Los monstruos que ríen

Denis Johnson · Apéndice

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Los monstruos que ríen

Uno

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

aeropuerto y me salieran al paso una pareja de interventores del NIIA con guantes de

látex. O sea que por miedo a que me registraran, había convertido a Tina en una

especie de cabeza de turco.

Después de vaciar la segunda copa y comerme la segunda aceituna, me convencí

de que todo iría bien, claro que sí. Siempre hay gente vigilando, pero nadie ve nada.

No es fácil despertar su curiosidad. La OTAN, las Naciones Unidas, el Reino Unido,

Estados Unidos… Un pandemonio burocrático de voces suaves y caras de póquer.

Están locos, están ciegos, son descuidados y pasan de todo.

Esto lo podría haber razonado desde el principio. Pero soy un cobarde y no podía

soportar vivir solo en el abismo. Por tanto ahora Tina, sin saberlo, vivía a mi lado en

él.

Tal vez Tina y yo nos casaríamos a mi vuelta, cuando me hubiera reunido con mi

contacto, le hubiera vendido la información y hubiera ganado el suficiente dinero

para varias lunas de miel; y cuando me hubieran eximido de mi deber actual, que era

informar de las actividades y, en la medida de lo posible, de las intenciones de

Michael Adriko.

 

Desde la lejanía que me daba el haberme bebido dos martinis y medio, oí que

Michael decía en el vestíbulo:

—¿Qué ha pasado con mi bocadillo?

El recepcionista lo siguió.

—Se lo llevarán a su habitación, señor.

—Haga que me lo traigan al bar, ¿vale?

Ocupó el taburete vacío contiguo al mío y se pidió una Guinness.

—¿En serio? —le dije yo—. ¿Una Guinness?

—La Guinness es buena para la salud. Vamos a sentarnos solos.

Cogí el martini y le seguí a una mesa. Dos sorbos más y ya estaría listo para

pelearme con él.

—Habla conmigo, Michael. Habla o me voy.

—He venido a hablar —me dijo—. Estamos hablando.

Pero lo único que hacía con su boca era llenarla de cerveza.

—Este sitio es una auténtica pocilga. ¿Por qué no te gusta el Papa Leone?

—Porque allí me conoce demasiada gente.

—Es verdad. Y estás pelado.

—Me ajusto a mi presupuesto. ¿Te parece deshonroso?

—Es preocupante.

—¿Y por qué te preocupas? ¿Es problema tuyo acaso?

—Lo es, si estoy haciendo negocios contigo, porque acabaré viviendo en esta

barraca. No puedo estar yendo y viniendo.

—Eso es decisión tuya, Nair. No me eches la culpa a mí.

—¿Estoy haciendo negocios contigo o qué?

—Eso también es decisión tuya.

Respiré y conté hasta cinco. Solté un suspiro tremendo.

—¿Y qué pasa con la chica? ¿Está con nosotros?

—La conocí en Colorado.

—Felicidades.

—Gracias. Soy un hombre afortunado.

—¿Quién es?

—Más información a su debido tiempo. —En la otra punta de la sala destelló un

mechero: alguien se estaba encendiendo un cigarrillo en un grupo de cinco hombres

blancos. Michael señalo con la cabeza en esa dirección, sin mirar, con expresión conspiratoria—. ¿Y quiénes son esos tipos?

—Pilotos. Rusos. Trabajan para las compañías de vuelos chárter.

—No tienen pinta de pilotos civiles. Son jóvenes y están en forma. ¿Por qué no

hay ni uno que tenga barriga cervecera? Mira los peinados: reglamentarios.

—Vale, muy bien. ¿Quiénes son?

Se puso en pie de golpe y se fue dando zancadas a la mesa de los tipos. Les dijo

algo y ellos le contestaron. Por fin regresó a nuestra mesa con un cigarrillo sin

encender entre los dientes y se sentó otra vez.

—Es un Rothmans —me dijo—. Australiano.

—¿Todavía fumas?

—De vez en cuando. Pero todo con moderación. —Cogió la vela que había entre

nosotros, se encendió el Rothmans, se reclinó en su silla y expulsó el humo por

encima de mi cabeza—. Nair, hay gente siguiéndome.

—¿Esos tipos?

—Podría ser cualquiera.

—¿Tienes problemas? ¿Cuál es tu situación?

—Te la contaré a su debido tiempo.

—¡Para ya, coño! —Yo era la persona que hablaba más alto de todo el local. Bajé

la voz, pero me incliné hacia él—. Me esperaba que estuvieras tratando con los peces

gordos. Moviendo dinero. Negociando contratos del gobierno, ya sabes. Contratos,

no contrabando. Ayuda desviada, ingresos malversados del petróleo, esas cosas.

Dinero, Michael. No pedruscos y polvos.

—No me hables así, colega. Hay tiempo de sobra para que pase de todo.

Disfrutemos del momento.

Aplastó el cigarrillo en el plato de la vela, miró hacia otro lado y se sumió en un

silencio privado.

Había que tener cuidado con él. Michael era capaz de detener la función por una

ofensa.

Esperé a que se le pasara. Nunca tardaba mucho.

—Llevamos siete años sin vernos, Nair. Ahora tengo treinta y seis. He cambiado,

soy una persona distinta. —Se giró del todo hacia mí y puso los puños sobre la mesa,

como para demostrar su nueva condición—. Hace cuatro años que me fui de

Afganistán. Estuve formándome dos años en Fort Bragg, Carolina del Norte; después

me destinaron a Fort Carson, Colorado. En Fort Carson estuve formando a

extranjeros, la mayoría de Sudamérica y algunos de Oriente Próximo. Tenían

prohibido salir de la clase militar, o sea que siempre que yo formaba parte del equipo

de adiestramiento de algún grupo internacional, también estaba confinado. Entre un

grupo y otro, sí podía ir a la ciudad con ropa de civil. En la base llevaba uniforme del

ejército estadounidense con galones de sargento. Pero no estaba en el ejército

estadounidense.

Llegó un camarero con un bocadillo en un plato. Michael fingió no verle. El camarero dejó el plato en la mesa. Michael fingió no verlo.

—Me prometieron la residencia permanente en Estados Unidos, Nair. Me

mintieron. Me dijeron que estaba en camino de adquirir la ciudadanía estadounidense.

Me mintieron. Me dijeron que entraría en el ejército norteamericano como oficial y

que podría ascender tanto como me lo permitiera mi talento. Me mintieron.

Esperó oír mis comentarios. No hice ninguno. Los hombres blancos de la otra

punta de la sala bebían como rusos. Se reían como rusos.

—Escúchame, Nair. Te puedo construir una bomba. Dame cinco minutos, apenas

tengo que moverme de aquí. Tú tráeme cerillas, luces de Navidad y azúcar. Puedo

disparar a un hombre desde un kilómetro. Lo he hecho. Soy un hombre con valor y

disciplina, y mi única recompensa ha sido convertirme en un matón de alquiler. Un

gorila, un peón, un engranaje dentro de un robot que está programado solo para

contarte mentiras.

—Claro. Todos nos vamos haciendo mayores y más sabios. Eso es lo que yo te

decía.

—Me he planteado todas las salidas posibles para cambiar mi situación y he

elegido la mejor.

—Cuéntame algo del plan. Lo que sea.

—En primer lugar —dijo—, iremos a Uganda para mi boda.

—Oh, Dios. ¿Debería sentirme iluminado o todavía más confuso?

—Pues sí, estoy prometido.

—No es la primera vez.

—Pero sí es la última. Te lo he dicho, soy un hombre nuevo.

—¿Para eso estoy aquí? ¿Y para nada más?

—Es importante informar solo de lo estrictamente necesario e ir paso a paso.

Nair, por favor, tienes que confiar en mí. Recuerda: ¿acaso no ganamos un montón de

dinero un par de veces?

—Ganamos un montón de dinero para ser veinteañeros. Ahora somos adultos.

Deberíamos estar haciéndonos ricos. ¿Me estás pidiendo que me conforme con

menos?

—No te estoy pidiendo que te conformes con menos. —Recobró el aplomo, por

llamarlo así, con su botella de Guinness, y buscó en su interior las palabras adecuadas

—. Esta es la promesa que te hago: vamos a hacernos ricos.

Me miró fijamente. Yo lo creí. O al menos me venció el cansancio, el cansancio

de esforzarme en no creer.

—Pues bueno —le dije.

—Vámonos, entonces. Cenaremos con mi prometida.

Mientras nos levantábamos de nuestros asientos, y por culpa de Michael, eché un

vistazo al grupo de posibles rusos. Eran todos jóvenes, en forma y con la espalda bien

recta. Oí que uno decía: «Te encanta, ¿eh?».

Michael no tocó el bocadillo. Yo vacié la copa y me dejé llevar. A fin de cuentas, me pagaban por ello.

 

En cuanto pedimos nuestras copas en el Bawarchi —habíamos llegado antes de hora

y Davidia todavía no estaba—, Michael se puso quisquilloso con un detalle.

—¿Quién se ha puesto en contacto con quién?

—Yo ya tenía tu dirección en Fort Carson, de forma que tú debiste de ponerte en

contacto conmigo primero, o si no yo no habría sabido dónde estabas.

—Sí, sí, pero después de más de un año sin hablarnos para nada, yo recibí una

carta tuya que me fue reenviada desde Fort Carson a principios de agosto.

—¿Reenviada adónde?

—Y entonces yo te contesté y te dije: «¡Ven a Sierra Leona, que es un sitio

precioso!».

—Es posible que esta vez fuera yo quien se pusiera en contacto contigo primero.

¿Eso es importante?

—Todo es importante.

A juzgar por la aglomeración de europeos, en el Bawarchi debían de servir buena

comida. Era un amplio local indio situado en las afueras, en la playa —al aire libre,

salvo por el techado de paja—, refrescado por la brisa y lo bastante cerca del mar

para oír el rumor del oleaje. La playa tenía una arena blanca, fina y húmeda que

parecía sal de mesa. Dentro de quince minutos ya estaría demasiado oscuro para

distinguirla.

Las sospechas de Michael salpicaban a todo el mundo. Ahora señaló a un europeo

de mediana edad que estaba en la barra.

—Es de la CIA. Lo conozco.

—Solo le veo la espalda.

—Era el director de la plantilla de emergencia de la embajada de Monrovia. Lo

conocí entonces.

—¿Tú? ¿Cuándo?

—Cuando Charles Taylor controlaba el Este.

—¿Cuántos años tenías tú? ¿Doce, trece?

Se le ensombreció la cara.

—No sabes nada de mi vida.

En un abrir y cerrar de ojos el día se terminó y descendió la noche, y durante un

lapso de diez segundos todas las voces que nos rodeaban guardaron silencio. A un

centenar de metros de distancia empezaban los edificios, pero no había ni una sola luz

encendida en aquella ciudad desprovista de electricidad, y de aquel vacío salía un

clamor no tanto de bocinas y motores como de seres humanos y sus desesperados

animales. Entretanto, los camareros iban de mesa en mesa encendiendo velas metidas

en tubos altos de cristal.

Y en cuanto terminaron de iluminarlo todo, entró en escena Davidia St. Claire, esbelta, elegante y con un vestido africano. La impresión que producía era la habitual

en las mujeres de Michael. Él jamás habría tenido una que no la produjera. Hasta en

el Tercer Mundo se las apañaba para encontrarlas, ya fuera en desfiles de moda,

sesiones fotográficas, cócteles diplomáticos o hasta en la iglesia. La seguían las

miradas como si fuera recogiéndolas con las manos.

Cuando me levanté para recibirla, derribé la silla hacia atrás. Michael, que estaba

sentado, estiró el pie y la detuvo con la puntera, y eso me permitió enderezarla antes

de que chocara ruidosamente contra el suelo de pizarra.

Ella se rio.

—Vaya número.

—Es en honor a tu vestido —dijo Michael. Le ofrecí a Davidia una silla y él

añadió—: Nair te ofrece una silla.

—Acabo de comprarlo en la tienda del Papa Leone. Es del valle de Tisio.

Posó para nosotros, girándose a un lado y al otro. El vestido era en su mayor parte

blanco, con estampado de flores, tal vez rojas, costaba verlo a la luz de las velas; era

largo hasta los tobillos, sin mangas, escotado, ligero y ajustado. Tanto yo como el

resto de presentes éramos conscientes de los brazos y manos de Davidia, de los

empeines y dedos de sus pies calzados con sandalias. Ella dejó su bolsa de la compra

en el suelo y sonrió.

—Es casi tan maravilloso como tú. —Michael le cogió las dos manos con las

suyas y se inclinó hacia ella—. Y qué ojos. ¿Cómo han conseguido que quepan unos

ojos tan enormes en tu hermosa cara? Deben de haberte hervido el cráneo para

hacerlo más flexible y agrandar las cuencas de esos ojos preciosos.

Supuse que él estaba intentando avergonzarla. Ella ni se inmutó.

—Gracias, qué bonito cumplido.

Davidia llevaba el pelo corto y casi natural, aunque no del todo, no estilo afro

sino con rizos sueltos y definidos. Era de estatura mediana, más elegante que

voluptuosa. Tenía una cara que yo llamaría típica de África Occidental: amplia, sexy,

guapa, de nariz ancha, labios carnosos, mentón suave, ojos grandes de niña, aunque

miraba desde la profundidad de sus cuencas con algo que no era sinceridad infantil.

Michael tomó la iniciativa y pidió para los tres un poco de todo, bastante más de

lo que nos podíamos comer. Dos camareros jóvenes ansiaban el honor de servirnos —

de servir a Davidia— y competían con una especie de saña reprimida. Davidia

parecía aceptarlo como un derecho que le correspondía.

Por espectacular que resultara, tenía algo de niña sin madurar, y me sorprendió

enterarme de que había dejado a medias un doctorado para dedicar tiempo al Instituto

de Estudios Políticos; me sorprendió todavía más enterarme de que había dejado

aquello también por Michael Adriko. Me puse a contar y pensé que esa era la cuarta

prometida que me presentaba. Nunca les pedía que se casaran con él. Solo que se

comprometieran.

Michael y yo hablamos mucho durante la cena, compitiendo para exhibirnos, supongo, igual que nuestros camareros. Michael se dedicó a contar falsedades de su

almacén de desinformación.

—Nair tiene familia en Carolina del Sur.

—En Georgia —dije yo—. En Atlanta, Georgia.

—¿Qué familia?

—Toda menos mi padre y yo.

—Su padre es suizo.

—Danés —dije—. Soy medio danés.

Michael estaba a punto de decir algo, pero Davidia lo interrumpió:

—Calla, Michael. —Y añadió—: Me parece que no he conocido nunca a nadie de

Dinamarca.

—Dinamarca es un gran país mal entendido. Yo mismo no estoy seguro de

entenderlo.

—No sé qué quieres decir —comentó ella.

—¿Cómo os conocisteis Michael y tú, si puede saberse?

—Nos conocimos en Fort Carson.

—¿Estabas en el ejército?

—No.

—Me alegro.

—Cuando conocí aquí a Nair, en 2001 —dijo Michael—, él estaba con la OTAN.

—¿La OTAN? ¿Aquí? Esto no es exactamente el Atlántico Norte.

—La OTAN destinó a gente aquí un par de semanas después del 11-S.

—¿Y sigues con ellos? ¿A qué te dedicas ahora?

Le di una tarjeta de visita que llevaba en la billetera.

—Presupuestos y fiscalidad.

—¿Quiénes son Technology Partnerships?

—Llevamos la contabilidad de corporaciones interesadas en asociarse para llevar

a cabo grandes proyectos con el sector público. En la Unión Europea, quiero decir.

No somos del todo globales. Es un trabajo aburrido. Pero me permite viajar bastante.

—Cuando nos conocimos, Nair trabajaba para el NIIA —dijo Michael.

Ella esperó a que yo dijera:

—La Estructura Interoperativa de Inteligencia de la OTAN.

—¡Eras espía!

—Ya nadie dice espía.

—Yo acabo de decirlo.

—En cualquier caso, yo no lo era. Mandaba telegramas en inglés simple y llano.

Me dedicaba a cotejar los proyectos con los calendarios para que ellos pudieran

revisar los calendarios y hacerlos encajar con los proyectos, y volver a casa con

premio todos los fines de semana.

—¿Y en qué consistían los proyectos?

—Cosas aburridas.

—Nair estuvo implicado en la instalación de cable de fibra óptica para la CIA.

—La OTAN no tiene tratos con la CIA —apunté yo.

—Eran cosas estadounidenses lo que estabais poniendo bajo tierra, no intentes

engañarme.

—Lo único que hice fue ir dando tumbos por Sierra Leona como un idiota.

—Y después por Afganistán —dijo Michael.

—Allí también hice el idiota.

—De eso puedo dar fe —le contó a Davidia—. Allí fue donde lo encontré

después de un año sin vernos, en Jalalabad, conduciendo un coche robado de las

Naciones Unidas.

—¡Vaya par! —exclamó ella.

—Menudo crío estaba hecho. Me creía el coronel Stoddart o alguien así.

—¿Stoddart?

—Uno al que decapitaron en Afganistán.

—En el siglo diecinueve —añadí para quitarle hierro al ver la cara de Davidia.

—Ah, Stoddart, ya.

—A los treinta y cinco años. ¡Casi los que tengo yo! —dijo Michael.

—Las cosas claras —dije—. Era Michael quien conducía el coche robado.

—Lo único que hacían las Naciones Unidas allí era esconderse en sus

instalaciones de Kabul, emborracharse y quedarse mirando cómo les robaban el

equipo.

—¿Allí también te dedicabas al cable de fibra óptica?

—No.

—Esto no lo sabe nadie —dijo Michael—, pero el ejército estadounidense tiene

su propio internet. Disponen de un sistema independiente de cables por todo el

mundo para ellos solos. Además tienen búnkers de comunicaciones por todos lados.

—¿Búnkers? ¿Tipo refugios antiaéreos?

—Refugios tecnológicos —respondí—. Los que hay en África Occidental

seguramente se están pudriendo bajo tierra. A nadie le importa este lugar.

Davidia estaba bebiendo vino, cosa que yo no le habría recomendado, pero había

elegido uno italiano y parecía que le gustaba. Cada vez que daba un sorbo, Michael y

yo dejábamos de hablar para mirarla.

—Michael —dijo ella—, nunca me has explicado qué estabas haciendo tú en

Afganistán.

—Michael era mi guardaespaldas.

Él se ofendió.

—Tenía muchas responsabilidades allí. Transportaba a muchos prisioneros.

—¿Y ahora, hoy día, qué? —les pregunté—. ¿Qué responsabilidades tenemos?

Que alguien me lo diga, por favor. ¿Hemos venido para una boda?

—Sí —dijo Davidia.

—O sea que este viaje no tiene que ver con trabajo, Michael.

—Bueno, mientras viajamos siempre estamos atentos por si captamos algo que

huela a trabajo.

Davidia se rio y yo dije:

—Bueno, eso ha sonado raro, pero capto el mensaje.

—Davidia se va a casar llevando zapatos de oro puro —dijo Michael—. Y se los

va a quedar para toda la vida.

—¿Y tú apruebas todo esto?

—Sí —se limitó a decir Davidia.

—¿De verdad nos vamos a Uganda?

—La semana que viene volamos a Entebbe, ¿verdad? —preguntó Michael—.

¿Puedes venir? Porque en Uganda sí que saben montar una boda. Ojalá pudiera ser

una boda doble.

—¿Quieres tener dos mujeres?

—¡Hablo en serio! Dos novias y dos novios. Le he contado a Davidia que estás

prometido.

—A punto de prometerme.

—¡Como todo el mundo! —dijo Davidia—. ¿A qué se dedica ella?

—Es abogada, pero trabaja para la OTAN en Amsterdam; para tu gente, de hecho.

Para los estadounidenses.

—Nair la conoció en Kabul —dijo Michael.

—En eso tiene razón, para variar. Pero Tina y yo no estábamos juntos por

entonces, solo éramos conocidos. Ella era fiscal de las Naciones Unidas y Michael y

yo la tratábamos un poco.

—¿Un poco? Era una de las novias de Michael, ¿verdad?

—Tú te crees que todas las mujeres son novias mías. ¿Crees que dispongo de

tiempo ilimitado para el sexo?

—Es exactamente lo que pienso, sí.

—Antes de estar en las Naciones Unidas —dije—, ella trabajaba de fiscal en

Detroit. Una vez participó en una redada antidrogas y llevó metralleta.

—O sea que es peligrosa. ¿Y guapa también?

—Mucho, pero también es un poco demasiado lista para parecerlo. Siempre

intenta no llamar la atención. Y yo lo prefiero.

—Tú si pudieras me pasearías por ahí desnuda —le dijo Davidia a Michael.

—Desnuda salvo por unos zapatos de plataforma bien sexys. Hay que exhibir lo

que uno tiene.

—A veces se te pone una cara sedienta como de niño. —Se rio. Ya estaba un poco

achispada. Yo confiaba en que hiciera alguna estupidez, algo que estropeara su

hermosa imagen. Me pilló mirándola—. No tienes acento de Georgia para nada.

¿Cuánto tiempo pasaste allí?

—Muy poco. Mi padre me crio en Europa, sobre todo en Suiza. Creo que no tenía

mi custodia legal. Creo que me secuestró.

—¿Sigue vivo?

—Sí, y mi madre también.

—¿Ves mucho a tu familia de Estados Unidos?

Justamente la clase de pregunta que me gusta rehuir. Pero descubrí que a ella sí

que quería hablarle del tema.

—No tengo ningún contacto ni con mi madre ni con su familia desde los ocho

años.

—Pero tú, tú… —dijo, confusa—. A tu padre sí lo ves, ¿no?

—Nos vemos de vez en cuando. Él también vive en Amsterdam.

Michael me estaba mirando fijamente.

—Estas cosas a mí no me las has contado nunca.

—Quizá es porque tú hablas más que escuchas —le dijo Davidia. Se lo dijo con

afecto. Yo pensaba que ya había acabado de interrogarme, pero siguió—: ¿De qué

trabaja tu padre?

—Es médico en un hospital estudiantil. Más profesor que médico, en otras

palabras. Me temo que está un poco loco.

—¿Y tu madre?

—Como te he dicho, no tengo contacto con ella. He decidido creer que es feliz.

—Pues entonces yo también lo creeré —dijo ella.

De pronto un mendigo vestido con harapos salió de la oscuridad y se puso a

escribir rápidamente en el suelo con tiza blanca: SR. PHILO KRON, DOCTOR EN

ACROBACIA. A continuación se puso a hacer volteretas sin moverse del sitio y con un

plato de arroz crudo en la mano, sin que se le cayera ni un solo grano. Repitió el truco

con un vaso de agua en la mano y tampoco se le cayó nada.

Nadie le prestó atención, ni los empleados ni los clientes, pero Davidia dijo:

—Michael, dale algo.

Michael se limitó a mirar al acróbata con el ceño fruncido y dijo:

—No des alas a esta gente.

Davidia sonrió y miró al acróbata a los ojos, o mejor dicho al único que le

quedaba, porque el otro tenía la cuenca quemada y cerrada; esto le dio al tipo ganas

de hablar, o al menos de expresar sus pensamientos por medio de una especie de

graznidos, ya que al parecer también le faltaba una cuerda vocal:

—A veces da la impresión de que acaba de pasar por aquí el profeta —le dijo a

Davidia, arrodillándose ante ella, tocándole la mano y temblando por culpa de la

intensidad misma de su mensaje—, de que el profeta en persona acaba de pasar por

aquí y de que ha dado la vuelta por esa esquina del edificio, y mire: todavía puede

verse el polvo agitado por el vuelo de su ropa.

Satisfecho con esto, el doctor Kron regresó con su tiza a la noche oscura. Uno de

nuestros camareros vino a toda prisa con un trapo y se puso a borrar su nombre y su

título.

Más tarde, mientras parábamos un coche delante del local, Davidia me cogió del

brazo.

—¿Qué casos lleva un fiscal en Afganistán?

—¿Lo preguntas por Tina? Pues estuvo allí justo después de la invasión. Durante

una temporada allí no hubo más autoridad que las Naciones Unidas. Ella se

especializó sobre todo en crímenes contra las mujeres.

—Pero ¿era una de las novias de Michael?

—¿Estás celosa?

—¿Lo estás tú?

—Escucha, fueran quienes fuesen esas otras mujeres, tú no eres como ellas.

—Gracias —dijo ella, y me dio un beso breve en los labios.

—¿Qué, nos lo llevamos a la cama también? —dijo Michael.

—Seguro que a él no le importaría.

—Mira lo que has hecho, Nair. Me la has excitado.

Vi cómo se metían en un coche, les di las buenas noches y me fui paseando a casa

por la playa, borracho, bajo una multitud tan grande de estrellas que me daban toda la

luz que necesitaba. El leve movimiento de las olas marcaba una especie de ritmo

apresurado y quejoso. La luna todavía no había salido. De vez en cuando un banco de

peces voladores fosforescentes se elevaba sobre las oscuras aguas costeras.

El Papa estaba a un kilómetro más o menos del Bawarchi. Yo llegué todavía

borracho y con ganas de pasar unas horas de descanso sin dormir, pero no tuve esa

suerte.

No había electricidad y el vestíbulo estaba en penumbra. El conserje de noche

estaba durmiendo en un sillón junto a la puerta. Lo desperté y me dio mi llave y un

mensaje escrito a mano y doblado por la mitad:

 

No te vi el martes. H.

 

Esto quería decir que yo tenía una cita para el día siguiente por la tarde, jueves,

para negociar la venta del contenido del USB. Tenía que encontrarme con mi

contacto, Hamid, en el Bawarchi, por pura casualidad; esos detalles los habíamos

acordado semanas atrás en Amsterdam.

Subí las escaleras de tres en tres, sintiéndome repentina y tristemente sobrio.

Colgué mi hamaca portátil en el balcón y me tumbé a sentir la brisa del mar; no entré

hasta la madrugada, cuando se puso a llover. Encendí la vela y abrí el portátil. No

había conexión a internet. Me puse a escribir a Tina sin conexión.

 

Estoy teniendo una mala noche. Te echo de menos a ti y a ratos hasta a tu viejo gato y a su fea y

monstruosa hermana, la perra. Todavía no añoro a tu señora casera, ¿cómo se llama? ¿La señora Rimple? Pero

lo más seguro es que antes de que se acabe esto también llegaré a ese punto.

Acabo de probar un bocadillo y estaba rancio. Y eso que solo lleva dos minutos fuera de la bolsa. Me cago

en este clima, lo único que se seca es el pan, el puñetero pan de los

Pero capté mi tono lastimero y pulsé BORRAR con energía.

 

En cuanto se hizo de día pagué la cuenta del Papa Leone y me trasladé al Scanlon,

tercera planta, casi donde podría hacer un zapateado y conseguir que temblara el

techo de Michael en la habitación 230. Tampoco es que quisiera despertarlo, aunque

él hubiera estado en su habitación. Ya había rebasado mi nivel de tolerancia de

Michael Adriko, y eso que solo llevaba treinta y seis horas en el continente.

En la habitación me pregunté qué cosas sacaría de la maleta, porque no sabía

cuánto tiempo íbamos a quedarnos, y por fin decidí que lo airearía todo…

La puerta se abrió de golpe y me dio un susto de muerte. No había cerrado con

llave.

El director apareció en la puerta. Bajo, fornido, árabe. Tenía la misma cara de

asombro que debía de tener yo.

—Estoy buscando a la limpiadora.

Lo único que se me ocurrió decir fue:

—¿A la camarera?

—Sí, eso.

—Aquí no está.

Él cerró la puerta y se marchó.

Cambié de opinión sobre lo de vaciar la maleta; saqué unos calcetines y

calzoncillos limpios y dejé el resto dentro.

Una de mis mentes le dijo a la otra: Lo que ese tipo quería era registrar tus cosas,

y la otra mente le contestó: No te pongas nervioso, la gente se equivoca a veces, y la

primera dijo: En cualquier caso, amigo, ya han conseguido que hables solo.

 

«La vida es corta», dice siempre Michael, y cuando lo dice se le ve el miedo en la

cara, porque lo entiende, lo dice en serio, esta vida se acaba pronto.

Michael es un guerrero, un caballero medieval. Los superiores le dan órdenes y él

finge que las obedece. Los demás vivimos como escuderos y campesinos.

Eso podría haber dicho mi informe, el segundo y último que iba a mandar desde

Freetown. Y también podría haber dicho:

Para él el mundo se divide en lugares blandos, lugares duros y agujeros, pero todo

es terreno, y él lo trabaja todo; solo se detiene para comer, beber, cagar, mear, follar y

curarse las heridas.

Michael se identifica como miembro de los kakwa, el clan de Idi Amin Dada, y

cuenta la siguiente historia: después del exilio de Amin, cuando empezaron las

represalias contra los kakwa, el pequeño Michael fue llevado a Kampala, donde lo

educaron los bondadosos misioneros cristianos… Pero los misioneros no se llevan a

un niño de la aldea y lo ponen en una escuela de la ciudad. Es más probable que lo secuestrara una organización criminal y sobreviviera en las calles haciendo de

chapero.

Él asegura que después de terminar la secundaria, que yo creo que no llegó a

empezar nunca, se alistó en el ejército ugandés, ingresó en la academia de oficiales y

antes de ser destinado lo asignaron a un campo de entrenamiento muy especial que

había a orillas del río Orange, en Sudáfrica, donde una serie de agentes israelíes —a

veces dice de la unidad Duvdevan y otras veces del Mosad— le enseñaron tácticas

terroristas.

¿Qué importa si es verdad o no? La verdad de Michael vive solo en el mito.

Muere en los detalles y en los datos.

Y aunque vosotros, mis superiores, podáis pensar que he venido con él a África

porque me mandasteis vosotros, os equivocáis. He venido porque me encanta el caos.

La anarquía. La locura. Las cosas que se vienen abajo. Michael no es más que mi

excusa para volver.

Y si Michael cree que quiero un ejército y un harén, también él se equivoca

conmigo. Yo no quiero vivir como un rey, solo quiero vivir. Y no puedo conseguirlo

solo. Tengo todos los ingredientes, pero me hace falta un mago que remueva el

caldero. Necesito a Michael.

Esto es lo que podría haber dicho mi informe.

Pero el informe que mandé lo redacté a toda prisa en el sótano de Documentos

Elvis. Ni las sombras entretejidas que proyectaban las jaulas de alambre de las

bombillas ni el olor asfixiante de las paredes de cemento ni la idea de tener a

Mohamed Kallon caminando de puntillas por encima de mi cabeza me animaban a

ponerme cómodo para extenderme. Así que escribí:

 

He establecido contacto. Cambiaré de estación muy pronto. Mandaré detalles en 48-72 horas.

 

—Hoy no hay almuerzo —le dije a Mohamed cuando subí del sótano, apenas

cinco minutos después de bajar.

Él ya se estaba levantando de su supuesta silla.

—Ya he almorzado. ¿Por qué no cenamos esta noche? Tengo noticias para ti.

—¿Cenar? No. Dímelas ahora.

—Muy bien —replico él, claramente decepcionado—. Te voy a explicar una cosa.

Michael Adriko estuvo destinado a las Fuerzas Especiales estadounidenses en el

Congo oriental. Tienen una unidad allí, ya sabes, que persigue al Ejército de

Resistencia del Señor.

—He oído hablar de ella.

—Y ahora se ha ausentado sin permiso; a eso me refería al llamarlo desertor.

—Muy bien —le dije.

Lo mismo podría haber deducido yo basándome en su secretismo y sus evasivas;

Michael Adriko había levantado una muralla para protegerse de casi todas mis

preguntas, sobre todo la primera que yo le había hecho: si nuestra meta era el Congo, o Uganda, ¿qué demonios estábamos haciendo en Sierra Leona?

Y la respuesta me la acababa de dar Mohamed Kallon. Michael había aterrizado

aquí en plena huida, probablemente conformándose con cualquier destino que lo

admitiera con un pasaporte de Ghana. Y Freetown no era una mala elección. Aquí

podía pasar cualquier cosa. Aquí los traidores y los desertores podían evaporarse sin

dejar rastro.

—Quedemos para cenar en el Papa —dijo Mohamed.

—Y a medio camino ya me estarías preguntando: «¿Por qué me llevas a cenar a

un sitio caro? Dame el dinero y ya está».

—Bueno, la verdad es que me iría bien un poco de dinero.

Le di un fajo de leones de un centímetro y pico de grosor pero que apenas valía

nada y salí al calor inverosímil del mediodía.

A media manzana de Documentos Elvis, un hombre con un generador y un

satélite alquilaba su ordenador por minutos, de forma que me senté en una silla

plegable, bajo una sombrilla, al lado de su tenderete de tablones, y encontré un

informe de Reuters en la red. Su último párrafo decía:

 

La misión contra el ERS se asignará a un centenar de operativos especiales, según fuentes del Pentágono.

Estas fuentes no han querido aclarar a qué unidad se asignará la misión, pero un informe publicado en la

Gazette de Colorado Springs sugiere que la elegida será el Décimo Grupo de Fuerzas Especiales, con base en

Fort Carson, Colorado. Se trata de una unidad que suele llevar a cabo operaciones especiales en Europa y

África.

 

A pesar del calor fui a pie hasta el Scanlon. Estaba furioso. No con Michael, que

es con quien hubiera debido estarlo, sino con Mohamed, porque era más fácil.

Por el camino me detuve en el hotel Ivory Castle para hablar con los

desconcertantes e inescrutables africanos occidentales que fingían dirigir el servicio

aéreo pilotado por los rusos borrachos. Debíamos recurrir a los rusos porque ninguna

línea seria nos permitiría embarcarnos sin visados ugandeses, a pesar de que Uganda

se los expedía sin problema alguno a los pasajeros que llegaban a Entebbe, o eso nos

había asegurado Michael. Les pregunté por sus precios y horarios. Dio la impresión

de que ellos no entendían por qué se lo preguntaba. Les ofrecí la típica sonrisa de

fatiga y sufrimiento de los europeos blancos, la única alternativa al suicidio. Al final

me desvelaron sus precios y horarios. Michael, Davidia y yo nos marcharíamos de

allí en menos de cuarenta y ocho horas.

 

A las tres de la tarde volví a entrar en el Bawarchi. Había pocos clientes y el lugar

estaba tranquilo. Al principio me pareció que mi contacto no había venido, y cuando

por fin lo localicé, sentado a una de las mesas pequeñas, sin nada sobre ella más que

unas gafas de sol, ni siquiera lo reconocí, porque hasta entonces solo lo había visto

con traje de ejecutivo. Pero era el mismo Hamid con el que yo había hablado varias

veces en Amsterdam.

Me saludó con la mano y me senté con él. Me dio la impresión de ser un hombre

de mediana edad y amante de la comodidad, ataviado con una túnica de lino blanco,

más árabe que europeo, salvo por los ojos, que no eran castaños sino de un gris

diluido. Se echó hacia atrás una manga para consultar el reloj de pulsera Rolex

Commander. Llevaba seis anillos con piedras preciosas, tres en cada mano.

—Puntualidad impecable.

Me dio su tarjeta de visita falsa y yo le di la mía.

—¿Le apetece comer algo? —dijo—. ¿Un aperitivo?

—Nada, gracias. ¿Ha pedido usted ya?

—¿No quiere tomarse un té conmigo?

—Si no ha pedido…

—Todavía no.

—Bien. ¿Por qué no paseamos por la playa?

—Aquí no nos oye nadie. Podemos hablar.

—Me ponen nervioso los sitios cerrados —le dije.

—Venga, no sea ridículo. Dígame qué tiene para mí.

—Ya sabe usted lo que tengo.

—Quiero saber qué estoy comprando.

—Caminemos. No me gusta estar aquí dentro. —Quería alejarme de la gente

porque no estaba seguro de cómo iba a reaccionar él a una noticia que yo tenía que

darle—. ¿Le importa?

Suspiró y recogió sus gafas de sol.

Yo me puse también las mías y abandonamos el local para adentrarnos en una

brisa cálida y constante, con la luz del sol cayéndonos a plomo sobre la cabeza.

Sentía el calor abrasador de la arena a través de las suelas de las sandalias. Con

nuestras siniestras gafas de sol, las únicas figuras a la vista, sospecho que parecíamos

un par de maleantes planeando alguna fechoría.

Cuando nos acercamos a la orilla del mar, se detuvo.

—Bueno, antes de que nos dé una insolación o nos deshidratemos o algo, dígame:

¿qué tiene para mí?

—Exactamente lo que le dije que tenía. Mapas del tendido de cable de fibra

óptica del ejército estadounidense en siete países del África Occidental. Entre ellos

Mali. También tengo una lista de coordenadas de GPS de doce refugios tecnológicos

del NIIA.

Incluyendo, podría haber añadido, el búnker de debajo de Documentos Elvis.

—¿Está seguro de lo de Mali?

—Mali, sí. Seguro.

Mali era el lugar de moda del momento. Con Mali me lo había camelado. La suya

sí que era una cara de avidez.

—Déjeme que le aclare algo —me dijo—, y le ruego me disculpe: ¿es consciente

de qué le puede pasar a alguien que vende un producto falso?

—Doy por sentado que me asesinarían.

—Su suposición es exacta.

—No me preocupa. Es un producto excelente.

—¿Cómo se transferiría?

—Pulsando un botón. Lo tengo todo almacenado.

—¿Lo podemos hacer digitalmente?

—Correcto. No tendría ni que tocar el producto.

—¿Sigue usted exigiendo pagos en metálico?

—Correcto. Solo metálico.

—Y el precio son veinte mil dólares americanos.

—No —le dije—. No son veinte mil. Eso ya no es correcto.

Esa era la parte que no me gustaba.

Él se dispuso a replicar, pero se contuvo. Debía de estar contando hasta diez.

—No entiendo qué me está diciendo.

—El precio ya no son veinte mil. Para usted, en dinero de su bolsillo, el coste será

cero. Porque iremos a partes iguales.

—¿En qué?

—En la venta que hará usted. Yo aporto el producto, y usted al cliente.

Él hizo una mueca desagradable con la boca y chasqueó con la lengua.

—Esto es completamente inaceptable. —Se levantó las gafas—. Pero ¿qué se ha

creído? Usted no sabe nada de mi negocio.

—Yo creo que sí. Hay chinos por todo este continente y están pagando sumas

desorbitadas. Si no es a ellos a quienes se lo va a vender, es usted un idiota.

Él se volvió a poner las gafas de sol.

—No me gusta esta conversación. Va usted muy fuerte. Y se toma demasiadas

confianzas.

—Hablo con vehemencia, pero únicamente por una cuestión de negocios. No es

nada personal. Lo único que digo es que los chinos pagarían mucho por un buen

producto. Y este es bueno.

—El precio estaba acordado. Veinte mil dólares americanos. Estaba acordado.

—Eso ya es agua pasada. Ahora estamos hablando de asociarnos. Se trata de un

producto excelente con potencial a largo plazo. A muy largo plazo. La pérdida de este

material no se va a detectar nunca.

Él volvió a chasquear la lengua, dio media vuelta y echó a andar hacia el

restaurante, dejándome en la orilla.

Al cabo de una docena de metros me gritó por encima del hombro:

—¡Es usted un mentiroso! —Y ya no volvió a mirar atrás.

La cabeza me iba a estallar. Cambiar el precio me había parecido una maniobra

audaz en un deporte sin reglas. Pero ¿dónde terminaba lo audaz y dónde empezaba lo

estúpido?

Eché un vistazo a su tarjeta: «CREATIVE PRODUCTIONS / Cine más internet / Hamid Faisel / Director ejecutivo».

En Amsterdam se había presentado con un apellido distinto pero con el mismo

nombre de pila, Hamid. Se había mostrado charlatán, sociable y hasta divertido.

Habíamos ido juntos a ver una película en inglés, La noche más oscura, la película de

acción de Hollywood sobre la muerte de Osama bin Laden. Después de verla Hamid

se había puesto a bromear sobre el gran mártir:

—A mis parientes en el Líbano no les haría tanta gracia —dijo—, pero ¿por qué

me iba a importar? En realidad no soy libanés. Mi madre es francesa y mi padrastro

también. Me crie en Marsella. Soy francés. Francia es un país feliz. El Líbano se ha

ido a la mierda.

Como digo, entonces había hablado por los codos. Pero ese día en Freetown

ninguno de los dos estaba por la labor de bromear.

Le di tiempo para perderse un rato, si esa era su intención, y luego crucé el

restaurante en dirección al aparcamiento. Hamid estaba sentado a una mesa cerca de

la entrada, con una taza y un platillo delante. Caminé hacia la salida sin mirarlo.

—Un momento, un momento. Venga. —Me hizo una señal con la mano y volví a

sentarme con él. Tenía un bolígrafo en la mano—. ¿Cómo puedo creerme nada de lo

que me diga usted si es un mentiroso?

—Le proporcionaré una pequeña muestra con la que trabajar, suficiente para que

entienda que esto representa un filón enorme en materia de inteligencia para

cualquiera que extraiga información de los cables.

—¿Y qué tienen ellos para detectar esa extracción?

—Nada digno de mención, a menos que hayan implantado una mejora en los

últimos diez años. Y no ha habido ninguna.

—Devuélvame mi tarjeta de visita, por favor.

—Si así lo quiere…

—Puede ponerse en contacto conmigo si lo desea. —Lamió la punta del

bolígrafo, me cogió un momento la tarjeta y me la devolvió con una dirección de

correo electrónico escrita en el dorso. El dominio era .uk—. Solo si quiere respetar el

acuerdo original —me dijo.

—Muy bien.

—No use el veinticinco.

Se refería al estándar de encriptado AES-25, conocido como el estándar

norteamericano.

—No, por supuesto.

—Y haga rotar el proxy cada quince palabras.

—Muy bien. Espero que en inglés le vaya bien.

—Inglés, francés, holandés, no me importa. Pero elija bien las palabras, y nada de

señales de advertencia.

Arranqué una página de mi cuaderno de notas y le cogí el bolígrafo.

—Aquí tiene la mía. Tal vez podamos contrastar ideas y llegar a un acuerdo.

Se quedó mirando mi dirección de correo electrónico, pero sin leerla. Esperé.

—De acuerdo —me dijo—. ¿Por qué no? Piense en un precio y hágamelo saber.

De pronto me sentí confiado y pensé: Claro, no puede dejar pasar la oportunidad.

Es porque incluye Mali.

—Mándeme esa muestra —me pidió—. Tal vez me lo replantee, no le prometo

más. Pero puede confiar usted en mi promesa, porque una cosa sí le digo: yo no soy

un mentiroso.

Después de que terminara con ese comentario, no le ofrecí un apretón de manos.

Volví a la playa. El calor que hacía era el mismo que yo sentía en la sangre: los dos

palpitaban y bullían. Caminé por la orilla en dirección a otros restaurantes que se

veían más adelante, donde había unos cuantos coches de alquiler.

Me quité las sandalias y me mojé los pies en la orilla; contemplé el ir y venir de

las olas y escuché su murmullo.

El mar allí era cálido, como un baño. Y oscuro, no exactamente azul, sino más

bien negro, de un negro lustroso.

Uno se adentra caminando en el mar hasta no poder más. Luego sigue nadando

hasta no poder más. Y entonces el mar se te lleva.

 

Sentados a una mesa frente al barracón prefabricado desde el que los pilotos rusos

borrachos administraban su compañía de vuelos chárter —con su flota de un solo

aparato, un reactor de transporte de pasajeros—, tratábamos con un joven sierraleonés

que hablaba un inglés impecable, y mientras él sostenía el pasaporte de Michael,

intenté echar un vistazo al documento. Davidia también lo estaba mirando con

disimulo, no solo el de Michael sino también el mío.

—Es estadounidense —le dije—. También tengo uno danés, pero no lo uso nunca.

El de Davidia era estadounidense.

Davidia llevaba su ropa de safari, mientras que Michael vestía un traje arrugado y

botas grises de piel de serpiente. Al principio su traje parecía rosa, pero si lo mirabas

más de cerca descubrías que era de lino blanco con líneas rojas.

Cuando el tipo le devolvió su pasaporte, Michael me dejó echarle un vistazo: era

un documento ghanés ajado.

—Ya te conté que salvé al presidente de Ghana…

—Un par de veces. Como mínimo. A este pasaporte le quedan menos de dos

meses, Michael —dije al tiempo que se lo devolvía.

—No temas. Tengo familia en Uganda, y también en el Congo. Uno de esos

países me acogerá. Ya haré las pesquisas necesarias.

No estábamos en el aeropuerto de Freetown, sino en un aeródromo situado

bastante al este de la ciudad, cerca del océano. Nuestro avión nos esperaba en un

campo de hierba alta. Le pregunté al joven que nos atendía:

—Es un Bombardier Challenger, ¿verdad? La Fuerza Aérea Real Danesa los usa como aviones de carga.

—Los de este tipo no —respondió él—. Este es el 600, que dejó de fabricarse en

1982.

Davidia se puso una mano de visera y entornó los ojos.

—¿Estás diciendo que este avión tiene treinta años?

—El que está viendo tiene un par más —dijo—. Pero es muy buen avión, siempre

y cuando no lo sobrecargues.

—Nair —dijo Michael—. ¿Te acuerdas de la aerolínea rusa? ¿La que hacía el

trayecto Freetown-Monrovia durante la guerra? Nosequé Airlines, se llamaba. ¿Un

nombre ruso?

—No era una aerolínea. Era un chárter ilegal, igual que este.

—Eran los únicos que se atrevían a volar a Monrovia.

—Quieres decir los únicos que estaban lo bastante locos. Al final se estrellaron,

¿no?

—Pues sí, pero no en el trayecto a Monrovia. Se estrellaron cuando el avión

volvía de una reunión secreta, cargado de uranio procesado.

—Eso no está confirmado —discrepó el empleado—, y de hecho es

completamente falso.

—¿Tú estabas en el lugar del siniestro? —le preguntó Michael—. Si estabas,

debías de tener cinco años.

—¿Uranio procesado? —dijo Davidia—. ¿Quieres decir enriquecido?

—Exactamente. El avión iba sobrecargado de UAE robado de la Tenex.

—¿UAE? —dijo Davidia—. ¿Qué es UAE? ¿Y qué es la Tenex? —Como parecía

que me lo estaba preguntando a mí, negué con la cabeza y ella cambió de tercio—.

¿Dónde se estrelló?

—Eso es lo mejor —contestó Michael.

—Nunca se encontró —dijo el empleado—. Pero con los hechos en la mano, no

llevaba ningún cargamento relevante.

—¿U-235? ¿No te parece relevante?

Pero Michael no podía esperar que le tomaran en serio. Parecía una especie de

gánster con su traje de raya fina.

Yo intenté adivinarlo:

—Uranio Altamente Enriquecido.

—No había nada de eso a bordo —dijo el empleado.

A juzgar por su expresión, le había cogido bastante ojeriza a Michael.

La pista de despegue no se veía hasta que echabas a andar por ella: tierra roja

apisonada y cubierta de matas de barrón.

El avión debía tener todas las plazas reservadas; en caso contrario los rusos

posponían el vuelo, razón por la cual el chárter semanal jamás volaba una vez por

semana. En compañía de una docena de pasajeros más, africanos, indios, árabes y

unos cuantos europeos blancos, esperamos junto a la terminal, un herrumbroso contenedor naval de carga, abierto por un extremo y vacío salvo por una hilera de

cuatro butacas de cine. Nadie estaba dispuesto a sentarse dentro; el calor que

irradiaba el lugar era tremebundo. El cielo estaba cubierto de nubes, pero

resplandecía, y el mar lo reflejaba con tal brutalidad que no se podía mirar el agua.

Un Honda Prelude blanco llegó al barracón metálico y se detuvo, pero nadie se

bajó del coche. Reconocí al pasajero que iba en el asiento de atrás.

—Mira ahí —le dije a Michael—. Es Bruno Horst.

—Bruno en nuestro punto de partida. Pues mira, no me hace ni puñetera gracia.

—No distingo bien al tipo que va en el asiento del copiloto, pero estoy seguro de

que es Mohamed Kallon.

Saludé con la mano. El único que me devolvió el saludo fue el conductor. Era

Emil, el mismo que me había llevado al Papa Leone en mi primer día en Freetown.

Todo lo que yo había tocado, lo estaban tocando ellos.

El empleado anunció el embarque de nuestro vuelo. Mientras los demás pasajeros

recogían sus pertenencias, yo me alejé hasta la orilla con el móvil en la mano y,

cuando el agua me obligó a detenerme, abrí el aparato, le saqué la tarjeta SIM y la

arrojé a las olas. Si el servicio de inteligencia de la OTAN le había puesto un

rastreador, que lo rastrearan.

Pensándolo mejor, tampoco quería el aparato. Pedí un deseo y lo tiré tan lejos

como pude al mar. Pedí una armadura mágica y el poder de desaparecer.

Me reuní con nuestro grupo. Mientras embarcábamos, un joven con uniforme

color verde oliva nos resiguió el contorno a cada pasajero con un detector de metales

de mano, manoseándonos en los sitios donde pitaba, es decir, a los hombres. A las

mujeres no las tocaba. Subimos al avión por unos peldaños de metal reciclados de

viejos autobuses de pasajeros y soldados en forma de escalera sinuosa. Por delante de

nosotros, dos chicos subían a hombros, como si fuera un rollo de tela, a una persona

muy frágil, un africano tan enfermo que no se veía si era hombre o mujer, y parecía

no tener color ni pesar nada.

—Se va a casa a morirse —dijo Michael.

Me senté pegado a una ventanilla que daba a un ala y a uno de los dos motores de

reacción. Michael y Davidia ocuparon los asientos de la fila de detrás y del otro lado

del pasillo. Después de arrancar los motores, uno de los miembros de la tripulación

—yo daba por sentado que habría dos—, un tipo rubio con vaqueros, camiseta blanca

y chanclas, salió de la carlinga y se puso a caminar por el pasillo, diciendo:

—¿Entienden el inglés? Vale, probemos. Voy a explicarles las medidas de

seguridad de este avión. ¿Todo el mundo tiene el cinturón de seguridad abrochado?

Eso es asunto suyo. Yo no soy su madre. Muy bien —dijo—. El trayecto dura

dieciséis horas y media, con una parada en el aeropuerto internacional de Kotoka en

Accra, otra en Yaoundé y la parada final en Entebbe. Más les vale tener visado para

entrar en Ghana o en Camerún, si es ahí donde piensan ir. Sea cual sea su destino, les

aviso de que el personal de aduanas seguramente se mostrará severo. Siempre se muestra severo con nuestros pasajeros. Demasiado severo.

Se despidió con la mano, volvió a la carlinga, cerró la puerta y echó el cerrojo,

dejando tras de sí una nube de olor a vodka.

Yo había pasado cinco días en Freetown y no había descubierto nada, salvo que

podría haber volado directamente a Uganda.

El avión despegó por encima del mar, hizo un viraje cerrado de esos que

revuelven el estómago y bajó tanto que combó las hierbas del campo de debajo.

Tuvimos una vista en primer plano de la carretera que llevaba al norte y una

instantánea final de Freetown: un accidente de carretera, un granjero hablando y

gesticulando, una cabra ensangrentada y temblorosa a sus pies, un coche con las

cuatro portezuelas abiertas y un letrero pegado a la luneta trasera: AUTOESCUELA

ESPLÉNDIDA.