Los privilegios

Jonathan Dee · Capítulo 2 de 6

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Los privilegios

Capítulo 1

1

 

¡Una boda! La primera de una generación; la novia y el novio sólo tienen veintidós años, demasiado jóvenes para casarse en estos tiempos. La mayoría de sus amigos llegaron en avión ayer y, aunque están en Pittsburgh, una ciudad de medio millón de habitantes, exhiben una desorientación esnob y simpática, porque vienen de Chicago y Nueva York, pero también porque imaginar que están de pronto en medio de la nada encaja perfectamente con la sensación que les causa el acontecimiento en general, su novedad inquietante y mágica. Todos, por supuesto, han asistido alguna vez, de niños o adolescentes, a la boda de un tío o un primo e incluso, en algún caso, a la boda de su madre o de su padre, así que saben qué pueden esperar. Pero ésta es la primera vez que participan como amigos y coetáneos de los novios; y la euforia rara y anárquica que sienten va ligada al miedo de que los estén empujando, en la persona de otros, al mundo responsable de los adultos, un mundo en el que la salida desaparecerá a sus espaldas, y para el que se sienten orgullosos de no estar preparados. Son adultos que fingen ser niños que fingen ser adultos. El ensayo de la cena nupcial acabó anoche con la paciencia del encargado del restaurante, que amenazó con llamar a la policía. El nuevo día se desarrolla como una mezcla inestable de trascendencia y acampada. Nueve horas antes de la cita en la iglesia, muchos siguen durmiendo, pero ya las viejas y sólidas paredes del Athletic Club de Pittsburgh parecen vibrar con un exceso de entusiasmo señorial.

Mediados de septiembre. Desde el Día del Trabajo, una ola de calor tardía y desalentadora recorre la mitad occidental de Pennsylvania. Cynthia se despierta en casa de su madre, en una cama en la que sólo se ha despertado cinco o seis veces en su vida, y en lo primero que piensa es en qué tiempo hará. Se pone una camiseta por si hay alguien más despierto, pasa junto a su insoportable hermanastra Deborah (nunca Debbie) que duerme con un pijama de franela y medio cuerpo fuera del sofá del cuarto de estar, y abre la puerta corredera de la terraza, desde donde ve a lo lejos las banderolas fláccidas del campo de golf de Fox Chapel. Hace fresco, un fresco tolerable por lo menos, aunque sea todavía demasiado temprano para darlo por seguro. Ni siquiera serán las siete, piensa. No es que esté preocupada. El fantasma de sus damas de honor poniéndose botellas de cerveza en la frente para refrescarse, o de Adam secándose el sudor de los ojos mientras le promete fidelidad, sólo le provoca una sonrisa. No es de las que flaquean cuando las cosas no marchan a la perfección; lo que más le importa es que nadie que la conozca pueda olvidar jamás ese día, un día legendario del que hablarán sus amigas. Vuelve a entrar en la casa, deja atrás sus propias huellas, que poco a poco se borran del rocío en el suelo de cedro de la terraza.

Nunca se había imaginado una boda en Pittsburgh, porque jamás había tenido ninguna razón para imaginársela hasta que su madre volvió a casarse y se mudó a Pittsburgh dos años atrás. Si alguna vez había pensado en la boda, siempre había dado por supuesto que se casaría en Joliet Park, pero a mediados de su último semestre en Colgate se enteró de que su padre había vendido la antigua casa, en la que llevaba sin vivir mucho tiempo; y cuando Cynthia anunció su compromiso, la madre, Ruth, se lanzó a una de sus implacables diatribas a propósito de que Warren, su padrastro, formaba «parte de la familia» y no toleraba la menor insinuación de que lo que decía no era absolutamente cierto. Obligar a aquellas personalidades desbordantes a volver a Joliet Park, escenario de la disolución familiar, sólo para quejarse de la distribución de sitios en la mesa y de los viejos amigos, cuyas alianzas después del divorcio eran a veces dolorosamente ambiguas, ni se planteaba. Hubiera sido una forma de nostalgia cruel y, además, sin sentido. Una boda representa el futuro, si es que significa algo.

Podrían haberse casado en Nueva York —donde Cynthia y Adam compartían ya un apartamento— y de hecho ésa fue la solución que Adam había tratado de imponer con delicadeza, sobre la base, típicamente masculina, de la máxima simplicidad. Pero la verdad era que a Cynthia aquello no le parecía lo suficientemente insólito, apenas distinto de la típica salida nocturna de los sábados a beber y bailar con los amigos, aunque con trajes más elegantes y peor música. No sabía muy bien por qué le atraía la idea de una gran boda al estilo sentimental, el tipo de boda que obliga a los invitados a planear un viaje, pero no tenía costumbre de cuestionar sus propios deseos. Así que era en Pittsburgh. Adam se encogió de hombros y dijo que lo único que le preocupaba era hacerla feliz; su padre le mandó desde donde estuviera viviendo entonces una nota muy cariñosa, en la que insinuaba que la idea de Pittsburgh se le había ocurrido a él desde el principio, y Warren se manifestó sacando el talonario de cheques, respuesta que, a decir verdad, a Cynthia no le resultó indiferente.

Pasa de puntillas junto al sofá para no despertar a Deborah, porque despertarla podría hacer que hablara, y el día en que una se casa hay torturas que es mejor evitar. No se conocen demasiado, pero Deborah tiene cosas que provocan las burlas de Cynthia como si llevaran años viviendo juntas. Los pijamas de franela, por ejemplo: Deborah apenas le lleva dos años, pero es tan friolera que Ruth y ella podrían ser compañeras de habitación en un asilo de ancianos. Habían comprado la casa con la idea de emprender una segunda vida, una vida en la que los hijos ya habían crecido y se habían ido, lo que explica que sólo disponga de un dormitorio extra. Aunque el sofá parece satisfactoriamente incómodo, Cynthia tenía pensado mandar a Deborah al Athletic Club con el resto de los invitados, para que su mejor amiga y primera dama de honor, Marietta, pudiera ocupar su lugar en la casa. Pero las obligaciones familiares son perversas. Es totalmente absurdo que esa cretina asexuada, palpablemente hostil, sea una de sus damas de honor y que, en consecuencia, tenga que sentirse dolida una de sus muchas amigas íntimas; pero ahí está.

En la cocina la madre de Cynthia, Ruth, que ahora se apellida Harris, se toma un té de pie, envuelta hasta los tobillos en un albornoz verde cerrado hasta el cuello. Cynthia pasa a su lado y abre el frigorífico sin decir una palabra.

—Warren ha salido —dice Ruth, respondiendo a una pregunta que a Cynthia ni se le había ocurrido hacer—. Ha ido a buscar café para ti. En casa sólo tenemos descafeinado, así que ha salido especialmente por ti.

Cynthia arruga la frente ante la desfachatez del café descafeinado, fetiche de los viejos y de los tristes. Coge una rebanada de pan de la encimera, se pone de puntillas para llegar al armario donde recuerda que se guardan las mermeladas de toda la vida y, entonces, al sentir clavados los ojos de su madre, vuelve la cabeza y, mirándola por encima del hombro, dice:

—¿Qué pasa?

Es la ropa interior: el hecho de que se pasee por la casa en ropa interior, pero también la ropa interior en sí misma, su pretenciosidad, el hecho de que su hija se haya convertido en una mujer a la que le gusta gastar mucho dinero en ropa interior. Desvergüenza es la palabra. Lo único que pide Ruth en un día tan especial es un poco de seriedad, la debida sensación de nerviosismo e incluso de miedo para la que ya encontraría ella algún tipo de alivio. Un último gesto de dependencia. Pero no: había quedado claro desde hacía semanas que para su hija todo aquello no era un rito de paso a la condición de mujer, sino una fiesta, un festín para Cynthia y sus amigos, y que Warren y ella sólo figuraban para pagar la cuenta. En los últimos seis, ocho años, casi siempre que miraba a su hija aparecía en la cara de Ruth cierta expresión, un aire de «ya te enterarás», aunque no supiera contestar a la pregunta «¿de qué?», y tuviera que callarse. El vientre plano de Cynthia, sus caderas estrechas y firmes, y sobre todo el descaro con que se mueve en un cuerpo tan próximo al ideal moderno, están destinados a provocar una gama imprevisible de respuestas; en este mundo las mujeres satisfechas de sí mismas también sufren muchas humillaciones, y Ruth lleva ya años intentando dejar constancia de su sabiduría, casi siempre con un simple fruncimiento de cejas.

Pero se enfada consigo misma; hoy, lo niegue quien lo niegue, no es un día cualquiera. Siente el eco lejano de su propio pánico en las horas que precedieron a su primera boda, un pánico en parte sexual, y que supone un lazo entre ella y su hija, aunque la sexualidad de Cynthia sea un tema al que ya no tiene fuerza —la perdió hace mucho tiempo para acercarse.

—Bueno —dice, buscando un tono conciliador—. Hoy es un día muy especial para ti.

Y Cynthia se vuelve, abre la boca, se echa a reír: una risa que Ruth ha oído antes y contra la que sólo cabe refugiarse en los recuerdos de cuando su única hija era una niña.

Detrás de ellas, el reloj digital del microondas parpadea silenciosamente: las siete y media. Deborah, a la que han despertado sus propios ronquidos, emite un débil gemido que nadie oye y hunde aún más la cara en el hueco entre los cojines y el respaldo del sofá. En el Athletic Club la recepcionista de fin de semana consulta la ficha impresa y marca la extensión de la habitación de Adam. Mira el programa de los actos del día y reconoce el nombre del esposo; además de despertarlo como prescribe la ficha, añade a los buenos días su enhorabuena, porque lo vio anoche y es guapo.

—Gracias —responde Adam, y cuelga. También él se acerca a la ventana para comprobar qué tiempo hace. Pero su ventana da al callejón, y seguramente la televisión le ofrecerá una noción más clara de cómo se presenta el día. Enciende el televisor, sin sonido, aunque vuelve a echarse en la cama, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, y se olvida de mirar.

No soporta dormir solo y a eso se debe quizá que, minutos antes de que sonara el teléfono, tuviera un sueño extraño, un sueño en el que conducía un coche sin volante, un coche que respondía a los más ligeros desplazamientos de su peso, como un monopatín o un trineo.

Falta una hora para el desayuno en el restaurante del hotel con sus padres y su hermano menor y padrino de boda, Conrad. Lo piensa e inmediatamente trata de olvidarlo, para no sentirse culpable en caso de llegar tarde. El ensayo de la cena nupcial le ha dejado una ligera resaca, aunque, reflexiona, otros tendrán motivos para estar mucho más resacosos. Es demasiado temprano para llamar a Cynthia, que probablemente seguirá durmiendo. Lo que de verdad lo tranquilizaría sería un poco de sexo con ella: así empieza la mañana casi siempre, así espanta las vagas angustias con que se despierta. Pero hoy no podrá ser. Obedeciendo a una repentina inspiración, se incorpora y, por encima del cabecero de la cama, golpea con el puño la pared que comparte con la habitación de Conrad.

Conrad no lo oye; lleva una hora levantado y está en la ducha, ensayando el brindis por los novios. Es la única obligación que le hizo dudar antes de aceptar el papel de padrino. Se sonroja y tiembla cada vez que tiene que hablar en público; y qué relativamente fácil sería salir airoso del paso en un salón lleno de desconocidos, qué diferente resulta ante amigos y familiares con licencia para burlarse sin piedad y sin fin, gente ante quien le sería imposible fingir, ni siquiera un momento, que es otro distinto de quien es.

—Son una pareja encantadora —repite, porque es una frase en la que se ha atrancado varias veces, y es demasiado tarde para sustituirla por otra—. Son una pareja encantadora, joder. —Y empieza desde el principio.

Amigos de la novia y del novio se despiertan en otras habitaciones de la segunda y la tercera planta del Athletic Club, amigos emparejados, amigos con relaciones prometedoras o compromisos serios, y a esta hora casi todos se entregan a un impulso sexual de una potencia preocupante incluso en la flor de la juventud. Algunos se ríen, y otros miran con tal intensidad a los ojos de su pareja que, cuando lo recuerden una hora más tarde, evitarán la mirada del otro. No están acostumbrados a la lujuria de las habitaciones de hotel; y la conciencia de que en este especialísimo fin de semana no sólo se han infiltrado en este club tan rancio, sino que se han adueñado de él, confiere a cada encuentro íntimo un subterráneo sentido colectivo, una sensación de orgía que despierta el deseo de ofender a los extraños y disfrutar hasta echar abajo las paredes del edificio.

Y, en efecto, una pareja golpea con tal violencia el cabecero contra la pared que los separa de la cama de los padres de Adam, que su madre reza por no conocerlos. Incluso le pide a su marido que llame a recepción y se queje, pero su marido está en el baño y, por principio, sólo oye lo que quiere.

A las ocho y media el coche de Marietta entra en el camino que lleva a la puerta de los Harris. En la cocina, como una hermana, besa a Cynthia, todavía sin vestir.

—Dios mío, joder, qué calor hace fuera —dice Marietta—. Vaya, señora Sikes. Perdón, señora Harris.

Es más de lo que Ruth puede soportar; sonríe admonitoriamente y se va de la cocina.

—¿Qué? ¿Vamos a la peluquería? —dice Marietta, pero entonces, de pronto, aparece Deborah en la puerta con el pelo revuelto y la tapicería del sofá marcada en la cara, y las mira con un odio tribal.

—Está sonando tu teléfono —dice a su hermanastra. Se da media vuelta y se va.

El teléfono está en el suelo del dormitorio, debajo de la chaqueta que Cynthia se puso para la cena de ensayo. Marietta la sigue por la sala de estar.

—Gracias por haberme llevado el teléfono, Debski —dice Cynthia, aunque Deborah se ha metido en el cuarto de baño—. ¿No te has traído el vestido? ¿Dónde está?

—En el frigorífico —dice Marietta.

—No seas niña. ¿No te has enterado? Hoy es mi Gran Día.

—Eso digo yo. Tú eres la novia. Todavía puedes cambiar las reglas de cómo hay que vestirse; para ir de playa, por ejemplo.

—Ve en camiseta a tu boda, guarra —dice Cynthia—. En Pittsburgh no somos así.

—Aquí no me siento especialmente fresca —dice Marietta—. Es lo único que digo.

Sentado en su butaca, viendo la CNN, Warren lo oye todo cuando pasan y, aunque quisiera ser una especie de padre para esa joven, sabe que por el momento la única respuesta digna es fingir que no está en la habitación.

Cynthia le sonríe a Marietta y sale con el teléfono a la terraza.

—¿No da esto mala suerte? —dice, cerrando la puerta a su espalda.

—Anoche vi a tu padre en el vestíbulo del hotel —dice Adam—. Lo reconocí por la foto. Parece en forma. ¿Todavía no lo has llamado?

—No —dice, y se le acelera el corazón—. Lo llamaré dentro de un rato. ¿Qué hora es?

—Las cuatro menos cuarto.

—Muy gracioso. Lo que digo es si no tendrías que estar desayunando con tus padres.

—Quizá.

—No los dejes solos con Conrad, por Dios. Ya sabes cómo se ponen. Y Conrad tiene los anillos. No nos conviene estar a malas con él.

Adam sonríe mientras espera el ascensor en el pasillo vacío del hotel.

—¿Te puedes creer lo que estamos haciendo? —dice.

El entarimado de la terraza empieza a quemarle los pies y Cynthia dice:

—Todavía estamos a tiempo de echarnos atrás, si llamas por eso.

—Bueno, tengo todavía siete horas para pensarlo, ¿no?

—Yo también. Vamos a ver: si no he llegado, digamos, a las cuatro menos diez, hazte a la idea de que no voy. ¿De acuerdo?

—Estupendo. Teniendo en cuenta que está todo pagado, si no apareces llamaré a una de las damas de honor y me casaré con ella.

—¿A cuál le has echado el ojo?

Hay una pausa.

—Te he echado de menos cuando me he despertado esta mañana —dice Adam.

La bruma ha borrado el campo de golf que se divisaba al amanecer. Cynthia cierra los ojos.

—Yo también —dice—. No te olvides de las fotos, ¿vale?

—A las dos y cuarto en la Sala de Trofeos. Conrad no se separa del papel con el programa.

—Perfecto. Hasta luego, entonces. Disfruta de tus últimas horas de libertad.

—Te dejo —dice Adam—. Han llegado las putas.

Cynthia le cuelga, sonriendo. En el cuarto de estar, incómoda, Marietta la espera mientras Deborah, en el sofá otra vez, la mira como un perro guardián, como un emisario del hampa, de los proscritos por la sociedad. Marietta interpreta su odio como una muestra de celos, lo que suaviza su propia actitud.

—¿Qué? —dice, y recuerda que Deborah se está especializando en algo en alguna universidad—. ¿Cómo van los estudios?

Adam entra en el comedor del hotel y ve que sus padres, a la mesa con un Conrad de aspecto afligido, han pedido el desayuno pero no lo han tocado. Perdieron ayer el avión en Nueva York y llegaron demasiado tarde para asistir al ensayo de la cena nupcial, y quizá haya sido mejor así. Besa a su madre en la coronilla.

—¿Qué tal la habitación? —pregunta—. ¿Está todo a vuestro gusto?

El padre de Adam hace un ruido sarcástico, que su madre reconoce y se apresura a tapar.

—Muy agradable —dice—. Muy cómoda. Tienes que decirme quiénes son los padres de Cynthia para que les demos las gracias.

Los padres de Adam y Cynthia no se conocen. Ni tampoco parecía muy necesario que se conocieran.

—¿Marietta llegó anoche a casa sana y salva? —pregunta Adam a Conrad, que asiente sin dejar de comer porque está deseando que termine el desayuno.

Adam le hace una señal a la camarera para que le traiga café. No ha mirado a sus padres desde que se ha sentado. Nadie mira al señor Morey, quien, sin embargo, parece reconcentrarse misteriosamente como un reloj a punto de dar la hora. Dos ataques cardíacos le han encorvado los hombros como si fuera mucho más viejo de lo que es en realidad. Arriba, en la habitación, hay cuatro bombonas portátiles de oxígeno, por si las necesitara, y su mujer lleva en el bolso un surtido de pastillas y números de teléfono. Pero su irascibilidad y sus arrebatos incontrolados sugieren que los problemas físicos son una especie de extensión de su carácter, y todos los que lo conocen, temiendo su orgullo furibundo, le hacen el menor caso posible. Lo atormenta el general florecimiento de la estupidez y la escoria que lo rodea por todas partes. Montador de calderas y tuberías, había llegado a convertirse en un alto dirigente sindical antes de que la enfermedad lo forzara a jubilarse. El Athletic Club de Pittsburgh es exactamente el tipo de sitio que lo irrita profundamente. Su mujer lo ha obligado a ponerse chaqueta y corbata para el desayuno, lo que le costará tener que aguantarlo un mes por lo menos.

Pero, a diferencia de su hermano, Adam no se siente incómodo con sus padres en el comedor, porque ya no se considera vinculado a su familia. Le divierte su manía compulsiva de ser ellos mismos y, a la menor oportunidad, disfruta dándoles cuerda como a una caja de música.

—¿Sabéis lo que he encontrado en mi habitación? ¿En el cajón de la cómoda? La lista de precios de las habitaciones. ¿La habéis visto, tíos? ¿Tenéis idea de lo que cuesta este sitio?

—Adam, por favor —murmura su madre—. Precisamente hoy…

—Da la casualidad de que la he visto —dice su padre, enrojeciendo—. Me alegra no ser el imbécil que paga todo esto.

—Otra razón para alegrarnos de no haber tenido niñas —dice su madre, y se ríe como si la estuvieran grabando con una cámara.

—Para mí no hubiera supuesto ninguna diferencia, ninguna —dice el señor Morey—. No tengo que montar un espectáculo para nadie. No finjo ser lo que no soy.

Adam se levanta de pronto.

—Ah, mirad, ahí está el señor Sikes —dice—. Perdonad. Tengo que practicar para llamarlo papá.

Y atraviesa el comedor hacia donde el apuesto padre de la novia se sienta solo y lee el periódico. Conrad, incrédulo, observa cómo se aleja. Sus padres se miran acusadoramente. Al instante llega la camarera y llena de café la taza de Adam.

Las puertas del salón de baile del hotel están cerradas y, al otro lado, en los momentos de silencio, se oyen las aspiradoras en funcionamiento. Adolescentes en ceremoniosas faldas negras van de mesa en mesa, comprobando la distribución de los invitados, contando con los dedos. Lo hacen despacio; el aire acondicionado está al máximo, y en el salón, todavía sin gente, hace un frío exótico: es el sitio más frío del hotel. Sólo los desesperados por un cigarrillo atraviesan la doble puerta que lleva a las cocinas infernales y, más allá, al callejón lleno de humo.

En el bar del hotel se sienta la encargada de organizar la boda, madrugadora como siempre, después de mandar a su hijo y un amigo a la floristería en su furgoneta, rezando por que no hayan parado en el camino a fumarse un porro. Por eso no les paga por adelantado. El bar no está todavía oficialmente abierto, pero Masha conoce a todo el mundo en el Athletic Club; ésta es la cuarta celebración que organiza en el Club este año. Aunque aún no es mediodía, le apetece (como diría su padre) una copa que sea una copa, y Omar, el barman, se la serviría con toda seguridad, pero del alcohol en el trabajo no hay ni que hablar. Trasciende una cosa así y tu reputación sufre un golpe definitivo. Es verdad que la novia —cuya actitud de superioridad a Masha no le gusta especialmente— ni siquiera es de Pittsburgh y se comporta como si no tuviera que volver a pisar nunca más el lugar después de la boda; pero el padrastro, cuyo nombre figura en los cheques, es uno de los abogados más influyentes del bufete Reed Smith, y la madre, cuya actitud de superioridad todavía le gusta menos, es de esa clase de personas que sufren una insatisfacción crónica y lo que más desean es armar un escándalo, con motivo o sin motivo.

Pero ése es el secreto del éxito de Masha: dedicarse no a las personas, que pueden fallarte, sino a la ceremonia, que no lo hace jamás. No suele decirlo en voz alta, pero se cree la centinela de algo, una pequeña pieza en el dique que mantiene a raya la indiferencia absoluta hacia las pocas cosas que siempre han sido importantes, rito, devoción y responsabilidad. Cuando consideras el asunto en estos términos, menos te preocupan las familias y más se ennoblece tu trabajo. Su matrimonio se deshizo al cabo de nueve años, pero eso no empañaba en absoluto los recuerdos preciosos del día de su boda; en realidad, piensa, eso es lo único que te queda, eso y un hijo muy querido, aunque no exactamente digno de confianza. Por otra parte, si estuviera en sus manos, aún seguirían juntos, hijo, marido y mujer, en los momentos felices y en los momentos difíciles. Pero no todo depende de ella.

Una pareja de la edad de los novios entra en el bar y Omar les dice que está cerrado. El chico parece decidido a protestar, pero la chica dice:

—Déjalo. Tengo que subir a ducharme otra vez.

Esto es lo que hoy nos espera, piensa Masha: una fiesta de sudor. Treinta y un grados según el televisor sin sonido, sobre la cabeza afeitada de Omar. Era parte del riesgo que asumían cuando eligieron la más vieja, nunca modernizada, y hermosa iglesia católica de Pittsburgh. Por eso ha esperado hasta última hora para las flores. El clima no podía programarlo a gusto del cliente. Lo que no evitará que la madre la maldiga de todas formas.

Al otro lado de la ciudad, Cynthia y Marietta se sientan confusas e intimidadas, descamisadas, envueltas en sábanas viejas con un agujero para que sobresalga la cabeza, mientras una polaca que no abre la boca (recomendada por Masha) y su joven ayudante las peinan. Se toman el pelo mutuamente con historias de los días de la universidad, y todas las historias entrañan vergüenza o remordimiento, pero no hay ni una con la que no se rían. Pocas tratan de hombres, porque Cynthia y Marietta encontraron pareja en segundo curso. Las polacas, en una especie de tema de fondo, hablan de Dios sabe qué en un polaco taciturno, al menos hasta que Cynthia dice algo sobre las terribles ganas de fumar que le produce semejante suplicio.

—No, por favor —dice la polaca de más edad, con las tijeras en el aire—. Gran beso ante el altar, y su marido piensa: «Joder, la cabeza de mi mujer huele como un cenicero».

Cynthia y Marietta se miran a través del espejo, contando ya la anécdota por ahí.

Han abierto las puertas de la iglesia para que corra el aire, pero el polvo pende inmóvil en las franjas de luz que descienden oblicuas de los altos ventanales. Masha observa cómo su hijo, que tiene enrojecidos los ojos, y su amigo mexicano, a quien en secreto llama Señor Detención, intentan poner derecha la alfombra blanca sobre la moqueta descolorida por el sol, entre los bancos. Se saca del bolsillo una lista muy arrugada, pasa junto a los chicos arrodillados y se acerca al púlpito; volviéndose hacia las filas de asientos vacíos, golpea solemnemente con un dedo el micrófono encendido.

—No se expongan al calor —dice sin esperanza la polaca mientras Cynthia y Marietta vuelven a abotonarse la camisa—. O todo se vendrá abajo.

Con el aire acondicionado del coche al máximo, Marietta vuelve a entrar en el camino de acceso a casa de los Harris. Delante de la puerta de la cocina, de pie en el escalón y apoyando la espalda en la pared, a la sombra exigua del alero, Deborah fuma un cigarrillo entre botas de goma y utensilios de jardinería. Ya se ha puesto el traje de dama de honor. Con los ojos prácticamente cerrados, mira con odio el parabrisas tintado del coche.

—¿Qué hace? —dice Marietta, como si sintiera miedo.

—No lo sé —dice Cynthia, cansada—. Siempre se está quejando de algo.

—Pero ¿por qué fuma fuera con el calor que hace? ¿Está prohibido fumar en casa de tu madre?

—Warren fuma. No para de fumar en la casa.

—Entonces por qué ella…

—¿Sabes qué? —dice Cynthia—. Da marcha atrás. No aguanto la idea de meterme ahí dentro. Vámonos. Sé un sitio adonde podemos ir.

Deborah sonríe cuando ve que se van, pensando en el ataque de pánico de su madrastra. Madre e hija se parecen mucho: incapacidad total para verse a través de los ojos del prójimo, nulo interés en hacerlo. Nadie abre jamás un libro en esa casa monstruosa, infernal y maldita de Dios, incluyendo a su padre, cuya noción de perfeccionamiento personal se limita a ver la serie Misterios sin resolver. Lo que siempre le ha interesado menos de su padre es el dinero, pero ahora que permite que esas dos se lo gasten como si fuera de ellas, las considera dos aprovechadas, especialmente a su supuesta hermanastra. Deborah sabe que a él le duele. Haz un esfuerzo, le repite su padre, pero no se necesita ningún esfuerzo para comprender a gente como Cynthia y sus amigas. Un día se darán cuenta de golpe de que se ha acabado el colegio.

Adam está sentado en la cama en ropa interior. Ve en la televisión el partido de los Pirates. Piensa en la posibilidad de masturbarse, por aburrimiento, pero es bastante probable que Conrad o algún otro llame a la puerta. Tiene la impresión de que al otro lado de las paredes reina una gran agitación, pero nada parece exigir su presencia por el momento. Hace demasiado calor para salir a correr. ¿Por qué han fijado la boda para las cuatro de la tarde? La soledad y la inactividad lo ponen nervioso. La despedida de soltero el fin de semana pasado —un descenso por el río Delaware con sus seis testigos de boda— no les dejó ni un momento de sosiego; gloriosamente exhaustos, durmieron en tiendas y bebieron whisky escocés caro, pero sin emborracharse en serio, todo montado por Conrad, una de las dos o tres mejores noches de su vida. Le tomaron el pelo alegremente, rememorando viejas relaciones, viejas juergas, viejas humillaciones. Celebraron el rito de llorar por la libertad sexual a la que renunciaba, aunque Adam hubiera asegurado —y eso le hace sonreír ahora, cuando lo recuerda— que no lo sentían en realidad, porque ninguno de sus amigos creía que estuviera cometiendo un error. Se ha acostado con otras mujeres, antes de conocer a Cyn y, la verdad sea dicha, también después, por un tiempo. Pero ¿qué hay que lamentar o llorar? Sólo la obsesión adolescente por la variedad, algo que él ya ha superado. Están hechos el uno para el otro: lo siente tan hondo que no es capaz de decirlo, ni siquiera a ella. Cynthia es como esas personas que susurran a los caballos, piensa Adam, con la diferencia de que sólo se dirige a él, el único con el que funciona, y ella es la única a quien permitiría que le hablara así. Sería una prueba de inmadurez volver a desear algo distinto de lo que tiene. También tiene una casa, y un trabajo, y está impaciente, disfrutando ya de lo que es suyo, de dejar atrás su parte infantil y dedicarse al futuro en serio.

Coge el teléfono, que está en el tocador, y vuelve a llamar a Cynthia.

—He hablado con tu padre en el desayuno —dice—. Deberías llamarlo.

—Lo llamaré.

—¿Dónde estás? —dice.

—En el aeropuerto. Y no intentes seguirme.

—No, en serio. —Quiere identificar los ruidos de fondo y se da cuenta de que son los mismos que hay en la habitación.

—¿Estás en el partido de los Pirates?

Cynthia se ríe.

—Estoy en un bar con Marietta. Acabamos de peinarnos para la boda, pero no estamos preparadas para volver todavía a la Mansión del Dolor.

—¿En qué bar?

—Ni lo sueñes —dice Cynthia.

—Muy bien, vale, pero no te presentes borracha en el altar, porque mi última mujer lo hizo y, permíteme decírtelo, bajó drásticamente el nivel.

Cynthia sonríe. La televisión brilla en su estante sobre la barra de roble llena de muescas, al mediodía, en la maravillosa penumbra de terrario para reptiles. Con los dedos destruye el círculo de vaho que el vaso de vodka con soda deja en la madera. Sabe por qué llama Adam.

—¿Estás bien? —le dice, y juraría que lo oye respirar más tranquilo.

—Perfectamente —responde—. Muy bien. Pero no soporto esperar.

Vuelven a repasar el programa y cuelgan, y Cynthia nota que su primera dama de honor la está mirando.

—Está nervioso —dice Marietta. Bebe—. ¿Tú estás nerviosa?

La primera reacción de Cynthia, tiene que admitirlo, es negarlo sin pensarlo siquiera, porque sabe que en la vida de sus amigos su imagen y la de Adam es ésa: los sin miedo, los que desdeñan advertencias y permisos, los primeros en lanzarse. Pero, cuando lo piensa, reconoce que la respuesta sigue siendo no. Adam y ella son una pareja perfecta.

—Con Adam me río y me lo paso bien en la cama —dice—. Y me necesita demasiado como para joderlo todo.

—Bueno, brindaré por eso —dice Marietta, pero no bebe. Su chico pasa la mañana en el gimnasio del hotel; lo que más le gusta de este fin de semana es el descubrimiento de que no tiene que alterar su sesión de ejercicios de todos los días. Mira el espejo empañado que hay al otro lado de la barra, donde sus cabezas, con sus elaborados peinados de peluquería, flotan como en un acuario. En ese cuchitril espléndido parecen extras salidas de un plató cinematográfico.

—Eh —dice—. Joder, te huele la cabeza a cenicero.

La temperatura llega al máximo y una luminosidad sucia cubre la ciudad. A través de la bruma apenas se distingue el sol, como el foco de una jaqueca; por las aceras la gente se mueve como envuelta en un capullo de humedad. Los invitados a la boda han abandonado cualquier plan de conocer la ciudad —cruzando el parque, la iglesia está a tres minutos a pie del Athletic Club, y hasta para eso esperarán al último momento. Sacan sin prisa de su caja la camisa del esmoquin, recuentan los botones y los gemelos, cuelgan los trajes en la puerta del cuarto de baño y abren la ducha para que el vapor elimine las arrugas del viaje. Sin nada más que hacer, abren todas las puertas y transforman el edificio en una residencia de estudiantes. Alguien pone música y recibe las primeras quejas de recepción. Han empezado a beber. Las ocasiones especiales se caracterizan por los excesos legendarios.

Dos menos veinte de la tarde y nadie sabe dónde está la novia. Deborah no dice una palabra; vestida de dama de honor y echada en el sofá, lee a Walter Benjamin y bebe Coca-Cola Light. Ruth tiene la impresión de que el cerebro se le va a salir de la cabeza, disparado como el corcho de una botella de champán. Al mismo tiempo y en cierto modo, se siente respaldada por la amenaza de que irrumpa en la realidad su visión de que el día terminará en desastre. Su hija salió de la peluquería hace más de una hora. Estupendo. La idea de que todo el mundo considere una tontería las cosas que a ella le interesan, confirma la concepción que Ruth tiene de la vida, de su vida por lo menos. Treinta y ocho mil dólares ha dilapidado su marido en este día, mucho más de lo que en los viejos tiempos pudiera soñarse (y Cynthia apenas le ha dado las gracias); Warren, por su parte, lleva una hora en el dormitorio poniéndose el esmoquin, lo que, teniendo en cuenta que se trata de un hombre que sabe lo que es usar esmoquin, le sugiere a Ruth que su marido la evita. Y lo peor, sin embargo, es su plena conciencia, incluso en un momento así, de la desenvoltura absoluta y feliz de su hija. Dentro de unos minutos, sin noticias de Cynthia, tendrán que ir al Athletic Club para la programada sesión de fotos, y Ruth sabe, en lo más hondo de su corazón, que Cynthia estará allí. No habrá ningún desastre, por supuesto: sólo la confirmación de la negativa a tomarse en serio las cosas, a respetar el día que señala el fin de su papel de madre. Hasta que la muerte nos separe. Espléndida broma.

La única que ya se ha aventurado a recorrer el trayecto del hotel a la iglesia, y además varias veces, es Masha. Viste una chaqueta granate, la prenda de su armario que más se acerca al rojo borgoña de los trajes de las damas de honor, pero excesiva para el día que hace, y está perdiendo la batalla para mantener a lo largo de todos los actos de la jornada un aspecto fresco e imperturbable, ese aire de aptitud profesional que es clave para su trabajo; pero hoy, se repite una y otra vez, es un caso especial. Manda a su hijo a Wal-Mart, aunque sabe que está drogado, a comprar todos los ventiladores de pie que tengan. Se alegra de que el novio llegue un poco tarde a la cita para la sesión de fotos. No le preocupa que piensen que lo está esperando en el bar del hotel. Bebe agua con gas sin parar y mira a los músicos de la orquesta, que meten batería, teclados y amplificadores en el salón de baile, resoplando y sudando, mientras ella comprueba disimuladamente el tamaño de las manchas de sudor en sus axilas.

Entonces entra el novio, un chico extraordinariamente guapo, con corbata negra y una muy desarrollada capacidad de seducción.

—¿La encargada de organizar la boda? Ah, está en el bar —dice, tendiéndole la mano. Masha recuerda que es de Nueva York y que, por su modo de hablar, a veces cuesta seguirlo.

En la Sala de Trofeos se encuentran con Ruth, Warren y la madre de Warren, que a los ochenta y siete años ha perdido la noción del paso incesante del tiempo y, en consecuencia, disfruta esperando indefinidamente mientras su nuera parece perpleja y ofendida. Están casi aplastados contra la pared, junto a la puerta, para evitar molestar al fotógrafo, que, de mal humor, mueve los focos y cambia de sitio el mobiliario. No hay nadie más. El fotógrafo, un hombrecillo con un bigote muy cuidado y problemas con la bebida, con el que Masha ha trabajado muchas veces, se alegra de ver a la organizadora porque así por lo menos tiene a alguien con quien perder los nervios sin demasiado riesgo.

—Tiene otra cosa mejor que hacer, ¿no? —dice, y sonríe amargamente, hablando de la novia—. ¿Ponen algo bueno en la televisión?

Dándole la espalda a Adam, Masha levanta las cejas como si le dijera al fotógrafo: es lo que hay, qué le vamos a hacer. Y dice:

—Permíteme que te presente al novio, Adam Morey.

El carisma de Adam ablanda al fotógrafo, sólo porque es un joven que no parece oponerse lo más mínimo a que le hagan una foto. Los amigos que le sirven de testigos entran en fila, y el fotógrafo diría, por cómo se dan codazos como adolescentes, que algunos llegan bebidos. A nadie le importa una mierda, se repite, agarrando a uno del brazo y colocándolo sobre la marca que ha hecho en el suelo. Examina a los padres del novio (el padre tiene el mismo mentón poderoso y la misma boca pequeña, y el nacimiento del pelo sigue la misma línea convexa), de pie, pegados a la pared, mirando hacia su hijo como desde muy lejos, como si lo aclamaran multitudes, como si estuvieran sobre un témpano de hielo.

Entonces aparece la novia, precediendo a su séquito como un boxeador, con el vestido, el maquillaje, el velo y los guantes, todos sus atributos. Masha y Ruth emiten una especie de gemido, lo más espontáneo que dirán o sentirán a lo largo del día.

—Sin prisa, sin prisa —dice el fotógrafo, aunque su sarcasmo empieza a perder mordiente: su trabajo lo aburre y lo agobia, pero no es inmune a la belleza.

Mira a Cynthia a través del objetivo. A la novia la siguen sus seis damas de honor, con Deborah varios pasos por delante de todas, ansiosa de apartarse de semejante comitiva de idiotas charlatanas y preciosas. Las damas de honor se despliegan en abanico junto a la puerta, pasándose una de esas gigantescas botellas de agua y alisándose los vestidos sin mangas color vino en los que ya hay manchas oscuras.

Éste es el motivo de que lleguen tarde: camino de la suite dispuesta para los preparativos de la boda, Cynthia se ha parado por fin y ha llamado a la puerta de la habitación de su padre, que le ha abierto en esmoquin, con pinta de estrella cinematográfica, aunque algo más viejo y más delgado de como lo recordaba. Y entonces, como siempre había sabido que sucedería sin saber bien por qué, Cynthia se ha deshecho en lágrimas. Su padre la ha abrazado y ha cerrado la puerta y le ha susurrado esas cosas que sólo él puede decirle y, minutos después, la novia ha reaparecido en el pasillo y se ha dirigido al ascensor para ir a maquillarse.

Es el último en presentarse en la Sala de Trofeos. La vida no parece suficientemente versátil para explicar que ese hombre y la madre de Cynthia se enamoraran alguna vez y se casaran. A la propia Ruth le cuesta aceptar que sea verdad, no porque haya olvidado, sino porque recuerda la fuerte impresión que su ex marido le producía todos los días, durante diez años: la de que siempre se retrasaba por algún compromiso divertido en otra parte. Ahora ve horrorizada cómo Warren cruza la habitación para estrechar la mano de su antiguo marido. Es su destino, piensa: permanecer leal a hombres que no entienden lo que es la lealtad.

En la sala sólo hay una persona a la que, siendo de su misma edad, Conrad no conoce desde hace años, y es Deborah. Tenso, cae a su lado después de la foto de familia y ella no lo evita, porque hay algo en su cara que no ve en las caras de Barbie de todos los demás presentes.

—La verdad es que estoy un poco nervioso —se descubre diciendo Conrad—. Tengo que hacer el brindis.

Eso es lo que tiene, piensa Deborah: una emoción reconocible, humana. E inconscientemente se sube el escote del vestido de dama de honor para intentar cubrirse el tatuaje. El chico aparenta unos dieciocho años, aunque intuye que debe de ser algo mayor; en algún momento toda esta gente debe de haber coincidido en la misma universidad, o quizá sólo lo parezca.

—Te saldrá bien —dice Deborah, no sin amabilidad—. Sólo tienes que ser tú mismo.

El ruido aumenta en la sala y, en el centro, Adam y Cynthia se miran a los ojos en el raro ángulo de tres cuartos que el fotógrafo les ha obligado a adoptar cuando explicarles lo que quería le pareció demasiado difícil. El brazo del novio rodea la cintura de la novia. Algo le faltaba al día, y era esto. Cuando están juntos, nadie puede tocarlos. Sus casas, sus familias, todo lo que los ha formado queda atrás y atrás permanecerá a partir de ahora. Masha irrumpe con un puñado de pañuelos para limpiar el sudor de la frente de Adam.

—¡Estoy perdiendo peso mientras me caso! —dice Adam—. ¡Preguntadme cómo!

—¡A callar! —aúlla el fotógrafo—. ¡Son momentos para el recuerdo!

Entonces todo empieza a desdibujarse. Y por fin, mientras reciben órdenes de girar la cabeza o de cambiar la posición de los dedos —paralizados en el vértice de una V corregida sin cesar—, surge una sensación a la que no habían dado crédito hasta el momento, la sensación de que la ceremonia toma el control y los maneja. Lo gobierna todo. Se han convertido en el papel que representan, y no es una sensación desagradable ni forzada. Al final ni siquiera tendrán que depender de su memoria; las imágenes del día y de la noche que les han ido arrebatando llegarán por correo en el plazo de unas semanas, en un álbum caro y profesional.

 

La iglesia es un horno. Cuando se cumple la segunda semana de la ola de calor, el hijo de Masha sólo ha podido encontrar en las tiendas cinco ventiladores de pie; la brisa que generan no supera la tercera fila. Una joven madre con su hijo, prima del novio, se levanta del banco y vuelve al hotel aunque la ceremonia ni siquiera ha empezado. Pero Masha se encuentra a sus anchas en la intersección entre lo espectacular y la crisis; reúne a los acomodadores y les da instrucciones para que sienten a los invitados de más edad cerca de las puertas, al margen de su relación con el novio o la novia, y les imparte un curso rápido de primeros auxilios por si hay desvanecimientos. El caso es que el primero en desmayarse es uno de los acomodadores, Sam, un chico rubio, al fondo del pasillo. Demasiado cansados para ser discretos, sus amigos lo dejan de cualquier modo en el último banco. Masha le coge la cabeza, la apoya en su regazo y saca las sales aromáticas que esta misma mañana ha tenido la previsión de meter en el bolso, procedentes del botiquín de casa.

Los acomodadores se dirigen al altar con una baja en sus filas. Lo que parecía un trabajo fácil resulta tan brutal que empieza a divertirles, sobre todo cuando miran a las damas de honor, que, junto al altar, tienen todo el aspecto de haber llegado de una caminata de casi diez kilómetros con sus vestidos rojos. Y entonces la conocida marcha que inicia la ceremonia desciende del cubículo del organista, ciento veinte personas se esfuerzan en ponerse de pie con el mejor de los ánimos, y su atención se concentra en el punto donde la luz es más potente, en la puerta de la iglesia. Entre el calor y la claridad deslumbrante la novia y su padre son un ligero resplandor.

Marietta, que a diferencia de la mayoría de los invitados ha dispuesto de algunas horas para acostumbrarse a la visión de su mejor amiga vestida de novia, sigue pensando en la ceremonia, en cuántos de sus elementos preceptivos parecen obedecer a fundamentos simbólicos equivocados y deberían cambiarse. ¿Por qué tienes que caminar de esa manera infantil y titubeante hacia el hombre con el que quieres compartir tu vida, la vez que más despacio has atravesado una habitación en toda tu vida, como si te llevara la corriente? ¿No sería mejor quitarse esos zapatos que te torturan y echar a correr? Entonces se da cuenta de que, en realidad, está manteniendo una conversación con Cynthia, que normalmente compartiría su interés subversivo por las múltiples extravagancias de la jornada, pero que ahora se encuentra al otro lado del espejo. Se han prometido mutuamente que nada de lo que existe entre las dos se perderá, pero nunca han tenido una amiga casada y no saben lo que verdaderamente significa eso. Observa cómo el padre de Cynthia, ese montón de basura tan seductor, aprieta cariñosamente el brazo de su hija sin apartar los ojos de su destino: parece Washington de pie en la barca. Saber cómo comportarse en las ocasiones excepcionales nunca le ha supuesto ningún problema; es lo ordinario lo que jamás ha conseguido atraer su interés.

Cuando por fin llegan y la última nota de la marcha nupcial se apaga, besa a su hija en la mejilla, le dice algo que nadie puede oír y se retira. Todas las miradas se vuelven hacia al sacerdote, que en su gigantesca sobrepelliz, como bajo una campana, parece uno de esos monumentos con goteras eternas.

—Antes de empezar —murmura al micrófono con voz cavernosa— me atrevo a sugerir que, dadas las circunstancias, los caballeros están autorizados a quitarse la chaqueta.

Cuando su marido la dejó, y durante casi un año, Ruth llevó todos los domingos a Cynthia a la iglesia de San Jorge, en Joliet Park, en el deseo de convertir el abandono en una campaña de perfeccionamiento moral. Entonces, un domingo, Cynthia anunció que no pensaba volver a la iglesia, y así fue. De modo que Ruth se llevó una sorpresa cuando su hija le dijo que quería casarse por la iglesia. Se sintió sorprendida y un poco molesta, porque un lugar de culto no es un escenario; pero Warren la convenció de que no lo tomara como una ofensa. Ahora, mientras los invitados se sientan al unísono y el eco del ruido que hacen al sentarse se impone al débil zumbido de los ventiladores, se alegra de estar donde está, aunque no se siente menos desconcertada.

Han programado dos breves lecturas. Natalie, amiga a la que Cynthia consoló cuando el profesor adjunto de historia del arte la llamó calientapollas, lee un fragmento de las Cartas a un joven poeta de Rilke. Bill Stearns, el compañero de habitación de Adam en su segundo año de universidad, que acudió en su ayuda cuando le dislocaron el hombro jugando al fútbol, y que además renunció a una cita con una chica para acompañarlo durante tres horas en la sala de urgencias, se atreverá a continuación a recitar un desconcertante poema de Juvenal. Las palabras no tienen ningún significado preciso en una boda: incluso los himnos y los versículos de la Biblia son accesorios, y no por eso menos sentidos. Los signos exteriores de la fe son una muestra de fe en sí mismos, como la sotana del cura en el ejercicio de sus funciones.

Por esta razón todos se unen de repente ante la expectativa de que el sacerdote, que no los conoce, que no volverá a verlos, que incluso tiene menos experiencia que ellos en lo que concierne a la intimidad, y que probablemente ha dicho este año las mismas cosas a otras treinta parejas anónimas, tenga algo crucial que transmitirles. Con majestuosa naturalidad, se seca la calva con lo que se supone un pañuelo.

—Es una bendición —dice— que vuestra vida en común haya empezado en condiciones que sugieren una prueba. —Hace una pausa para apreciar las risillas que se extienden por los bancos; las caras que tiene delante, las del novio y la novia, permanecen inconmoviblemente serias—. Habrá grandes alegrías en vuestra vida en común, por supuesto, pero también pruebas, y quizá algunas sean difíciles, y las alegrías y las pruebas no siempre se presentarán en una proporción que os parezca equilibrada. En esos momentos de dificultad, podemos perder el camino, la promesa, la felicidad de nuestras vidas, porque nos concentramos demasiado en nosotros mismos; el sentido de nuestra vida es algo que seguramente descubriríamos si pudiéramos ver lo que Dios ve. Pero no poseemos la clarividencia de Dios. Confiad en que Él ve lo que vosotros no veis, y eso os ayudará a mantener la confianza mutua. Y si alguna vez dudáis de vosotros mismos, si alguna vez llegáis a dudar de vuestra capacidad para soportar las tribulaciones, recordad que Dios, en este día y para toda la vida, os ha dado el uno al otro. Él nos ha creado a todos. Y jamás nos pedirá que carguemos con un peso que no sepa que podemos soportar.

Los votos que han elegido para su matrimonio son los tradicionales. El beso es más un respiro que otra cosa. Salen tímidamente de la iglesia a la calima odorífera, bajan la escalinata y suben directamente a la limusina para el minuto de trayecto desde el parque a la celebración. Los invitados pueden ver mientras atraviesan sudorosos el parque cómo la limusina se detiene a la entrada del hotel. Repican las campanas, cae la tarde y, sin embargo, la temperatura sigue acercándose a los treinta y cinco grados centígrados: se ha disipado la atmósfera de solemnidad. Al final del paseo les espera una fiesta y además con aire acondicionado.

Cuando termina la recepción de invitados, se encuentran a las puertas del salón de baile, donde resplandecen las mesas vacías y hace un frío de pista de patinaje sobre hielo. Tres camareros ociosos sonríen felices. A los pocos minutos trabajan como fogoneros mientras los jóvenes invitados se afanan en recuperar la borrachera conseguida en la habitación del hotel y sudada después en la iglesia. En la mesa principal, una larga tarima perpendicular al escenario de la orquesta, la madre del novio descubre que a ella y a su marido los han sentado entre los padres de su nueva nuera, quizá para evitar que se maten entre sí. Procura con el mejor de los ánimos no sentirse ofendida cuando piensa que, en un día tan memorable para su hijo primogénito, le han asignado el papel de escudo humano. Imagina quién está detrás de la faena, aunque ahora no sea el momento, aunque nunca sea el momento; además, Sandy comprende que al fin y al cabo ella tiene la culpa. Pasó un periodo muy difícil cuando sus hijos eran pequeños y tuvo que irse de casa por un tiempo. Órdenes del médico literalmente. Así que quizá no sea una sorpresa que su hijo haya acabado con una chica que toma todas las decisiones y manda siempre. Que lo trata como a un niño. Pero no es éste el momento apropiado para perderse en el pasado, piensa Sandy, y además no debe olvidarse de contar las copas que se bebe su marido. Según los antecedentes históricos, en términos de su capacidad para decir lo indecible, cinco es el número mágico.

No ha pasado ni un minuto cuando un cuchillo tintinea contra una copa en algún punto del salón de baile, primero uno y luego un coro: ¿Nos habéis hecho venir de lejos para que seamos testigos de vuestro amor? Muy bien, vamos a ser testigos. Los camareros irrumpen como un equipo de fútbol a través de las puertas dobles y sirven un centenar de platos. Conrad come su salmón sin saborearlo y después espera con una sonrisa de robot mientras en su mesa se ríen de algo, hasta que la cena se acaba y las copas se llenan de champán y por fin llega su momento.

—Siempre he admirado a mi hermano —dice Conrad con los ojos bajos, observando consternado cómo salpica saliva sobre el micrófono. Se ha aprendido de memoria el brindis, pero ahora se arrepiente, porque si tuviera un folio, por lo menos la mano derecha estaría ocupada, la que no levanta la copa de champán, la que flota espasmódicamente del bolsillo del pantalón a la barbilla, de la barbilla a la nuca—. Cuando éramos niños, todo lo que se proponía lo lograba, todo lo que se empeñaba en conseguir lo conseguía gracias a su esfuerzo, todo lo que hacía era un ejemplo no sólo para mí sino para quienes lo rodeaban. La excelencia de un hermano mayor, a ojos de su hermano pequeño, es algo automático durante mucho tiempo. Pero, incluso cuando he crecido lo suficiente para superar esa impresión y decidir por mí mismo, Adam nunca ha perdido mi estima. Hasta hoy.

Todo el salón de baile se ríe, con un efecto embriagador, y cuando Conrad se atreve a levantar los ojos mira directamente a la hermanastra de la novia, Deborah, quizá porque entre su vestido rojo de dama de honor y el conjunto de los demás vestidos rojos se interpone el salón entero; está sentada en una esquina, con su abuela, o con la abuela de alguien. Sé tú mismo: ¿qué mierda de consejo idiota era ése? Se obligó a dejar de mirarla antes de perder completamente el hilo.

—Hasta hoy, porque aquí acaba su racha de éxitos conseguidos con su propio esfuerzo, e interviene la pura fortuna, muda y ciega. Cualquiera puede ver que Cynthia es una mujer con extraordinarios encantos —en la sala se oye un silbido—, cualquiera que haya cerrado un bar con ella, o haya ido con ella a las White Mountains, o se haya fumado con ella un cigarrillo en la cubierta del ferry de Staten Island, conoce su simpatía, su sentido de la aventura y del humor, no sólo raros sino inigualables. Cualquier hombre en plena posesión de sus facultades la elegiría entre mil. Pero ¿cómo diablos podemos explicarnos su elección? ¿Qué posibilidades hay de que una chica tan espectacular desee pasar su vida con un tipo que usa esos ridículos pantalones cortos de seda; que se considera gracioso y no es capaz siquiera de contar de principio a fin el chiste más tonto; que cree de corazón que cerca de la basura, del cenicero o del cesto de la ropa sucia equivale a dentro de la basura, del cenicero, etcétera? Una posibilidad entre un millón, amigos míos, y francamente mi hermano merece tanto reconocimiento por casarse con esta mujer como si se hubiera despertado con un billete de lotería premiado pegado a la frente, suerte que tiene el cabrón.

Es muy difícil no beber de la copa de champán que tiene en la mano. Lo asombra el volumen de las carcajadas, pero sigue deseando terminar con el asunto. Sin querer, vuelve a mirar a Deborah. No se ríe, pero se inclina hacia delante, concentrada, con los codos en las rodillas.

—Hablando en serio —dice Conrad—. Son una pareja encantadora. Nadie que los conozca puede dudar de que están destinados a vivir una larga, feliz y extraordinaria vida juntos. Y nadie, al ver que estas dos maravillosas criaturas han encontrado a su igual, si es lo suficientemente inteligente como para darse cuenta, puede evitar sentirse un poco más optimista ante las perspectivas con que todos nosotros nos asomamos al mundo. Por Cynthia y Adam.

Clamor, gritos de aprobación, tintineo de cristal. En el aparcamiento el batería oye la ovación y le da dos rápidas caladas más al porro previo a la actuación antes de aplastarlo bajo el tacón del zapato.

El momento que precede al inicio del baile, cuando los protagonistas empiezan a resultar inaccesibles, suele ser el momento que Masha elige para desaparecer. Se mueve a paso de cangrejo detrás de la mesa principal, acepta las muestras de gratitud, reparte felicitaciones, sonríe al centésimo chiste sobre el clima y la temperatura como si fuera el primero. El dinero está ya en el banco. Hay que reconocérselo a la familia, piensa, echando un último vistazo al espectáculo y posponiendo abrir las puertas del salón de baile para sumergirse en la ola de calor del exterior. No son las criaturas más amables del mundo, pero por lo menos han tenido la voluntad de gastarse lo que había que gastarse.

El primer baile: es obvio que la novia y el novio deberían haberlo ensayado más, pero sus gestos de timidez sólo añaden ternura al momento. Nunca habían bailado en público de esta manera —ya nadie baila así— y el hecho de que renuncien a su encanto de siempre sólo para bailar como se ha bailado toda la vida es una prueba de sorprendente humildad. La canción es «The Nearness of You» y, hacia la mitad de la pieza, los padres salen a bailar con la novia y el novio. El descarado poderío físico de su hijo abruma a Sandy. Lo normal es que a partir de cierta edad los hijos no estrechen entre sus brazos a sus madres, y la ocasión supone un verdadero estremecimiento. El padre de la novia nota la mejilla de su hija en el hombro, tan inocentemente pesada como cuando era una niña a la que llevaba en brazos porque se había quedado dormida en el coche, y la pasea en volandas por la pista. Es un hombre que sabe bailar. Incluso Ruth se despreocupa de evitar los recuerdos. El padre de Cynthia cede gentilmente su hija a Warren, y siente cómo lo miran mientras abandona la pista de baile. Éste ha sido siempre el ritmo de su paternidad: deslumbrar con todas sus consecuencias. A lo largo del día ha soportado las miradas de asombro profundo de todos a quienes ha sido presentado. Sabe que hay cosas por las que debería pedir perdón, pero considera el amor de su hija una justificación o una exculpación, y quienes son incapaces de superar el pasado siempre le han parecido unos inútiles.

Entonces empiezan bailes menos rituales. Es el terreno de los jóvenes cómodos con su cuerpo, borrachos, turbiamente en tensión y ansiosos de liberarse. Sólo ahora, en el momento del exorcismo, se dan cuenta de las exigencias de un día así. Los músicos son malos pero honrados, en paz con el hecho de que, aunque sus ambiciones se hayan reducido a esto, siguen ganándose la vida actuando en público. Pocas veces tienen oportunidad de tocar para una multitud tan joven y desenfrenada; no ven nada temible ni destructivo en toda esa energía, e incluso entienden el papel que desempeña la borrachera y les parece estupendo. Y más estupendo les parece el atractivo de las mujeres que se suben con ellos al escenario para animar a la muchedumbre con movimientos de gogós inexpertas.

Los veintidós años son una zona de privilegio, y cuando la noche se vuelve más invisible y más profunda detrás de los pesados cortinajes, el resto es centrifugado al exterior, primero de la pista de baile y luego del salón. Las parejas de más edad, con hijos, advierten el rumbo que está tomando la noche, terminan el trozo de tarta y, muy educados, se excusan alegando el largo viaje de vuelta a casa o simplemente que se van a su habitación, a dormir. Por todo el hotel el ansia de transgresión empieza a superar los límites. El botones del turno de noche entra en el aseo de los hombres y ve que tres invitados en esmoquin se inclinan sobre el espejo, que han descolgado de la pared. Lo que se supone que debe hacer le produce tal pavor, que toma la prudente decisión de bajar al sótano y mear en el lavabo del conserje. La gente flirtea con desconocidos, o incluso con viejos amigos, delante de sus parejas oficiales. Es irresistible el deseo de hacer algo de lo que saben que se arrepentirán. Las puertas del salón de baile permanecen abiertas y el humo, el alcohol y las conversaciones íntimas e intensas fluyen hasta el vestíbulo, contra las normas, pero el personal del turno de noche se siente intimidado, inseguro en cuestiones de protocolo y, en cualquier caso, muy inferior en número.

En el centro, y además activándolo todo, está la absoluta fe en las convenciones: a las once y media el novio y la novia desaparecen escaleras arriba, y a medianoche vuelven con sus «trajes de viaje» para recorrer ocho manzanas hasta el hotelucho tipo pensión familiar donde pasarán la noche. Todos aplauden y sin orden ni concierto se ponen en fila para despedirlos.

La madre y el padre de Adam son incapaces de compartir su tristeza. El viaje de novios a México es su regalo de bodas.

—Buen viaje —dice el señor Morey.

Y ya se van los novios en coche, saludando con la mano. Ruth se echa a llorar. La orquesta vuelve a tocar y, con la despedida de los novios, el decoro se rompe de una vez por todas.

Sam, el acomodador rubio que se desmayó en la iglesia, no se mueve de la puerta de la cocina e incansablemente intenta ligarse a una de las camareras, que tiene veinte años, necesita el sueldo de esta noche y no quiere pensar en lo que le gustaría ese tipo si fuera capaz de callarse, algo a lo que podría obligarlo sin la menor duda.

Marietta, borracha y estoica, ha bajado al gimnasio del hotel donde permite que su novio ponga en práctica una fantasía personal. ¿Quién se atreve a decir lo que es perverso?, piensa. Se le ha metido en la cabeza una frase de El padrino: un día, le dice en silencio al novio infatigable en su afán, y ese día quizá no llegue nunca, podría pedirte que me hicieras cierto trabajo…

Uno de los camareros abandona su puesto para ir un momento al aseo y a la vuelta descubre que los invitados han saltado la barra y se han llevado las botellas a las mesas; mira y ve cómo le sonríen, sin burla, con gran camaradería. En el vestíbulo, Bill, el testigo del novio que recitaba a Juvenal, está intentando convencer a una mujer casada, diez años mayor que él, de que suba a su habitación a tomar una copa. Y casi lo ha conseguido. Quiere hacer algo que no pueda contarle a nadie. Un botones con cara de miedo entra en el salón de baile y, después de preguntarles a una o dos personas, encuentra a Conrad. Le dice que tiene un mensaje urgente en su habitación. Las únicas explicaciones que se le ocurren a Conrad son desagradables. Sale del ascensor, abre la puerta con la llave, enciende la luz y a medio metro se encuentra a la dama de honor antisocial y tatuada, Deborah, abogada de la verdad.

—¡Jesús! —dice Conrad.

—Cierra la puerta —dice ella.

—¿Cómo has entrado?

—Tú no eres como los demás —dice Deborah. Sigue llevando el vestido de dama de honor, pero ha perdido los zapatos. Está muy borracha—. Te he visto, sabes —dice —. No puedes empeñarte en ser como ellos, porque no lo eres.

Conrad empieza a hacerse una idea de la situación. La chica no es lo que normalmente considera una belleza, pero, por otra parte, a veces la vida pone en tu camino algo que podría no volver a presentarse jamás.

—Tú mereces algo especial —dice Deborah.

A Conrad le irrita un poco ese recrearse en el papel de mistress Robinson[1]. Pero no puede llamarla farsante; por lo menos sabe eso de mí, piensa. Deborah se quita el vestido de dama de honor; si llevaba algo debajo, ya no lo lleva. Tiene un piercing que provoca un auténtico escalofrío en Conrad, que todavía es lo suficientemente joven para corregir de inmediato la lista de los fenómenos sexuales que ha visto y no ha visto hasta el momento.

—Cierra la puerta —dice Deborah—. Vamos. Deprisa.

—¿No somos ahora parientes? —pregunta Conrad.

—Ponte de rodillas.

—¡Jesucristo! —dice Conrad, arrodillándose.

En el salón de baile se desata una pelea de verdad. Uno de los lavaplatos ha salido de la cocina y le ha dicho a Sam que deje en paz a la camarera. La joven ha terminado el turno pero, sabiendo que él la seguirá, tiene tal miedo de salir del hotel que está llorando. Sam lanza el primer puñetazo, ridículo, pero causa verdaderos estropicios cuando retrocediendo en defensa propia cae sobre el mostrador del bar y rompe botellas y vasos. Hace rato que las mujeres se han quitado los zapatos, así que, como medida de precaución, se suben a las mesas y siguen bailando. Los músicos llevaban años sin compenetrarse tan intensamente con su público. Tocan hasta el último minuto que se les ha pagado, y luego interpretan tres canciones más, y entonces el director del hotel se presenta y amenaza con cortarles la luz. Lo realmente punk sería mandarlo a tomar por el culo, pero tienen otro contrato en el mismo sitio el mes que viene.

Así que se acaba la música, y cierran el bar, y apagan las luces porque el director ha recibido ya todas las quejas de clientes que podría recibir; pero treinta o cuarenta personas merodean todavía por el salón de baile, borrachas, cansadas, eufóricas, jóvenes, bellísimas, sudorosas, elegantes y con todo pagado, y decididas —¿y quién no lo estaría?— a continuar siendo todas esas cosas eternamente. Cuando cierran el salón de baile, ocupan el vestíbulo, y cuando las expulsan del vestíbulo suben a sus habitaciones. El amanecer se filtra entre las cortinas. Pierden el conocimiento en el suelo de una habitación que no es la suya, en una cama ajena, negándose a separarse, forjando su leyenda.

En su hotel de medio pelo, a ocho manzanas de distancia, Cynthia, en camiseta y pantalón corto, descansa entre cojines sobre una inmensa cama con dosel, idea de nido para la luna de miel propia de una bibliotecaria; le acaricia el pelo a su marido, que duerme con la cabeza en su regazo. Ni siquiera se ha quitado la ropa. Cynthia no está decepcionada. El sexo no es una novedad; estar exhaustos juntos, ser uno el refugio del otro: eso es lo que te dice que has encontrado lo que todos se quejan de tener que seguir buscándolo. El aire acondicionado hace ruido. Mañana volarán a México, y cuando vuelvan a Nueva York Cynthia estará embarazada. Cuando lo descubra, volverá a preguntarse lo que se pregunta ahora mismo: si es verdad lo que ha dicho el sacerdote —que Dios nos da a cada uno lo que sabe que podemos soportar—, pues toda su vida las cosas le han llegado demasiado rápido.