poniente recortaba la cúpula de San Pablo detrás de Doyle, mientras avanzaba por la calle Támesis hacia Billingsgate. La pinta de cerveza, que se había tomado diez minutos antes, le había librado casi totalmente de su mal sabor de boca y había despejado un tanto sus preocupaciones.
Aunque no tan concurrida como durante la mañana, la calle seguía estando poblada: unos niños jugaban a la pelota, de vez en cuando pasaba un carruaje y los peatones tenían que rodear con cautela un carro, del cual unos obreros estaban descargando toneles. Doyle se quedó inmóvil, observando el tráfico.
Unos minutos después vio a un hombre que se le acercaba silbando, y antes de que se hubiera alejado Doyle le preguntó, con cierto cansancio ya que éste era su cuarto intento, si podía decirle dónde actuaba esa noche el espectáculo de Punch y Horrabin.
El hombre miró a Doyle de arriba abajo y meneó la cabeza con aire de duda.
–Las cosas andan mal, ¿eh? Bueno, amigo, yo nunca le he visto actuar de noche, pero cualquier mendigo debería ser capaz de llevarte hasta allí.
Claro que la noche de los domingos apenas si hay un par de mendigos por aquí, pero creo que vi a uno en Billingsgate.
–Gracias.
Las alimañas de Horrabin pensó, mientras seguía andando, ahora un poco más rápido.
Por otro lado…, hasta una libra al día si estás dispuesto a ciertos sacrificios. Doyle se preguntó a qué tipo de sacrificios se estaría refiriendo, y luego pensó en su entrevista con el editor del Morning Port… intentando olvidarla por completo unos segundos después.
En la esquina de Santa Maria del Monte había un viejo sentado, y cuando Doyle se acercó a él vio el letrero que colgaba de su pecho. El letrero decía: EN TIEMPOS FUI UN