Lobisón
Capítulo II
Don Celestino Zárate Cervantes
Parroquia Virgen de los Dolores
4ªAv., 35 Cantón Calvario
Vía de Mataquescuintla
21007 Jalapa
Guatemala
Madrid, 15 de marzo de 2006
Querido Celestino:
Soy tu padre, el Zacarías Zárate, espero que te encuentres bien.
Me tienen aquí metido con los locos porque los abogados y los jueces dijeron que yo estaba loco. Los abogados se pusieron muy contentos cuando salió eso. Juana, que fue la que te escribió el año pasado, también se alegró mucho porque decía que así yo no tenía que ir a la cárcel y que podía seguir con el centro y con el doctor Marco y con las pastillas.
No te voy a mentir. Todo el tiempo, mientras salía si yo era loco o no, lo que yo quería era irme para la cárcel, por más que dijeran. Y ya sé todas las cosas que Juana y las enfermeras me decían: que yo ya estaba acostumbrado a estar aquí y a las enfermeras y a los médicos, que en la cárcel hay gente mala, que el sitio iba a ser diferente y a lo mejor no me acostumbraba. Pero aun así.
Y es que este no es sitio para estar.
Pero, bueno, luego salió que yo estaba loco y que me quedaba y dije, pues me quedo. A ver qué iba a hacer. Y aquí estoy, con los locos.
Te cuento que a lo primero, cuando me trajeron para el centro, me metieron en el sitio donde están los idiotas y los muy viejos. Yo entonces no era una persona sino más un perchero o una silla porque, aunque todo lo veía y lo oía, todo me daba igual y tampoco mi cuerpo me hacía caso como para que no me diera. Ahí estuve no sé cuánto. Haciéndomelo todo encima y quedándome en la silla en que los enfermeros me ponían hasta que me llevaban a otra y me daban de comer. Luego me quitaron algunas medicinas y ya empecé a comer yo solo y a ir al baño yo solo.
Luego ya me trajeron aquí. Aquí la gente es más normal. Por lo menos se lavan solos y mean en el baño.
Aquí lo importante es que cada cosa se haga a su hora. Eso y espantar el aburrimiento y la soledad. Eso y mirar poco y no acordarse del mundo de fuera.
Todas las mañanas nos afeitamos y nos duchamos y luego nos dan el desayuno y las pastillas. Luego hay talleres o gimnasia y luego podemos hacer lo que queramos hasta la hora de la comida. Hay gente que ve la televisión o que hace rompecabezas. Yo juego al dominó con Paco.
A Paco lo conocí cuando ya estaba con los más normales. Me acuerdo de que le eché el ojo enseguida porque se notaba que era diferente de los otros. Sobre todo por cómo iba vestido y por cómo hablaba. Siempre estaba jugando al dominó, él solo. Yo me le fui acercando y al principio se notaba que no quería jugar conmigo, pero ahora jugamos todo el día el uno contra el otro. Por la mañana y también por la tarde.
Antes de comer nos dan otra vez las pastillas y también por la noche. Por la tarde, ahora que ya va haciendo bueno, podemos salir un rato al jardín y echar allí un rato. No se puede ni fumar ni beber alcohol. Yo me siento siempre en un banco y dejo que el sol me dé en la cara y respiro el aire que baja de las montañas. A las tres empiezan a cantar las chicharras y da gusto tener los ojos cerrados. Luego, cuando se hace oscuro, ya nos meten para adentro otra vez. Entonces Paco y yo jugamos un rato más al dominó y luego la cena y a la cama.
Lo que más echo de menos de estar fuera es poder andar. Aquí se anda por el jardín pero cuando hay una pared por delante no se anda igual.
Yo estoy bien, tranquilo. Por las noches duermo de un tirón y no me vienen cosas raras a la cabeza.
También de todo hay que darle las gracias a Paco. Sin él aquí hubiera sido todo nada más que soledad. Paco tiene bigote y es chiquito. Tiene los ojos muy juntos y es de ciudad. Es un tío listo, con estudios. Fíjate que antes de venir aquí trabajaba de arquitecto. Lo suyo es raro. Se le metió en la cabeza que su esposa y su hijo no eran más su esposa y su hijo sino otras dos personas que eran iguales y que se habían metido en su casa y se habían vestido con sus ropas para una noche matarlo. Parece que eso es una enfermedad que él tiene. Lleva aquí metido cinco años y no quiere salir. Creo que es el único.
Yo sí quiero salir. Por eso siempre me tomo las pastillas y me porto bien. Me gusta llevar la ropa limpia y planchada. Juana me trae colonia.
El doctor Marco es mi médico de la cabeza. Todas las semanas tengo consulta con él. Antes las tenía tres veces a la semana. Siempre me dice que estoy mejorando mucho y que un día va a decir que yo pueda salir e irme a un piso. Juana se pone muy contenta cuando el doctor dice esas cosas. Juana y el doctor Marco quieren mi bien. Por eso yo les hago caso.
La consulta con el doctor siempre son las mismas cosas. Yo hablo del pueblo y de las cosas que a mí me pasaban por la cabeza y de cómo estoy ahora y también del Adrián y de la Rosana Cifuentes y del abuelo Celestino y de la abuela Rósula. A veces no es que yo hable sino que el doctor y yo tenemos una conversación.
Doctor, le digo, ¿es que estoy loco? Y él me dice que yo tengo una enfermedad que se llama esquizofrenia. Y que esa enfermedad es que a veces no soy yo sino otra persona y que esas son las cosas raras que se me venían por la cabeza.
¿Por qué me pasa eso, doctor?, le digo. Y él me dice que nadie lo sabe.
Un día, para fin de año, el doctor y yo estuvimos hablando mucho rato de las cosas que pasaron con el Adrián y con la Rosana Cifuentes. Me acuerdo de que yo le decía que no me creía que yo estuviera tan loco cuando pasó aquello. Entonces el doctor me dijo que él tenía grabado con el vídeo cómo era yo entonces y que yo lo podía ver si quería. Yo le dije que sí quería pero que tenía que esperarse a que estuviera también Juana. Juana al principio no quería, pero yo la convencí, y un día nos metimos en el despacho del doctor Marco y vimos la película.
Yo, no te voy a mentir, me tuve que ir a la mitad porque me daban mareos y ganas de vomitar. Ese no era yo. O sí era, solo que otro yo, como decía el doctor. Sí que era mi cara y mis manos pero no eran los ojos. Eran unos ojos como de piedra, unos ojos que estaban mirando como para algo oscuro que se les venía encima y que los llenaba de miedo. La piedra brillaba como si estuviera sudando y se asomaba por los agujeros de la piel. Tampoco me gustaron las manos ni los guiños porque era como si alguien estuviera haciendo marionetas con mis manos y con mi cara. Todo era mentira.
Ya te digo que me impresionó y que luego todos los días estaba pensando en eso. El doctor dice que eso es bueno pero a mí no me dejaba dormir. Fíjate si me puse raro que a lo primero no quería mirarme en los espejos y que cuando me tenía que afeitar me ponía una gorra y me la bajaba mucho por la cara para no verme los ojos.
También le dije a Juana que si alguna vez ella veía esos ojos me lo tenía que decir.
Ahora ya sí me miro. De hecho me miro mucho. A veces me pasa que estoy jugando al dominó y entonces me entra como un nervio por dentro y me tengo que levantar e irme al baño y verme que tengo los ojos limpios y no llenos de piedras o esperando aquello negro. Siempre están bien. Por eso hay que tomarse las pastillas, por más que digan que son veneno.
También te diré que todo el tiempo que estuve viendo la película Juana estuvo a mi lado y sosteniéndome la mano. Juana es buena y cariñosa. En el hospital la tratan como si fuera una de mi familia. Viene todas las semanas y siempre se queda mucho rato. A veces salimos al jardín y nos sentamos los dos en el banco y nos pasamos la tarde comiendo pipas y mirando para las montañas. Juana es chiquita y lleva el pelo corto y tiene el culo muy grande. No es guapa, pero es una buena persona. Tiene un novio que la tiene muy mal follada. Será por eso que anda siempre con esa cara de acelga que anda.
A veces vienen familiares y amigos de los otros enfermos a verlos. Tampoco tantos. En general no nos tenemos más que los unos a los otros y eso es mucha soledad. Aquí cada uno sintoniza su propia emisora de radio, no sé si me entiendes. Paco y yo no nos juntamos con los demás porque nos da mucha tristeza. Lo peor son los viejos. Porque si uno los mira se da cuenta de que están como sin nadie por dentro y como ya muertos. También hay niños, pero los tienen en otro sitio y no los vemos. La verdad es que si uno lo piensa se da cuenta de que es normal que venga poca gente a vernos. Para lo que hay que ver.
A Paco todas las semanas viene a verlo su esposa. Su hijo es pequeño y no. La esposa de Paco es una mujer flaca y con gafas que parece que esté a punto de echarse a llorar. Siempre se van los dos a un rincón del patio lejos de los demás y ahí a veces hablan y a veces comen bocadillos sin hablar. Luego la mujer se va y Paco se queda como alelado. Paco me ha dicho que él ya no piensa lo que pensaba de su esposa y de su hijo. También me ha dicho que no le gusta que su mujer venga a verlo pero que no puede decirle que no venga.
Yo lo entiendo. Si yo hubiera sido arquitecto y me hubiera echado una mujer siéndolo no me gustaría que luego tuviera que venir a verme a este agujero lleno de polvo y de piezas rotas.
Desde luego que yo no tengo ese problema porque la única persona que viene a verme es Juana y ella no me conocía de antes. Antes, cuando yo estaba donde los idiotas, también venía a verme don Ramiro, aquel hombre que era cura en Los Santos. Ya te digo que yo antes veía pero no miraba y que me daba igual lo que pasara a mi lado. Pero cuenta sí me daba. Él llegaba y se sentaba a mi lado y empezaba a decir cosas. Siempre las mismas. Que si Dios, que si la iglesia, que si los santos, que si el perdón. También me regalaba estampas y mierdas de esas. Un día, me acuerdo, se puso a llorar y a decirme que lo perdonara porque él había sido muy injusto conmigo. También me decía que rezaba por mí. Yo siempre le dejaba decir todas sus cosas de viejas, y suerte que tenía que a mí el cuerpo no me hacía caso lo que yo le decía, que, si no, seguro que algún día me hubiera levantado y le hubiera dado de tortas.
Luego un día no vino más. Imagino que se cansaría de hablarle a la pared o que pensó que ya había hecho bastante penitencia conmigo.
Escribir tanto es muy cansado y hace que se me vaya la cabeza. Pero el doctor y Juana dicen que es bueno que yo escriba porque eso es que progreso y que soy capaz de ordenar mis pensamientos. Y que tengo que obligarme a hacerlo. También te digo la verdad que ahora me salen las cartas porque antes os quería escribir y no me salían y al final tenía que romperlas y que tirarlas a la basura.
Ya le he escrito a la Regina. Ahora tengo que escribirle también al Zenón y luego al Rogelio.
¿Tú sabes adónde puedo mandarle una carta al Zenón?
Espero que estés bien, un abrazo y cuídate.
Tu padre, el Zacarías Zárate
Madrid, 20 de febrero de 2007
Querido Celestino:
Soy tu padre, el Zacarías Zárate, espero que te encuentres bien.
Te escribo para decirte que estoy bien, que sigo aquí en el hospital y que voy a casarme con Juana, la abogada.
Me imagino que ahora estarás preguntándote que si es que me he vuelto loco de verdad. Pues no, la verdad es que estoy mejor que nunca. Es solo que estas cosas pasan a veces.
En cualquier caso la loca debería ser ella, que es la joven y la lista.
No te voy a mentir. La verdad es que desde el principio Juana ha sido muy aficionada a venir a verme. Primero venía porque estábamos con las cosas de los jueces y con los papeles de la locura. Luego fue el juicio y yo pensé, esta no viene más. Pero siguió viniendo. A veces venía un sábado por la mañana y se quedaba aquí a comer conmigo y se iba luego cuando ya se iba haciendo de noche. A veces yo le hacía bromas y le decía que tenía que irse por ahí y salir con su novio y con sus amigos y no estar pasando los días con un viejo. Pero ella siempre decía o que su novio estaba de viaje o que, como ella es de Asturias, que aquí no tenía muchos amigos. Vamos, que al final siempre se quedaba. También, cuando hacía bueno, venía con una manta y con comida y lo poníamos todo en el jardín y ahí nos sentábamos al sol y comíamos como en las películas.
La verdad es que yo nunca he sido muy espabilado para estas cosas de entender a las mujeres. Piensa que yo, de novia, solo tuve a tu madre. Y que yo la conocí cuando ella tenía quince años. Y que entonces las cosas eran muy diferentes. Además tu madre era de la sierra y Juana es una señorita de la ciudad y además lista y con estudios. Así que imagínate si estaba yo en el guindo cuando un día se puso a llorar y a decir que ya no estaba más con su novio y que se había peleado con él y que ahora me quería a mí. A mí, la verdad, lo primero me entró como frío y luego casi me dio por reírme. Pero no era broma porque Juana siguió llorando y diciendo lo mismo. Yo le decía que cómo iba a ser eso si ella era joven y yo estaba ya bien gastado y ella tenía estudios y yo era un pastor como quien dice. Pero ella no hacía caso y le daba todo igual y seguía con la canción de que ella me quería por las cosas por las que me quería y que eso de la edad y de lo otro a ella no le importaba.
Yo ya te digo que a lo primero me dio frío porque ni siquiera lo había pensado. ¿Cómo va a querer una mujer joven a un viejo que está encerrado en un hospital para locos? Y además pasaba que Juana no es muy guapa, la verdad. Es bajita y tiene la nariz grande y casi no tiene tetas y tiene el culo bien gordo. Además se nota que no es de esas mujeres que están duras por debajo de la ropa. Vamos, hijo, ¿para qué te voy a engañar?, que no la había mirado yo así hasta el momento. Así que me quedé un poco tonto y le dije que lo tenía que pensar porque había sido una sorpresa. Entonces Juana se fue y me dijo que iba a venir al otro día.
Y ahí me puse a pensar. Pero no te creas que yo estaba pensando si a mí Juana me gustaba o no. No, no pensaba eso. A lo único que yo le daba vueltas todo el tiempo era a que yo era viejo y que estaba solo. Y también que al final Juana era la única persona que venía a visitarme y que si yo le decía que no y ella se enfadaba entonces ya no iba a venir más. Y que en ese caso sí que iba a quedarme bien solo y que iba a terminar pasándome aquí toda la vida como los viejos ya casi muertos del centro y que luego me moriría y no quedaría de mí más que la camisa y el pijama en una bolsa y sin que nadie viniera a recogerla. Además, que aunque yo no la había mirado nunca así, sí que me alegraba cuando ella venía y sí que esperaba que cada semana viniera a hacerme un poco de compañía. Y, vamos, que ser guapo o ser feo no lo es todo en la vida. Que también hay otras cosas que importan, como ser bueno y cariñoso y trabajador y honrado y que tampoco estaba yo para decir que no si alguien me quería hacer un regalo.
Así que tiré para adelante y al otro día cuando Juana vino por la tarde yo le dije que sí y los dos nos pusimos a besarnos.
Yo noté que eso a mí me gustaba, para qué te voy a mentir. Que es mucho tiempo sin mujer.
Eso fue por allá por el verano. Desde entonces Juana ha ido empujando para que las cosas vayan para adelante.
Lo primero que pasó es que en el centro era imposible tener intimidad. Y ya sabes cómo son las mujeres cuando de pronto se les despierta. Total, que Juana empezó a decir que eso no podía ser y que cómo era que yo llevaba tanto tiempo aquí y que no me daban permisos. Así que un día nos fuimos los dos a hablar con el doctor Marco y Juana le estuvo explicando que ahora nosotros éramos novios y que entonces las cosas cambiaban porque ella se iba a hacer responsable de mí y me iba a dar un sitio para que yo estuviera y un entorno para que yo pudiera tener permisos y también otras cosas que eran de papeles y de jueces. Después, en la consulta de la semana, hablé yo también con el doctor. El doctor me preguntó si yo quería el permiso y yo le dije que sí.
Juana decía que había que arreglar cosas de jueces para que yo tuviera los papeles. Pero para eso Juana es ahogada. Vamos, no te lo alargo más, que para octubre tuve mi primer permiso. Salimos el viernes por la mañana y nos fuimos a la sierra a comer a un restaurante y luego a un hotel. Luego, por la tarde, Juana me llevó otra vez al centro. Así estuvimos un tiempo pero luego, como los permisos me hacían bien y yo seguía bien con las pastillas y con el doctor Marco, el doctor empezó a darme también permisos de fin de semana, que son que Juana viene a recogerme el viernes por la tarde y ya me devuelve el domingo por la noche.
Así han ido pasando las cosas. Los fines de semana nos quedamos en casa de Juana o nos vamos a algún hotel de la sierra. Juana siempre me dice que podemos hacer lo que yo quiera, que para eso llevo tanto tiempo metido. Yo le digo que lo que quiero es pasear y ver gente y oír ruidos de vida y sentarme en un bar y pasear por la sierra y sentarme en medio de los árboles a escuchar a los pájaros y respirar sin que haya paredes. Así que eso hacemos.
Luego Juana empezó con lo del tratamiento ambulatorio.
El tratamiento ambulatorio es que yo puedo seguir con las pastillas y con el doctor Marco pero sin tener que estar aquí dentro ni para dormir ni para nada. Y eso es una cosa que tiene que decir si me lo dan el doctor Marco y también el juez que me puso la condena.
Entonces vino Paco un día y me dijo que por qué no me casaba.
Y luego me estuvo diciendo que si me casaba entonces lo del tratamiento ambulatorio iba a ser más fácil que me lo dieran porque entonces Juana podía ser algo así como quien era responsable de mí delante del juez y que eso tenía más fuerza que si yo estaba soltero. Y Paco también me decía que yo no tenía que ir y decirle esto al doctor Marco porque entonces el doctor podía pensar que yo quería engañarlo a él y a Juana para tener el tratamiento ambulatorio y que entonces tenía que hacer con el tratamiento lo mismo que había hecho con los permisos.
Cásate, eso me decía. Y luego me decía que en eso era en lo que estaba pensando Juana cuando decía del tratamiento ambulatorio y que yo no me daba cuenta porque yo no sabía de las cosas de las mujeres.
Total, hijo, que, para no alargártelo mucho, lo estuve pensando mucho tiempo y luego un día que estábamos Juana y yo en su casa de fin de semana le dije que a fin de cuentas yo era viudo y que si entonces quería casarse conmigo. Juana se puso a llorar y dijo que sí.
Todo eso pasó como a primeros de año y desde entonces se han hecho ya algunos planes. La boda será aquí y será en junio. Estás invitado, si quieres venir.
Todo el mundo está muy contento. Juana, Paco, las enfermeras, el doctor Marco y yo. El doctor me ha dicho que él va a decir en los papeles que me den el tratamiento ambulatorio y que luego ya solo estaré aquí dentro el tiempo que tarde el juez en decirlo también.
Así que aquí me ves. Sentado en mi silla y manso como una oveja dentro del corral, haciendo caso al médico, escribiendo y tomándome todas las pastillas.
Estoy tranquilo. Duermo bien y no tengo efectos de las pastillas. Alguna vez me pasa que siento por dentro como el chirrido de las piedras, pero es un chirrido bien flojito y como de muy lejos. Yo, cuando me pasa, me quedo muy quieto en la silla y no le digo a nadie para que no piensen que estoy poniéndome malo otra vez. Y si alguna vez lo siento más fuerte entonces voy y consigo por ahí una pastilla de las rojas. Con eso el chirrido se va más lejos todavía y se queda como dormido.
Juana también me ha dicho que me está buscando un trabajo en la ciudad para que yo pueda ganarme la vida cuando salga y que eso también es bueno para el tratamiento ambulatorio.
La verdad es que irse de aquí es bueno, pero me da pena por Paco, que se va a quedar muy solo sin mí.
Hijo, no te entretengo más, espero que estés bien, acuérdate de que estás invitado a la boda.
Recibe un abrazo de tu padre, el Zacarías Zárate.
Madrid, 1 de mayo de 2008
Querido Celestino:
Soy tu padre, el Zacarías Zárate, espero que estés bien.
Te escribo para decirte que al final me casé con Juana y que ya no estoy en el hospital sino en la calle.
Como ya te dije en la carta que te mandé el año pasado, Juana y yo nos casamos el último junio. Fue una cosa sencilla y no muy lucida porque no hubo muchos invitados. De la familia de los Zárate no vino nadie y de la familia de Juana solo vino un hermano porque los otros hermanos y los padres están peleados con ella por casarse conmigo. Así que solo estuvimos los enfermos, los médicos, las enfermeras y los amigos de Juana y sus compañeros del trabajo. Paco fue el padrino. De luna de miel nos dieron un fin de semana de permiso, solo que esta vez en vez de volver el domingo por la tarde me dejaron volver el lunes a mediodía.
Luego ya no hubo más que sentarse a esperar que entre el juez y los médicos me dieran lo del tratamiento ambulatorio. Por noviembre, por fin, ya estaban todos los papeles y entonces ya pude salir del hospital y venirme a casa de Juana.
La casa de Juana es muy bonita y muy azul. Tiene una cocina, un salón, dos habitaciones y dos baños. Tiene también balcón y terraza. Hay televisión y equipo de música. Juana está siempre trabajando y yo también. Juana me encontró un trabajo en una empresa que hace cerámicas y terrazos para los suelos y esas cosas. Yo trabajo en el almacén con una carretilla eléctrica, llevando los palés para todos lados. A cargar los camiones, a descargarlos, a llevar para el muelle lo que se va a cargar o a mover las cosas que haya que mover. Todo el mundo me da órdenes y eso es bueno porque así siempre sé lo que tengo que hacer. Entro a las ocho de la mañana y salgo a las cinco de la tarde, con una hora para comer por en medio. La mayoría de la gente que trabaja allí es muy amable. La mayoría son chicos jóvenes pero todos nos llevamos bien. La fábrica está en un polígono y en el polígono hay bares donde nos vamos a tomar café a media mañana y donde a veces por las tardes nos juntamos a echar un pito y a charlar y a beber cervezas. Bueno, cerveza beben ellos porque yo lo tengo prohibido por el tratamiento. Así que ellos beben cerveza y yo bebo Bitter Kas. A veces los chicos se ponen a jugar a las cartas o al dominó. Yo juego, si quieren, al tute, pero si me dicen de jugar al dominó yo les digo que al dominó yo ya jugué bastante. A veces ellos juegan y yo solo me siento en una silla y los miro jugar.
Me gusta todo de la vida. El olor de los bares, de la gente, el olor de las sábanas limpias, el olor de Juana por la mañana. Hasta el olor a aceite de la carretilla eléctrica me gusta. Me gustan los huevos fritos con patatas y los asados de cordero y los cocidos. Me gusta que ninguno de los chicos de la fábrica sabe quién soy yo ni que he estado en el juez ni en el hospital y que nadie se acuerda de las cosas que pasaron.
Me gusta ser normal, servir para algo. Me gusta no estar en un sitio que huele a meados y a polvo. Me gustan los ojos sanos. Las personas normales.
Los días son siempre muy parecidos. Por las mañanas me levanto muy temprano porque para ir al polígono primero tengo que coger el metro y luego un autobús. Los primeros días Juana, la pobre, se venía conmigo porque a mí me daba reparo encontrarme de pronto metido en medio de tanta gente. Luego ya aprendí a ir yo solo. Por las mañanas, cuando me levanto, a veces me hago bocadillos para llevármelos y comer de eso, que hay que ahorrar.
Luego estoy todo el día trabajando y, como la gente es buena, a mí me cuesta poco trabajo y se me pasan las horas muy deprisa. Entonces otra vez el metro y el autobús y a las seis y media o así ya estoy en casa. Esas horas son las más malas porque Juana nunca viene hasta que son por lo menos las nueve o las diez de la noche. A veces yo voy y hago la compra y otras veces me pongo a cocinar alguna cosa para Juana y le preparo una cena. Juana siempre viene muy cansada. A veces yo también llego cansado y entonces me siento en el sofá y enciendo la televisión. La televisión no me gusta porque no hay más que tonterías y gente gritando. Pero yo la pongo igual. Para que no esté el silencio. Y es que a veces se quedan ahí unas horas que están muy solas y muy calladas. No me gustan. Por eso hago ruidos o pongo la televisión o me salgo al balcón y me pongo a mirar para los coches que pasan por la calle y para la gente que va andando. No me gusta el silencio de las tardes porque es como si de pronto el aire estuviera muy limpio y muy vacío y entonces se pudiera empezar a llenar de cosas. No sé qué cosas. Cosas que son como ondas o como serpientes o como respiraciones de personas. Me pongo muy nervioso con eso y me tengo que levantar y poner la televisión o la radio o hacer ruido. A veces me ha pasado que se me ha metido en la cabeza el reloj que Juana tiene al lado de la televisión. El reloj también me pone muy nervioso. Se me mete y no me lo puedo sacar y me tiemblan las puntas de los dedos y se me engarrotan las manos de la tensión que cojo. A veces se me ha metido tanto que he tenido que irme al baño y abrir el grifo de la bañera o irme a la cocina y encender la batidora.
Otras veces me ha pasado que el silencio ha sido tan fuerte que me he tenido que ir de la casa a darme un paseo. La calle siempre me hace mucho bien y siempre cuando vuelvo ya el silencio no está como estaba y se puede uno sentar.
Ya te digo que a veces me he puesto muy nervioso pero eso ha sido pocas veces. En general solo con poner la televisión ya dejo de oírlo. También pasa siempre que en cuanto oigo la llave de Juana en la puerta ya me quedo tranquilo.
He pensado que tendría que decirle al doctor Marco esto del silencio y del reloj pero luego nunca se lo digo. Y no se lo digo porque yo sé que en el fondo todo esto del reloj no son más que tonterías. Y sé que lo son porque mientras yo mismo lo estoy pensando me estoy dando cuenta de que lo son. Y esa es la prueba.
Juana es buena. Es una buena esposa y me cuida mucho y se preocupa mucho por mí. Trabaja mucho también y ya no es abogada ayudante sino abogada-abogada y un día la van a hacer socia del sitio donde trabaja. A veces también le pasa que viene el fin de semana con un montón de papeles y que tiene que pasarse el sábado y el domingo con el ordenador. Entonces yo, para no aburrirme, me voy al centro y me pongo a jugar al dominó con Paco. A Paco, el pobre, siempre se le llenan los ojos de lágrimas cuando me ve llegar. Siempre me dice igual: tú por aquí no vengas, que te va a hacer mal. Pero yo voy, aunque es verdad que ver otra vez toda aquella miseria siempre me deja unos días que estoy triste y que no quiero hablar.
También me hace bien porque me acuerdo de cómo estaba yo y de la suerte que tengo que ahora estoy fuera.
Te cuento también que en marzo hizo cinco años desde la última vez que yo tuve un brote. Y que eso el doctor Marco y Juana dijeron que había que celebrarlo. Así que nos fuimos Juana y yo a un restaurante muy caro y ahí me comí un chuletón. Juana me decía que por un día que yo bebiera vino no iba a pasar nada, pero yo no le hice caso y me bebí tres Bitter Kas y una botella de agua con el chuletón. Juana se reía.
También te cuento que sigo yendo a ver al doctor Marco, nada más que ahora en vez de ir una vez a la semana voy solo una vez al mes. El doctor dice que estoy bien y que está contento conmigo. Yo ya te digo que no le cuento lo del reloj porque es una tontería y que lo mismo pasa que si se lo cuento entonces ä se piensa que estoy yendo para atrás en vez de curándome. Todos los días me tomo las pastillas, eso sí. El doctor siempre me dice igual: que es normal que a veces esté un poco triste y que siempre tengo que estar diciéndole a Juana todo lo que me pasa y que no tengo que beber ni que drogarme.
También el otro día le pregunté si algún día yo me iba a curar y si no podía ser que a lo mejor yo ya estuviera curado ya que hacía tanto tiempo de mi último brote. El doctor me dijo que había que tener paciencia y que lo mío no se curaba tan fácil y que tenía que seguir con las pastillas.
Yo estoy tranquilo y bien, menos cuando me pasa lo del reloj o lo del silencio por las tardes. Siempre duermo bien, que es lo más importante, aunque algunas veces me ha pasado que Juana me ha dicho que he estado soñando por la noche y diciendo los nombres del abuelo Celestino o de la abuela Rósula o de la bisabuela Angustias Montoya, que era medio bruja y medio gitana. También una vez me dijo que yo estaba hablando de un perro y también del Adrián. Luego yo se lo dije al doctor y el doctor dijo que no pasaba nada y que pasaban esas cosas porque yo ahora tenía una rutina de vida que era diferente a la del hospital y que eso me alteraba. Entonces me dio otras pastillas para que me las tomara por las noches. Yo sé qué son esas pastillas rojas. Son de esas que a uno se le llena la boca de llagas y que le dan escalofríos por dentro como si le hubiera picado a uno una serpiente. Yo las tengo ahí y ellas me miran y yo las miro a ellas. No quiero tener que tomármelas. Las tengo guardadas por si otra vez me viene en sueños el Adrián.
Otra cosa que no quiero es empezar a acordarme del Adrián. El Adrián es quien tiene la culpa de todo. Nosotros éramos una familia hasta que llegó el Adrián y lo jodió todo.
Yo tenía siete hijos y seis hermanos y ahora no tengo más que a Juana, a Paco y a los muchachos del almacén.
¿Tú sabías que el tío Tomás vive aquí, en esta ciudad? En marzo, cuando la Semana Santa, lo llamé por teléfono (su teléfono está en los papeles del juicio y Juana me los había traído) por gusto, por si quería que nos viéramos un rato y para ver cómo estaba. En su casa no estaba ä sino la tía Brígida. Brígida, le dije, soy yo, el Zacarías, tu cuñado. Y ahí mismo yo noté cómo el nombre se iba por el cable del teléfono y se le metía por el culo y cómo el culo se le apretaba. Le dije que le dejara recado al Tomás que yo había llamado y que me llamara, si quería, y le dejé el teléfono de casa.
No me ha devuelto la llamada. Hace dos meses de eso.
Así están todos, Celestino.
No quiero acordarme del Adrián, ni tampoco pensar en el Adrián. Cuando me acuerdo de él me acuerdo del demonio.
Un abrazo muy fuerte.
Madrid, 4 de octubre de 2008
Querido Celestino:
Soy tu padre, el Zacarías Zárate, espero que estés bien de salud.
Te escribo para decirte que yo estoy bien y que he visto a tus hermanos.
Fue en el verano. Cuando las vacaciones del trabajo. Las cogimos Juana y yo al mismo tiempo. Yo le había dicho al doctor Marco que quería ir a ver a mis hijos y que si a él le parecía bien. El doctor dijo que no había problema siempre y cuando yo estuviera siempre tomándome las pastillas. Así que luego hablé con Juana y entonces dijimos que primero iríamos a ver a tus hermanos y luego nos iríamos a pasar un tiempo en una casa en la playa que tenía una amiga de Juana que nos la dejaba para el verano.
Las direcciones de todos (menos la del Zenón) estaban en los papeles del juicio y Juana tenía los papeles, así que hicimos las maletas y nos montamos en el coche. Primero fuimos a Barcelona, que es donde vive el Rogelio.
De Barcelona no vimos mucho. Nada más que la autopista y luego un barrio viejo y sucio, que es donde vive el Rogelio. No creo tampoco que hubiera tanto que ver. Será que yo soy de pueblo pero a mí todas las ciudades me parecen iguales. Coches, gente y ruido. Autobuses echando humo y frenazos. Asfalto sucio y como con aceite.
Me acuerdo de que aparcamos al lado de un parque y que luego fuimos buscando la casa del Rogelio. Ahí, te lo tengo que decir, yo estaba muy nervioso y tuvimos que parar en un bar a que me tomara una manzanilla. Juana, la pobre, también estaba asustada y no hacía más que decir que si yo no quería ir no había tampoco por qué. También te tengo que decir que ahí hubo un momento en que estuve a punto de que nos fuéramos solo que luego vi que teníamos que ir porque si no íbamos entonces yo me iba a quedar con aquello clavado por dentro.
No sé si sabes que el Rogelio se casó. Pues sí, solo que la mujer le salió una mala puta y un día se le fue y lo dejó atrás con los tres críos que el Rogelio le había hecho y si te he visto no me acuerdo. Ahora el Rogelio se ha echado otra mujer.
La casa del Rogelio era fea y vieja, como el barrio. Y muy sucia y con muebles de plástico. Me acuerdo de que llamamos a la puerta y que nos abrió el Rogelio y que se nos quedó mirando con mala cara. ¿Tú sabías que el Rogelio había perdido un brazo? Pues lo ha perdido del codo para abajo. El derecho. Yo, cuando ya estábamos sentados en el sofá, le miraba la falta y le quería preguntar, pero Juana me tenía cogido por el brazo para que no hiciera nada raro y yo me aguantaba. La mujer que se ha echado el Rogelio es gorda y extranjera. Los críos son flacos y se parecen un poco a ti y un poco al abuelo Celestino y tienen los ojos como tu madre. El Rogelio está flaco y amarillo y como enfermo. Estuvimos allí un rato, en el sofá, pero entre que los críos estaban llorando, que la mujer nos miraba con enfado y que la conversación no salía, al final nos fuimos Juana, el Rogelio y yo a la calle y nos buscamos un bar y ahí nos sentamos a tomar un café.
Pero en el bar pasaba igual que en la casa del Rogelio. Que el Rogelio y yo estábamos muy nerviosos los dos y que no nos mirábamos y que tampoco nos hablábamos el uno al otro. Así que allí estaba la buena de Juana, la pobre, haciendo por hablar del tiempo y de mierdas con el Rogelio. Todo el tiempo, en vez de venir a abrazarme o preguntarme cómo estaba y si estaba mejor, el Rogelio se portaba como si yo no estuviera allí, ¿lo puedes creer? Claro que también yo estuve mirándole la falta al Rogelio hasta que el Rogelio se enfadó y levantó el pedazo que le colgaba del hombro.
«¿Qué pasa, padre, le gusta cómo me quedó el brazo?» Eso me dijo. «¿Qué te pasó?», le dije yo. «¿Qué me pasó?, eso vaya y pregúnteselo al Adrián.»
¿Tú crees que esa es forma de hablarle a un padre? ¿Un tipo encogido y flaco, con menos carne que una sardina y además manco? Te juro que si no hubiera estado allí Juana me hubiera levantado y le hubiera arreado dos mamporros allí mismo. El Rogelio se dio cuenta de lo que yo estaba pensando y se puso a reírse.
«Padre, me dijo, ¿qué coño quiere usted ahora? ¿A qué viene esto de ponerse a joder de pronto?»
Entonces Juana se puso a decirle que yo no quería nada y que yo antes había estado enfermo y que ahora estaba bien y que por eso habíamos ido a verlo porque él era mi hijo y mi familia. Y todo el rato Juana estaba hablando y yo estaba mirando para el Rogelio y el Rogelio estaba mirando para otro lado y riéndose por lo bajo hasta que yo me enfadé y le dije que de qué se reía. «Me río de usted, padre», eso me dijo.
Luego el Rogelio se levantó y dijo que él pagaba y puso allí un billete en la mesa y se fue. «Ya me ha visto», padre, eso me dijo, «ahora no me joda más.» Y entonces se fue y Juana y yo nos quedamos allí sentados en nuestras sillas.
Por la noche Juana y yo estuvimos hablando y Juana me decía que si todavía quería ir a ver a la Regina después de lo que había pasado. Yo lo estuve pensando mucho y al final le dije que sí porque no quería quedarme con eso dentro. Entonces nos fuimos a ver a la Regina. La Regina vive en un pueblo por la zona de Valladolid. Un sitio con muchos árboles y muchas montañas. Vive bastante retirada, así que tuvimos que preguntar mucho y al final pudimos encontrar la casa. Me acuerdo de que hacía mucho sol y que había muchas moscas y que pensé que la Regina por lo menos oía a los pájaros en vez de a los autobuses. También me acuerdo de que todavía estábamos parados al lado del coche cuando por el camino ya venía la Regina que nos miraba como si Juana y yo fuéramos dos muertos que acabáramos de escaparnos de nuestras tumbas. También nos metió para dentro de la casa y nos sentó en un sofá y nos dio Bitter Kas y aceitunas. La Regina también se casó. Pero se quedó viuda. Tiene un hijo que se llama Hugo y que es igual que el tío Santiago cuando era pequeño.
Las mujeres son mejores para esas cosas de hablar que los hombres. Tú junta a dos mujeres que en cinco minutos estarán cascando como si se conocieran de toda la vida. Así que, cascando Juana y cascando la Regina, me enteré de que la Regina tiene muchas tierras que le han quedado de su marido y también una fábrica. Y también de que por esas tierras el Zenón le había estado preguntando si le vendía algún pedazo. Así me enteré de que era el Zenón el que tenía al Adrián y de que el Zenón iba por ahí con una caravana haciendo no se sabe muy bien qué. También nos dijo que una vez el Zenón le había dejado allí al Adrián y que el Adrián le había matado treinta gallinas.
«Hay cosas que nunca cambian, ¿eh, padre?», eso me dijo la Regina, y tenía los ojos como dos lumbres. Juana, la pobre, me cogió de la mano sin que la Regina se diera cuenta para que yo no hiciera nada.
La verdades que tampoco estuvimos allí mucho rato porque se notaba que la Regina no quería que estuviéramos y no nos invitó ni a comer ni a quedarnos. Así que cuando Juana dijo nos levantamos, nos fuimos para el coche.
«Padre», me dijo la Regina cuando ya estábamos al lado del coche para irnos, «no me venga ahora con cosas de que la familia esto o lo otro, que a usted la familia siempre le ha importado una mierda. Y tampoco me venga con que la culpa de esto la tiene el Adrián. El Adrián, con todo lo suyo, no es más que una pobre persona, padre. La culpa de todo lo que pasó es de usted y solo de usted.»
Bueno, Celestino, tendrías que ver cómo se puso Juana cuando la Regina dijo todas esas cosas. Se enfadó mucho y empezó a gritar que yo era un enfermo y que yo no tenía la culpa de las cosas que había hecho. El Hugo, el hijo de la Regina, nos miraba desde el camino y la Regina se reía como si estuviera loca.
«A mí no me engaña usted, padre», me dijo lo último, «yo le conozco. Lo que pasa es que esta pobre no le conoce tan bien como nosotros y por eso anda diciendo esas sandeces.»
Así que nos montamos en el coche y nos fuimos. Yo iba todo el tiempo callado y Juana iba muy enfadada y diciendo muchas cosas de la Regina hasta que yo le dije que no hablara así de ella porque ella era mi hija. Luego nos vinimos a casa y después Juana dijo que ya total nos podíamos ir de vacaciones. Y nos fuimos. La playa era un sitio muy bonito. Con muchos restaurantes y un castillo. El sitio, ya te digo, estaba bien, pero nosotros no. Bueno, yo no. Porque todo el rato tenía ahí clavados los ojos de la Regina y del Rogelio y entonces no tenía ganas de hacer nada y Juana no podía animarme. Así que todo el día estábamos los dos peleando. Ella porque yo le estaba jodiendo las vacaciones y yo porque ella me estaba jodiendo el alma. Ella diciendo que ella ya sabía que a mí ver a mis hijos me iba a sentar mal y yo diciendo que eran mis hijos y que eran mi carne y que ella lo tenía que entender. Tanto nos peleamos que al final Juana dijo que para eso mejor estábamos en casa y nos volvimos.
Nos volvimos pero las cosas estaban igual de mal. Juana se puso a trabajar aunque estaba de vacaciones y yo me iba a jugar al dominó con Paco o me dedicaba a darme paseos por los jardines. Hacía mucho calor y todo el tiempo yo seguía con los ojos de aquellos dos clavados por dentro y acordándome del Zenón. Entonces, un día que Juana no estaba en la casa, me puse a buscar el teléfono del Zenón en los papeles del juicio y luego lo llamé. El Zenón cogió el teléfono pero enseguida que vio que era yo quien lo llamaba se puso muy serio y me dijo que no lo llamara más y me colgó.
Lo primero me quedé muy triste, no voy a mentirte, pero luego se me ocurrió que podía ir a verlo y que a lo mejor si lo veía en vez de llamarlo iba a ser distinto. Pero no sabía por dónde andaba. Así que lo estuve pensando mucho y se me ocurrió que podía llamar a don Ramiro, que yo tenía su teléfono de cuando iba a verme al sanatorio con sus estampas. Hablamos por teléfono y me pareció más viejo. Me pareció un hombre encogido. Me dijo que no sabía por dónde andaba el Zenón pero yo le di el teléfono y le dije que lo llamara y se enterara y que no le dijera que tenía que ver conmigo. Al rato don Ramiro me llamó y me dijo que el Zenón le había dicho que estaba aquí, en Madrid, y que estaba por la zona de Vallecas.
Yo entonces me esperé unos días para no ir y encontrarme al Zenón y que el Zenón viera que don Ramiro lo había llamado por mí. Después dije en la fábrica que iba a necesitar un día libre para hacer unos papeles y cuando tuve el día libre me monté en un autobús y me bajé en Vallecas. Ahí estuve todo el día dando vueltas y preguntando a la gente, pero nadie sabía nada de ninguna caravana. Estaba todo llovido y se bajaba un viento helado de la sierra. A mediodía me metí en un bar y me comí un bocadillo. Luego seguí dando vueltas y preguntándole a la gente. Unos muchachos me dijeron que había una caravana por donde las vías, así que me fui arrimando. Luego otros me dijeron que la caravana estaba por el pinar y que el pinar estaba al otro lado de la autopista. Así que anduve hasta que casi se acaba la ciudad y llegué a la autopista. Al otro lado había sobre todo solares y también estaba el pinar. Así que por ahí empecé a bajar.
Cuando estaba a mitad de camino ya vi al Adrián. Lo vi de bien lejos y supe que era él de antes de que yo pudiera saber que era él.
Estaba a un lado, entre la carretera y la vía, sentado en el suelo y mirando para abajo. Estaba más grande pero igual. Igual de solo. Igual de alelado. Desde donde yo estaba no se veía lo que estaba haciendo pero te lo puedes imaginar. Ahí, con sus piedras y con sus mierdas, poniéndolas en fila y haciendo sus cosas de guardarlas en la bolsa y sacarlas de la bolsa. Como si no hubiera pasado ni un día en todos estos años.
Más allá del Adrián sí que vi la caravana del Zenón. Tenía un toldo y unas sillas fuera y había una mujer rubia hablando por teléfono cerca de la puerta. La verdad es que no miré mucho porque el Adrián me borraba todas las cosas. El Adrián en su mundo. Yo quieto. La verdad es que no fue que yo me quedara quieto porque yo quisiera sino que me entró por dentro una cosa que no podía moverme. Como cuando estaba en el hospital metido donde los idiotas, solo que ahora con miedo y con frío. Pero no un frío de esos que vienen de fuera sino de esos que salen de dentro. Como si me hubiera dado la corriente por los pies y se me estuviera subiendo por todos los huesos.
No sé cuánto tiempo pasó pero pasó un rato. El Adrián miraba para abajo y era como si fuera a estar siempre mirando para abajo. De vez en cuando movía la cabeza para adelante y para atrás como si estuviera cantando. Entonces empezaron a encenderse las farolas y eso hizo que el Adrián dejara de mirar para abajo y mirara para donde estaba yo. Yo estaba lejos, arriba de una cuesta, y casi no le veía la cara, pero aun así notaba cómo sus ojillos los tenía clavados. Me puse a temblar, Celestino.
Creo que si el Adrián se hubiera levantado y hubiera venido para mí me hubiera puesto a gritar y hubiera salido corriendo.
Pero no lo hizo. Solo miró para mí durante un minuto o así y luego se volvió a sus piedras.
¿Qué hice yo? Me fui. Me di la vuelta y me fui. Busqué un taxi y le dije que me llevara a casa.
No te voy a mentir, la verdad es que desde que vi al Adrián ya no estoy tan bien como estaba. Y es que es como si el miedo y el frío que se me metieron cuando vi al Adrián no se me hubieran quitado desde entonces. Siempre estoy como con azogue y como pensando que me miran o que me vienen por detrás. También me pasa que por las noches me dan las cuatro o las cinco y no me he dormido porque se me viene que estoy oyendo algo o sintiendo algo. Como si hubiera algo esperando a que yo cerrara los ojos para venirse y mirarme y respirarme en la cara.
También dice Juana que a veces digo cosas de un perro o de un cerdo cuando estoy durmiendo.
Todo eso me preocupa, no te voy a mentir, porque puede ser que yo esté yendo para atrás. Así que a veces, cuando tengo una noche muy mala, me tomo una de las pastillas rojas. Lo malo de esas pastillas es lo que te dije de las calenturas y los temblores y el dolor de los ojos. Que se las toma uno y es como si se estuviera envenenando.