Los privilegios

Jonathan Dee · Capítulo 4 de 6 · parte 1/3

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Los privilegios

Capítulo 3

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

3

 

Jonas se despertó primero —lo supo por los ruidos—, con los postigos abiertos, frente al mar. Sólo se oía la lluvia, que se volvía bruma sobre las piedras del patio. Llovía casi todos los días a primera hora de la mañana, como con aprensión, para escampar muy pronto, por si los Morey o los demás habitantes de la isla habían planeado algo. No es que hubiera mucho que planear, aunque no faltaran las ganas. Otro paseo por la playa, quizá, u otra excursión al puerto, a comer langosta a Scilly Cay. Esto era lo extraordinario de aquel sitio, según Jonas: el tiempo perdido. Lo necesitabas para apreciar en su justo valor, y a la vez calibrar, la locura de la vida reglamentada que te esperaba cuando volvieras a casa, donde algunos días, recién despierto, el primer minuto de actividad cerebral generaba tal grado de ansiedad que tenías que saltar de la cama sólo para dejar de pensar. Y Anguila empezaba a parecerse a casa. Dos veces al año, en las vacaciones de Navidad y en las de primavera, desde hacía cuatro años. Esa especie de fidelidad no tenía precedentes. Su padre debía de haber encontrado allí algo que le gustaba, pues era el único sitio de todos en los que habían estado adonde había expresado deseo de volver. Quizá, cuando Jonas tuviera la edad de su padre y oyera pronunciar la palabra «hogar», uno de los lugares en los que pensaría sería Anguila. O quizá no. Alquilaban siempre la misma casa de estilo griego, a pesar de que sus padres podían permitirse comprarla. O eso creía Jonas. No siempre era fácil decir qué no podían permitirse.

April dormía en el dormitorio contiguo con Robin, una amiga del colegio, y la sola idea de Robin centró de manera inmediata y humillante todos sus pensamientos. Apoyó la oreja en la pared, a pesar de que las dos chicas aún tardarían en despertarse un par de horas. Dormían en la misma cama inmensa porque les gustaba, algo que le provocaba a Jonas una excitación tal que casi le resultaba dolorosa. Mamá le había insistido en que invitara también a un amigo, pero no tenía amigos tan íntimos; estaban los chicos de su pandilla, pero la verdad es que era mejor pasar unos días sin verse. Robin era alta y delgada, como todas las asquerosas compañeras de April, pero pertenecía al equipo de lacrosse y sabía quién era Gram Parsons y se ruborizaba cuando se reía y era simpática con él, y no sólo cuando estaban delante sus padres. Jonas sublimaba gran parte de sus sentimientos hacia ella considerándola una figura trágica, porque su vida familiar era un desastre. Su padre era uno de los socios de White & Case y era riquísimo, lo bastante rico como para pasar en Anguila la Navidad con la familia, o en cualquier parte del mundo, si aguantaban juntos lo suficiente; pero la madre era bipolar, o eso había oído Jonas que decía su madre, y el padre de Robin no podía aceptar la existencia de semejante trastorno o había decidido no hacer los sacrificios necesarios para afrontarlo. Robin había pasado últimamente muchas noches en casa de los Morey, en Nueva York, a veces sin previo aviso. Cuando estaba con ellos y sonaba el teléfono, Jonas tenía instrucciones de no descolgarlo antes de que April y su madre comprobaran desde qué número llamaban. Robin tenía un hermano, mayor que ella, que tampoco dormía en casa siempre, aunque nadie sabía dónde andaba.

Toda esa tristeza no disminuía en absoluto su deseo apremiante de masturbarse, y la oportunidad era única, pero entonces su mirada cayó sobre la guitarra eléctrica Gibson que le habían regalado por Navidad dos días antes, de pie en un rincón del dormitorio. Nada de lo que había tenido en su vida le había provocado la pasión que sentía por la guitarra. Mástil de palisandro indio, pastillas humbucker; la había ansiado tanto que se encontraba en la extraña situación, tratándose de un espléndido regalo navideño, de saber exactamente lo que había costado. Tenía el amplificador en Nueva York, pero la guitarra venía con unos auriculares inalámbricos, así que podía tocarla sin molestar a nadie. Se levantó de la cama, se puso una camiseta, y se sentó en el sofá, al lado de la puerta de cristal, con la guitarra. Estaba dejando de llover, y el cielo se iluminaba entre grandes franjas blancas y azules. Oyó abrirse una puerta en la planta de abajo y unos pasos en el patio, pero a esa hora sólo podía ser Simon, que ponía la mesa. Decidió ensayar el principio de «One Way Out» hasta que su padre apareciera en la playa para su rato de natación matutina. Se puso los auriculares y una hora después, cuando vio a su padre en la escalera pintada de blanco que llevaba al mar en calma, a los pies de la casa, desconectó la guitarra y bajó a decirle a Simon lo que quería desayunar.

Adam dejó atrás la rompiente y las olas, se volvió y flotando, de espaldas, con los dedos de los pies emergiendo del agua, miró hacia la casa. En el extremo de la bahía el agua estaba increíblemente templada. Un carguero, al norte, se dirigía hacia mar abierto, y lo siguió un instante con la mirada, pero imposible adivinar si avanzaba. Incluso la estela de humo que dejaba a su paso parecía detenida, como una pintura. Nadó un rato, pero, cuando se detuvo, el agua salada seguía manteniéndolo a flote y cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, figuras femeninas se movían en el patio; salió del agua, cogió la toalla que Simon le había dejado en la hamaca y subió a la casa.

—Podrías ponerte una camiseta, hijo de la naturaleza —le dijo Cynthia, dirigiendo la mirada hacia las chicas, así que Adam volvió a subir al dormitorio a coger una camiseta. Simon, después de secar las sillas y abrir la sombrilla que protegía la mesa, servía el café y preguntaba quién quería tortilla. Era una de las ventajas que ofrecía la casa; fuera de temporada, en los meses de calor, estudiaba en Atlanta, y en invierno atendía las necesidades de los huéspedes y dormía en casa de sus padres. Cynthia sorprendió a April y Robin dándose con el codo cada vez que Simon entraba o salía de la habitación, pero eso era lo normal. Había que dejarlas. Se preciaba de no hablar con su hija de hombres o sexo en el tono de censura que utilizaban la mayoría de las madres.

—Robin —dijo—, esa camiseta te queda perfecta.

Había sido su regalo de Navidad, y Cynthia se sentía orgullosa de lo bien que le sentaba. Robin la fascinaba, porque lo tenía todo y no tenía nada. Le parecía maravilloso que alguien pudiera tener unos padres tan amargados, gilipollas y desastrosos y, a pesar de todo, consiguiera neutralizarlos y convertirse en una persona tan dulce, equilibrada y segura de sí misma a la edad de quince años.

Robin hizo una pausa antes de sentarse, concluida con un pequeño giro, entre la timidez y lo cómico.

—Es preciosa, Cynthia —dijo—. Gracias, gracias. Bueno, ¿qué programa tenemos para hoy?

—Hmm —dijo April—. ¿Broncearnos en la piscina unas cuantas horas y comer otra vez?

—Eso es lo que me gusta de ti —dijo Robin—. Siempre dispuesta a hacer lo de siempre.

—Adam —dijo Cynthia, mientras su marido se sentaba—. Juegas al golf esta mañana, ¿verdad? ¿A qué hora?

—A las nueve y cuarenta y dos —dijo.

—Qué precisión —dijo Cynthia—. Es lo que admiro del golf. —Se volvió hacia su hijo y lo sorprendió otra vez absorto sin disimulo en los pechos de Robin; Jesús, debe de ser terrible ser un chico, pensó. Absolutamente patético y condenado a saber que es patético—. ¿Cuándo vas a iniciar al joven Jonas en los misterios del golf?

Jonas soltó el tenedor y manoteó en el aire.

—No, Dios mío, por favor —dijo.

—Quizá el día que haga algo verdaderamente malo —dijo Adam.

Todos callaron cuando llegaron los platos. La sombra de la casa retrocedía conforme se elevaba el sol en el cielo. Adam terminó el café y cubrió la taza con la mano cuando Simon iba a volver a llenarla; se excusó y fue al dormitorio a cambiarse: se puso unos pantalones cortos, una camisa polo y una gorra de béisbol. Echó los palos de golf en el asiento trasero del coche que había alquilado y se dirigió hacia el norte por la principal y única carretera de la isla, dejando atrás descampados, entradas semiocultas a lujosos complejos turísticos, y casas color pastel en las que ya no vivía nadie. En cierto punto del trayecto tuvo que esperar pacientemente a que unas cabras quisieran quitarse de en medio. Pasó de largo el camino al campo de golf y continuó hacia el minúsculo centro financiero de Shoal Bay East, en el extremo norte de la isla. Había allí un bar abierto, aunque fueran las diez de la mañana. Adam aparcó en la parte de atrás, a la sombra, y cruzó la calle para entrar en el Royal National Bank de Anguila.

Tenía poco de banco; se parecía más a la consulta de un médico, con una recepcionista gorda de párpados pesados, embutida en un vestido rosa y sentada ante una puerta sobre la que pendía una cámara de seguridad. Era la primera vez que Adam veía a la mujer.

—¿El señor Bryant? —le preguntó. La mujer lo examinó con aires de grandeza antes de levantarse y, sin una palabra, desaparecer al otro lado de la puerta. Adam miró a la cámara. La recepcionista volvió a los pocos segundos y con un gesto le indicó que pasara, sonriéndole, mientras cerraba la puerta otra vez.

El señor Bryant, detrás de una vieja mesa de despacho metálica, se levantó y le dio la mano a Adam; a su espalda tenía dos archivadores metálicos, la pared cubierta por paneles de madera y una angosta ventana que daba al mar azul.

—Feliz Navidad, señor Adam —dijo—. ¿Tiene todo lo que necesita? —Se refería a la casa. Ni la casa ni el arrendamiento eran de su incumbencia, pero le gustaba preguntar—. ¿Lo está pasando bien?

—Como siempre —dijo Adam.

—¿Su familia está bien?

—Muy bien. ¿Y la suya?

El señor Bryant se limitó a asentir, o quizá sólo mostraba su aprobación a la pregunta. Sus familias no se conocían, pero la amabilidad y los cumplidos eran ineludibles, como Adam había tenido tiempo de aprender, en el trato con el señor Bryant. Separó en ese momento las manos de largos dedos, abrió el cajón del escritorio y sacó cinco cheques, todos de diferentes cantidades, todos pagaderos al portador, unidos por un clip. Quitó el clip y le dio los cheques a Adam. Adam los examinó, aunque sin demasiado detenimiento, los dobló en dos, se los metió en el bolsillo del pantalón corto, se levantó y volvió a estrechar la mano del señor Bryant.

—Mi amigo dice que vendrá después de Semana Santa.

—Estoy a su disposición. ¿Cuándo vuelve usted a casa?

—Mañana.

El señor Bryant chasqueó la lengua con pesar.

—Se perderá las regatas —dijo—. Pero, sí, la obligación es lo primero, no me cabe la menor duda.

Otra vez se estrecharon la mano, con calor. Adam no entendía por qué para el señor Bryant era tan importante comportarse como si los negocios fueran una relación de amistad, pero jamás se le ocurriría ofenderlo.

Volvió por un camino distinto, tomándose su tiempo, menos para preservar la clandestinidad que por disfrutar de la vista de las colinas de Saint Martin al otro lado del mar antes de que hubiera demasiada bruma. Sólo eran las once menos cuarto, sin embargo, y una partida de golf verosímil debía durar tres horas por lo menos. Así que fue de nuevo al campo de golf, entró en la tienda y compró dos cajas grandes de pelotas para practicar tiros de salida. Antes de empezar, se sacó los cheques del bolsillo, los metió en un compartimento de la bolsa de los palos y cerró la cremallera. A esa hora hacía tanto calor que Adam era el único en la pista de entrenamiento, pero no le molestaba. Era raro que le afectara el calor, y la reprimenda que podía costarle alguna quemadura solar sin importancia sólo respaldaría su versión de dónde había estado.

Media hora más tarde, sudaba a chorros, pero le pegaba a la pelota mucho mejor que en los últimos meses. Con el driver superaba los doscientos cincuenta metros. Estaba tan concentrado que le fastidió no tener tiempo ya para jugar una partida.

 

El almuerzo de trabajo que la dirección de la Coalition for Public Schools celebraba en un restaurante del Soho debería, dentro de lo normal y razonable, haber terminado a las tres; pero no fue así y, cuando no pudo esperar más, Cynthia se disculpó, se levantó y dijo que tenía una cita con el médico en la otra punta de la ciudad. Le fue imposible llegar la puerta sin que diez mujeres la pararan para expresarle su deseo de que no fuera nada importante. En días como ése, tenía que respirar hondo y recordarse a sí misma que todo era por una buena causa, en concreto, la distinción entre tanta palabrería inútil y los millones de las participantes, que algún bien causarían en el mundo. Las reuniones le robaban mucho tiempo. Podía quedarse en casa firmando cheques, estaba claro, y fue lo que pensó cuando Adam empezó a ganar dinero en serio; pero cualquier cheque, por grande que fuera, sería un desperdicio en manos de aquellas nobles viudas medio idiotas. Lo más sustancial que sabían hacer era mandar invitaciones a fiestas benéficas e involucrarte en el asunto antes de que te dieras cuenta. Y no sólo en la CPS; Cynthia participaba a distintos niveles en la Riverside Park Fund, la Coalition for the Homeless y la Big Brothers Big Sisters. Por norma, se mantenía a distancia de las obras de beneficencia contra las enfermedades: había algo que le parecía demasiado arrogante, un alegre derroche de dinero en lo inefable, algo por el estilo de Únase a Nosotros en la Lucha contra la Muerte. Quizá se equivocara, y lo sabía, pero obedecía a su instinto. Prefería causas que se ocuparan de lo que era susceptible de mejora, no del mundo fantasmagórico de los genes y los virus, sino de los modos generalmente jodidos en que funcionaban las instituciones humanas: personas sin techo, escuelas públicas, el medio ambiente, cosas así. Todo lo que mejorara las condiciones de vida de los niños obtenía su dinero al instante.

—Qué amables sois —dijo Cynthia, sonriendo y retrocediendo—; no, no es nada importante. Pero tengo cita desde hace meses, y ya sabéis qué difícil es que esta gente te haga un hueco.

Lo que probablemente las dejó pensando que iba a hacerse un lifting en el culo o algo por el estilo, nada de lo que preocuparse. En realidad iba a llamar por teléfono, pero se trataba de una llamada personal que tenía que hacer en horario laboral y no creía que la reunión terminara a tiempo. En el mundo sin ánimo de lucro regía una especie de ley universal: todo duraba, por lo menos, el doble de lo necesario. Fijaba las citas con el psiquiatra a las cinco porque sus obligaciones habían aumentado hasta tal punto que era la única hora que le quedaba libre. Pero si tenía algún acto o algún compromiso por la tarde, como sucedía con frecuencia, había días en que ver al psiquiatra significaba no ver a los niños, así que dejó la terapia. Ya no tenía tiempo, y quizá ésa fuera la mejor circunstancia para darla por terminada, pensaba Cynthia, y el motivo de que interrumpirla resultara más fácil de lo que esperaba.

A pesar de la estrechez odiosa de las calles del Soho, el chófer la esperaba con el motor encendido a la puerta del restaurante. Avanzaban muy despacio hacia la West Side Highway y Cynthia empezó a abrir el teléfono, pero tampoco quería llamar delante del chófer. Era de absoluta confianza, pero eso no tenía nada que ver. Media hora más tarde estaba en casa. Llevaban casi dos años viviendo en el nuevo apartamento, en Columbus, después de largos meses de incomodidad en el piso del East End que tanto le gustaba cuando lo compraron. Casi desde el momento en que acabaron las obras de reforma había empezado a consultar las ofertas inmobiliarias como una adúltera. Pero la actitud de Adam fue inestimable: el enfado apenas le duró una noche porque en realidad la comprendía. Entendía por qué no le importaba preparar una nueva mudanza, por qué la novedad resultaba tan fantástica, por qué le costaba tanto permanecer en un sitio que ya había dado la medida máxima de su propio potencial. Y cada vez que vendían ganaban una fortuna. Aquello era Manhattan; todo el mundo deseaba un lugar en el que establecerse, y ya no se construía.

Pero la casa de Columbus era tan maravillosamente excéntrica que Cynthia no podía imaginar que se cansara de vivir allí: un ático de dos plantas que daba al planetario, detrás del Museo de Historia Natural. De noche las esferas celestes brillaban a través de las paredes de cristal del planetario, y desde los ventanales del piso treinta a Cynthia le parecía que la casa volvía al planeta después de un día de viaje por el espacio. Los niños disponían prácticamente del piso de abajo; tenía entrada independiente, lo que significaba que ahora estaba menos atenta a sus idas y venidas. Ya eran demasiado mayores para querer o necesitar que alguien los llevara o fuera a recogerlos al colegio, y tenían tantas cosas que hacer, en su vida social y en general, que no siempre sabía cuándo volvería a verlos. Como a Adam, por cierto.

Y eso, a veces, le provocaba una especie de soledad; pero ese día Cynthia se alegraba de llegar a casa y no encontrar a nadie. Faltaba todavía un buen rato para las cinco y llamó a su contable; sabía que le hubiera cogido el teléfono a cualquier hora, pero le gustaba respetar los horarios. Le preguntó si podía ocuparse de hacer una transferencia, una pequeña cantidad, sólo diez mil dólares, aunque era importante hacerla inmediatamente.

—Charles Sikes —dijo.

Lo oyó teclear; usaba auriculares de telefonista.

—¿La misma cuenta de otras veces?

—El mismo banco, distinta ciudad —respondió Cynthia, y se sacó del bolsillo una carta doblada y escrita a máquina para dictarle un número. El contable tomó nota y, como siempre, le preguntó por los niños, a quienes no había visto nunca, pero a los que en cierto modo conocía, y se despidieron.

Nadie en casa todavía. El cielo invernal empezaba a ponerse gris al otro lado de los cristales del cuarto de estar. Cynthia abrió una botella de vino, cogió un cigarrillo del paquete que escondía en la biblioteca, detrás del álbum de fotos de la boda encuadernado en piel, volvió a echarse el abrigo y salió a la terraza que daba al planetario. Se le fueron unos veinte minutos mirando los planetas inmóviles y escuchando la sinfonía de débiles sonidos que pasaba por silencio. Entonces, con espíritu caritativo, abrió el teléfono móvil y llamó a su madre.

Ruth pareció casi disgustada de oírla, aunque no menos disgustada de lo que se sentía ante cualquier cosa que irrumpía de improviso en su vida cotidiana, sin avisar, sin darle tiempo para prepararse.

—Estamos lo mejor que podemos —dijo—. Warren no anda bien de salud, como sabes.

No lo sabía; o quizá sí, en las conversaciones con su madre le costaba distinguir entre la realidad y los malos presagios.

—Dile de mi parte que se mejore.

—¿Cómo están los niños?

—Están muy bien. Y tan ocupados que apenas los veo. La cantidad de cosas que tienen que hacer para el colegio es brutal. —Hubo un silencio, y Cynthia intuyó cómo debía llenarlo—. Siento que no hayamos podido ir a veros.

—Quizá tampoco sea el mejor momento para visitas —dijo Ruth.

—Tienes razón —dijo Cynthia, malinterpretándola—. Es imposible hacer una escapada. A veces me pregunto qué necesidad tienen de trabajar tanto. Pero luego, la semana pasada, estuve en esa escuela pública del East Harlem y…

—Pero, Dios santo, ¿para qué?

—Por la asociación benéfica con la que colaboro. Estamos contribuyendo a montar un laboratorio de informática. De todas formas, no creas que…

—Tu educación fue siempre muy importante para mí —dijo Ruth—. Fue siempre lo primero.

Cynthia se rió sarcásticamente y dio otra rápida calada.

—¿Estás de broma? —dijo, exhalando el humo—. ¿Dirksen? Ese colegio era un bazar de drogas. Una de las profesoras de lengua se suicidó durante las vacaciones de Navidad. ¿Te acuerdas? Es un milagro que aprendiera algo en esa mierda de colegio.

Ruth cerró los ojos. Estaba intentando preparar algo para la cena, aunque probablemente Warren no probaría la comida; estaba tan enfermo que no se había levantado del sillón del cuarto de estar en todo el día excepto para ir al cuarto de baño, e incluso para eso tenía que llamarla. Ruth perdía parte de lo que le decía Cynthia porque cada vez que Warren tenía un acceso de tos sentía tal aprensión en el pecho que era incapaz de oír otra cosa.

—No sé qué esperabas —dijo—. No había dinero para colegios privados. Bastante hicimos con conservar la casa en aquel tiempo.

—Hay maneras de hacer las cosas —dijo Cynthia, y tiró el cigarrillo por encima de la baranda de la terraza, al oír girar una llave en la cerradura de la puerta principal —. Es sólo un cuestión de prioridades.

—Sí, como quieras —dijo Ruth—. Tú, desde luego, has sabido caer de pie.

 

Yo: hombre blanco soltero 27 años. Gran hincha de los Mets, buenos ingresos, sin miedo a la aventura. Dispuesto a plantearme una relación duradera, o, si lo prefieres, sin compromiso. Tú: atlética, entre 19 y 24 años, pelo largo. Sin miedo a actuar si la ocasión se presenta. Manda foto, p. f.

No incluyó, por supuesto, referencias a su cara, y en especial a su nariz, porque, aunque algunas la encontraban atractiva, la mayoría no, como había podido comprobar. Pero le parecía justo: tampoco había señalado lo que a él le gustaba o dejaba de gustarle en una cara: una sombra de bigote, por ejemplo, era un obstáculo insuperable. Le dio a Enviar y volvió a abrir el vídeo de Kasey en su apartamento, en California. Puede que fuera California. Las ventanas siempre estaban veladas, así que Kasey podía estar en Bayside, por lo que los suscriptores alcanzaban a ver. En ese momento estaba en la cocina, preparándose un batido. En la cocina, como en todas las habitaciones de la casa, había un ordenador portátil, cerca de la licuadora, para que Kasey viera, como las veía él, las peticiones que mandaban los tipos calenturientos: Quítate el sujetador. Mmm, ¿a qué sabe eso? Era bastante penoso. Unos meses antes, dejó de comunicarse con Kasey, pero seguía viéndola, y su tarjeta de crédito seguía notándolo.

Desearía mamada gratis es lo que debería decir su anuncio personal, si existiera algo parecido a un anuncio personal sincero. La gente contaba que existían mujeres por ahí, no muchas, pero sí algunas, que pensaban como los hombres, pero debía de ser un mito. La verdad es que su interés en una relación duradera era nulo: ésa era una de las cosas que tenías que decir si querías recibir alguna respuesta. Siempre estaba en tensión, pero, si uno lo deseaba, esa tensión podía canalizarse hacia lo sexual, con el alivio consiguiente. Siempre funcionaba, pero no por mucho tiempo. Debía combatir el exceso de tensión con que vivía.

Y entonces, como para castigarlo por pensar en esas cosas, el teléfono móvil sonó en el dormitorio. Tenía tres teléfonos, alineados sobre el tocador, pero adivinó por el sonido que lo llamaban al desechable.

—Qué hay, Devon —lo saludó Adam, y no sonó a pregunta—. Tenemos acciones de Bantex, ¿no? ¿Servicios financieros? Empieza a vender, poco a poco, con tranquilidad. Tenemos tiempo, un par de meses. Dosifícalo.

Era su mantra, siempre: dosifícalo. Sólo un número limitado de acciones en cada operación, porque superar ese número podía activar el radar de la comisión de vigilancia del mercado de valores.

—Ya —dijo Devon—. Pero oye, acabo de leer que van de maravilla.

Silencio.

—Lo sé, lo sé —dijo Devon—. Cuanto menos sepa, mejor. —Le pareció que Adam iba en un taxi—. ¿De qué hablamos entonces? ¿De cómo está la familia?

Adam se echó a reír, pero sin mala intención.

—Está bien, gracias. Escucha, sabes que no podemos hablar mucho tiempo. Y sé que alguien como tú, soltero y sin compromiso, tendrá cosas estupendas que hacer.

—Sin duda. Tengo una cita.

—Pásalo bien, amigo —dijo Adam, y colgó.

Nunca, jamás perdía el control, cojones. Por una parte, Devon se habría sentido mejor si hubiera percibido en su voz, al menos una vez, algo de pánico; pero, por otra, se habría sentido infinitamente peor. Con ese tío era como volver al instituto. Adam era uno de esos líderes que dominan cualquier situación y se llevan todos los premios, uno de esos tipos de los que te ríes sin piedad hasta el día en que te incluye en el grupo y entonces te conviertes en un gilipollas servil. Se veían muy de tarde en tarde —no más de tres o cuatro veces en el último año—, pero Devon terminaba siempre con una sensación de humillación por haber dicho a todo que sí como un esclavo.

Dejó el teléfono en el tocador y volvió a concentrarse en la pantalla, pero Kasey estaba en el cuarto de baño; también en el baño había cámaras, por supuesto, pero Devon puso mala cara y fue a la cocina a buscar algo de comer. Había gente verdaderamente perversa.

Habían recurrido a unos cuantos colaboradores —con vistas a dosificar—, amigos de Devon desde los tiempos peligrosos de Long Island, que ahora trabajaban en firmas más legales. Habían abierto cuentas a nombre de tías y primos, de cualquiera con la documentación necesaria, a través de las que ramificaban las operaciones. Para casi todos Devon era el jefe, el cerebro, aunque era obvio que sin información sólo formaban un grupo de soldados rasos con ambiciones. Otra vez tenía el estómago hecho una mierda. Probablemente porque no había comido, pero eso, se repitió, volviendo a abrir y cerrar el frigorífico, era porque no había nada que comer. Cogió del frigorífico la botella de vodka de pera y descubrió que en el armario quedaba medio paquete de patatas fritas con sal y vinagre. Listo. La cena.

Se sirvió un vodka y se sentó ante el ordenador. Kasey escribía algo en la mesa de la cocina —¿facturas pendientes?—, pero por lo menos se había quitado los pantalones, lo que resultaba prometedor. El apartamento de Devon tenía mucho de espartano, es decir, sólo contaba con un sofá y un televisor de pantalla plana, descomunal y nada caro, y una alfombra, descomunal y nada cara. Nada en las paredes. Compró una vez una foto del Golden Gate y la colgó encima del sofá, pero, mirándola, se había sentido tonto y pretencioso —¿qué coño me importa el Golden Gate?—, y la quitó. En el dormitorio había una cama, un tocador y un armario, y en el armario, arriba, bajo un panel, había una bolsa de deportes con cerca de ciento sesenta mil dólares. Ésa, pensaba Devon, era la verdadera fuente de sus problemas estomacales, aunque también tenía sus dudas: semejante idea era una estupidez absoluta, y el estómago dejaría de molestarlo en cuanto comiera de un modo equilibrado y se cuidara un poco más.

Volvió a la cocina, a tirar la bolsa de patatas, y cogió la botella de vodka. Empezaba a saberle a caramelos Jolly Ranchers. ¿Por qué tenía que apechugar con los trabajos más desagradables? Por dinero, solía contestarse, aunque cuanto más dinero ganaba, menos sabía cómo gastarlo, ni siquiera dónde meterlo sin llamar la atención. Jesús, con una buena mamada ya tendría de sobra en este momento, pensó. Había un servicio a domicilio a unas manzanas de distancia; tenía el número en el móvil. Llamó y preguntó si Teresa estaba disponible esa noche: así se quitaría el trabajo de la cabeza. Que le den por culo a Bantex, por lo menos hasta mañana. Era la paranoia de que lo estuvieran vigilando lo que hacía que se sintiera siempre mal. Estaba seguro de que los demás también se sentían fatal. Pero nadie los vigilaba, pensó mientras salía de la página de Kasey y devolvía la botella al frigorífico y recogía del suelo ropa sucia. El único que vigilaba era él. Para eso pagabas. Yo te veo, pero tú no me ves.

 

En Perini no se les daba importancia a los títulos académicos, pero existía una jerarquía natural y era respetada. La confianza que Sanford había depositado en Adam lo convertía, de hecho, en el número dos: pasaba la mayoría del tiempo fuera de la oficina, consiguiendo nuevos clientes para el fondo de inversiones, tomando copas con ellos, encantándolos, impresionándolos, seduciéndolos, hasta que se le entregaban, incluso después de algún excepcional paso en falso o en los siempre breves periodos de falta de liquidez. Exactamente lo que en otro tiempo hacía Sanford, y seguía haciendo, aunque ahora con menos ganas y reconociendo que la juventud entraba dentro del lote que los inversores querían que les vendieran. Y no es que Sanford pareciera mayor: sólo parecía más disoluto, un poco más hinchado y menos compacto.

Ninguno de los colegas sentía resentimiento porque Adam disfrutara del favor del jefe. La prueba de que no les molestaba eran las bromas continuas sobre la evidente y tardía conversión de Sanford a la homosexualidad. Había habido cambios en todos los puestos, por lo menos una vez desde la llegada de Adam, salvo en el suyo y en el de Bill Brennan. Parker había ido perdiendo importancia hasta verse obligado a marcharse, hacía ya casi tres años, y desde que dejó de ir a jugar al baloncesto Adam no sabía qué había sido de él. La atmósfera de la oficina, esencialmente fraternal, no había cambiado. Casi todos eran ya más jóvenes que Adam, pero Adam seguía corriendo más, levantando más pesas y bebiendo más que ellos, y, a pesar de que todos lo respetaban como a un superior, en lo verdaderamente importante actuaba como un igual. En su relevancia en la oficina había sin embargo algo esencial que nadie sospechaba, y esa ignorancia subrayaba la línea divisoria, que Adam valoraba, entre él y los demás.

Los viernes por la tarde solían convertirse en un adelanto del fin de semana de los empleados más jóvenes, todavía solteros, con cerveza, campeonatos de futbolín y desconexión generalizada de su adrenalínico yo profesional; pasaban la última hora de trabajo discutiendo por qué el bar en el que habían estado el viernes anterior era una mierda y qué sitio podían probar esa noche, y una tarde de primavera consiguieron convencer a Adam para que fuera con ellos a un cóctel en el Delacorte Theater, en Central Park. Un acto benéfico, para recaudar fondos. Brennan tenía invitaciones y todos querían que Adam los acompañara, hasta el punto de pagarle la invitación.

—No puedo beber mucho —dijo Adam—. Mañana es el cumpleaños de mi hijo.

¡Un motivo más para brindar! Ocuparon una mesa redonda en el escenario vacío y se aprendieron el nombre de la camarera que los atendía, Gretchen. Gretchen exhibía tatuajes muy provocadores y de mala gana admitió que era actriz, aunque se negó a decirles la edad, así que por consenso general decidieron que no tenía más de veintidós años.

—Dios mío, lo que yo daría por ese coño tan moderno —dijo Brennan.

—Porque sabes que no le gustas lo más mínimo.

—Sí —dijo—. Sí, porque no le gusto. Precisamente por eso.

Siguieron pidiendo copas, sólo para que Gretchen volviera a la mesa, y cada vez que Gretchen se presentaba sus intentos de ligársela resultaban más patéticos. Creían que su torpeza era divertida. Gretchen no les seguía el juego, pero era lo suficientemente profesional —advirtió Adam como para no demostrar su desprecio hacia aquellos tipos. Las propinas empezaban a ser escandalosas.

Sin saber cómo empezaron a apostar en serio si Gretchen tenía un piercing en la lengua. Volvía con una ronda de Maker’s para todos, excepto para Adam, que se admiraba de que Gretchen no les hubiera cogido ya un poco de miedo.

—Gretchen —dijo Brennan, muy serio—, no me malinterpretes, pero si abres bien la boca y dices Aaah, me haces rico.

—Buenas noches, caballeros —dijo Gretchen, sonriendo. Recogió los vasos vacíos y se alejó.

Al cabo de unos minutos Adam se levantó para irse a casa, provocando una oleada de preguntas sobre la solidez de su heterosexualidad. Pero en vez de salir por la puerta del teatro, se dirigió a la zona, bajo los palcos, donde habían instalado la cocina y el bar, y cuando dio con Gretchen, la chica puso los ojos en blanco y sonrió.

—No me prestes atención —dijo Adam—. Estoy contando tus tatuajes.

—No vas a poder contarlos todos —dijo Gretchen.

—Soy un hombre muy ocupado. Tengo que volver a la mesa pronto porque soy el encargado de los centros de flores. Vamos a plantarlos en Sheep Meadow, en Central Park. Apunto tu teléfono y me voy.

Se volvió y lo miró, inclinando la cabeza, como preguntando algo, y Adam hubiera dicho que no le divertía lo que acababa de oír, sino otra cosa.

—¿Has bebido mucho? —dijo Gretchen.

—Nada en absoluto. Sólo quiero volver a verte. No quiero vivir en un mundo en el que no podría volver a ver a una mujer como tú.

Se quedó mirándolo mientras el barman volvía a llenarle la bandeja.

—Ah, ya —dijo Adam, tocando la alianza—. Esto me lo quito ahora mismo.

Gretchen se rió.

—Déjatelo —dijo—. Me gustan los hombres casados. Todo es más sencillo. Estás felizmente casado, ¿tengo razón?

—No sabes hasta qué punto.

Gretchen le cogió la mano y escribió en ella un número de teléfono.

—Qué mundo, Dios mío —dijo Adam.

Veía ponerse el sol mientras cruzaba el parque y las sombras que dejaba atrás se disolvían poco a poco en la nada. No se daba prisa: probablemente fuera una de las noches más preciosas del año. En los raros momentos en que miraba atrás y reflexionaba sobre sus asuntos, el hecho de que no le estuviera robando a nadie era vital para el concepto que le merecía su profesión. El mundo de las inversiones no era un juego de suma cero: creabas riqueza donde no la había, y si lo hacías lo suficientemente bien la cosa no acababa nunca. Adam llevaba a cabo una iniciativa basada en esa idea, una demostración extraordinariamente audaz. ¿Por qué iba a permitir que le impidieran —o, peor, por qué iba a impedirse— poner en práctica lo que gracias a su espíritu emprendedor había sido capaz de conocer y sintetizar? Era algo que exigía, además, capacidad de liderazgo, porque un asunto como aquél no lo podías llevar solo, aunque quisieras. Para minimizar riesgos debía ganarse la lealtad y confianza total de Devon y de los amigos que reclutó en las agencias de corretaje de la ciudad. Y se la había ganado. Devon había demostrado ser un joven proclive a la ansiedad, pero, cada vez que parecía derrumbarse, a Adam le bastaban cinco minutos para devolverle la seguridad de que todo estaba bajo control.

Aquello ni siquiera era su principal fuente de ingresos, por lo menos ya no. Lo que ganaba en Perini había aumentado significativamente y con total merecimiento. Sus asuntos personales eran una especie de gratificación que se concedía a sí mismo. En el curso de su trabajo se enteraba de algo sobre determinada empresa, algo que no era de dominio público; a partir de esa información daba instrucciones a Devon de comprar o vender acciones de la empresa elegida, operaciones que se cargaban en treinta cuentas de poco volumen y a nombre falso, gestionadas por el propio Devon y compañía; esas cuentas transferían sus beneficios a distintos bancos de algún paraíso fiscal, y todas revertían sus fondos, en cantidades reducidas, al Royal National Bank of Anguila, en el que las normas de control protegían los intereses del cliente. Los beneficios de Adam en el último año no habían superado el medio millón. Era un buen margen, sin duda, y todo contribuía a mejorar la vida y el porvenir de su familia. Pero no dependían de ese dinero. Podía dar por terminado el asunto en cualquier momento y, en lo que afecta a la vida diaria, probablemente ni siquiera echarían en falta esos ingresos.

Pero no se trataba sólo de dinero. Más que por el dinero, que debía gastar con cuidado, lo hacía para demostrar su habilidad en el uso de información que quienes lo rodeaban no sabían aprovechar, demasiado tímidos o cortos de vista. Por ejemplo, hacía dos semanas, una noche en que Brennan y él se habían bebido un whisky en la oficina después de trabajar hasta muy tarde, se rieron a costa de un antiguo compañero de estudios y juergas de Brennan que trabajaba en Bantex y acababa de llamarlo por teléfono, acojonado porque en su trabajo todos habían recibido una citación para comparecer ante un gran jurado. Esto era lo que mantenía fresco el plan, su motor y su recompensa: la sensación de vivir en dos mundos a la vez, uno visible a los demás y otro invisible. Todos los días miraba a Sanford a la cara y confirmaba que el afecto cegaba de tal forma al viejo que ni siquiera lo veía a él.

En un parque infantil vacío Adam encontró una fuente y se lavó la tinta de la mano. No había intentado memorizar el número de teléfono, al que ni le había echado un vistazo. No era la primera vez que hacía algo parecido. Nunca había traicionado a Cynthia y nunca lo haría, porque hubiera sido una muestra de debilidad y de estupidez, y los riesgos mucho mayores que la recompensa. Pero de vez en cuando disfrutaba de la emoción de rozar el límite y de seducir a otra persona para cruzarlo juntos. Se imaginaba que a partir de ese punto todo habría sido facilísimo.

Al doblar a la izquierda en la calle Setenta y siete vio las ventanas de su casa, a la que se iba acercando; las únicas luces encendidas eran las del piso de abajo, el de los chicos. Tomó el ascensor hasta la otra planta y entró en el salón iluminado por la luna. No encontró ninguna nota, pero estaba casi seguro de que Cyn le había dicho adónde iba esa noche y de que lo había olvidado. Las cortinas flotaban hacia él en la franja que la puerta de la terraza dejaba abierta. Siempre podía poner la televisión, pero en ese momento a Adam le apetecía hablar con alguien; si hubiera sabido que volvía a una casa vacía, se habría quedado en la calle. Dejó la chaqueta en el sofá y bajó la escalera, detrás de la cocina, que llevaba al piso de abajo. Todas las puertas estaban cerradas, como siempre, pero del cuarto de Jonas salía algún ruido. Llamó con los nudillos; nadie respondió, pero no se interrumpió el ruido, así que volvió a llamar y entró. Cajas y papel de embalar inundaban el suelo, y encima del tocador de Jonas había un increíble tocadiscos y un disco de vinilo girando. Adam era incapaz de recordar la última vez que había visto uno. Jonas, que tenía puestos los auriculares, quitó los pies del escritorio y sonrió.

Adam señaló al tocadiscos y levantó las manos en un gesto de perplejidad. Jonas se quitó los auriculares.

—Mamá y yo hemos decidido adelantar la celebración de mi cumpleaños —dijo —. ¿No es maravilloso? Por cierto, gracias.

Adam se echó a reír, negando con la cabeza. Había dos sillas en el cuarto de su hijo y las dos estaban llenas de elepés, cuarenta o cincuenta, que el día antes no estaban allí.

—No se puede comparar el sonido —dijo Jonas—. Es muy cálido. Después de esto, jamás volveré al digital.

Adam se acercó al plato y comprobó qué estaba sonando: los Buzzcocks.

—¿April está en casa? —dijo—. He visto luz en su cuarto.

—Siempre la deja encendida. Está por ahí. Es la Reina de la Noche.

Adam se puso a ojear el montón de discos. Lo dejó un poco perplejo la cantidad de música que conocía. La importancia de los Clash era indiscutible, supuso, pero ¿seguían oyendo esas cosas los chicos de la edad de Jonas? Lo fundamental de la música ¿no era que cada edad tenía la suya? La música, para Adam, estaba ligada al tiempo: de un modo inefable funcionaba como banda sonora de la vida en el instituto y la universidad. Aparte de eso, jamás le había prestado atención. Los nombres que aparecían en los discos se iban volviendo, incluso, más viejos y oscuros: Televisión, Fairport Convention, Phil Ochs, los Stanley Brothers.

—¿Y tú? —dijo—. Es viernes por la noche. ¿No tienes ningún plan? ¿Ninguna cita?

Jonas puso los ojos en blanco.

—Sí, sí, todos tenemos citas estupendas —dijo—. Y luego iremos al club de la iglesia y a tomar soda de cereza.

A Cynthia le preocupaba últimamente que Adam y Jonas no estuvieran tan unidos como antes, y aunque Adam no lo tenía demasiado en cuenta —¿era saludable que un adolescente estuviera tan unido a su padre?—, era verdad que cada vez se parecían menos. Y al mismo tiempo su hijo tenía una vena espartana que Adam aprobaba y respetaba. Se había hecho vegano, por ejemplo, una forma de disciplina en beneficio del propio cuerpo, aunque Adam no lo habría imitado jamás, ni aun viviendo un millón de años. Pero, después de presidir virtualmente en sus tiempos de instituto todas las tendencias dominantes, el gusto de Jonas por el exilio le resultaba inevitablemente difícil de entender.

Puso uno de los montones de discos en el suelo y se sentó en la silla.

—Punk —dijo—. Es, incluso, de antes de mi época. No sabía que te interesara.

Su hijo asintió, como si fuera un catedrático o algo por el estilo, menos un signo de conformidad que de aceptación de la validez de la pregunta.

—Quizá sea el último movimiento auténtico de la música pop —dijo Jonas—. Fue emocionante mientras duró, cinco minutos más o menos.

—Pero ¿la gente de tu edad sigue oyendo esas cosas?

—La mayoría de la gente de mi edad —dijo Jonas— es idiota.

—Espera un momento. ¿No tienes un grupo? Seguís juntos, ¿no? Supongo que no tocáis canciones antiguas de los Sex Pistols.

—Ahora mismo ése es un tema delicado —dijo Jonas.

Adam levantó la mano para indicar que no hablarían más del asunto. Cogió un álbum de Flatt & Scruggs; no tenía ni idea de quiénes eran, pero por alguna razón, mirando los trajes que llevaban, el corte de pelo al rape y las sonrisas formales, le dieron lástima por lo muertos que estaban.

—No oíamos mucha música en casa —dijo—. El tocadiscos era como un campo de batalla. Tu tío Conrad y yo nos saltábamos todas las reglas, por el volumen, sobre todo. Creo que el límite era el nivel cuatro. Y nos prohibían seguir oyendo discos, se acababa la música ese día, esa semana, ese mes. No podíamos evitarlo. Oíamos alguna canción en la radio y, cuando llegábamos al punto de que no podíamos esperar unas horas a que la volvieran a poner, íbamos a comprarnos el disco a Walgreens o a cualquier otro sitio, y si era bueno subíamos el volumen, claro. Luego se nos olvidaba bajarlo, y al día siguiente papá ponía la radio para oír a Paul Harvey y el volumen le rompía el tímpano.

Jonas asintió como si aquella historia corroborara algo que siempre había sabido.

—La música de ahora es una mierda —dijo—. Es un producto industrial. Lo fundamental es ser famosos. No entiendo cómo la gente puede oír eso.

Lo fundamental en la adolescencia es exagerar; pero a Adam le daba tristeza oír a su hijo hablar así.

—Bueno, ánimo —dijo—. A lo mejor el punk está a punto de volver.

Jonas negó con la cabeza.

—Imposible —dijo—. Ese mundo ha muerto para siempre.

 

Aquel invierno Robin empezó a presentarse cada vez más a menudo en casa de los Morey. No siempre con April, ni siquiera avisando antes por teléfono; una noche se presentó en la puerta tan borracha que apenas se la entendía, y Cynthia, después de hablar un momento con ella en voz baja, la dejó entrar. Vivió prácticamente en la casa durante un tiempo. April no reaccionaba bien: cuando preguntó a voces por qué a Robin le consentían todo lo que no le consentían a ella, su madre la llevó a la terraza y le contó que a Robin la maltrataban en su casa, que una noche Robin había llevado a Cynthia al cuarto de baño, había cerrado la puerta y le había enseñado una serie de cortes y verdugones en el estómago y en el pecho producidos con el cable de un ordenador portátil. April se mostró muy afectada, pero la verdad vergonzosa era que ya había oído ese rumor y había pensado que sólo eran tonterías, que esas cosas no podían pasarle a nadie de su círculo. En sus momentos menos generosos incluso se había preguntado si Robin no estaría exagerando todas esas historias sobre los problemas familiares, no sólo por dramatizar, sino porque para ella la vida en casa de los Morey era como ir al spa: entraba y salía cuando quería, comía lo que le daba la gana, estudiaba o no estudiaba, según su capricho. Y April tenía que soportar sentirse culpable. Y sobre todo estaba decepcionada, confusa, porque Robin, que era su amiga, hubiera preferido hablar con su madre en vez de con ella.

Hubo una noche, incluso, en que el padre de Robin se presentó en la casa, sin avisar, para llevarse a su hija. Se montó un drama. El portero llamó y dijo que había un señor en el vestíbulo que quería subir. Cynthia se negó a que subiera. Dos minutos después el portero volvió a llamar. Los cinco, los Morey y Robin, reunidos en el recibidor, miraban en el vídeo las imágenes de la cámara de seguridad. Allí estaba el padre de Robin, con las manos en los bolsillos del abrigo.

—Dice que no piensa irse —murmuró el portero por el teléfono. Parecía descompuesto, entre el nerviosismo y el miedo de que algún incidente pusiera en peligro su trabajo.

—Pregúntale si va con alguien —dijo Cynthia a Adam, y, al oír que no, lo dejó subir.

Le dijeron a Robin que bajara al cuarto de April, pero no quiso; se quedó en el salón, lo más lejos que pudo de la puerta, aunque sin perderla de vista, como si su padre tuviera los brazos increíblemente largos. El padre les llevaba a Adam y Cynthia más de veinte años, lo que parecía aumentar el desprecio que le merecían.

—¿Puedo entrar? —dijo en la puerta, y April se quedó con la boca abierta cuando su madre contestó que no.

Cuando vio a Robin en el salón, al fondo del recibidor, detrás de un sofá, suspiró.

—Esto es ridículo —dijo—. Tienes quince años. No te hemos dado permiso para que estés aquí. Coge tus cosas.

Robin no contestó.

—Nosotros le hemos dado permiso para que esté aquí —dijo Cynthia—. Quizá debería preguntarse usted por qué se siente más segura aquí que en su casa.

Al principio hizo como si no existiera, fijos los ojos en su hija. Pero de pronto le dirigió a Cynthia una mirada fulminante. A April le llamó la atención que su padre no interviniera. La mayoría de los maridos lo hubiera hecho, aun sin saber bien por qué. Pero era evidente que, como ella, su padre intuía que si alguien necesitaba protección en ese momento, era ese hombre viejo, con el pelo plateado peinado hacia atrás y sus gafas de montura metálica.

—Sé quién es usted —le dijo a Cynthia—. Todos los padres hablan de usted. Le gusta jugar a que es una chica más. Es la madre más joven, pero también la que menos acepta envejecer. No sé qué clase de fantasías tiene en la cabeza, pero tampoco me interesa lo más mínimo.

—Ya ve el interés que demuestra su hija en tener algo que ver con usted —dijo Cynthia—. Puede estar orgulloso. Mientras se sienta en peligro, aquí será bienvenida. Ella decide. Punto.

Aunque supieras que a veces los padres se hablaban así, oírlos resultaba increíblemente transgresivo. April se volvió y sorprendió a Jonas mirando.

—Tiene quince años —repitió el padre de Robin—. Es una cuestión legal. Si no la dejan venir conmigo, habrá que llamar a la policía. Llevo viviendo en Nueva York mucho tiempo y conozco a bastante gente.

—Bueno, acaba de pronunciar la palabra mágica —dijo Cynthia, con una sonrisa. Se acercó un paso—. La policía. Si quiere que vayamos, iremos. Le hice fotos a Robin la última vez que se presentó aquí.

Algo cambió entonces, no en la cara del hombre, sino a más profundidad, pero, aun así, April lo percibió. Sabía que no podía intimidar a Cynthia y probó de nuevo a atemorizar a su hija, llamándola por encima del hombro de Cynthia, diciéndole que le habían perdonado muchas cosas pero que ésta no se la perdonarían. Cuando se fue, los cinco se quedaron a ver la televisión, sin dormir en toda la noche, a la espera de que pasara algo, sin saber bien qué podía ser. Pero no pasó nada.

Al día siguiente, en el colegio, la historia era de dominio público. Robin y Jonas no hablaron, pero probablemente April se lo contó a unos cuantos. Eso corroboró la idea, ya muy extendida, de que los padres de April eran los padres más estupendos de la tierra. Y la desgracia de Robin, como todas las desgracias, le granjeó un aura de respetabilidad, incluso una especie de celebridad.

Pero, al final, Robin volvió a casa. O se había enfriado la situación, o Robin se conformaba con simular que se había enfriado. Es lo que pasa con las familias: cuando, por la razón que fuera, decidían cerrar filas, no había forma de enterarse de nada. En el colegio Robin se comportaba como siempre, riéndose, participando en los deportes, siempre rodeada de chicos; quizá un poco empalagosa, a gusto de April, pero no como para disparar las alarmas. Si fingía, se engañaba a sí misma tan eficazmente como engañaba a todos. April se dio cuenta de que la única a quien le costaba superar aquel asunto era su madre. Robin había dejado de contestar a los mensajes de Cynthia y, cuando contestaba, su tono era decepcionantemente alegre y distante. No se trataba sólo de que Cynthia no se creyera que todo se había arreglado: no parecía querer creérselo. Más de una vez April volvió del colegio y se encontró a su madre en la mesa del salón, llorando ante una taza de café.

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