Las puertas de Anubis
Capitulo Séptimo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
Jacky le guiñó el ojo. – ¿Vas a Piccadilly de vez en cuando?
En los labios de Carrington fue apareciendo lentamente una sonrisa.
Luego extendió la mano hacia Jacky.
–No, no, yo no – se apresuró a decir ella -. Tengo…, esto…, tengo una enfermedad.
Pero en Piccadilly tenemos chicas muy limpias. ¿Te interesa saber la contraseña para conseguir una gratis o no?
Carrington había retrocedido un par de pasos al oír lo de la enfermedad, pero acabó metiendo la mano en su chaqueta y sacó un cuchillo en una funda de cuero.
–Toma – le dijo -. ¿Cuál es la contraseña?
Jacky pronunció la palabra más fea que había oído en toda su vida.
–Ya sé que te parecerá estúpido, pero ésa es. Sólo tienes que entrar en cualquier sitio de ésos, ve al tipo corpulento de la puerta principal y se lo dices al oído.
Y unos instantes después Jacky, andando sin prisa, salió del Castillo de las Ratas, limpiándose sin ningún disimulo las uñas con el cuchillo CAPITULO SÉPTIMO
Juventud, Naturaleza y el clemente Júpiter para mantener mi llama en la dura lucha, pero tan fuerte era Romanelli que a los tres venció… y de un soplo la extinguió.
LORD BYRON (en una carta desde Patras, 3 de octubre de 1810) Doyle despertó en su lecho de paja el sábado por la mañana, y se dio cuenta de que al fin se había decidido; el pensar en lo que pretendía hacer le secó la garganta e hizo que las manos le empezaran a temblar, pero ese nerviosismo era sólo el de quien ha decidido emprender un viaje peligroso, y resultaba casi un alivio tras una semana pasada en las garras de la duda.
Ahora comprendía que había cometido un error depositando todas sus esperanzas en la intervención de Ashbless; aunque hubiera podido hallar al poeta, no dejaba de ser una fantasía su convicción de que Ashbless podría (o querría) hacer algo para ayudarle. El conflicto al que se enfrentaba era entre Doyle y el doctor Romany y sólo podía resolverse mediante una confrontación abierta. Cuanto antes lo hiciera, mejor serla, pues la salud de Doyle estaba yendo decididamente de mal en peor.
Le pidió a Kusiak el día libre y el viejo se alegró de dárselo, pues la tos de Doyle empezaba a ser tan mala que los clientes le miraban con inquietud, como si temieran hallarse ante el portador de una plaga.
Doyle cogió sus míseros ahorros y compró con ellos el mejor seguro posible en sus circunstancias: una vieja pistola de apariencia muy maltrecha, que el propietario de la tienda juró enfáticamente que todavía era capaz de disparar, y con la cual Doyle pensaba afirmar que se mataría si el doctor Romany intentaba hacerle prisionero. Ayer, en el puente de Londres, Jacky le había contado lo ocurrido con Horrabin y el intento de asesinato, y en esos instantes Doyle deseó tener la píldora de veneno que el enano le había ofrecido a Jacky; resultarla mucho más fácil llevarla entre los dientes que no moverse con una pistola apuntada a su cabeza.
Comprendió que si debía estar mucho rato con la pesada pistola apuntando a su cabeza, el brazo no tardarla en cansarse, por lo que se quitó el cinturón, pasó un extremo por la guarda del gatillo y luego lo volvió a cerrar alrededor de su cuello. Con la chaqueta abotonada y un pañuelo cubriendo el cañón del arma, que ahora reposaba su frío peso justo bajo su mentón, lograba evitar que se fijaran en él, y al mismo tiempo tenía el arma en tal posición que le bastaba meter el pulgar por entre el segundo y el tercer botón de su chaqueta para llegar al gatillo y enviar una bala a través de su boca, su paladar, su cavidad nasal y su cerebro, hasta que viera la luz del sol, al salir exactamente en su coronilla.
En la calle Bishopsgate se encontró con uno de los mendigos del capitán Jack y, tras intercambiar un saludo, el hombre le dijo que el campamento gitano del doctor Romany se hallaba ahora en un campo situado al norte de Goswell Road, dedicado a predecir la fortuna de los aristócratas del West End y a vender filtros de amor y venenos a los habitantes de las zonas bajas de Golden Lane. Tras darle las gracias y transmitirle sus saludos para los demás mendigos, Doyle se marchó en dirección este por el antiguo muro de Londres. Mientras cruzaba la calle Coleman, pensando que en esos instantes se encontraba a una manzana de donde había nacido Keats, oyó un silbido en la acera norte de la calle.
El silbido (tres notas: aguda, grave, grave) era el inicio de Yesterday.
Y desde la otra acera de la calle Coleman, en respuesta, llegaron las siguientes nueve notas de la canción.
Esta vez no había duda posible. No era el único hombre del siglo XX en el año mil ochocientos diez. Con el corazón desbocado cruzó corriendo la calle y al llegar a la acera norte se detuvo, desorientado, mirando a su alrededor. Bastantes transeúntes estaban también mirándole, y Doyle examinó cada uno de los rostros, ya mostraran una expresión divertida o desaprobadora, esperando, sin saber muy bien cómo le sería posible hacerlo, reconocer en ellos algún anacronismo. Pero todos los rostros parecían pertenecer a nacidos en aquella época de la historia.
Había empezado a caminar con vacilantes pasos hacia el final de la calle Coleman, pero no se fijó en el carruaje parado junto a la acera. Tenía la ventanilla abierta, y Doyle pudo ver en el interior el borroso contorno de una silueta. Un segundo antes de que sus pies fueran arrancados del pavimento, vio el destello de una pistola dentro del carruaje, pero lo que oyó fue la detonación del arma que llevaba bajo la camisa al estrellarse el proyectil en el percutor y hacer que éste prendiera la pólvora. Tenía el cuerpo medio vuelto hacia un lado, y el cañón del arma estaba junto a su mandíbula y no bajo ella cuando se disparó; el proyectil, al rojo vivo, le arañó la mejilla, desgarrándole la oreja derecha en vez de levantarle la tapa de los sesos.
Se quedó tendido en el suelo, sin enterarse de la estrepitosa huida del carruaje. Era vagamente consciente de que algo había explotado y de que estaba herido, y cubierto de sangre. Le dolía terriblemente el pecho, pero cuando sus manos entumecidas lograron apartar los harapos quemados por la pólvora, y hubo tirado al suelo los restos humeantes de su pistola, no le pareció que hubiera ninguna herida mortal, sólo un montón de arañazos y quemaduras. Le zumbaban los oídos, el derecho mucho más que el izquierdo.
A decir verdad, sentía todo el lado derecho de la cabeza tan anestesiado como si le hubieran dado una inyección de novocaína. Se lo palpó torpemente con la mano y notó que estaba cubierto de sangre, y una gran herida… pero no había oreja. En el nombre de Dios, ¿qué había pasado?
Intentaba ponerse en pie cuando varios paseantes se acercaron a él y, con algo rudas muestras de simpatía, le alzaron en vilo. Doyle comprendía a medias lo que decían:
–Eh, amigo, ¿vas a vivir? – ¿Cómo se te ocurre preguntarle eso, no ves que le han dado en la cabeza?
–El tipo del carruaje le disparó.
–Tonterías, yo lo vi todo… le explotó el pecho. Llevaba una bomba. Es uno de esos espías franceses de la plaza Leicester.
–Eh, mirad – exclamó uno -. Lleva un trozo de pistola colgando del cuello. – Hizo volver el rostro de Doyle hacia el suyo -. ¿Por qué demonios llevaba una pistola colgada ahí?
Doyle deseaba marcharse a toda prisa.
–Yo… acabo de comprarla – logró murmurar -. Pensé que sería un buen modo de llevarla hasta casa. Yo… supongo que se me disparó por accidente.
–Este hombre es idiota – afirmó el interrogador de Doyle. Luego se volvió nuevamente hacia él y añadió -: No creo que fuera una pistola demasiado buena, a juzgar por como ha quedado después de hacer un solo disparo. Ande, venga conmigo y le llevaré a un médico para que le remiende la cabeza. – ¡No! – Doyle era incapaz de recordar si en mil ochocientos diez ya se utilizaban los antisépticos y, aunque sabía que en esos momentos no pensaba con gran claridad, sabía igualmente muy bien que no estaba dispuesto a pillar una infección a causa de unos dedos sucios o un hilo de sutura en malas condiciones -. Sólo un… un poco de coñac, por favor. Que sea fuerte. o whisky…, algo que tenga mucho alcohol dentro. –
¡Lo sabía! – dijo con voz aflautada un viejo que no se había enterado realmente de lo ocurrido -. Es un timador; seguro que perdió la oreja hace años y ahora va fingiendo que se la acaba de volar una y otra vez por todo Londres, para que los tontos le paguen una copa.
–No – rebatió otro de los presentes -. Mire, ahí hay un trozo de oreja…
¡Eh, cuidado! ¡Parece que se está mareando!
Y, desde luego, Doyle se estaba mareando. Unos instantes después reunió las fuerzas suficientes para abrirse paso a través del grupo que había acudido en su ayuda, cada vez menos numeroso. Sin hacer caso a las miradas de curiosidad que llovían sobre él de todos lados, se quitó la chaqueta y con los restos de su camisa se vendó lo más fuerte que pudo la cabeza para detener la hemorragia, que goteaba sobre el pavimento y le manchaba las manos. Luego volvió a ponerse la chaqueta y, mareado por la conmoción y la pérdida de sangre, se alejó tambaleándose en busca de alguna taberna pues, aunque en esos instantes no se daba cuenta de casi nada, le consolaba un poco el saber que la compra de su pistola, uno de
cuyos fragmentos colgaba aún de su cuello, le había dejado con dinero suficiente para dos coñacs: uno servirla para empapar su vendaje y el otro se iría rápidamente cuello abajo.
Dos días después oyó nuevamente la canción de los Beatles.
Cuando volvió a la fonda de Kusiak, la tarde del domingo, abrió de un empujón la puerta y entró tambaleándose en la sala principal. El viejo posadero apartó los ojos de un libro de cuentas que estaba examinando con una expresión de alarma, que se convirtió rápidamente en una mueca de ira.
Interrumpió las nada coherentes explicaciones de Doyle con la seca orden de que le metieran en una cama y cuidaran de él hasta que su alma salga volando por el techo, o sus malditos pies puedan llevárselo otra vez por la puerta de atrás. Dicho esto, uno de sus nudillos se materializó bajo el mentón de Doyle, y levantó su pálido rostro hacia él.
–Y no me importa qué camino escojas, Doyle, pero quiero verte fuera de aquí lo más pronto posible… ¿Me has entendido?
Doyle se había erguido todo lo posible y le había soltado una réplica llena de dignidad, que luego fue totalmente incapaz de recordar; después puso los ojos en blanco y cayó de espaldas como un árbol herido, por el hacha. Cuando su cuerpo se estrelló en el suelo, éste retumbó como un timbal y sus uñas, al arañar brevemente los tablones, hicieron un ruido semejante al de unas castañuelas.
Kusiak, sintiendo cierto alivio, le declaró muerto y ordenó que le sacaran de allí mientras aguardaban la llegada de la policía, pero apenas el fláccido cuerpo había sido arrastrado por dos pinches de cocina hasta la puerta trasera, Doyle se levantó como impulsado por un resorte, miró a su alrededor muy nervioso y dijo:
–Vuelo ocho, cero, uno a Londres… se supone que me han reservado un billete. Lo paga… Darrow de EIID. ¿Qué está pasando?
Dicho esto, volvió a desmayarse.
Kusiak le maldijo sin demasiado entusiasmo, así como a Jacky pese a no estar presente, y luego ordenó a los pinches que se llevaran a su nada bienvenido y delirante huésped al cuarto vacío más miserable que pudieran hallar, y que una vez en él le fueran echando un vistazo de vez en cuando hasta que tuviera la bondad de morirse.
Durante dos días Doyle estuvo languideciendo en una angosta cama, en un cuarto desprovisto de ventanas y de forma más bien peculiar, situado
bajo la escalera de la fonda, alimentado por la excelente sopa de pescado de Kusiak, regada con cerveza negra, y durmiendo la mayor parte del tiempo.
Hacia la tarde del martes logró levantarse de la cama y se presentó en la sala principal, donde le vio Kusiak, con su eterno delantal, y le dijo que si estaba lo bastante recuperado para abandonar su cuarto, entonces, maldita sea, se encontraba también lo bastante sano como para largarse inmediatamente de la fonda.
Una vez que Doyle se puso la chaqueta y hubo dado unos pasos más bien vacilantes por la calle oyó cómo algo rebotaba en los adoquines a su espalda. Se volvió y descubrió que Kusiak había arrojado por la puerta los restos de su pistola; Doyle volvió sobre sus pasos y los recogió, pensando que podrían proporcionarle unos cuantos peniques en cualquiera de las traperías, que parecían estar por todas partes y, dado el estado actual de cosas, conseguir tres peniques significarla doblar su fortuna.
Desde luego está destrozada, pensó, mientras la recogía. El percutor había desaparecido, la culata se había partido y el retorcido cadáver de la bala, que se había estrellado en ella, resultaba claramente visible en el interior de la madera. Doyle se estremeció, recordando que si la pistola no hubiera estado en mitad de su camino la bala se habría hundido directamente en su pecho.
Entonces se le ocurrió examinar más de cerca la bala y vio que tenía la base plana de los proyectiles disparados con un cartucho fabricado a máquina, no la forma redonda de las balas corrientes en ese año.
Bueno – pensó con nerviosismo -, esto lo confirma. Las balas de este tipo no se empezaron a usar hasta mil ochocientos cincuenta o por ahí. Hay más hombres del siglo veinte por aquí…, es decir, ahora…, y por una razón desconocida son hostiles. Me pregunto qué diablos tendrán contra mí Y –
pensó – me pregunto quién diablos serán.
Había llegado a la calle Borough y a su derecha se alzaba la sombría masa del hospital de Santo Tomás, mientras que a su izquierda el puente de Londres erguía su silueta bañada por la luz del ocaso a caballo del ancho cauce del Támesis; en sus aguas de un gris metálico empezaban a relucir los primeros destellos rojizos del crepúsculo. Le pareció más prometedora la visión del otro lado del río y torció hacia la izquierda.
Pero – se preguntó mientras iba andando por la orilla -, ¿a qué se debe que unos viajeros del tiempo visiten Londres en mil ochocientos diez? ¿Y,
en nombre de Dios, por qué desean matarme? ¿Por qué no se limitan a llevarme de vuelta? ¿Acaso piensan que quiero estar aquí… ahora? De pronto se le ocurrió una idea. Quizá se deba a que estoy buscando a William Ashbless. Quizá habría aparecido en la cafetería Jamaica, pero ellos le han secuestrado, y viniendo yo del futuro me he dado cuenta de su ausencia, por lo cual desean evitar que le hable a nadie de ello.
Se detuvo unos instantes en el centro de la curvatura formada por el puente y se apoyó en el parapeto de piedra, aún caliente por el sol, contemplando el curso del río; en el oeste el cielo se oscurecía, dibujando aún la silueta de los cinco arcos de Blackfriars, a casi un kilómetro río arriba. Supongo que tendré que hacer otro intento para hablar con el doctor Romany; es probable que sea una causa perdida, pero debo intentar como sea volver a mil novecientos ochenta y tres. Suspiró, permitiéndose un segundo de autocompasión. Si sólo fuera por esta bronquitis, neumonía o lo que sea, podría quedarme aquí, intentar superarla y arreglármelas, para ganarme la vida en este año, pero cuando dos grupos evidentemente poderosos combaten por tu posesión, uno queriendo matarte, mientras que el otro se conforma meramente con torturarte, es difícil conservar un trabajo. Se alejó del parapeto y empezó a caminar hacia el extremo norte del puente. Claro que podría irme de la ciudad – se dijo -. podría ir a la costa, robar un bote y largarme en él, dejando que la corriente me llevara hasta Gravesend o donde fuera. Empezar una nueva vida… Cuando emergió por fin de sus ensueños se encontraba ya fuera del puente y cruzando la calle Támesis. Miró a uno y otro extremo de la calle, iluminada por sus faroles, recordando el día, hacía ya dos semanas y media, en que casi había dejado que ese falso ciego le llevara hasta Horrabin, y cómo fue rescatado en el último instante por Patines Benjamin.
Había poca gente por la calle esa noche de martes, y tanto las tabernas como las fondas dispersas por la calle Gracechurch estaban más bien silenciosas, aunque sus luces tiñeran de reflejos cálidos los adoquines.
Doyle pudo oír el silbido a una buena distancia. Era otra vez Yesterday.
Una vez hubo pasado el primer momento de pánico irracional, Doyle sonrió con una amarga diversión al pensar en lo pavloviana que se había vuelto su respuesta a esa maldita canción de los Beatles; se había metido sin perder un segundo en el portal más próximo y, sacando el fragmento de pistola del bolsillo de su chaqueta, lo había levantado sobre su cabeza como
si fuera una porra. Cuando se dio cuenta de que el silbido estaba por lo menos a una manzana de distancia, bajó el arma y respiró hondo, aunque su corazón siguió latiendo con el mismo ritmo frenético de antes. Asomó cautelosamente la cabeza fuera del portal, sin atreverse a salir de él por miedo a llamar la atención. Unos instantes después el silbido dobló la esquina de Eastcheap y empezó a sonar más cercano; venía por Gracechurch, en dirección a Doyle, pero por el otro lado.
El hombre que silbaba era alto y parecía estar borracho. Llevaba un sombrero de ala ancha, que le tapaba el rostro, y al caminar daba bandazos de un lado a otro de la acera, prorrumpiendo de vez en cuando en una torpe parodia de claqué, acelerando entonces el ritmo del silbido para acompañarse. Cuando estaba a punto de pasar junto al escondite de Doyle su cabeza osciló exageradamente a la derecha y el hombre pareció darse cuenta, por primera vez, de una taberna pequeña y mal iluminada que se llamaba El Remero Vigilante. El hombre dejó de silbar, se dio una palmadita en el bolsillo y, aparentemente tranquilizado al oír el tintineo de las monedas, le dio un empujón a la puerta provista de un ojo de buey y desapareció en el interior.
Doyle se dispuso a marcharse a toda prisa en dirección sur, hacia el río y Gravesend, pero apenas había dado unos pasos se detuvo y se volvió hacia la taberna. ¿Puedes irte así como así? – se preguntó -. Este tipo parece estar solo, desde luego, y en este momento no da la impresión de ser particularmente peligroso. No seas idiota – protestó la parte más miedosa de su mente -, ¡lárgate de aquí! Doyle se quedó inmóvil durante unos segundos y luego, casi de puntillas, cruzó la calle y se aproximó a la gruesa puerta de El Remero Vigilante. El viejo letrero de la taberna chirriaba suavemente, colgado de sus cadenas por encima de su cabeza, mientras Doyle intentaba reunir el coraje suficiente para agarrar el picaporte en forma de S.
De pronto la puerta se abrió bruscamente desde el interior, evitándole el problema de tomar una decisión, y un hombre alto y fornido pareció materializarse en la calle como si le hubiera impulsado la oleada de aire caliente y cargado con los olores de la carne, la cerveza y las velas de sebo que salió de la taberna. – ¿Qué pasa, amigo? – dijo en voz alta el hombre -.
¿No tienes ni un penique para cerveza? Ten: cuando Morningstar bebe, todo el mundo bebe. – Dejó caer un puñado de monedas de cobre en la palma de Doyle -. Venga, adentro.
Morningstar apoyó una mano gigantesca entre los omoplatos de Doyle y, de un empujón, le metió en la taberna.
Doyle corrió hasta el largo mostrador que había en el otro extremo de la sala, apartando el rostro al pasar ante el grueso de las mesas y los reservados, y le pidió una cerveza al camarero, que parecía más bien aburrido. Luego se echó el pelo sobre la frente, alzó la pesada jarra de cerveza hasta sus labios y, con sólo los ojos al descubierto, le dio la espalda al mostrador y empezó a examinar lentamente la sala, mientras tomaba su primer trago.
Cuando estaba a mitad de su examen se quedó helado y estuvo a punto de atragantarse. El hombre que silbaba estaba sentado en un reservado, junto a la otra pared, con una cerveza delante; había dejado el sombrero junto a la jarra, y la vela que tenía sobre la mesa iluminaba claramente su flaco rostro y sus ojos algo nublados. Era Steerforth Benner.
Una vez se hubo convencido de que no era ni un error ni una alucinación, Doyle bebió un poco más de cerveza. ¿Por qué no había vuelto Benner con los demás? ¿Acaso alguien más había perdido el barco? Doyle se apartó del mostrador con su cerveza en la mano y fue hacia la mesa de Benner, con la otra mano en el bolsillo de su chaqueta agarrando el pedazo de pistola.
Doyle se quedó quieto ante él, pero Benner no le miró. Doyle, indeciso, apretó el pedazo de pistola contra la tela de su chaqueta, tensándola, y luego le sacudió por el hombro.
Y Benner alzó la cabeza, frunciendo sus cejas rubias en un ceño de irritación. – ¿Sí? – dijo. Luego, intentando articular con más precisión, añadió -: ¿Qué pasa?
Doyle se estaba impacientando. ¿Por qué tenía que estar borracho justo ahora?
–Soy yo, Steerforth. Soy Doyle. – Tomó asiento al otro lado de la mesa, dejando que el pedazo de pistola golpeara la madera con un estruendo metálico -. Tengo un arma – le dijo -, y te está apuntando al corazón. Ahora quiero unas cuantas respuestas a mis preguntas.
Benner le estaba mirando boquiabierto, con los ojos desorbitados por el horror. – ¡Jesús, Brendan, no me tortures más! – farfulló de modo casi ininteligible -. ¿Eres real? Quiero decir, estás aquí, no eres ningún fantasma, ni tengo el delírium trémens. ¿Eres tú? Di algo, maldición!
Doyle meneó la cabeza disgustado.
–Tendría que fingir que soy un fantasma sólo para ver cómo te pones histérico.
Cálmate un poco. Soy real. ¿Es que los fantasmas beben cerveza? –
Doyle tomó un sorbo como si estuviera haciendo un truco de magia, sin apartar los ojos de Benner -. obviamente, sabes que me dispararon el domingo. Dime quién lo hizo y por qué… y quién más anda por ahí silbando Yesterday.
–Todos, Brendan – se apresuró a responder Benner -. Todos los que Darrow ha traído con él; es una especie de señal para reconocerse entre ellos, como la que utilizan los Jets en West Side Story. – ¿Darrow? ¿Está aquí otra vez? Pensé que el viaje de vuelta había salido bien. – ¿La vuelta del tuyo? Claro que salió bien. Todos volvieron perfectamente menos tú. –
Benner meneó pesadamente la cabeza -. Nunca llegué a pensar que desearas permanecer aquí, Brendan.
–No lo deseaba. Me secuestró un gitano medio loco. Pero, entonces,
¿qué estás diciendo? ¿Dices que Darrow ha vuelto otra vez? ¿Cómo ha podido hacerlo? ¿Encontró nuevos agujeros por los que saltar?
–No. ¿Qué falta le hacen? Mira, todo el discurso de Coleridge era una tapadera para financiar el auténtico proyecto de Darrow…, que era instalarse de modo permanente en el condenado mil ochocientos diez.
Estuvo contratando tipos de mente abierta y bien enterados de la historia para que formaran su guardia personal… ése es el trabajo del cual no podía hablarte, ¿recuerdas? Y entonces se dio cuenta de que el viejo Coleridge estaba a punto de dar un discurso en Londres en el mismo período del agujero. Había estado empezando a tener problemas financieros y ésa era la solución…, conseguir un millón por cabeza de diez tipos raros, amantes de la cultura y deseosos de oír a Coleridge. Y entonces decidió que para ello necesitaba a un experto en Coleridge, y por eso te contrató. Pero durante todo ese tiempo el objetivo principal era volver aquí en persona, con su puñado de elegidos para quedarse a vivir. Así que cuando el grupo de Coleridge volvió a mil novecientos ochenta y tres, les metió a toda prisa en sus coches, preparó otro salto al mismo agujero de septiembre y volvimos.
Pero esta vez llegamos en mitad del agujero, una hora o algo así después de que todos vosotros…, es decir, nosotros, hubiéramos ido a oír a Coleridge,
limpiamos todas las trazas de nuestra llegada, y cuando los dos carruajes volvieron ya nos habíamos ido y esperamos a que el agujero se cerrara.
Claro que en los carruajes faltaba un experto en Coleridge… – Benner sonrió -. habría sido divertido ir hasta La Corona y el Ancla para echarnos un vistazo a nosotros mismos. Dos Benner y dos Darrow! Darrow llegó a pensar en ello para impedir tu desaparición, pero decidió que cambiar la historia, aunque fuera en tan poco, estaba lleno de riesgos.
–Entonces, ¿por qué desea matarme? – le preguntó Doyle con impaciencia -. Y si a Darrow le preocupa tanto la inviolabilidad de la historia, maldición, ¿por qué ha secuestrado a William Ashbless? –
¿Ashbless? ¿Ese poeta chalado sobre el que andabas escribiendo? No hemos hecho nada al respecto. ¿Qué ocurre, ha desaparecido? – Benner parecía totalmente sincero.
–No – dijo Doyle -, sencillamente no ha aparecido. Y ahora deja de evitar el tema: ¿por qué Darrow desea verme muerto?
–Creo que su meta final es vernos muertos a todos – murmuró Benner contemplando su cerveza -. Ha estado prometiendo al personal que se le permitirá volver a mil novecientos ochenta y tres mediante un agujero en el año mil ochocientos catorce, pero estoy prácticamente seguro de que piensa matarnos uno a uno, a medida que deje de necesitarnos. Ha confiscado todos nuestros ganchos móviles y ya ha matado a Bain y Kaggs, los que habrían debido terminar contigo hace una semana. Y cuando esta mañana le oí dar la orden de disparar apenas me vieran, conseguí hacerme con una buena cantidad de dinero en efectivo y me largué, pero no me atrevo a rondar demasiado cerca de él. – Benner alzó la mirada con expresión cansada -. Verás; Brendan, no quiere a nadie más aquí enterado de las cosas del siglo veinte…, radio, penicilina, fotografía, todo ese tipo de asuntos. Le preocupaba mucho que fueras a patentar una máquina voladora más pesada que el aire, o que se te ocurriera publicar La playa de Dover con tu nombre, o algo parecido. Se sintió muy aliviado cuando yo…
Hubo un silencio que se fue alargando de modo cada vez más incómodo, mientras en los labios de Doyle aparecía una sonrisa feroz.
–Cuando le informaste de que me habías metido una bala en el corazón.
–Cristo – murmuró Benner con los ojos medio cerrados -, no me dispares, Brendan…
Tuve que hacerlo en defensa propia. habría ordenado que acabaran conmigo si no lo hubiera hecho. De todos modos, no lo conseguí. – Abrió los ojos y le miró -. ¿Dónde te dio la bala? Estoy seguro de que no fallé el tiro.
–No, el tiro fue excelente, justo en el centro de mi pecho. Pero yo llevaba algo bajo la chaqueta y eso detuvo el proyectil.
–Oh. Bueno, me alegro – Benner sonrió ampliamente y se reclinó en su asiento -. ¿Has dicho que no desapareciste voluntariamente del viaje de regreso? Entonces, tú y yo podemos ayudarnos mucho el uno al otro. –
¿Cómo? – le preguntó Doyle con escepticismo. – ¿No quieres volver a mil novecientos ochenta y tres?
–Bueno…, sí.
–Bien. Yo también. Amigo, no sabes apreciarlo hasta que lo has perdido, ¿verdad? ¿Sabes lo que más echo en falta? Mi equipo estereofónico Jesús, cuando estaba en casa podía hacer sonar las nueve sinfonías de Beethoven en un día si me venía en gana, y luego podía empezar con Tchaikovsky. ¡Y Wagner! ¡Y Gershwin o Janis Joplin!
Demonios, era divertido hacer el trayecto hasta el Dorothy Chandler para oír los conciertos, pero cuando ésa es la única forma de escuchar música resulta más bien horrible.
–De acuerdo, Benner, ¿cuál es tu plan?
–Bueno…, toma un puro, Brendan, y… – agitó la mano hacia una camarera – vamos a tomar otra ronda y te lo explicaré.
Doyle aceptó el puro, tan largo como los que solía fumar Churchill, pero sin vitola ni envoltura de celofán y le dio un mordisco a la punta. Luego, sin apartar los ojos de Benner, cogió la vela y chupó hasta dejar el puro bien encendido. No sabía mal del todo.
–Bien – empezó Benner, encendiendo otro puro, una vez que Doyle hubo dejado la vela sobre la mesa -, para empezar debes saber que el viejo está chalado. Está loco. Es listo como el diablo, claro que sí, pero algo se le ha roto dentro del cuadro de fusibles. ¿Sabes qué hemos estado haciendo desde nuestra llegada? ¿Sabes lo que hemos estado haciendo en vez de…, no sé, de comprar billetes para Sutter's Mill o el Klondike? Bueno, pues ha comprado una tienda en la calle Leadenhall y la ha equipado con todo lo necesario para…, ¿sabes para qué? Pues para la depilación, uno de esos salones a los que acudes cuando quieres quitarte el pelo… y además tiene a
dos hombres en la tienda desde las nueve de la mañana hasta las nueve y media de la noche, continuamente.
Doyle frunció el ceño, sin saber qué pensar. – ¿Dijo…, dijo cuál era la razón de esa tienda?
–Claro que sí. – Entonces llegaron las cervezas y Benner tomó un buen sorbo de la suya -. Nos dijo que estuviéramos bien atentos en busca de un hombre que tuviera todo el cuerpo como tú tendrías la cara a las cinco de la tarde, y que pidiera un tratamiento completo. Darrow nos dijo que le disparásemos con una pistola tranquilizadora, que lo atáramos y que lo lleváramos arriba; no debíamos hacerle daño alguno aparte del tranquilizante, y sería mejor para nosotros si no le dábamos en la cara o en el cuello al dispararle. Y, Brendan, entiende bien esto, yo le pregunté qué aspecto tenía ese tipo…, quiero decir, aparte del pelo. ¿Sabes lo que me respondió Darrow? Dijo que no lo sabía y aun si lo supiera la descripción sólo iba a servir durante una o dos semanas. Y ahora, dime…, ¿son ésas las palabras y las acciones de un hombre cuerdo?
–Puede que sí y puede que no – dijo Doyle lentamente con las cejas arqueadas, pensando en que ahora sabía mucho más sobre los planes de Darrow que el propio Benner -. ¿Qué relación tiene todo esto con tu plan para llevarnos a casa?
–Bien…, dime, ¿tienes aún tu gancho móvil? Perfecto, Darrow sabe donde están todos los agujeros y cuánto duran; en estos momentos son bastante frecuentes y el de mil ochocientos catorce no es el más próximo.
Haremos un trato con él, le pediremos que nos diga dónde se encuentra el más cercano, y cuando el campo se forme nosotros estaremos justo en el centro y… ¡bingo! Volveremos a encontrarnos en ese solar y en el Londres moderno.
Doyle le dio una buena calada al puro, que debla admitir estaba resultando excelente, y lo acompañó con un trago de cerveza. – ¿Y qué vamos a venderle?
–Oh, ¿no te lo he dicho? He descubierto a su hombre peludo. Apareció ayer, tal y como dijo el viejo que haría. Es un tipo pelirrojo, bajito y algo gordo; inconfundible, con todo el cuerpo sombreado. Cuando intenté coger la pistola tranquilizadora se asustó y salió corriendo, pero – Benner sonrió con orgullo -, le seguí hasta el sitio donde vive. Esta mañana me dediqué a pegar el oído a la habitación de Darrow, intentando saber si estaba de humor
para ofrecerle esta información a cambio de mi gancho y la localización del próximo agujero y…, ¡por Dios!, oí cómo Darrow le decía a Clitheroe que los muchachos debían pegarme un tiro nada más verme. Al parecer no confía en ml. Cogí todo el dinero que pude encontrar en la caja, salí corriendo y hablé en persona con el hombre peludo.
He comido con él hace sólo unas horas. – ¿Comiste con él? – Doyle pensó que habría preferido comer con Jack el Destripador antes que con Cara-de-Perro Joe.
–Cierto. La verdad es que no es malo del todo; está algo loco y había constantemente de la inmortalidad y los dioses egipcios, pero es listo y ha recibido una educación condenadamente buena. Le dije que Darrow estaba en condiciones de curar su problema de hipervellosidad, pero que deseaba hacerle algunas preguntas. Le dejé pensar que el viejo tenía intenciones de torturarle… y, por lo que yo sé, quizá las tenga, y que necesitaba un mediador, alguien que hiciera de portavoz para tratar con Darrow. Le dije que había estado con Darrow, pero que me había marchado cuando le oí hablar de las atrocidades que pensaba cometer con ese pobre infeliz.
¿Entiendes? Pero sigo teniendo ese problema con la orden que ha dado Darrow a sus chicos, de que me maten nada más verme. – Benner sonrió -.
Por lo tanto, puedes convertirte en mi socio. Había con Darrow, encárgate de negociar el trato y luego podrás compartir el premio… un viaje a casa.
Creo que lo mejor ser que le digas esto… – Se apoyó en su asiento y contempló a Doyle con una ceja arqueada -: Mire, Darrow, le diremos al viejo King Kong que no acuda a verle hasta que reciba una carta nuestra. Y
le daremos esa carta a un amigo…, conozco a una chica que será perfecta para eso, por cierto… con instrucciones de echarla al correo sólo cuando nos haya visto desaparecer por uno de esos agujeros. así que denos un gancho y la localización de un agujero, y si nuestra chica ve cómo nuestras ropas vacías caen al suelo…, y piense que puede encontrarse a cien metros de distancia, en la copa de un árbol o en una ventana, así que le resultar imposible cogerla…, entonces su hombre peludo recibirá el mensaje de que acuda a Darrow.
Doyle había estado intentando interrumpirle.
–Pero, Benner – logró decir por fin -, te olvidas de que Darrow ha dado la orden de matar también a Doyle. No podré acercarme a él.
–Brendan, nadie anda detrás tuyo – le dijo Benner con paciencia -. Para empezar, todos creen que te maté, y para continuar te recuerdan como ese tipo algo gordito y de aire saludable que dio la conferencia sobre Coleridge.
¿Te has mirado a un espejo últimamente? Estás cadavérico y tienes la cara tan pálida como esos tipos que salen en los grabados de Fritz Eichenberg, aparte de que en tu cara hay algo así como cien arrugas nuevas… ¿quieres que siga? De acuerdo… además, ahora te has quedado decididamente calvo y, para colmo, tu maldita oreja parece haberse esfumado. ¿Cómo lo conseguiste? Ah, el otro día me di cuenta de que andabas de un modo raro.
Francamente, pareces veinte años más viejo. Nadie te echará una mirada para pensar luego aja, es Brendan Doyle, así que deja de preocuparte. Lo único que debes hacer es entrar en ese salón para depilaciones y decir algo así como: Hola, un amigo mío tiene el cuerpo cubierto de pelo, dejad que hable con vuestro jefe. Cuando hayas llegado hasta ahí puedes admitir que eres Doyle, no se atreverá a poner en peligro su única conexión con el gran gorila blanco.
Doyle asintió pensativamente.
–No está mal, Benner. Es complicado pero no está mal.
Doyle estaba bastante seguro de cuáles eran las intenciones de Darrow… y, dicho sea de paso, ahora comprendía la razón de que el viejo tuviera una copia del Diario de lord Robb. Es su cáncer – pensó -. No puede curarlo, pero apenas se ha familiarizado con el viaje temporal ha sabido que existe un tipo capaz de cambiar de cuerpo, por lo cual busca una copia del libro de lord Robb, dado que contiene la única mención del momento, el lugar y las circunstancias en que Cara-de-Perro Joe fue ejecutado… o, mejor dicho, linchado, en el año mil ochocientos once. ¡Es una buena información para usarla en un negocio como éste!
–Maldita sea, Brendan, ¿me estás escuchando?
–Lo siento, ¿qué decías?
–Presta atención, es muy importante. Estamos a martes…, ¿qué te parece si el sábado estás en… conoces Jonathen's, junto a la Bolsa al otro lado del río, subiendo por la orilla?
Bueno, podríamos encontrarnos allí al mediodía. Creo que entonces ya podré tener arreglado el asunto de la carta con mi chica y habré hablado con el hombre peludo; luego podrás ir a ver al viejo. ¿De acuerdo? – ¿Cómo se
supone que voy a vivir hasta el sábado? Me hiciste perder el trabajo que tenía al dispararme.
–Oh, lo siento. Toma. – Benner metió la mano en el bolsillo y arrojó cinco arrugados billetes de cinco libras cada uno sobre la mesa -. ¿Te las arreglarás con eso?
–Supongo que sí. – Doyle se los guardó y luego se puso en pie. Benner extendió la mano pero Doyle se limitó a contemplarla con una sonrisa -. No, Benner. Pienso cooperar contigo, pero no pienso darle la mano a un tipo que es capaz de matar a un viejo amigo sólo para librarse de un problema.
Benner cerró la mano con un leve chasquido y sonrió.
–Repite eso cuando te hayas encontrado en la misma situación que yo y hayas obrado de forma distinta, viejo…, puede que entonces me sienta avergonzado. Te veré el sábado.
–De acuerdo. – Doyle se dio la vuelta, disponiéndose a salir, pero luego se detuvo y miró nuevamente a Benner -. Un puro muy bueno. ¿Dónde lo has conseguido? Me he estado preguntando qué tal son los puros en mil ochocientos y creo que ahora puedo permitirme ese lujo.
–Lo lamento, Brendan. El puro es un Upmann del año mil novecientos ochenta y tres.
Le robé una caja a Darrow antes de irme.
–Oh..,
Doyle fue hasta la puerta y salió a la calle. La luna brillaba ya en el cielo, y las sombras de las nubes barrían la calle y las fachadas, como fantasmas huidizos que tuvieran mucha prisa por llegar al río. Un viejo estaba inclinado junto a la acera, y mientras Doyle le miraba, extendió la mano para recoger una maltrecha colilla de puro.
Doyle fue hacia él.
–Tenga – le dijo, extendiendo su puro – olvídese de esta porquería y tome este Upmann.
El viejo le contempló con expresión iracunda. – ¿Qué me tome qué?
Demasiado cansado como para explicárselo, Doyle se marchó a toda prisa.
Siendo entonces lo bastante rico como para concederse ciertas comodidades, Doyle alquiló una habitación en el Hospitable Squires de Pancras Lane, dado que todas las fuentes concordaban en afirmar que allí había pernoctado William Ashbless durante sus dos primeras semanas de
estancia en Londres. Aunque le sorprendió enterarse de que el encargado jamás había oído hablar de Ashbless, y que nunca le había alquilado una habitación a un hombre alto y rubio con abundante barba o sin ella, el problema planteado por la ausencia de Ashbless era mucho menos apremiante para Doyle ahora que se había comprometido con el plan de Benner.
Pasó los tres días siguientes descansando. Su tos no parecía empeorar (de hecho, daba la impresión de estar mejorando un poco) y la fiebre, que había estado soportando durante dos semanas, había sido evidentemente eliminada por la cerveza de Kusiak y su sopa llena de especias. Como aún temía a los hombres de Horrabin, y ahora también a los de Darrow, no se alejó mucho de su habitación, pero descubrió que desde su más bien angosto balcón resultaba fácil trepar por las tejas hasta lo alto del edificio; y en una zona totalmente plana, que se encontraba entre dos chimeneas, encontró una silla con la madera hinchada y algo agrietada por décadas de intemperie londinense. Estuvo sentado en ella durante las largas puestas de sol, contemplando la pendiente de las calles Támesis y Fish, que bajaban hacia el río, y los botes que zarpaban con la marea dando una impresión de tranquila falta de prisas. Solla dejar el tabaco y un chisquero en el amplio repecho de ladrillos de la chimenea, a su izquierda, y en el tejado, allí donde su mano derecha llegaba fácilmente, tenía una gran jarra de cerveza fría; dando chupadas alternas a su pipa y sorbos a su jarra, se dedicaba a contemplar el casi bizantino entramado de tejados, torres y columnas de humo dominado por la cúpula de la catedral de San Pablo, a la derecha, pensando con la cómoda seguridad de quien no debe tomar ninguna decisión por el momento, en que quizá lo mejor era, sencillamente, no ver a Benner y dedicarse a vivir su vida en esa mitad de siglo, que iba a verse dominada por las presencias de Napoleón, Wellington, Goethe y Byron.
Sus tres días de reposo se vieron empañados sólo por un acontecimiento desagradable; en la mañana del jueves, cuando Doyle volvía a su alojamiento tras visitar a un librero de Cheapside, un viejo espantosamente deforme se le plantó delante, impulsándose al parecer tanto con sus pies como con el incesante agitar de sus manos, que parecían ramas secas. La calva cabeza que emergía de sus viejas y abigarradas ropas, como un hongo creciendo en una pila de inmundicias, había sufrido en el pasado una tremenda herida, pues la nariz, el ojo izquierdo y una parte de la mandíbula
habían desaparecido, dejando en su lugar una masa de retorcido tejido cicatricial. Cuando aquella vieja ruina se detuvo frente a Doyle, éste ya había metido la mano en el bolsillo sacando un chelín.
Pero la criatura no se dedicaba a mendigar.
–Usted, señor – graznó el viejo -, tiene el aspecto de alguien que amaría volver a su hogar. Y creo – le guiñó el ojo -, que su hogar está en un sitio hacia el cual no se puede señalar con el dedo, ¿eh?
Doyle miró a su alrededor, sintiendo una repentina oleada de terror, pero no vio persona alguna que pareciera estar aliada con aquel desecho humano.
Quizá no fuera sino uno de esos omnipresentes lunáticos callejeros cuyo delirio, por puro azar, daba la impresión de hacer referencia a la situación actual de Doyle. Quizá estuviera hablando del Cielo o de algo parecido. –
¿A qué se refiere? – le preguntó Doyle cautelosamente. – ¡Je, je! ¿Piensa que el doctor Romany es el único enterado de cuándo y dónde se abrirán las puertas de Anubis? ¡Amigo mío, no se engañe! Yo las conozco, y hay una que podría llevarle hasta su presente. – Se rió con un sonido estremecedor, como canicas que rodaran por unos peldaños metálicos -. Está en el otro lado del río. ¿Quiere verlo?
Doyle estaba atónito. ¿Era posible que ese hombre supiera dónde se hallaba un agujero? Lo cierto, como mínimo, era que sabía de ellos. Y, teóricamente, los agujeros abundaban en esa época, era posible que hubiera uno abierto en Surreyside. Dios santo, ¿y si pudiera volver hoy mismo a su hogar? Con ello podría evitar a Benner, dejándole tirado…, aunque, desde luego, aquel bastardo no tenía ni el menor derecho a confiar en su lealtad. Y
si se trataba de una trampa de Horrabin o Darrow, parecía innecesariamente complicada.
–Pero ¿quién es usted? – le dijo -. ¿Y qué sacará mostrándome cuál es el camino de vuelta a mi hogar? – ¿Yo? Solamente soy un viejo algo enterado de la magia. Y en cuanto a por qué deseo prestarle ese servicio – volvió a reírse -, quizá porque no soy exactamente un amigo del doctor Romany, ¿no le parece plausible? podría llegar a decir que debo estarle agradecido a Romany por esto. – Su mano revoloteó en el aire señalando su rostro destrozado -. Bien, ¿le interesa? ¿Quiere venir a contemplar la puerta que le mandará…, o que le ha mandado, o que le está mandando a su hogar?
–Sí – dijo Doyle, sintiendo que se le iba la cabeza.
–Entonces, vamos.
El patético guía de Doyle se puso en marcha, lleno de energía, como si nadara al mismo tiempo que andaba, y Doyle empezó a seguirle, pero se quedó helado al darse cuenta de algo.
La acera estaba llena de hojas secas, pero cuando el viejo las pisaba no producían el menor crujido.
El viejo volvió su horrible rostro hacia Doyle al darse cuenta de que se había detenido.
–Aprisa, muchacho – le dijo.
Doyle se encogió de hombros, conteniendo un repentino deseo de persignarse, y le siguió.
Cruzaron el río por Blackfriars sin decirse gran cosa, aunque el viejo parecía tan contento como un niño el día de Reyes al descubrir que habiéndose ido todos los mayores a misa, puede por fin entrar en el cuarto donde se amontonan los regalos. Llevó a Doyle por la calle Surrey, y luego le hizo torcer a la izquierda, por un callejón, hasta llegar a un alto muro de ladrillos que rodeaba un solar bastante grande. En el muro había una puerta de sólido aspecto; el viejo, con una sonrisa y un espantoso enarcar de cejas, le enseñó una llave de estaño.
–La llave del Reino – le dijo.
Doyle retrocedió un par de pasos.
–Este agujero de hoy… ¿está por pura casualidad tras una puerta de la que tiene una llave?
–He sabido de él… desde hace cierto tiempo…, ¡he sabido que estaba aquí! – dijo su guía con cierta solemnidad -. Y compré este lugar porque sabía que acabarla viniendo aquí.
–Pero ¿qué es? – le preguntó Doyle cada vez más nervioso -. Me está hablando de un agujero muy prolongado, pero entonces no me servirá de nada hasta que se cierre.
–Cuando llegue ahí encontrar una puerta, Doyle, de eso no tenga duda alguna.
–Oyéndole da la impresión de que moriré ahí dentro.
–No morirá hoy – replicó el viejo -, ni en ningún día venidero.
El viejo estaba haciendo girar la llave en la cerradura, y Doyle retrocedió dos pasos más sin dejar de mirarle.
–Eso cree, ¿eh?
–Lo sé.
La puerta estaba ya abierta y el viejo la empujó.
Doyle no sabía demasiado bien lo que esperaba ver, pero desde luego no era el solar cubierto de hierba que se distinguía por el umbral, con el pálido sol de septiembre brillando sobre los montones de escombros y los ladrillos rotos. El viejo estaba ya dentro, y avanzaba por entre la hierba; Doyle hizo acopio de valor, apretó los puños y cruzó de un salto el umbral.
Aparte de ellos dos y los restos de viejas paredes, que asomaban por entre la hierba, el solar estaba completamente vacío. El viejo le estaba guiñando su único ojo, algo sorprendido por la brusca aparición de Doyle.
–Cierre la puerta – le dijo al fin, concentrándose nuevamente en algo que había estado removiendo entre la tierra.
Doyle cerró la puerta cuidando de que el pestillo no se encajara y fue hasta su extraño gula. – ¿Dónde está la puerta? – le preguntó con impaciencia.
–Mire esos huesos. – El viejo había quitado un trozo de lona que cubría un montón de huesos, aparentemente muy viejos, algunos de los cuales estaban ennegrecidos como por el fuego -. aquí hay un cráneo – dijo, sosteniendo entre los dedos una maltrecha esfera de marfil de la cual colgaban, a punto de caerse, los huesos del pómulo y la mandíbula.
–Dios mío – dijo Doyle con cierta repugnancia -, ¿a quién le importa eso? ¿Dónde está la maldita puerta?
–Compré este lugar hace muchos años – dijo el anciano, ensimismado contemplando el cráneo, como si le estuviera hablando -, para poder enseñarle un día estos huesos.
Doyle dejó escapar su aliento en un largo silbido.
–Aquí no hay ninguna puerta, ¿verdad? – dijo con voz cansada.
El viejo le miró, y si en su rostro cubierto de cicatrices había alguna expresión en particular, a Doyle le resultó imposible averiguar cuál era.
–Encontrará una puerta y espero que cuando la encuentre sienta tantos deseos de cruzarla como los siente ahora. ¿Quiere llevarse estos huesos con usted?
Doyle pensó que después de todo era sólo un lunático callejero, que tenía ciertos conocimientos sobre la jerarquía mágica de Londres.