Los Miserables
Capítulo III
Mientras tanto el grupo crecía a cada instante. Gavroche iba delante de todos, cantando a gritos.
En la calle Billettes, un hombre de alta estatura, que empezaba a encanecer y a quien nadie conocía, se sumó al grupo. Gavroche, distraído con sus cánticos, sus silbidos y sus gritos, con ir el primero, y con llamar en las tiendas con la culata de su pistola sin gatillo, no se fijó en aquel hombre.
Al pasar por la calle Verrerie frente a la casa de Courfeyrac, su portera le gritó:
—Señor Courfeyrac, adentro hay alguien que quiere hablaros.
—¡Que se vaya al diablo! —dijo Courfeyrac.
—¡Pero es que os espera hace más de una hora! —exclamó la portera.
Y al mismo tiempo un jovencillo vestido de obrero, pálido, delgado, pequeño, con manchas rojizas en la piel, cubierto con una blusa agujereada y un pantalón de terciopelo remendado, que tenía más bien facha de una muchacha vestida de muchacho que de hombre, salió de la portería, y dijo a Courfeyrac con una voz que no era por cierto de mujer:
—¿Está con vos el señor Marius?
—No.
—¿Volverá esta noche?
—No lo sé. Y lo que es yo, no volveré.
El muchacho le miró fijamente, y le preguntó:
—¿Adónde vais?
—Voy a las barricadas.
—¿Queréis que vaya con vos?
—¡Si tú quieres! —respondió Courfeyrac— La calle es libre.
Y junto a sus amigos se encaminaron hasta la calle de la Chanvrerie, en el barrio de Saint-Denis.
III
Corinto
A esa hora Laigle, Joly y Grantaire se encontraban en la, en aquella época, célebre taberna Corinto, situada en la calle de la Chanvrerie desde hacía trescientos años, y cuyos dueños se sucedían de padres a hijos.
Hacia 1830, el dueño murió y su viuda no supo mantener el prestigio de la taberna; la cocina bajó su calidad y el vino, que siempre fue malo, se
hizo intomable. Sin embargo, Courfeyrac y sus camaradas continuaron yendo allí, por compasión, decía Laigle.
Ese día los tres amigos comieron y bebieron copiosamente y se burlaron de todo, como de costumbre. De pronto vieron aparecer a un niño de unos diez años, todo despeinado, empapado por la lluvia, y con una gran sonrisa en sus labios. Los miró atentamente y se dirigió sin vacilar a Laigle.
—Un rubio alto me dijo que viniera aquí y dijera al señor Laigle de su parte este mensaje: "ABC". Es una broma, ¿verdad?
—¿Cómo lo llamas? —le preguntó Laigle.
—Navet, soy amigo de Gavroche.
—Quédate con nosotros a almorzar.
—No puedo, voy en el cortejo, soy el que grita ¡abajo Polignac!
Hizo una reverencia y se fue.
—ABC, es decir, entierro de Lamarque —dijo Laigle—. ¿Iremos?
—Llueve —dijo Joly—, no quiero resfriarme.
—Yo prefiero un almuerzo a un entierro.
—Entonces nos quedamos —concluyó Laigle.
Y continuaron con su almuerzo alegremente. Pasaron las horas y ya no quedaba nadie más en la taberna. Laigle, bastante borracho, estaba sentado en la ventana cuando súbitamente sintió un tumulto en la calle y gritos de ¡a las armas! y vio pasar a sus amigos encabezados por Enjolras y seguidos por un extraño grupo vociferante. Llamó a gritos a Courfeyrac. Courfeyrac lo vio y se le acercó.
—¿A dónde van? —preguntó Laigle.
A hacer una barricada.
—Háganla aquí, este lugar está perfecto.
—Es cierto, Laigle, tienes razón.
Y a una señal de Courfeyrac, el tropel se precipitó hacia Corinto.
A aquella famosa barricada de la Chanvrerie, sumergida hoy en una noche profunda, es a la que vamos a dar un poco de luz.
Corinto se componía de una sala baja donde estaba el mostrador, y otra sala en el segundo piso a la que se subía por una escalera de caracol que se abría al techo; en la sala baja había una trampa por donde se bajaba al sótano. La cocina dividía el entresuelo del mostrador.
Gavroche iba y venía, subía, bajaba, metía ruido, brillaba, era un torbellino. Se le veía sin cesar; se le oía continuamente; llenaba todo el espacio. La enorme barricada sentía su acción. Molestaba a los transeúntes,