Los monstruos que ríen

Denis Johnson · Capítulo 1 de 3 · parte 1/2

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Los monstruos que ríen

Dos

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

En el aeropuerto de Entebbe no tuvimos problemas para que nos dieran el visado de

entrada en Uganda. Por culpa de la resaca del vuelo largo y bamboleante y las dos

paradas intermedias, durante las cuales nos habían dejado más de dos horas

asfixiándonos en nuestros asientos mientras la temperatura de la cabina del pasaje

ascendía hasta igualarse a la de la oscuridad tropical circundante, yo personalmente

ya no estaba seguro de si seguía vivo, me daba la impresión de haber accedido a

algún estado próximo a la inconsciencia, y el hecho de que pasáramos entre los

funcionarios de Entebbe, cruzáramos la terminal y llegáramos a la oficina de alquiler

de coches con tanta facilidad únicamente contribuyó a confundirme todavía más.

Pensé que debíamos volver dentro para verificar otra vez los sellos del visado.

—A mi gente no le gustan los problemas innecesarios —dijo Michael—. Esto no

es África Occidental. Relajaos.

Nos hizo entrar en un coche, donde Davidia se quedó dormida al instante con la

cabeza en su hombro, y zarpamos rumbo a nuestras camas. A través de la ventanilla

abierta del conductor nos daba un aire fresco en la cara; fresco, sí. Imaginé que debía

de venir del lago Victoria.

Por culpa de las restricciones presupuestarias de Michael, nos alojamos en el

Executive Suites, un establecimiento que tenía cuadros comprados en una tienda de

segunda mano colgando torcidos pero con solemnidad de algunas paredes; un «bed

and breakfast», como lo llamaba Michael, situado a unos dos buenos kilómetros del

lago y de los hoteles de verdad. Tras recorrer su única planta en busca de una cama

que no estuviera rota, conté catorce habitaciones. Llegamos un poco tarde para el

desayuno.

Me pasé gran parte del día deambulando por callejones fangosos en busca de un

teléfono móvil nuevo y no tardé en encontrar uno, otro Nokia. Almorcé tarde sentado

a una mesa que había delante de un pequeño supermercado, cargué el móvil unos

minutos y le mandé un mensaje de texto a Michael.

 

Apúntate mi número nuevo. Almorzad sin mí. Estoy comiendo pollo sentado a una mesa con pollos

correteando a mis pies.

 

Más tarde Michael me despertó de una profunda siesta aporreándome en la puerta

y gritando:

—Nair, la cena es obligatoria.

Durante tres segundos estuve despierto, me sentí con ganas de más aventuras y

casi puse los pies en el suelo. Volví a despertarme más tarde sin tener ni idea de

dónde estaba.

Miré mi teléfono nuevo. Otra hora al garete. Al otro lado de mi ventana los

himnos religiosos henchían el aire: alguna congregación cercana estaba alabando a

Dios con sus canciones, que fueron seguidas de las reverberaciones ininteligibles de

un sermón por los altavoces. Para cuando se terminaron las prédicas, yo ya me había

dado una ducha fría y había conseguido ubicarme en Entebbe; era domingo.

Encontré a Michael y a Davidia sentados a una mesa blanca y redonda del

restaurante del patio, abrazados y haciéndose arrumacos entre los restos de la cena,

espaguetis, seguramente de lata. Yo no tenía hambre. La feliz pareja estaba bebiendo

cerveza Nile directamente de la botella; yo me pedí un refresco de naranja y Michael

nos contó que habíamos hecho un trayecto de unos cinco mil kilómetros en dirección

sudeste para aterrizar a unos cinco kilómetros al norte del ecuador, a veinte

kilómetros al sur de la capital de Uganda, Kampala, y a trescientos kilómetros al este

de las montañas de la Luna y de las fuentes del Nilo; que estábamos a una altura de

unos mil doscientos metros, que no podíamos esperar temperaturas por encima de los

treinta grados centígrados, y que nos convenía adelantar los relojes hasta las 20.42

porque habíamos perdido una hora yendo al este. A continuación, con voz clara y

dulce de tenor, le cantó a su prometida la mayor parte de «Ain’t No Mountain High

Enough», acompañando a Marvin Gaye y Tammi Terrell, cuyas voces salían del

estéreo portátil del barman.

Fui hasta la barra, hice que el barman quitara la música, le enseñé a preparar un

martini con vodka y me bebí un par a toda velocidad.

Cuando volví para sentarme con mis camaradas con otra copa en la mano,

Michael dijo:

—Le estaba explicando a Davidia que mañana partiremos hacia el norte, rumbo al

monte Newada. O al menos en esa dirección. Hacia el norte. Stanley exploró esa zona

en busca de las fuentes del Nilo.

—Más información a su debido tiempo —dije.

Yo era consciente de que últimamente había estado bebiendo más que nunca en

mi vida. En aquella parte del mundo me sentía incapaz de relajarme ni de sentirme yo

mismo sin machacarme con algo bien fuerte la cabeza.

—Mi aldea está allí —nos dijo—, a la vista del monte Newada. —Y añadió—: Se

está comunicando conmigo un espíritu. Algo o alguien se está poniendo en contacto

conmigo. No, lo digo en serio. Los espíritus de mis antepasados, los espíritus de mi

aldea.

—¿Qué aldea? Yo pensaba que eras una especie de… ¿de dónde coño eres

oriundo, Michael? Eres una especie de desplazado congolés, ¿no?

—Soy exactamente eso. Un desplazado congolés. Y ahora me voy a emplazar otra

vez. —Cogió a Davidia del brazo como si me la estuviera entregando a modo de

prueba—. Ella se viene porque va a ser mi mujer. Y quiero que conozca a mis padres.

—Pensaba que tus padres estaban muertos.

—No hablo de los de verdad. Me refiero a mis otros padres. La aldea entera es

una familia. Todo el mundo es mi madre y mi padre y mi hermano y mi hermana. Si

hay buenas sensaciones, nos casaremos ahí mismo.

—Espera —dijo Davidia—. ¿Si hay buenas sensaciones?

—Si eres bienvenida. Y estoy seguro de que lo serás. La novia siempre es

bienvenida, a menos que venga de un clan que se dedica a robar.

—Y yo seré tu padrino —propuse.

—El equivalente.

—Espero que nadie vaya a cocinarme y a comerme.

—La gente no lo acaba de entender —dijo Michael, y era posible que hablase en

serio—. Que se te coman es una forma de alabar tu poder.

Llegaron un par de putas y se sentaron a otra mesa.

El equipo de música volvía a estar en funcionamiento. Convencí a Michael y a

Davidia para que probaran los martinis del barman. Se tomaron un par por cabeza y

bailaron juntos. Entre canciones escuchamos el canto de una rana que tenía voz de

pato, de pato insistente.

—Lo supe desde el principio —dije—. El Congo. Lo sabía.

—No, no el Congo necesariamente.

—¿No es hora ya de que nos digas adónde estamos yendo? —preguntó Davidia

—. ¿Dónde reside tu familia?

—Se desperdigaron durante las represalias. Nos desarraigaron y dispersaron. Pero

ahora se han vuelto a reunir. En otro lugar.

—¿Dónde exactamente?

—¿Dónde? Bastante cerca de Arua, en el rincón noroeste de este país.

—¿De Uganda?

—De este país donde estamos cenando, sí. Uganda.

—No del Congo —dije.

—No del Congo.

—¿Y cómo llegaremos allí?

—Cogeremos el autobús que sale de Kampala.

—¡Venga ya! Vamos en avión —respondí.

—Tiene que ser en autobús. Es fácil entender por qué.

—¿Por qué? —quiso saber Davidia.

Lo decía por Horst y por Mohamed Kallon. Si la Interpol nos estaba siguiendo

por alguna razón, podían comprobar las listas de embarque de los vuelos que salían

de Entebbe. Entendí que era lo lógico. Pero no me gustaba la conclusión.

—Podréis ver el campo —le dijo a Davidia.

—¡Bien! ¡En autobús! —exclamó ella.

—Arua es la ciudad natal de Idi Amin Dada —nos informó Michael—. Y en

marzo celebran su cumpleaños.

—¿Cómo? ¿La ciudad entera?

—Solo unos cuantos. Pero nadie se lo impide.

En autobús… No me reí por pura lástima hacia todos nosotros.

—O sea que simplemente nos subimos al autobús —dije— y nos largamos.

—Sí. Pasado mañana. ¿Vendrás conmigo?

—Claro. Estoy lo bastante borracho.

—Bien. Sigue borracho.

—¿Y tú? —le pregunté a Davidia—. ¿Estás lo bastante borracha?

—Estoy lo bastante enamorada.

Davidia emitía un resplandor sombrío, una vitalidad ardiente que caldeaba el aire.

Esa mujer me abría el apetito. Me daba ganas de oler su aliento.

Una de las chicas de alterne llevaba una peluca rubia y rizada, como si fuera una

Marilyn Monroe cubierta de chocolate… El barman no les dirigió la palabra y ellas

no pidieron nada, se limitaron a mirarme y a esperar.

Los martinis le estaban trabando la lengua a Michael.

—No quiero ser un plomo —dijo— en la ponchera cagada de la vida.

—¿Qué?

Michael estaba borracho. Lo cual quería decir que estaba sufriendo. Agarró un

bolígrafo y se puso a escribir algo en una servilleta. Me dio un golpecito en el

hombro y me la pasó. La agradable oscuridad no me permitió distinguir las letras.

—Nunca habría pensado que te casarías con una mujer negra —dije.

Michael negó con la cabeza, como para despejársela. Davidia se me quedó

mirando.

—¿Qué has dicho?

Eso mismo. ¿Qué había dicho?

—La bebida me está machacando. Es la altura.

—Tendrías que haber comido algo —dijo Michael.

—Explica tu comentario —replicó Davidia.

—Quieres decir que lo defienda.

—Vale. Defiéndelo.

—Lo explicaré —dije.

—Estamos esperando.

—Michael siempre ha tenido debilidad por las mujeres de Oriente Próximo, es lo

único que digo. Las mujeres tipo princesa persa. Me disculpo por decir

inconveniencias. Me disculpo.

Ella se rio. Estaba enfadada.

—No hace falta que te esfuerces tanto.

Era solo por Michael por lo que yo estaba intentando arreglar la situación, pero él

ni siquiera me escuchaba.

—Hablemos de otro tema —dijo—. No llegué a contestar tu pregunta sobre la

corporación Tenex.

—¿Tenex?

—¿Te acuerdas? Lo que me preguntaste en el aeródromo de Freetown. Estábamos

hablando del uranio. Pues Tenex trata con material U-235 procedente de cabezas

nucleares soviéticas desmanteladas. Lo diluyen hasta el diez por ciento de pureza y se

lo canjean a Estados Unidos.

—Dios bendito, Michael. ¿Otra vez con el U-235?

Siempre me ha hecho mucha gracia lo obvio que resulta Michael cuando intenta ser sutil. Jamás existió villano teatral con más pinta de conspirador: la cara inclinada

hacia delante para ocultarla entre las sombras, la cabeza ladeada hacia los naipes,

hacia la trampa, la ceja derecha enarcada y una mueca de desdén en los labios.

Me asaltó un rápido y horrendo presentimiento.

Davidia me puso la mano en el antebrazo y me preguntó si estaba bien.

—Estoy bien —le dije—, pero tengo que pensar más las cosas.

—Bueno, pensar más no siempre es lo mejor, ¿no?

—Buenas noches.

Me acerqué a la puta de la peluca rubia y llegué a un acuerdo con ella. La mujer

se puso de pie e hicimos el trayecto hasta mi cama cogidos de la mano.

Estaba borracha y también había tomado alguna clase de droga, y cuando

terminamos perdió el conocimiento. O tal vez antes de que termináramos y yo

simplemente no me di cuenta.

 

Más tarde me desperté mientras la mujer se estaba marchando; cerré la puerta con

llave detrás de ella y me tumbé en la cama a ver el canal de cable chino, que estaba

emitiendo un documental sobre los catorce bebés panda del zoo de Shanghái. Una

tormenta repentina se puso a golpear el tejado como si fuera un alud, se cargó la

electricidad de la ciudad entera y mandó toda la existencia de regreso al sitio del que

venía. Pensé en la mujer, que debía de estar deambulando allí fuera, a oscuras en el

fragor de la tormenta.

En mi mesilla de noche encontré la servilleta en la que había escrito Michael. A la

luz del móvil pude distinguir las palabras, pero no entendí su significado:

 

Él es mi panda

de Uganda

es mi oso de peluche

hablan de él bastante mal

pero a mí me da igual

Idi Amin

¡soy tu fan hasta el fin!

 

Lo leí varias veces. La rima me interesaba especialmente.

 

Poco después de las seis de la mañana, a través de las paredes finas como el papel,

distinguí el zumbido de la máquina de cortar el pelo de Michael y el agua de la

ducha, y entonces oí que alguien salía. Al cabo de pocos minutos se oyeron unos

golpecitos suaves. Yo estaba calentando agua para hacerme un café instantáneo; el Suites proporcionaba una cafetera de filtro, pero en vez de café solo había un bote de

Nescafé. Se oyeron otra vez los golpecitos y pensé que debía de ser Davidia.

Me acerqué a la pared y dije:

—Estoy despierto.

Su voz se oyó muy claramente:

—Ven a verme.

—¿Quedamos en un restaurante?

—Hablemos aquí. Ven para aquí. Da la vuelta.

—Podría atravesar la pared fácilmente.

Mientras hablaba a través de la pared, fui consciente de lo cerca que estaban

nuestras caras.

Las luces del pasillo parpadearon. La puerta estaba abierta. Bajo la luz

intermitente la vi esperándome, vestida con una túnica de seda amarilla y descalza.

Ella se hizo a un lado y yo entré con mi taza y el bote de Nescafé en las manos.

—¿Dónde está Michael?

—Ha salido a correr, como todas las mañanas.

El aire tenía el sabor a humedad de la ducha. La ropa interior de ella estaba en el

suelo. Olí su perfume. Pero ella me dijo:

—Aquí dentro apesta. Lo siento. A veces él se sienta y se fuma media docena de

cigarrillos seguidos. Sin decir palabra. Perdido en sus pensamientos.

Ella cogió un cigarrillo de la mesilla de noche y se lo llevó a los labios. Miró a su

alrededor. Tal vez buscando un encendedor.

—¿Tú fumas?

Tiró el cigarrillo al montón de colillas del cenicero.

—Soy una idiota.

—Tomémonos un café. ¿Tienes agua embotellada?

Ella me dio una botella de litro y puse a calentar el agua en la cafetera.

Ella se sentó en la cama.

—Nos hemos peleado.

—Me sorprende. Quiero decir que no habéis hecho nada de ruido. No tenía ni

idea.

—Él no ha querido que hiciéramos ruido. Para poder oírte a través de la pared.

—¿Oírme a mí?

—A ti y a la chica.

—Nosotros tampoco hemos hecho ruido.

—Somos una panda de idiotas silenciosos —dijo ella—. Y me ratifico en lo de

idiotas. —Se levantó, pero no sabía adónde ir—. Tenía ganas de verte a solas.

—¿Por qué?

Hizo una pausa.

—Aún no tengo una respuesta clara.

—¿Hay algo que quieras decirme? —Al ver que no la estaba ayudando, añadí—: Solo estoy intentando ayudarte a averiguarlo.

—Quería ver qué tal nos sentíamos juntos.

—Ah. —Me concentré en las tazas, las cucharillas y el Nescafé—. ¿Por qué os

habéis peleado?

—Porque yo pensaba que íbamos a Kampala. Y ahora resulta que nos vamos a

Arua.

—Pero anoche en la cena estabas dispuesta a seguirle el rollo.

—¿«Seguirle el rollo»? ¿De qué vas, de Jack Kerouac? Tus americanismos son

del siglo pasado.

—Bueno, da igual.

—Sí, claro, anoche yo era superenrollada. A mí también me afecta el alcohol. No

me di cuenta de que él no nos estaba contando nada.

—Michael no hace planes. Urde historias. Tú déjale ser misterioso. Si hubiera

alguna forma de meterle prisa, créeme que yo ya la habría encontrado.

—Por eso tenía que hablar contigo, para intercambiar impresiones. ¿Puedo

confiar en ti? No, no puedo, ¿verdad? O sea, no sé si puedo confiar en que seas

sincero conmigo. ¿Qué estamos haciendo? O sea, más concretamente vosotros dos,

¿qué os proponéis? Algo está pasando, y él no me quiere decir qué es.

—No está pasando nada en el sentido de… pasar. Simplemente viajamos juntos.

—¿Y tú por qué vas con él?

—Soy la mitad de su séquito.

—Él da por sentado que estás entregado a él. Yo no estoy tan segura.

—Él da por sentado que estoy entregado a la causa de hacerme rico. Ya sabes, a

explotar las riquezas de este continente.

—¿Y eres realmente así? ¿Un vulgar aventurero?

—¿Por qué lo llamas «vulgar»? La aventura es maravillosa. No entiendo por qué

la gente la menosprecia.

—No me puedo creer que te fueras con esa pobre mujer de la peluca ridícula.

Habrás usado protección, ¿verdad?

—Esto empieza a ser de locos. ¿No te parece que no es asunto tuyo?

—No. Pero ¿no crees que tengo razones para volverme un poco loca?

—Bébete el café —le dije.

—Le pasa algo raro, Nair. En plena noche le entran unas… no sé qué son…

pesadillas, sonambulismo, hablar en sueños… En serio, no sé qué son.

—¿Sonambulismo de verdad? O sea, ¿camina dormido?

—No, pero sí… habla, se revuelve… Habla conmigo, pero dice locuras; me mira

fijamente, pero cuando lo enfoco con una luz parece ciego.

—Terrores nocturnos, ¿verdad? Recuerdos violentos.

—Me está volviendo loca. Da miedo.

—Dime una cosa. ¿Cuándo llegaste a África?

—Mañana hará dos semanas.

—Menos de dos semanas. Es el momento en que uno se viene abajo. No es nada

grave. Una pequeña implosión poco importante, por llamarla así, de tu personalidad

estadounidense.

—No es la primera vez que viajo. No seas condescendiente conmigo. Estoy loca

por un hombre que me está volviendo loca porque estoy loca por él. Y no me quiere

decir nada. Me ha quitado el móvil.

—¿En serio? Dios bendito.

—No me deja llamar a casa.

—Tu familia debe de estar alarmadísima.

—Solo tengo a mi padre y no nos comunicamos mucho. Lleva enfadado conmigo

desde que empecé a trabajar para el Instituto. Aun así… o sea, si pudiera llamarlo lo

haría. Si Michael me dejara. Pero ¿por qué no me deja? ¿Siempre es así? Porque a mí

me parece que es algo nuevo.

—No es nada nuevo.

—O sea que lo has visto antes así. Con sospechas paranoicas. Quitándole el móvil

a la gente.

—Llevo una docena de años analizando a Michael Adriko. En primer lugar, ten

en cuenta que es huérfano de guerra. Nació en medio del caos y sufre una inseguridad

patológica. Mantiene un control férreo sobre el flujo de información porque así tiene

la sensación de que la vida no se le podrá escapar. Pero si hay algo que necesitas

saber de verdad, te lo dirá. Aunque a veces me vengan ganas de torturarlo con

electricidad.

—No bromees con eso. Ya lo han torturado.

Y era cierto.

Allí de pie, sosteniendo la taza con ambas manos, Davidia parecía sentirse sola y

desamparada, y no se me ocurrió otra cosa que preguntarle tontamente:

—¿De verdad te vas a casar con él?

—Para eso estoy aquí.

—¿De verdad lo quieres?

—¿Tú sabes quién es mi padre? —me dijo.

Una pregunta inesperada.

—Me temo que no.

—¿Michael no te lo ha dicho? Mi padre es su oficial al mando: el comandante de

guarnición de Fort Carson. El coronel Marcus St. Claire.

—Oh, Dios mío —dije—. Oh, Dios mío. —Me levanté de un salto para decir otra

cosa, pero terminé diciendo—: Oh, Dios mío.

—Hasta que encontré a Michael, solo conocía dos amores: el amor a mi padre y

el amor a mi país. Ahora también quiero a Michael.

—Pero me has dicho que tu padre y tú estabais peleados.

—Es complicado. Cosas de familia. Yo diría que estamos distanciados. Aun así,

él quiere a Michael tanto como yo. Todo el mundo quiere a Michael. ¿Tú no lo quieres, Nair?

—No puedo resistirme a él. Digámoslo así. —Y añadí—: Oh, Dios mío.

 

Bajé al vestíbulo, que era muy reducido, y pedí café. Poco después Michael entró por

las puertas, vestido con un chándal azul celeste, y se inclinó hacia delante con las

manos apoyadas en las rodillas, jadeando y mostrando la coronilla de su cabeza

musculosa y afeitada. A continuación se incorporó, se quitó bruscamente la banda

elástica de la cabeza y la estrujó, para escurrir el sudor, que cayó al suelo.

Le hice un gesto con la mano.

—Ven aquí, por favor.

Él se acercó.

—Siéntate.

Se sentó a mi lado en el diván, con su pierna pegada a la mía.

—Michael, me estás cabreando.

—¡Jamás!

—Dime de una vez por todas, y con detalle, de qué va todo esto.

—¿Te cae bien Davidia?

—No la quiero aquí.

—¡Que-qué!

—No si te propones hacer lo que creo que te propones. Y si es lo que creo, la

estás cagando bien. La estás cagando del todo.

Él se quedó mirándose un momento las palmas de las manos y por fin me enseñó

la cara: un alma sin amigos.

—Demos un paseo. Todavía estoy acalorado.

Pero primero fue al mostrador, llamo al recepcionista, le pidió un cigarrillo y se lo

guardó detrás de la oreja.

Salí del vestíbulo detrás de él y me adentré por el río de barro rojo que hacía las

veces de calle. Aunque todavía era temprano el barro ya estaba duro. A esa altitud el

aire era fresco, pero el sol del ecuador me quemaba la espalda. Dar un paseo era de

locos.

Michael caminaba a mi lado, cogiéndome un brazo con una mano gigante y

masajeándome el cuello y las clavículas con la otra. La cara le brillaba de alegría y de

sudor.

—¡Me alegro de hablar sinceramente contigo, Nair! Ya es hora, ya puedo hacerlo.

Ahora soy feliz. Antes estaba desconsolado, pero ahora soy feliz. Pregúntame lo que

quieras.

—Joder, Michael, ¿por dónde empiezo? Por tu statu quo militar, por ejemplo.

—No pertenezco a ningún ejército. Solo era un agregado.

—Hay una unidad de las Fuerzas Especiales estadounidenses de caza por el

Congo oriental. Buscando a la Resistencia del Señor. ¿Estabas agregado a ellos?

—Correcto.

—¿Y desertaste?

—Eso es un rumor asqueroso.

—¿Desertaste?

—No deserté. Me marché para llevar a cabo mi plan. Mi hermoso plan; y sí, sí, sí,

nos vamos a hacer ricos, ¿cuántas veces te lo tengo que decir? Ten paciencia. Pronto

vas a ver algo. De un solo tiro voy a matar a una bandada entera de pájaros.

—Déjate de chorradas, tu estado es ASP, ausente sin permiso.

—Estoy destacado. Destacado es mucho más preciso.

—Siguiente pregunta: ¿estamos trapicheando con material fisionable?

—Un momento, hermano.

En los últimos días su forma de hablar había perdido el deje norteamericano y

ahora noté que imprimía a sus pasos un giro africano y que al caminar se le mecían

los hombros como a los africanos. El callejón trazaba una cuesta pronunciada. Él se

detuvo para pedirle fuego a un vendedor callejero y de pronto se puso a correr por la

subida, a muchos pasos por delante de mí, dando caladas a su cigarrillo. Cuando por

fin lo alcancé, me dijo con una sonrisa falsa y enfermiza:

—Hermano, ¿tú crees que en nuestra ceremonia de boda va a haber U-235?

Menudo aficionado. Cuando se trataba de torrentes de falsedades, era un artista

consumado. En cambio, una simple denegación, una palabra, una mentira directa…

Para eso no tenía talento.

—Un momento —le dije—. Déjame que recobre el aliento.

Se nos acercó un mendigo sin camisa y con pantalones cortos de color caqui,

sonriendo, arrastrando una pierna y lloroso:

—¡Sahibs!

Tenía la pierna gigantesca por culpa de la elefantiasis, como si llevara a otro

hombre a rastras.

Michael agarró al hombre de la garganta con una sola mano, haciendo pinza con

el pulgar y el índice; lo levantó a pulso de forma que los dedos amarillos y callosos

de los pies del hombre le quedaron colgando a un palmo del suelo y le dijo:

—Hoy no llevamos nada. ¡Ja, ja!

Y lo dejó en el suelo.

Seguimos caminando.

—Salgo a correr todas las mañanas a las seis —dijo—. ¿Quieres ponerte en forma

conmigo?

—No. Quiero que me cuentes lo del U-235.

—Todavía no. ¿Qué más? Pregúntame lo que sea, Nair.

Me había revelado un poco más, aunque no mucho. No tenía sentido seguir

empujando contra su muro de gomaespuma.

—Qué me dices de esto: ¿te vas a casar con la hija del comandante de tu base?

—Del comandante de guarnición, sí.

—Es demasiado maravilloso. ¿Dónde está la unidad del Décimo Grupo?

—Cerca de Darba, Congo.

—Si vamos allí, ¿él no la querrá recuperar?

—La querrá recuperar vayamos o no.

—No tendrá a una panda de boinas verdes pisándonos los talones, ¿verdad que

no?

Michael guardó silencio de una forma que no me gustó.

—¿Los tendrá? No quiero arriesgarme a ningún derramamiento de sangre. Y

«ningún» quiere decir ni una gota.

—No, nada de sangre. Ni siquiera sospecharán que estamos cerca de ellos.

—No vayamos y ya está.

—¿Que no vayamos? —Se giró trazando un círculo completo, buscando algún

testigo de mi locura—. ¡Que no vayamos, dice! ¿Te lo tengo que aclarar? Pues te lo

aclaro. Déjame hablarte a las claras de mi clan. Esto es como si yo hubiera dejado a

un hombre agonizando y me hubiera escapado para salvar el pellejo. Y luego al día

siguiente el hombre entra en mi campamento cubierto de sangre y con ganas de

seguir viviendo. ¿Te puedes imaginar la vergüenza que sentirías al mirarle a los ojos?

Pues esa es la vergüenza que me da volver a mi aldea. ¿Qué puedo hacer para que lo

entiendas? Voy a casarme con Davidia. Ella será mi compañera de por vida. Tenemos

que inaugurar nuestra vida juntos como es debido, con la bendición de mi gente.

¿Cómo puedo hacer que lo entiendas? Es algo esencial, no es un simple gesto; no es

una simple idea bonita, es la misma esencia de la cosa. Sin esto, yo no soy nada, ella

no es nada y los dos no somos nada.

Mientras expresaba estas ideas, las iba siguiendo con la vista, contemplando

cómo se alejaban al galope hacia el lugar donde tenían sentido.

—¿Y vamos a un sitio llamado monte Newada?

—Cerca de ahí. Todavía no he descubierto la ubicación exacta.

—Y, sin embargo, estás seguro de que tu gente se ha vuelto a reunir.

—Simplemente sé que tuvieron que volver a juntarse. Es lo natural.

—Es esencial.

—Sí. Esencial. Lo dices como si fuera una palabra vacía, pero está llena de

significado. Es la verdad. Tiene que ver con la esencia de las cosas. Nair, puedo

adivinar de dónde has sacado tu información sobre mí. De Horst, o de Mohamed

Kallon. Que se vayan a la mierda. Oficialmente he desertado, pero en realidad estoy

regresando a la lealtad de la que hui. ¿Dónde está la deserción? La deserción es una

simple moneda. Le das la vuelta y es lealtad.

Me mostré de acuerdo.

—Vaya, vaya. Has estado pensando.

—Un soldado no debe pensar nunca. De hecho, es un alivio que te prohíban

pensar. ¿Por qué empezó a pensar mi mente? —Tenía la cara henchida de tristeza—.

Nair, eres el amigo más importante que he tenido jamás.

A las cinco de la mañana siguiente, Michael nos hizo partir todavía a oscuras en un

 

coche de alquiler rumbo a Kampala. Mientras nos acercábamos a la capital, el tráfico

se volvió más denso, al igual que el aire, cargado del humo de las fogatas de los

desayunos y de los gases de los motores diésel; circulamos a toda velocidad bajo las

precarias farolas, muchas de las cuales ardían y teñían el humo de amarillo. En algún

lugar cercano cogeríamos un autobús que nos llevaría al rincón nordeste del país.

Estuvimos buscando por las calles sin nombre hasta que el chófer se rindió y nos hizo

bajarnos del coche, y luego los tres nos dedicamos a dar tumbos por entre las

alcantarillas, los socavones y las hordas de moradores de las calles, que despertaban

al largo, lento y encapotado amanecer africano, suplicando ayuda: suplicando

nosotros, no ellos. Michael nos llevó a la oficina de reservas de la línea Gaagaa, que

era como se llamaba, un espacio de cinco metros por cinco completamente cubierto

de gente durmiendo a la que no le importaba que los pisaran quienes intentaban llegar

a la cabina del empleado. Este nos enseñó un plano de los asientos y yo escribí mi

nombre allí donde quería sentarme, al frente de todo y cerca del conductor, mientras

que Michael se puso a sí mismo y a Davidia al otro lado del pasillo.

Mientras subíamos al autobús levanté la vista y me di cuenta de que ya debía de

hacer media hora que había amanecido, pero estaba tan nublado que no nos llegaba ni

un rayo de sol. Estaba bien tener un cojín donde sentarse, aunque estuviera mohoso y

rajado, pero yo no entendía la actitud risueña de Michael, el entusiasmo que mostraba

entre aquella flota de autocares de lujo en ruinas, exportados de Malasia o de

Singapur en lotes de chatarra del tamaño de buques de carga, estrangulados y

aporreados para que soltaran unos cuantos estertores más, enfilando las carreteras con

sus televisores rotos, sus cinturones de seguridad arrancados, y llenos de Michaels.

Metimos nuestro equipaje en las rejillas de encima de los asientos y Michael se

aseguró de que tanto Davidia como yo tuviéramos sendas botellas de agua y cajas de

galletas de mantequilla Good Life. De algún tipo de iglesia situada en el edificio que

teníamos detrás, en la segunda planta, por encima de los retretes públicos, nos

llegaban cantos corales. Davidia se alisó la larga falda africana, apoyó la cabeza en un

pañuelo doblado contra la ventana y se quedó dormida. Los pasajeros se acomodaron

a nuestro alrededor, con los móviles pegados a la cabeza y hablando. Olían a alcohol,

a orina y a sobaco. Ahora Michael se colocaba entre ellos, retomando el manto de la

pobreza africana, tal como hace el africano civilizado: relajando los hombros,

calmando las manos y dejando que le caiga un velo sobre el corazón.

La revisora del autobús se plantó en medio del pasillo y se dirigió al pasaje: nos

dijo su nombre y su pueblo natal y luego agachó la cabeza y se puso a rezar en voz

alta durante un minuto largo para que aquel viaje no nos matara a todos. Invitó a

todos los presentes a girarnos hacia el pasajero de al lado y desearle lo mismo, y así

lo hicimos: buen viaje tenga, y que no sea el último para usted, aunque está claro que

alguno de estos viajes acabará mandándonos —a nosotros o a los trozos de nosotros que se puedan recuperar después— a la tumba.

Nuestro capitán era un hombrecillo de camisa blanca y pulcra, pantalones grises,

barba y turbante. Se sentó, hizo arrancar el motor, accionó con un traqueteo la

palanca de marchas y en cuestión de minutos el velocímetro, que yo podía ver

claramente, superó los cien kilómetros por hora.

En algún lugar de los que habíamos dejado atrás, en Kampala o en Entebbe, yo

podría haber encontrado wi-fi, podría haber mandado un resumen de actividades

encriptado al NIIA… Mierda, ese resumen ya podría haber empezado antes, panda de

gilipollas. Me mandáis a este caos, pero no me decís nada relevante. Más de la mitad

de las cosas que he averiguado ya las sabíais. No me mencionasteis para nada el

U-235, ¿verdad que no?, aunque estoy casi seguro de que habéis oído rumores, y de

que es por eso por lo que estoy aquí en realidad. Y no soy el único que sigue esa

pista, tal como estoy seguro de que sabréis también. No me dijisteis nada del interés

de la Interpol, y en cuanto a la deserción de Michael Adriko, me he tenido que enterar

por Mohamed Kallon, un chivato sierraleonés de poca monta. ¿Estáis buscando

información? Pues puedo informaros de que Michael Adriko está viajando

secretamente en compañía de su desconcertada prometida, que resulta que es la hija

del comandante de la base del Décimo Grupo de las Fuerzas Especiales

estadounidenses, y que ayer vi su sujetador tirado en el suelo y era blanco con

estampado de florecitas rosas, aunque seguramente todo esto ya lo sabéis también. En

cualquier caso, si hay algo que yo sepa y vosotros no, lo que sea, podéis esperar

encontrároslo en el puto infierno…

Cuando llevábamos tres horas de ruta, la carretera pasó de dos carriles a uno solo.

Nuestra velocidad media seguía siendo de unos cien por hora. Los vehículos más

pequeños se salían de la carretera mientras el nuestro se les acercaba a velocidad de

crucero. Los camiones más grandes de doce ruedas que venían hacia nosotros con sus

manifiestos pintados en el morro —EL MONSTRUO DEL AK-47; BASE DE ARTILLERÍA UNO;

DIOS PUEDE; VIVE PARA EL PRESENTE— nos dejaban la mitad del ancho de la carretera, y

las ruedas de nuestro costado izquierdo bajaban entonces al fango. Ninguna de

aquellas maniobras requería reducción alguna de la velocidad por parte de nadie.

Solo aminorábamos la marcha cuando nos topábamos con accidentes de tráfico,

desviándonos al arcén para esquivar la escena de un accidente de pequeña

importancia, seguido de otro, hasta que nos encontramos con uno de gran magnitud

que había detenido el tráfico en ambos sentidos. Yo llevaba un rato dormitando

cuando abrí los ojos y vi un camión estrellado, una camioneta estrellada y un coche

volcado del revés y partido por la mitad, todos ellos con brazos y piernas

sobresaliendo y goteando sangre. Los pasajeros se asomaban a las ventanillas hechas

trizas sin mostrar demasiada emoción ni hacer comentarios. Debía de haber ocurrido

hacía muy poco: el nuestro era el primer vehículo que pasaba y ningún obstáculo

tapaba la vista. Un babuino miraba agachado desde el terraplén del margen de la

carretera. Otro observaba la escena desde cincuenta metros de distancia. Ninguno de los dos hacía ningún caso del otro. Vi una bicicleta doblada por la mitad y tirada

sobre la hierba. Michael chasqueó con la lengua.

—No hay manera de que reduzcan la velocidad.

Mientras esperábamos a que alguna fuerza de la civilización se hiciera cargo de la

catástrofe, los pasajeros de nuestro autobús bajaron a estirar las piernas, comerse sus

tentempiés, reír, charlar y hacer sus necesidades. Nosotros tres nos unimos al resto en

el arcén. Davidia puso la mano de visera y observó a los babuinos que nos

examinaban.

—Te está hablando a ti —le dijo Michael a Davidia, señalando a un anciano que

se acercaba a nosotros—. Es mago.

El hombrecillo no parecía muy mágico; se lo veía diminuto y ridículo e iba

chupando una caña de azúcar larga y morada.

—Dice que todos somos cautivos de este mundo —explicó Michael—. Que nos

secuestraron mientras dormíamos y nos trajeron aquí y ahora somos cautivos de este

mundo de sueños, donde nos creemos que estamos despiertos.

Mientras Michael traducía, el mago se reía, resoplaba y daba dentelladas al trozo

de caña con los dos o tres dientes que tenía. Le dedicó una sonrisa luminosa a alguien

a quien reconoció al otro lado de la carretera y nos dio la espalda mientras

desaparecíamos de su mente. Michael advirtió:

—Alguien tiene que sacar esa camioneta a un lado de la carretera y entonces

podremos pasar.

Y regresó al autobús. Al cabo de veinte minutos el conductor hizo sonar la

bocina. La gente empezó a subir a bordo.

—Esto no está tan mal como África Occidental —me dijo Michael—. Pero aun

así es una tierra dura.

Ya estábamos todos a bordo salvo una pasajera. En el campo que teníamos al

lado, Davidia estaba meando en cuclillas: le dedicó a todo el mundo una amplia

sonrisa mientras se incorporaba, dejaba caer el dobladillo de la falda y se subía la

cinturilla con un contoneo muy africano y muy femenino de las caderas. Me dio la

impresión de estar viéndola por primera vez.

 

En Arua nos alojamos en el hotel White Nile Palace. El palacio estaba allí, pero el

Nilo lo habíamos cruzado hacía veinte kilómetros. Llegamos cuando ya había

anochecido y no nos formamos más impresión del vecindario circundante que la

procedente de sus ruidos: cabras y vacas, discusiones y celebraciones. Tras examinar

el aparcamiento y después las mesas de la cafetería, llegué a la conclusión de que

habíamos aterrizado entre misioneros y cooperantes, gente tipo Médicos Sin

Fronteras con vehículos todoterreno grandes y caros y botas de senderismo limpias.

Las instalaciones estaban bien cuidadas y nuestros aposentos eran cómodos. Yo no

me había esperado esto.

A la hora de la cena Michael se encontraba desaparecido. Davidia y yo

compartimos mesa con una mujer francesa anciana y agotada, de familia árabe, que

nos contó que estudiaba la tortura.

—Y antes de todo esto, me pasé años estudiando el comercio de esclavos en el

Atlántico. En Angola. Ahora analizo las técnicas de tortura bajo el régimen de Idi

Amin. Esclavismo y tortura. No me llamen morbosa. ¿Acaso es morboso estudiar una

enfermedad? Así es como encontramos la cura. ¿Qué es lo que causa la inhumanidad

de un hombre hacia otro? La insensibilización. La insensibilidad de quien la perpetra.

Da igual que una actividad produzca placer, dolor, incomodidad, culpa, alegría o

triunfo, el alma no tarda en cansarse de ella y deja de sentir por completo. No se tarda

mucho. Más bien poco, y entonces el hombre se convierte en diablo, se ríe de sus

escrúpulos de antaño y esclaviza y tortura sin remordimientos.

El cuello tenso y tembloroso de la mujer, su boca que se abría y se cerraba…

Cuando le quedaba por comer medio postre, helado con salsa de chocolate, se levantó

sin decir palabra y se marchó de la mesa.

—¿Va a volver?

—No. Está pagando su cuenta —dije.

—Parecía poseída.

—Atraes a cierto tipo de personas, ¿no? Huérfanos, magos y gente del circo.

Haces que se te acerquen. No sé cómo.

—Es porque me interesan, y ellos lo notan.

—¿Dónde está Michael? No lo he visto desde que nos registramos en el hotel.

—En cuanto hemos dejado las maletas en el suelo, ha salido.

—¿Adónde?

—No lo sé. «A ponerse al corriente.» Es lo único que me ha dicho.

—Más información a su debido tiempo.

 

Pero no de inmediato. Fuera lo que fuese que mantenía ocupado a Michael, lo hizo

estar fuera durante la mayor parte de los dos días siguientes. Cuando no estaba

lloviendo, Davidia leía novelas de aeropuerto junto a la piscina, ataviada con un

biquini tropical y un pareo, mientras que yo me sentaba a la sombra del techado de

paja del bar con el portátil abierto, fingiéndome ocupado. La piscina tenía forma de

riñón. ¿Por qué? ¿Por qué darle forma de órgano humano? El agua desbordaba

debido a los chaparrones constantes. Casi nadie nadaba nunca en ella. A cuatro

palmos por encima de su superficie, las libélulas iban disparadas de un lado a otro.

De vez en cuando, Davidia se quitaba el pareo y se sumergía en el agua en biquini.

La música del restaurante y la terraza de la piscina consistía en temas de country

americano con una pizca de rockabilly, la misma cinta de cuarenta y cinco minutos

sonando todo el día.

Escribí a Tina.

Bueno, no ha habido internet esta mañana en el hotel White Nile Palace (Palacio para Blancos). De

momento escribo sin conexión. Para conseguir internet tenemos que hacer cola ante la oficina del director.

 

Empezó a lloviznar. Davidia se marchó despidiéndose con la mano. Tenía unos

pechos muy altos y muy redondos. Llevaba unas sandalias de un rojo que contrastaba

violentamente con sus pies marrones. Estiré el brazo a un lado para coger el café y lo

tiré sin querer de la barra; la taza se hizo añicos contra las baldosas del suelo. Me

había impuesto una moratoria de setenta y dos horas: nada de destilados ni vino ni

cerveza. Un camarero joven y sombrío acudió a limpiar el desastre con una fregona.

 

En su relación con Emmanuel, el director, el ordenador se comporta como el típico villano de dibujos

animados, capaz de encontrar formas nuevas de frustrar a su dueño cada vez que este se le acerca —esta vez

ha sido un pitido de alarma que no había manera de parar—, y la técnica de Emmanuel consiste en ponerse a

aporrear cualquier parte de la máquina que parezca aporreable y a retorcer cables que se han portado mal y a

agarrar el monitor con las dos manos y zarandearlo a lo bestia, y hoy le ha dado un patadón tremendo al

enchufe de la pared, lo cual en realidad no es tan estúpido, porque por aquí a menudo se obtienen resultados

nuevos si meneas el enchufe de la pared. O si le das un golpecito con el dedo. La gente que trabaja a sus

órdenes no tiene problemas para hacer funcionar el ordenador, y si hay red pueden sacarle rendimiento, pero

Emmanuel simplemente la toma con el aparato como si estuviera cobrándose una antigua vendetta, y yo he

aprendido a no pedirle que lo intente, salvo cuando quiero divertirme.

 

Probé varias formas de pasar al tema siguiente, pero las borré y por fin escribí:

 

¿Has tenido alguna noticia de Grant o del tal mayor Kenworth, o de alguien de la Sección 4?

 

La Sección 4, Investigaciones Internas, el contraespionaje, los cazadores de

espías. Los que cazan al traidor.

 

Avísame si aparece alguien de allí, aunque solo sea para saludar. Ya te contaré por qué más adelante,

cuando volvamos a estar juntos.

 

Borré esta última frase y en su lugar escribí: «La verdad es que he enviado una

solicitud para un puesto vacante que tienen»; a continuación borré «La verdad es

que» y añadí: «Si tengo alguna posibilidad y les intereso, seguramente se acercarán a

husmear».

 

Me desperté y me vestí a toda prisa sin ducharme, movido por el deseo, por el ansia

absoluta, de finiquitar mis obligaciones de una vez por todas, aunque al mismo

tiempo sospechaba que no las iba a finiquitar en absoluto. Me salte el desayuno, le

hice una señal a una de las motos que esperaban delante del hotel y viajamos tan

deprisa como nos podía impulsar el motor hacia las instalaciones de la radio católica.

Agarrando el portátil con una mano y mi vida con la otra, decidí no volver a subirme

a uno de aquellos trastos jamás. Las lluvias de la noche habían dejado la carretera que

llevaba a la ciudad bastante resbaladiza, y cualquier maniobra para esquivar un hoyo

o para eludir a la muerte nos mandaba derrapando en zigzag por el barro rojo. Las descargas de adrenalina me agotaban y por tanto me calmaban. La moto aminoró la

velocidad a medida que empezamos a subir una ladera larga y empinada en dirección

a las tres enormes torres de un complejo de edificios bajos, el Centro de

Comunicaciones Católicas.

En la verja un guardia uniformado me registró y me colgó del cuello un pase de

seguridad plastificado. El guardia me acompañó al más cercano de un grupo de

edificios de adobe, donde una mujer muy amable con hábito de monja me llevo a una

sala de gran tamaño y me hizo sentar delante de uno de los tres ordenadores que

había sobre un mostrador alargado pegado a la pared. Luego ella se sentó junto a la

puerta. De momento estábamos los dos solos. Yo me conecté con una contraseña y

me desconecté de inmediato.

Mientras esperaba, oí el estruendo de un partido de fútbol procedente de la

escuela que había al pie de la colina.

No tardó en entrar en la sala un soldado ugandés con uniforme azul. Noté que se

me acercaba, pero me quedé mirando la pantalla hasta que él me tocó el hombro y me

dijo:

—Venga, por favor.

Y me llevó al Entorno de Comunicaciones Seguras, el llamado «salón de CS» o

«café de CS». Se parecía mucho a la sala que acabábamos de dejar pero con un solo

ordenador.

Aquel lugar no tenía relación alguna con la OTAN, salvo en materia de

«intercambios de cortesía», que es como se conocen en el ramo. Aquel entorno de

comunicaciones seguras era obra de los británicos, del MI4 o el 5 o el 6… ¿Puedo

hacer una confesión? No sé cuántos MI hay. En cualquier caso, el sitio no tenía nada

que ver con el NIIA. Según lo que me habían revelado, la OTAN no tenía centros de

comunicación segura en ninguna parte de Uganda. A los estadounidenses les gusta

decir «comos» en vez de comunicaciones; a mí me parece una ridiculez. Usando mi

portátil, comprobé mi lista de correos electrónicos pendientes. Uno era del NIIA. No

lo abrí.

Otro era de Tina: una foto hecha ante un espejo, con la cara escondida detrás de la

cámara y los pechos a la vista. Sin una palabra de texto.

Yo le mandé lo que había redactado sin conexión y añadí:

 

No ha ocurrido nada desde que escribí, lo de antes. He pasado el rato escuchando la BBC en un

transistorcito o viendo las imágenes de Al Jazeera en la tele por satélite, cuando funciona la tele. Emmanuel ha

derrotado de forma permanente al ordenador del hotel, que ahora está ahí medio muerto. Ya no lo puede usar

nadie. Ya no es una herramienta de comunicación; puede hacer unos ruidos muy agudos que solo entiende él

mismo. Así pues, he tenido que hacer un trayecto de media hora a través de la ciudad para llegar a las

instalaciones de la radio católica, donde tienen un centro de comunicación con tres ordenadores y wi-fi.

Si tienes noticias de la Sección 4 no te olvides de hacérmelo saber.

 

Pero me dio la sensación de que estaba insistiendo demasiado en el tema, de

forma que borré la última frase y escribí:

Te agradezco con todo mi escroto el vislumbre de tus encantos. Confío en poder dar por sentado que son

tuyos.

 

Ni una palabra de Hamid. Tampoco me esperaba nada de él. Me tocaba hablar a

mí.

Cambié a mi teclado. Tal como él me había sugerido, evité el estándar americano.

Por pura diversión usé el protocolo PGP, y conforme a los deseos de Hamid, me

dediqué a rotar el proxy cada quince palabras.

 

230 mil dólares americanos.

50-50 iguales.

En tránsito ahora mismo.

Volveré al lugar de encuentro previo cuando tengamos trato.

Sugiero fecha 30 días exactos después de primera reunión.

Producto muestra: Sótano Documentos Elvis Freetown.

Refugio NIIA. Vaya a mirarlo.

No conteste hasta que la respuesta sea sí.

 

Después de sugerir una fecha, oí que el reloj empezaba a hacer tictac. Estábamos

a 11 de octubre; tenía diecinueve días para finiquitar el asunto de Michael y encontrar

la forma de volver a Freetown. Un calendario muy factible. Pero África se limpia el

culo con los calendarios.

Abrí el comunicado de mi jefe:

 

No dejemos pasar las oportunidades de mandar información. Contáctenos a diario. No añado «cuando le

sea posible». Contáctenos a diario.

Cualquier nivel de detalle será poco. Peque usted por incluir demasiado. Denos información en abundancia

para que podamos cribarla y valorarla todos los días. Cada día. A diario.

A partir de este momento, considere esto un imperativo de su misión.

 

Yo respondí:

 

Sin novedad.

 

Y cerré la ventana.

 

Llovía con fuerza. Al parecer, al elegante techo abovedado del comedor no le

faltaban goteras, porque cuando Michael, Davidia y yo entramos aquella noche en

busca de nuestra cena, el maître se nos acercó fregona en ristre, empujando las aguas

de una pequeña inundación en dirección a las puertas. Un cartel colocado en la

entrada mostraba una lista de cócteles del día: «Sexo Seguro en la Selva», que era

casi todo vodka, y uno llamado «La Gatita», cuyo principal ingrediente figuraba

como «Whisky Baboon». ¿Era hora ya de levantar la moratoria sobre las bebidas? Mi

reloj Timex de treinta dólares decía que ni mucho menos.

La selección musical había cambiado: hoy era pop de los cincuenta, concretamente «Smile» en la versión de Nat King Cole. Y nada más. Solo «Smile».

Una y otra vez. «Smile»… «Smile»… «Smile»…

Michael se había presentado dos horas antes con las llaves de un coche colgando

del dedo.

—Toyota Land Cruiser. Tracción a las cuatro ruedas. Con el depósito lleno.

Mientras cenábamos, Davidia le preguntó cuándo saldríamos a probarlo.

—Pronto. Es todo nuestro.

Yo no estaba tan seguro.

—¿Dónde lo has conseguido?

—En Pyramid Environments.

—¿Pyramid? ¿Eso qué es?

—Pyramid Environments. Empresa de seguridad. Los conozco a todos. La oficina

del director está en Arua. Lo conozco de Fort Bragg.

—¿De Bragg? Yo pensaba que habías estado en Fort Carson.

—Y en Bragg. Ya te lo dije. En Bragg entrenaba a comandos colombianos.

Estados Unidos los ayuda a perseguir a las redes de narcos de allí. Todo se hacía con

traductores. Déjame que te cuente algo que ya sabes… trabajar con traducción

simultánea es agotador. Es como ir caminando a todas partes con las manos y sin usar

los pies para nada.

—Me lo has dicho muchas veces —dijo Davidia.

—No me gusta la situación de allí —apuntó Michael, refiriéndose a la situación

en otra de las mesas—. Esos tipos tienen una pinta rara. Traman algo.

—Son Médicos sin Fronteras.

—Entonces ¿por qué no se van a algún sitio a jugar a los médicos? Primero los

vemos a la hora de comer y luego a la de cenar.

—Dios bendito. ¿Es posible que los estemos siguiendo?

—Pues tal vez deberíamos.

Davidia me echó un vistazo, como pidiéndome ayuda.

—Nadie te está espiando —le dije a Michael.

—Espera un momento. Ese es Spaulding. ¿Te acuerdas de Spaulding?

—Me acuerdo. Ese no es Spaulding.

Michael se levantó y echó a andar hacia ellos.

—Espero que no sea maleducado —dijo Davidia.

—Será Michael, simplemente.

—Se está volviendo loco, Nair.

—¿Sabes qué? Creo que tiene razón. Es Spaulding.

—¿Quién es Spaulding?

Spaulding poseía una mata enorme de pelo platino. Yo no lo habría adivinado

nunca, y de hecho no lo había reconocido. En realidad, nunca le había visto la parte

superior de la cabeza.

Michael lo trajo a nuestra mesa. Spaulding no se sentó. Michael no tardaría nada en contarnos que había sido él quien le había enseñado la muerte a Spaulding por

primera vez. A mí me había contado la historia mil veces.

—Este es Spaulding —le dijo a Davidia—. Spaulding es del MI6.

Spaulding no se inmutó.

—Siempre presenta a todo el mundo diciendo que es espía.

—¿Ya no llevas turbante? —le pregunté a Spaulding.

—Los turbantes están bien para Afganistán, en invierno.

—¿O sea que en realidad no eras ni sij ni nada?

—Lo llevaba para no pasar frío en la cabeza —respondió Spaulding.

—¿Cuál es tu religión entonces? —preguntó Michael.

—Católico no practicante.

—Yo soy animista no practicante —replicó Michael—. Esta es Davidia, mi futura

esposa.

—Felicidades, pues, a los dos.

—Davidia, Spaulding es del MI6.

—No voy con la gente del MI6 —dijo Spaulding sonriendo—. Son todos

homosexuales.

—Yo le enseñé a Spaulding su primer cadáver —dijo Michael—. En Mogadiscio.

—Fueron más bien doscientos cadáveres —apuntó Spaulding—. Todos bien

desplegados y ordenaditos en la calle, codo con codo. Recién cocinados.

—¿Te acuerdas de las tolvaneras? Llegaban a los dos kilómetros de alto. De ahí

vienen las leyendas de los genios.

—Tú no debías de tener más de trece o catorce años. No te había cambiado la

voz.

Michael puso voz de soprano:

—¡Aaaaa! Mi voz no cambiará nunca —añadió con su viril tono de barítono.

—Yo no conocí a Spaulding hasta llegar a Afganistán —dije.

Spaulding me examinó.

—¿En serio? ¿Nos conocemos?

—Aquí viene nuestra comida —anunció Michael—. Nada para Spaulding.

—Que tengáis una velada encantadora —dijo Spaulding, dirigiéndose sobre todo

a Davidia, y regresó a su mesa.

—¡Dios bendito! —exclamó Davidia—. ¡Vaya par!

Yo miré a Michael, que me estaba mirando a mí.

—Ahí lo tienes —me dijo—. Es hora de marcharnos de la ciudad.

 

De momento, el hotel White Nile Palace estaba resultando para mi gusto demasiado

formal en cierto sentido, pero aquella tarde, sentado a una mesa cerca de la barra,

mientras intentaba encontrar sentido a la hamburguesa que me acababan de servir,

una puta bajita y negra con peluca corta y pelirroja entró, se me plantó al lado y empezó a ponerse y quitarse el pareo que le cubría el bañador mientras le preguntaba

algo al camarero, fingiendo que yo no estaba y poniéndome a cien, y yo pensé:

Gracias a Dios, por fin una mujer razonable. La hice sentarse conmigo y le pregunté

cómo se llamaba. Se llamaba Lucy. Era bastante amigable. Me dio la impresión de

que estábamos a punto de cerrar un acuerdo.

Sonaba «Jingle Bell Rock» por megafonía. Dos mujeres con acento

norteamericano hacían largos en la piscina dando brazadas suaves, codo con codo,

mientras conversaban sobre la Biblia, Dios y los desafíos espirituales.

En la otra punta de la piscina apareció Michael Adriko. Llevaba un bañador

Seguir: parte 2 de 2