Los hermanos Oppermann

Lion Feuchtwanger · Capítulo 4 de 7 · parte 1/4

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Los hermanos Oppermann

Obras

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Die häßliche Herzogin Margarete Maultasch Jud Süß - 1925

Der falsche Nero - 1936

Moskau 1937 - 1937

Unholdes Frankreich y Der Teufel in Frankreich -1941

Die Brüder Lautensack y Die Zauberer - 1943

Simone - 1944

Die Füchse im Weinberg y Waffen für Amerika 1947 - 1948

Goya - 1951

Narrenweisheit oder Tod und Verklärung des Jean-Jacques Rousseau -

1952

Die Jüdin von Toledo y Spanische Ballade - 1955

Jefta und seine Tochter - 1957

La trilogía Wartesaal

Erfolg. Drei Jahre Geschichte einer Provinz - 1930

Die Geschwister Oppenheim y Die Geschwister Oppermann - 1933

Exil - 1940

La trilogía Josephus

Der jüdische Krieg - 1932

Die Söhne - 1935

Der Tag wird kommen y Das gelobte Land - 1942

Lion Feuchtwanger

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Índice*

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Libro primero. Ayer

137 Libro segundo. Hoy

255 Libro tercero. Mañana

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* La numeración corresponde al libro impreso. Nota del escaneador.

Lion Feuchtwanger

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Libro primero

AYER

La chusma no teme a nada más que al entendimiento.

Debería temer a la necedad, si comprendiera qué significa la palabra terrible.

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GOETHE

Cuando el doctor Gustav Oppermann despertó aquel 16 de noviembre, día de su quincuagésimo cumpleaños, faltaba mucho para que saliera el sol.

Eso le resultó desagradable, porque el día iba a ser agotador, y se había propuesto dormir bien.

Desde su cama divisaba unas pocas y exiguas copas de árboles y un trozo de cielo. El cielo estaba alto y despejado, sin rastro de la niebla tan frecuente en noviembre. Se estiró y desperezó, bostezó. Ya despierto, apartó con decisión la manta de la ancha y baja cama, sacó ambas piernas con agilidad, cambió el calor de las sábanas y las mantas por la fría mañana y salió al balcón.

Ante él, un pequeño jardín en tres terrazas descendía hasta el bosque; a derecha e izquierda se elevaban colinas boscosas; también al otro lado del fondo lejano y cubierto de árboles se alzaba un terreno ondulado y boscoso.

Desde el pequeño lago que, invisible, había abajo a la izquierda, desde los pinos de Grunewald, subía un agradable frescor. Respiró hondo y con satisfacción el aire del bosque, en el gran silencio que precedía a la mañana.

A lo lejos llegaba en sordina el golpear de un hacha; le gustó oírlo, el sonido uniforme subrayaba el silencio reinante. Gustav Oppermann, como cada mañana, se alegró de tener su casa. ¿Quién que fuera traído aquí sin previo aviso podía sospechar que se encontraba a tan sólo cinco kilómetros de distancia de la iglesia memorial, el centro del Berlín occidental? En verdad, ha escogido el lugar más hermoso de Berlín para instalarse. Aquí disfruta de toda la paz campestre que pueda desear, y además de todas las ventajas de la gran ciudad. Hace pocos años que construyó y amuebló esta su pequeña casa en la Max Reger Strasse, pero siente que ha crecido a la par con la ciudad y el bosque; cada uno de los pinos que le rodean es un trozo de sí mismo; él, el pequeño lago y el camino de arena de allí abajo, felizmente vedado a los coches, se pertenecen mutuamente.

Permaneció un rato en el balcón, respirando la mañana y el paisaje familiar sin pensar demasiado. Luego, empezó a tener frío. Se alegró de que aún le quedara una horita hasta la diaria cabalgada matinal. Regresó al calor de la cama.

Pero no concilió el sueño. El maldito cumpleaños. Habría sido más inteligente irse de Berlín y sustraerse a semejante alboroto.

Ya que estaba aquí, por lo menos tenía que dar a su hermano Martin el gusto de ir hoy al trabajo. Los empleados, tal como son, se ofenderían si no recibiera en persona sus felicitaciones. Oh, vamos. Es incómodo plantarse allí y escuchar las ruborizadas felicitaciones de la gente. Naturalmente, un verdadero director general tiene que asumir esas cosas. Director general.

Tonterías. Martin es el mejor hombre de negocios, por no hablar de su cuñado Jacques Lavendel y de los apoderados Brieger y Hintze. No, hace bien en mantenerse tan lejos del negocio como le es posible.

Gustav Oppermann bosteza ruidosamente. Un hombre en su situación tendría en realidad el maldito deber de estar de mejor humor el día en que cumple cincuenta años. ¿Acaso no han sido buenos esos cincuenta años?

Ahí está él, propietario de una hermosa casa, adecuada a sus gustos, de Lion Feuchtwanger

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una considerable cuenta bancaria, de una valiosa participación en un negocio, coleccionista y apreciado entendido en materia de libros, poseedor de la medalla de oro al deporte. Sus dos hermanos y su hermana le quieren, tiene un amigo en el que puede confiar, innumerables y satisfactorios conocidos, tantas mujeres como desee, una amante cariñosa. ¿Qué más quiere? Si hay alguien que tiene motivos para estar de buen humor en un día así, es él. ¿Por qué, maldita sea, no lo está? ¿A qué se debe?

Gustav Oppermann resopla molesto, se vuelve del otro lado, cierra con decisión los pesados párpados, mantiene inmóvil sobre la almohada la gran, carnosa, varonil cabeza. Ahora va a dormir. Pero la impaciente decisión no sirve de nada, no concilia el sueño. Sonríe travieso, juvenil. Lo intentaría con un medio que no ha empleado desde su juventud. Me va bien, mejor, de fábula, piensa. Y una y otra vez, mecánicamente: me va bien, mejor, de fábula. Cuando lo haya pensado doscientas veces, se habrá dormido. Lo piensa trescientas, y no se duerme. Y eso que realmente le va bien. De salud, económica, espiritualmente. A sus cincuenta años, bien puede decirlo, aparenta poco más de cuarenta. Y así se siente. No es demasiado rico ni demasiado pobre, ni demasiado sabio ni demasiado necio. ¿Logros?

El poeta Gutwetter jamás se habría abierto paso sin él. Eso ya es algo.

También ha ayudado al doctor Frischlin a establecerse. Lo que ha publicado

él mismo, un par de escritos sobre hombres y libros del siglo XVIII, son obras decentes para un hombre ocioso, nada más, no se hace ilusiones. Aun así, no está mal para el director general de una empresa de muebles. Él es un hombre normal, sin especiales dotes. Lo normal es lo mejor. No es ambicioso. O no demasiado.

Diez minutos más, y podrá prepararse para el paseo a caballo matinal.

Rechina un poco los dientes, tiene los ojos cerrados, pero ya no piensa en dormir. Para ser sincero, desde luego que hay cantidad de cosas que aún desea. Primer deseo: Sybil es una amiga que muchos le envidian, con razón.

La bella e inteligente Ellen Rosendorff le quiere más de lo que merece. De todas formas, si hoy no llegara determinada carta de determinada persona, sufriría una grave decepción. Segundo deseo: naturalmente, no cuenta con que la editorial Minerva le contrate su biografía de Lessing. Tampoco es importante si en tiempos como los que corren se cuenta una vez más o no la vida y la obra de un autor que murió hace ciento cincuenta años. No obstante, si la editorial Minerva rechaza el libro le dará un buen disgusto.

Tercer deseo...

Ha abierto los ojos: son ojos marrones, profundos. No parece tan contento, tan conforme con el destino como creía hace apenas un minuto.

Profundas arrugas verticales sobre la poderosa nariz, las gruesas cejas enérgicamente fruncidas, mira con esfuerzo, sombrío, al techo. Es curioso cómo su fuerte rostro refleja enseguida cada giro de su mente impaciente, a menudo cambiante. Si la gente de Minerva edita el Lessing, necesitará más de un año para prepararlo. Si no lo hacen, meterá el manuscrito tal cual está en un cajón. ¿Qué hará entonces durante el invierno? Podría ir a Egipto, a Palestina. Hace mucho que lo tiene previsto. Hay que haber visto Egipto, Palestina.

¿Realmente hay que hacerlo?

Tonterías. ¿Para qué estropear un día tan hermoso con tales consideraciones? Afortunadamente es la hora de la cabalgada matinal.

Recorre el jardincito que da a la puerta de la Max Reger Strasse. Su cuerpo está un poco relleno, pero bien entrenado, camina a paso firme y rápido, pisando con firmeza, pero lleva con ligereza la pesada cabeza. El criado Schlüter está en la puerta, le felicita. También Bertha, la mujer de Schlüter, la cocinera, sale y le felicita. Gustav, radiante, da las gracias en voz alta, cordial, entre abundantes risas. Sale a cabalgar. Sabe que ahora mismo están mirándolo. No pueden sino constatar que se conserva

condenadamente bien para ser un cincuentón. Además, a caballo tiene un aspecto especialmente atractivo, más alto de lo que en realidad es; porque tiene las piernas un poquito cortas, pero el torso muy largo. Como Goethe, suele observar su amigo de la asociación de bibliófilos, el director François, del instituto Königin Luise, al menos una vez cada cuatro semanas. Gustav se encuentra por el camino a algunos de sus conocidos, saluda con un alegre gesto de la mano, no se entretiene. La cabalgada le sienta bien. Regresa excitado. Bañarse y ducharse es algo espléndido. Canturrea, complacido y mal, algunas melodías no del todo fáciles, tose con fuerza bajo Lion Feuchtwanger

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la ducha. Desayuna abundantemente.

Pasa a la biblioteca, la recorre unas cuantas veces con paso firme y rápido, pisando con firmeza. Disfruta de la hermosa estancia y de su oportuna decoración. Finalmente, se sienta ante la gran mesa de trabajo. Las anchas ventanas apenas le separan del paisaje, está sentado como al aire libre, y ante él, formando un grueso montón, yace su correo matutino, el correo de su cumpleaños. Gustav Oppermann siempre abre el correo con una leve y alegre curiosidad. Desde la primera juventud, ha mantenido muchas relaciones: ¿cómo reaccionarán? Aquí está el correo de cumpleaños, felicitaciones, ¿qué más? Tiene alguna esperanza de que de entre esas cuarenta o cincuenta cartas llegue a su vida algo emocionante. Al principio las deja sin abrir, las reparte por remitentes, los indicados y los intuidos. Entonces experimenta una leve y súbita emoción: es la carta de Anna, la carta que ha estado esperando. La sostiene en sus manos por unos instantes. Un corto y nervioso parpadeo. Luego un resplandor juvenil recorre su rostro, la deja a un lado, bastante apartada, quiere guardarse esa carta como un niño que deja para el final el plato que más le gusta. Empieza a leer las otras. Felicitaciones. Son agradables, pero no precisamente sensacionales. Vuelve a coger la carta de Anna, la sopesa en la mano, coge el abrecartas. Titubea. Finalmente, se alegra de ser molestado por una visita.

El visitante es su hermano Martin. Martin Oppermann viene hacia él, con su paso un poco pesado, como siempre. Gustav quiere a su hermano, y le desea lo mejor. Pero, constata para sus adentros, Martin, que tiene dos años menos, parece mayor que él. Los hermanos Oppermann se parecen, todo el mundo lo dice, seguro que es verdad. Martin tiene la misma gran

cabeza que él, y también sus ojos están bastante hundidos en las cuencas.

Pero los ojos de Martin resultan algo tristes, extrañamente somnolientos; todo en él es más pesado, más carnoso. Martin le tiende ambas manos.

—¿Qué te puedo decir? Sólo puedo desearte que todo siga como está.

Te lo deseo de todo corazón.

Los Oppermann tienen voces gruñonas, no gustan, a excepción de Gustav, de mostrar sus sentimientos; todo en Martin es contenido, digno.

Pero Gustav percibe la cordialidad. Martin Oppermann ha traído su regalo.

El criado Schlüter lo acerca. De un gran paquete sale un cuadro, un retrato.

Es un busto, ovalado. Sobre un cuello de camisa bajo como el que se llevaba en los años noventa, encima de un cuello bastante corto, se asienta una gran cabeza. La cabeza es carnosa y tiene, sobre unos ojos hundidos, un poco somnolientos, los ojos de los Oppermann, una frente pesada y abombada. La cabeza parece astuta, reflexiva. Es la cabeza de Immanuel Oppermann, el abuelo, el fundador de Muebles Oppermann. Así era al cumplir sesenta años, poco después de nacer Gustav.

Martin ha puesto el cuadro encima de la gran mesa de trabajo y lo sostiene entre sus manos carnosas y cuidadas. Gustav, con sus ojos pardos y reflexivos, mira los ojos pardos y astutos de su abuelo Immanuel. No, el cuadro no es muy bueno. Es anticuado, sin mucho valor artístico. No obstante, los cuatro hermanos Oppermann aprecian ese retrato, les es querido y familiar desde su primera juventud, probablemente ven en él más de lo que tiene. A Gustav le gusta tener vacías las luminosas paredes de su casa, solamente hay un cuadro en toda ella, en la biblioteca; pero siempre había deseado tener ese retrato del abuelo Immanuel para su despacho.

Martin, por otra parte, consideraba que su sitio estaba en el despacho principal de la empresa. Gustav, aunque por lo demás se llevaba bien con Martin, le había tomado a mal que le negara el cuadro. Así que ahora lo contemplaba lleno de alegría y satisfacción. Sabía que para Martin había sido un sacrificio separarse de él. Charlatán, radiante, expresó su alegría, su gratitud. Cuando Martin se fue, llamó al criado Schlüter y le indicó que colgara el cuadro. El sitio estaba elegido desde hacía mucho tiempo. Así que ahora, enseguida, lo iba a colgar realmente allí. Gustav esperó ansioso a que Schlüter concluyera su trabajo. Por fin. Despacho, biblioteca y la tercera estancia de la planta baja, la habitación del desayuno, se entrelazaban de manera orgánica. Lentamente, con cuidado, Gustav dejó vagar los ojos desde el retrato de Immanuel Oppermann, el abuelo, su

pasado, hasta el otro cuadro de la casa, hasta ahora el único, el de la biblioteca: el retrato Lion Feuchtwanger

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de Sybil Rauch, su amiga, su presente.

No, la verdad es que el cuadro de Immanuel Oppermann no era una obra importante. El pintor Alexander Joels, que lo había pintado en su tiempo por encargo de los amigos de Immanuel Oppermann, había sido sobrevalorado entonces de forma grotesca. Hoy ya no lo conocía nadie.

Pero lo que Gustav Oppermann valoraba en el cuadro era algo distinto de su valor artístico. Él y sus hermanos veían en ese retrato al hombre mismo y a su obra.

En sí, la obra de Immanuel Oppermann no era nada grandioso, sólo negocio y éxito. Pero para la historia del judaísmo berlinés era mucho más.

Los Oppermann residían en Alemania desde tiempo inmemorial. Procedían de Alsacia. Habían sido allí pequeños banqueros, comerciantes, plateros y orfebres. El bisabuelo de los actuales Oppermann se había trasladado desde Fürth, en Baviera, hasta Berlín. El abuelo, ese Immanuel Oppermann, había hecho considerables envíos de suministros al ejército alemán que operaba en Francia en los años 1870-1871; en un escrito que ahora colgaba enmarcado en el despacho principal de Muebles Oppermann, el silencioso mariscal de campo Moltke certificaba que el señor Oppermann había prestado buenos servicios al ejército alemán. Pocos años después Immanuel había fundado Muebles Oppermann, una empresa que fabricaba mobiliario para la pequeña burguesía y atendía de forma económica a su clientela por medio de la estandarización de sus productos. Immanuel Oppermann quería a sus clientes, los tanteaba, averiguaba sus deseos ocultos, les creaba nuevas necesidades, respondía a ellas. Hasta muy lejos eran conocidos sus joviales chistes, que mezclaban agradablemente el sano entendimiento de los berlineses con su personal y benévolo escepticismo. Se convirtió en un personaje popular en Berlín y, pronto, más allá de Berlín. No fue ningún rasgo de arrogancia que más adelante los hermanos Oppermann convirtieran su retrato en marca de fábrica de la empresa. Mediante su sólida y múltiple vinculación con la población, contribuyó a convertir la emancipación de los judíos alemanes, estipulado en unos párrafos escritos en papel, en un hecho, a hacer de Alemania una auténtica patria para los judíos.

El pequeño Gustav había llegado a conocer bien a su abuelo. Iba tres veces por semana a su casa en la Alte Jacobstrasse, en el centro de Berlín.

La imagen de ese caballero bastante obeso, sentado cómodamente en su sillón orejero negro, con un gorrillo en la cabeza, un libro en la mano o en el regazo y a menudo una copa de vino al lado, se había grabado profundamente en el muchacho, inspirando respeto y al mismo tiempo familiaridad. En el domicilio del abuelo se sentía en un lugar de devoción, y sin embargo en casa. Podía hurgar sin trabas en la gigantesca biblioteca; aquí había aprendido a amar los libros. El abuelo no dejaba de explicarle lo que no entendía de esos libros, parpadeando astuto con ojos somnolientos, equívoco, sin que nunca se supiera si hablaba en broma o en serio. Nunca en lo sucesivo entendió Gustav con tanta claridad que lo que decían los libros era mentira, y aun así más cierto que la realidad. Cuando se preguntaba al abuelo se obtenían respuestas que parecían tratar de otra cosa distinta de la pregunta, pero que al final se revelaban como respuestas, incluso como las únicas correctas.

Gustav Oppermann, ahora, en pie ante el retrato, no pensaba en nada de eso. Pero lo veía todo en el cuadro. En los ojos pintados había tanto de la benévola y taimada sabiduría del anciano que ante ellos Gustav se sentía pequeño, y sin embargo cobijado.

Quizá no era bueno para el otro cuadro, el del despacho, el retrato de Sybil Rauch, recibir ahora este contrapeso. No había duda de que André Greid, el pintor, era diez veces superior al viejo y simple Alexander Joels en arte y en técnica. En su cuadro había mucha superficie blanca; sabía que iba a colgar la pintura en esa pared clara, y había hecho que toda la pared sirviera de fondo. De esa pared clara se destacaba nítida, voluntariosa, Sybil Rauch. Estaba allí, esbelta, decidida, con una pierna levemente adelantada.

Sobre un largo cuello se alzaba la cabeza, debajo de una frente alta, estrecha y testaruda miraban unos tercos ojos de niña, los arcos de las cejas se marcaban con fuerza. La alargada parte inferior del rostro retrocedía y terminaba en una mandíbula infantil. Era un cuadro sin compromisos, un cuadro muy claro; «claro hasta la caricatura», se quejaba Sybil Rauch cuando estaba de mal humor. Pero el retrato tampoco ocultaba nada de lo que le atraía de ella. A pesar de sus innegables treinta años, la mujer del cuadro tenía un aspecto infantil, a la vez que inteligente y Lion Feuchtwanger

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voluntarioso. Egoísta, pensó Gustav Oppermann, bajo el influjo del otro cuadro. Hacía ahora diez años que Gustav había conocido a Sybil. Por aquel entonces ella era una bailarina de muchas ideas, poco ritmo y algún éxito.

Tenía dinero y vivía cómodamente, malcriada por una madre experimentada y tolerante. El ingenio meridional y cándido de la delicada muchacha, tan extrañamente contrapunteado por su fina y precoz inteligencia, había atraído a Gustav. Ella se sintió halagada por la manifiesta inclinación del asentado y prestigioso caballero. Pronto entre la muchacha y el hombre veinte años mayor que ella surgió una gran e inusual familiaridad. Él era su amante y su tío a un tiempo. Estaba atento a cada uno de sus caprichos, podía confiarse sin reservas a él, sus consejos eran meditados, juiciosos. Le había expuesto, a su cautelosa manera, que dada su falta de musicalidad su baile jamás podría conducirle a obtener verdaderos éxitos, éxitos interiores.

Ella lo entendió, cambió de gremio con rápida decisión y bajo la dirección de él se convirtió en escritora. Sabía expresarse de forma personal y colorista, las revistas gustaban de publicar sus cuadros de ambiente y pequeñas historias. Cuando, en los vaivenes de la economía alemana, su patrimonio se desvaneció, pudo ganarse la vida en gran medida gracias a los rendimientos de sus escritos. Gustav, sin talento creativo, pero buen crítico, la apoyó con sus consejos sensatos y diligentes; también la ayudaron sus numerosas relaciones con un buen mercado. Habían pensado a menudo en casarse, sin duda ella con más vehemencia que él. Pero entendía que él prefiriese no dar rigidez a su unión legalizándola. En resumidas cuentas, habían pasado diez largos años, para ella y para él.

¿Buenos años? Digamos que años agradables, pensó Gustav Oppermann, mirando en el cuadro a la inteligente, amable y voluntariosa chiquilla.

Y de pronto la carta volvió a estar ahí, la carta sin abrir en el gran escritorio, la carta de Anna. Con Anna no habrían sido diez años agradables. Habrían sido años llenos de disputas e irritación. Pero, por otra parte, de haber estado con Anna difícilmente habría tenido que preguntarse hoy por la mañana en qué emplear el invierno si rechazaban su biografía de Lessing. Habría exactamente un Qué y un Dónde, probablemente habría tenido tantas ocupaciones como para suplicar que no le dejaran caer en la tentación con Lessing.

No, él odia esa loca agitación que ve en muchos de sus amigos. Ama su ocio decente y ocupado. Es bueno estar sentado en tu bonita casa, con tus libros, tu renta asegurada, ante los pinares de Grunewald. Es bueno haber terminado con Anna entonces, después de dos años.

¿Terminó él o fue ella? No es fácil orientarse en la historia de la propia vida. Lo cierto es que la echaría de menos si Anna desapareciera por completo de su existencia. Naturalmente, siempre queda amargura cuando se encuentran. Anna es tan discutidora... Tiene una manera tan franca, tan áspera, de señalar cualquier defecto, hasta la más mínima debilidad.

Siempre que va a reunirse con ella, incluso cuando se enfrenta a cada una de sus cartas, tiene la sensación de ir a comparecer ante un tribunal.

Sostiene la carta en la mano, coge el abrecartas, rasga el sobre de un solo corte. Con las espesas cejas fuertemente fruncidas, arrugas verticales y profundas sobre la poderosa nariz, con todo el gran rostro en tensión, lee.

Anna le felicita, en pocas palabras, de corazón. Con su hermosa y uniforme caligrafía, le comunica que ha fijado sus vacaciones para finales de abril y le gustaría pasar con él esas cuatro semanas. Si quiere reunirse con ella, le ruega que le proponga dónde. El rostro de Gustav se relaja. Le daba miedo la carta. Es una buena carta. Anna no tiene una vida fácil. Es secretaria de dirección de la Stuttgarter Elektrizitätswerke, muy sujeta a su trabajo, su vida privada se reduce a las cuatro semanas de vacaciones. El hecho de que le ofrezca esas cuatro semanas demuestra que no ha renunciado a él.

Lee la carta una segunda vez. No. Anna no le da por descartado, se lo dice. Él tararea en voz baja, diligente y mal, la difícil melodía de esta mañana. Contempla, de manera medio consciente, medio mecánica, el cuadro de Immanuel Oppermann. Se siente íntimamente complacido.

Entretanto, Martin Oppermann acudía al negocio. La casa de Gustav estaba en la Max Reger Lion Feuchtwanger

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Strasse, en el límite entre Grunewald y Dahlem. La casa originaria de los Oppermann está en la Gertraudtenstrasse, en el centro de la ciudad vieja.

El chófer, Franzke, necesitará por lo menos veinticinco minutos. Si va bien, Martin estará en la oficina a las once y diez; si no tiene suerte con los semáforos, a las once y cuarto. Ha citado a Heinrich Wels a las once. A Martin Oppermann no le gusta hacer esperar. Y que Heinrich Wels tenga

que esperar le resulta doblemente molesto. De todos modos, la entrevista no va a ser agradable.

Martin Oppermann se sienta rígido en el coche, sin reclinarse, en una postura no precisamente estética y natural. Los Oppermann son pesados de aspecto; Edgar, el médico, un poco menos; también Gustav ha perdido un poquito de peso a base de entrenamiento. Martin no tiene tiempo para eso.

Es hombre de negocios, padre de familia, tiene obligaciones de todo tipo.

Se sienta erguido, con la gran cabeza adelantada, los ojos cerrados.

No, la entrevista con Heinrich Wels no será agradable. Ahora, es raro tener momentos agradables en la tienda. No habría debido hacer esperar a Wels. Habría podido entregarle el cuadro a Gustav por la noche, a la hora de cenar; no era imprescindible llevárselo por la mañana. Quiere a Gustav, pero le envidia. Para Gustav es fácil, demasiado fácil. También para Edgar, el médico, es fácil. Él, Martin, ha tenido que asumir en solitario la sucesión de Immanuel Oppermann. En estos tiempos de crisis y de creciente antisemitismo, es condenadamente difícil representar esa sucesión con dignidad. Martin Oppermann se quitó el sombrero rígido, se pasó la mano por el ralo cabello negro y suspiró levemente. No debería haber hecho esperar a Heinrich Wels. Estaban en la bulliciosa Dönhoffplatz. Enseguida, por fin, llegarían. Allí estaba ya la casa. Se alzaba encerrada entre otras, estrecha, anticuada, pero firme, construida hacía mucho tiempo para durar mucho tiempo, inspirando confianza. El coche pasó por delante de los cuatro grandes escaparates y se detuvo ante el portal principal. Martin se habría bajado de un rápido salto, pero se dominó, mantuvo la dignidad. El viejo portero Leschinsky se puso firme antes de poner en movimiento la puerta giratoria. Martin Oppermann se tocó el sombrero con un dedo como todos los días. August Leschinsky llevaba en el negocio desde los tiempos de Immanuel Oppermann, conocía todos los detalles. Sin duda sabía que Martin había felicitado a su hermano Gustav por su quincuagésimo aniversario. ¿Aprobaría el anciano el retraso por semejante motivo? El rostro de Leschinsky, con su gris y rígido bigote, siempre estaba malhumorado, la actitud del hombre siempre era pétrea. Hoy estaba especialmente erguido y firme: aprobaba la conducta de su jefe. Martin estaba menos conforme con su conducta que el portero. Subió al tercer piso, a su despacho. Utilizó la puerta trasera. No quería ver a Heinrich Wels sentado esperando. En la pared, encima de su escritorio, colgaba, como en todas las tiendas de la familia, el retrato del viejo Oppermann. Le produjo

una pequeña punzada que ya no fuera el original, sino una copia, aunque en el fondo daba lo mismo que el original estuviera aquí o en casa de Gustav.

Sin duda Gustav entendía más, tenía más tiempo, estaba mejor con él, y en el fondo también tenía más derecho. Sin embargo, le resultaba incómodo no tener a partir de ahora el original ante sus ojos. Vino la secretaria. Correo enviado por los apoderados. Firmas. Ruegos de llamadas telefónicas. Sí, y luego, el señor Wels espera. Está citado para las once.

—¿Hace mucho que está el señor Wels?

—Algo menos de media hora.

—Hágale pasar.

Martin Oppermann siempre se sentaba erguido, no necesitó sentarse bien; pero hoy no estaba en buena forma para esta entrevista. Había preparado cuidadosamente la respuesta que iba a dar a Wels, lo había hablado todo con sus apoderados Brieger y Hintze. Pero se trataba de no disgustar a Wels, se trataba de los matices, era una desgracia haber hecho esperar a Wels. El asunto era el siguiente: al principio, Immanuel Oppermann no fabricaba los muebles que vendía, sino que se los encargaba a Heinrich Wels senior, un joven y fiable artesano. Cuando se fundaron las filiales berlinesas, la de Steglitz y la de la Postdamer Strasse, la colaboración con Wels se hizo más difícil. Wels era de confianza, pero se veía forzado a trabajar demasiado caro. Poco después de la muerte de Immanuel Oppermann, y a instancias de Siegfried Brieger, el actual Lion Feuchtwanger

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apoderado, una parte de los muebles empezó a producirse en fábricas más baratas, y cuando la dirección del negocio pasó a Gustav y Martin, se fundó una fábrica propia. Para ciertos trabajos difíciles, para piezas concretas, se seguía prefiriendo los talleres de Wels, pero ahora los talleres propios atendían el grueso de las necesidades de Muebles Oppermann, a la que entretanto se habían sumado otra filial en Berlín y cinco en provincias.

Heinrich Wels junior veía esta evolución con amargura. Era unos cuantos años mayor que Gustav, trabajador, sólido, voluntarioso, lento.

Unió a sus talleres establecimientos de venta. Empresas modelo, dirigidas con el mayor esmero para hacer frente a los Oppermann. Pero no pudo con ellos. Sus precios no podían competir con los de los estandarizados muebles Oppermann. Innumerables personas conocían el nombre Oppermann; su

marca de fábrica, el retrato de Immanuel, llegaba hasta la más remota provincia; el honesto y anticuado texto de sus anuncios:

«Quien compra en Oppermann compra bien y barato» era un lugar común. En todos los lugares del país había alemanes que trabajaban en mesas Oppermann, comían en mesas Oppermann, se sentaban en sillas Oppermann, dormían en camas Oppermann. En las camas Wels probablemente se dormía con mayor comodidad, y las mesas Wels estaban elaboradas de forma más duradera. Pero todos preferían gastar menos dinero, incluso aunque el mobiliario adquirido fuera quizá un poquito menos sólido. Heinrich Wels no podía entenderlo. Era algo que corroía su corazón de artesano.

¿Había muerto el sentido de la solidez en Alemania? ¿No veían esos extraviados compradores que en su mesa, la mesa Wels, un hombre había trabajado dieciocho horas, mientras que el producto Oppermann era un producto fabril? No. Lo único que veían era que en Wels una mesa costaba cincuenta y cuatro marcos y en Oppermann cuarenta, así que iban y la compraban allí. Heinrich Wels ya no entendía nada. Su amargura crecía.

En los últimos años, de todos modos, las cosas habían ido mejor. Se abrió paso un movimiento que difundió la idea de que la artesanía respondía mejor al carácter nacional alemán que la fabricación internacional estandarizada. Expresaba lo que Heinrich Wels había sentido hacía mucho, que las casas comerciales judías y sus taimados métodos de venta eran los culpables de la decadencia de Alemania. Heinrich Wels se unió a ese movimiento de todo corazón. Se convirtió en jefe de distrito del partido.

Veía con alegría que el movimiento ganaba terreno. Sin duda la gente seguía prefiriendo comprar las mesas más baratas, pero al menos a la vez insultaba a los Oppermann. El partido también consiguió que se impusieran mayores impuestos a las grandes empresas, de manera que los Oppermann tuvieron que pedir cuarenta y seis marcos en vez de cuarenta por mesas que Wels vendía a cuarenta y cinco.

A las nueve casas de los Oppermann llegaban masivamente escritos antisemitas; por las noches se hacían pintadas hostiles en los escaparates, los viejos clientes se retiraban. Había que mantener los precios por lo menos un diez por ciento más bajos que la competencia no judía; si se mantenían sólo un cinco por ciento más bajos, había gente que se iba a los comercios cristianos. Las autoridades molestaban cada vez más, bajo la presión del creciente partido nacionalsocialista. Heinrich Wels llevaba

ventaja. La diferencia entre el precio de sus productos y el de los de los Oppermann disminuía.

A pesar de todo, de puertas afuera Muebles Oppermann mantenía buenas relaciones con la casa Wels. Bajo la influencia de Jacques Lavendel y del apoderado Brieger, se sugirió a Wels que hiciera propuestas encaminadas a una fusión de ambas firmas, o al menos a una más estrecha colaboración. Si se llevaba a cabo tal transacción, la firma Oppermann se libraría del odio antisemita; una vez participada por Wels, seguro que ciertas medidas oficiales le serían aplicadas de manera más suave. Cuando los Oppermann sobrepujaban a Heinrich Wels, su ambición personal sufría aún más que su ansia de beneficio. Estaba radiante al ver que ahora sus talleres ganaban cada vez más terreno. Incluso había recibido, después de unos cuantos tanteos verbales del apoderado Brieger, un escrito muy cortés de la firma Oppermann diciendo que tenía ciertas propuestas que hacer a su empresa, encaminadas a mantener una relación aún más estrecha que la mantenida hasta la fecha. La firma estaba muy interesada en ello y le rogaba que acudiera el 16 de noviembre a las once al despacho principal de la casa, en la Gertraudtenstrasse, para una personal toma de contacto. Lion Feuchtwanger

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Así que Heinrich Wels esperaba sentado en la antesala del despacho de los Oppermann. Era un hombre de buena presencia, de rostro abierto y duro, marcadas arrugas en la ancha frente. Era un hombre decente, y partidario de la exactitud. ¿Quién se había aproximado a quién? En una reunión de la asociación de fabricantes de muebles, el apoderado Brieger le había hablado de las crecientes dificultades de su empresa. Brieger le había sugerido algunas cuestiones. Ya no era posible desentrañar quién se había acercado a quién. Como siempre, aquí estaba él sentado, con una propuesta que no era desfavorable para él, pero que probablemente aún fuera más ventajosa para su interlocutor.

Estaba claro que los otros no querían darse cuenta de esa circunstancia.

Miró el reloj. Había sido oficial de la reserva, había pasado toda la guerra en el frente, en el ejército había aprendido a ser puntual. Había llegado unos minutos antes de las once. Ahora estaba allí sentado, y esa chusma arrogante le hacía esperar. Las once y diez. Su duro rostro se ensombreció.

Si le hacen esperar otros diez minutos se va, y que se las arreglen solos con su mierda.

¿Con quién tendrá que vérselas? Heinrich Wels no es un conocedor del género humano, pero sabe muy bien dónde está la gente de la casa Oppermann que es posible ganar para su proyecto, y dónde sus adversarios.

Gustav y Martin Oppermann son de una arrogancia insoportable, auténticamente judía, con ellos hay poco que hacer. El apoderado Brieger es una sinagoga entera, pero con él se puede hablar. Probablemente habrá allí cinco o seis hombres, quizá hayan llamado incluso a su asesor jurídico. Sin duda no se lo pondrán fácil, tendrá que luchar solo contra esa mayoría de cinco o seis. Aun así, lo conseguirá.

Once y veinte. Esperará otros cinco minutos. Lo dejan ahí sentado, hasta que eche raíces. Cinco minutos más, y dará su propuesta por caducada, y entonces que les den por culo, señores míos. Once y veinticinco. Ya se conoce de memoria los números de la «guía de comerciantes de muebles» que hay sobre la mesa. Los del despacho parecen estar deliberando a conciencia. ¿Será

una buena señal? Tampoco hay ninguna secretaria a la que poder enviar a buscarlos. Es una vergüenza. Pero se las pagarán. Once y veintiséis. Se le ruega que pase. Martin Oppermann está solo. De pronto, el señor Wels habría preferido tener que vérselas con cinco o seis. Este Martin es el peor.

Va a ser más difícil hacerse con él que con nadie. Martin Oppermann se levantó cuando entró el señor Wels.

—Le pido disculpas —dijo cortésmente— por haberle hecho esperar.

En realidad, tenía intención de ser aún más cortés y aducir el motivo de su retraso. Pero el grande y duro rostro de Wels le repelió, como siempre, y no lo hizo.

—Por desgracia, hoy en día el tiempo —repuso el señor Wels con su voz sombría y rechinante—

es lo único de lo que un hombre de negocios puede disponer en abundancia. Serio y concentrado, Martin Oppermann miró con ojos somnolientos al hombretón allí sentado. Se esforzó para que su voz fuera lo más amable posible:

—He reflexionado largamente acerca de sus propuestas, estimado señor Wels —dijo—. En principio, nos inclinamos a discutirlas, aunque tenemos muchas objeciones. Nuestros balances son mejores que los suyos, señor Wels, pero, se lo digo con sinceridad, no son satisfactorios. Son

insatisfactorios —no miraba al señor Wels, miraba hacia lo alto, hacia el cuadro de Immanuel Oppermann, y lamentaba que fuera una copia. Su tono no era el correcto para hablar con aquel hombre amargo y ofendido. Hoy por hoy aún no se veían forzados a entenderse con Wels, la situación política parecía tranquila, probablemente tampoco sería peor en unos meses o incluso en unos años. Pero no había seguridad alguna, se imponía la prudencia, la única táctica posible era hacer esperar a Wels, mantenerlo de buen humor. La forma de ser de Martin no era hoy la adecuada para esta conversación: seguro que el viejo Immanuel habría sabido abordar mejor a ese hombre duro y leñoso.

También el señor Wels estaba descontento. Así no se podía seguir.

—A mí no me va bien —dijo—, y a ustedes tampoco. Bien podíamos entendernos como «buenos hermanos» —torció el duro rostro en una sonrisa; el giro coloquial, en su sorda voz, sonaba doblemente sombrío.

Lion Feuchtwanger

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Entraron en detalles. Martin sacó los quevedos, que empleaba muy raras veces, los limpió. Realmente hoy al señor Oppermann le costaba trabajo soportar al señor Wels, y lo mismo le ocurría al señor Wels con el señor Oppermann. Uno encontraba arrogante al otro, la conferencia estaba siendo una tortura para ambos. Al señor Wels le parecía que Oppermann no iba en serio. Aquello que querían que aceptara era un experimento que les obligaba a poco; querían fusionar una de las sucursales de Berlín y una de las de provincias con las dos empresas correspondientes de Wels. Eso no le interesaba al señor Wels. Si la historia iba mal, los Oppermann habrían perdido dos de sus ocho sucursales, lo podían soportar; él en cambio habría perdido dos de sus tres filiales y estaría acabado.

—Veo que me he equivocado —dijo amargamente el señor Wels—, pensaba que llegaríamos a un acuerdo. A un armisticio —se corrigió con una tenue y rabiosa sonrisa. Martin Oppermann, con su aspecto pesado, aseguró cortés, flexible, que no tenía intención de considerar fracasadas las negociaciones. Estaba seguro de que si volvían a hablar a fondo sobre la materia se entenderían. El señor Wels se encogió de hombros. Se había convencido a sí mismo de que los Oppermann estaban en las últimas. Ahora resultaba que ellos le consideraban acabado a él. Querían darle un aperitivo y comerse solos el verdadero menú. Se marchó indignado, lúgubre. Que no

se equivoquen los señores, pensó mientras bajaba en el ascensor. No sólo lo pensó, lo dijo en voz baja. El ascensorista miró sorprendido al hombre sombrío.

Después de la entrevista, Martin siguió sentado a su gran mesa de despacho. El gesto cortés y confiado desapareció de su rostro apenas Wels se hubo marchado. No había conseguido su objetivo. Había fracasado. Se sentó, malhumorado y descontento consigo mismo. Pidió a los apoderados Siegfried Brieger y Karl Theodor Hintze que pasaran al despacho.

—Bien, ¿ha terminado con ese gentil tormentoso? —disparó enseguida Siegfried Brieger, tras un fugaz saludo. El pequeño y vivaz caballero, recién entrado en la sesentena, enjuto, vehemente, de aspecto marcadamente judío, puso una silla muy cerca de su jefe; la gran nariz sobre el espeso bigote, de un gris sucio, olisqueó. Karl Theodor Hintze en cambio se mantuvo de pie a prudente distancia, contenido, desaprobando visiblemente el informal apresuramiento de su colega. Karl Theodor Hintze desaprobaba todo lo que hacía el señor Brieger, y el señor Brieger se burlaba de todo lo que Karl Theodor Hintze hacía. Durante la guerra, Karl Theodor Hintze había sido jefe de la compañía en la que Brieger servía como reservista raso. Ya entonces la relación entre ambos era la misma, y los dos sabían cuánto se apreciaban. Cuando, terminada la guerra, al fino señor Hintze le fue fatal, el señor Brieger lo empleó en Muebles Oppermann. Enseñado por él, ese hombre duro, trabajador y fiable había ascendido con rapidez.

Martin Oppermann informó a sus dos hombres. Los tres se conocían, el resultado de la entrevista era previsible; nadie había pensado que Wels aceptara. La cuestión sólo radicaba en el desarrollo de la conversación.

Después del informe de Martin, todos supieron que habría sido más sensato enviar al señor Brieger a negociar con el señor Wels. Brieger habría podido ofrecer aún menos que Oppermann a Wels, y aun así éste se habría ido más satisfecho.

Estaba claro lo que iba a ocurrir ahora. Había que demostrar a Wels que, incluso sin su ayuda, los negocios de los Oppermann podían sacudirse el odio a los judíos. Una demostración semejante le volvería más dócil. La momentánea calma política era la mejor oportunidad para dar los pasos necesarios, meditados hacía mucho tiempo.

Había que transformar la firma judía Oppermann en una sociedad anónima con un nombre neutral y no sospechoso. Otras empresas judías habían tenido buenas experiencias con los cambios de nombre. Ocurría que

compradores que querían boicotear determinada empresa judía cubrían sus necesidades con una sociedad anónima no judía, que en realidad no era más que una filial de la odiada casa judía. Ya que Wels no cooperaba, los Oppermann podían fundar por sí mismos una Sociedad Anónima Alemana de Fábricas del Mueble y empezar por reunir en esa sociedad a una de las filiales berlinesas y una de las provinciales.

Eso era técnicamente fácil de hacer, prometía éxito, era lo correcto. Sin embargo, costaba Lion Feuchtwanger

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decidirse. Alemana de Fábricas del Mueble, ¿qué era eso? Un nombre neutral, general, que no decía nada, como un vagón de tranvía. En cambio, Muebles Oppermann era algo inseparable del retrato de Immanuel Oppermann, del pesado y digno Martin, del vivaz señor Brieger y su gran nariz. Separarse de la filial de Berlín-Steglitz y de la de Breslau como Alemana de Fábricas del Mueble era como amputarse un dedo de la mano o del pie.

Y sin embargo, ¿no había que hacerlo para salvarlo todo? Sí había que hacerlo. Una vez decididos, se trataba de actuar con rapidez. Martin informará a los otros Oppermann y se pondrá de acuerdo hoy mismo con el profesor Mühlheim, el asesor jurídico de los Oppermann. Una vez solo, Martin apoyó pesadamente los brazos en el respaldo del sillón y dejó caer los hombros. Quizá fuera bueno hacer todas las mañanas un poco de gimnasia, como su mujer le aconsejaba. Cuarenta y ocho años no es una edad avanzada, pero si uno no toma precauciones, en dos años se ha convertido en un anciano. Gustav tiene un aspecto agradablemente joven y fresco. Para Gustav es fácil. Entrenar de manera eficaz lleva por lo menos veinticinco minutos cada mañana. ¿De dónde va a sacar él, Martin, esos veinticinco minutos?

Se irguió, respiró y cogió su correo. No. Esto no es tan importante. Lo difícil primero, es lo que siempre ha hecho. En primer lugar, tiene que informar a sus hermanos. No va a echarle a perder el día a Gustav. Está claro que no pondrá reparos. Suspirará, hará algunas observaciones generales de naturaleza filosófica, firmará. Con Edgar aún será más fácil.

Lo más difícil vendrá con Jacques Lavendel, su cuñado, el marido de Klara Oppermann. Él tampoco pondrá reparos; al contrario, ese hombre entendido en los negocios lleva mucho insistiendo en el cambio de nombre. Sólo que

la forma de ser de Jacques Lavendel es demasiado sincera. Martin no tiene nada en contra de que a uno le digan claramente su opinión. Pero Jacques Lavendel es demasiado claro. Pide las dos conexiones telefónicas, con el profesor Edgar Oppermann y con Jacques Lavendel. El profesor Oppermann, dice la secretaria, está en su clínica. Naturalmente, siempre lo está. Le dirán que le llame. Desde luego, no lo hará; tiene demasiado que hacer en la clínica y está muy poco interesado en el negocio. Como siempre, Martin ha cumplido con su obligación hacia él. Ahora, Jacques Lavendel está al aparato. Él nunca da rodeos. Con su voz amable, un tanto ronca, después de las primeras frases introductorias de Martin declara que le gustaría discutir personalmente el asunto con él; si no tiene ningún inconveniente, después de comer irá al domicilio privado de Martin, no vive lejos. Martin responde que se alegra.

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