Los hermanos Oppermann
Porque después de expulsar a Berthold del…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Porque después de expulsar a Berthold del club de fútbol, había que ser consecuente. Si los Jóvenes Águilas habían roto el trato con él desde el comienzo, por motivos de principio, ahora lentamente les seguían los otros.
Berthold vagaba, encerrado en sí mismo, silencioso. Empezó a dormir mal.
Una noche, después de cenar, Liselotte le dijo:
—Veo luz en tu cuarto hasta muy tarde, Berthold. Creo que en un caso excepcional como éste podrías intentar tomar un somnífero. Ve tranquilo al botiquín si un día se te hace demasiado tarde.
—Gracias, mamá —dijo Berthold—, pero me las arreglaré sin eso.
Tercamente, trató de convencerse de que no importaba lo que opinaran los de penúltimo curso. Tenía a su tío Joachim Ranzow, a su prima Ruth, a Heinrich Lavendel, a Kurt Baumann. Kurt, hay que decirlo, se ha comportado con enorme decencia. No tiene la menor intención de aceptar el
estúpido culto al héroe que los otros practican con el Larguirucho. Es el colmo. Uno de esos días, a Berthold le volvieron a dejar el coche. A su viril manera, de pasada, como si no fuera nada, como si no fuera un gran favor, dijo a Kurt Baumann:
—Mañana por la tarde a las seis, después de inglés, van a dejarme el coche. Así que a las seis y cinco en la Meierottostrasse.
Kurt Baumann dudó un momento insignificante. Luego dijo:
—Eh, chico, estupendo.
A las seis y cinco del día siguiente, Berthold le dijo al chófer Franzke que esperaba en la Meierottostrasse:
—Espera un minuto. Estoy esperando a Kurt Baumann.
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—Bien —dijo el chófer Franzke.
A las seis y ocho, Berthold dijo:
—Un minuto más. Vendrá enseguida.
—Sin duda, señor Berthold —dijo el chófer Franzke. A las seis y cuarto, Berthold dijo:
—Vámonos, Franzke.
—Podemos esperar otros cinco minutos, señor Berthold —dijo el chófer Franzke.
—No, Franzke —dijo Berthold—. Vámonos —se esforzaba en parecer indiferente.
—¿No quiere ponerse al volante, señor Berthold? —preguntó el chófer Franzke al cabo de un rato, cerca de la iglesia memorial. También él se esforzaba en emplear un tono indiferente, como si no tuviera importancia dejar el volante a Berthold en medio del más denso tráfico.
—Gracias, Franzke —dijo Berthold—. Muy amable de su parte, Franzke. Hoy no.
—
El director François estaba en el despacho de su casa, de una comodidad antigua, ahumado, atiborrado de libros, delante de su manuscrito La influencia del hexámetro antiguo en el estilo de Klopstock. No era fácil concentrarse; pero aún faltaba media hora larga para la cena, merecía la pena intentarlo. Se dejó llevar por los hexámetros como por las olas del mar, su flujo uniforme calmó su disgusto.
De pronto, la puerta se abrió. Tempestuosa, en amplio frente, Nubecilla Negra irrumpió en la habitación. Se dirigió vehemente hacia el delgado François, envuelta en el vuelo de su bata. Estaba tan llena de lo que tenía que decir que le faltaban las palabras. Sin decir nada, estampó en el escritorio una hoja de periódico grande y desplegada, de forma que cubrió completamente el manuscrito, los volúmenes de los viejos clásicos, el Klopstock. Era la edición de aquel día del órgano berlinés de los populares.
—Ahí —dijo la señora Emilie François, nada más, y se quedó allí, la fatalidad hecha carne. François leyó. Era un artículo sobre la situación en el instituto Königin Luise. Ese centro, durante mucho tiempo un criadero de traidores a la patria, se decía, estaba ahora completamente podrido. Un estudiante judío, un esperanzador retoño de la tristemente famosa familia Oppermann, había escarnecido de la peor manera en una exposición oral, delante de toda la clase, a Hermann el Alemán, sin que hasta ahora su profesor nacionalista hubiera logrado llamar a capítulo a esa buena pieza.
Protegido por el degenerado director del centro, un típico representante del sistema, ese insolente muchacho judío seguía disfrutando de la gloria de su alta traición. ¿Cuándo iba el Gobierno nacional a poner fin a este inaudito estado de cosas?
François se quitó las gafas, parpadeó. Se sentía muy mal.
—¿Y bien? —preguntó amenazante Nubecilla Negra.
François no supo qué responder.
—Qué espantoso alemán —dijo al cabo de un rato.
No habría podido decir nada mejor; porque tal manifestación hizo explotar al fin a Nubecilla Negra. ¿Cómo? ¿Este hombre se ha arruinado a sí mismo y a su familia con su eterna y flemática indecisión, y ahora no tiene otra cosa que alegar contra quienes le atacan que el hecho de que hablan un mal alemán? ¿Es que se ha vuelto loco? La mujer del portero le ha traído el artículo, mañana diez amigas le traerán el artículo. ¿Es que no se da cuenta de que se ha acabado? Lo echarán del cargo con vergüenza y oprobio. Seguramente ni siquiera le concederán una pensión. ¿Y
entonces qué? Doce mil setecientos marcos tienen en el banco. Los valores no son más que unos centenares. Alrededor de diez mil doscientos marcos. ¿De qué van a vivir, él, ella y los niños?
—¿De esto? —preguntó, y golpeó con la mano el manuscrito; pero sólo alcanzó la hoja de periódico.
El director François estaba aturdido por la tempestad. Sin duda lo que decía Nubecilla Negra estaba desmedidamente exagerado; pero le esperaban horas oscuras, muchas y muy oscuras. Pobre estudiante Oppermann. Oppermann era un dáctilo, se podía utilizar bien en un hexámetro; también François era un dáctilo, pero no puro, más difícil de utilizar. «Soporta también esto, corazón mío, has soportado ya tanto.» A lo lejos, se oía el murmullo de los hexámetros. Ah, poder entregarse a Lion Feuchtwanger
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ellos.
Emilie tomó su silencio por obstinación. Su amargura aumentó.
Descargó su indignación en furiosos e interminables discursos, de largos ecos, se dijo el agobiado François. Mañana, rugió, tenía que plantear a ese mocoso la alternativa: excusa en toda regla o expulsión con escarnio del instituto. Lo mejor que podía hacer era ir ella misma a hablar con el padre de esa buena pieza o con su tío, su atildado amigo Gustav. Dónde tendría ella sus cinco sentidos cuando se casó con este calzonazos, este blandengue.
François se encorvó. No tiene sentido levantarse contra la tempestad. Sólo se puede esperar hasta que Nubecilla Negra haya terminado. En algún momento tendrán que fallarle los pulmones. ¡Con cuánto gusto renunciaría a la cena y se iría a la cama!
La señora Emilie le había zarandeado de tal modo que los golpes del día siguiente ya no podían hacerle mucho. Pedell Mellenthin llevaba el periódico, grande y llamativo, en el bolsillo; todos los profesores y estudiantes con los que se cruzó en su camino lo llevaban, había varios ejemplares encima de su escritorio. Allí estaba él, sentado entre Voltaire y Federico el Grande. Una ola de porquería había caído sobre su instituto, sobre todo el país. Él ya estaba tan cubierto de suciedad que apenas la sentía.
Muy pronto, también el catedrático Vogelsang apareció en el despacho de dirección. Había cambiado. Su rostro estaba rígido como una máscara, la sonrisa inquietantemente amistosa había desaparecido. Entraba como vencedor ante el vencido, como vengador, férreo; el invisible sable tintineaba a su costado. Así, pensó François, debió de presentarse Brennus, el bárbaro, ante los romanos, alterando los pesos al poner en la balanza su espada de vencedor. Sí, el catedrático Vogelsang podía disfrutar de su
triunfo a pleno pulmón. Ha sabido que las elecciones estaban decididas antes de celebrarse. Los dirigentes nacionalistas —se le ha comunicado en secreto, pero de forma absolutamente fiable—han decidido una acción, una acción flamígera, que hará de las elecciones, en cualquier circunstancia, una victoria para la causa nacional. El catedrático Vogelsang ya no tiene que tomar precauciones ni en el caso Rittersteg ni en el caso Oppermann. Por eso ha salido a la luz pública, y así, como triunfador, se presentaba ahora ante el director François.
Ha esperado este triunfo mucho tiempo, pero ahora lo saborea. No le deja ni un resquicio al otro. Dos meses, declaró acerado al pequeño François, más de dos meses ha soportado la vergüenza este centro. Es suficiente. Si en este mismo mes el estudiante Oppermann no pide excusas, él, Vogelsang, sabrá hacer que el alumno sea suspendido y expulsado de los institutos de enseñanza prusianos. No comprende cómo el director François, tan frecuente y seriamente advertido, ha podido dudar tanto tiempo. Ahora la pústula ha reventado, todo el centro está cubierto de porquería. El triunfante catedrático se alza rígido entre los bustos de Voltaire y Federico el Grande. Este mismo mes, pensó François. Febrero tiene sólo veintiocho días. Cómo grazna. A su lado, el tronar de Nubecilla Negra es una ópera de Mozart. «Brekekekex koax koax.» Su cuello ha vuelto a descender otro medio centímetro. Se adapta. En Roma, los bárbaros también se adaptaron.
—¿No quiere sentarse, querido colega? —preguntó. Vogelsang no quería sentarse.
—Tengo que pedirle una respuesta clara e inequívoca, señor director —
exigió chirriante—.
¿Advertirá al alumno Oppermann de que o revoca sus insolentes afirmaciones de aquella exposición antes del 1 de marzo o será suspendido?
—No tengo del todo claro —dijo François con suave ironía— lo que realmente desea, querido colega. Tan pronto habla de excusas como de retractación. ¿Cómo imagina la cuestión, en su aspecto técnico? ¿Debe Oppermann pedir disculpas aquí, en la dirección, o ante la clase en pleno?
Bernd Vogelsang retrocedió un paso.
—¿Excusas? ¿Retractación? —dijo, sorprendido. Estaba allí, furioso, como su propio monumento—. Ambas cosas, por supuesto —exigió—.
Creo, señor director, que tal como están las cosas hará bien en dejarme elegir a mí la forma en que el castigo ha de ejecutarse. El vengador de Hermann el Alemán, pensó François. El Querusco no se merecía esto.
—Bien, querido colega —dijo—. Hablaré con el alumno Oppermann.
Pedirá excusas y se retractará. Sólo una cosa quiero reservarme: el estilo de su declaración. El estudiante Oppermann Lion Feuchtwanger L o s h e r m a n o s O p p e r m a n n
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tendrá sus defectos, pero no es un mal estilista. Seguro que también usted lo ha observado, querido colega.
¿Era burla? Bernd Vogelsang pensó en las insolencias que François se había permitido acerca del alemán del Führer, entonces, cuando habló con él por vez primera a cuenta del asunto Oppermann. Estilo. Habeat sibi. Allí estaba sentado, sin nada más que su poquito de ironía. Penoso, señor director. Él, Bernd Vogelsang, sabrá dar a la humillación del alumno rebelde la forma de un impresionante espectáculo. Todos verán cómo expulsa de esta casa el espíritu de la disgregación. Que el director François se envuelva en su mísera ironía: él, Bernd Vogelsang, actúa.
Alfred François había tenido que ver muchas cosas nuevas y malas en las últimas semanas. «El puño del destino le había abierto los ojos», como solía expresarse el Führer. Pero durante las últimas horas había caído sobre él tanto y tan duro que creyó que en adelante nada más podría afectarle. Sin embargo, ahora, mientras esperaba al alumno Oppermann, supo que se había equivocado, que lo más difícil estaba aún por venir.
—Siéntese, Oppermann —dijo, cuando entró Berthold—. ¿Ha leído el Döblin que le recomendé?
—Sí, señor director —dijo Berthold.
—Buena prosa, ¿verdad? —preguntó François.
—Maravillosa —dijo Berthold.
—Sí —dijo François, esforzándose por no mirar los audaces ojos grises del muchacho—; Oppermann, no me resulta fácil, me resulta incluso condenadamente dificil. Pero sin duda usted sabe que este asunto ha estado revolviendo las aguas. Por desgracia, tengo que ponerle ante la alternativa...
—resopló un poco por la nariz, no terminó la frase. Naturalmente, Berthold sabe de qué se trata. Si fuera un tercero, justo como es, vería el tormento en el rostro del hombre. Pero así, repleto de amargura, no piensa ahorrarle nada.
—¿Ante qué alternativa, señor director? —pregunta, y obliga a François a mirarle.
—Tengo que pedirle —dice François, con la respiración todavía alterada
— que se disculpe por aquella afirmación de su ponencia, que la retire. Si no lo hace —ahora trata de hablar con sequedad funcionarial—, por desgracia tendré que expulsarle del centro.
Ve el rostro amargo y triste del muchacho. Tiene que justificarse ante él, es lo más importante de todo.
—Se lo digo con sinceridad, Oppermann —se apresura—, preferiría que usted se retractara. Sería espantoso tener que expulsar a uno de mis estudiantes predilectos. A mi estudiante predilecto —se corrige.
Se levanta. Berthold va a levantarse, pero él le retiene:
—Siéntese, siéntese, Oppermann.
Camina a un lado y a otro entre los bustos de Voltaire y Federico.
Luego, de repente, se detiene ante Berthold, cambia completamente el tono, le habla de hombre a hombre:
—Mi propia posición está amenazada. Compréndalo, Oppermann.
Tengo mujer e hijos. En medio de toda su amargura, Berthold no puede por menos de apreciar la angustia del otro. Pero ahora no tiene tiempo para la compasión. También yo tengo que hacer algo que no querría hacer, suena desacostumbrada, con maligno chirrido, la voz de su padre en sus oídos.
Vamos a convertirnos todos en cerdos, piensa. Esta época va a convertirnos a todos en cerdos y malos.
—Hemos leído a Hebbel —empieza al fin, despacio, tomándose tiempo
—. Gyges y su anillo. El doctor Heinzius nos dijo que todo Hebbel tiene un solo tema: la dignidad humana herida. Laesa humanitas. Luego he leído Herodes y Mariamne. No como lectura de clase, para mí. Mariamne podía salvar lavida tan sólo con hablar. No habla, no se defiende. Prefiere morderse la lengua. Muere, pero no habla. El doctor Heinzius nos dejó muy claro qué era esa humanidad. ¿Sólo los viejos reyes tenían humanidad?
¿Soy yo una basura? ¿Creéis todos que podéis pisotearme sólo porque yo tengo dieciséis años y vosotros cincuenta o sesenta? Por otra parte, Mariamne es judía, señor director. Lea mi manuscrito, señor director. Era una buena exposición. El doctor Heinzius habría estado satisfecho. ¿Soy un mal alemán porque el doctor Heinzius fue atropellado? Él jamás Lion Feuchtwanger
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interrumpió a nadie. Le dejaba hablar a uno hasta el filial. Ya no sé exactamente lo que dije, señor director, pero era cierto. He leído a Mommsen, Dessau, Seeck. Nadie podría entender otra cosa.
¿Por qué me hace víctima de esta injusticia, señor director?
François escucha con atención. Qué muchacho más inteligente y honesto. Es realmente el mejor de sus alumnos. Cuánto tiene que haber soportado estas últimas semanas. Cómo tiene que haber estado las últimas semanas ante ese buey perverso, ese Vogelsang, entre sus compañeros, muchachos crueles y necios. ¿Qué puede responderle al muchacho?
Suscribiría cada tina de sus palabras. Con ambas manos. Honradamente sólo puede decir: sí, sí. Tiene razón, Oppermann. No lo haga. No se retracte. Váyase de mi centro. Se ha convertido en un mal centro, un centro estúpido, en el que sólo puede usted aprender el absurdo y la mentira.
Abre la boca, pero se da cuenta de que está bajo el busto de Voltaire. Se avergüenza, regresa a su escritorio. Se sienta allí, pequeño, viejo.
—Cuando pronunció usted su exposición, Oppermann —dice al fin—, tenía razón. Por desgracia, entretanto han cambiado algunas cosas. De mucho de lo que entonces era verdad ahora tengo que decir que era mentira
—trató de sonreír—. Tendremos que volver a aprender ciertas cosas. Usted es joven, Oppermann. A mí me resulta condenadamente difícil aprender. —
Se levantó, se acercó a Berthold, le puso la mano en el hombro. Dijo titubeante, sonó como un humilde ruego—
: ¿No quiere disculparse, Oppermann? —pero enseguida, lleno de miedo ante la respuesta, añadió—
: No me conteste ahora. Piénselo. No diga nada, basta con que tenga la respuesta el lunes. Escriba. O telefonee. Lo que usted quiera.
Berthold se levantó. François vio cuánto había afectado la entrevista al joven.
—No lo tome demasiado a mal, Oppermann —dijo. Y luego, no sin esfuerzo : Y olvide lo que le dije la última vez. Fue algo —buscó la palabra
— justificado por el fin. Tiene una gran ventaja, Oppermann. Lo haga o no, siempre tendrá razón.
La entrevista con François había dejado malparado a Berthold. Sin duda estaba preparado para que ocurriera algo parecido, pero ahora sabía, por así decirlo de forma oficial, que había hecho algo antialemán, antipatriótico.
No lo entendía. ¿Era antialemán decir la verdad? Hacía pocos meses nadie dudaba de su germanidad. Él mismo se sentía alemán en un sentido más
profundo que la mayoría de sus compañeros. Estaba lleno de música alemana, de palabras alemanas, de pensamientos alemanes, de paisaje alemán. Nunca en los diecisiete años de su vida había visto, oído, sentido otra cosa. Y ahora, de pronto, le decían que no formaba parte de eso, que era diferente por naturaleza. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién era alemán, si él no lo era?
Pero no tiene sentido cavilar sobre generalidades. Ahora es sábado, las tres y media de la tarde. Tiene que haberse decidido antes de mañana por la noche. ¿Debe retractarse?
¡Ojalá tuviera a alguien que pudiera ayudarle! Tiene que haber una frase que le conmueva, un argumento tan obvio que todas sus dudas desaparezcan. No puede acudir a su padre. También él tiene que luchar del modo más encarnizado. No puede exigirle que le aconseje en contra de sus propios intereses. ¿Y acaso puede exigir a su madre que le aconseje en contra de su padre?
Vaga por las calles de la gran ciudad de Berlín. Hace un tiempo seco y cálido, es agradable caminar. Él es alto y delgado, su rostro se ha vuelto enjuto, sus ojos grises y alargados miran sombríos, preocupados, está amargamente sumido en sus propios pensamientos. Muchos le miran, muchas mujeres especialmente, es un muchacho hermoso; pero no se da cuenta. De repente se le ocurre una idea, ¿cómo no se le ha ocurrido antes?
Va a ver a tío Ranzow.
—Hola, Berthold —dice el jefe de sección ministerial Ranzow, un poco sorprendido. Berthold, cuyo conocimiento de los hombres ha aumentado mucho en los últimos días, se da cuenta enseguida de que tío Joachim relaciona su visita con el artículo de la prensa popular, y de que está pensando a toda prisa qué decirle.
Al principio, tío Joachim le sirve una copa de aguardiente, como de costumbre. Berthold le expone su caso, de forma seca, nada sentimental.
—Quiero un consejo razonable —ruega—. ¿Qué harías tú en mi lugar, tío Joachim?
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En otros tiempos, probablemente el jefe de sección Ranzow habría percibido la angustia del joven a través de su tono seco. Probablemente también se habría tomado la molestia de adentrarse en los pensamientos del
joven. Pero, por desgracia, en estos días estaba poco menos ocupado consigo mismo que los Oppermann. Amigos influyentes le aconsejaban insistentemente, a él, que estaba próximo al Partido Nacional Alemán, apartarse de sus funcionarios de izquierdas, que tenían los días contados.
Pero Joachim Ranzow no quería desairar a gente que había aprendido a estimar como capaz y fiable a lo largo de años de trabajo en común, aunque esa gente estuviera en la lista de proscritos. Sus amigos le insistían, le asediaban. Sobre todo, no entendían cómo podía seguir manteniendo su amistad personal con el jefe de sección Freese, miembro de carné del Partido Socialdemócrata y odiado por el nuevo gobierno. Además, no era ninguna recomendación para un alto funcionario estar emparentado con una familia judía que estaba tan a la vista como los Oppermann. ¿Por qué, por ejemplo, no arrebataba ciertas funciones al desastroso jefe de sección Freese? Todos los altos funcionarios que querían seguir en el cargo hacían cosas parecidas para ganar puntos ante el nuevo gobierno. Joachim Ranzow no era capaz de semejante falta de escrúpulos. Le roía que hoy fuera tan difícil ser un funcionario prusiano y un hombre decente. En tal situación encontró Berthold a su tío Joachim. El asunto del chico era difícil. Cuanto antes lo solucionara, tanto mejor para todos. Menos mal que el propio muchacho parecía pensar de forma razonable acerca de la historia.
—Creo —dijo Ranzow— que deberías hacer la declaración que te piden. Lo dijo de manera medida, como siempre, clara, sin rodeos. El joven le miró, un tanto perplejo. Le asombraba que alguien pudiera tener una opinión a punto con tanta rapidez en su complicado caso. Ranzow advirtió el asombro. Realmente, había ido demasiado rápido.
—Al fin y al cabo —trató de fundamentar su opinión—, te ha faltado razón al menos en la forma.
Berthold pensó en las hermosas, un tanto oscuras palabras que tío Joachim había dicho en su momento acerca de Hermann el Alemán. Para Berthold, sólo tenía muy sobrias palabras. Le pareció que tío Joachim no quería ver cuánto se jugaba.
—Se ha retorcido todo de manera perversa —dijo—. He de retirar algo que no he afirmado en absoluto. La fama de Hermann, el mito de Hermann; recuerdo exactamente todo lo que tú me explicaste entonces, tío Joachim.
Fue con mucho lo más inteligente que nadie me ha dicho acerca de él, y tomé buena nota. Y precisamente a eso quería llegar. Pero para hacerlo, tenía que exponer los hechos, los hechos históricos, con toda la claridad
posible. No he afirmado otra cosa que lo que cualquiera puede leer en Mommsen y en Dessau. ¿Tengo que ir ahora y admitir que soy un mal alemán porque dije lo que era la realidad?
Joachim Ranzow estaba nervioso, impaciente. En primer lugar, el chico parecía muy razonable, y ahora encima planteaba dificultades. Sabe Dios que Liselotte ya tenía bastantes preocupaciones. Todos ellos tenían bastantes preocupaciones. Y ahora esto. Por Hermann el Querusco.
—Dios mío, muchacho —dijo con inusual frivolidad—, ¿es que no tienes otras preocupaciones?
Al fin y al cabo, ¿qué te i mporta a ti Hermann el Querusco?
Apenas hubo pronunciado la frase cuando deseó no haberla dicho.
Berthold palideció más aún, echó mano a la copa de aguardiente, la cogió con torpe firmeza, volvió a dejarla. La cogió de nuevo, aún quedaba un poquito, lo apuró. Sólo entonces Ranzow se dio cuenta del mal aspecto que tenía y de lo agotado que parecía Berthold.
—Pero a ti, tío, sí te importa —dijo; su boca se tensó y adquirió un rictus de amargura, le miraba desafiante, acusador. Joachim Ranzow hizo un gesto defensivo con su larga mano, como si tachara una frase con él.
Quiso decir algo. Qué demonios, ¿es que tenía que dar explicaciones al chico?
Antes de que pudiera responder, Berthold siguió hablando. —Tú crees
—dijo— que porque tengo sangre judía Hermann no me importa. Eso es lo que crees, ¿verdad?
—No digas tonterías —dijo, ahora seriamente enfadado, Ranzow—. Es mejor que te tomes otra copa.
—Gracias —dijo Berthold—. No veo que otra cosa podías querer decir
—insistió. Lion Feuchtwanger
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—Quería decir exactamente lo que he dicho —respondió tajante Ranzow—. Ni más ni menos. Te prohíbo seriamente, Berthold, suponer en mis palabras semejantes tonterías. Berthold se encogió de hombros.
—Naturalmente tienes razón, tío. No me debes ninguna explicación.
Sonó tan amargo y acremente resignado que Joachim Ranzow, saliendo ahora de su propio terreno, se empeñó en volver a encarrilar al chico, al que quería.
—Tu madre no te entendería, Berthold —dijo—. Quizá lo que he dicho no haya sido expresado de forma especialmente feliz. Ahora todos tenemos la cabeza llena de preocupaciones. Pero me resulta realmente incomprensible que hayas podido entender una cosa así. Berthold asintió varias veces con la gran cabeza; era un movimiento como el que su padre a veces hacía, parecía preocupado y adulto. El chico le dio pena a Ranzow.
—Sé razonable, Berthold —dijo; era un ruego y una disculpa—. Acepta un buen consejo. No es fácil para un hombre cercano a los cincuenta decir cómo actuaría hoy si fuera joven. Cuando yo tenía tu edad, los tiempos eran distintos. Entonces, te lo digo claramente, yo en tu lugar no me habría retractado. Si hoy estuviera en tu lugar, lo sé, o, si he de ser sincero, estoy casi seguro, me retractaría. Te ayudarás a ti mismo y nos ayudarás a todos si lo haces. Apenas se hubo marchado Berthold cuando Ranzow llamó a su hermana Liselotte. Le contó
brevemente su conversación con Berthold y añadió con sinceridad que él no estaba en buena forma cuando el chico vino a visitarlo. Pensaba que Berthold se tomaba el asunto de manera más trágica de lo que era. Liselotte debía intentar influir en él.
Pero Joachim Ranzow no hablaba con la Liselotte que él conocía. Había cambiado completamente. Tenía que venir, le pidió con insistencia, tenía que ayudarla. Tenía que mostrar confianza todo el día delante de su marido y de su hijo. Ya no podía más. Ante ellos, se avergonzaba terriblemente de ser alemana. Tenía que ayudarse por una vez a sí misma, se quejó, tenía que tener a alguien con quien poder desahogarse. Ranzow se dominó, la tranquilizó, encontró palabras que le sonaron casi auténticas a él mismo.
Lamentaba amargamente haber perdido los nervios por un instante con el chico. No se puede. Tampoco se puede aflojar ni por un instante. Liselotte, la pobre, tenía que estar todo el día haciendo sonar la orquesta en un barco que se hundía. Él había tenido que dominarse durante veinte minutos y había fracasado.
Apretó los alargados labios. Llamó al jefe de sección Free-se, el caído en desgracia, el proscrito. Le pidió que esa noche cenara con él en Kempinski, donde sin duda serían vistos.
Entretanto, Berthold corría de nuevo por las calles de la gran ciudad de Berlín. Había anochecido y hacía frío. Se habían encendido las primeras luces de los escaparates, los primeros anuncios luminosos y las luces de coches aislados, pero aún no se había conectado la iluminación de las
calles. El propio Berthold no sabía por qué no cogía el tranvía o el metro.
Caminaba y caminaba, muy deprisa, como si atendiera un encargo urgente.
Las elecciones eran el domingo; de ahí en ocho días, las calles estaban llenas de gente, por doquier se veían carteles antisemitas y las camisas pardas de los populares. A pesar de su prisa, Berthold miraba a los transeúntes, se fijó en cientos de rostros, los registraba con extraña rapidez.
Sólo que de pronto, cuando uno de ellos devolvió con dureza una mirada suya, se le ocurrió que sin duda miles de esas personas que iban por la calle habían leído aquel artículo sobre él. Le acometió un miedo insensato a que pudieran caer sobre él, matarlo igual que el Larguirucho había matado al redactor Karper.
Aun así, no se dirigió a casa. Siguió recorriendo las calles, mecánicamente, sin objetivo. ¿Qué le importaba Alemania a él, el chico judío? El tío Joachim no había podido querer decir otra cosa, si sus palabras habían de tener algún sentido. Pero si un hombre tan decente e inteligente como tío Joachim piensa que él no es alemán, entonces Vogelsang es algo más que un malvado idiota. Llegó muy tarde a casa; ya estaban esperándolo para la cena. Liselotte le dijo que por la tarde habían estado Ruth y el tío Edgar; Ruth había lamentado mucho no encontrarle en casa. Por lo demás, fue una cena incómoda y taciturna. La que más habló fue Liselotte. Habló de música, de los Lion Feuchtwanger
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conciertos de la Filarmónica. Berthold solía ir a los ensayos generales, el domingo por la mañana. Martin y ella a las representaciones del lunes por la noche. Mañana por la mañana es el ensayo general de la Cuarta de Brahms, además del Concierto para violín. Furtwängler dirige, Karl Flesch interpreta. Es dudoso que Berthold pueda ir mañana temprano, tiene mucho que hacer. Tampoco Martin sabe aún si tendrá tiempo el lunes por la noche.
Berthold se dijo que lo que le exigían era el colmo. Por lo menos podían abrir la boca y volver a hablar con él. Primero se mostraban vehementes y descontrolados, y ahora se sentaban allí y callaban.
—La Cuarta —dijo Liselotte— es la sinfonía en mi menor. El Concierto para violín tiene un primer movimiento espléndido.
Berthold sigue sentado, esperando que su padre hable. Pero calla, y Berthold está indignado. Respiró cuando la cena terminó. Amaba el orden.
Pero esa noche, en la soledad de su habitación, no plegó su ropa tan
cuidadosamente como de costumbre. Se hundió en la cama; aún oyó a lo lejos frenar a un autobús, con largo chirrido; se durmió profunda y firmemente. Durmió mucho. Eran las ocho y media cuando despertó. Se orientó trabajosamente. Hacía mucho que no se levantaba tan tarde. Es domingo, no importa. ¿Qué tiene que hacer hoy? Le asalta: la carta a François.
Hoy estaba despejado, fresco. Se duchó con agua tan helada que le quitaba el aliento. Mientras se secaba la piel enrojecida, supo lo que escribiría al director François: después de haberlo considerado bien, no pensaba retractarse.
Desayunó con buen apetito. ¿Iría a la Filarmónica? Conoce poco a Brahms. Lo que ha oído ha quedado en su memoria. Busca una determinada melodía. La encuentra. Eso le alegra. Ante todo, tiene que llamar a Ruth.
Siente no haber podido verla ayer. Le propondrá ir a dar una vuelta esta tarde. La Filarmónica y Ruth: no puede permitirse las dos cosas. Aún le quedan tareas de matemáticas. Tendrá que quedarse sin concierto. Llama a Ruth y concierta la cita. Mientras está haciendo los trabajos de matemáticas, viene Heinrich. Le da vueltas a algo, por fin lo suelta. Sí, tiene que volver a hablar con Berthold sobre el estúpido asunto Vogelsang.
—Por favor —dice cortésmente Berthold, mirando con atención a Heinrich. Éste busca un asiento inconveniente, pero no encuentra otro que la mesa; se sienta sobre ella y levanta las piernas alternativamente.
—Cuando hoy el historiador Dessau señala —dijo— que, en contra de lo que opinaba antes, ha llegado a la convicción de que la batalla del bosque de Teutoburgo fue la verdadera causa de la decadencia de Roma, eso significa algo. Pero si tú, o yo, o el señor Vogelsang o mi padre dicen algo por el estilo, es simplemente ridículo —señaló el abierto cuaderno de matemáticas de Berthold—. Si hoy el director François me exige que diga solemnemente en el periódico que la frase (a + b)2 =
a2 + 2ab + b2 es falsa y va en contra del honor alemán, o de lo contrario me suspenderá, te digo que aceptaré y lo pondré en el periódico. Con sumo placer.
Berthold escuchó, pensativo. Luego, lentamente, circunspecto, respondió:
—Sin duda tienes razón, Heinrich. Que me retracte o no, no cambia nada los hechos. Es muy amable de tu parte haber venido hasta aquí para decírmelo. Pero hace mucho que ya no se trata del bosque de Teutoburgo ni
de Hermann, ni tampoco de Vogelsang o de mi padre: ahora sólo se trata de mí. No puedo explicártelo, pero es así.
Heinrich sintió oscuramente lo que el otro quería decir. Sabía que tenía los mejores argumentos, pero que aun así Berthold tenía razón. Una gran ira se alzó en su interior contra los idiotas que habían puesto a Berthold en esa situación, al mismo tiempo que un sentimiento de gran amistad hacia él.
—No digas tonterías, Berthold —dijo, y lo dijo con bastante brusquedad, porque estaba furioso por no poder ayudar a su amigo.
Cuando llegó a su casa, su fresco rostro de niño estaba sombrío de rabia.
Se insultaba con los más graves insultos en inglés y alemán porque no era capaz de hacer entrar en razón a Berthold. En el fondo ni siquiera lo deseaba. Berthold estaba hecho de otra pasta y tenía, desde Lion Feuchtwanger
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su punto de vista, razón. 1 ei n rich, normalmente tan razonable, rebosaba de una furiosa y fría indignación. Se sentó, escribió al fiscal, denunció clara y detalladamente lo que Werner Rittersteg le había dicho antes de meter el cuchillo en las tripas al redactor Karper. Una vez escrita esa carta, se tranquilizó. Era como si hubiera cumplido una obligación para con Berthold. Esa tarde, Berthold fue a pasear con Ruth. Caminaron entre un desagradable llovizna de aguanieve, pero no se dieron cuenta, dado el celo con el que discutían. Ruth Oppermann veía lo que todos veían, hasta qué punto Berthold se había hecho más serio y más adulto en unas pocas semanas, qué enjuto se había vuelto su rostro carnoso de audaces ojos. Se lanzó sobre él con redoblada diligencia:
—¿Qué estás haciendo en Alemania? Lo siento por ti. No formas parte de esto. Luego, cuando el tiempo empeoró demasiado, se sentaron en un pequeño café. Allí estaban, con la ropa mojada, rodeados de pequeños burgueses vestidos de domingo. Es que no se había dado cuenta, preguntó Berthold, de cuánto había envejecido su padre en pocas semanas debido a los últimos acontecimientos. Pero Ruth, con voz queda, pero no menos vehemente, se indignó contra los padres:
—Nuestros padres son una estirpe agotada. No nos importan nada, no tienen ningún derecho sobre nosotros. ¿Quién tiene la culpa de todo? Sólo ellos. Ellos hicieron la guerra. No fueron capaces de otra cosa. Eligieron la patria cómoda en vez de la verdadera patria. Mi padre es, personalmente, un
hombre muy decente y un buen científico. También el tuyo es relativamente estupendo. Pero uno no se puede dejar arrastrar por las simpatías personales. Abandona todo esto. Llámate como realmente te llamas: Baruch. Como se llamó Spinoza. No ese tonto Berthold, como el inventor de la pólvora. Te das cuenta, ésa es la diferencia. Los unos inventaron la pólvora, los otros la ley social. Ve a Palestina, allí es donde debemos estar.
En el local lleno de gente olía a comida escasa, a ropa mojada; había ruido y humo en el ambiente. Ninguno de los dos prestaba atención a eso. A Berthold le gustaba la vehemencia de la muchacha, su decisión, su claridad.
La encontraba hermosa. De pronto, lo que decía dejó de parecerle absurdo.
¿No estaba Palestina en realidad tan próxima a él como Alemania? Si Alemania le rechazaba, el otro país no se negaba a ser su patria.
Sólo que, cuando ella se marchó y él se fue solo a casa, sus argumentos palidecieron. Pensó en su tío Joachim, en el claro y rubio rostro de su madre, en sus alargados ojos grises, que él había heredado. No, el hijo de esa madre, el sobrino de ese tío Ranzow no tiene que ir a Palestina. Tiene que quedarse aquí, en este país, con sus pinos, su viento, su llovizna de aguanieve, sus hombres lentos, reflexivos, sólidos, su sentido y su insensatez, su Brahms, su Goethe y su Beethoven, incluso su «Führer».
Él forma parte de este país, sí. Pero este país absurdo quiere que compre su pertenencia a él con algo enteramente antialemán; necio. No, no piensa hacerlo.
Ahora son las seis y media. Mañana temprano, con el primer correo, François espera su retractación. Si no la escribe, será suficiente respuesta.
Ése es el último buzón antes de su casa.
¿Cuándo es la próxima recogida? A las nueve cuarenta. Así que si a las nueve cuarenta no ha echado la carta al buzón, será un buen alemán pero será declarado mal alemán; Si la echa al buzón, no será declarado mal alemán, pero será un mal alemán.
Llega a casa. Otra de esas cenas horribles y silenciosas. No habrá terminado antes de las nueve. También hoy Berthold espera que su padre hable. En vano. Mira el rostro de su madre, que está más cerrado, menos luminoso que de costumbre. No hay solución para él. No puede irse de este país. Si este país exige que haga algo malo, tiene que hacerlo.
Eran más de las nueve cuando terminó la cena. A pesar de lo silenciosa e incómoda que había sido, los tres se quedaron aún un rato en torno a la
mesa recogida. Berthold quería levantarse, pero estaba como paralizado, esperaba. Por fin, su padre habló.
—Por cierto, Berthold —dijo, con llamativa ligereza—, ¿has hecho algo sobre tu asunto con el profesor Vogelsang?
—Debía comunicar al director François, antes de mañana, si me retractaba. No le he escrito. Lion Feuchtwanger L o s h e r m a n o s O p p e r m a n n
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Ahora es demasiado tarde, ya no recogen el correo.
Martin le miró, pensativo, amable, corpulento, con sus tristes ojos.
—Podrías escribir una carta urgente —dijo al cabo de un rato. Berthold reflexionó. Era como si sólo pensara en cómo resolver técnicamente la entrega a tiempo de la carta.
—Sí, podría —respondió.
Dio las buenas noches a sus padres, fue a su cuarto. Escribió al director François, «urgente», que estaba dispuesto a retractarse. Llevó él mismo la carta al buzón, la echó. Sus compañeros habían hecho apuestas acerca de si Berthold se retractaría o no. Las apuestas estaban cinco a uno a favor del sí.
Ardían en deseos de saber qué había pasado, pero les daba miedo preguntarle. Berthold, en el primer descanso del lunes por la mañana, estaba solo en su pupitre. Uno u otro hubiera arriesgado una indirecta, pero las amenazadoras miradas de Heinrich hacían que se charlara, con marcada alegría, de cosas sin importancia. De pronto, Kurt Baumann se acercó a Berthold. Su joven y redondo rostro estaba rojo, su voz no era del todo segura:
—Creo —dijo— que teníamos una cita hace poco, Berthold. Pero me equivoqué de día. Pensé
que era para el viernes.
Hacía falta valor para hablar con Berthold ahora, ante las atentas miradas de los otros.
—Era para el martes, Kurt —dijo éste—, pero no importa.
Se alegraba de ver a Kurt Baumann.
—Fue un estúpido malentendido —repitió una vez más, enfático, Kurt Baumann. Luego Heinrich Lavendel se unió a ellos. Los tres se quedaron juntos durante todo el descanso, contentos, charlando sobre coches.
—
—No, gracias, Schlüter —dijo Gustav—; déjelo como está.
Estaba sentado, con el periódico que acababa de leer en el regazo, en la penumbra; sólo estaba encendida la pequeña lámpara de pie. En cuanto Schlüter se hubo marchado se levantó, echó hacia atrás con fuerza el pesado sillón, caminó de un lado a otro; su rostro se contrajo en una mueca aún más sombría, rechinó levemente los dientes.
Los artículos contra él, por necios que fueran, habían revuelto las aguas.
Muchos de sus conocidos del club de teatro respondían forzadamente cuando les hablaba, trataban de interrumpir pronto la conversación. Incluso el cortés doctor Dorpmann, de la editorial Minerva, había estado condenadamente reservado cuando Gustav le llamó ayer. Gustav está seguro de que hoy no obtendría el contrato sobre la biografía de Lessing. A veces le dan ganas de irse simplemente de Berlín, de salir corriendo.
«En estas regiones, el termómetro no cae por debajo de 29 bajo cero», le ha dicho a su sobrino Berthold. Un consuelo frívolo y barato. Ahora que de pronto su Berlín se ha vuelto tan frío y tenebroso, que su rostro amable y familiar se ha desfigurado de la noche a la mañana para convertirse en tan perversa máscara, advierte lo poco que significa una sentencia así. Amigos a los que se creía unido se apartan de su camino. Cada día son más; lo que parecía firme para siempre se rompe antes de haberlo podido agarrar. Sabe Dios que no es hombre temeroso, lo ha demostrado en la guerra y en alguna otra ocasión; pero ahora, en ocasiones, le parece como si toda la gran ciudad estuviera a punto de caer sobre él, de aplastarlo bajo su gigantesca masa, y se adueña de él un miedo físico.
Es espantoso estar solo en estos días, con la decepción y la furia impotente en la boca del estómago. Lleva casi tres semanas sin ver a Mühlheim. Mühlheim tuvo razón al irse disgustado, en aquella ocasión.
Todos tenían razón, por desgracia; han venteado a tiempo el odio alrededor, sólo él ha sido ciego, tonto, ingenuo como Sigfrido, caminando rodeado de enemigos. Qué bravía y qué
alemana necedad le dijo a François cuando vino a verle a cuenta del chico. En verdad, los otros tenían que haberlo tomado por idiota. ¿Tendrá que dejarse expulsar el muchacho para que él, Gustav, pueda decir contento: al menos uno de la familia va a servir de héroe para un libro de lectura?
No, Mühlheim tiene razón al sentirse ofendido. Mühlheim le ha aconsejado bien, se ha esforzado Lion Feuchtwanger L o s h e r m a n o s O p p e r m a n n
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en vano para insuflarle un poco de raciocinio, y él, en vez de agradecérselo, ha contestado con patéticas generalidades, le ha echado una bronca. Es una locura haber dejado pendiente ese asunto durante tanto tiempo, hace mucho que tenía que haberlo arreglado.
Descuelga el auricular, pide el número de Mühlheim. El criado de éste contesta. No, el señor profesor no está en casa, tampoco en el despacho, no va a venir a cenar, no ha dejado dicho dónde encontrarlo. Sin duda, le dirá que el señor ha llamado.
Gustav cuelga. Su ira se esfuma, se transforma en una sorda pena.
Ahora que no ha encontrado a Mühlheim, no hay nadie con quien poder desahogar su angustia. ¿Sybil? Por supuesto que se interesa, se esfuerza en comprender el gran y espantoso cambio que se ha producido a su alrededor.
Pero a ella apenas le afecta ese cambio, y el saciado no puede comprender al hambriento. Una vez más percibe dolorosamente que Sybil siempre se mantiene en la periferia de su existencia. ¿Y
Gutwetter? Oh, Dios, seguro que él es sincero. Pero su visión es a tan largo plazo, en aspectos tan generales, que no sirve de nada.
Anna. Ella le comprendería. Tendría que ir algún día a Stuttgart para hablar con ella en condiciones. Sí, eso es lo mejor, así lo hará. Le escribirá enseguida que va a ir, y por qué. Enciende la luz. Empieza a escribir. Pero a plena luz todo tiene otro aspecto. Sin duda a Anna le parecerá sentimental, pueril, que quiera ir a Stuttgart sólo para intercambiar sentimientos generales con él. La verdad es que a él mismo le resulta sentimental. Pero se lo ha propuesto. Sigue escribiendo. Relee la primera hoja. Las palabras están llenas de falsa ironía, llenas de convulsiva frivolidad. No, así no puede escribirle a Anna. Rompe la carta.
Trató de trabajar. No pudo. Cogió un libro, lo volvió a dejar. La tarde se extendía, larga y desértica, ante él. Por fin, se fue al club de teatro.
Eran corteses con él, pero su excitada desconfianza olfateaba el rechazo por todas partes. Comió
solo. Ya iba a marcharse a casa cuando el profesor Erkner, un conocido hombre de teatro, le invitó a una partida de écarté. Gustav, contento con la distracción, jugó al principio con entrega. Pero pronto su interés cedió.
Mühlheim, la biografía de Lessing, Anna, todo se le apelotonaba delante de las cartas. Parpadeaba nervioso, jugaba distraído. Pero también el profesor Erkner, su adversario, jugaba distraído. El teatro de Berlín, dos años antes el mejor de Europa, había decaído con rapidez debido al movimiento nacional;
si los populares llegaban realmente al poder, la escena alemana estaría definitivamente perdida. Así que el hombre de teatro no tenía preocupaciones menores que él. Gustav comprobó con sorpresa que, cuando acabaron, había ganado una suma importante. Se embolsó sus ganancias, distraído. Prometió al profesor la revancha una de las próximas tardes. Alzó la vista hacia donde el señor von Rochlitz se entretenía con otros conocidos, expectante por saber si cuando pasara delante de él, Rochlitz le detendría, cambiaría unas frases con él, como hacía con frecuencia. El señor von Rochlitz saludó con la mano: «Hola, Oppermann», continuó su conversación, le dejó pasar de largo. Gustav miró al frente, siguió su camino con paso rígido, no demasiado rápido, pisando con firmeza. Hubo más gente que le saludó con la mano, con cortesía, pero visiblemente no muy interesada en hablar con él.
Gustav siguió adelante, siempre mirando al frente. Cerca de la entrada de la sala de juego estaba el viejo criado Jean. Esperaba su acostumbrada moneda de cinco marcos. Gustav pasó de largo ante él, distraído, ni siquiera le saludó con la cabeza. El rostro del anciano mostró estupefacción. Tardó casi medio minuto en recuperar su contenida dignidad.
Esa noche del lunes al martes, poco después de las tres de la mañana, Gustav fue arrancado de su sueño por el teléfono situado junto a su cama.
La voz de Mühlheim salió del aparato. Tenía que hablar con Gustav, ahora, enseguida. No podía decirle por teléfono de qué se trataba. Dentro de veinte minutos estaría en su casa.
Gustav, alterado, soñoliento, se puso el batín negro y se enjuagó la boca reseca. ¿Qué estaba pasando? La voz de Mühlheim había sonado completamente distinta. Gustav parpadeó nervioso, tenía un ligero dolor de cabeza, una incómoda sensación en el estómago. Mühlheim llegó al fin.
Mandó esperar al taxista. Todavía en la puerta de la casa, mientras Gustav Lion Feuchtwanger
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le hacía pasar, dijo:
—El Reichstag está ardiendo.
—¿Qué? —preguntó a su vez Gustav—. ¿Que el Reichstag está ardiendo?
No entendía. ¿Por eso le había sacado Mühlheim de su sueño? Con incómoda tensión, esperó la explicación de Mühlheim.
Pasó una eternidad hasta que Mühlheim se quitó el abrigo, hasta que llegó al despacho de Gustav. Por fin, se sentaron el uno frente al otro.
Gustav había encendido la luz del techo, la habitación estaba demasiado iluminada. A la áspera luz, vio que Mühlheim se había afeitado mal y su rostro estaba especialmente arrugado. Normalmente las muchas y profundas arruguitas forman una especie de máscara intencionada; hoy hacían viejo y gastado a Mühlheim.
—Tienes que irte —dijo Mühlheim—. Tienes que cruzar la frontera.
Enseguida. Mañana mismo. Gustav se puso en pie, los ojos y la boca neciamente abiertos; las borlas del cordón de su bata, mal atado, rozaban el suelo.
—¿Qué? —preguntó.
El Reichstag está ardiendo —repitió Mühlheim—. Han emitido un comunicado en el que dicen que los comunistas le han prendido fuego.
Naturalmente, eso es absurdo. Lo han incendiado ellos. Querían tener material para prohibir a los comunistas, con el fin de alcanzar la mayoría absoluta solos, sin el Partido Nacional Alemán. Una cosa es segura: ahora no pueden echarse atrás. Después de este acto de violencia sólo pueden seguir con un terror cada vez más desatado. Está claro que ahora van a llevar a cabo el programa que tenían preparado para la noche en que fue elegido Hindenburg. Tú les eres odioso. En los últimos días te has convertido en foco de su atención. Querrán dar un escarmiento a tu costa.
Tienes que irte, Oppermann, cruzar la frontera, enseguida. Gustav trató de seguir los argumentos. No podía. Las palabras caían como golpes sobre su cabeza. ¿Qué tonterías estaba diciendo Mühlheim? Así se combatían quizá las bandas de gánsters en algún lugar de Centroamérica. Pero, ¿los partidos políticos? ¿En Berlín? ¿En 1933? Mühlheim era presa de un colapso nervioso.
—Hace frío en tu casa —dijo Mühlheim de pronto, y se estremeció ligeramente. El propio Gustav, arrancado del sueño, tenía una leve sensación de frío.
—Pondré la calefacción —dijo, levantándose.
—Déjalo —rechazó Mühlheim—. Podrías darme un coñac.
Estaba muy excitado, su voz sonaba seca. Gustav le sirvió el coñac. Está claro, pensó Gustav, mientras Mühlheim tragaba el coñac, que el ambiente de pánico que le rodea le ha trastornado. Incendiar el Reichstag. Tendrían que estar locos. ¿Cómo pueden pretender sacar adelante una mentira tan
inmensa, tan burda? Así se puede montar el incendio de Roma por Nerón en una novela barata. Pero hoy no se puede hacer eso, en la era del teléfono y la rotativa. Miró a Mühlheim, que se servía un segundo coñac. El «ojo de Dios» iba de un lado para otro, el cuadro de Immanuel Oppermann miraba de frente, rígido y sin vida bajo la luz estridente; eran las cuatro y nueve.
Quizá tenga razón. Hace cuatro semanas habría creído imposibles acontecimientos que entretanto han ocurrido. Mühlheim no es ningún fantasioso. Están ocurriendo cosas tremendas. De ninguna manera puede irritarle, contradecirle con brusquedad. No quiere volver a perderlo. Con mucha cautela, le habla de sus dudas.
Mühlheim hizo un gesto de rechazo.
—Desde luego que el incendio es inmensamente burdo y necio —dijo
—. Pero todo lo que han hecho es burdo y necio, y aun así hasta ahora nunca han errado el tiro. Han especulado con una lógica espantosa con la estupidez de las masas, el Führer mismo ha calificado abiertamente tal especulación, en las primeras ediciones de su libro, como el principio básico de su praxis política:
¿por qué no iban a seguir haciéndolo? Han seguido mintiendo, terriblemente conscientes de sus objetivos, en el mismo punto en que el gran cuartel general tuvo que dejarlo al final de la guerra. Y
los campesinos y la pequeña burguesía han creído cada una de sus mentiras. ¿Por qué no iban a creerse ésta? En verdad, el axioma por el que se rigen esos tipos es de una terrible sencillez: tú Sí es No y tu No es Sí.
Ellos no se detienen en sutilezas innecesarias. Son unos gigantescos maquiavelos, Lion Feuchtwanger
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espantosamente embrutecidos, pequeñoburgueses. Deben sus éxitos precisamente a esa primitiva astucia campesina. Los demás siempre suponen que nadie va a tragarse semejante tosquedad. Y, una y otra vez, se la tragan.
Gustav trataba de escuchar. Lo que Mühlheim decía parecía tener sentido, pero Gustav no quería creerlo; todo en él se negaba.
Mühlheim siguió hablando:
—Esa consecuente confesión de principio de que la mentira es el supremo principio político es sin duda interesantísima. Si no tuviéramos tanta prisa, me encantaría demostrártela aun innumerables ejemplos. Pero
ahora sólo puedo hacer una cosa: te ruego encarecidamente que te vayas, que cruces la frontera, mañana, enseguida.
Ahí estaba otra vez. Eso era lo que Mühlheim había dicho al principio.
Gustav no había querido oírlo, pero sabía que Mühlheim volvería sobre ello. Qué absurdo. Porque el Reichstag esté ardiendo, él, Gustav, debe marcharse de Berlín. De pronto, vio que arrastraba la borla de la bata, se arregló los cordones, los ató correctamente. Naturalmente, todo seguirá tranquilo en Alemania: en ese caso, qué ridículo estar al otro lado de la frontera. Pero no puede decírselo a Mühlheim. No puede permitirse volver a ofenderle. No puede pasarse sin él, está perdido sin él, le necesita como al aire que respira.
Cautelosamente, trata de exponer a Mühlheim por qué no puede irse ahora. El Lessing va muy bien. Frischlin está compenetrado con el trabajo, avanzan a las mil maravillas. No puede dejarlo.
¿No estará Mühlheim viendo las cosas demasiado negras? Se vuelve elocuente. Trata de fortalecerse a sí mismo con sus argumentos. Pero apenas ha empezado a hablar, sabe que Mühlheim tiene razón. Hasta ahora, Mühlheim siempre ha tenido razón. Lo que él dice no son más que tonterías sentimentales, lo que dice Mühlheim es la realidad. Aun así sigue hablando, sin énfasis. Mühlheim nota esta laxitud. Había esperado que Gustav hiciera muchas más tonterías. Se sentía aliviado de que se resistiera con tan poca fuerza. Si Gustav hubiera planteado dificultades serias, él no habría tenido en esta negra noche la fuerza suficiente para persuadirle. Gustav vio lo agotado que estaba Mühlheim. Qué luz espantosamente estridente ha encendido. Apagó la lámpara del techo. Mühlheim había recuperado el control de sí mismo.
—No busques excusas, Oppermann —dijo—. No te imagines cosas.
Esos tipos harán lo que se han propuesto. Se han propuesto hacer picadillo a todos los adversarios que se encuentren. Son unos imbéciles, y creen que tú eres un adversario. Sólo puedo decirte una cosa: lárgate. Vete a Dinamarca.
O a Suiza. La información sobre nevadas no es buena, pero se puede pasar.
No hagas que me quede aquí —dijo con repentina energía— largándote alegatos durante horas. Tengo miles de cosas que hacer. Mañana será un día agitado para mí. Me gustaría dormir tres o cuatro horas. No te librarás de mí antes de haber dicho que sí. Di que sí, Oppermann. Gustav vio la urgencia, la excitación del otro. Le creía, aunque seguía sin comprender del todo los detalles.
—¿Pero tú vendrás conmigo? —preguntó tontamente, como un niño pequeño.
—Comprende que no puedo hacerlo —respondió impaciente, casi áspero, Mühlheim—. Yo no estoy amenazado, al menos por el momento.
Jamás me he expuesto como tú. Y aquí soy más importante que tú, con todos los respetos para tu Lessing. Mañana en mi despacho habrá quince o veinte personas para las que soy todo lo que les queda. No puedo recitarte todo el código, muchacho
—se interrumpió de pronto y se levantó—. Te lo digo por última vez: si no quieres que te metan en chirona, o algo peor, lárgate.
Gustav se sintió de pronto extraordinariamente tranquilo. Quería a Mühlheim cuando se ponía un tanto vehemente. Siempre tenía razón en esos casos. Secamente, imitando el tono de su amigo, respondió:
—Te vas a reír: lo haré. Me marcho, mañana. Ahora tomaremos otro coñac, y luego te irás a casa y te acostarás. O si quieres puedes quedarte a dormir aquí. Te dejaré dos o tres días para tus negocios, y luego vendrás conmigo.
Mühlheim respiró audiblemente.