Lobisón

Ginés Sánchez · Capítulo 3 de 5 · parte 1/3

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Lobisón

Capítulo III

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Coge tus cosas, Adrián, me decía el Zacarías Zárate algunas veces, que nos vamos para arriba. Y eso era que él y yo nos íbamos para la montaña con las borregas y que estábamos allí muchos días. Y arriba de la montaña solo estaba la casa en la que estábamos el Zacarías Zárate y yo. Tampoco había ninguna persona. Había muchas estrellas.

Y con el Zacarías Zárate pasaba que él siempre tenía frío y también el pelo de la cabeza y del bigote más blanco. También pasaba que el abuelo Celestino y el Pedro Zárate ya se habían muerto y que la Regina se había ido del pueblo para otro sitio a vivir.

Padre, le decían algunas veces el Zenón y el Dionisio, ¿por qué se va usted con el Adrián para arriba?, ¿no sería mejor que se llevara a otro?

Ni mierda, decía el Zacarías Zárate, el Adrián es el que mejor me ayuda. Además allí está bien tranquilo.

¿No era eso, decía, lo que queríais, que estuviera tranquilo?

Y entonces los hermanos ya no decían nada y otra vez cogíamos mucho pan y muchas cosas y nos íbamos el Zacarías Zárate y yo para arriba.

En la montaña, Adrián, decía siempre el Zacarías Zárate cuando estábamos subiendo, ahí es donde nosotros tenemos que estar.

Porque nosotros, Adrián, decía, somos iguales. Somos la misma mierda.

Porque somos séptimos y tenemos al demonio dentro, Adrián, y por eso no valemos para estar con las demás personas.

Y arriba donde nosotros estábamos era donde vivían las águilas y también las cabras. Por el día nosotros estábamos haciendo las cosas de las borregas y hasta que se hacía de noche. Entonces nos íbamos a la casa y allí comíamos tocino y pan y también habichuelas que las hacía el Zacarías Zárate en el fuego.

 

Ay, Adrián, decía el Zacarías Zárate cuando ya era por la noche y él estaba al lado del fuego y con la manta y la botella de vino, cuando yo era pequeño me pasaba igual que a ti.

Siempre peleando, decía, todos los días.

Yo era como un lobo defendiéndose de los perros, decía.

¿Alguna vez has visto a un perro y a un lobo? ¿Has visto cómo los perros atacan a los lobos? Los perros, Adrián, siempre quieren matar a los lobos. Porque ellos saben que los lobos son más. Porque les asusta eso del bosque que tienen los lobos y que ellos perdieron. Porque se reconocen en ellos.

Si solo hay un perro y un lobo entonces el perro se va corriendo, Adrián, pero si son muchos perros y un lobo solo entonces los perros son muy valientes.

Si pueden lo hacen pedazos, Adrián.

Y eso somos nosotros, decía, unos lobos en medio de una manada de perros rabiosos.

Yo también me escapaba, Adrián, decía el Zacarías Zárate, de la casa de la abuela Rósula y el abuelo Celestino. Por las noches. Me iba para el monte, como tú. Y luego vomitaba cosas asquerosas.

Pero yo, decía, casi no me acuerdo de eso. Es como si me lo hubiesen borrado con una goma, ¿entiendes? Además los tíos y los abuelos siempre me iban diciendo que aquello era mentira, ¿entiendes? Que eso nunca pasó. Que yo me lo inventé. Pero no, Adrián, no me lo inventé. Mira.

Y entonces pasaba que el Zacarías Zárate se levantaba el pantalón y me enseñaba un sitio en que se veía que le había salido sangre cuando él era más pequeño.

¿Ves?, decía, eso es un tiro que me pegó el Armando Dueñas el día que le cogí un cordero. Me acuerdo, Adrián, decía, del tiro. Y también de la abuela Rósula curándome y pegándome.

Pero la abuela, Adrián, decía el Zacarías Zárate, siempre decía que no. Que eso era de un día que yo me había caído en el corral. Todo mentiras, todo mentiras.

 

La gente, también, siempre está hablando, Adrián, decía el Zacarías Zárate, siempre anda diciendo cosas.

El tío Celestino, decía, fue el único que me contó las cosas, Adrián.

Me lo dijo un día, decía el Zacarías Zárate. Luego el abuelo Celestino le dio una paliza y ya no me contó más cosas.

¿Sabes qué decía? Que cuando la abuela Rósula me iba a tener a mí entonces todas las viejas empezaron a decirle que ella iba a traer una desgracia al pueblo, ¿entiendes? Porque la abuela ya tenía seis y que si entonces yo era varón entonces yo iba a salir lobisón.

También me dijo que cuando yo nací bajó la vieja María, que era bruja y no tenía dientes, y que dijo que un día yo haría algo muy malo.

Y luego, Adrián, me decía el Zacarías Zárate, cuando yo empecé a tener hijos pasó igual. Todos siempre hablando, diciendo que tú ibas a ser lobisón, haciendo marcas en las ventanas y en las puertas.

¿Cómo vas a tener un séptimo?, decían los tíos.

¿Es que no soy yo normal?, les decía yo. ¿Pues no era que todas esas cosas yo las soñé y no eran ciertas? ¿Y sabes qué pasaba, Adrián?, que se quedaban callados, ¿entiendes?, porque yo los tenía bien agarrados, Adrián. Así. Y siempre el Zacarías Zárate se reía mucho cuando decía esas cosas y le daba un trago largo a la botella de vino y se metía un poco más en las mantas y se acercaba al fuego.

Y eso es lo bueno, Adrián, decía después, que tú eres igual que era yo. Y que eso quiere decir que aquellas cosas de cuando yo era crío no las soñé sino que eran de verdad.

Pero yo lo perdí, Adrián, decía después el Zacarías Zárate. Como tú lo perderás.

¿Sabes por qué sé que lo perdí?, decía, porque ahora siempre tengo frío.

Antes, decía, yo era como tú. No podía dormir dentro ni podía arrimarme a la chimenea. Podía estar fuera toda la noche y no tenía frío ni cogía un constipado. Y mírame ahora, decía, todo metido en las mantas, con los huesos como cristales.

Y tú, decía todo el rato, todavía lo tienes. Pero ya no tanto como cuando eras pequeño. ¿Sabes por qué lo sé? Porque solo tienes que mirarte, Adrián, decía, aquí tirado por el suelo y sin hacer nada y con un montón de ovejas ahí, al alcance de tu mano, que solo tienes que ir y agarrarlas para atracarte bien. ¿Y qué haces? Nada. Estar mirando al cielo como un bobo.

 

Pero tú eras más que yo, Adrián, decía el Zacarías Zárate, ¿sabes por qué? Porque yo ya era un séptimo. En cambio mi padre solo era un tercero. A mí se me escapó, decía, el demonio.

Pero tú lo tienes. Menos, decía, pero lo tienes.

Y algunas veces pasaba que el Zacarías Zárate estaba mucho rato diciendo todas esas cosas y que entonces se enfadaba y empezaba a tirarme piedras o que cogía la botella de vino y la rompía por las piedras y la botella se hacía muchos trozos. Y también que a veces el Zacarías Zárate se ponía a andar por la montaña para arriba y que entonces se hacía de día y todavía no había venido y que todas las borregas estaban dentro del corral y moviéndose.

 

Padre, decían el Zenón y el Rogelio cuando ellos subían a la montaña con pan y con comida, no pueden estar aquí siempre los dos.

Ni mierdas, decía el Zacarías Zárate, ¿habéis traído el vino?

No, padre, decían el Rogelio y el Zenón, vino no hemos traído.

Pues entonces tirad para abajo y rápido, decía el Zacarías Zárate. Y entonces cogía piedras del suelo y se las tiraba al Zenón y al Rogelio y los dos se iban corriendo por la cuesta para abajo y para el pueblo.

Cabrones, decía el Zacarías Zárate, cabrones, cabrones. Y también decía otras cosas malas del Zenón y del Rogelio.

Adrián, me decía después, quédate aquí que tengo que hacer una cosa.

Y entonces el Zacarías Zárate cogía una borrega pequeña y el abrigo y se iba por la montaña para abajo y se hacía de noche. Y entonces pasaba que por la mañana venía el Zacarías Zárate subiendo por la cuesta. Y el Zacarías Zárate ya no tenía la borrega sino que tenía una botella muy grande y con mucho vino y todo el tiempo se estaba riendo mucho.

Tú les dirás, Adrián, decía todo el rato, que se nos perdió la borrega, ¿eh?

Y también pasó que por detrás de él venía un perro que era todo negro y con las orejas y el rabo muy cortos. Y ese perro tenía los ojos negros y a veces rojos.

Vete, le decía el Zacarías Zárate al perro negro, y entonces le tiraba piedras. Y el perro entonces se iba un poco para atrás y luego otra vez se iba para adelante y siempre andando detrás del Zacarías Zárate.

 

Padre, decía el Dionisio cuando él había subido a la montaña y en la montaña ya no había borregas sino que solo estábamos el Zacarías Zárate y yo, ¿está usted borracho?

¿Y a ti qué mierda te importa?, decía entonces el Zacarías Zárate, que estaba sentado al lado de la puerta de la casa, ¿has venido a preguntarme eso?

No, padre, decía el Dionisio, he venido a ver si está usted bien.

Y eso a quién le importa, decía el Zacarías Zárate.

Padre, decía el Dionisio, hace más de un año que no baja usted por el pueblo.

¿Y qué mierda?

Que no tiene usted por qué estar aquí.

¿Y qué mierda?

Y me acuerdo de que de las montañas bajaba el viento y que se veía en las nubes que iba a nevar y que entonces el Dionisio me estaba mirando mucho.

Padre, decía entonces el Dionisio, si usted no quiere venirse, ¿puedo llevarme por lo menos al Adrián?

Y también me acuerdo de que el Zacarías Zárate no dijo nada y que entonces el Dionisio empezó a decirme que lo mirara y yo lo miré.

Adrián, me decía, ¿te vienes al pueblo y a la casa?

No, le dije yo, porque yo todavía podía hablar. Y eso era porque yo tenía al demonio dentro y porque yo era como el Zacarías Zárate y entonces los dos no valíamos para estar con la otra gente y éramos lobos y no perros.

Otra cosa, padre, decía el Dionisio cuando ya se iba por la cuesta, madre me ha dicho que no se lo diga, pero yo se lo tengo que decir. Ella está enferma y se va del pueblo. Se va donde la Regina. Solo, decía el Dionisio, para que usted lo sepa.

Y el Zacarías Zárate primero no decía nada y luego me miró a mí y también al perro negro, que estaba metido por las piedras y por las cañas y mirándonos.

Pues que vaya con Dios, dijo.

Mira cuánto dinero, Adrián, decía el Zenón otra vez cuando estábamos al lado del río y con la furgoneta azul toda rota. Y era que al Zenón le habían dado el dinero del negocio que él había hecho de irse al hospital. Me acuerdo de que entonces el Zenón estaba muy contento y diciendo muchas cosas que íbamos a hacer con el dinero.

Ven, Adrián, decía, que vamos a comprar otra furgoneta.

Y entonces los dos nos fuimos a un sitio que había muchas furgonetas y entonces compramos una que era blanca y muy grande y que tenía camas por dentro y un fuego para hacer de comer.

Ahora, Adrián, decía el Zenón, sí que no nos va a joder nadie.

Ahora, decía, sí que vamos a poder hacer negocios.

Y me acuerdo de que entonces nosotros estábamos siempre yendo a muchos sitios y a comprar cosas y bebiendo muchas cocacolas y muchas cervezas por los bares.

Adrián, decía el Zenón después, venga, que nos vamos de viaje.

Y entonces pasó que los dos nos montamos en la furgoneta blanca y nos fuimos de viaje. Y del viaje yo me acuerdo de que a lo primero nosotros íbamos por una carretera que era gris y luego por otra que era azul y que había muchos coches y que se iba muy rápido.

Vamos volando, Adrián, decía el Zenón todo el rato. Y también siempre iba oyendo la música de la radio y fumando y dando golpes con la mano en el volante y riéndose mucho.

 

Vamos a ver el mar, Adrián, decía el Zenón.

¿Tú te acuerdas del mar, Adrián?, y yo le decía que sí.

Antes el mar no te gustaba.

A ver, Adrián, decía, si ahora te va a gustar.

Y me acuerdo de que entonces pasó que nos bajamos en una gasolinera y a tomar un café y un bocadillo y que entonces el aire no olía como el aire olía sino de otra manera. El Zenón se reía.

Mira el mar, Adrián, me decía.

Y el mar era un sitio en el que se acababa el suelo y que entonces todo estaba lleno de agua. Y era esa agua lo que olía tan fuerte.

 

El mar era azul y gris y verde y olía muy fuerte. El olor del mar estaba en todas las cosas y entonces hacía que todas las cosas no olieran como ellas olían sino como el mar decía. La gente estaba todo el tiempo metiéndose en él y yéndose para adentro. El Zenón también lo hacía. Al lado del mar me acuerdo de que había muchos sitios para comer arroz y otras cosas y también que toda la gente iba con pantalones cortos y con trapos como los que tenía la Choni para taparse las tetas y el culo.

Adrián, me decía el Zenón, ponte guapo, que nos vamos a cenar por ahí. Y eso era que era por la noche y que los dos nos íbamos a muchos sitios a comer cosas y que el Zenón bebía mucho vino.

Adrián, me decía luego el Zenón, ¿te acuerdas del Rodrigo? Pues un día lo vamos a ver.

Y siempre por las noches pasaba que el Zenón se ponía a dormir y que entonces yo me iba de al lado de la furgoneta blanca y por todas las partes del pueblo. Por las noches en el pueblo no había personas sino solo gatos que dormían en los sitios que no había casas y también donde la gente tiraba las basuras. También había sitios donde estaban todos los muchachos y todas las muchachas oyendo la música de la radio y gritando y bebiendo mucho vino. Yo los miraba desde lo oscuro. A veces los muchachos tocaban a las muchachas y se ponían a darles besos y entonces pasaba que a mí se me ponía grande la culebra como cuando yo estaba con Beatriz o con la Choni. Entonces yo me ponía muy triste porque yo sabía que el Zenón se iba a enfadar mucho.

 

También por las noches pasaba que yo me iba bajando por las calles y por los coches aparcados y que entonces yo llegaba a donde estaba el mar. Por la noche el mar era negro y también estaba siempre oliendo muy fuerte y muy mojado. También siempre estaba haciendo muchos ruidos. Los ruidos del mar a veces eran más finitos y como piedras y otras veces eran más como una tormenta. Yo a veces metía los pies en el mar. El agua estaba caliente y no se bebía.

También había unas casas negras que estaban allí tiradas y que el Zenón decía que se llamaban barcas. Debajo de las barcas estaba oscuro y se olía muy fuerte al mar. Yo siempre iba allí a meterme hasta que se hacía de día y llegaban unos pájaros grises y que hablaban como los perros y que siempre estaban enfadados. También a veces pasaba que yo cogía una caña y me iba para el lado del mar y allí escribía Adrián. Luego el mar venía y lo borraba. Entonces yo me reía.

Y ahora también me acuerdo de que en la playa había muchas piedras que no pesaban nada. Yo siempre las cogía y las contaba. Después las ponía todas en fila y otra vez las contaba. Yo siempre lo hacía pero después yo no las ponía con mis otras cosas de mi bolsa.

A veces había cincuenta. Otras veces había ochenta y cuatro.

Chapinas, Adrián, me decía el Zenón, eso no son piedras, son chapinas.

Adrián, me decía el Zacarías Zárate cuando nosotros estábamos muy arriba de la montaña y él estaba tapado con la manta y tiritando de frío, ¿a ti no te gustaría tener un hijo?

Imagínate, Adrián, decía, tú con tu hijo. Uno tuyo.

Al Zacarías Zárate le quemaban mucho los ojos. Él siempre me miraba mucho cuando hablaba de esas cosas de tener hijos. Arriba ya no estaban las borregas porque los hombres del pueblo se las habían llevado. Entonces el Zacarías Zárate y yo nos subíamos muy arriba donde estaban las águilas y ahí hacíamos trampas y cazábamos las águilas y también otras cosas.

Y entonces el Zacarías Zárate se iba por la montaña para abajo con las cosas que había cazado y luego volvía con cosas para comer y también con botellas de vino.

Adrián, me decía, ¿y siete hijos?, ¿no te gustaría tener siete hijos?

Y me acuerdo de que por las noches yo siempre me iba fuera a dormir y que el Zacarías Zárate siempre estaba dentro con la botella de vino y al lado de la chimenea. También me acuerdo de que todo el tiempo él estaba andando por todos los sitios y sin dormir y siempre diciendo muchas cosas de cuando yo tuviera los siete hijos.

Tu número siete, Adrián, ese será el mejor de todos. Mejor que yo y también mejor que tú.

Ese, Adrián, me decía, sí que va a tener el demonio dentro. Ay, Adrián, que eso lo tengo yo clavado en la barriga.

 

Sácate la pinga, Adrián, me decía siempre el Zacarías Zárate. Y yo tenía que bajarme los pantalones y sacarme la culebra. Entonces el Zacarías Zárate se reía mucho y me la tocaba con un palo.

Ya estás, Adrián, me decía todo el rato, ya eres un hombre.

Y cuando pasaba eso entonces el Zacarías Zárate primero se reía y luego se ponía muy triste y todo el rato estaba andando por la casa y diciendo sus cosas.

Las personas, decía, nos odian. Pero entonces nos van a odiar más, Adrián, decía. La gente se va a dar cuenta y entonces, cuando se den cuenta, van a venir por nosotros y nos van a matar.

Para eso, decía, lo mejor es subirse a lo más alto y tirarse al precipicio.

Imagínate, me decía después, a tu séptimo. Será negro, Adrián, todo cubierto de pelo, ¿no lo ves?

Y todo el tiempo el Zacarías Zárate estaba tapado con la manta y tiritando y diciendo cosas y bebiendo mucho vino. Y olía como huelen las mulas y los caballos. Y un día me acuerdo de que el Zacarías Zárate se fue al pueblo y que luego vino por la noche y dijo que nos teníamos que ir de la casa.

Dicen, Adrián, que me volví loco y que entonces ya no podemos estar aquí. Porque esta casa, Adrián, es de todos los del pueblo.

Así que, decía, nos vamos. Para el pozo de la nieve.

Y el pozo de la nieve era un sitio que estaba más arriba y que era donde había trabajado el bisabuelo Eusebio cuando él era muy pequeño. Y entonces pasó que cogimos todas las cosas y empezamos a irnos para ese sitio y que todo el rato el perro negro nos iba detrás y mirándonos.

Y me acuerdo de que entonces yo cogí una piedra y que se la iba a tirar al perro negro como a veces hacía el Zacarías Zárate y que el Zacarías Zárate me dijo que no se la tirara.

Qué más da, decía, total, si vamos al infierno pues nos llevamos al demonio.

Ese perro, decía el Zacarías Zárate después, cuando ya estábamos subiendo por la montaña, ¿qué querrá ese perro?

El Zenón siempre estaba haciendo negocios. Siempre había muchas personas que querían hablar por teléfono con él. Por la noche también pasaba que venían los coches con los muchachos por donde estaba la furgoneta blanca y que ellos se ponían a hablar mucho rato con el Zenón y que luego le daban dinero. Entonces el Zenón se reía mucho.

Mira, Adrián, decía, cuánto dinero.

Y con el dinero que le daban al Zenón nosotros estábamos siempre comprando muchos chorizos y mucha carne y también huevos y pan. También algunas veces íbamos a un sitio que había muchos peces y muchas gambas y mucha gente y que allí se compraban todas las cosas. Comíamos muchas gambas. El Zenón también me compró muchos tebeos de Spiderman y de Batman y de Hulk y de otras cosas.

Adrián, me decía el Zenón, ven, que te lea tus tebeos. Y entonces yo se los llevaba y él me los contaba mucho rato hasta que pasaba que venían los coches con los muchachos y que el Zenón se levantaba y se ponía a hacer negocios con ellos. Y eso pasaba muchas veces y el Zenón siempre se reía.

 

¿Para qué me llamas, puta?, decía el Zenón por el teléfono.

¿Qué quieres?, decía.

Que a mí no me importa tu vida.

Que te jodan, decía.

Y eso era que un día nosotros estábamos al lado de la furgoneta blanca y con las cocacolas y las cervezas y que entonces alguien había llamado al Zenón y que entonces el Zenón había empezado a gritar muy fuerte.

Olvídame, decía. Y entonces pasó que el Zenón tiró el teléfono dentro de la furgoneta blanca y que también tiró el plato con el que él estaba comiendo y que el plato se rompió en muchos trozos. Y también que entonces el Zenón se puso a andar para lejos de la furgoneta blanca y que yo lo vi cómo se iba.

Y yo me acuerdo de ese día que era por la tarde y que hacía mucho calor. También de que se oía el mar a lo lejos. Y entonces pasó que yo me tiré debajo de la furgoneta blanca y ahí me puse a dormir y que cuando yo me desperté ya era por la noche y había mosquitos y también que el Zenón no había venido todavía. Entonces yo me puse a contar mis cosas de mi bolsa y también a ponerlas en fila hasta que vino el Zenón. Y el Zenón estaba enfadado y todo el rato estaba diciendo muchas palabras feas.

Puta, decía, puta.

Y luego pasó que ya empezaron a venir los muchachos con los coches y que el Zenón se puso a hacer negocios con ellos y que entonces ya estaba más contento.

 

Adrián, me decía el Zenón cuando yo estaba mirando mis tebeos de Spiderman y de Batman y de Hulk, Adrián, decía, ven, mira lo que tengo. Y eso era una caja que era blanca y con agujeros.

Es un regalo, Adrián, decía el Zenón, para ti.

Y pasaba que dentro de la caja había un perrillo que era todo negro y que tenía las orejas muy grandes.

Es tu perro, Adrián, decía el Zenón, como Compañero.

Mira, Adrián, decía el Zenón, no tiene nombre, hay que ponerle un nombre. ¿Qué nombre le ponemos?

Es un bebé, Adrián, no se le puede dar carne. Hay que darle leche, ¿entiendes?

Y con el perrillo pasaba que él tenía siempre los ojos cerrados y que siempre estaba llorando y metido dentro de la caja.

Adrián, me decía el Zenón, ven, acaricia al perro. Cógelo. Y yo iba y no cogía al perrillo y tampoco lo tocaba.

Adrián, decía el Zenón, ¿es que no te gusta el perro? Y yo le decía que sí porque yo sabía que si le decía que no entonces el Zenón se iba a poner triste.

 

Ven, Adrián, decía el Zenón, vamos a hacerle un sitio al perro. Y entonces el Zenón puso las cosas del perrillo en un sitio al lado de la furgoneta blanca y también un plato con agua y con leche y con comida de perrillos bebé. El perrillo siempre estaba durmiendo y llorando. También a veces me veía y entonces se iba para atrás y se metía en la parte oscura de la caja y ahí me miraba y se ponía a llorar y se meaba encima del miedo.

¿Qué le pasará, Adrián?, decía el Zenón, pues vaya un perro más tonto.

 

Y yo me acuerdo de que luego se hizo muy por la noche y que ya no venían más muchachos para hacer negocios con el Zenón. Entonces el Zenón se fue a dormir y yo me quedé fuera y con el perrillo negro. El perrillo negro estaba todo el rato llorando. Yo lo oía. Y pasaba que como yo estaba todo el rato oyéndolo entonces yo no podía dormir ni tampoco estar contando mis cosas de mi bolsa.

Y entonces pasó que yo cogí mis cosas de mi bolsa y me fui de al lado de la furgoneta blanca y para donde estaban los árboles y ahí me senté. Y pasaba que ahí yo tampoco podía contar mis cosas de mi bolsa porque yo todo el rato estaba mirando para la furgoneta blanca y acordándome del perrillo negro.

Y pasó que entonces yo estaba contando mis cosas y que entonces yo me quedaba parado a mitad de contarlas y sin contarlas y así mucho rato.

Y eso pasaba porque yo todo el rato me estaba acordando de que el Zacarías Zárate podía estar dentro del perrillo y que entonces él podía venir cuando yo estaba contando mis cosas de mi bolsa y hacerme daño. Y también pasaba que yo sabía que el perrillo negro era demasiado pequeño para que el Zacarías Zárate se pudiera meter dentro, pero entonces pasaba que otra vez yo me quedaba mirando para la furgoneta blanca y para donde estaba el perrillo negro y me quedaba quieto y sin moverme y sin poder contar las cosas de mi bolsa.

Y pasaba también que si yo mataba al perrillo negro entonces el Zenón se iba a enfadar mucho y que entonces ya no me iba a dar más chorizos ni más pan ni más leche ni más magdalenas.

Entonces yo empecé a coger muchos saltamontes que había por las matas y también a comérmelos.

 

El perrillo negro está todo el rato llorando. Cuando me acerco se esconde y me mira. Sus ojos son también negros y tiene una mancha naranja alrededor de la boca.

Cuando le acerco la mano me la muerde. Yo le dejo que me la muerda. Sus dientes tienen mucha punta y son como agujas pero no me sale sangre porque el perrillo es muy flojo.

Lo levanto por las orejas y me mira y se mea. Yo lo pongo en el suelo y lo sujeto con una mano y con una piedra le doy muy fuerte en la cabeza. La cabeza del perrillo negro hace croc.

Luego me lo llevo para el sitio donde están los árboles y ahí lo abro con el pincho y le saco todo lo que tiene dentro y busco al Zacarías Zárate. El Zacarías Zárate no está dentro del perrillo negro.

 

Tengo la mano llena de sangre. La camisa llena de sangre. Me quito la camisa y ando por los árboles hasta un sitio de las basuras. Ahí la tiro. Entonces me voy al mar y meto la mano en el mar hasta que no tiene más sangre. Me voy a la furgoneta blanca y ahí me duermo.

 

Adrián, decía el Zenón cuando ya era de día y él se había levantado y estaba mirando por todos los sitios, ¿Dónde está el perro?

Adrián, me decía, ¿qué es esta sangre?

Y todo el rato me estaba mirando mucho y andando por todas las partes.

Adrián, decía, ¿tú le has hecho algo al perro? Y yo le decía que no porque yo sabía que si le decía que sí entonces el Zenón se iba a enfadar y me iba a pegar.

Adrián, decía el Zenón, ¿y tu camisa, dónde está?

Y con el Zenón pasaba que él todo el rato estaba andando por todas las partes y que iba viendo los sitios donde había sangre y que entonces él llegó al sitio donde estaba el perrillo y los hígados del perrillo por el sitio de los árboles y que entonces se le volvieron las tripas del revés. Todo el rato me miraba.

¿Por qué?, decía, ¿por qué, Adrián?

¿Por qué le has hecho eso al perro?

¿Qué te había hecho él?

Y todo el rato el Zenón me estaba mirando mucho y también cuando yo estaba contando mis cosas de mi bolsa.

Estás loco, decía todo el rato, eres como padre. O peor.

Adrián, decía, era un bebé. ¿Qué te había hecho?

Y luego pasó que el Zenón cogió una pala que había en la furgoneta blanca y que hizo un hoyo al lado de los árboles y que ahí metió al perrillo negro. Luego le puso tierra y también piedras por encima.

 

Y me acuerdo de que cuando el perrillo negro ya estaba muerto entonces un día pasó que el teléfono del Zenón estaba sonando todo el tiempo y que el Zenón no lo cogía y se enfadaba y a veces se ponía a reírse.

Para putas estamos, Adrián, decía todo el rato.

Y luego pasó que por la noche otra vez el teléfono estaba sonando y que entonces el Zenón lo cogió y se puso a hablar con la persona que lo llamaba y que todo el rato estaba paseándose por al lado de la furgoneta blanca. Y todo el rato se reía mucho.

¿De cuánto estás?, decía el Zenón.

¿Mío?, decía, ¿qué va a ser mío?, ¿tú sabes lo que es un condón?

Y todo el rato el Zenón se reía y también se sentaba en las sillas que había al lado de la furgoneta blanca y se ponía a beberse una cerveza.

Ha subido, decía, el precio. Ahora vale quinientos.

No me importa si no tienes dinero, decía, porque eso no es asunto mío.

Pues si no tienes dinero, decía, entonces vende el coño, que puta ya hemos visto que eres bastante.

Y me acuerdo de que entonces pasó que el Zenón ya no estaba hablando más por el teléfono y que entonces me estaba mirando mucho rato y riéndose por los ojos.

Enhorabuena, Adrián, decía todo el rato, vas a ser papá.

Y me acuerdo de que cuando el Zenón decía esas cosas entonces yo empecé a acordarme de la Rosana Cimentes.

Ven, Adrián, me decía el Zacarías Zárate cuando nosotros estábamos en el sitio que era el pozo de la nieve, ayúdame a sacar toda esta mierda.

El pozo de la nieve estaba muy arriba de la montaña. Allí había una casa que estaba toda llena de cosas muy viejas y muy sucias. Y también había un agujero muy hondo por la montaña que era por donde se metía la nieve con unas palas.

Adrián, me decía el Zacarías Zárate, todo eso sácalo fuera que después haremos leña con el hacha.

Entonces nosotros lo sacamos todo fuera y después ya nos pusimos a vivir allí. Y en la casa había una mesa grande y una cama y una chimenea y tres sillas.

Adrián, me decía el Zacarías Zárate, tú duermes fuera, ¿verdad? Y pasaba que por fuera de la casa había un sitio que era donde se ponía la leña y que estaba oscuro y que era como una cueva y que ahí el Zacarías Zárate puso unas mantas.

Tú aquí, Adrián, me decía, ¿eh?

 

Y cuando nosotros estábamos en el pozo de la nieve el Zacarías Zárate siempre estaba haciendo de comer en la chimenea y tenía mucho frío y estaba siempre bebiendo vino y con la manta que era amarilla por encima. También siempre estaba diciendo muchas cosas y tenía los ojos quemando.

¿Tú a quién prefieres, Adrián, me decía, a la Julia Pacheco o a la Natalia Cifuentes?

Y piensa, decía, que la Natalia tiene una hermana más pequeña, la Rosana. Esa también puede servir.

La mejor, decía después, es la Julia Pacheco. ¿Sabes por qué? Porque es más grande y más ancha. Mejor para lo que nosotros queremos. Salvo que a esa nunca le dejan sola.

Esa va a ser muy difícil, Adrián, decía, mejor nos conformamos con alguna otra.

Y a veces pasaba que el Zacarías Zárate estaba mucho rato hablando de esas cosas y hasta que se hacía de día y que otras veces se callaba y que entonces estaba mucho rato mirando al fuego y sin cerrar los ojos.

Pues va a ser igual, decía esas veces, porque ninguna va a aguantar todo lo que va a hacer falta.

Así que, decía, al final pasará que las tendremos que coger a todas.

Pero lo importante, decía, es empezar.

Pero sin prisa, Adrián, que ahora no es el momento. Mejor nos esperamos a que venga la nieve y se corten los caminos. Entonces no podrá venir nadie a jodernos.

Y ahora me acuerdo de que a veces también pasaba que el Zacarías Zárate se levantaba por la noche y entonces se salía de la casa y con la manta y que estaba todo el rato paseándose por todas partes. Y me acuerdo de que todo el tiempo se oía muy fuerte al viento y también al perro negro que le ladraba al Zacarías Zárate y que estaba por lo oscuro y con los ojos rojos.

Ya eres un hombre, Adrián, me decía el Zacarías Zárate cuando él me decía que me quitara los pantalones y yo me los quitaba, ya estás preparado para tener una novia.

El Zacarías Zárate se reía mucho cuando él decía esas cosas. También entonces tenía los ojos que le quemaban mucho y también olía mucho a vino.

Yo te voy a traer la novia, Adrián, te va a gustar, ya verás, decía. Una bien joven, Adrián, de tu edad.

Pero, Adrián, decía después, cuando yo te la traiga entonces tú tienes que estar tranquilo, ¿entiendes? Porque puede pasar que al principio no sepas bien cómo hacerlo. Pero tú no tienes que preocuparte, que ya lo aprenderás.

Esas cosas, decía todo el rato, son naturales, Adrián. ¿Es que no saben hacerlo los perros y los gatos? Pues tú con más motivo. Ya verás cómo enseguida aprendes, decía.

 

Ese perro, decía el Zacarías Zárate, lo que quiere es matarme.

Tiene los ojos de fiera y el aliento color naranja, decía.

Ese perro, decía después, cuando estaba al lado de la chimenea y tapado con la manta y con la botella de vino y tiritando de frío, es el que yo tenía dentro, Adrián. Él se me salió y ahora quiere metérseme otra vez.

Y con el perro negro pasaba que él estaba siempre por fuera de la casa y por las matas y por las piedras y siempre mirando para donde estaba el Zacarías Zárate. También se iba detrás del Zacarías Zárate cuando él se iba a cazar águilas y otras cosas y también cuando el Zacarías Zárate se iba para debajo de la montaña y para el pueblo.

El perro siempre hacía lo mismo. Primero estaba por las matas mirando al Zacarías Zárate cómo se iba y luego se levantaba y se echaba a correr detrás y yo los veía cómo se iban los dos y cómo luego otra vez venían de la montaña o por la cuesta.

Y ahora me acuerdo de que un día pasó que había mucho viento. Y el viento era tan fuerte que parecía que toda la casa se iba a caer al suelo. Y ese día pasaba que el perro negro estaba fuera y que todo el rato estaba aullando mucho y como si él fuera un lobo y no un perro y que esos ruidos que hacía el perro hacían que el Zacarías Zárate estuviera todo el rato andando por la casa y gritando y diciendo muchas cosas malas. Y me acuerdo de que pasó que entonces el Zacarías Zárate cogió la escopeta y los cartuchos y se fue para fuera de la casa y para la montaña y que después yo ya no lo veía.

Y pasaba que yo no lo veía en lo oscuro pero que sí oía cómo él estaba gritando muchas cosas y también cómo él estaba disparándole al perro negro. También se oía al perro negro que estaba ladrando y enfadado.

Y me acuerdo de que todo el rato yo estaba sentado al lado de la puerta de la casa y mirando para la montaña y que entonces, cuando ya era muy de noche, yo vi que el Zacarías Zárate ya estaba viniendo y que por detrás venía el perro negro ladrando otra vez como si él fuera un lobo.

También me acuerdo de que esa noche ya se puso a nevar.

 

Ven, Adrián, me decía el Zacarías Zárate cuando ya todos los días estaba nevando un poquito, que vamos a limpiar el sótano.

Y el sótano era que en la casa del pozo de la nieve había una habitación que estaba en el suelo y que entonces se abría una puerta y que había unas escaleras que se iban para abajo. Y en la habitación del suelo había muchas cosas viejas y con mucho polvo. Entonces el Zacarías Zárate y yo las fuimos sacando todas y las fuimos poniendo fuera de la casa. Luego el Zacarías Zárate las rompió todas con el hacha y las puso algunas en el fuego y otras en el sitio donde yo dormía.

Y siempre pasaba que por las noches otra vez el Zacarías Zárate se ponía al lado del fuego y con la botella de vino y que empezaba a decir muchas cosas.

Nueve meses, decía, por siete, son sesenta y tres meses. Eso son más de cinco años.

Pero son más, Adrián, decía, porque con una cosa y con otra se harán por lo menos seis.

Porque tú no vas a acertar siempre a la primera.

Y porque algo pasará. Porque siempre pasa algo, ¿entiendes, Adrián?

Siempre pasa algo, decía, porque, a ver, ¿qué entendemos nosotros de esas cosas de mujeres? Y siempre cuando él decía esas cosas pasaba que se quedaba mucho rato callado o que se ponía a pasearse por la casa y a decir cosas malas.

La gente, decía, se va a enfadar, Adrián. Se va a enfadar mucho. A la gente no le gusta que nadie se lleve a las niñas.

Esas cosas, decía el Zacarías Zárate, salen en la televisión solo con que desaparezca una. Así que imagínate, Adrián, si tienen que desaparecer tres o cuatro. O lo mismo cinco.

Los perros, Adrián, decía, se van a poner a rabiar, y entonces él se reía mucho.

 

Yo lo perdí, Adrián, decía el Zacarías Zárate.

Pero tú también.

El único que lo va a tener de verdad, Adrián, va a ser tu séptimo, decía.

Pero la cuestión, decía, lo que la gente no se da cuenta, es que no hace falta que todos sean de la misma madre, sino que es bastante que todos sean del mismo padre.

¿Sabes qué nombre le vamos a poner cuando nazca, Adrián?, decía. Le vamos a poner Benito del Culo. Y cuando el Zacarías Zárate decía esas cosas él echaba la cabeza para atrás y se reía muy fuerte.

 

Yo iba andando por la cañada, Adrián, me dijo un día el Zacarías Zárate, y la Julia Pacheco iba bajando por el camino. Por donde los álamos. No había nadie, Adrián. No había nadie.

Así de cerca la tenía, Adrián.

Solo tenía que haber dado dos trancos y haberla agarrado.

Y me acuerdo de que el Zacarías Zárate decía todas esas cosas un día que él había venido por la cuesta y muy enfadado y que todo el rato estaba paseándose por la casa y dándose golpes con la mano en la cabeza.

Solo tenía que haber alargado la mano, Adrián, decía. Pero ¿sabes qué pasó? Que las piernas se me volvieron de piedra. Eso me pasó. De miedo, Adrián.

Pero no pasa nada, decía después, cuando ya estaba echando tocino y habichuelas a la olla y removiéndolo todo y bebiendo vino de la botella. No pasa nada porque es pronto todavía, decía, porque no hay suficiente nieve, ¿comprendes?

No ha sido miedo, Adrián, ¿entiendes? Ha sido que yo me he dado cuenta de que era pronto y por eso no he hecho nada, ¿entiendes, Adrián? Y yo le decía que sí.

Y me acuerdo de que entonces pasó que el Zacarías Zárate estaba comiendo y que después se levantó y tiró el plato con la comida y todas las cosas y empezó a tirarse del pelo de la cabeza.

Soy un cobarde, Adrián, decía, mírame. Me jiñé de miedo, Adrián.

 

Lo que ha pasado, decía después, cuando ya era más por la noche, es que la Julia Pacheco no interesa. Las que interesan, Adrián, son las hermanas Cifuentes.

La Natalia, o la Rosana, Adrián.

Esas son más jóvenes que la Julia, ¿no lo ves?

Y lo importante es eso, Adrián, que sean jóvenes. Porque esto va a ser de aguantar y de aguantar.

Tengo cristales en la barriga, me decía después, cuando yo estaba fuera de la casa y él había salido con los ojos quemando y con la manta por encima.

¿Tú tienes cristales en la barriga?, me decía. Y yo le decía que no.

 

Todos los días el cielo estaba muy negro y siempre estaba nevando. La nieve estaba por todas partes. Por el campo y por los caminos y por el tejado de la casa. Y también me acuerdo de que entonces yo estaba siempre sentado en la puerta de la casa y mirando para la nieve y también bebiéndomela y siempre contando mis cosas de mi bolsa muchas veces. El Zacarías Zárate siempre se estaba yendo por los caminos para abajo y también con el perro negro.

Ahora me acuerdo de una cosa que antes no me acordaba. Un día yo vi que el Zacarías Zárate empezó a venir por la cuesta y con unas mantas que eran muy grandes por el hombro. Y me acuerdo ahora de que entonces el Zacarías Zárate entró en la casa y puso en el suelo las mantas. Entonces las mantas se abrieron y dentro estaba la Rosana Cifuentes.

Y se oía al perro negro, que estaba fuera en la nieve y que estaba ladrando como si fuera un lobo y como si él estuviera muy contento.

Y ahora me acuerdo de que un día todo el rato estaba lloviendo y que yo estaba al lado de la furgoneta blanca contando mis cosas y que entonces por lo lejos empezó a venir una persona que llevaba por encima un plástico amarillo. Y esa persona era la Choni.

La Choni ya no olía a lana agria sino que ahora olía más a piedras y como la Regina. Ella tampoco era mi amiga ni tampoco miraba para donde yo estaba. Tenía una bolsa roja que la dejó en el suelo y entonces vino el Zenón.

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