Lobisón

Ginés Sánchez · Capítulo 1 de 5 · parte 1/4

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Lobisón

Capítulo I

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Un día el Zacarías Zárate se metió dentro de un perro negro. Yo lo vi cuando lo hizo. Él se había caído en la nieve y con mucha sangre. Entonces vino el perro negro y el Zacarías Zárate se fue por el suelo y se le fue metiendo al perro por la boca y por los ojos hasta que ya no hubo más Zacarías Zárate y solo hubo perro. Por eso los perros negros me ladran cuando me ven. Es por eso por lo que yo los mato.

 

Cuando yo era más pequeño entonces no vivía solo como ahora sino que vivía en la casa que había arriba de la cuesta. Allí también vivían el Zacarías Zárate y mi madre, la Tomasa Cervantes, y también mis hermanos. Mis hermanos eran seis. Se llamaban Dionisio, Celestino, Regina, Zenón, Rogelio y Rósula. Todos eran más grandes que yo. Mi madre, la Tomasa Cervantes, siempre estaba enfadada con la Rósula y conmigo. Ella sacaba la cabeza por la ventana y nos gritaba. Que no gritáramos. Que no nos ensuciáramos. Que dejáramos en paz a las gallinas. Por las mañanas venía la abuela Rósula y nos llevaba a la Rósula y a mí a su casa. La abuela olía a leche cruda y a ajo. Ella nunca se enfadaba. Me acuerdo ahora de que ella era muy alta y que tenía el pelo muy blanco y con un pañuelo. En su casa comíamos queso y nos bebíamos la leche que le sacaba de las tetas a las borregas. En su cocina olía a flores, menos cuando venía el abuelo Celestino. Entonces olía a tabaco y al pelo de las borregas. El abuelo Celestino tenía las cejas muy negras y un pincho muy grande que usaba para partir el queso. También tenía una voz que asustaba a los pájaros.

Vamos, niños, decía la abuela, que vamos a ir a hacer dulces.

Venga, niños, decía, que vamos a comprar donde el Estanislao Zárate.

Vamos, niños, decía, a tender la ropa en las cuerdas.

Después, cuando ella iba a hacer la comida, nos daba pan y aceitunas. También muchas veces ponía la televisión para que la Rósula viera a las personas de colores que salían.

Niños, nos decía, hay que ponerles agua a los pollos. Niños, ahora hay que coger los huevos.

Y yo me acuerdo de que los huevos estaban muy calientes y llenos de mierda de las gallinas y también que las gallinas armaban mucho jaleo y nos picaban en las manos y que entonces la Rósula y yo nos reíamos mucho.

La abuela y Rósula eran mis amigas. La Rósula me enseñó una canción. Yo de la canción me acuerdo.

 

Adrián, me decía la abuela después, cuando ya la Rósula iba al colegio y entonces solo estaba yo por las mañanas para irme con ella, vamos a lavar la ropa.

Y eso era que ella ponía toda la ropa en una cosa que ella tenía y entonces los dos nos íbamos por la cuesta para abajo y para el río.

Adrián, me decía la abuela, las lavadoras las inventó un demonio.

Y yo me acuerdo de que en el río no había nadie y que entonces yo siempre estaba jugando a que corría mucho por la hierba y por los árboles y también a que me caía al agua. También había lagartos y ranas por las piedras blancas. Yo me acuerdo de que siempre los miraba.

Ven, Adrián, decía entonces la abuela. Toma queso, toma salchicha. Luego yo jugaba a que me dormía encima de una piedra grande que había al lado del río y que estaba muy caliente.

 

Adrián, me decía la abuela, ¿es verdad que los niños te tiran piedras? Y yo le decía que sí.

Adrián, me decía ella, ¿es que los niños te insultan? Y yo le decía que sí.

No les hagas caso, Adrián, me decía, tú eres bueno. Tú no eres lobisón.

Si ellos te tiran piedras, Adrián, entonces tírales piedras tú a ellos.

Y siempre cuando la abuela me decía esas cosas pasaba que el Zacarías Zárate se enfadaba mucho.

¿Qué quiere usted, madre, decía, que haya una guerra?

Tú tírales piedras, Adrián, me decía entonces la abuela, pero tíraselas flojito, ¿entiendes?

 

La Rósula olía como las sábanas de la cama. La Regina olía como las piedras. La Regina era mi hermana pero ella no era mi amiga. La Regina siempre decía que yo era como el Zacarías Zárate y que yo era como el demonio. Me lo decía cuando yo estaba solo en el corral o en el patio o al lado de la tapia o del árbol grande. Me acuerdo de que yo entonces tenía pocas piedras porque nada más que tenía diez. Y a veces pasaba que yo las estaba sacando y poniendo en fila y que venía la Regina y les daba patadas y las tiraba todas por todos lados. Entonces siempre había muchos gritos. Yo gritaba, la Regina gritaba, la Tomasa Cervantes, mi madre, gritaba. También gritaban la Rósula y el Rogelio. Luego ya no había gritos y entonces la Regina se iba y mi madre, la Tomasa Cervantes, también, y solo nos quedábamos la Rósula y el Rogelio y yo buscando mis piedras por todos los sitios del patio.

Tú, me decía la Regina, eres como el demonio. ¿Sabes, Adrián, lo que va a pasar contigo? Que un día se van a juntar todos los del pueblo y te van a dar bien de palos. Luego te van a quemar en un fuego que van a hacer al lado del corral grande.

Y yo me acuerdo de que la Regina se reía mucho cuando ella decía esas cosas. También que a veces me pellizcaba y me pegaba cuando las estaba diciendo.

 

Y ahora también me acuerdo de que un día la abuela Rósula se murió. Ese día hacía mucho calor. Por la tarde de arriba de las montañas bajaron muchos pájaros verdes y azules. Los pájaros se pararon en todos los árboles y en los tejados. Cantaban tan fuerte que no se oía lo que el cura hablaba. Entonces el tío Severo salió con la escopeta y empezó a pegar tiros. Los pájaros se asustaron y se fueron a hacer una curva por el camino para abajo y luego por el camino para arriba. Entonces otra vez se pusieron en las casas y en los árboles y siguieron armando alboroto.

La abuela ya no era la abuela. La habían metido en una caja de madera y la gente entraba a la casa a verla. Después el Zacarías Zárate y los tíos cogieron la caja y la llevaron al sitio de los muertos. Metieron la caja dentro de la tierra y todo el mundo se calló para oír al viento y a los pájaros. Luego, por el día, otra vez yo me senté en el sitio donde yo esperaba a la abuela y la abuela no vino a llevarme a su casa. Entonces yo me fui subiendo por la cuesta hasta la casa de la abuela y ahí estaba el abuelo Celestino. Estaba sentado en la puerta, fumando un cigarro.

Ven, Adrián, me dijo, siéntate conmigo.

Yo me senté y los dos estuvimos ahí sin hacer nada hasta que se encendieron las farolas del pueblo y el Zacarías Zárate vino por la cuesta para arriba.

Vamos, Adrián, dijo el Zacarías Zárate, vamos a casa. Y yo me fui con él.

De esa noche me acuerdo de que yo no quería comer mi pollo y mis patatas y que me quedé todo el tiempo al lado de la ventana contando mis piedras y mis cosas y que el Rogelio y el Zenón se comieron después mi pollo y mis patatas.

También me acuerdo de que luego se murió también el abuelo Celestino.

Luego se llevaron a la Rósula porque decían que estaba enferma. Y cuando se fue la Rósula, como se había muerto la abuela, ya no quedaba nadie que me cogiera de la mano.

Y ahora me acuerdo de que me hice más grande y que ya no vivía en la casa que estaba arriba de la cuesta y con los hermanos sino que vivía con el Zenón y con la Choni y con Compañero en la furgoneta azul. Entonces yo tenía veintiuna cosas en mi bolsa. El Zenón me había dado un sitio para guardar la bolsa.

Adrián, me había dicho un día, aquí es donde tiene que estar la bolsa, ¿entiendes? Tú siempre déjala aquí, ¿eh? Así nadie la tocará más que tú, ¿entiendes? Y yo le decía que sí.

Por las mañanas yo me despertaba y abría la puerta de la furgoneta azul y sacaba mi bolsa de mis cosas y entonces me ponía a contarlas. Siempre las contaba muchas veces. A veces seis o nueve o doce o más. Después yo guardaba mis cosas otra vez en mi bolsa y ya me esperaba con Compañero a que la Choni saliera y me diera las magdalenas y la leche.

Y también me acuerdo de que entonces yo tenía veintiuna cosas y luego ya veintidós. Y las veintiuna cosas eran cuatro piedras rojas y siete piedras blancas y un sacapuntas rojo y dos llaves blancas y una llave amarilla y tres monedas blancas y un pedazo de madera blanco y una piedra marrón y una piedra que era blanca y también roja.

Y la cosa veintidós fue que un día a Compañero se le cayó un diente porque él estaba mordiendo unas cosas en un sitio de basuras. Y yo me acuerdo de que Compañero tenía mucha sangre y también que el diente estaba clavado en una rueda. Entonces yo lo cogí y lo limpié y luego lo puse con mis otras cosas y en mi bolsa.

 

Este perro, decía la Choni, es viejo. Este perro solo vale para que se lo coman las pulgas. A este perro, decía, un día le voy a poner matarratas en la comida.

La Choni siempre decía estas cosas porque la Choni y Compañero no eran amigos. Y eso era porque Compañero siempre estaba haciendo pipí y caca dentro de la furgoneta azul y manchando las cosas que eran de la Choni.

Y me acuerdo de que un día a Compañero se le escapó por detrás una cosa que era pipí y caca y sangre todo junto y que con eso manchó toda la cama del Zenón y de la Choni. Entonces pasó que la Choni se enfadó mucho y también que cogió un palo para pegarle a Compañero. Y me acuerdo de que entonces yo y la Choni nos estuvimos peleando muy fuerte y la Choni se cayó al suelo y tenía sangre y estaba llorando.

Os voy a poner matarratas a los dos, decía la Choni cuando ella estaba muy enfadada y diciendo muchas cosas malas, así ya no joderéis más.

Hay que matar a ese perro, le decía después al Zenón. O lo matas o me voy.

 

La Choni siempre estaba diciendo muchas cosas malas de Compañero. Ella las decía por la mañana y también por la tarde y también por la noche. Un día ella se metió por la tarde a dormir la siesta dentro de la furgoneta azul y entonces yo cogí mi bolsa con mis cosas y el pincho y a Compañero y los dos nos fuimos del sitio donde estaba la furgoneta azul.

Y me acuerdo de que la furgoneta azul estaba aparcada en una ciudad que tenía una calle muy larga y también muchos árboles. Por ahí íbamos andando Compañero y yo. También me acuerdo de que luego ya no había tantos árboles ni tantos coches y sí muchos camiones y un sitio grande que olía a mierda de cerdo. Entonces Compañero y yo fuimos andando hasta que se acabó la ciudad y empezó el campo y salieron las vías del tren. Cuando ya estaban las vías del tren entonces ya no había ni ciudad ni casas ni tampoco nada. Solo la tierra blanca y algunos árboles que estaban por encima de una montaña pequeña. Luego se hizo de noche.

Por la noche Compañero y yo nos paramos al lado de un árbol y Compañero se puso a dormir. Yo me puse a contar las cosas de mi bolsa. Las conté doce veces. Luego pasó un tren. Luego otro. Pasaron cuatro trenes. Todos tenían una luz muy grande que les iba por delante y hacían mucho ruido. También había mucho viento y nubes azules por el cielo que eran como cuando se iba a poner a llover. Pero luego al final no llovió y se hizo de día y no había nada para comer.

Y me acuerdo de que otra vez Compañero y yo nos pusimos a andar por la carretera y que salió el sol y que entonces yo vi que la furgoneta azul estaba viniendo hacia nosotros.

¿Eres tonto, Adrián?, me decía el Zenón. Y con el Zenón pasaba que él se había quitado la correa y que todo el rato me pegaba muy fuerte.

¿Estás loco? Tira para la furgoneta, me decía cuando me estaba pegando. Venga, sube.

Y entonces yo me subía a la furgoneta.

 

Adrián, decía el Zenón cuando ya era por la noche y él había venido para el sitio donde yo estaba comiendo pan y queso y al lado de la furgoneta azul, mírame. Y primero yo no lo miraba pero luego sí.

Adrián, decía, ¿por qué te has escapado? ¿Ha sido porque la Choni decía esas cosas de Compañero? Nadie le va a hacer daño a Compañero, Adrián. Esas cosas las dice la Choni porque ella está enfadada. Pero no las dice de verdad, ¿entiendes?

Y yo le decía que sí.

Y me acuerdo de que luego vino la Choni y dijo que ella no le iba a hacer daño a Compañero y también que luego ya se fue para adentro y que el Zenón se quedó conmigo a seguir diciendo cosas.

Yo, decía, no voy a dejar que nadie le haga daño a Compañero. Te lo prometo. Pero, Adrián, decía, igual que te prometo eso te prometo también que si otra vez te escapas entonces sí que le voy a hacer daño a Compañero. Adrián, ¿entiendes eso?

Y yo le decía que sí.

Compañero tenía la lengua muy larga y muy rosa y los ojos azules y no tenía rabo. Era todo blanco menos una mancha negra que tenía en la espalda. Siempre estaba durmiendo por todos lados y nunca quería jugar porque estaba cansado. Y a veces por las noches se oía a lo lejos a los perros negros que estaban ladrando mucho y entonces a Compañero le entraba mucho miedo. Entonces yo lo abrazaba muy fuerte y todo el rato le estaba diciendo que no tuviera miedo. Y a veces pasaba que yo sacaba el pincho y se lo enseñaba y luego me pasaba la parte del pincho que cortaba por el brazo hasta que me salían unas rayas que primero eran blancas y que luego se llenaban de sangre. Y la sangre estaba muy caliente y se me bajaba por el brazo hasta la mano y entonces yo me chupaba los dedos y me la bebía.

Está bien afilado, ¿ves?, le decía. Y Compañero sacaba la lengua rosa y se reía.

Cuando yo estaba en la furgoneta azul con el Zenón y con la Choni y con Compañero todas las mañanas pasaba lo mismo. Y era que el Zenón se levantaba y se bebía un café y se afeitaba y se fumaba un cigarro y luego se iba. Entonces solo estábamos en la furgoneta azul la Choni, Compañero y yo. La Choni hacía el desayuno y lavaba la ropa y hacía la comida en una botella azul a la que le salía fuego por arriba. También iba a la compra a la tienda o hablaba con otras mujeres que llevaban chándal.

Adrián, me decía la Choni, coge el cubo y ve a la fuente. Y entonces yo iba a la fuente y venía con el cubo lleno de agua.

Vamos a la tienda, me decía. Y entonces yo me iba a la tienda con la Choni y luego venía con las bolsas llenas de las cosas que ella había comprado.

Adrián, me decía la Choni cuando ella estaba haciendo la comida y yo estaba mirando el caldo naranja y las burbujas, vete de aquí. Y entonces yo me iba.

A veces yo me iba para arriba de la furgoneta azul y ahí me quedaba tirado mucho rato y con mis cosas de mi bolsa y también con mis tebeos de Spiderman y ahí los miraba mucho rato. Después yo me bajaba otra vez de la furgoneta y guardaba mis tebeos y mi bolsa y entonces cogía la caja de los gusanos y otra vez me subía al techo de la furgoneta azul.

Los gusanos eran unas cosas blancas y muy pequeñas que comían hojas y que vivían en una caja. Muchos días había que darles de las hojas verdes para que no se murieran. Yo siempre los sacaba de la caja y los ponía en fila en el techo de la furgoneta o me los ponía en el brazo y ellos iban subiendo muy despacio. A veces los gusanos se hacían pelotas blancas y se quedaban ahí quietos mucho rato. El Zenón siempre me estaba diciendo muchas cosas de los gusanos. Los gusanos no se comen, Adrián. Los gusanos no son un juguete, Adrián. Cuando él me decía esas cosas yo lo miraba. Y también pasaba que algunas veces yo estaba jugando con los gusanos y miraba si el Zenón y la Choni no estaban mirando para donde yo estaba. Entonces yo cogía un gusano y me lo comía.

También a veces, cuando yo estaba en el techo de la furgoneta, jugaba a que me dormía o a que me moría.

 

Ponte una camisa, Adrián, decía algunas veces el Zenón, que nos vamos a trabajar.

Y eso era que por la mañana el Zenón y yo nos íbamos de al lado de la furgoneta azul y nos poníamos a andar y nos metíamos por los sitios de la ciudad. Y cuando nosotros estábamos por la ciudad había mucha gente y mucho ruido y se oía el jaleo de los colegios de los niños y el Zenón siempre estaba diciendo muchas cosas de los negocios.

Hay muchos negocios, Adrián, decía. Es cuestión de cogerlos por los huevos.

Y con el Zenón pasaba que él conocía a mucha gente en todos los sitios y también en muchos bares. Entonces siempre estaba hablando de negocios con esas personas.

Mira, Adrián, me decía, este es el Alfonso, que fue con quien nos metimos en los chalés de Mejorada.

Adrián, me decía, ¿te acuerdas del Lupas, con el que hacíamos los aeropuertos?

Ven, Adrián, me decía después el Zenón, vamos a echar monedas a la máquina.

Y eso era que el Zenón me daba unas monedas y yo las echaba a la máquina. Entonces el Zenón siempre se ponía muy al lado mío y empezaba a mover la cabeza y a decir cosas. Esta no está, Adrián, decía. Esta sí está. Entonces, cuando la máquina estaba, el Zenón me decía Adrián, ponte. Y tenía que echarme para el lado y el Zenón sacaba un destornillador del bolsillo y lo metía por un sitio. Entonces la máquina empezaba a hacer ruidos y luces y entonces tiraba un montón de monedas.

 

Ven, Adrián, me decía el Zenón, vamos a recoger las cosas.

Y eso era que nosotros nos íbamos de viaje con la furgoneta azul. Entonces pasaba que había que recoger todas las cosas que había por al lado de la furgoneta azul y luego meternos nosotros. Y cuando ya estábamos dentro el Zenón iba conduciendo, la Choni iba sentada a su lado y Compañero y yo estábamos detrás.

De los viajes yo me acuerdo de que algunos eran muy largos y otros muy cortos. También que el Zenón, cuando iba conduciendo, iba siempre riéndose y oyendo la música de la radio y hablando con la Choni y también fumando. Él ya había estado en todos los sitios y también en todos los sitios conocía a mucha gente y había hecho negocios.

Por ahí, decía, fue por donde estuvimos cazando.

Por ahí fue por donde dimos el palo de los relojes.

Por ahí, decía, fue por donde estuvimos comiéndonos aquel gazpacho que se nos derretían las uñas. Ahí, decía, fue donde estuve con el Santiago.

También decía muchas cosas que eran de los negocios y del material y de la lana de las personas y también de otras personas que él conocía que eran el Dimas o el Lupas o el Carmelo.

Adrián, decía, ¿te acuerdas del Dimas?

 

Y me acuerdo de que siempre al final de los viajes había una ciudad o un pueblo y que diecisiete veces pasó que se estaba haciendo de noche y que todavía estábamos en la furgoneta azul. Y cuando pasaba eso entonces pasaba que el Zenón siempre hacía que la furgoneta se parase en un sitio para que los coches echaran gasolina y que ahí íbamos al baño y luego al bar. En el bar comíamos tortilla de patatas y café y echábamos monedas en las máquinas y la Choni miraba para la televisión. Entonces otra vez nos íbamos para la furgoneta y el Zenón se ponía a mi lado y empezaba a decirme cosas.

Adrián, me decía, vamos a llegar a una ciudad enseguida.

Adrián, decía, no vamos a dormir dentro de la furgoneta, ¿me entiendes?

Y yo le decía que sí.

Entonces, Adrián, tienes que estar tranquilo, ¿de acuerdo?

A ver, Adrián, decía, ¿qué quieres?, ¿tus cosas o tus tebeos? Y entonces pasaba que unas veces yo cogía mis tebeos y otras veces mis cosas y que yo me iba a la parte de atrás de la furgoneta mientras el Zenón conducía por la noche.

Y me acuerdo de que cinco veces pasó que por la ventana se veía que se había hecho muy de noche y que entonces hacía mucho calor dentro de la furgoneta. Y las cinco veces pasó que yo guardé mis cosas en su sitio y me puse de pie y a hacer unos ruidos que yo sí puedo hacer aunque no pueda hablar. Y las cinco veces también pasó que la Choni se enfadó mucho y que el Zenón me decía cosas para que yo dejara de hacer ruidos y de estar de pie.

Ya estamos llegando, Adrián, decía. Vamos a aparcar en cinco minutos.

Adrián, vamos a llegar de noche, como Batman. Somos Batman, ¿te das cuenta?

Entonces el Zenón se reía mucho.

 

Y siempre pasaba que al final la furgoneta azul se paraba en un sitio. Entonces el Zenón venía y abría la puerta para que Compañero y yo pudiéramos salir y para que otra vez pudiéramos sacar todas las cosas y ponerlas fuera.

Ven, Adrián, me decía el Zenón, vamos a hacer tu cama.

Y mi cama la hacía el Zenón con un colchón y unas mantas que él ponía al lado de la furgoneta azul y que era donde Compañero y yo dormíamos.

Ven, Adrián, decía después, vamos a por agua. Y eso era que los dos nos íbamos con los cubos a la fuente y luego veníamos con los cubos para la furgoneta.

Vamos a lavarnos, Adrián. Y eso era que yo me quitaba los pantalones y la camisa y que el Zenón me daba un trapo y un jabón y me decía por dónde yo tenía que lavarme. También luego se lavaba el Zenón y también la Choni. Solo que la Choni lo hacía dentro de la furgoneta para que no se le vieran las tetas.

Venga, Adrián, ponte esa ropa limpia. Y entonces yo me la ponía.

 

El Zenón era mi amigo y olía a ropa usada. También tenía bigote y los dientes muy grandes y los ojos muy pequeños. La Choni olía a leche agria y a pelo y no era mi amiga.

Y me acuerdo de que siempre cuando estábamos aparcados con la furgoneta azul en una ciudad entonces por las noches venía el Zenón y se sentaba a mi lado a fumarse un cigarro.

Adrián, me decía, tráeme los tebeos, que vamos a leer. Entonces yo cogía los tebeos y el Zenón estaba mucho rato contándomelos.

Vamos a dar un paseo, Adrián, decía el Zenón. Y eso era que los dos nos íbamos andando por todos sitios y también por los jardines. En los jardines yo me montaba en los columpios y en los toboganes y el Zenón me miraba.

El Zenón y la Choni siempre me daban cosas de comer. También me curaban cuando yo me hacía sangre. Cuando yo me caía entonces venía el Zenón con las vendas y las cosas de curar y me curaba. Cuando el Zenón hacía esas cosas entonces no se le veían los dientes y los ojos los tenía muy grandes y también mojados.

Adrián, decía el Zenón, si te tocas las heridas un día voy a ir cuando estés durmiendo y te voy a cortar las manos.

Hoy nos quedamos en casa, Adrián, decía el Zenón otras veces. Y eso era que el Zenón y yo no nos íbamos a pasear sino que el Zenón se quedaba hablando con la Choni al lado de la furgoneta azul. Ellos siempre estaban hablando de dinero y de gente y de negocios. El Zenón siempre decía las mismas cosas y la Choni también decía las mismas cosas. Y las cosas que decía el Zenón eran de hacer negocios buenos y de que los negocios había que cogerlos por los huevos porque si no los negocios se iban. Y las cosas que decía la Choni eran que el Zenón ya sabía lo que había y que si un día lo cogían y lo metían dentro ella no lo iba a estar esperando y que ella se iba a ir con el Alfonso.

No, gorda, decía el Zenón, con el que quieras menos con el Alfonso.

Pues ya sabes, decía la Choni.

A veces pasaba que estaban hablando mucho rato y que luego se metían dentro de la furgoneta azul y se ponían a hacer ruidos. También que después de estar haciendo ruidos seguían hablando y diciendo cosas. Yo siempre estaba durmiendo debajo de la furgoneta con Compañero y los oía y entonces me tocaba las heridas hasta que otra vez empezaba a salirme sangre.

La sangre que me salía era una sangre muy negra y salía muy despacio y era muy dulce.

 

Yo me acuerdo más del Zenón que de la Choni. El Zenón era pequeño y la Choni grande. El Zenón era flaco y la Choni gorda. El Zenón era moreno y la Choni rubia. El Zenón tenía bigote y los dientes grandes y le faltaba uno. La Choni llevaba pantalones de chándal y el pelo cogido con una goma. El Zenón y la Choni siempre estaban fumando o hablando de negocios o sentados en las sillas al lado de la furgoneta o dentro de la furgoneta haciendo ruidos. La Choni tenía el culo muy gordo y también las tetas. Y el Zenón se las tocaba y se reía mucho y la Choni también.

Y pasaba que el Zacarías Zárate era alto y grande como el Dionisio o el Rogelio y no chico como el Zenón. El Zacarías Zárate sí que tenía los dientes grandes y la cara blanca del Zenón. Y el Dionisio y el Rogelio no tenían los dientes grandes sino que los tenían igual que los tenían la Rósula y que mi madre, la Tomasa Cervantes.

La Rósula olía como a las sábanas y por las noches me cantaba canciones. Siempre me las cantaba muy bajito para que la Regina no se enfadara.

Y eso era porque en la casa que estaba arriba de la cuesta vivíamos el Zacarías Zárate, mi madre, la Tomasa Cervantes, y mis seis hermanos y yo. En la casa había un corral con gallinas y una tapia y un árbol grande. También había un sitio que era donde estaban las cosas del tractor. Por dentro de la casa había una habitación grande que era donde estaba la televisión y también una cocina. También había habitaciones para dormir. Y una era para el Zacarías Zárate y mi madre, la Tomasa Cervantes. Otra para la Regina y la Rósula. Otra para el Celestino y el Dionisio. Otra donde dormíamos el Zenón, el Rogelio y yo.

Por las noches siempre hacía mucho calor. Las luces se apagaban y todo el mundo se quedaba callado y en su cama. Entonces se dormía el Zenón y luego el Rogelio y yo no me dormía y todo el tiempo estaba dando vueltas en la cama y levantándome y saliendo al pasillo. El Zenón y el Rogelio se enfadaban mucho porque yo los despertaba. Entonces yo me iba a la habitación de la Rósula y ahí me ponía en la cama con ella.

Ven, Adrián, me decía, métete aquí conmigo. Y eso era porque la Rósula era mi amiga y también me cogía de la mano.

Adrián, me decía el Zenón, si no vas a dormir vete fuera. Salte fuera, me decía el Rogelio. Y entonces me abría la ventana de la habitación y yo me salía al patio.

Adrián, me decían después, cuando yo ya estaba en el patio, ¿es que no tienes frío? Y yo les decía que no porque yo entonces todavía podía hablar.

Y me acuerdo de que cuando era por la noche y yo estaba fuera de la casa entonces yo me iba a todas las partes del pueblo. Los perros me ladraban. Yo me subía a las tapias o me escondía detrás de los coches o me iba por la cuesta o me metía en el sitio de los muertos. Me acuerdo de la luna y de las estrellas del pueblo. También que alguna vez yo me subía a la tapia del corral de los Zárate o a la tapia del corral de los Zambrano y que desde arriba miraba a las borregas que estaban abajo amorradas y durmiendo. Las borregas olían mucho a mierda y estaban calientes y llenas de sangre.

Y algunas veces pasaba eso pero otras veces pasaba que yo me iba por la montaña para arriba y que me quedaba allí mucho rato mirando la luna y las estrellas. Y pasaba que luego empezaba a hacerse de día y entonces yo me iba otra vez para abajo y que me ponía al lado de la ventana. Entonces el Rogelio la abría y yo entraba en la casa.

 

Y me acuerdo de que una noche yo estaba arriba en el monte. Se veían los barrancos y también el pueblo. También estaba nevando un poco y a mí me dolían mucho las tripas. Y me acuerdo de que en los sitios donde estaba cayendo la nieve había unas manchas rojas que eran de sangre y también que por el lado de las piedras había una gallina que estaba muerta y medio comida y con plumas por todas partes.

Y también me acuerdo de que entonces yo cogí la gallina y entonces me fui por el monte y para el pueblo y que entonces se estaba haciendo de día y que yo no estaba al lado de la ventana.

Y pasó que cuando yo estaba bajando entonces yo vi que el Zacarías Zárate venía por el camino y mirándome mucho y que después se paró a mi lado y mirando mucho a la gallina.

Adrián, me decía, ¿de dónde vienes? ¿Qué es eso?

Y todo el rato estaba mirando mucho a la gallina y no estaba enfadado.

 

Luego yo estaba en la casa y otra vez me estaban doliendo las tripas. Me dolían mucho y luego se me pusieron del revés.

Mamá, decía la Rósula, el Adrián se está poniendo verde.

Y pasaba que a mí las tripas me quemaban mucho y que entonces empezaron a salírseme muchas cosas por la boca. Y esas cosas eran como hígados negros y muy calientes y mezclados con sangre y con plumas de gallina. Mi madre, la Tomasa Cervantes, vino corriendo y empezó a pegarme muy fuerte y también a llevarme al baño. Allí me rompió toda la ropa y me metió en la bañera. La Rósula lloraba y también el Rogelio. La Regina se reía y me miraba.

Entonces pasó que yo ya no eché más cosas y que entonces mi madre, la Tomasa Cervantes, empezó a limpiarme con un trapo. Yo gritaba, de eso me acuerdo. Y eso era porque ella me estaba tocando.

Te callas, decía ella. Y me pegaba más fuerte.

Y me acuerdo de que la Regina también estaba y que ella también me estaba tocando y diciendo cosas y que entonces yo le pegué muy fuerte y la Regina se cayó y se enfadó mucho. Entonces se puso a gritar.

Lobisón, decía, perro lobisón de mierda.

Y con esa palabra pasaba que todos los niños la decían y no se podía decir porque entonces el Zacarías Zárate se enfadaba mucho. Mi madre, la Tomasa Cervantes, también se enfadó y cogió el trapo que tenía de limpiarme y se lo tiró a la Regina y la llenó de hígados y de sangre y de plumas. Y cogió unas tijeras que había en el baño y con ellas señaló a la Regina.

Di eso otra vez, le dijo, dilo y te saco los ojos.

 

Adrián, me decía algunas veces el Zacarías Zárate, vente, que nos vamos al monte con las ovejas. Y eso era que el Zacarías Zárate y yo nos poníamos a andar por la montaña para arriba y con las ovejas y que luego estábamos allí y comíamos pan y salchicha. Y pasaba que cuando nosotros estábamos arriba entonces el Zacarías Zárate siempre estaba diciendo muchas cosas.

Ay, Adrián, decía, yo también tenía que defenderme de los otros. Me peleaba todos los días, Adrián. Pero siempre ganaba, ¿sabes por qué? Porque yo tenía el demonio dentro. Igual que tú.

Pero tú, decía después, no tenías por qué tenerlo, ¿sabes por qué? Porque tú y yo somos séptimos los dos, solo que tú tienes dos hermanas. Y yo solo tengo hermanos. Por eso. Pero hay que esconderlo, Adrián, decía, no se puede presumir. La gente no lo entiende.

Y me acuerdo de que cuando el Zacarías Zárate estaba diciendo esas cosas entonces él tenía los ojos muy grandes y quemando. También era muy alto y tenía la cara muy blanca y olía a la chaqueta del bisabuelo Eusebio.

Yo también, decía, me despertaba en el monte cuando era pequeño.

 

Mi madre, la Tomasa Cervantes, olía como el agua que se queda en el fondo de la olla. El Zacarías Zárate, cuando estaba en el campo, olía a la chaqueta del bisabuelo Eusebio. A veces pasaba que el Zacarías Zárate venía para donde yo estaba en el patio o al lado del corral y sus ojos eran muy grandes y quemaban mucho.

Dime, Adrián, me decía, ¿tenías mucho calor cuando estabas arriba en el monte? Y yo le decía que sí.

Dime, Adrián, me decía luego, ¿te decía cosas la luna cuando estabas arriba en el monte? Y yo no lo sabía.

 

Y también me acuerdo de ese día que el Zacarías Zárate había cogido la gallina que yo llevaba en la mano y que la había enterrado al lado del camino. Y pasó que por la tarde vinieron a la casa de la cuesta el Pedro Zárate y el Jesús Zambrano y se pusieron a hablar con el Zacarías Zárate.

Falta una gallina, decían, en el corral del Pedro, decían. Una gallina pinta.

¿Y qué?, decía el Zacarías Zárate.

Que la Regina ha estado diciendo en mi casa que el Adrián ha estado vomitando plumas blancas y negras.

No sé de eso, decía el Zacarías Zárate.

Dile al Adrián que salga, decía entonces el Pedro Zárate.

No va a salir, decía el Zacarías Zárate.

¿Por qué?, decía el Pedro Zárate.

Porque no quiero yo, decía el Zacarías Zárate.

Entonces el Pedro Zárate y el Jesús Zambrano se fueron por la cuesta para abajo y el Zacarías Zárate vino y me metió por la habitación y ahí me dejó encerrado. Después me acuerdo de que él cogió a la Regina y se la llevó al corral y le estuvo pegando mucho rato con la correa.

El Celestino, decía el Zenón, es el que se fue para América. Al Dionisio fue al que lo mató una vaca.

El Celestino, decía la Choni, se fue para América para que no le cargarais al Adrián.

Puede ser, y el Celestino dejó que la vaca lo matara por lo mismo.

¿Y el Rogelio?

El Rogelio tiene un piso pequeño y tres hijos, decía el Zenón.

Pues que tenga cuatro, decía la Choni.

Tú no lo entiendes, el Rogelio perdió una mano por culpa del Adrián.

Total, decía la Choni, que el premio gordo nos lo quedamos nosotros.

Choni, decía entonces el Zenón, que el Adrián no puede hablar pero sí que entiende.

Pues que entienda, decía la Choni. Y me miraba con los ojos negros.

La Regina, decía otra vez la Choni, tiene una casa grande y un hijo nada más.

La Regina y el Adrián se odian, eso ha sido así de siempre.

¿Y qué?, decía la Choni, yo también me peleaba con mis hermanos de pequeña.

Yo no digo, decía la Choni, que esté siempre con la Regina. Pero un tiempo. ¿O es que no es ella hermana?, pues os turnáis. Eso es lo que hicimos mis hermanos y yo cuando lo de mi madre.

 

Ven, Adrián, me decía el Zenón, vamos a dar un paseo. Y entonces los dos nos íbamos por la ciudad y al final el Zenón se sentaba en un banco y ahí se fumaba un cigarro y movía la cabeza y se ponía triste. También decía cosas de la Regina.

La Regina, decía, tiene una casa muy grande y muchos árboles para que te puedas subir. Y al lado de su casa hay un campo y muchas montañas y también un río para que puedas irte a lavar la ropa. ¿Te acuerdas de cómo lavabas la ropa con la abuela Rósula?

Y la Regina tiene un hijo que se llama Hugo, decía. Y también tiene muchos tebeos de Spiderman y también de Batman.

 

Adrián, me dijo un día el Zenón, ven, que nos vamos de viaje.

Y el Zenón y yo nos fuimos en la furgoneta azul y sin Compañero ni la Choni. Entonces yo no era tan grande como soy ahora. Del viaje yo me acuerdo de que había unas montañas y también un puente y también unas vías del tren. Después había un camino y una casa y en la casa estaba la Regina.

La Regina olía a pelo y se había hecho grande y le habían salido las tetas. También llevaba el pelo corto y tenía gafas.

Adrián, me decía, Adrián, mírame. Y yo no la miraba.

Adrián, decía entonces el Zenón, mira a la Regina. Y entonces yo al final la miraba.

¿Te acuerdas de mí?, me decía la Regina. Los ojos de la Regina eran marrón claro pero se veía que por el fondo todavía eran negros y que ella quería hacer como que era mi amiga pero que no lo era. Luego nos fuimos andando el Zenón, la Regina y yo para la casa de la Regina. En la casa había muchas puertas y una chimenea y una televisión y por fuera un patio que era muy grande y con muchos árboles y también un corral con gallinas y con pavos. También había un camino con unos árboles y al final un río con mucha agua.

 

Adrián, me decía el Zenón, tienes que portarte bien. Adrián, mírame. ¿Entiendes lo que te digo? Y yo le decía que sí.

Adrián, decía el Zenón, si no te portas bien entonces me voy a enfadar contigo y ya no vamos a ser amigos, ¿entiendes? ¿Me lo prometes, Adrián, que te vas a portar bien?

Y entonces el Zenón trajo mi bolsa de mis cosas y también mis tebeos de Spiderman y los dejó todos allí y se puso a hablar mucho rato con la Regina.

Adrián, me decía, me voy. Pórtate bien. Y entonces él se fue por el camino.

Adrián, me decía entonces la Regina, ven, que te enseñe dónde vas a dormir. Y yo no la miraba ni la veía.

¿Me oyes, Adrián?, me decía la Regina. ¿No me quieres oír?, pues no te doy de comer.

Ya tendrás hambre.

Y después pasó que ella trajo cosas para comer y también pan y queso y que entonces yo ya la veía. Entonces yo me fui con la Regina para el sitio donde yo dormía y que era un patio que estaba por fuera y que tenía un poco de techo.

Adrián, decía la Regina, tú hazme una, que te muelo a palos.

 

Y entonces ya pasaba que yo no vivía más con el Zenón y con la Choni en la furgoneta azul sino que vivía en la casa de la Regina. Y la Regina no era mi amiga pero todos los días me daba de comer y también por las noches. Ella siempre me estaba mirando. Y me acuerdo de que siempre, cuando era de noche y la Regina y su hijo se iban a dormir, yo me levantaba y me iba por todos lados. En la casa de la Regina había una valla y dentro de la valla había treinta y un árboles. Yo todas las noches los contaba y los tocaba. También muchas veces me salía por fuera de la valla y me iba por el camino y llegaba al río. En el río yo jugaba a que me bañaba y también a que estaba con la abuela lavando la ropa. También me tiraba en el suelo y contaba las estrellas.

Y cuando yo estaba contando las estrellas al final yo me equivocaba y entonces me reía mucho.

Y siempre pasaba que cuando ya se iba a hacer de día entonces yo me iba para la casa de la Regina y me ponía en el sitio donde yo dormía y ahí estaba contando mis cosas de mi bolsa hasta que salía la Regina y me daba el desayuno.

 

La Regina tenía un hijo que era muy flaco y que se llamaba Hugo. Hugo tenía una moto roja y olía como las hojas del suelo. También siempre estaba mirando las personas de colores que salían en la televisión. Y me acuerdo de que algunas veces estaba lloviendo y que entonces yo estaba dentro de la casa y con el Hugo y también haciendo filas con mis cosas de mi bolsa. El Hugo nunca se acercaba ni quería tocar mis cosas.

Ven, Adrián, me decía el Hugo, vamos a ver una película.

Mira, Adrián, este es un pirata, ¿lo ves?, decía, ese es el bueno. Se llama Yat Esparragus.

Y él siempre estaba mirando la televisión y yo también a veces la miraba un poco pero luego siempre me iba y ya no la miraba.

Y con el Hugo pasaba que a veces él venía en su moto roja y se ponía a mi lado y empezaba a contarme mis tebeos de Spiderman. También algunas veces jugábamos a que íbamos al río y ahí nos tirábamos y nos quedábamos dormidos. También a veces me preguntaba algunas cosas.

¿Es verdad, me decía, que una vez te comiste a un bebé? Y yo le decía que no y él movía mucho la cabeza para los lados y no se lo creía. Es verdad que lo hiciste, decía, mi madre me lo contó.

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