Los hermanos Oppermann

Lion Feuchtwanger · Capítulo 7 de 7 · parte 1/4

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Los hermanos Oppermann

la Hohe Strasse, no habrá que ponérselas…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

la Hohe Strasse, no habrá que ponérselas ante los obtusos ojos, para que sus sentidos despierten de una vez? ¿No será su ira una buena arma para tal fin?

A la mañana del día siguiente, Gustav volvía a estar en su banco al final del paseo del lago, solo. Los acontecimientos sonextraños. Si no hubiera firmado aquel —cierto— superfluo manifiesto, no estaría sentado aquí, Bilfinger no le habría hablado, quizá anduviera por ahí como uno de aquellos que recorren la Kurfürstendamm, la Jungfernstieg, la Hohe Strasse, ciegos, sordos, con el corazón y los sentidos cerrados. Así que lo que le ha arrastrado hasta ahí es un azar, y sin embargo ningún azar.

Ningún azar. Frischlin ha dicho que era un «contemplativo». Sabe lo que Frischlin quería decir.

«El que actúa siempre carece de conciencia; nadie tiene conciencia salvo el contemplativo.» Está

orgulloso de que Frischlin le haya llamado contemplativo.

El joven Bilfinger ha «plasmado documentalmente los acontecimientos», va a enviarle el escrito. Gustav tiene miedo físico a ese escrito. Tiene miedo a estar tumbado en su cuarto, al pequeño y ridículo escritorio de su hotel. Abajo, en el diningroom, tocarán música, se bailará en el salón, la gente se sentará en el bar, beberá, coqueteará, y el escrito con el sobrio y terrible relato yacerá en el cajón de su escritorio.

Si al menos Johannes Cohen estuviera allí. Es condenada-mente difícil discutir esto con uno mismo. Gustav se figura el rostro moreno, amarillento, enjuto, inteligente, sarcástico, de su amigo. Le daría una paliza si supiera en qué cielos y en qué abismos ha pasado la última noche. Menos mal que viene esta tarde.

Estaba tan ensimismado en sus ensoñaciones que se sobresaltó ligeramente al oír su nombre:

—Hola, Oppermann.

Era Rudolf Weinberg, director de la gran fábrica de artículos higiénicos.

El elegante y obeso caballero preguntó si podía sentarse con él. Estaba visiblemente contento de haber encontrado a Oppermann. Normalmente no le gustaba, explicó, caminar más de diez minutos seguidos; pero aquí hay que ir hasta el otro extremo del paseo para librarse de las quejas con las que los muchos refugiados le martillean a uno los oídos. Se había sentado con un gemido.

—Uno puede compadecerse de ellos, pero no sirve de nada que además le amarguen a uno sus pocos días de vacaciones con sus lamentos. Desde

luego que las cosas están mal, muy mal. Pero vamos a dejar que los populares se organicen y se arreglarán. Todos mejoran en cuanto están verdaderamente arriba. Y desde el punto de vista económico la historia no va mal. Naturalmente que han pasado cosas terribles. No se puede barrer sin una escoba. Pero, con la mano en el corazón,

¿no son excepciones esos incidentes? ¿No ha mejorado la situación?

Cuando voy por Berlín, apenas Lion Feuchtwanger L o s h e r m a n o s O p p e r m a n n

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noto diferencias. Y están poniendo el grito en el cielo. No hacen más que tonterías. No hacen más que excitar a la gente con sus gritos. Si uno abre los periódicos, parece que en Alemania no se puede cruzar la calle sin ser agredido. No creo que eso sea cierto. El señor Weinberg se sentaba opulento al bello sol y sacudía la cabeza ante la sinrazón del mundo.

—Hum —dijo pensativo Gustav, y las arrugas verticales aparecieron en su frente—. ¿De manera que cree que esa gente tiene malas pulgas?

Interesante. Realmente interesante. Dígame, Weinberg

—prosiguió, con mayor viveza—, usted tiene una sucursal en Múnich.

¿Cómo están las cosas allí?

¿Ha estado en Múnich en los últimos tiempos?

—Sí —dijo Weinberg—, he venido aquí pasando por Múnich.

—¿Y podría tal vez informarme —prosiguió amablemente Gustav— de cómo está el abogado Michel? Le quitaron la chaqueta, le cortaron los pantalones de forma ridícula, de modo que se vieran los calzoncillos, y le colgaron del cuello un cartel: «No volveré a quejarme de los buenos populares». Así lo pasearon por el centro de la ciudad. Parecía bastante vapuleado. He visto fotos.

¿Y sabe usted cómo está el gran rabino de Múnich? A él lo llevaron fuera de la ciudad, le golpearon y, finalmente, lo dejaron a una hora de distancia de la ciudad, casi desnudo. Era una noche fría. ¿Y

ha oído hablar del abogado Alfred Wolf? Tuvo un enfrentamiento con un colega cristiano, empleó

toda clase de material contra ese colega. Ahora, el colega se ha convertido en ministro de Justicia. Luego, el abogado Wolf desapareció en un campo de concentración. ¿Ha oído hablar de los campos de concentración, Weinberg? Porque ahora hay campos de concentración en Alemania, cuarenta y tres hasta la fecha. Debería ver uno algún día,

Weinberg. ¿Cuántos kilómetros hay hasta Oranienburg? Unos treinta, creo.

Si un día hace una excursión en coche al lago, pare en Oranienburg. Allí podrá ver toda clase de cosas, no necesitará esforzarse mucho. El abogado Wolf fue a parar al campo de concentración de Dachau. Es uno de los peores. «Dios mío, déjame callau /

que no vaya a parar a Dachau», rezan en Baviera. Pero el abogado Wolf no se quedó callado, y fue a parar a Dachau. Es rico, y tiene muchos contactos que se pusieron en marcha. Hubo algún tira y afloja. El propio Führer intercedió ante el ministro de Justicia, pero éste insistió: «Ese hombre es mío». Sea como fuere, tres días después un policía se presentó ante la madre del doctor Wolf y le preguntó si su hijo no padecía del corazón. La mujer supuso que su hijo había pretextado una dolencia cardiaca para que lo trataran mejor. «Sí —dijo a toda prisa—, siempre ha tenido un corazón débil.» «Por eso fue —respondió el policía—. Es que acaba de morir.» Entregaron el cadáver en un ataúd sellado, contra la declaración jurada de que no sería abierto. ¿No ha oído nada de eso en Múnich, Weinberg?

El fabricante Weinberg se removía incómodo en su banco. Oppermann no hablaba en voz baja, y casi todo el mundo aquí entendía alemán. Ah, cómo había podido olvidarse; Oppermann se había expuesto, justo antes del momento culminante, el muy idiota.

—Claro, claro —le tranquilizó—, han ocurrido cosas terribles. Nadie lo niega. Yo mismo lo he dicho. Pero sólo en los primeros días. Ahora hace mucho que el gobierno ha detenido eso, se lo aseguro. Y todo el movimiento antisemita amainaría si los judíos del extranjero se tranquilizasen. Lo sé. He hablado con personas importantes, gente que se alegraría de poder quitar por entero ese punto de su programa. Pero los del extranjero lo impiden. Siguen instigando, en vez de construir puentes de plata. Le digo, Oppermann, que va en interés de todos nosotros, también en el suyo, desmentir las exageraciones. Ese griterío no hace más que perjudicar a los judíos que se han quedado. Al fin y al cabo, usted mismo querrá volver algún día.

Gustav calló. El señor Weinberg supuso que sus argumentos habían causado impresión y trató de calmarlo por completo:

—Por lo demás, en lo que concierne al abogado Wolf —dijo—, desde luego que el caso es muy lamentable. Pero, entre nosotros, ese hombre era

un mal tipo. Me han dicho que uno de los más antipáticos entre nuestros contemporáneos.

—Es posible —dijo Gustav—. Sabe, Weinberg, es curioso lo de la simpatía. Es posible que, por ejemplo, tampoco usted le sea del todo simpático a éste o al otro. Pero, ¿le parecería adecuado que, Lion Feuchtwanger

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por ejemplo, yo le tirase al lago por semejante motivo?

Weinberg se puso en pie.

—Hay que disculparle algunas cosas por su estado de pánico —dijo con dignidad—. Pero se lo aseguro seriamente, Oppermann, el que no se expone no corre peligro. Lo crea o no, yo personalmente no he percibido nada de todo ese antisemitismo. Le digo, Oppermann, que usted mismo podrá regresar a Alemania dentro de algún tiempo. Verá que los cobradores del coche cama agradecen su propina exactamente igual que antes, y el guardia de tráfico responderá las dudas de su chófer con la misma amabilidad que hace un año.

—Tiene razón —dijo Gustav—, no se debe ser descontentadizo.

Una vez que el señor Weinberg se hubo marchado, se quedó mirando el alegre paisaje, con las arrugas verticales en la frente. Su parpadeo nervioso había empeorado. Ha entrenado poco en los últimos tiempos. Tenía la gran cabeza inclinada, como si buscase algo. La cháchara del señor Weinberg le había conmovido más hondamente de lo que él mismo reconocía. Eran muchos los que hacían como el señor Weinberg. Recorrían las anchas calles del oeste de Berlín, vivían en sus grandes casas y no querían ver lo que ocurría en otros barrios, en los sótanos de sus propias casas. Pensaban que había paz y orden en Alemania. Se enfadaban mucho cuando se hablaba de las cien mil personas internadas en campos de concentración y de los cuarenta millones a los que se amenazaba con ellos para que mantuvieran la calma. Callaban, enterraban tan hondo lo que sabían que finalmente ni ellos lo creían. Se unían, todos, actuando y tolerando, para falsear necia y descaradamente la verdad. «Han roto las varas de medir del mundo civilizado», oía con claridad el acento suabo de Bilfinger, y veía al hombre con el centímetro amarillo y le veía escribir:

«2,50 metros».

Estaba allí sentado, la cabeza inclinada, sombrío. Rechinando levemente los dientes. Quizá sea inútil, quizá vaya en contra de la razón, pero es preciso hablar. Obligan a sus prisioneros a subirse encima de una caja, hacer flexiones y exclamar:

«Yo, cerdo marxista, he traicionado a mi patria». No se puede vivir y callar y mirar la tosquedad y la frescura con la que falsifican la verdad.

Miraba fijamente al frente, con la mente perdida. En alguna parte, sonó un reloj. Él acogió en su interior el sonido de las horas, mecánicamente primero, luego penetrando hasta su consciencia. Salió de su ensimismamiento. Hace mucho que su hora habitual de comer ha pasado.

De repente nota que está hambriento, emprende el camino de regreso.

Vuelve por el paseo con paso rápido y rígido. Se burla de sí mismo: ¿Qué es lo que le está pasando? ¿Qué es lo que quiere? ¿A qué se agarra? Es un comerciante berlinés del año 1933, interesado en cuestiones literarias, con un patrimonio suficiente. Por haber puesto una firma, vanidosa e irreflexivamente, al pie de un documento bastante superfluo, ha padecido varias incomodidades. ¿Y por eso quiere entrar a formar parte de los profetas? ¿Qué se les ha perdido a los ricos entre los profetas? Ésa es la interpretación correcta. «Saúl entre los profetas» significa: ¿qué se le ha perdido a ese rico entre los profetas? Pero él es un «contemplativo», ha dicho Frischlin. Bilfinger ha hablado con él porque es un

«contemplativo». Al parecer, suponen que eso compromete. Absurdo.

Qué romántico, qué

anacrónico. Si siente usted el impulso hacia la grandeza, señor doctor Oppermann, entonces haga el favor de acometer su Lessing. También el doctor Frischlin haría mejor en dedicarse más al Lessing que al orden del mundo. Otros están llamados a decir lo que ocurre, a gritarlo, a sacudir al mundo.

¿Cómo se le ocurre a usted, señor doctor Oppermann? ¿Quién se lo ha encargado?

Se fue a comer. Comió bien y con apetito. Junto con el hambre, se esfumaron los arrebatos necios y románticos. Se acostó, se durmió y durmió bien, sin soñar. Le despertó Bilfinger, que traía los documentos. Enseguida todo volvía a estar allí, y le habría gustado arrojarse sobre los documentos sin perder un instante. Tiene que tenerlos asimilados antes de que llegue Johannes Cohen, para que éste no pueda confundir sus sentimientos.

Bilfinger no cejaba. Bilfinger no se fue, Bilfinger se quedó. El doctor

Oppermann le había escuchado una vez, estaba obligado a seguir escuchándole; estas cosas no le afectaban menos que a él. El apasionado jurista Bilfinger seguía allí, mirando a Gustav a través de sus gafas con montura Lion Feuchtwanger

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dorada, hablando con frases secas, listas para la imprenta. Desde siempre, los alemanes tendían a sustituir el Derecho escrito por la autoridad de un solo caudillo. Ya en tiempos de los romanos habían considerado que un derecho vinculante para todos iba contra el honor del individuo, y si odiaban a los romanos no era porque quisieran implantar entre ellos el Derecho romano, sino el Derecho mismo. Preferían someterse al juicio de un superior en el que creían que al de unos parágrafos establecidos conforme a la razón. Pero por desgracia, el Führer aprueba el crimen. El Führer ha saludado como compañeros suyos a populares condenados por el brutal asesinato de un trabajador. Una cosa así refuerza al pueblo en la sensación de que lo que importa no es el veredicto, sino únicamente la

«inspiración momentánea» del Führer. Esto conduce a acontecimientos como los que él ha visto en Württemberg.

No le había sido fácil, dijo aún, irse de Alemania. No sólo dejaba Alemania atrás, sino también la expectativa de una honrosa carrera, la expectativa de una hermosa finca en la que su familia tenía su casa desde hacía más de cien años, dejaba además una muchacha a la que amaba.

Ahora le ha planteado la disyuntiva de venir con él y abandonar esta Alemania hasta que vuelva a ser un Estado de Derecho o liberarle de sus compromisos.

Esto fue lo que Bilfinger expuso a Gustav, preocupado, diligente, suabo y justo. Mientras Bilfinger hablaba, Gustav miraba los documentos. Ahí estaban, tal como él los había imaginado, grandes, pesados, sobre el delicado escritorio del hotel. Apenas Bilfinger se hubo marchado, se lanzó sobre ellos. Los cogió, los leyó. Sí, emanaba de ellos la misma excitación que ayer del relato de Bilfinger. Otra vez cobraban cuerpo las secas palabras. El sadismo organizado, el refinado sistema de humillaciones, el aplastamiento burocratizado de la dignidad humana, todos los acontecimientos de los que los documentos hablaban con sobriedad funcionaria!, se le transformaban en agitadas imágenes. Estaban ahí, estaban en su retina. Eran muchos documentos, los leyó con atención

durante un tiempo torturadoramente largo, necesitó dos horas hasta terminar. Luego, con movimiento pesado y mecánico, abrió el cajón para dejarlos en él. Pero el cajón era pequeño, y ya contenía un paquete de cartas. Lo sacó. Era el paquete de correspondencia que Frischlin le había enviado. Encima estaba la admonitoria tarjeta que él había dictado en su momento, al cumplir los cincuenta años: «Se nos ha encargado trabajar en la obra, pero no nos ha sido dado culminarla».

Golpeó a Gustav como un rayo. Los raíles de la estación de Berna, hilos entre él y Frischlin, desenredándose hasta el infinito, pero nunca rompiéndose. Bilfinger, el mensajero. «¿Quién me lo ha encargado?», se ha preguntado, tranquilamente, hace pocas horas, ha comido y se ha echado a dormir.

Se quedó mirando fijamente la tarjeta. Klaus Frischlin, como acostumbraba, había escrito su nombre a máquina y dejado espacio para la firma de puño y letra. Gustav cogió la pluma y puso su nombre al pie de la tarjeta. La dejó sobre los documentos de Bilfinger y lo colocó todo ordenadamente en el cajón.

Se sentó delante, con los brazos apoyados sobre el cristal del ridículo y pequeño escritorio, parpadeando enérgica y dolorosamente.

Por la noche, fue a la estación a recoger a Johannes. Aún era muy pronto, el tren llevaba retraso. Finalmente, entró en la estación. Gustav buscó el rostro amarillento y vivaz de su amigo, expectante ante el chiste perverso con el que pensaba saludarle. Bajó mucha gente, también conocidos; era de noche, no se veía toda la estación. Gustav buscó mucho tiempo, pero buscó en vano. Sorprendido, profundamente decepcionado, regresó al hotel. Quizá Johannes le había pasado por alto y había ido allí directamente. Pero tampoco lo encontró en el hotel. Johannes no había venido. Tampoco estaba allí a la mañana siguiente. Gustav telegrafió.

Esperó todo el día. Sin respuesta. Al día siguiente vino un telegrama:

«Johannes gravemente impedido próximos tiempos. Richard». Gustav se sobresaltó. Richard era el hermano de Johannes. ¿Qué podía impedir gravemente a Johannes?

Otros dos días después, recibió una carta de un desconocido, matasellada en Estrasburgo, en la que por encargo de Richard Cohen se le comunicaba que Johannes había sido detenido el jueves por Lion Feuchtwanger

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paramilitares e internado probablemente en el campo de concentración de Herrenstein.

En lo que a él se refería, respondió Gustav a la carta de Friedrich Wilhelm Gutwetter, le rogaba que utilizara libremente su biblioteca, o más bien los restos de su biblioteca. Por desgracia, hasta donde él estaba informado, ahora eran otras instancias las que se consideraban facultadas para otorgar o negar semejante permiso. Si Gutwetter lograba entrar a la Max Reger Strasse, podía examinar con atención qué había en su biblioteca, los huecos y, sobre todo, los ejemplares dañados y rotos. Había en Alemania muchas colecciones de libros en el mismo estado de deterioro, y también los propietarios de las colecciones se encontraban en ese estado cuando no se habían ido a tiempo. Una vez que Gutwetter había descrito en grandes palabras cómo sería el «hombre nuevo», podía hacer el favor de describir también los padecimientos de aquellos hombres viejos que, en extremo inocentes, habían de pagar por el surgimiento del «hombre nuevo».

Gutwetter, al leer esto, movió su tranquila y amable cabeza.

—¿Qué pretende nuestro amigo? —dijo, sorprendido, a Sybil—. ¿A qué viene esa irritabilidad?

¿Cómo puede pedirme que describa pequeños acontecimientos privados con frases que sólo están a la altura de los acontecimientos cósmicos? ¿Pide en serio que niegue la vivencia dionisíaca, cuyo altavoz me gustaría ser, porque ha sufrido algunas incomodidades?

Friedrich Wilhelm Gutwetter experimentaba un nuevo impulso. Había recorrido su camino conforme a la ley bajo la cual lo había emprendido.

Había celebrado el surgimiento del «hombre nuevo», más natural, que sigue su instinto salvaje y originario, tal como lo había hecho siempre. Nada más.

No estaba sorprendido de que la historia hiciera finalmente realidad sus visiones, las visiones del poeta. En cambio, los populares estaban sorprendidos de haber encontrado una voz como la suya. Casi todos los eruditos, casi todos los artistas de importancia habían vuelto la espalda a los populares; qué suerte que de pronto hubiera allí un gran escritor que se pusiera de su parte. Lo que Gutwetter había escrito sin maldad, por sentimiento cósmico, se convertía de pronto en gran poesía política. El gobierno dio instrucciones de que se ensalzara a aquel hombre. Se le ensalzó. Todos los periódicos publicaban sus declaraciones, era estimadísimo por el Führer, se había convertido en alguien conocido de la

noche a la mañana. Aun así, lejos de la pequeña ambición, él se mecía en su éxito con sonrisa indulgente. Se dejaba llevar como invitado de honor a las frecuentes grandes fiestas que organizaban los ministros populares; su tranquila cabeza de grandes ojos emergía, imponente, de la vestimenta llamativa y raída; a los fotógrafos les gustaba. Él lo aceptaba, ingenuamente halagado; igual que un adulto gusta de los juegos de los niños, dijo a un conocido.

Trató de arrastrar a Sybil en su tardía y magnífica ascensión. Ella se le pegó de buen grado, a su manera simpática y confianzuda. Mientras había permanecido cercana a Gustav había compartido sus opiniones liberales, los populares le parecían indeciblemente necios y toscos. Eso no excluía que, desde un punto de vista secular, las visiones de Gutwetter se hicieran realidad. Ella no tenía demasiado interés en las cuestiones políticas, no se comprometía. No era una visionaria como Gutwetter; lo que para el poeta era ya forma, para ella seguía entre la niebla. A su ágil, fría e infantil manera, bromeaba sobre las innumerables tonterías grotescas que se les escapaban a los populares, y Friedrich Wilhelm Gutwetter reía de todo corazón con ella.

Sin embargo, poco después la simplicidad grandilocuente de Gutwetter perdió el encanto que al principio había tenido para ella. Empezaba a encontrar insípidas, neblinosas, sus ampulosas frases; su lirismo hímnico empezaba a aburrirle. Ya había aprendido lo que podía aprender de él desde el punto de vista literario. Se le hacía pesada la infantil y repetitiva admiración de su persona. Echaba de menos a Gustav, su liberalidad, su mundanidad. Él elogiaba lo que ella tenía de bueno con discretos modales de conocedor, y la reprendía por lo que le disgustaba con igualmente discreto reproche. Después de la veneración carente de juicio de Gutwetter, necesitaba doblemente esa amistad crítica. Lamentaba haberse preocupado tan poco de las cosas de Gustav, haber mantenido una relación tan poco estrecha con el fiel Frischlin.

Gustav es un hombre complaciente. Ha habido momentos en los que ella estaba tan ocupada Lion Feuchtwanger L o s h e r m a n o s O p p e r m a n n

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consigo misma que le quedaba poco tiempo para él. Jamás se lo ha hecho pagar. Tampoco lo hará

ahora. Tras un largo silencio, le telegrafió diciendo que había avanzado en su trabajo lo suficiente como para poder ir.

El telegrama le llegó a Gustav en el momento en que más alejado estaba de ella. Los documentos de Bilfinger estaban en su escritorio, no tenía a nadie con quien poder hablar. Su amigo Johannes Cohen estaba en un campo de concentración en la fortaleza de Herrenstein, en Sajonia. Si cerraba los ojos podía verlo, demacrado, de pie encima de una caja haciendo flexiones, grotesco, con la noble cabeza rapada, tan sólo una cruz gamada de pelo, gritando detrás de cada flexión: «Soy el perro judío Johannes Cohen, que ha traicionado a su patria». Era horripilante. En esa visión, Johannes Cohen parecía una marioneta, un famoso bailarín que Gustav había visto una vez en una pantomima; saltaba, ágil, elástico, graznaba su frase como un papagayo. Gustav no podía evitar reírse, y la risa hacía daño. Ahora, más aún que antes, después de la detención de Johannes Gustav se veía tironeado entre la sobria razón y la pasión del indignado acusador. Fue entonces cuando llegó el telegrama de Sybil, su pequeña y esbelta Sybil. No, no puede tenerla aquí ahora. No podría hablar con ella de todo esto, y no podría hablar de nada más que de esto. Hace poco la necesitaba de manera apremiante, y ella se mantuvo al margen. Ahora no le quedaba más remedio que rechazarla. Lo hizo de un modo suave, lo más cuidadoso posible.

Sin embargo, Sybil no apreció el gesto, no vio más que el rechazo.

Torció los labios en un mohín de niña, empezó a llorar igual que una niña.

Lloró inconteniblemente, tendida boca abajo, con la almohada empapada.

Pero, poco a poco, su decepción se transformó en ira. Gustav estaba proscrito en Alemania, se ponía en riesgo quien afirmaba conocerle, quien trataba con él. Ella iba a cargar con eso, iba a ir a verle, y él, con gesto indiferente y arrogante, rechazaba su amistad. Él nunca se ha esforzado seriamente por compenetrarse con ella. Precisamente porque en lo más hondo de sí

misma sabía que había perdido a ese hombre por su propia culpa, estaba indignada con él. No respondió a su carta.

Dejó de sentir aburrimiento cuando Gutwetter le hacía la corte, a su manera silenciosa y anticuada. Pronto no se vio a Gutwetter más que en su compañía.

Cuando el estudiante Berthold Oppermann no apareció en el aula en aquella ocasión para pedir disculpas, el catedrático Vogelsang se puso

furioso. Había llamado a los reporteros de la prensa popular, reunido el claustro de profesores y a los estudiantes del centro, preparado un discurso cortante e incendiario, y ahora el joven judío osaba simplemente largarse y privarle de la emocionante celebración. Cuando, al llamar a casa del estudiante, se supo que Berthold Oppermann estaba mortalmente enfermo, Vogelsang no tuvo más que una sonrisa despreciativa. Esas fintas no valían con él. Agresivo, graznando, había declarado que ese insolente no conseguiría sustraerse a la expiación de su crimen mediante una fingida enfermedad. Cuando tres días después la fingida enfermedad terminó con la muerte del estudiante, el penúltimo curso tomó muy mal la declaración de Vogelsang. Al entrar en clase y empezar a hablar, se produjo el sordo zumbido, producido por rostros inmóviles, que en su día había hecho al catedrático Schulte, del instituto Kaiser Friedrich, volverse hacia la pared con los ojos llenos de lágrimas. Vogelsang no se volvió hacia la pared. Sus cicatrices enrojecieron aún más; se prometió que haría morder el polvo para siempre al espíritu de la disgregación.

Pronto le llegó la oportunidad. Porque aquellas lágrimas no habían impedido al catedrático Schulte convertirse en ministro de Educación.

Bernd Vogelsang, que tenía buena relación con Schulte desde hacía años, había profundizado en Berlín su amistad con él. Nada se oponía a su traslado al Ministerio.

Pero antes tenía que despejar el campo aquí, en el instituto Königin Luise. Es el primer objetivo que se fijó al pisar Berlín. Un hombre alemán no deja un trabajo a medias. En primer lugar, está el asunto de Werner Rittersteg. Desde luego el procedimiento contra él ha sido suspendido, es el líder reconocido de sus compañeros. Pedell Mellenthin se cuadra ante él casi tanto tiempo como ante el propio Vogelsang. Pero no hay duda de que los resultados de Rittersteg Lion Feuchtwanger L o s h e r m a n o s O p p e r m a n n

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en lengua y matemáticas son insuficientes; conforme a las normas en vigor, no podría pasar al último curso. Por su parte, Vogelsang consideraba que aquí no había lugar para el detallismo, no se podía someter al héroe Rittersteg al oprobio de no pasar de curso. Había cosas más importantes que el conocimiento muerto, declaró, las lagunas en los conocimientos académicos estaban más que suplidas por el exceso de ética. Pero al decir esto topó con la helada sorpresa del director François. Un alumno que no

aprobaba dos asignaturas no podía pasar de curso. Terco, meticuloso, el director se atenía al tenor literal de la disposición.

Bernd Vogelsang no tuvo más que una sonrisa arrogante para esa testarudez. ¿Para qué estaba el poder? Las disposiciones de la época de la decadencia y el oprobio alemán eran, ante la revolución nacional, como una telaraña ante una ametralladora. Al fin y al cabo, eran ellos quienes manejaban las palancas de la maquinaria legal. Un pequeño tirón de la palanca, y archivos enteros de anteriores disposiciones se convertirían en papel mojado. ¿Se quiere atrapar a un joven héroe en la maleza de necios parágrafos, se le quiere dificultar su carrera, su actividad en pro de la Nueva Alemania, porque sus conocimientos escolares no han soportado el azar de un examen? Estaría bueno. Hay que acabar de raíz con tan perverso sabotaje. Vogelsang promovió una disposición del Ministerio de Educación por la que había que facilitar en la medida de lo posible las pruebas, tanto en los institutos como en las universidades, a los examinandos que hubieran prestado especiales servicios a la causa nacional. Altos funcionarios anticuados objetaron que una disposición así tendría como consecuencia que en algunos casos los enfermos pudieran ser atendidos por médicos sin duda fiables desde el punto de vista nacionalista, pero no desde el punto de vista científico. El celo patriótico de Vogelsang despejó sin esfuerzo tales reparos.

Una vez dictada la disposición, volvió a presentarse ante François.

Había una segunda cosa que liquidar: su enfrentamiento personal con el director. Ganaría este asalto tan victoriosamente como el primero. Cuando estaba en Tilsit, sólo podía imaginar el triunfo mostrándose férreo, ante el vencido, con el pie encima de su nuca. En Berlín ha aprendido otra modalidad de triunfo, una más silenciosa, más elegante. Ahora está sentado en el gran despacho de la dirección para saborear el triunfo, relajado con una pierna sobre la otra, los brazos cruzados, sin el sable invisible. Una sonrisa complaciente anida bajo su bigotillo trigueño, y en verdad vuelve a llevar el cuello dos milímetros más bajo.

—Me interesa, señor director —empieza, con la voz rechinante lo más alegre posible—, aclarar una cuestión más antes de dejar este centro. En su momento, no pudimos ponernos de acuerdo sobre si el estudio del libro Mi lucha era adecuado en centros como éste. ¿Se acuerda, señor director?

François asiente. Mira a Vogelsang con sus ojos azules, serio, ni hostil ni enfadado. Vogelsang está a punto de saborear su última, su mejor

victoria. Porque en lo más hondo de su pecho sigue llevando clavado el aguijón de no haber encontrado entonces la respuesta adecuada al escarnio hecho con el venerado libro. Con aquella anécdota del emperador Segismundo, que estaba por encima de los gramáticos, ese hombre le hizo entonces un desaire. Ahora, tardía pero certera, Vogelsang conoce la respuesta.

—Permítame —prosigue con elegancia— responder a aquella anécdota del concilio de Constanza que entonces me relató, comparando irónicamente al Führer con el emperador, con otra anécdota de la historia eclesiástica. En el sínodo de Chipre —hablaba con lentitud, marcando los puntos y las íes—, un obispo alegó las palabras del salvador ante el inválido: «Levántate y anda». Pero la palabra griega krabbaton le pareció demasiado vulgar a este príncipe de la Iglesia, erudito, ávido de sutilezas estilísticas, y la sustituyó por la más literaria skimpous. Entonces el santo sínodo se puso en pie de un salto y le gritó: «¿Acaso eres mejor que el que dijo krabbaton, que te avergüenzas de emplear sus palabras?».

François había escuchado atentamente. Era un hombre muy justo. No era una mala respuesta, una respuesta llamativamente buena para un popular. Se quedó allí sentado, reflexionó, y guardó silencio.

Vogelsang malinterpretó el silencio. Había aplastado al otro. Viéndolo allí sentado, pequeño, vencido por el enemigo incluso en su arma más importante, la palabra, el bienhumorado catedrático Lion Feuchtwanger L o s h e r m a n o s O p p e r m a n n

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sintió incluso lástima de él. Un hombre nacionalista, cuando tiene la rodilla sobre el pecho del adversario, es generoso. Ahora te vas a enterar, muchacho. Va a dejar a ese hombre, por qué no, otros dos meses en el cargo, bajo estricto control naturalmente, de modo que no pueda seguir envenenando los corazones de la juventud. Desde luego, antes tendrá que hacer penitencia. Bernd Vogelsang quiere ver su contrición. Sin eso no lo va a dejar ir. Ese hombre debe reconocer su derrota, expressis verbis.

—Usted sabe —dice— que voy a hacerme cargo de la Sección de Personal del Ministerio de Educación. Le conozco mejor que la mayoría de sus colegas, pero para la decisión que pronto tendré que tomar sólo me importa una cosa: ¿cuál es su actual opinión respecto a nuestra discrepancia? ¿Da usted la razón al San Espiridón de mi anécdota? ¿Insiste

en su principio de que la ética de un libro no puede llegar hasta sus alumnos si su estilo no está a su altura?

La verdad es que François no consideraba indecente la actitud de Bernd Vogelsang. Le está

ofreciendo otros pocos meses de plazo, quizá incluso más. Es una tentación. Pero sabe que no se darán por satisfechos con ese único sacrificio. Le exigirán cada vez más. Tendrá que decidir una y otra vez entre cometer una nueva indecencia o ir a parar a la pobreza. Y en algún momento no podrá

contenerse, y lo echarán. Su destino está decidido. Tendrá que ir a parar a la pobreza, al proletariado, sus hijos tendrán que llevar una vida dura y sombría, él una ancianidad dura y sombría. Ahora este hombre le ofrece un pequeño plazo, a cambio de una única y pequeña concesión. Ha hecho algunas concesiones, la última en el caso del alumno Oppermann. No hará más. Aún está a este lado de la frontera, aún está en sus manos decidir cómo dará el paso, si erguido o a trompicones. Una vez al otro lado, es probable que también degenere interiormente; es lo bastante viejo como para saber que el que nada tiene tampoco tiene expectativas de mantenerse honesto.

Así que al menos dará

erguido el paso al otro lado.

—Es muy amable de su parte, querido colega —dice—, que por así decirlo deje a mi criterio si puedo seguir aquí sentado durante algún tiempo

—se levanta; involuntariamente, es como una fuga, se coloca detrás del busto de Voltaire—. Sin duda, la tranquilidad y seguridad de este espacio —

prosigue—merecen el pequeño sacrificium intellectus que me exige.

Pero fíjese, querido colega —

habla con redoblada cortesía, una ínfima sonrisa sobre la perilla—, no soy lo bastante flexible, tengo quizá demasiado poca «astucia nórdica»

como para hacer ese pequeño sacrificio intelectual. Lo siento, pero tengo que insistir en que estamos aquí para enseñar a los jóvenes un alemán decente. Hay tanta ética en un alemán decente que podríamos renunciar a la ética de su Führer. Porque, sea ese escritor canciller o no, es un tormento leer su libro. El estudio de ese libro echará a perder el alemán de la juventud.

Ahí estaba, otra vez, la frase que había hecho callar a Bernd Vogelsang.

Ese hombre está

acabado, va a ser destituido: pero no se calla. En el fondo, a Vogelsang le impone semejante actitud. Ahí se ve que incluso una familia güelfa se aclimata cuando ha vivido ciento cincuenta años entre alemanes.

—Lamento sinceramente —terminó, chillón, reservado, pero no enfadado, su última visita a esa estancia— que persista en la doctrina equivocada. En estas circunstancias, difícilmente me será posible acogerle en la Nueva Alemania. Pero, si mis convicciones lo permiten, trataré de hacer que su despedida sea honrosa y fácil —y ésa era su firme voluntad.

Naturalmente, François no dijo nada a Nubecilla Negra sobre la oferta de Vogelsang y su respuesta. Por lo demás, los días de cambio fueron más agradables para él de lo que había pensado. Porque Nubecilla Negra, que había llegado a la convicción de que el destino de su marido estaba definitivamente sellado, cambió de actitud. Desde luego, habría sido más inteligente que se hubiera adaptado a los tiempos; pero ella había sabido desde siempre que, con todo su aparente desaliño, era un hombre duro en su interior; precisamente por esa dureza se había casado con él. Naturalmente, había que intentar armonizarle con los tiempos. Pero si eso fallaba, si de pronto, como ahora, había decisiones ya tomadas, no tenía sentido seguir atormentando a su marido. Así que se volvió dulce. Trataba de consolarle.

Decía que ahora podría terminar en paz su manuscrito La influencia del hexámetro antiguo en el estilo de Klopstock, que era para lo que él valía.

Entretanto, ella se Lion Feuchtwanger

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esforzaría en encontrarle un puesto en algún colegio privado o en el extranjero. Sería duro. Pero tenían tres años, en tales circunstancias era lo que podían aguantar con el capital de que disponían, y quizá le dieran una pensión, y en cualquier caso se las arreglarían. El consuelo hizo bien a François. Siempre había sabido que Sócrates tuvo que tener sus motivos para casarse con Xantipe.

Jacques Lavendel comunicó al magnate de la economía Friedrich Pfanz que pensaba abandonar Alemania y liquidar sus negocios allí. Friedrich Pfanz era uno de los hombres que sostenían los hilos que hacían bailar a los dirigentes populares, y Jacques Lavendel era uno de sus socios de confianza. Como americano, Jacques Lavendel habría podido permanecer sin riesgo en Alemania. No quería.

—Soy justo, Pfanz —dijo—. Sé que es sólo una parte de ustedes la que ha hecho estas canalladas. En el fondo es un pueblo decente, lo admito.

Durante catorce años, ha tenido que soportar la más abominable propaganda antisemita... usted sabe cómo se ha hecho, en parte es culpable de ella... y en realidad es un milagro que después de todo esto no hayan ocurrido más cosas. Well. Pero en este momento el aire entre ustedes está demasiado viciado para mí. Soy un capitalista. Entiendo sus motivos. Sé que nada podía sanear su descompuesta economía salvo llamar en su ayuda a esa chusma piojosa. Pero fíjese, soy capitalista y soy judío. Si usted me dice: vamos a matar a los judíos, pero sólo nos referimos a los sindicalistas, eso no hará que mis judíos resuciten. A Pfanz le habría gustado conservar a Lavendel en el país. Le dijo que todo esto era un período de interinidad, que pronto volverían a someter a esa chusma, que el ejército estaba listo para aplastar a los mercenarios, que los oficiales volverían a gobernar en vez de los sargentos, que él mismo estaba decidido a entrar en el gobierno. Y

propuso a Lavendel incluirlo en la gran operación de reaseguro para la cual él iba a cargar con el incómodo puesto de ministro. Pero Jacques Lavendel no se echó atrás.

—Le creo, Pfanz —dijo con su voz ronca—, cuando dice que el famoso Führer empezará a sentir el tirón de las riendas cuando usted entre en el gobierno. Pero mire, ya no soy joven, ya no soy codicioso, ya no soy curioso. Me basta con ver sus acciones en el noticiero de algún cine extranjero, mientras aquí hacen la gran colada. Prefiero formar en espíritu en sus filas. Así que, que le vaya bien, Pfanz, ya nos veremos cuando se haya arruinado.

Previendo esta evolución, ya había preparado con mucha antelación la liquidación de sus negocios. La estructura de los mismos era opaca.

Controlaba una serie de grandes sociedades inmobiliarias, y resultó que esas sociedades eran en realidad insolventes. Necesitaban grandes subvenciones oficiales, o los bancos hipotecarios perderían su dinero. Como también muchos bancos hipotecarios estaban subvencionados por el Reich o por los Länder, la retirada de Jacques Lavendel de sus negocios en Alemania representaba un sensible daño para el Reich. Jacques Lavendel tomó nota de ello moviendo la cabeza, con una sonrisita apenas perceptible. Era verdad que no era un hombre codicioso. Él y Klara habían decidido tomarse unos años de vacaciones. Primero se retirarían a su hermosa propiedad de Lugano. Habían invitado a los tres hermanos Oppermann a ir allí después

de Pascua. También Heinrich estaría para esas fechas. Jacques Lavendel había dejado a la elección de su hijo terminar sus estudios en Europa o en América. Heinrich prefería seguir en un país germanoparlante: terminaría sus estudios en Zúrich o en Berna. Eso alegraba a Jacques Lavendel. Tenía su punto de aprecio por Alemania. Antes de abandonar el país, Heinrich aún tenía que resolver cierto asunto. Su denuncia ante la fiscalía había provocado que en la vivienda de los Lavendel apareciera un policía de la Brigada de Investigación Criminal y le interrogara de forma tosca e incompleta. Su testimonio no había tenido otras consecuencias ni para Werner Rittersteg ni para él mismo. Werner ni siquiera parecía haberse enterado. Heinrich no podía dar el asunto por terminado en ese estadio.

Cada vez crecía más en él la idea de que Werner Rittersteg, con sus Jóvenes Águilas y su perversa propuesta en el club de fútbol, había enterrado a Berthold. Mientras pensaba, esforzada e inútilmente, en cómo resolver la cuestión, el propio Werner vino en su ayuda.

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La muerte de Berthold no había dejado impávido al Larguirucho pero, con lógica primitiva, se decía que ahora que Heinrich había perdido a su mejor amigo, quizá fuera más accesible a sus cortejos. Su padre había cumplido su promesa y había puesto un motor fueraborda en su bote de remos, guardado en un cobertizo en el lago de Teupitz. De pasada, como si nada hubiera ocurrido, Werner invitó a Heinrich a ir con él algún día al lago y probar el motor. Y, mira por donde —a Werner Rittersteg se le paró el corazón por la alegre sorpresa—, tras una brevísima reflexión, Heinrich aceptó. Sí, se ofreció a llevar él mismo a Werner a Teupitz. Así que cogió en secreto el coche de su padre, y los dos muchachos fueron a Teupitz.

Heinrich conducía bien y con seguridad. Subieron al bote y surcaron el tranquilo lago. Werner estaba confuso, encogido, pero el interés técnico de Heinrich por el bote le ayudó a superarlo. En general, Heinrich se mostró monosilábico, pero no enfadado. Se sentaron en el gran restaurante, ahora casi desierto, bebieron una mezcla de cerveza y zumo de frambuesa, comieron salchichas. Anocheció

antes de que emprendieran el viaje de regreso.

Werner iba en el coche con sentimientos encontrados. Habían charlado como compañeros, pero eso era todo; la cosa no había llegado tan lejos

como él había esperado. Incluso ahora daba la impresión de que Heinrich se arrepentía de haber ido con él. En cualquier caso, estaba extremadamente silencioso.

—¿Adónde vas? —preguntó Werner, con renovada esperanza, cuando Heinrich salió de la carretera principal.

—Este camino es más bonito —dijo Heinrich—, y sólo es un poquito más largo. Ya era de noche, los faros arrancaban a la oscuridad un trozo de bosque, había una luna pequeña y muy tenue. Heinrich conducía muy despacio, la angustia de Werner aumentaba.

—Podríamos parar y dar una vuelta —dijo, con voz ahogada.

—Muy bien —dijo Heinrich; paró y apagó los faros.

Entraron en el bosque. El suelo era húmedo y desigual, hacía bastante frío y estaba muy oscuro. Había un agradable y fuerte olor a tierra y pinos.

Reinaba un completo silencio, sus pasos no hacían ruido en el suelo húmedo y blando; sólo de vez en cuando, alguna rama, al pisarla, crujía bajo sus pies. Soplaba un viento muy leve.

Werner, en la oscuridad, tropezó varias veces. De pronto, Heinrich le agarró. Primero, Werner pensó que quería evitar que se cayera, pero Heinrich le puso la zancadilla y lo derribó en tierra.

—¿Qué haces? ¿Estás loco? —gritó Werner.

Heinrich no respondió, le cogió por la nuca y le hundió la cabeza en el húmedo suelo, hasta que le faltó el aliento.

—Le metiste un cuchillo en las tripas a Karper, cerdo. Acabaste con Berthold. Ahora vas a ver cómo se acaba con alguien.

Hablaba bajo, jadeante, enérgico. Apretaba cada vez más en el suelo el rostro del otro.

—Sí, muchacho, te voy a liquidar —le dijo—. Dirán que reventaste por tu causa nacional. Nadie pensará en mí. Dirán que la comuna te ha liquidado. Quizá sea un consuelo para ti. Pero un muerto es un muerto, y los discursos de Vogelsang te van a servir de poco. Apretó con más fuerza. El otro pataleaba, no podía liberar los brazos, no podía respirar. De pronto, Heinrich le soltó, saltó de su espalda.

—Levántate —ordenó. Pero el Larguirucho siguió tendido y no se movió—. Levántate —ordenó

Heinrich por segunda vez, y lo levantó—. Calzonazos —dijo.

Werner estaba ahí, mísero, balbuciente, con el rostro arañado por las ramas caídas, ensangrentado, con un grueso verdugón cruzándole la frente,

la ropa llena de tierra húmeda.

—Lávate y ven —ordenó Heinrich.

Él mismo, detrás de su rudeza, se sentía desvalido, miserable. Había querido resolver su asunto; había fracasado.

—Ven —ordenó al Larguirucho. Él mismo le ayudó a limpiarse un poco. Le sostuvo, le ayudó a regresar al coche.

Volvieron a casa, en silencio. Cuando llegaron a la carretera, Heinrich le hizo bajar. Lion Feuchtwanger

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El señor Markus Wolfsohn está sentado en su negro sillón orejero del piso de la Friedrich Karl Strasse. La cena ha sido escasa, pan, mantequilla, un dudoso paté. La señora Wolfsohn ahorra ahora hasta el último céntimo, controla al máximo la caja.

Esta noche, vuelve a darle su opinión al señor Wolfsohn. Ahora lo hace a menudo. Muy claro, pero no alto. No es preciso que la oigan en casa de los Zarnke. El señor Wolfsohn la entiende aunque hable bajo; ya le ha dicho mil veces lo mismo. Hay que irse, hay que largarse, mejor hoy que mañana.

Las mujeres aquí en la casa, aunque casi todos los maridos llevan la esvástica, siguen hablando con ella, pero sólo en secreto; si viene alguien, se interrumpen. La señora Hoppegart dice que las cosas aún van a empeorar. Todos le aconsejan que se vaya. Pero ¿cómo? ¿Y adónde? En el banco hay dos mil seiscientos setenta y cuatro marcos. Si le hubieran hecho caso y ahorrado más, si el señor Wolfsohn no siempre hubiera gastado tanto en muebles, ahora tendrían cuatro o cinco mil. El sillón orejero, por ejemplo. Era una ocasión, una ganga, cierto. Pero el que carece de dinero tiene que pasar de largo incluso ante las gangas.

El señor Wolfsohn la deja hablar. Cuando las cosas van mal, las mujeres protestan y «siempre lo han sabido», es una vieja historia. Sólo que no debería exagerar de ese modo. Cuatro o cinco mil marcos. Jamás habrían podido arañar tal cantidad. El único lujo que se ha permitido en su vida fue la fachada nueva. Pero entonces las cosas tenían mejor aspecto. Entonces a uno sólo lo tiraban del metro en marcha, no del país.

El señor Wolfsohn hace un tímido intento de ser optimista. Ha sido despedido de Alemana de Fábricas del Mueble, pero ¿no está de momento bajo la protección del señor Oppermann? Sólo que ahí se agota todo aquello que podría sustentar el optimismo del señor Wolfsohn. Desde aquí, todo se

vuelve negro. Los comités de empresa populares acosan, el embalador Hinkel exige que le pongan en la calle. El señor Oppermann se ha dejado pelos en la gatera a causa de eso. El señor Oppermann se ha comportado de un modo muy decente, pero, ¿cuánto tiempo podrá resistir?

E incluso si pudiera, ya no da alegría vivir. Si hay que seguir viviendo de este modo hasta el final, mejor abrir ahora la llave del gas. Sólo es cuestión de tiempo que le echen de Los Arenques Feos; le tienen aprecio, pero no tienen más remedio que hacerlo. Y su contrato de arrendamiento tampoco va a ser renovado. Está sentado en un derribo, la casa tiembla, por así decirlo, bajo sus pies. Seguro que hallarán los medios y las vías para meter aquí al señor Zilchow, el cuñado del señor Zarnke, antes de que termine el plazo.

En realidad los Zarnke se han vuelto mucho más ruidosos aquí, en el bloque. El Zarnke original ya no se toma la molestia de proferir amenazas.

Cuando ve al señor Wolfsohn, se limita a extender el brazo y gritar: «Heil Hitler». Y el señor Wolfsohn tiene que responder «Heil Hitler». «¿Decía usted algo?», se permite a veces la broma de preguntar el señor Zarnke, y el señor Wolfsohn tiene que repetir «Heil Hitler».

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Lo que se oye decir a los compañeros de trabajo, a los pocos judíos conocidos, es escalofriante. El señor Wolfsohn no quiere oírlo. Si se repite una cosa así, si se oye tan sólo, uno se encuentra, visto y no visto, en un campo de concentración.

También Marie trae a casa semejantes historias, historias horribles, los conocidos judeoorientales de su hermano Moritz Ehrenreich se las susurran.

Pero el señor Wolfsohn se niega, se rebela, cierra la boca a Marie, no lo tolera bajo ninguna circunstancia; son esos cuentos de terror los que lo llevan a uno a la cárcel.

¿Son cuentos de terror? El señor Wolfsohn se lo dice con énfasis, quiere que lo sean. Pero en una ocasión, por la noche, regresando de un inventario, vio un coche parado ante una casa del centro, uno de esos coches muy grandes en los que los populares suelen pasar a toda prisa. Tenía los faros encendidos, de manera que la calle estaba bajo una luz estridente. El señor Wolfsohn iba a dar un rodeo, pero pensó que eso llamaría la atención, así que siguió su camino por la otra acera, pasó de largo ante el gigantesco coche que, vigilado tan sólo por dos hombres, parecía muy desagradable y belicoso, con sus poderosos faros. Al parecer estaban registrando una casa, haciendo una redada o algo por el estilo. Justo cuando pasaba el señor Wolfsohn estaban sacando a alguien. El señor Lion Feuchtwanger L o s h e r m a n o s O p p e r m a n n

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Wolfsohn no quería mirar, era mejor no preocuparse de nada, pero aun así no pudo evitar echar una ojeada, lleno de temerosa curiosidad. Vio a un hombre vestido con un traje marrón, parecido al que él tenía; uno le sujetaba por el cuello, otro por el brazo derecho, otro por el izquierdo; el hombre tenía la cabeza baja, parecía muy magullado. Por una mínima fracción de segundo el señor Wolfsohn vio su rostro, estaba amarillo, pálido, una gigantesca mancha morada le corría sobre un ojo.

El señor Wolfsohn no le había contado nada a Marie, pero no conseguía quitarse de la cabeza el rostro amarillo, pálido, agotado, del hombre. Desde entonces, al volver a casa, siempre que doblaba hacia la Friedrich Karl Strasse miraba temeroso si no había uno de esos grandes coches allí parado.

Noche tras noche, tenía miedo a que de pronto los poderosos faros del coche cayeran sobre su ventana, aunque era algo imposible: su casa estaba demasiado alta. Se imaginaba que llamaban a la puerta en medio de la noche, y antes de que tuvieran tiempo de abrir ya estaban dentro, y le

habían dado con la porra en el ojo, y uno tenía una mancha, grande como la mancha de encima del cuadro, y el rostro amarillo y pálido como el de aquel hombre.

Durmió mal durante esas noches; a Marie no le había contado una palabra de su experiencia; tanto más le afectó cuando, una noche en que yacía insomne, de pronto ella se le acercó y dijo:

—Tengo tanto miedo, Markus; miedo a que vengan hoy.

Él quiso responder algo enérgico, como que qué tontería era ésa, pero no pudo. Sólo había dicho lo que él mismo pensaba. Ya no pudo dormirse, y se dio cuenta de que tampoco ella dormía. Su miedo aumentó. Se dijo que todo eran bobadas, él no había hecho nada. En la ciudad de Berlín viven cuatro millones doscientas mil personas, ha hecho tanto y tan poco como todos ellos, ¿por qué

va a tener miedo precisamente él? Pero no sirvió de nada. Pensaba en el embalador Hinkel, pensaba en el señor Zarnke, y tenía miedo, cada vez más miedo, sudaba, le dolía el estómago, deseaba que ya fuera mañana. Luego, le acometía una rabia terrible por tener que aguantar ese miedo. ¿Por qué él? ¿Por qué no el señor Zarnke? En cualquier caso, no aguantará otra noche como ésta. Lo dejará

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