Los Miserables
Capítulo III
cuanto a los placeres de la nueva vida, se reducían a uno sólo: estar con Marius. Su principal gloria era salir con él y no separarse de su lado.
Ambos sentían un placer cada vez mayor en pasearse tomados del brazo, a la vista de todos, los dos solos.
Sustituido el tuteo por el vos, y las expresiones de señora y señor Jean por las de su trato familiar, Cosette encontraba a Jean Valjean distinto de lo que era antes.
Y hasta el propósito que había tomado Jean Valjean de separarla de él se cumplió, pues Cosette se mostraba cada vez más alegre y menos cariñosa. Sin embargo, siempre lo quería mucho, y Jean Valjean lo sabía.
—Erais mi padre y no lo sois ya; erais mi tío, y ya no lo sois; erais el señor Fauchelevent, y sois el señor Jean. ¿Quién sois, pues? No me gustan estas cosas. Si no os conociera, os tendría miedo.
El vivía siempre en la calle del Hombre Armado, porque no podía resolverse a alejarse del barrio donde habitaba Cosette. Al principio se quedaba con ella unos cuantos minutos, y luego se marchaba. Poco a poco se fue acostumbrando a alargar sus visitas, como si aprovechara la autorización que se le dieran. Llegaba más temprano y se despedía más tarde. Cierto día a Cosette se le escapó decirle padre y un relámpago de alegría iluminó el sombrío rostro del anciano.
—Llamadme Jean —fue su única respuesta.
—¡Ah!, es verdad —dijo Cosette riéndose—, señor Jean.
—Eso, eso —replicó él, y volvió la cara para que ella no le viera enjugarse los ojos.
III
Recuerdos en el jardín de la calle Plumet
Fue la última vez. Después de aquel relámpago vino la extinción absoluta. No más familiaridad, no más buenos días acompañados de un beso, no más esa palabra tan dulce: ¡padre! Se vio, tal como él mismo lo buscara, despojado sucesivamente de todas sus alegrías; y su mayor miseria fue que, después de haber perdido a Cosette en un solo día, le era preciso perderla ahora otra vez paso a paso.
Pero le bastaba con ver a Cosette todos los días, ¿qué más necesitaba?
Toda su vida se centraba en aquella hora que pasaba sentado junto a ella,
mirándola sin desplegar los labios, o bien hablándole de los años de su infancia, del convento y de sus amiguitas de entonces. Una tarde Marius dijo a Cosette:
—Habíamos prometido hacer una visita a nuestro jardín de la calle Plumet. Vamos, no hay que ser ingratos.
La casa de la calle Plumet pertenecía aún a Cosette, por no haber concluido el plazo del arriendo. Allí los recuerdos del pasado les hicieron olvidar el presente.
Cuando oscurecía, a la hora de siempre, Jean Valjean fue a la calle de las Hijas del Calvario.
—La señora salió con el señor barón, y aún no ha vuelto —le dijo Vasco.
Se sentó en silencio, y esperó una hora. Cosette no volvió. Bajó la cabeza y se marchó.
Quedó Cosette tan embriagada con aquel paseo a su jardín, y tan contenta de haber vivido un día en el pasado, que la tarde siguiente no habló de otra cosa. Ni siquiera advirtió que no había visto a Jean Valjean.
—¿Cómo habéis ido? —le preguntó éste.
—A pie.
—¿Y cómo habéis vuelto?
—En un coche de alquiler.
Observaba hacía algún tiempo la estrechez con que vivían los esposos, y le molestaba. La economía de Marius era demasiado rigurosa. Aventuró una pregunta:
—¿Por qué no tenéis coche propio? Una bonita berlina no os costará más de quinientos francos al mes. Sois rica.
—No sé —respondió Cosette.
—Lo mismo ha sucedido con Santos. Se ha ido y no la habéis reemplazado. ¿Por qué?
—Basta con Nicolasa.
—Pero no tenéis doncella.
—¿No tengo a Marius?
—Casa propia, criados, carruaje, palco en la Opera, todo esto deberíais tener. ¿Por qué no sacar provecho de la riqueza? La riqueza ayuda a la felicidad.
Cosette no respondió nada.
Las visitas de Jean Valjean no se abreviaban, antes por el contrario.
Cuando el corazón se escapa, nada detiene al hombre en la pendiente.
Siempre que Jean Valjean deseaba prolongar su visita y hacer olvidar la hora, elogiaba a Marius; decía que era noble, valeroso, lleno de ingenio, elocuente, bueno. Cosette resplandecía. De esta manera lograba Jean Valjean permanecer alli más tiempo. ¡Le era tan dulce ver a Cosette y olvidarlo todo a su lado! Era la única medicina para su llaga. Varias veces tuvo Vasco que repetir este recado: el señor Gillenormand me envía a recordar a la señora baronesa que la cena está servida. Entonces se marchaba muy pensativo. Un día se quedó más tiempo aún de lo que acostumbraba. Al día siguiente notó que no había fuego en la chimenea.
—¡Dios mío!, ¡qué frío se siente aquí! —exclamó Cosette al entrar—.
¿Sois vos el que habéis dado orden a Vasco de que no encienda?
—Sí. Ya estamos por llegar a mayo y me ha parecido que era inútil.
—¡Otra de esas ideas vuestras! —respondió Cosette.
Al otro día no faltaba el fuego, pero los dos sillones estaban colocados en el extremo opuesto de la sala, cerca de la puerta.
—¿Qué significa esto? —pensó Jean Valjean.
Tomó los sillones y los puso en el sitio de siempre, junto a la chimenea.
Se reanimó un poco al ver de nuevo el fuego, y prolongó la visita más de lo regular. Pero empezaba a darse cuenta de que lo rechazaban.
Al día siguiente tuvo un sobresalto al entrar en la sala baja. Los sillones habían desaparecido, no había ni siquiera una silla.
—¿Qué es esto? —dijo Cosette en cuanto entró—, no hay sillones.
¿Dónde están los sillones?
—Se los han llevado —respondió Jean Valjean.
—¡Pues esto es demasiado!
Yo he dicho a Vasco que se los lleve, porque no voy a estar más que un minuto.
—No es razón para pasarlo de pie.
Jean Valjean no halló que decir.
—¡Hacer quitar los sillones! ¡No os bastaba con apagar el fuego! ¡Qué raro sois!
—Adiós —murmuró Jean Valjean.
No dijo: Adiós, Cosette; pero le faltaron fuerzas para decir: Adiós, señora.