Los monstruos que ríen
Dos
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
negro. Yo suponía que sabría nadar, pero no le había visto hacerlo nunca.
Michael estaba hablando con un europeo blanco. Resultaba muy poco habitual
verlo con aspecto serio y escuchando con atención. Deseé ser capaz de leer los labios
del europeo. Era un tipo de estatura media y mediano en todo. Rondaría los treinta y
cinco y tenía el cabello ralo e incoloro. Gafas sin montura y camisa de vestir de
manga corta remetida por dentro de unos pantalones de pana oscura, salvo por detrás,
donde se le había salido un poco; tenía pinta de funcionario, en mi opinión, salvo por
el hecho de que llevaba la camisa medio desabotonada para que se pudiese ver un
grueso collar de oro.
Me acerque a la barra e intenté que Michael me viera, por si me presentaba al
tipo. No me vio. No me presentó.
Cogí mi móvil y le pedí a Lucy que me disculpara un momento, que tenía que
hacer unas llamadas.
—Tal vez necesitas llamar a tu novio —me dijo ella, y se fue a la barra a poner
morritos y a decir cosas feas de mí.
Los dos hombres estaban sentados en el borde de una tumbona, con las cabezas
inclinadas la una hacia la otra. Yo me di un garbeo alrededor de la piscina como
quien no tiene ni idea de lo que está haciendo y me acerqué con la intención de…
¿qué? De oler lo que se cocía: ¿hostilidad?, ¿conspiración? Conspiración, pensé.
Pasé por su lado y salí a los jardines por la verja de atrás; me fijé otra vez en el
grueso collar del hombre y vi que le había dejado una marca verdosa en la piel del
cuello. Paseé un poco, luego volví a pasar junto a la piscina y crucé el bar rumbo al
restaurante.
—Dame un minuto —le dije a Lucy cuando volví—. Tardo un momento de nada.
Cogí una mesa en el restaurante y me dediqué a vigilar a Michael y al tipo. Por
los altavoces seguía sonando «Smile», y fui consciente de que llevaba bastante rato
sonando.
Después de que el tema sonara una vez más de principio a fin, el tipo se levantó y
vino hacia mí, cruzando la puerta del patio y mirándome fijamente. No parecía más
peligroso que un profesor de matemáticas, pero me ruboricé, lo noté; él pasó de largo
y salió por la puerta de delante. Miré a través de la ventana como salía por la verja de
los jardines y se despedía del guardia con la mano.
Luego entró Michael en el restaurante.
—Siéntate un momento conmigo —le dije.
Echó un vistazo a su alrededor con expresión extraña, como de disculpa, y me di
cuenta de que en bañador se sentía desnudo.
—Michael —le dije—. ¿Que-qué? —Se me sentó delante y le pregunté—:
¿Quién era ese tipo?
—Un hombre de negocios.
—¿Y nosotros tenemos negocios con él?
—Exacto.
—¿Quieres decirme en qué consisten?
—Sí. La cosa está en marcha. Ha llegado el momento de revelarlo todo.
—Dime pues.
—Ven a mi habitación dentro de diez minutos.
Casi exploté en su cara.
—Si ha llegado el momento, ¿para qué coño esperar diez minutos?
—¿Qué prisa tienes?
—Quiero hablar con una chica.
—Esto es un poco más importante.
—¿Por qué diez minutos?
—Porque Davidia está haciendo una siesta. La voy a echar de la habitación.
Después de que se fuera, volví a la piscina a por Lucy, me la encontré tumbada en
la enorme hamaca de cuerdas, haciéndose arrumacos con un gordo africano cabrón.
Las habitaciones del Palace ocupaban unos bungalows circulares que imitaban las
chozas de la región, pero mucho más grandes y con cubiertas de tejas sintéticas en
vez de paja; cuatro habitaciones por bungalow, cada una de ellas en forma de
cuadrante de círculo, cada una con su terraza, puerta, cuarto de baño y dos ventanas
contiguas. La de Michael tenía una cama, una mesa, una tele y un ventilador eléctrico
de pie, igual que la mía. Un par de estantes y una barra con perchas sin armario.
Busqué rastros de Davidia a mi alrededor. Habían limpiado la habitación y ahora
todo estaba guardado o colgando de una percha. No parecía que nadie pudiera haber
hecho una siesta allí.
—No más secretos.
Michael desplegó una bolsa de la compra negra y vació su contenido sobre la
cama: un paquete del tamaño de una pelota de softball americano, envuelto en cinta
aislante de color amarillo chillón.
—Cógelo.
Pesaba bastante para lo pequeño que era.
—Debe de pesar un par de kilos.
Él se dedicó a cortar la cinta con una navaja y enseguida me puso delante un trozo de metal reluciente no más grande que mi pulgar, envuelto en un paño de un tejido
raro.
Parecía oro. Di por supuesto que era oro. Recé porque lo fuera.
—¿Qué es esta tela en que está envuelto?
—Es un retal cortado de esa ropa que llevas cuando te hacen una radiografía.
Tiene forro de plomo.
—Oh, mierda —dije.
—Sí, señor.
—Uranio.
—Exacto.
—¿U-235?
—No. Está pulido, pero es simple mena. Lo que cuenta es que pueda engañar a un
contador Geiger… Autenticidad superficial, es lo único que buscamos. Viene del sur
del Congo. De la mina de Shinkolobue.
—¿No viene de un avión de carga ruso estrellado?
—No.
—¿O sea que no tienes un cargamento entero de uranio enriquecido?
—Ya te lo he dicho: no más secretos. No hay más que esto. ¿Has oído hablar del
Proyecto Manhattan?
—Claro.
—Pues el uranio que usaron venía de la misma mina, la de Shinkolobue.
—Parece que lo acabe de cagar un perro.
—Un trocito muy pequeño puede causar una explosión enorme.
—Si lo toco, ¿me provocará cáncer?
Se rio. Lo cogí con la mano.
—Estoy en pleno proceso de canjear este trocito de caca de perro por un millón
de dólares americanos.
Toda la tensión escapó de mí, como si me acabara de abrir un tajo. Aparté la silla
de la mesa y me senté.
—O sea que es una estafa.
—Claro que sí. ¿Crees que voy por ahí con uranio enriquecido encima? Si
hubiera U-235 en el mercado, Nueva York ya no sería más que un cráter.
—¿Y quién es tu amigo, el del collar de oro falso?
—¿Falso?
—¿No le has visto el cuello? Lo más seguro es que se haya intoxicado con tanta
pintura de espray dorada. No me ha gustado nada cómo ha venido hacia mí en el
restaurante.
—Se hace llamar Kruger, seguramente porque es sudafricano. Te ha visto
merodear a nuestro alrededor. Y, Nair, toma genialidad. En cuanto te ha visto, he
improvisado que eras el científico malvado.
—¿El científico chalado?
—No, malvado, malvado. Tú eres el ingeniero renegado que hace poco examinó
para Tenex el lugar donde cayó el avión. A los de Tenex les informaste de que no
había nada. Ni gota de uranio. Pero les mentiste. Sí que está ahí. Ocultaste la verdad y
ahora quieres vender las coordenadas del lugar del siniestro. Un puñado de números
en un pedazo de papel. Por un millón de dólares americanos en metálico. Es brillante,
Nair.
Hizo una pausa para ver mi reacción.
Yo no sabía por dónde empezar. Se puso a llover un poco sobre el tejado que
teníamos encima y sobre las hojas de fuera y nos quedamos un momento escuchando
la lluvia.
—Tú eres la verificación —me dijo—. Nos reunimos con Kruger y su socio, que
va a traer un contador Geiger. Les damos este objeto brillante y radiactivo como
prueba de posesión, y tú verificas lo que yo les diga del lugar del siniestro. Y
entonces hacemos el gran trueque. Un millón.
—Pero, Michael, ¿tú te has pensado esto bien? ¿O un poco nada más? ¿Cómo va
a funcionar esta estafa? Cuéntamela paso a paso. ¿Cuáles son los pasos que llevan
hasta el momento en que ellos ponen el dinero en la mesa?
—Para cuando el dinero llegue a la mesa, ya tendremos a un montón de hombres
para ayudarnos. Cuando nos reunamos con Kruger y su socio, ellos nos darán
veinticinco mil dólares americanos a cambio de la prueba de posesión. Y con una
parte de ese dinero contrataremos a un escuadrón. El Congo está lleno de bandidos.
El M23, la Resistencia del Señor… hay guerreros de sobra, y encima sin nada que
hacer en todo el día.
—Y después ¿qué? ¿Jugamos a indios y vaqueros? ¿El dinero llega a la mesa y
aparecen un montón de armas?
—De esa parte me encargo yo. Tú encárgate de mantenerlo todo engrasado, que
es lo que se te da bien. Pero la respuesta es sí. Robo a mano armada.
—Te has saltado mi verdadera pregunta. ¿Cómo consigues que el dinero llegue a
la mesa?
—Cuando nos reunamos con Kruger y su socio, les decimos que en cuanto ellos
tengan preparado el pago grande, nosotros les podremos entregar otros equis kilos,
digamos cinco kilos, y que eso es todo lo que podemos sacar del lugar del siniestro. Y
les prometemos las coordenadas del resto.
—¿Y por largarles ese cuento de hadas te van a dar veinticinco mil pavos?
Oí que empezaba a decir «veinticinco», pero en ese momento la lluvia de fuera
arreció y se comió sus palabras.
—¿Que-qué? —dije.
—Veinticinco mil al momento, Nair. En nuestros bolsillos. Luego pasamos de
Arua al Congo y encontramos mi aldea y a mi familia. Celebramos una boda
preciosa. Y por último organizamos el contacto final y el resto del pago. Que será un
pago enorme, Nair, muy pero que muy grande.
—Sí. Un millón, ya lo has dicho.
—Pero todavía no se lo he dicho a ellos. Tal vez les diga dos.
—¿Y cómo te las vas a apañar para engañarlos hasta el final solo con este
pedacito de mierda de perro?
—La verdadera pregunta es: ¿quién podría dejar pasar esta oportunidad? ¿Quién
podría decir que no? Si la oferta tiene alguna credibilidad, tendrán que seguirla hasta
el final.
—¿Credibilidad? Pero si suena completa y obviamente falsa, Michael, ¿no lo ves?
¿Qué palabras puedo usar? Absurda. Imposible. Desconectada de la realidad.
—La realidad no es objetiva.
—Está claro que por aquí no. Dios.
—La realidad es una impresión, una creencia. Lo sabe cualquier mago. —Se frotó
las manos como si fuera un villano de dibujos animados—. Oh, Dios mío, Nair, solo
hay que hacerles unas cosquillitas en la fibra del terrorismo y ellos te sueltan
montones de dinero. Como les menciones el nombre de alguno de los Musulmanes
Más Buscados, pum, te ponen un circo.
—Te has saltado otra pregunta, ¿verdad?
—¿Qué? ¿Qué pregunta?
—¿Quiénes son «ellos»? ¿También son una fantasía?
—Claro que no. Kruger trabaja para ellos.
—¿Quiénes son? ¿Con quienes estamos tratando aparte de con el tal Kruger?
¿Tienes idea?
—Estamos tratando con los israelíes.
Si hubiera tenido que levantarme de la silla en aquel preciso momento, no lo
habría conseguido. Así de horrorizado y de atemorizado me había quedado.
—O sea que estás negociando con el Mosad.
—Es probable que estén involucrados.
Y parecía orgulloso de ello. Sonrió y me enseño todos los dientes.
—Estás estafando al Mosad.
—Ellos me conocen. Si yo les digo que tengo el uranio, ellos me tienen que tomar
en serio y reunir el dinero.
La lluvia bramaba, o tal vez fuera mi cabeza, pero en cualquier caso el sentido de
las cosas se alejó arrastrado por las aguas.
—Michael… Michael…
—Nair. Nair. —Él acercó su cara a la mía, como si pensara que no podía oírlo—.
Yo conozco a esa gente. Tú sabes que los conozco. Fueron ellos quienes me
entrenaron.
—Michael, calla.
—Déjame que te lo cuente.
—No. Me has dejado pasmado. Calla, por favor.
Él obedeció. Yo tampoco dije palabra. En el silencio, que de hecho era bastante ruidoso, su locura se cernió sobre nosotros como un iceberg descomunal. Su inercia
era irresistible. En aquella habitación, en África, los argumentos razonables eran un
simple galimatías.
—¿Ya has tenido bastante silencio? ¿Ya puedo hablar? Porque quiero explicar una
cosa: tengo contactos, conozco al Mosad, desde mi entrenamiento en Sudáfrica.
Puedo llamarlos cuando me dé la gana para cancelarlo todo y la cosa queda
cancelada, como si no hubiera pasado nunca.
—Pues, Dios bendito, hombre, llámalos ahora y cancélalo. Cancélalo todo. ¿El
Mosad? Tú estás loco.
—Muy bien. Si tú me lo dices, lo cancelo.
—Te lo acabo de decir.
—Pero no hasta que hayamos dado un pequeño paso más. Reunámonos con esos
tipos del contador Geiger y salgamos de ahí con veinticinco mil pavos. Y con eso
acabamos. Ya no hacemos nada más.
—Nada de bandidos contra el Mosad ni de tiroteos en la mesa.
—Exacto. Y si mañana no les gusta nuestro trozo de caca, no habremos perdido
nada. Al menos lo habremos intentado.
—¿Mañana?
—Sí, mañana. Te he dicho que no más secretos.
—A la mierda, Michael. Se acabó.
Me levanté, haciendo mucho ruido con la silla, y salí por la puerta rumbo a un
destino que determinaría más adelante.
—¿Cómo que se acabó? —me dijo Michael, levantando la voz.
Llegué al bar al cabo de un par de minutos y bastante empapado. Escogí una mesa
con vistas a la tormenta.
Spaulding estaba sentado en la barra, con el cráneo envuelto en un enorme
turbante blanco. Se lo señaló con el dedo.
—¿Qué te parece?
Me parece, me dije, que me estás espiando.
Me miré el reloj. Podía levantar la moratoria sobre las bebidas. Ya hacía una hora.
Mientras buscaba al barman con la mirada, Spaulding se me acercó.
—Mierda, Nair, ayer casi no te reconocí. Ya sabes, sin el uniforme. —Me puso
una copa entera delante—: Salud, colega. Está hecho a base de whisky Baboon.
Yo me bebí la mitad de un trago, así sin más.
—Siéntate —le pedí.
—No puedo, de verdad. Me espera un coche. Me voy del hotel.
Estuve a punto de decir: Me alegro.
—¿Adónde vas?
—Uy, sabe Dios. El itinerario es un poco complicado. A Entebbe, para empezar.
¿Y tú?
—Me quedo aquí. Y luego a casa.
—¿Adónde?
—A Amsterdam.
—¡Amsterdam! Me encanta el hachís. ¿Vas a los coffee shops?
—Todos los días. Me pongo mi turbante, saco la cachimba y me fumo toda clase
de mierda.
Él se rio y me dijo:
—Feliz viaje, Nair.
Y se alejó a toda prisa, dedicándome una especie de saludo militar que chocó
contra su estúpido turbante.
La bebida estaba un poco dulce, pero pegaba fuerte. Le hice una señal al barman:
—Probemos a hacer un martini con vodka.
La lluvia estaba barriendo la superficie de la piscina y de pronto se detuvo. El
cielo se quedó mitad cubierto y mitad despejado: acababa de pasar una tormenta y se
avecinaba otra. Mis primeras copas en tres días me estaban subiendo a la cabeza y
expandiendo mi conciencia. Eso no me gustó nada. Me tragué el vodka de golpe y sin
saborearlo, me fui para mi bungalow, me puse pantalones cortos y camisa de manga
larga y me tumbé. La tele se encendió al primer intento. Miré las noticias ugandesas,
una noticia sobre una pareja de siameses unidos por los hombros —en otras palabras,
un bebé con dos cabezas— que se habían muerto, y luego otra sobre un niño al que
un cerdo le había comido la cara. Y también los dedos.
Aquella información me hizo salir a sentarme en la terraza. El cielo estaba
cubierto de unas nubes de tormenta casi negras. Cerré los ojos, pero aun así fui
consciente del jardín que tenía al lado, cuyas flores y tallos se abrían y se alargaban
como en una secuencia fotográfica. Flores igual que campanillas rojas colgantes,
flores igual que fuentes blancas diminutas, orugas amarillas y peludas sobre ramitas
marrones, un escuadrón de caracoles cargando con sus pequeños refugios por los
tallos de una planta.
Estaba tan oscuro como si ya anocheciera; aun así, todo parecía bañado en una
gran intensidad. La lluvia caía con fuerza del cielo, dura como el granizo. Una
confianza asombrosa me hizo levantarme de la silla; una fuerza claramente religiosa
me invitó a ponerme de pie, quitarme la camisa, dejar caer mis pantalones cortos al
suelo y quitármelos por los pies. No necesitaba ropa porqué iba ataviado con la magia
africana, así que crucé desnudo los jardines a través de truenos y relámpagos y la
dulce lluvia que caía por todas partes, y enseguida me encontré mirando el agua de la
piscina. No había nadie más a la intemperie, y durante toda esta experiencia no se vio
ni a un alma aparte del barman, a solas detrás de la barra y bajo su toldo, a unos
metros de la terraza de la piscina, mirando cómo yo saltaba al agua y me ahogaba.
Salí de aquel sueño para entrar en otro: estaba tumbado junto a la piscina mientras
Michael Adriko me besaba, me escupía fuego en la boca y en la garganta. Yo me giraba, presa de las arcadas, tosiendo y con un dolor punzante en los pulmones.
Me volví a despertar en un nivel más cercano a la realidad, todavía tumbado de
espaldas pero ahora en mi habitación, envuelto en un sudario y temblando. Michael
estaba sentado en la cama a mi lado.
—Me has escupido en la boca —le dije, o intenté decirle.
—¿Qué te ha pasado, Nair?
—Alguien me ha drogado.
—¿No te has drogado tú solo?
—Me he tomado un whisky y un martini. Tal vez la aceituna estuviera mala.
—¿Mala? ¿Tal vez fuera malvada, quieres decir?
—¿Qué? No me hables.
—Davidia está aquí —me dijo.
—¿Dónde?
—¿Dónde? ¡Aquí!
—No estoy ahí —dijo la voz de ella—. Estoy aquí, en la terraza. ¿Oyes a los
grillos? ¿Son grillos?
Nos rodeaba una música como de cascabeles.
—Algún tipo de insectos, sí —respondió Michael.
—Ha sido Spaulding quien me ha hecho esto. ¿Tú crees que ha sido Spaulding?
—Puede haber sido cualquier cosa. Un virus, una picadura de araña, o hasta un
conjuro, una maldición; hay gente que tiene ese poder. He visto demasiadas cosas
para reírme de ello.
—Ese imbécil con turbante me ha echado droga en el martini.
Michael se rio con tanta fuerza que Davidia entró, lo miró a la cara y le preguntó:
—¿Estás bien?
—¡Tendrías que haber visto la expresión de Fred! —Se refería al barman—.
¡Parecía que los extraterrestres estuvieran aterrizando en la piscina! En serio. Debe de
haberte sacado a rastras de la piscina él mismo. Estaba mojado hasta la cintura. Tenía
los zapatos echados a perder.
—Le daré dinero —dije.
Había dejado de llover y Davidia tenía razón: las criaturas habían resurgido, los
bichos que tintineaban como porcelana, las ranas que eructaban como borrachos y
ahora otras ranas que gruñían como cerdos. Me descendió sobre la cara un sueño
asfixiante. Sucumbí a su sombra convencido de que Spaulding me había envenenado.
A la mañana siguiente pregunté por Spaulding, y Emmanuel, el director, me dijo que
había pagado su cuenta y se había ido en taxi al pequeño aeródromo de Arua. Pero
¿adónde había volado? Según Emmanuel, aquella mañana no había vuelos
comerciales. Solo el avión de las Naciones Unidas que iba a Yei, en el sur de Sudán.
Continué mi camino hacia el restaurante donde había quedado con Michael Adriko. Había prometido reunirme allí con él y comunicarle mi decisión.
Y allí lo encontré, junto al televisor a todo trapo, sin hacer nada, sin mirarlo
siquiera.
—¿Y bien?
—No me he decidido.
—Tómate tu tiempo. Tienes diez minutos. No te sientes. Camina conmigo —dijo,
moviéndose ya—. Tengo que poner gasolina.
—¿Es un trayecto largo?
—Solo tenemos que ir a la ciudad, junto al mercado, pero ya conoces la norma:
medio depósito es un depósito vacío. Recuerda la norma.
La recordé.
Cuando llegamos al aparcamiento, se paró en seco.
—En este mismo momento el proceso está detenido. ¿Ves qué fácil es?
—Me molesta cuando estás andando y te paras para recalcar algo.
—En cualquier momento del proceso podemos decir «basta».
—Entiendo la idea.
—Entonces entiende esta otra: ¿de veras quieres regresar a tu aburrida existencia?
—Jamás.
Y era verdad; era la única verdad que había entre nosotros.
Ya habíamos llegado a su Land Cruiser prestado. Entramos los dos en él. El motor
arrancó enseguida, a la primera.
El guardia nos sostuvo la verja abierta.
Era un modelo de hacía unos años, muy parecido a los Land Cruiser azules y
blancos que a menudo cogíamos prestados de las Naciones Unidas en Jalalabad y a
veces en Kabul. Demasiado parecido. Hasta olía igual por dentro, a gasolina
derramada y ropa sucia.
—¿Estás listo?
—No. ¿Para esto? No.
Nos detuvimos en una gasolinera, donde una mujer nos llenó el depósito, y
esperamos.
—¿Cerca del mercado, has dicho?
—Es lo único que sé. Me llamarán para decirme el lugar del encuentro. ¿Qué hora
es? Las once y treinta y tres —se informó a sí mismo—. Me llamarán en la próxima
media hora.
Nos sentamos codo con codo en el guardabarros trasero del vehículo y Michael se
dedicó a fumar con expresión reflexiva, soltando nubecillas blancas que ascendían
entre los gases de los tubos de escape parduzcos y el polvo rojo, bajo el emblema
amarillo de la Shell. Al terminar la llamada se volvió a guardar el teléfono, tiró su
cigarrillo al suelo y lo pisoteó como si fuera un insecto.
—Nos vamos.
Dejamos el todoterreno delante de un hotel llamado Gractous Good, a cargo de
los taxistas que holgazaneaban allí. Michael, con una mochila de cremallera de color
rojo vivo echada al hombro, me hizo cruzar la calle y a continuación me guio hacia el
mercado por un callejón estrecho al final del cual se veía luz; en todos los recovecos
se agitaban mendigos lisiados; muchos eran ciegos, mientras que los demás parecían
traspasarte los ojos con la mirada y escrutarte la garganta. Delante de mí iba la silueta
encorvada de Michael, que se inclinó para ofrecer un billete arrugado.
—Me llamo Michael —le oí decir—. Reza por mí.
El billete lo cogió una anciana entre sus pezuñas leprosas, a continuación volvió
los ojos ciegos hacia arriba, en dirección a él, y movió los labios bajo el agujero que
tenía en vez de nariz para rezar «Michael, Michael», pero no por él, sino a él, a la
deidad Michael… Y zas, de vuelta a la luz del día, como si aquello no hubiera pasado
nunca…
Alcancé a Michael en el tenderete de un sastre. Estaba mirando un abrigo de
cuero negro falso y demasiado grueso para aquella región. Se apoyó las gafas de
espejo sobre el cráneo afeitado, agarró una manga y tocó la tela con un dedo. No sé si
estaba intentando comprar algo o solo retrasarnos para ver si nos seguía alguien.
Lo segundo. Cuando salimos de la plaza del mercado, él entró en una tienda de
productos textiles de la acera de enfrente, indicándome que lo siguiera. Una vez
dentro, cruzamos la tienda por el pasillo central hasta el fondo del local, donde había
una mujer echando una siesta en una silla abatible, y le preguntamos si había otra
salida. Ella señaló al otro lado de una cortina, nosotros la atravesamos y salimos a un
callejón trasero para girar después a la izquierda; entonces reconocí la calle y vi
nuestro Land Cruiser aparcado a una manzana.
Él me dio su mochila.
—Hazte cargo del paquetito.
—Por supuesto.
La apatía y la náusea se adueñaron de mí. Me parecía que la mochila pesaba
treinta kilos.
—Yo entro primero —dijo Michael—. Espera a verme salir y entonces te vienes
conmigo. Puede que tarde unos minutos.
—¿Qué va a pasar ahí dentro?
—Antes de que entres en escena, les diré que quiero ver el dinero. Ellos me dirán
que no, pero de esa forma podré examinar el escenario.
—¿Y luego qué?
—Son dos sudafricanos; Kruger es uno de ellos, ya lo viste. Tú verificarás todo lo
que yo les diga, ¿de acuerdo? Entonces yo me iré con ellos. Tú puedes quedarte allí,
en ese café de ahí, ¿lo ves? Yo iré con ellos, nos sentaremos en su coche o en algún
sitio con la muestra y con su equipo y haremos el intercambio. Luego yo vendré a
recogerte y nos volveremos para el Nile Palace.
—¿Sabes dónde está el equipo?
—Ajá, ahora estás pensando con lucidez. Si no lo tienen en el coche ni en algún
sitio al que podamos ir andando, les diré que vayan a buscarlo. No pienso irme en su
coche con ellos.
En esa calle soleada, donde las excavadoras trabajaban sobre montones de tierra
roja para mejorar el firme, los generadores traqueteaban delante de las tiendas y los
colegiales con sus uniformes verdes y blancos volvían andando a casa para almorzar,
todo aquello parecía razonable.
—Deja de respirar tan deprisa —dijo Michael.
—Estoy nervioso, joder.
—Bien. Eso te ayuda a representar tu papel. Pero no te desmayes.
Me dejó allí plantado, y para distraerme un poco me dediqué a examinar una valla
publicitaria cercana que exhortaba a usar condones y seguí con la vista a un coche de
pequeño tamaño que avanzaba por encima de las rodadas y las rocas, de punta a
punta de la manzana, mientras hacía sonar una bocina con las seis primeras notas del
«Cumpleaños feliz». Mientras miraba alrededor en busca de más distracciones, vi que
Michael ya estaba fuera, destacando con sus gafas de sol de aviador, como si
subrayara la advertencia que había escrita a plantilla a su lado: PROHIBIDO ORINAR EN
ESTA PARED, MULTA 30 000. También llevaba el guardapolvo de cuero negro falso del
mercado. Yo estaba tan nervioso que ni siquiera le había visto comprarlo.
Michael debió de notarlo. Me cogió del brazo y me ayudó a entrar. Yo estaba
viviendo una de mis pesadillas recurrentes: subo al escenario, me toca hablar y no me
sé el papel. Y en esta pesadilla en concreto, el escenario era una habitación de cuatro
metros por cuatro con el suelo de tierra, paredes de carpintería de metal, tejado de
hojalata, un letrero a la izquierda que decía DISCO SIMBA / CARGADOR DE TELÉFONOS
DISPONIBLE y a la derecha un reloj de la marca de cerveza Bell con una sola manecilla,
es decir, que solo contaba los minutos, además de mesas y bancos de madera. Nos
sentamos delante de los sudafricanos.
Eran un equipo mixto, igual que Michael y yo. El negro me pareció zulú, y podría
haber sido uno de los alumnos de matemáticas de Kruger salvo por el hecho de que
también aparentaba treinta y tantos años. Llevaba las gafas de sol en la parte de atrás
del cráneo afeitado. Por lo demás tenía pinta de estar intentando pasar por rapero
estadounidense: llevaba sudadera con capucha y unos pantalones holgados de hip-hop
que yo no le había visto a nadie más en Uganda. Un pequeño comentario sobre sus
zapatillas de zulú. Eran zapatillas de atletismo de color púrpura, con un diseño de lo
más elaborado y aspecto de tener dentro unos pies gigantescos. No tengo la menor
idea de por qué en esos momentos yo era tan intensamente consciente de la
indumentaria de alguien. Kruger sugirió que tomáramos una copa y yo ciertamente
me mostré de acuerdo; llegó entonces mi momento de descubrir el chupito de África
Oriental: un sobrecito cuadrado de plástico que te cabía en la palma de la mano y que
contenía cien mililitros de licor, en este caso vodka Rider, «Distintivo de éxito». Arrancas una esquina con los dientes y das un sorbo. Compré algunos, bastantes. El
suelo estaba cubierto de sobrecitos tirados.
Michael sacó un cigarrillo, pidió fuego y el barman trajo varios encendedores en
venta. Michael tuvo que probar tres o cuatro antes de encontrar uno que funcionara.
—Aquí todo es falso —dijo Kruger.
—Solo mi corazón es verdadero —replicó Michael, y se guardó el cigarrillo.
Yo no estaba pillando gran cosa, solo el vodka Rider. Ellos hablaron de su
contador Geiger, explicaron dónde tenían el coche y hasta llegaron a mencionar en
algún momento los roentgens, pero de todo lo que estaban diciendo solo capté lo
siguiente:
—Bonito collar, hermano —dijo Michael.
—A mí también me gusta el tuyo —dijo Kruger, pero cuando Michael le dio las
gracias, Kruger añadió—: Le quedaba bien a mi amigo antes de que se lo robaras.
—¿A quién? —preguntó Michael—. ¿Qué amigo?
Acto seguido, como si el tiempo hubiera dado un salto hacia delante, los tres
estaban de pie y peleando. El zulú tenía a Michael agarrado por detrás en un abrazo
de oso, o intentaba inmovilizarle los codos, mientras que Michael se retorcía a un
lado y al otro y el tal Kruger trataba de asestarle cuchilladas en el pecho y el vientre y
después en la garganta.
Otro salto temporal y el zulú estaba tumbado de espaldas, con los ojos como
platos, intentando respirar. Michael le había herido de algún modo. Yo sentí el
impulso de actuar y me pasó una imagen por la cabeza: me vi a mí mismo dando dos
pasos, saltando sobre el pecho del hombre, plantándome encima de él e
inmovilizándolo contra el suelo. Pero ninguna parte de mi cuerpo actuó. Solo
experimenté la idea en forma de pregunta: ¿debería hacerlo? ¿Voy a hacerlo? No lo
hice. Ahora los segundos pasaban con mayor fluidez, como si una película encallada
se hubiera vuelto a encajar en la bobina, y yo me dediqué a contemplar la película,
que en realidad no se parecía a una película, ni siquiera a un combate televisado de
boxeo. Oí los golpes iniciales, pero luego empecé a oírlo todo muy lejano, y recuerdo
los ojos de Michael, vigilando, mirando, moviéndose de aquí para allá y calculando.
Cuando por fin eligió su objetivo, se concentró en la cara de Kruger y no en sus
manos, a pesar de que una de ellas blandía el cuchillo y estaba alzada para asestar una
puñalada.
Michael danzó hacia atrás, derribó un banco entre ambos, llevó una mano a la
mesa y agarro un salero. Se lo tiró con fuerza al pecho a su contrincante y salió
disparado siguiendo el arco trazado por el salero, recogió el banco del suelo por el
camino y embistió al sudafricano con la parte plana del asiento. Kruger cayó hacia
atrás mientras Michael se abalanzaba despegando los pies del suelo, agarrándolo de la
garganta con una mano y sin dejar de empujar el banco con la otra, de tal manera que
su peso atrapó al hombre contra la mesa. A continuación cerró los dedos sobre las
arterias carótidas y Kruger perdió el conocimiento en cuestión de segundos, sin conseguir darle más que una cuchillada a Michael, después de la cual el cuchillo cayó
al suelo, junto con el banco, mientras Michael se ponía de pie y le partía el brazo a su
oponente con la rodilla. La fractura del hueso fue brutal. Pese a estar ensordecido por
la adrenalina, pude oír el ruido con nitidez. Y oí su eco regresar a la sala desde las
colinas circundantes.
Michael no perdió el tiempo alargando la refriega. Me hizo una señal, pero yo no
me moví; a continuación se me acercó, me agarró de la muñeca y, antes de que
pudiera formarme una sola idea de lo que estaba pasando, los dos estábamos en el
Toyota, circulando mientras Michael conducía con ambas manos y me decía:
—Véndame el brazo, véndame el brazo.
Del antebrazo derecho le manaba la sangre a chorros. Lo estiró por delante del
pecho en dirección a mí, conduciendo con la mano izquierda, hasta que por fin lo
entendí; encontré mi pañuelo y lo usé para vendar un tajo largo que le dejaba al
descubierto el hueso amarillento. Lo ate con un fuerte nudo.
—Voy a necesitar puntos. —Fue su primer comentario desde que había empezado
la acción—. Para que luego hablen de Sudáfrica.
Michael señaló el White Nile Palace cuando pasamos por delante.
—Quiero que vuelvas con el coche aquí después de dejarme en el hospital.
—¿Dónde está el hospital?
—He visto la señal que decía que había que subir un par de kilómetros por aquí.
Tenemos que girar a la derecha. Después ya no sé.
Cruzamos con gran estruendo un puente de madera. Delante de nosotros, un
anciano se subió de un salto a la baranda para salvar el pellejo.
—Bueno —le dije—. No te he servido de gran cosa, ¿verdad?
—Pero, Nair, ¿qué tienes ahí entre los pies?
—Por el amor de Dios.
Era su mochila roja.
—Has cogido mi bolsa. Has salvado lo más importante. La mercancía.
Un par de minutos después de desviarnos de la carretera principal encontramos el
hospital: un campus de edificaciones de una sola planta de cemento y ladrillo, el
hospital Iglesia de Uganda Kuluva, según rezaba el letrero de la caseta del guardia.
Este nos hizo una señal para que nos detuviéramos, se asomó por la ventanilla y nos
hizo otra señal para dejarnos pasar en cuanto vio la sangre.
—Ya viene la enfermera —dijo—. Diríjanse al Quirófano Menor.
El edificio llamado Quirófano Menor tenía la puerta cerrada con llave. Michael se
puso en cuclillas con la columna vertebral apoyada contra la pared mientras la sangre
le goteaba de la venda y formaba un charco entre sus pies. Le brillaban los ojos y
desprendía cierta energía.
Tengo que decir que se lo veía en mejor forma de lo que yo me sentía. Me erguí, pero solo para demostrar que podía.
—Me gustaría haber movido un puto dedo para ayudarte.
—No me hacía falta ayuda. ¿Has oído cómo le he partido el hueso?
—Dios. Ni siquiera he conducido el coche. Siempre he sabido que tenía cero
valor, pero no me gusta que me lo recuerden.
—El valor no existe. Es cuestión de adiestramiento. Yo no solo tengo formación
en combate sin armas, ya lo sabes: también soy instructor.
—Tal vez deberías instruirme a mí.
—Te instruyo para que te quedes a mi lado. Así ganarás más peleas.
En la entrada del recinto, un coche frenó en seco y el tipo que se hacía llamar
Kruger prácticamente cayó de la portezuela del pasajero a los brazos de su conductor
y del guardia. El guardia sacó a rastras la silla de su caseta y sentó en ella a Kruger; a
continuación entre él y el conductor —que no era el zulú— lo llevaron en la silla
hacia otro edificio, con el torso desnudo y la camisa ensangrentada vendándole el
brazo.
Michael lo saludó con su brazo también herido.
—Sin rencores, colega. La próxima vez te mato.
Kruger pasó sentado en su silla con los ojos cerrados, la cara del color del yeso y
expresión de no entender nada. No se veía a su compañero por ningún lado.
—No sé en qué clase de lío estamos metidos —dije.
—Creo que ahora mismo nos conviene más estar en el Congo.
—¿Cómo ha pasado todo esto, Michael? ¿Quiénes eran esos personajes?
—De una cosa estoy seguro: no eran del Mosad. Solo eran un par de marionetas
del Mosad.
—En otras palabras, el Mosad está intentando matarte.
—Si el Mosad me quisiera muerto, ya estaría muerto. El Mosad trabaja muy bien.
Usan equipos de seis o siete hombres o incluso más, y se entrenan y lo planean todo
con mucho cuidado, y siempre alcanzan su objetivo. No usan a idiotas que te atacan
en un café. Esos tipos eran simples asociados, igual que yo. Pero de momento yo les
creo; me creo que el Mosad les ha dado dinero. Por eso ese idiota ha sacado un
cuchillo. Querían quedarse con mi dinero.
—Esta estafa se ha acabado —le dije—. Punto final, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Porque me cabrea estar siguiendo planes estúpidos.
—Ahora mismo estás cabreado. Lo veo. Muy bien.
—Me encantaría tener transcripciones de las conversaciones que han llevado a
esto. De las conversaciones que has tenido con esos tipos. Seguro que te podría
enseñar una docena de momentos en los que obviamente te han estado tomando el
pelo.
—Al final hay que guiarse por el instinto.
—Eres demasiado confiado, joder.
—¿Y de verdad eso es un defecto?
—¿Cómo? Sí. Un defecto mortal. La vida que llevas, la gente con la que tratas…
¿Te crees que son todos ositos de peluche abrazando gominolas?
Él se rio de mí.
Me dieron ganas de que Kruger lo volviera a apuñalar.
—Confías en la gente equivocada —le dije—. Créeme.
Según se leía en el letrero de la entrada, el hospital había sido fundado en 1848;
originalmente había sido una leprosería, explicó la enfermera de Michael, que
preparó las suturas y el resto de las cosas en una bandeja. No vino ningún médico.
Ella misma le puso los puntos a la herida.
—Vamos a cerrar el tajo en dos capas —le aclaró a Michael—. Es profundo.
—¿Cuánto cree que tardará? —le pregunté.
Ella estaba metiendo un bastoncillo de algodón dentro de la zona de la herida.
—Las suturas tienen que ir muy juntas.
Esto quería decir que el procedimiento sería largo.
—Si tuviera agua, quizá podría lavar un poco el coche.
—Hay un arroyo por ahí. —Ella señaló con la barbilla—. Discurre por detrás de
la morgue.
—¿Dónde está el médico?
—El médico está enfermo.
El guardia abandonó su caseta, me encontró un cubo y me llevó al arroyo que
pasaba por detrás de la pequeña morgue de ladrillo, cuyo hedor traspasaba el umbral
y se propagaba en la tarde, aunque nadie parecía notarlo. Yo me dediqué a ir y venir
con el cubo hasta inundar el suelo del coche y convertir el charco rojo brillante en un
charco rosa pálido; a continuación me asomé a las ventanas del hospital. En una sala
de cemento sucio que había detrás de una puerta con el letrero maternidad, vi al
agresor de Michael, al idiota que había sacado el cuchillo, nombre verdadero
desconocido, tumbado desnudo en un colchón sin sábanas sobre una cama metálica.
Estaba solo en la sala, era el único ocupante de la docena aproximada de camas
idénticas. El único paciente de la maternidad. Su cara era redonda y anodina, y
respiraba por la boca. Tenía el brazo estirado a un lado y todavía lo llevaba vendado
con su camisa.
Cuando volví con Michael y su enfermera, esta tenía de ayudante a una chica
vestida con la falda verde y la blusa blanca de las escuelas locales. Parecía haber
acabado de curarle la herida, y ahora Michael estaba charlando con un agente de
policía que llevaba un uniforme ajustado de un blanco inmaculado, incluidas las
botas, el cinturón y el casco. Sus gafas de sol de gran tamaño le daban expresión de
insecto inquisitivo.
—El agente Cadribo está redactando un informe.
—Ah. Bien.
—Mi amigo Roland —nos dijo Michael a todos los presentes— va a traer a mi
prometida. ¿Te acuerdas del camino? Solo hay que salir por la verja hasta la calle,
girar a la izquierda y luego a la derecha hasta la carretera principal.
—Hannington Road —dijo el agente Cadribo.
—Nos alojamos en el White Nile Palace —le dijo Michael—. Nos veremos con
usted allí a la hora de la cena, ¿de acuerdo? No vale la pena ni mencionar este
incidente, pero usted tiene que hacer un informe, lo entendemos. Aprovechemos la
ocasión, pues. Le invitamos a cenar. —Me cogió del hombro con su mano buena y
me atrajo hacia él—. Ve al hotel, recoge nuestras cosas y trae a Davidia. Paga la
cuenta y vuelve aquí.
Solo por decir algo, pregunté:
—¿Cómo va la herida?
—Estamos esperando unos cuantos centímetros cúbicos más de xilocaína —
contestó la enfermera.
—Hemos intentado acabar sin anestesia —dijo Michael—, ¡pero duele como los
demonios! No puedo mantener el brazo quieto.
Michael y el policía se pusieron a hablar krio o el dialecto local, el lugbara, cada
vez más deprisa, riendo y haciendo unos comentarios que iban ascendiendo hacia el
registro de tenor.
Mientras salía, Michael me espetó:
—¡Acuérdate de conducir por la izquierda!
Hacer la maleta no fue nada, tres mudas de ropa y ahora encima una menos, porque
mis vaqueros y mi camiseta ensangrentados fueron a la basura. Llamé a recepción
para preguntarles cómo podía llamar a otra habitación y ellos me dijeron que me
pasarían la llamada.
Igual que en África Occidental, aquí las llamadas a teléfonos fijos se contestaban
diciendo «¿Hola?» y luego apartando el auricular del oído y contemplando su silencio
antes de volver a pegárselo al oído para escuchar un poco más del silencio.
—He dicho que soy Nair.
—Nair. Te oigo. ¿Dónde estás?
—En mi habitación.
—Dime.
—¿Te importa que las cosas se aceleren un poco?
—¿Qué me estás diciendo?
—Bueno, que estamos levantando el campamento. ¿Te importa hacer el equipaje
en unos minutos? Yo te ayudo a llevarlo al jeep.
—¿Qué está pasando? ¿Qué ha pasado?
—Que Michael ha adelantado el plan un poco, simplemente.
—¿Adelantado? ¿Qué plan?
—De verdad que tenemos que marcharnos en cuestión de minutos.
—Dios. Dios. Dios. ¿Está Michael ahí? Déjame hablar con él.
—Está atando algunos cabos sueltos. Me paso por tu habitación en cuanto acabe
con mi maleta.
—Nair, esto es ridículo. No pienso ir a ninguna parte.
—Entonces al menos hazle la maleta a Michael, por favor. Voy a tu habitación. Te
veo en unos minutos.
Cuando llamé a la puerta, ella me dijo «Está abierto», y me la encontré sentada en
la cama. Iba vestida pero sin zapatos.
No vi señal alguna de que hubiera hecho las maletas.
—¿Te importa si cierro la puerta? —Me hizo un gesto con la mano, yo cerré y
dije—: Se reanuda el viaje.
—Me temo que no.
—Si queremos irnos, de verdad que tenemos que darnos prisa.
—No es broma. Ya estoy harta.
—Muy bien. Pero tengo el Land Cruiser, y si queremos irnos, ahora es el
momento.
—¿Dónde está Michael?
—Lo dejé reunido con unos amigotes. Pararemos a recogerlo. —Ella no se movió
—. Yo soy tu chófer. —Ni siquiera movía las manos—. Perdona por darte la noticia
tan de golpe.
—Yo te doy otra noticia —dijo ella—. La letra de «Smile» la escribieron dos
tipos de los que no he oído hablar nunca, llamados Turner y Parsons.
Me pareció ver que tenían dos maletas de tela y dos mochilas.
—¿Y si simplemente metemos tus bienes terrenales dentro de tus maletas? —
Cogí unas camisas del perchero—. ¿Quieres las perchas? Dejemos las perchas.
—La melodía, en cambio, la compuso Charlie Chaplin para su película Tiempos
modernos, de 1936.
Yo dejé lo que estaba haciendo.
—¿Cómo lo has averiguado?
—Me he conectado a internet en el despacho del director. Esa canción me estaba
volviendo loca. Pensé que tal vez sería de Irving Berlin; deseaba que lo fuera, no sé
por qué. Supongo que siempre me ha gustado ese nombre.
—Ya. ¿Y has podido mirar también tu correo electrónico?
—No. Michael no me deja. Ya lo sabes.
—¿Te has puesto en contacto con alguien?
—¡No! ¡Te acabo de decir que no!
—Vale. Era simple curiosidad.
—¿Es asunto tuyo, acaso?
—Esa es justamente la cuestión, Davidia. Los asuntos de los tres se están mezclando. Los vuestros y los míos. Espero que te des cuenta. Si eres consciente de
ello, esto resultará mucho más fácil.
—¿El qué? ¿Qué resultará más fácil?
—¿Puedo coger una silla?
—Ya estás cogiendo mis cosas. ¿Por qué no vas a coger una silla?
Me senté.
—Hay muchas cosas de las que no eres consciente. Aquí no está pasando nada de
golpe. Simplemente nos estamos enterando de más cosas de golpe. —Me tomé un
momento para poner mis pensamientos en orden. No sé por qué. Me había imaginado
teniendo esta conversación con ella muchas veces—. Me refiero a cómo ha cambiado
el mundo después de que cayeran las Torres Gemelas. Creo que resulta fácil decir que
lo que más ha cambiado es el mundo de la inteligencia, la seguridad y la defensa. Las
potencias mundiales están vaciando sus arcas en una versión ampliada del antiguo
Juego por la Supremacía. Sencillamente ya no hay límite de dinero, y buena parte de
él va a manos de soplones y espías. En ese terreno no hay recesión.
—¿Ese terreno? Tu terreno, querrás decir. Es obvio que no trabajas para ningún
banco. Ha sido obvio desde el principio. Eres de la CIA.
—Joder, mujer. No soy de la puñetera CIA. No me metas en el mismo saco que a
esos.
Pareció estar a punto de decir algo, pero no lo hizo. Yo me levanté y me senté a su
lado en la cama.
—Te has sentado demasiado cerca.
Me acerqué más.
—Pero lo cierto es que tienes parte de razón. No trabajo para un banco. Sigo en
los servicios de inteligencia de la OTAN. Estoy aquí en una misión, de hecho, y el
objeto de mi misión es Michael Adriko.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Michael está en apuros.
—Dios bendito. ¿Qué ha hecho?
—Puede que salga del atolladero. Ya conoces a Michael. Pero creo que lo mejor
será que salgamos primero nosotros. Tú y yo.
—¿Tú y yo?
—Yo me largo por mi cuenta, y creo que te conviene venir conmigo.
—¿Para qué?
—Para lo que surja.
—¿Cuánto tiempo?
—El tiempo que dure.
—¿El tiempo que dure el qué?
—Déjame que te saque de aquí.
—¿Para ir adónde?
—De vuelta a Freetown, para empezar.
—¿Por qué?
—Porque allí tengo un negocio. Podemos instalarnos.
—Nair, entre tú y yo no hay nada.
—Ven aquí. Déjame abrazarte.
—¿Estás loco? No me toques.
Tuve que parar, o no habría podido decir nada más. El tacto de su piel me dejó sin
aire.
—Conozco a Michael desde hace casi doce años, y todo este tiempo he pensado
que estaba encaprichado de él, pero me equivocaba. Desde que lo conozco he estado
encaprichado de ti. Esperando encaprichado a que te materializaras. A que él te
trajera, te invocara, te hiciera aparecer, te presentara.
—Oh, Dios —dijo Davidia—. Estás complicando esto hasta lo imposible. Lo
estás haciendo imposible. ¿Por qué tienes que estar loco tú también? —Se puso de pie
y empezó a amontonar cosas en la cama—. ¿Qué plan tiene Michael? Si es que tiene
alguno.
—Se va al Congo.
—¿Y tú no?
—Pues depende de ti.
—Creo que yo sí que voy.
—Creo que no deberíamos. En ese país no hay ley. El gobierno no tiene el poder.
La policía, el ejército, los señores de la guerra psicópatas… todos se turnan para
robar a cualquiera que no vaya armado.
—Entonces ¿por qué no nos dejas ya?
—Porque no puedo. No lo soportaría. No sin ti.
—Esto es horrible. Cállate.
—En cuanto hayas echado un vistazo a ese país, querrás venir conmigo.
—Me voy con Michael. Llévame con Michael.
—Te llevaré a donde quieras.
—Tengo que ir con él. No puedo desaparecer sin más. Tengo que aguantar hasta
que la situación de Michael se… estabilice o algo. O por lo menos se aclare.
Puso una maleta sobre la cama y empezó a llenarla como si fuera una fosa.
—Espera un momento, por favor. ¿De acuerdo? —Ella no esperó. Siguió
haciendo la maleta—. Davidia. No quería asustarte.
—Pues mira, me has asustado. Ahora me das miedo.
—Me he vuelto loco. Y no quiero volverte loca a ti también.
—Demasiado tarde.
—¿Acaso te he forzado a tomar esta decisión? Porque no era mi intención
acorralarte. Espera. —Ella no se detuvo—. Para de hacer la maleta un momento.
—Me voy con Michael ahora, y creo que te conviene llevarme con él.
—¿Seguro? ¿Estás segura?
—¡Sí!
—Vale, muy bien. Un momento. Mírame. —Ella paró—. No tendría que haber
dicho lo que he dicho.
—Estoy de acuerdo.
—Estoy loco.
—Yo lo he dicho primero.
—De forma que también estamos de acuerdo en eso. O sea que no dirás nada de
lo ocurrido, ¿verdad?
—¿Nada?
—No se lo cuentes a Michael.
—Primero le prometo a Michael que no hablaré con nadie, y ahora te prometo a ti
que no le diré nada a Michael. ¿Es eso lo que me estás pidiendo?
—Solo te pido que me dejes ser yo quien se lo cuente.
—¿Cuándo?
—Ahora mismo no.
—¿Cuánto tiempo tengo que traicionarlo, pues?
—No mucho.
—¿Cuánto exactamente?
—Exactamente dos días.
—Cuarenta y ocho horas.
—Correcto.
—Promesas a él, promesas a ti, y no puede contarse nada a nadie. A esto lo llamo
yo una situación compleja.
Parecía ver cierto humor en la situación.
Para hacernos más visibles encendí los faros del coche. Nadie más lo hacía, ninguna
bicicleta o vehículo quería llamar la atención.
—Esto es sangre, ¿verdad? —dijo Davidia—. ¿Son graves sus heridas?
—Ha necesitado bastantes puntos.
—¿Dónde está el hospital?
—Pues en realidad está por allí detrás.
—Entonces ¿por qué estamos yendo por aquí?
—Para hacer un par de recados.
Teniendo en cuenta las circunstancias, estaba conduciendo demasiado deprisa.
Eran casi las cuatro de la tarde. No tenía ni idea de hasta qué hora estaría abierto el
Centro de Comunicaciones Católicas. Aun así, me paré en un tenderete de la calle y
compré todos los sobrecitos de cien mililitros de licor que había. Luego paré en otro
tenderete e hice lo mismo. Sin embargo, todavía no tenía ni un par de litros. Antes de
marcharme del hotel tendría que haber comprado la botella más grande de ron, o de
tequila, o de lo que tuviera más graduación. Whisky Baboon, si no había otra cosa.
Pero me había olvidado.
Estuve a punto de detenerme otra vez para hacer otra de esas transacciones
mientras subíamos por la larga cuesta del centro de Arua, pero la imagen de las torres
de la cima me hizo seguir adelante.
—Voy a parar en un sitio que tiene internet —le dije a Davidia.
Ella permaneció en silencio.
Aparqué en la acera de delante de la verja, apagué el motor e insistí:
—Si quieres ponerte en contacto con alguien, este es el sitio indicado.
—Date prisa. Estoy preocupada por Michael.
—Puedes esperar con el guardia.
—Estoy bien aquí.
Salí del coche y me acerqué a su ventanilla. Ella no la bajó.
—¿Estarás bien?
—Dímelo tú.
—Si te sientes incómoda, bloquea las puertas.
Oí que las bloqueaba antes incluso de que me diera la vuelta.
Tenía dos mensajes de correo electrónico, el primero de Hamid:
La oferta final y definitiva es 100 000 dólares americanos en metálico para usted. Si su respuesta es sí, nos reunimos mismo sitio misma hora.
Metálico tarda en conseguirse.
Su parte es 100 000. Oferta final.
Me gustaba aquella cifra, pero no me gustó lo que venía a continuación:
Nos veremos 4 semanas después de reunión anterior.
No 30 días. 4 semanas exactas. Prohibido fallar. Una sola oportunidad.
Por un lado, el dinero estaba decidido y era una buena suma. Pero por otro me
había arrancado dos días del calendario. Cerré los ojos y me puse a componer
mentalmente una réplica, una contraoferta, pero lo dejé correr enseguida. No tenía
nada que ofrecer.
Abrí el segundo correo electrónico: varios centenares de palabras furiosas de mi
jefe en el NIIA. Lo borré antes de llegar a la mitad.
Me puse a aporrear las teclas:
Hola, idiotas de los cojones. ¿Estáis esperando mi informe? Pues podéis esperar a que sirvan agua bendita
en el Infierno.
Luego pulsé BORRAR.
Volví a aporrear las teclas, esta vez durante más rato:
Idos al infierno. Mientras me metíais un cohete en el culo y encendíais la mecha erais todo sonrisas
encantadoras. ¿Y ahora me queréis echar la bronca?
¿Queréis hacer el favor de explicarme qué está haciendo el MI británico en mi hotel, hijos de puta? ¿Queréis hacer el favor de explicarme, hijos de puta, por qué está metido el Mosad en, cómo llamarlo, este
asunto? ¿Esta investigación? ¿Esta jodienda colectiva?
Podéis iros todos a la mierda. Que os den a todos por el culo.
Tengo rango de capitán en el ejército danés. ¿Qué tiene que ver nada de esto con Dinamarca? ¿Qué tiene
que ver nada de esto conmigo?
¿Por qué me habéis puesto en situación de que me asesinen?
Me pasé tres segundos, cuatro, cinco, con el dedo suspendido encima de la tecla
de BORRAR, y por fin pulsé ENVIAR.
Me desconecté, conecté mi teclado y fui al protocolo PGP. Contesté el mensaje de
Hamid.
Trato hecho.