Las puertas de Anubis
Sastre Diligente. Y Ahora Me Veo Inútil para Ese...
SASTRE DILIGENTE. Y AHORA ME
VEO INÚTIL PARA ESE OFICIO
POR MI
CEGUERA, Y DESEO VENDER
CARAMELOS DE MENTA PARA
SOSTENER A MI
ESPOSA Y A MIS POBRES HIJOS. CRISTlANO, SÉ GENEROSO.
Sostenía en la mano una bandeja llena de pastillas de un color verde sucio, y cuando Doyle se detuvo ante él, el viejo extendió la bandeja con ademán imperioso, de tal modo que si Doyle hubiera intentado seguir caminando la habría tirado al suelo.
El viejo pareció algo decepcionado al notar que Doyle se paraba ante él, y al mirar a su alrededor adivinó la razón: a esas horas de la noche se veía buen número de gente bien vestida, e indudablemente les habría movido a la compasión ver cómo el viejo perdía sus caramelos desparramados por la calzada. – ¿Quiere comprar algunos excelentes caramelos de menta para ayudar a un pobre ciego? – gimoteó el viejo, alzando la cabeza como si implorase al cielo.
–No, gracias – contestó Doyle -. Necesito encontrar a Horrabin.
Horrabin – repitió, al ver que el mendigo inclinaba la cabeza en un gesto interrogativo -. Creo que es algo así como un jefe de mendigos.
–Tengo caramelos que vender, caballero – dijo el mendigo extendiendo la mano -. No puedo distraerme intentando recordar cosas para gente que no sabe pagar ni un penique como compensación al tiempo que pierdo.
Doyle apretó los labios, pero dejó caer un penique en la mano del viejo.
La noche estaba acercándose y necesitaba desesperadamente un sitio donde dormir. – ¿Horrabin? – dijo el mendigo en voz baja y algo pensativa -. Si, le conozco. Y dado que ésta es la noche del domingo, estará con su parlamento. – ¿Su parlamento? ¿A qué se refiere?
–Podría llevarle hasta allí y enseñárselo, caballero, pero eso querría decir que perdería como mínimo un chelín por las ventas perdidas. – ¿Un chelín? – dijo Doyle desesperado -. ¡Sólo tengo diez peniques!
El mendigo extendió raudo la mano con la palma hacia arriba.
–Ya me pagará lo que falta, caballero.
Doyle vaciló. – ¿Podrá darme cama y comida?
–Oh, claro, a nadie se le echa del salón de Horrabin.
La mano temblorosa seguía extendida y Doyle, con un suspiro, rebuscó en su bolsillo para dejar cuidadosamente una moneda de seis peniques y cuatro de uno entre los dedos del viejo.
–Bueno…, pues adelante.
El viejo guardó las monedas y los caramelos en un bolsillo y, metiéndose la bandeja bajo un brazo, cogió un bastón que había en el suelo a su espalda y se incorporó con dificultad.
–Adelante, entonces – dijo.
Echó a caminar rápidamente hacia el oeste, en la misma dirección por la que había venido Doyle, balanceando su bastón ante él, con un aire despreocupado como si en realidad no le hiciera falta. Doyle tuvo que apretar el paso para no perderle.
Aturdido por el hambre, pues había perdido su desayuno de sopa y puré de patatas en la oficina del Morning Post, Doyle pestañeaba deslumbrado por el brillo cegador del ocaso, e intentaba no perder de vista al mendigo.
Por ello, y pese a ser vagamente consciente de un chirrido muy cercano, no cayó en que alguien le seguía hasta que una mano inolvidable le agarró por la pernera del pantalón. El agarrón le hizo perder el equilibrio y cayó sobre los adoquines, golpeándose dolorosamente las manos y las rodillas.
Volvió la cabeza enfadado y se encontró contemplando el barbudo rostro de Patines Benjamin. La plataforma del hombre sin piernas se había parado con un seco impacto en el tobillo de Doyle.
–Maldición – boqueó Doyle -, suélteme. No estoy mendigando y necesito seguir a ese…
–No, amigo, con Horrabin no – dijo Patines en un susurro apremiante -.
No eres lo bastante malo como para prosperar con esa canalla. Ven conmigo y…
El viejo mendigo había girado en redondo y volvía hacia ellos, con los ojos clavados con tal fijeza en el recién llegado que, aunque algo tarde, Doyle se dio cuenta que su ceguera era un fraude. – ¿En qué te estás metiendo, Benjamin? – siseó el viejo -. ¿Es que el Capitán Jack necesita nuevos reclutas en estos últimos tiempos?
–Déjale en paz, Bugs. No es de los vuestros – dijo Patines -. Pero de todos modos, aquí tienes tu tarifa por haberle encontrado; cortesía de Copenhague Jack.
Sacó dos monedas de seis peniques de su bolsillo y se las arrojó. Bugs las cogió al vuelo con una sola mano.
–Muy bien – dijo, guardándolas con sus caramelos -. Si piensas hacerlo de ese modo, por mi puedes meterte en mis asuntos siempre que lo desees.
Lanzó una breve risita y se fue nuevamente hacia Billingsgate, golpeando el suelo con su bastón una vez se hubo alejado unos cincuenta metros. Doyle se puso en pie, apoyándose con cierta cautela en el tobillo dolorido.
–Antes de que desaparezca – dijo Doyle -, ser mejor que me diga si ese Copenhague Jack suyo puede darme comida y una cama.
–Si, y las dos cosas bastante más sanas de lo que habrías sacado de Horrabin. Jesús, realmente no sabes arreglártelas muy bien, ¿verdad?
Venga, por aquí.
El comedor de la casa de los mendigos en la calle Pye era más largo que ancho, y tenía ocho grandes ventanas, cada una de las cuales estaba compuesta con un damero de cristales disparejos, que habían sido emplomados para formar un conjunto, situadas a intervalos a lo largo de la gran pared que daba a la calle. Un farol situado junto a la casa dejaba entrar unos escasos rayos de luz, que se retorcían siguiendo los complejos mosaicos de los pequeños cristales, pero la iluminación principal del comedor procedía de lamparillas de aceite que colgaban de unas cadenas atadas al techo. El extremo este de la estancia, más angosto, se encontraba unos treinta centímetros por encima del resto del comedor, y se llegaba a él por cuatro escalones; a cada lado de los escalones nacía una barandilla que terminaba en la pared, y que le daba a la estancia el aire de un puente de barco, con el castillo de popa por encima del resto.
Los mendigos que estaban reunidos en las largas mesas de madera eran toda una parodia de la moda contemporánea: había desde las levitas elegantes con guantes blancos, remendadas pero impecablemente limpias, que llevaban los Caballeros Arruinados, hasta los mendigos que intentaban provocar la compasión proclamando, a veces sin mentir, que eran aristócratas de alta cuna, a quienes el alcohol o los reveses financieros habían llevado a la ruina; pasando por la camisa azul y los pantalones negros atados con una cuerda, y el negro gorro de lona con el nombre de algún navío escrito en apagadas letras de oro, que llevaban los Marineros Naufragados (quienes, incluso, aquí salpicaban sus frases con términos
náuticos aprendidos en los vodeviles y las baladas callejeras); y los turbantes, los pendientes y las sandalias de los Hindúes en Apuros.
También se veían aquí y allá los rostros ennegrecidos de mineros, a los que supuestas explosiones subterráneas habían dejado lisiados y, naturalmente, los harapos anónimos de los mendigos corrientes. Doyle se dio cuenta, al ocupar su lugar al extremo de uno de los bancos, de que había varios mendigos vestidos como él.
Pero la figura más impresionante de todas era la de hombre con cabello y bigote rubios, que había estado sentado en una especie de trono en la parte más alta del comedor y que se puso en pie, apoyándose en la barandilla, para contemplar a los reunidos en el comedor.
Su atuendo era extravagante, pero no resultaba del todo ridículo; una levita con montones de encaje asomando por la pechera y los puños, pantalones ceñidos de satén blanco y medias de seda, también blanca, que terminaban en unos zapatos tan pequeños que, de no ser por sus hebillas de oro, habrían hecho pensar en un bailarín de ballet. El murmullo de las conversaciones cesó de pronto al ponerse en pie.
–Ahí tienes a Copenhague Jack en persona – murmuró con aire orgulloso Patines, que había ocupado un lugar en el suelo junto a Doyle -, capitán de los mendigos de la calle Pye.
Doyle asintió, algo distraído, y mucho más atento al olor a pavo asado que repentinamente había empezado a flotar en el aire.
–Buenas noches, amigos – dijo el capitán, jugueteando con una delicada copa de cristal tallado.
–Buenas noches, capitán – dijeron a coro todos los mendigos.
Con los ojos clavados todavía en las mesas, el capitán extendió su copa y un chico con casaca roja y botas de caña se apresuró a llenarla de vino tinto. El capitán lo probó y luego hizo un gesto de satisfacción.
–Un Medoc bien seco con el asado de buey – anunció, mientras el chico se iba a toda prisa -, y con el pavo es probable que agotemos todo el Sauterne que llegó la semana pasada.
Los mendigos aplaudieron enérgicamente y Doyle les imitó.
–Los informes, los actos disciplinarios y la evaluación de los nuevos miembros tendrán lugar después de la cena.
Estas palabras parecieron agradar igualmente a los mendigos, y apenas el capitán tomó asiento ante su mesa, situada en el estrado, una puerta se
abrió al otro lado del comedor y por ella aparecieron nueve hombres, cada uno llevando una bandeja con un pavo asado entero. A cada una de las mesas le tocó una bandeja y el hombre que ocupaba la cabecera recibió un largo cuchillo y un tenedor para trincharlo. Doyle ocupaba casualmente la cabecera de la suya, y logró recordar lo bastante de las habilidades requeridas en los banquetes de Navidad y el día de Acción de Gracias para hacer un trabajo adecuado. Una vez hubo servido algo de pavo en todos los platos que le entregaron, incluido el que Patines sostenía desde el suelo, se sirvió un poco en el suyo y lo atacó vigorosamente, ayudándose para engullirlo con generosos tragos del Sauterne que un pequeño ejército de pinches no dejaba de verter en cada copa apenas se medio vaciaba. Al pavo siguió buey asado, casi negro en los extremos y sangrante en el centro, y un aparentemente interminable suministro de panecillos y manteca, así como botellas y más botellas de lo que Doyle se vio obligado a reconocer como un Burdeos maravillosamente seco y de un cuerpo excelente. Como postre hubo pastel de moras caliente y crema de jerez.
Una vez que los platos quedaron limpios y los comensales se reclinaron en sus asientos, muchos de ellos, para envidia de Doyle, llenaron sus pipas de arcilla y las encendieron diestramente, utilizando las velas que había sobre las mesas. Copenhague Jack desplazó su trono hasta la parte delantera del estrado y dio una palmada para atraer su atención.
–Al negocio – dijo -. ¿Dónde está Fairchild?
La puerta que daba a la calle se abrió para dejar entrar a un joven de aspecto nervioso.
Por un instante, Doyle pensó que sería Fairchild pero un hombre de aire patibulario y rostro sin afeitar se levantó en los bancos de una mesa trasera y dijo: aquí, señor. El joven que acababa de entrar se quitó la bufanda con que se protegía el cuello y, cruzando el comedor, fue a sentarse en los escalones.
El capitán le hizo una seña con la cabeza y luego miró nuevamente a Fairchild, que le estaba dando vueltas a la gorra que sostenía entre las manos con expresión preocupada.
–Se te vio esconder cinco chelines esta mañana en un desagüe.
Fair Fairchild tenía la cabeza gacha, pero en ese instante alzó la mirada hacia Copenhague Jack y sus ojos brillaron ferozmente por entre sus cejas hirsutas. – ¿Quién me vio, señor?
–Eso no importa. Lo niegas, entonces.
El hombre lo pensó en silencio.
–Yo… no, señor – dijo por último -. Sólo que…, bueno, no pretendía esconderlos de Marko, entiéndame, sino de esos chicos que me molestaban.
tenía miedo de que me robaran.
–Entonces, ¿por qué no le dijiste eso a Marko cuando vino a la una de la tarde, en vez de explicarle que sólo habías hecho unos cuantos peniques?
–Se me olvidó – dijo Fairchild -, se me olvidaron por completo esos malditos chelines.
El joven sentado en los escalones estaba observando a los mendigos como si esperara ver entre ellos a alguien conocido. Doyle se preguntó a quien estaría buscando. parecía tener menos de veinte años, pese a su Incipiente bigote, y Doyle pensó que el propietario original del gabán que llevaba, probablemente muerto y enterrado hacia ya veinte años habría sido de mucha mayor talla que su actual poseedor – No eres el único de los presentes que tiene mala memoria, Fairchild – dijo con voz amable el capitán -, pues me parece recordar ahora que he pasado por alto ya dos fechorías tuyas, muy parecidas a ésta, en los últimos meses.
El joven de los escalones miraba a Doyle con una expresión pensativa, en la que había algo de ansiedad. Cuando Doyle empezaba a preocuparse, el joven dejó de mirarle.
–Me temo – siguió diciendo Copenhague Jack -, que deberemos olvidar unas cuantas cosas más; olvidaremos que en el pasado has sido miembro de nuestro grupo, y espero que por tu parte tengas la amabilidad de olvidar cómo se llega a mi casa.
–Pero, capitán jadeó Fairchild -, no lo hice con mala intención, puede quedarse con los cinco chelines y…
–Guárdalos; te harán falta. Ahora, vete. – Fairchild se fue tan de prisa que Doyle imaginó que el capitán debía de tener un medio muy rápido y brusco de expulsar a quienes no querían marcharse, una vez que se les había pedido que lo hicieran -. Y ahora – dijo el capitán -, pasemos a cosas más agradables. ¿Alguien desea ser admitido?
Patines levantó la mano todo lo que pudo, llegando con ello hasta las velas que había sobre la mesa.
–Capitán, he traído a uno – rugió, supliendo de ese modo el poco resultado de sus señas; había alzado tanto la voz que las copas de la mesa se
estremecieron.
El capitán miró con curiosidad hacia la mesa.
–Entonces, que se levante.
Doyle se puso en pie y se volvió hacia Copenhague Jack.
–Bueno, Patines, admito que mueve bastante a compasión. ¿Cómo te llamas?
–Brendan Doyle, señor.
Doyle sólo había pronunciado las dos primeras silabas de su nombre y ya el joven que le había estado mirando se volvió en redondo y se incorporó ágilmente para murmurar algo al oído del capitán.
Copenhague Jack ladeó la cabeza para oírle mejor, y unos instantes después se irguió mirando a Doyle con cierta incredulidad. Luego le susurró al joven unas cuantas palabras que, pese a ser inaudibles, eran obviamente algo así como ¿Estás seguro?. El joven asintió vigorosamente y le dijo algo más.
Doyle vio todo esto con creciente alarma, preguntándose si el joven del bigote no estaría trabajando para el calvo jefe de los gitanos. Empezó a mirar hacia la puerta de la calle, y se dio cuenta de que no estaba totalmente cerrada. Si intentan cogerme – pensó -, saldré por esa puerta antes de que hayan podido levantarse de la mesa. El capitán se encogió de hombros y luego se volvió hacia los comensales, que cada vez parecían más intrigados.
–El joven Jacky me ha dicho que nuestro nuevo amigo Brendan Doyle acaba de llegar de Bristol, donde le ha ido muy bien en el pasado fingiendo ser sordomudo y algo retrasado. Bajo el nombre de Tom el Simple ha conseguido sacar buen provecho de la simpatía de la gente de Bristol durante los cinco últimos años, pero se ha visto obligado a irse porque…,
¿de qué se trataba, Jacky? oh, si, ya recuerdo…, vio a un amigo suyo saliendo de un burdel, y la chica con la que había estado se asomaba por la ventana del piso de arriba con un… con un enorme orinal de mármol que pensaba arrojar sobre la cabeza del pobre tipo cuando pasara por debajo, cosa que estaba a punto de hacer.
Aparentemente habían tenido cierta discusión en cuanto a la tarifa y la joven tenía la impresión de haber sido estafada. Bueno, pues Doyle avisó a su amigo desde el otro lado de la calle. ¡Cuidado! – gritó Doyle -.
¡Retrocede, amigo mío, esa ramera piensa aplastarte los sesos! Bueno, pues de ese modo se salvó la vida de su amigo, pero a Doyle le oyeron todos los
presentes de la calle, y en muy poco tiempo todos se enteraron de que sabia hablar tan bien como cualquiera, con lo cual se vio obligado a salir de la ciudad.
Los mendigos que estaban más cerca de Doyle le felicitaron por su habilidad y su buen corazón.
–Tendrías que habérmelo contado esta mañana, amigo – le dijo Patines.
Doyle, intentando ocultar su sorpresa y sus sospechas, abrió la boca disponiéndose a contestarle, pero el capitán levantó la mano en un ademán tan imperioso que todos los ojos volvieron a fijarse en él, y Doyle no llegó a hablar.
–Y Jacky me ha dicho que si Doyle tiene el proyecto de reanudar su oficio de mendigo aquí, en Londres, y dado que tan bien le fue en el pasado, cuando no hablaba, y que sufrió exilio la primera vez en que pronunció una palabra, tendría que recobrar su costumbre de confiar en los gestos y las señas a la hora de comunicarse con los demás.
Señor Doyle, tendrá que practicar nuevamente cómo ser Tom el Simple.
¿No está de acuerdo en ello?
Todos se volvieron hacia Doyle, y éste vio cómo una de las cejas del capitán se arqueaba levemente. Doyle se dio cuenta de que el propósito de toda la farsa era el de ocultar su acento. Pero ¿por qué? ¿Y cómo sabia ese chico que tenía acento? Sonrió con cierta vacilación y movió la cabeza, asintiendo.
–Un hombre inteligente, Tom el Simple – dijo Copenhague Jack -.
Jacky me ha dicho que en Bristol solíais actuar juntos, de forma que le permitiré privarnos de tu compañía durante un tiempo, en el cual te explicar nuestras costumbres. Y mientras tanto, iré tomando en consideración al resto de candidatos al reclutamiento. ¡Qué se levante otro!
Mientras un hombre de rostro cansado luchaba por incorporarse en otra mesa, Jacky saltó del estrado y fue con paso rápido hacia Doyle, con su enorme gabán aleteando alrededor de su flaca silueta. Aún algo receloso, Doyle retrocedió un paso y miró otra vez hacia la puerta.
–Venga, Brendan – le dijo Jacky -, ya sabes que no soy rencoroso… y he sabido que una semana después te dejó por otro.
Patines soltó una risita parecida a un trueno apagado y Jacky le guiñó el ojo a Doyle, mientras su boca formaba unas silabas, que quizá fueran confía en mí.
Doyle aflojó sus tensos músculos. Debes confiar en alguien – pensó -, y al menos aquí saben apreciar un buen Burdeos. Asintiendo, se dejó llevar fuera del comedor.
Fairchild empujó suavemente la puerta y al pisar el pavimento se detuvo como preocupado por algo. La última luz grisácea del ocaso se esfumaba en el cielo, y el aire se hacia más fresco. Fairchild frunció el ceño, animándose luego un poco al pensar en los cinco chelines ocultos en el desagüe, pues con eso tendría bastante para pagar dos cómodos días de cerveza, pasteles de buey y juegos de bolos. Pero… (y tanto lo complicado de esa idea, como las lúgubres perspectivas que implicaba le hicieron fruncir otra vez el ceño), pero habría más días y los cinco chelines acabarían esfumándose. ¿Qué haría entonces? podía preguntárselo al capitán…, no, claro, el capitán le había echado hacia unos minutos, y por eso ahora tenía que pensar.
Mientras iba con paso rápido por la calle Pye gimoteó un poco y se dio unas cuantas bofetadas en la cara, esperando así lograr que su cerebro se esforzara más y diera con alguna idea constructiva.
–Sabias que tengo acento.
Doyle se arrebujó en su chaqueta de pana, pues la pequeña habitación estaba algo fría, pese a la chimenea de carbón.
–Obviamente – dijo Jacky, mientras añadía unos cuantos troncos a las ascuas del carbón, disponiéndolos de tal modo que se produjera un buen tiro
-. Le dije al capitán que no se te podía dejar hablar por ahí, y él improvisó una buena historia para justificarlo.
Cierra las ventanas, ¿quieres? Luego puedes sentarte.
Doyle cerró las ventanas y luego pasó los pestillos.
–Entonces, ¿cómo lo sabias? ¿Y por qué no deben oírme hablar?
Había dos sillas, una a cada extremo de la pequeña mesa, y ocupó la más cercana a la puerta.
Una vez que la chimenea funcionó a su gusto, Jacky se puso en pie y fue hasta una alacena.
–Te lo diré tan pronto como tú hayas respondido a unas cuantas preguntas que deseo formularte.
Doyle entrecerró los ojos, algo resentido al verse tratado tan perentoriamente por un chico más joven que la mayoría de sus estudiantes, y su resentimiento sólo se calmó un poco al ver que el joven había sacado una botella de la alacena.
En el piso de abajo se oyeron silbidos y aplausos apagados, pero ninguno de los dos hizo caso de ellos.
Jacky tomó asiento y contempló a Doyle con una expresión, mezcla de asombro y decisión, mientras llenaba dos vasos de coñac y le acercaba uno.
–Gracias – dijo Doyle, tomándolo y haciéndolo girar bajo su nariz. Olía tan bien como cualquiera de los buenos coñacs que había tomado en su vida anterior.
–Vivís bien – admitió algo a regañadientes.
Jacky encogió sus delgados hombros.
–El mendigar es un oficio como cualquier otro – dijo con cierta impaciencia -, y Copenhague Jack es el mejor organizador que conozco.
–Tomó un sorbo de su vaso -. Ahora, Doyle, dime la verdad… ¿qué has hecho para conseguir que el doctor Romany sienta tales deseos de cogerte?
Doyle pestañeó. – ¿Quién es el doctor Romany?
–Es el jefe de la banda de gitanos más poderosa que existe en toda Inglaterra.
Unos dedos espectrales hicieron que a Doyle se le erizara el vello de la nuca. – ¿Un tipo viejo y calvo? ¿Que lleva zapatos con resortes en las suelas?
–Ese mismo. Tiene a cada mendigo y ladrón que se esconde en el cubil de Horrabin buscando a un… un hombre con tus señas y acento extranjero, posiblemente norteamericano. Y ofrece una gran recompensa por tu captura. – ¿Horrabin, ese payaso? Dios mío, pero si le conocí esta mañana: asistí a su condenado espectáculo de marionetas. No me pareció que…
–Fue esta tarde cuando el doctor Romany dio la orden de que te buscaran. Horrabin mencionó haberte visto en Billingsgate.
Doyle vaciló, intentando poner en claro los diferentes intereses que se mezclaban en tan complicada historia. Si fuera posible asegurar una tregua no le importaría hablar con el doctor Romany, pues era evidente que ese hombre conocía los lugares y los momentos en los cuales se abrían los agujeros, aunque no tenía idea de por qué medios podía saberlo. Doyle seguía teniendo su gancho móvil en el brazo, y si podía enterarse del lugar exacto en que se encontraba un agujero y colocarse dentro de su campo cuando se cerrara, aparecería nuevamente en el terreno de Londres en mil novecientos ochenta y tres. Al pensar en California, en Fullerton y en la autobiografía de Ashbless sintió una increíble oleada de nostalgia… Por
otra parte, ese doctor Romany le había dado la impresión de ser una persona más bien difícil de tratar, por no mencionar su uso de los cigarros. ¿Y qué interés tenía el chico en todo ello? Probablemente, la gran recompensa.
Doyle debió de mirar a Jacky con cierta cautela, impulsado por tales ideas, pues el joven sacudió la cabeza con disgusto y dijo:
–No, no estoy planeando entregarte a él. No se me ocurriría entregarle a esa criatura ni un perro rabioso…, ni siquiera aunque mantuviera su palabra en cuanto a la recompensa, lo cual me parece improbable. La recompensa real sería más bien la ocasión de registrar el fondo del Támesis en busca de monedas perdidas.
–Lo siento – dijo Doyle tomando un trago de coñac -, pero me dio la impresión de que habías asistido a una de sus reuniones.
–Así fue. El capitán Jack me paga para que vaya por todas partes y no pierda de vista a…, bueno, a la competencia. Horrabin celebra sus reuniones en una alcantarilla bajo la calle Bainbridge y suelo asistir a ellas con frecuencia. Pero deja de rehuir mi pregunta… ¿Por qué te busca?
–Bueno… – Doyle alzó su vaso y contempló con ojos ausentes el modo en que las llamas bailaban en el oscuro topacio del licor -. La verdad es que no estoy completamente seguro de ello, pero sé que desea saber algo por mi. – Entonces se le ocurrió que estaba empezando a emborracharse -.
Quiere saber…, quiere saber cómo llegué a un campo cerca de Kensington.
– ¿Y bien? ¿Cómo llegaste allí? ¿Y cuál es la razón de que eso le preocupe tanto?
–Bueno, Jacky, amigo mío…, te diré la verdad. Hice ese viaje mediante la magia.
–Claro, debía de tratarse de algo parecido… ¿Qué tipo de magia? ¿Y de dónde viniste?
Doyle estaba algo desconcertado. – ¿No te resulta difícil de creer?
–Me resultaría difícil creer que el doctor Romany pudiera ponerse tan nervioso por algo en lo que no estuviera metida la magia. Y ciertamente no soy tan… bueno, tan ingenuo como para pretender que la magia no existe. –
Sonrió con tal amargura que por unos instantes Doyle se preguntó qué clase de cosas podía haber visto aquel muchacho -. ¿Qué tipo de magia? – repitió Jacky.
–La verdad es que no lo sé. Formaba parte de un grupo y los mecanismos mágicos de todo el asunto pertenecían a otro departamento.
Pero se trataba de un hechizo o de algo parecido, que nos permitió saltar de un… de un sitio a otro sin tener que atravesar la distancia que hay entre los dos. – ¿Y de ese modo hicisteis el viaje desde América? ¿Y por qué no?
pensó Doyle.
–Correcto. Y ese doctor Romany debió de vernos aparecer en el campo…, supongo que estaría vigilando el sitio, porque no se puede saltar de un lugar a otro como te apetezca, compréndeme…, tienes que partir y aparecer en ciertos sitios, lo que el hombre encargado de todo eso llamaba agujeros, y tengo la impresión de que Romany sabe dónde están todos esos agujeros. Debió de seguirnos a partir de allí, porque me capturo cuando me separé un momento de los otros, y me llevó a un campamento de gitanos.
Doyle bebió un poco más de coñac, pues el narrar su historia despertaba de nuevo sus temores hacia el viejo calvo. – ¿Y qué les ocurrió a los otros, a los que te acompañaron?
–No lo sé. Supongo que lograron llegar al agujero y volvieron por él hasta… bueno, hasta América. – ¿Por qué vinisteis aquí?
Doyle se rió.
–Es una larga historia, pero vinimos a oír una conferencia.
Jacky arqueó una ceja. – ¿Una conferencia? ¿A qué te refieres? – ¿Has oído hablar alguna vez de Samuel Taylor Coleridge?
–Por supuesto. Debe hablar sobre Milton en una taberna llamada La Corona y el Ancla el sábado que viene.
Doyle le contempló durante unos segundos. Este joven mendigo estaba empezando a impresionarle.
–Correcto. Bueno, pues se confundió de fecha y apareció la noche pasada para darla, y nosotros estábamos también allí, de modo que aprovechó para dar su conferencia. A decir verdad, resultó muy interesante.
– ¿Si? – Jacky terminó su coñac y se sirvió otro dedo de licor con gesto pensativo -. ¿Y cómo sabíais que se iba a confundir de fecha? Doyle extendió las manos en un gesto despreocupado.
–El encargado de todo eso lo sabia.
Jacky guardó silencio durante unos instantes, mientras se rascaba el pequeño bigote.
Luego alzó la mirada y sonrió. – ¿Eras un empleado sin importancia, encargado de cuidar a los caballos o algo parecido, o te interesaba realmente la conferencia?
Doyle sintió la tentación de soltarle a ese muchacho arrogante que había publicado una biografía de Coleridge, pero en vez de ello se contentó con replicarle, tan arrogantemente como fue posible:
–Me trajeron para que les explicara a los invitados quién… quién es Coleridge, y para que respondiera a sus preguntas sobre él una vez que estuviéramos de nuevo en nuestro país.
Jacky rió con deleite. – ¡Así que te interesa la poesía moderna! Vaya, Doyle, eres un tipo sorprendente.
La puerta que había a la espalda de Doyle se abrió y apareció Copenhague Jack; en la pequeña habitación parecía aún más alto y ancho de hombros.
–Dos nuevos miembros – dijo, inclinándose sobre la mesa para coger la botella de coñac -. Un buen Caballero Arruinado y el mejor temblador que he visto en años…, tendrías que haber presenciado el ataque con el que nos obsequió para demostrarnos su estilo. Algo sorprendente… ¿Qué tal se está portando Tom el Simple?
Doyle torció el gesto. – ¿Debo quedarme realmente con ese apodo?
–Si permaneces aquí, desde luego. ¿Qué es todo eso de que Horrabin te busca?
El capitán alzó la botella y tomó un buen trago directamente de ella.
Jacky se encargó de responder.
–Se trata del jefe de Horrabin, el doctor Romany. Piensa que Tom el Simple, aquí presente, está enterado de algún asunto mágico, y en ello se equivoca, pero ha ofrecido una recompensa enorme, por lo que cada uno de los chacales que se esconden en el hoyo de ratas de Horrabin estará buscando a Brendan Doyle. – Se volvió hacia él y añadió -: Te guste o no, tu papel como Tom el Simple es puramente una táctica de supervivencia.
El capitán se rió.
–Y da gracias de que no lleve el negocio tal y como lo hacia el padre de Horrabin.
Jacky se rió también y luego, viendo la mirada de incomprensión que le dirigió Doyle, se lo explicó todo.
–El padre del payaso era también jefe de mendigos en Saint Giles y no consentía ni un solo fraude…, todos sus ciegos eran realmente ciegos, y sus niños lisiados no llevaban muletas sólo para impresionar. Claro que a eso no se le pueden poner objeciones hasta que empezó a saberse que reclutaba
gente en perfecto estado de salud y luego los adaptaba para el oficio de mendigar. tenía una especie de hospital al revés escondido en algún lugar de las cloacas de Londres, y había creado técnicas para convertir a hombres, mujeres y niños perfectamente saludables en criaturas diseñadas para despertar el horror y la piedad.
Durante ese discurso la sonrisa se había ido borrando de los rasgos de Jacky.
–Por lo tanto, si el viejo Teobaldo Horrabin hubiera llegado a la conclusión de que debías ser Tom el Simple – dijo el capitán -, te habría cortado la lengua, y luego se habría divertido largo tiempo contigo hasta hacerte realmente un buen retrasado mental, dándote golpes en la cabeza o sencillamente reduciendo tu suministro de aire el tiempo necesario para que tu cerebro muriera. Tal y como ha dicho Jacky, era todo un experto en ello.
– Bebió un poco más de coñac de la botella -. Algunos dicen que llegó a trabajar en su propio hijo, y que Horrabin lleva esas ropas tan holgadas y toda esa pintura en el rostro para ocultar las deformidades que le causó su padre.
Doyle se estremeció, recordando el susto que le había dado la repentina aparición del rostro del payaso en la parte trasera del escenario. – ¿Y qué le ocurrió al padre de Horrabin?
Jacky se encogió de hombros.
–Todo eso fue antes de que yo naciera.
–Algunos dicen que murió y entonces Horrabin se encargó del negocio
– le explicó el capitán -, y otros dicen que para ello mató al viejo Teobaldo.
He llegado a oír, incluso, que el viejo Teobaldo sigue vivo en algún lugar de los subterráneos… y no estoy muy seguro de si no le gustaría más estar muerto. – Miró a Doyle al ver la expresión interrogativa de éste -. oh, el viejo Horrabin era muy alto y todos los lugares pequeños o concurridos solían ponerle nervioso.
–Una de las cosas malas que tiene hacer pasar a este hombre por sordomudo dijo Jacky, quitándole la botella al capitán el tiempo suficiente para llenar de nuevos los dos vasos -, es que puede leer.
El capitán miró a Doyle con un interés mayor del que había mostrado durante toda esa noche. – ¿De veras sabes leer? ¿Y con liquidez?
Suponiendo que con ello el capitán quería referirse a la fluidez, Doyle asintió. – ¡Excelente! Entonces, podrás leer para mi. La literatura es quizá
lo más interesante que hay en toda la vida, pero nunca he logrado sacar el menor sentido de esas señales que hay en las páginas. ¿Conoces algún poema de memoria?
–Oh, claro.
–Venga, pues.
–Yo… está bien.
Se aclaró la garganta y empezó a recitar:
La campana repica haciendo partir el día, el ganado se marcha lentamente del prado, y el cansado labrador vuelve a su hogar, dejando el mundo para la oscuridad…
El capitán y Jack permanecieron inmóviles y absortos mientras Doyle les recitaba toda la Elegía de Gray. Una vez hubo terminado, el capitán aplaudió y se puso a recitar una estrofa de El combate de Sansón.
Luego le tocó el turno a Jacky.
–Dime qué opinas de esto – le dijo a Doyle, y empezó a recitar: Este frío laberinto de calles, que en tiempos a legre resonó con las luces y festejos, me devuelve ahora el eco de mis pasos solitarios.
El viento nocturno camina por cuartos polvorientos y a través de las ventanas rotas arrastra a la calle viejos recuerdos y deseos.
Jacky hizo una pausa y, automáticamente, Doyle completó la estrofa: Muy lejos está el joven que amó estos lugares.
Y nada persiste ahora de su espíritu.
Después de haberlo recitado, Doyle intentó recordar dónde lo había leído. Era en un libro sobre Ashbless, pero no era obra suya… Ya lo tengo –
pensó -, es una de las condenadamente escasas poesías de Colin Lepovre, quien estuvo comprometido con Elizabeth Tichy antes de que ésta se convirtiera en la esposa de William Ashbless.
Lepovre desapareció en…, veamos, si, en mil ochocientos nueve, unos meses antes de que tuviera lugar la boda. tenía veinte años y detrás de si sólo dejó un delgado volumen de poesías, que no obtuvo criticas muy abundantes ni entusiastas. Miró a Jacky y vio que el joven le estaba contemplando con sorpresa y, por primera vez, con algo parecido al respeto.
–Santo Dios, Doyle…, ¿has leído a Lepovre?
–Oh, si – replicó él con despreocupación -. Desapareció… el año pasado, ¿no? Jacky le miró con expresión ceñuda.
–Esa es la versión oficial. La verdad es que le asesinaron. Yo le conocía,
¿sabes? – ¿De veras? – Doyle pensó que si alguna vez lograba volver al año mil novecientos ochenta y tres, esta historia podía ser una buena nota a pie de página para su biografía de Ashbless -. ¿Cómo ocurrió?
El joven tomó otro sorbo de coñac y luego, con un gesto brusco, volvió a llenarse el vaso.
–Puede que algún día llegue a conocerte lo suficiente como para hablar de ello.
Doyle, todavía decidido a conseguir algo publicable, le preguntó: –
¿Conocías a su prometida, Elizabeth Tichy?
Jacky pareció aún más sorprendido.
–Si vienes de América, ¿cómo puedes saber todo esto?
Doyle abrió la boca dispuesto a inventar alguna réplica plausible, pero no se le ocurrió ninguna y tuvo que limitarse a contestar, con cierto tono de misterio:
–Jacky, puede que algún día llegue a conocerte lo bastante bien como para hablar de ello.
Jacky arqueó las cejas, como si estuviera pensando en ofenderse, pero luego sonrió.
–Tal y como ya dije, Doyle, eres un tipo sorprendente. Si, conocí a Beth Tichy… y la conocí bastante bien. La conocí años antes de que se encontrara con Lepovre, y todavía nos mantenemos en contacto.
–Evidentemente, casi he acertado al decir que vosotros dos ya os conocíais antes de hoy – dijo Copenhague Jack -. Doyle, ven conmigo. El viejo Stikeleather ha conseguido llegar hasta la mitad del Aubrey de Dallas, pero lee de tal modo que, como mínimo, tardará otro año en acabarlo.
Veamos si eres capaz de leer un poco más rápido que él.
La cocina de El Mendigo en el Matorral tenía el techo bastante bajo y estaba muy concurrida, pero casi todo el mundo se agrupaba alrededor de una mesa en donde se celebraba una partida de cartas y Fairchild, sosteniendo su vaso de ginebra en un rincón oscuro, tenía el espacio suficiente para reclinarse apoyando los pies en los ladrillos del muro. Había aprendido hacia mucho tiempo que no le convenía jugar a nada, y que era incapaz de entender las reglas de cualquier juego, por sencillo que fuera y sin importar el tipo de naipes con el que se jugara; los demás siempre
conseguían quedarse con su dinero y acababan diciéndole que había perdido.
Sólo había cogido un chelín del desagüe de la calle Fleet, pues había logrado trazar un plan; se uniría al ejército de mendigos de Horrabin y guardaría los chelines para cosas especiales como carne, ginebra y cerveza, aparte de – al pensar en ello sorbió un buen trago de ginebra – una chica de vez en cuando.
Cuando hubo terminado su vaso decidió no tomarse otro, pues si esa misma noche no lograba alistarse en el ejército del payaso con zancos tendría que gastar el dinero para alojarse, y ello no entraba en sus planes. Se puso en pie y se abrió paso a través del tumulto hasta la puerta principal de la taberna, y salió al exterior.
La vacilante luz de los faroles no parecía demasiado dispuesta a iluminar las prominentes fachadas de la calle Buckeridge, y sobre el negro telón de la noche sus débiles rayos apenas si lograban dar alguna pincelada casi invisible; en una fachada se veía brillar una ventana, aunque la habitación que había detrás permanecía en las tinieblas. A lo lejos, se veía la boca de un callejón con otra luz casi perdida en sus profundidades, subrayando con un trazo amarillento los adoquines mojados, y haciendo pensar en un desfile de sapos, que se habían quedado momentáneamente paralizados en el lento proceso de cruzar la calle. Cuando una ráfaga ocasional hacia arder con mayor fuerza la llama, se podía distinguir durante un fugaz segundo la irregular silueta de los tejados y retazos de los muros desconchados.
Fairchild anduvo a tientas hasta la esquina siguiente y, al llegar a la otra calle, pudo oír unos ronquidos tras los tablones que protegían las ventanas sin cristales de la fonda de la madre Dowling. Dirigió una mirada despectiva hacia los durmientes que, como bien sabia por experiencia, habían pagado cada uno tres peniques para compartir un lecho con otras dos o tres personas y la habitación con una docena más. Pagar dinero para que les encierren, amontonados como murciélagos, en una vieja casa, pensó con sarcasmo, satisfecho porque él tenía planes muy distintos a ésos.
Pero un instante después, algo inquieto, empezó a pensar en qué tipo de alojamiento nocturno podía proporcionarle Horrabin. El payaso le daba miedo; quizá tuviera a la gente durmiendo en féretros, o en algo parecido…
La idea hizo que Fairchild se detuviera con la boca abierta y se persignara
rápidamente. Luego, recordó que se estaba haciendo tarde y, fueran cuales fuesen sus planes, lo mejor sería llevarlos a cabo sin perder tiempo. Al menos Horrabin no te cuesta dinero, pensó, poniéndose otra vez en movimiento; en el refugio de Horrabin todos son bienvenidos.
El parlamento de las alcantarillas habría terminado ya su sesión, por lo que en vez de girar hacia la derecha por Maynard en dirección a la calle Bainbridge, siguió el muro que tenía a su izquierda, y torció luego por la esquina del norte donde, al otro lado de Ivy Lane, se alzaba la negra edificación, parecida a un almacén, que era conocida en el vecindario como el Hotel de Horrabin, o el Castillo de las Ratas.
Ahora empezaba a preocuparle la idea de que no le aceptaran. Después de todo, no era muy inteligente, pero logró tranquilizarse un poco pensando en que era un buen mendigo, como mínimo, y que eso era lo importante en ese lugar. También pensó que a Horrabin podía interesarle saber que el nuevo recluta sordomudo de Copenhague Jack no lo era, en realidad, y que se le podía engañar para que hablara.
–Si – decidió Fairchild -; si le cuento eso al payaso, estoy seguro de que conseguiré ganarme sus favores para siempre…
Jacky permaneció durante un rato ante la ventana que Doyle había cerrado, contemplando los tejados casi invisibles, en los que de vez en cuando se veía el humeante punto rojo de una linterna, o el cuadrado ámbar de una ventana con las cortinas corridas. Me pregunto qué estará haciendo ahora – pensó Jacky -, qué oscuro callejón puede estar pisando, o en qué tugurio estar invitando a una copa a un pobre diablo que nada sospecha.
Quizá esté dormido en alguna buhardilla por aquí cerca… y ¿qué tipo de sueños puede estar teniendo? Me pregunto si también robará los sueños…
Jacky se apartó de la ventana y se sentó ante la mesa, en la que había colocado papel, pluma y un tintero. Sus delgados dedos tomaron la pluma y, tras sumergirla en el tintero esperó durante unos segundos, luego empezó a escribir: 2 de septiembre de 1810 Querida madre: Aunque todavía no puedo darte una dirección donde puedas localizarme, si puedo asegurarte que me encuentro bien, que estoy comiendo lo suficiente, y que tengo un tejado sobre mi cabeza a la hora de dormir. Ya sé que piensas en ello como en una Locura peligrosa, y fruto del capricho, pero estoy haciendo algunos progresos en mi búsqueda del hombre, si es que de tal puede calificársele, que mató a Colin. Y aunque me