Los privilegios

Jonathan Dee · Capítulo 3 de 6 · parte 1/3

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Los privilegios

Capítulo 2

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

2

 

El tiempo avanzaba de dos maneras a la vez: mientras el paso de los años era derrochador y misterioso, y arrasaba su juventud a traición con la insensibilidad de un gran engranaje diabólico, los años también se componían de días que parecían interminables y goteaban caprichosamente como una tortura infernal. Dos semanas transcurrieron, por ejemplo, entre el final del campamento de verano para los niños y el comienzo del colegio. A Cynthia, al principio, le sobraban las ideas, pero después del zoo, el acuario, el Museo de los Niños, el paseo en el barco turístico de Circle Line y el otro zoo, aún quedaba una semana. Y entonces empezó a llover.

Llevaban dos días sin salir de casa y April y Jonas, de seis y cinco años, no inventaban nada, ni juntos ni separados, que no terminara en una pelea a muerte cada diez minutos. Cynthia, sentada en la cocina con una revista, los oía gritar en el dormitorio. Hija única, no tenía experiencia en ese tipo de conflictos; se los tomaba demasiado en serio, así que hacía lo posible por mantenerse a distancia. No era raro que perdiera la paciencia y acabara castigando a los dos indiscriminadamente en nombre de la imparcialidad. Y, a pesar de eso, en aquel momento los niños gritaban más fuerte con el propósito de obligarla a intervenir. Se oyó algo que podía ser una bofetada, y Jonas empezó a dar alaridos, y Cynthia salió disparada de la silla y cuando volvió del cuarto de los niños les había dicho que la televisión se había acabado ese día, una decisión estúpida y espontánea que sabía que les dolería pero que, en realidad, iba a dolerle a ella porque ni siquiera eran las dos de la tarde y no pensaban salir y ahora el día pasaría tres veces más lento para todos.

La cocina daba al patio interior del edificio, una columna de lluvia. Veía borrosas a través de la lluvia las otras cocinas, casi todas con la luz apagada. Cynthia y Adam habían contratado a tres niñeras en los dos años que siguieron al nacimiento de Jonas, pero no habían tenido suerte; una pasó dieciocho días de baja por enfermedad durante los dos primeros meses, y otra era tan despistada que una vez se le cerraron las puertas del autobús con ella fuera y los niños dentro, aunque los otros pasajeros empezaron a gritar antes de que el conductor se pusiera en marcha. Y cuando la tercera, a la que todos querían, volvió a Filipinas sin previo aviso, April lo sintió tanto que durante dos semanas durmió todas las noches en la cama de sus padres. Y Cynthia, que trabajaba a tiempo parcial, decidió arreglárselas sola durante algún tiempo, porque no quería que sus hijos tuvieran que soportar otra vez algo así. Se supone que la sensación de pérdida no debería afectar a la infancia. Habían pasado tres años desde entonces.

April salió del cuarto de los niños al cabo de un rato y se apoyó en el antebrazo de su madre.

—¿Sigue lloviendo? —dijo con voz cansada, de persona mayor. Cynthia asintió y apoyó la mano en la cabeza de April—. ¿Hoy no vamos al parque? ¿No compramos batatas? ¿Qué vamos a hacer entonces?

April suspiró. Se le estaba afilando la cara —la de su hermano era todavía redonda como una pelota—, y tenía la boca pequeña y la mirada despierta del padre. Leía muy bien para su edad, y Cynthia cerró el Vogue que estaba hojeando y lo dejó boca abajo en la mesa.

—¿Jugamos a las cartas? —dijo April.

Jonas lo oyó; April intentaba siempre desanimarlo para que no jugara, inventando nuevas reglas dificilísimas, pero eso no estaba bien, y Cynthia decía: «Claro que puede jugar», sólo para evitar el lamentable tono quejumbroso de sus voces, que superaba todas sus defensas y hacía que su propia voz sonara de una manera que daba miedo. Lo veía en las caras de los niños cada vez que pasaba una cosa así: eran como un espejo en los momentos de debilidad de Cynthia, y cuando se iban a la cama se sentía fatal, mientras Adam le frotaba la espalda con tan pocos resultados que sólo empeoraba las cosas.

Las manos de Jonas eran pequeñas y se le cayeron las cartas en la mesa.

—¡Es un nueve! —dijo April.

—No —dijo Jonas mientras recogía las cartas.

—Te he pedido un nueve y me has dicho que no lo tenías —dijo April, enfadada —. ¡Mamá!

—No es verdad —dijo Jonas—, era un seis. Y es trampa mirar las cartas de los demás. Lo ha dicho mamá, tramposa.

—¡Se te han caído delante de mí! Y es un nueve, tú lo ves al revés, pero yo…

—¡No!

—Dios mío, ¡eres idiota!

Eran dos palabras que merecían que la castigaran, y Jonas miró a su madre en vilo, pero pasó algo raro: su madre estaba llorando. Los niños callaron, asustados, y Cynthia hizo todo lo posible por no asustarlos más, pero no era tan fácil.

—Lo siento —dijo.

—No pasa nada —dijo April, pensativa.

—Claro que no —dijo Jonas. Y, rescatando de su experiencia en el parvulario una frase que le habían enseñado para resolver conflictos pero que nunca había llegado a usar, dijo—: ¿A qué quieres jugar tú?

Cuando eran tan cariñosos tenías que aprovecharlo, tenías que hacer o decir algo para que no te vieran llorar de verdad. Cynthia dijo:

—Quiero jugar al póquer.

—¿Al póquer? —dijo April, arrugando la nariz con un efecto cómico. Había visto un gesto de travesura en la cara de su madre, algo que sugería una vuelta a la normalidad, y no quería desperdiciar la ocasión—. ¿Cómo se juega?

—Bueno, hay muchas maneras, pero voy a enseñaros una fácil. Coged el cuenco de monedas que tiene papá en la cómoda.

Empezó a barajar las cartas como una profesional, algo que les encantaba a los niños. Hacer montones iguales de monedas de uno, diez, cinco y veinticinco centavos les ocupó bastante tiempo, el suficiente para que Cynthia se sintiera fuera de peligro.

Les enseñó a jugar al póquer con las cinco cartas tapadas, y cuando entendieron lo básico —pareja, doble pareja, trío—, pasó a las apuestas. Sirvió una mano, y Jonas, desplegando sus cartas, levantó el puño y exclamó:

—¡Bien!

—No voy —dijo Cynthia automáticamente antes de añadir, más amable—: Ahora vamos a aprender lo que se llama cara de póquer. No puedes cambiar de cara en ningún momento, como una estatua. Así mantienes en secreto tus cartas, hasta el final, cuando hay que enseñarlas.

Pero eso iba contra la forma de ser de los niños, que torcían el gesto y refunfuñaban cuando no les tocaban las cartas que esperaban, y se contoneaban y abrían los ojos de par en par cuando recibían buenas cartas. A Cynthia le había emocionado tanto la generosidad de los niños, que habían sugerido jugar a todo lo que quisiera mamá, que no quería regalarles la victoria. Quería comportarse con equidad: no quería perder a propósito para contentarlos, ni ganarles alguna mano para enseñarles otra lección patética sobre saber perder. Y no jugaban con el dinero de los niños. Estaban entusiasmados, y mientras durara el encantamiento volarían las horas y quizá, por lo menos, no pasaría la tarde pendiente de la puerta, a la espera de que su marido llegara a casa.

Así que volvió a mandar a April a buscar en la cómoda de Adam, esta vez en el primer cajón, y April volvió con dos pañuelos rojos. Cynthia sabía dónde estaban porque los había usado para atar las manos de Adam a la cabecera de la cama, aunque parecía haber pasado mucho tiempo desde entonces. Les dijo a los niños que se acercaran y les cubrió la cara hasta los ojos con los pañuelos como si fueran ladrones de bancos. Luego los mandó al dormitorio para que se miraran en el espejo, desde donde inmediatamente le llegaron gritos de júbilo. Jonas entró en la cocina corriendo, haciendo como si le disparara.

—¡Manos arriba! —dijo.

—Vuelve a sentarte, socio —le respondió Cynthia—. Si quieres mi dinero, tendrás que ganarlo honradamente. El nombre de esta manera de jugar al póquer — dijo, repartiendo las cartas— es Jacks or Better.

Pidió una merienda cena por teléfono —sándwiches de pollo, patatas fritas, una bolsa de galletas Milano, incluso un vaso pequeño de Coca-Cola para cada uno, algo que normalmente les estaba prohibido—. Cualquier cosa para mantenerlos entretenidos en la mesa. Los pañuelos no bastaban, porque la expresión de los ojos de los niños los delataba, así que Cynthia fue a su dormitorio y volvió con dos gafas de sol, las suyas y las de Adam, y consiguió apoyarlas en las orejas infantiles. Parecían dos Unabombers en miniatura, pero por lo menos ahora el juego sería menos desigual. Nunca, jamás pasaban, aunque les había explicado más de una vez esa posibilidad, pero, aun así, en cierto momento de la tarde vio con emoción que los niños le habían ganado tres dólares.

Luego empezaron a dejar de prestar atención. Jonas dijo que se aburría y la palabra infló el pañuelo rojo. El deseo de April de contentar a su madre era mucho más fuerte, pero entre mano y mano apoyaba la cabeza en la mesa.

—¿Por qué no vamos al parque? —preguntó Jonas.

Cynthia echó un vistazo a las ventanas del patio interior para confirmar que seguía lloviendo, y algo la obligó a volver a mirar: vio a una de sus vecinas —una mujer mayor; no la conocía—, que, con desvergüenza y mala cara, los observaba a ella y a sus hijos enmascarados desde la ventana de la cocina de enfrente. Lo peor — advirtió Cynthia— es que estaba hablando por teléfono.

—¡Eh! —dijo Cynthia. Se levantó y abrió la ventana de la cocina lo poco que le permitían los dispositivos de seguridad para los niños. Asomó medio cuerpo y gritó —: ¡Eh! ¿Qué mira?

Envalentonado por el ímpetu de su madre, dispuesto a defenderla aun sin conocer el origen del ataque, Jonas corrió a su lado, levantó una esquina del pañuelo y chilló:

—¡Sí! ¿Qué mira?

Cynthia se volvió; se miraron y, durante unos segundos, en el instante que siguió a lo que normalmente hubiera sido considerado una transgresión grave, no estuvo claro qué rumbo tomarían las cosas. Pero por fin Cynthia lo aprobó con la máxima nota.

—¡Muy bien dicho! A nuestra familia no la mira nadie.

La mujer de la ventana levantó las cejas espantada y se quitó inmediatamente de en medio. Había dos ventanas en la cocina: Cynthia abrió la otra y los niños se asomaron.

—¡Vete a mirar a otros, bruja! —gritó Cynthia por la ventana del patio.

—¡Vete a mirar a otros, bruja! —repitieron los niños como un eco, fuera de sí.

—¡Métete en tus cosas!

—¡Métete en tus cosas!

Entonces Cynthia se puso de pie en el alféizar y se agarró al marco de la ventana. No era peligroso, creía, aunque poco la separaba del patio. April, demasiado contagiada por la euforia de su madre como para asustarse, subió a Jonas al otro antepecho, y allí se instalaron los dos, cogidos por la cintura.

—¡Nuestra familia es la mejor! —gritó Cynthia, y su aliento empañaba el cristal.

—¡Nuestra familia es la mejor!

Entonces algo se movió en la luz reflejada en el cristal que Cynthia casi rozaba con la nariz; volvió la cabeza y allí, en la puerta de la cocina, estaba Adam. Todavía llevaba puesto el impermeable, goteante. No podía asegurarse cuánto había oído, pero levantaba cautelosamente la cabeza, como un perro. Cynthia saltó al suelo, con la respiración agitada. Los niños la imitaron y se pegaron a ella, con sus pañuelos y las gafas de sol. Tensaba las aletas de la nariz, conteniendo la risa. Puso las manos en los hombros de sus hijos.

—Hola, cariño —dijo con voz alegre—. Los niños y yo estábamos jugando al póquer.

 

A los cuatro años de trabajar para Morgan Stanley, negocio de tales dimensiones que los verdaderos jefes de Adam sólo existían en el ámbito del chisme y el rumor, una sensación de estancamiento tóxico había empezado a irritarlo cada mañana cuando llegaba a la oficina. No eran sólo figuraciones suyas; en los últimos tiempos había habido ascensos a su nivel y a niveles superiores, y si preguntaba sobre el asunto, lo único que le respondían una y otra vez era que quizá se trataba de compañeros especialmente tontos o lameculos, pero que tenían una licenciatura en Administración de Empresas, todos. Que una cosa así impresionara a alguien le resultaba incomprensible. En teoría, debería pedir una excedencia temporal y volver a la escuela de negocios: muchos de los empleados de la firma lo habían hecho a su edad, pero era gente sin hijos que mantener, y en cualquier caso Adam carecía de la suficiente serenidad para dar un paso atrás que podría o no podría desembocar en los proverbiales dos pasos adelante. Había trabajado mucho para llegar donde estaba y no cedería terreno por su propia voluntad. El mundo de los negocios se movía en un único sentido, principio que no admitía discusión. Cynthia y él confiaban plenamente en su futuro, no como una variable sino como una meta; todo lo que Nueva York dejaba vislumbrar de las vidas que habían alcanzado el auténtico éxito, la gama misteriosa de sus experiencias, les provocaba menos envidia que impaciencia.

Así que llamó a un tal Parker, con quien había jugado alguna vez al baloncesto en Chelsea Piers, lo invitó a comer, y dos semanas después Parker lo había colocado en Perini Capital, grupo especialista en capital riesgo, respaldado por cantidades ingentes de dinero, pero con tan pocos empleados que Adam conocía a todos por su nombre al final de su primer día de trabajo. La verdad es que el salario, por lo menos sin bonificaciones, era ligeramente inferior al que cobraba en Morgan, pero no era ésa la cuestión. Lo que importaba eran los objetivos en potencia, además de su visión de lo que debía ser un trabajo: un equipo de amigos luchando por hacerse ricos juntos. Ni jerarquías ni especializaciones; estaba el jefe y luego todos los demás, y el jefe, Barry Sanford, apreció a Adam desde el primer momento. Sanford era un libertino de pelo blanco que iba por la cuarta esposa y le había puesto a la empresa el nombre de su barco. A todos les resultaba evidente que veía en Adam algo de sí mismo cuando era joven, y Adam no se ofendía, aunque personalmente no encontraba el parecido. El único inconveniente del trabajo era que exigía viajar: pasar alguna noche en Iowa City, o en algún sitio por el estilo, para sondear a un grupo de individuos convencidos de que su negocio merecía ser más grande de lo que era. Y las bailarinas de striptease: por alguna razón, esos señores creían que las strippers eran la lengua franca de los financieros serios. La verdad es que Adam conocía pocas cosas en la vida tan aburridas como una noche en el mejor club de striptease del último rincón del mundo, pero les seguía la corriente, porque su trabajo era hacer que aquellos individuos lo admiraran, algo en lo que sobresalía.

Sus compañeros de Perini, incluido Parker, seguían solteros; tomaba alguna copa con ellos a la salida del trabajo, pero cuando la noche empezaba a convertirse en otro tipo de noche, se disculpaba y se iba a casa. Y, sin embargo, el nuevo ambiente —la informalidad y la irreverencia, la decoración de club privado, el futbolín, la impresión de que no los unía un aburrido espíritu de empresa sino los límites de su propia creatividad— le parecía perfecto; sentía que aquél era su mundo. Lo que más le gustaba, aunque no se lo dijera a nadie aparte de a Cynthia, era que en el sótano del edificio, en la Novena Avenida, había una piscina. Siempre que no tenía una comida de trabajo, Adam bajaba en el ascensor, colgaba el traje en el vestuario y nadaba hasta la extenuación. Alguna vez ocupaba la zona menos profunda un grupo de niños con flotadores —una de las firmas más importantes del edificio disponía de guardería propia—, pero casi siempre toda el agua era suya: el eco de sus brazadas resonaba en las paredes y sentía con fuerza en los oídos el latir de la sangre. Era como si estuviera robando. Luego se duchaba, se ponía el traje y volvía a su mesa de trabajo. A veces le encargaba a la recepcionista, Liz, que le pidiera algo para comer, pero otras se saltaba el almuerzo y le bastaba la adrenalina para aguantar hasta la cena. Nunca en su vida había estado en mejor forma, lo que contribuía a mejorar su rendimiento en el trabajo, porque razonaba mejor cuando estaba un poco cansado.

 

En el colegio la primera tarea de April fue aprender a estimarse a sí misma. Empezaron con autorretratos, de cabezas enormes, en los que el cuerpo era una idea adicional y merecía el mismo espacio en la página que una nariz o una oreja. Los retratos lucían una amplia sonrisa de dientes torcidos, no porque los dientes de los niños estuvieran torcidos, sino porque eran difíciles de dibujar. Hacían listas de las razones por las que se gustaban, listas de las cosas que hacían bien y de las cosas que estaban decididos a mejorar. Enumeraban lo más agradable de sus casas: animales domésticos, hermanos y hermanas, juguetes favoritos, lugares favoritos. Una de las niñas dijo que su lugar favorito era París, pero April creyó que se refería a la París imaginaria de los libros de Madeline. Su lugar favorito era la cama de sus padres, pero sin sus padres, sola, con unos cuantos peluches, un zumo y una película de Disney en la televisión. Soñaba a menudo con esa situación, aunque normalmente tuviera que ponerse enferma para disfrutarla. Algo le decía, sin embargo, que aquello habría sido considerado una niñería, así que dijo que su lugar preferido era el tiovivo del Central Park.

El trabajo con los nombres resultó menos feliz. Un nombre, les dijeron a los alumnos, tiene una historia secreta; puede conectarte con el país del que emigró tu familia, o con el idioma o la religión de ese país, e incluso con tu propia familia y con los seres queridos que ya no están. Te permiten saber que no eres un fenómeno único, sino el resultado de un proceso, una culminación, la rama más alta de un árbol majestuoso. Con la tarea de investigar cuando llegara a casa por qué se llamaba April Morey, vio cómo sus padres intercambiaban una mirada rápida antes de que le contestara su madre.

—Bueno —dijo Cynthia, bajando el volumen del televisor—, papá y yo pensamos en muchos nombres. Nos sentábamos en el sofá del apartamento donde vivíamos entonces, cuando yo estaba embarazada de ti, y pronunciábamos los nombres en voz alta para ver cómo sonaban. Y nos gustaban algunos, pero nos quedamos con April. April Morey. Fue el que nos pareció más bonito.

Su padre sonrió y acarició la pierna de su madre.

—¿Y ya está? —dijo April.

Parecían tan confundidos como ella.

—Además —dijo su padre, adelantándose en el sofá—, no es un nombre muy común. No hay muchas April en el mundo. Buscábamos un nombre que fuera tan especial como tú.

¿Le habían puesto April no por alguien que se llamara así sino porque nadie se llamaba April?

—¿No ha habido ninguna otra April en nuestra familia? —preguntó. Sus padres volvieron a mirarse y dijeron que no con la cabeza—. ¿Por qué no me pusisteis el nombre de algún ser querido?

—¿Un ser querido? —repitió su padre.

April asintió.

—Un ser querido muerto. Es lo que hace mucha gente. O el nombre de alguien del país de donde era nuestra familia.

Su madre le dio un puñetazo a su padre en el muslo y fue, algo que a April le llamó mucho la atención, porque su padre había estado a punto de echarse a reír.

—¿De dónde venimos? —les preguntó—. ¿De qué país?

Lo más increíble era que no parecían estar muy seguros. Adam sabía que la familia de su padre había llegado de Inglaterra, pero no sabía exactamente de qué parte de Inglaterra, ni cuántas generaciones habían pasado desde entonces; la familia de su madre era en parte alemana y en parte holandesa. Cynthia sabía que los antepasados de su padre eran rusos, a no ser que también le hubiera mentido sobre eso, y, en lo que concernía a los abuelos maternos, su madre se había negado siempre a hablar del asunto.

—¿El mes de abril tenía algo especial? —preguntó April. No tenía nada especial. En ese mes no había sucedido ningún hecho histórico, no se celebraba ningún aniversario, ningún nacimiento, aunque le explicaron que si April hubiera nacido en abril, le habrían puesto otro nombre.

—¿Cómo me hubierais llamado? —insistió. La revelación de que ella, April, podía haber sido perfectamente Samantha, Josephine o Emma, de que la solemne cuestión de su identidad sólo dependía de la casualidad, le sentó muy mal. Se daba cuenta de que sus padres se sentían de pronto incómodos, pero se había enfadado con ellos y no le importaba. Seguían hablando de belleza, pero era una belleza que le resultaba incomprensible, y ni siquiera estaba segura de que su profesora considerara aquello una respuesta satisfactoria a la tarea que le había puesto.

A la señora Díaz le pareció bien, por supuesto, pero fueron inevitables los celos ante los trabajos sobre sus nombres de los otros alumnos, largas composiciones que acabaron colgadas de la pared, sobre las taquillas, historias de parientes honorables, idiomas extraños y ritos religiosos transmitidos de generación en generación. April tenía la sensación de que su familia venía de la nada y, aún más desconcertante, de que a sus padres les parecía estupendo.

El siguiente ejercicio se ocupaba de las tradiciones familiares. La profesora se esforzó en explicar esa idea lo mejor que pudo, pero ¿qué tradiciones tenía la familia de April? Incluso era difícil que repitieran lo mismo dos veces. No tenían una casa solariega a la que regresar, no frecuentaban ninguna iglesia (mamá iba a la iglesia de niña, pero April le había oído decir que era algo que no soportaba y que se alegraba mucho de no haber vuelto jamás), no tenían ningún sitio preferido al que les gustara ir, y haber estado de vacaciones en algún lugar como Nantucket, Vail o Disney World, aunque lo hubieran pasado bien, suponía una razón para no repetir el viaje. Ni siquiera ponían cada año el árbol de Navidad en el mismo sitio. April conocía tan poco a sus abuelos que los confundía cuando intentaba recordarlos y le daba vergüenza hablar con ellos por teléfono. Tenía un único tío y ninguna tía, como no fuera una a la que su madre llamaba tiastra, y a la que sólo había visto en el álbum fotográfico de la boda de sus padres.

Muy pronto la tarea escolar cambió completamente de sentido en la mente de April: lo que era un ejercicio de descubrimiento personal se convirtió en una confusa búsqueda de algo que mereciera la admiración de la señora Díaz, por la que hubiera dado la vida. Parecía perfectamente justificable empezar a inventarse cosas. Escribió que su familia iba todos los domingos a la catedral de Saint Patrick, y que estaban preparando un viaje a Jerusalén para Navidad. Su abuela materna, que se llamaba May, perdió a sus padres cuando era muy joven, pero valerosamente había hecho el viaje en barco de Holanda a América. Todos los veranos April y sus primos se reunían en la casa que la familia tenía en la montaña, en New Hampshire. Era tan grande que algunos de sus antepasados, antiguos pioneros, estaban enterrados en un pequeño cementerio que había en la propiedad.

Mudos por la sorpresa, Adam y Cynthia leyeron esos cuentos en la pared de la clase, pegados bajo el autorretrato de su hija, la noche de la reunión con los padres. Era imposible que la profesora de April se hubiera creído semejantes tonterías, ¿no? Pero las había expuesto con las otras páginas, trabajosamente escritas a mano, de ortografía insegura, historias de perseverancia en la dificultad. En esos actos escolares, Adam y Cynthia siempre creían llamar la atención, la pareja más joven en el aula: a los veintinueve años seguían siendo sorprendentemente jóvenes para ser padres, por lo menos para lo usual en Manhattan. El mejor amigo de Jonas en el parvulario se había quedado con ellos un fin de semana porque su padre llevó a Londres a su madre con motivo de su cincuenta cumpleaños. Cada vez que había reunión de padres en el colegio, Adam y Cynthia formaban una especie de generación aparte, y en ese contexto no era difícil que sintieran un malestar básico por meterse en problemas que ni siquiera entendían. Cuando la señora Díaz, inmersa en una conversación con algún padre lo bastante mayor para poder ser también su padre, les sonreía desde el otro extremo del aula como diciéndoles que estaría con ellos en un momento, le devolvían la sonrisa muy afectuosamente y, en cuanto dejaba de mirar, Cynthia le daba un codazo a Adam y se largaban a toda prisa.

 

Cuando dejó de trabajar fuera de casa, como suele decirse, los niños estaban aprendiendo a andar y no tenían sincronizadas las horas de sueño, y el cerebro de Cynthia se concentraba prácticamente sólo en ellos; incluso prescindiendo del cansancio físico, ya suponía una lucha encontrar un mínimo espacio interior para sí misma, un mínimo espacio en el que ser ella, estando sus hijos tan presentes, y siendo tan exigentes y vulnerables en cada momento del día. Los únicos ratos que sentía verdaderamente suyos llegaban de noche, muy tarde, cuando todos dormían y ella se quedaba levantada y veía una película en la televisión saboreando el único cigarrillo del día, echando el humo por la ventana; pero hasta eso tenía un precio, porque el sueño perdido hacía que al día siguiente le costara más trabajo mantener la abnegación.

Pero ahora los niños habían crecido, la jornada escolar era más larga, y Cynthia decidió que podía empezar otra vez desde el punto donde se había detenido y volver a trabajar. Si se hubiera detenido a pensarlo, no se habría tomado la idea tan al pie de la letra. Su primer y único trabajo en Nueva York, desde el verano en que dejó la universidad hasta el nacimiento de Jonas, había sido como ayudante de redacción en una revista de moda, llena de publicidad, que se llamaba Beauty, y a falta de otra cosa que le apeteciera especialmente probar, pensó que podría volver. Fue una equivocación lamentable. Sus mejores recuerdos de Beauty consistían fundamentalmente en algunos ratos de chismorreo eufórico a la salida de la oficina, después de tomar unas copas con los compañeros. La mayoría de aquel inteligente grupo de homosexuales masculinos y mujeres jóvenes se había despedido hacía tiempo, como Cynthia, aunque uno o dos habían resistido e incluso habían conseguido figurar en la cabecera del periódico. El único modo de hacer carrera en el mundo de las revistas era convertirte en un condenado a cadena perpetua. La nueva jefa de la sección de opinión era una compañera con la que Cynthia solía comer en algún sitio barato en los tiempos en que para ser felices bastaba con acabar el día sin que te gritara alguien importante. Se llamaba Danielle. Cynthia le dejó un mensaje a la ayudante de Danielle, y una ayudante distinta la llamó por teléfono y la citó para el lunes siguiente a las once y media, y cuando fue, encontró a Danielle de pie, parapetada tras la mesa de su despacho, incómoda y con una mirada de condescendencia que lo decía todo.

Pero ya no podían retroceder. Cynthia, humillada y de mal humor, deseando irse antes incluso de que Danielle volviera a sentarse, le enseñó fotos de April y Jonas. Danielle le contó la historia de su ruptura amorosa. Recordaron a gente con quien habían trabajado. Cynthia no tenía ni idea de qué había sido de ellos; Danielle lo sabía todo de todos. Era posible establecer un nexo entre la muñeca poderosa y despótica en que se había convertido y el peón emocionalmente manipulable de otro tiempo, pero costaba. Por fin, con reticencia mutua, pasaron al tema fundamental.

—Venga, Danielle —se encontró diciendo Cynthia—. Soy inteligente, no regateo esfuerzos y sé distinguir una buena idea de una cagada. Si eso era verdad hace tres años, ahora no puede ser mentira. Los hijos no te vuelven idiota, lo sabes, ¿no? Y quizá puedas sacar de ahí un buen reportaje de investigación.

Lo que la retenía, más allá de lo que aconsejaba el buen sentido, era imaginarse la cara de pena, alivio y consternación que pondría Danielle en el momento en que se cerrara entre las dos la puerta del despacho. Pospuso ese momento cuanto le fue posible, aun a costa de terminar casi mendigando.

—Lo que puedo ofrecerte no lo aceptarías —le decía Danielle, y tenía razón. Cynthia no lo aceptaría, pero le resultaba todavía menos aceptable que le hablara como si fuera una niña alguien que había sido su igual y ahora se atrevía a decirle lo que debía aceptar o no aceptar. Por fin, decidida a quemar todos los puentes, escribió «cómeme el coño» al principio del currículum que había llevado, lo dejó caer en la mesa de Danielle, y se fue.

En la calle se acordó de pronto, inútilmente ya, de una noche de hacía seis o siete años, a la salida del trabajo, cuando Danielle estaba tan borracha —Cynthia, entonces embarazada, no había bebido ni una gota— que empezó a ligar con un camarero, que era un auténtico trol, y Cynthia se encargó de llevarla a casa en un taxi. Perros de peluche cubrían la cama de su estudio en York Avenue, en el que Cynthia no había estado antes. Pero no era sorprendente que Danielle hubiera cambiado. Había en la vida una corriente principal, muy rápida, y una vez que la abandonabas, como había hecho Cynthia, no todos estaban dispuestos a recibirte cuando intentabas volver.

Eso era lo que le había pasado: se había precipitado en el submundo de las mujeres que no tienen nada especial que hacer. Como esas mamás que le parecían despreciables, con las que intercambiabas un par de frases mientras esperabas a que tu hijo encontrara los zapatos después de pasar la tarde jugando en sus apartamentos estilo Versalles, con asistentas internas y ninguna responsabilidad real, aunque se quejaban de no tener ni un momento libre. Pero ¿qué llenaba los días de Cynthia? Iba al gimnasio cinco mañanas a la semana; Adam le repetía que estaba más sexy que nunca, lo que probablemente fuera verdad, y, sin embargo, probablemente no era ése el motivo por el que no abandonaba el gimnasio, quizá obedecía a algo completamente distinto. Había vuelto a ofrecerse voluntaria para dirigir el comité organizador de la subasta en la clase de April y en la de Jonas, a pesar de que no le gustaba porque implicaba la proximidad forzosa de mujeres con las que no creía tener nada que ver. Se había impuesto la regla de no beber antes de las cinco. Nunca la rompía, pero ¿por qué se había impuesto esa regla?

Adam y ella bromeaban siempre sobre el purgatorio social al que se habían condenado al tener hijos tan jóvenes: algunos de sus viejos amigos seguían frecuentando los bares y alquilaban juntos casas para pasar las vacaciones en los Hamptons, mientras que la gente que se ceñía al mismo tipo de vida doméstica que los Morey solía llevarles diez o doce años y ser mortalmente aburrida, y, en cualquier caso, todos envidiaban demasiado su juventud para ser sus amigos. Cuando iban a algún acto del colegio, después de un par de copas los maridos, de mediana edad y profesionales de Wall Street, empezaban a flirtear con ella, algo que a Cynthia le parecía divertidísimo, y a Adam también, pero al día siguiente las mujeres de culo gordo no le dirigían la palabra, como si quisieran castigarla. Y, sin embargo, su carisma sobrevivía en estado latente. ¿Qué amigas le quedaban?

Su antigua dama de honor, Marietta, era una de las que Cynthia había perdido de vista, una lástima, porque vivía allí mismo, en Tribeca, a más de cien manzanas de distancia pero, bueno… Se había casado con un ejecutivo de Viacom, a quien había conocido en Internet —había que admitirlo: le atraían esas cosas y, cuanto más nuevas, menos miedo le daban—, pero, casada o no, era difícil contactar con ella porque trabajaba más de diez horas al día como vicepresidenta de una empresa de relaciones con los medios de comunicación, una de esas que orquesta la rehabilitación pública de los caídos en desgracia: starlets borrachas, políticos que aparecen en vídeos eróticos, clientes así. «Se parece mucho a ser abogado», le había explicado Marietta. «O publicista. La verdad es que se parece a muchas cosas». Como para demostrar el vínculo que las unía, justo cuando Cynthia la echaba más de menos, Marietta la llamó de improviso una noche y le pidió a Cynthia que tomara con ella una copa al día siguiente, a primera hora de la tarde: quería consultarle algo. Cynthia le dijo que a las tres y media tenía que recoger a los niños del colegio, y que le vendría mejor un café.

—A la mierda —dijo Marietta—. Nos bebemos la copa a las dos. Hay precedentes. Acuérdate de las regatas en el río Charles, cuando nos preparábamos un martini a las nueve de la mañana.

—Algo me acuerdo, sí —dijo Cynthia, sonriendo.

Pensó que a lo mejor, por extraño que pareciera, Marietta le ofrecía un trabajo, pero lo que resultó fue que estaba intentando quedarse embarazada. El señor Viacom y ella sólo llevaban en el empeño seis meses, pero Marietta, que a sus treinta años era menos paciente que antes, estaba dispuesta a probar el clomifeno.

—¿Tú cómo te quedaste embarazada? —le preguntó a Cynthia—. Quiero decir, ¿te diste cuenta en el momento?

—¿No te acuerdas? —dijo Cynthia—. Fue un shock total, joder. Estaba de viaje de novios. Y sigo sin estar segura de cómo fue.

—¿Y con Jonas? —dijo Marietta, mordiéndose una cutícula—. ¿Estabas intentando quedarte embarazada?

—No.

—Puta y fértil. —Marietta levantó las cejas—. Bueno, sigues siendo la única amiga con la que puedo hablar de esto sin que quiera hacerme cambiar de idea. Es mejor no pensar lo que pasaría si se enteraran en el trabajo.

Estaban en la terraza de un café, frente al Metropolitan, bebiendo lemon drop martini. En la terraza no había nadie más, salvo el camarero, que apenas se dejaba ver.

—El gran descubrimiento es éste —dijo Marietta—. Y éste es el único aspecto del asunto sobre el que sé más que tú. El sexo que se practica para quedarse embarazada es absolutamente el peor tipo de sexo que conoce el ser humano. Seis semanas más con esto y juro por Dios que si no me quedo embarazada, nos divorciamos.

—Déjalo ya —dijo Cynthia. Su segundo martini estaba demasiado lleno para levantar la copa sin derramarla, y se inclinó en la silla para dar un sorbo.

—Te dicen siempre que es la verdadera razón de ser del sexo, ¿no? Su más alto propósito. Debería ser maravilloso. Dos personas enamoradas que intentan crear una nueva vida. Pues te digo una cosa: son, con mucho, los polvos más tristes en los que he participado en toda mi vida. ¿Te acuerdas de Tom Billings?

Cynthia lo pensó un momento.

—¿El tutor de los alumnos de primero?

Marietta asintió con aire sombrío.

—Eso era mejor que esto —dijo—. Lo único que quiero es que mi marido se corra y se vaya cuanto antes de la habitación, para que yo pueda quedarme allí tumbada como una idiota con las rodillas en alto, como se supone que debo hacer. Crees que es el sueño de todos los tíos, ¿no? Correrse y a correr. Pero no: quiere interpretar un tipo raro de película cristiana porno, todo muy despacio, y me acaricia el pelo y me dice que me quiere. ¡Jesús! —Se quedó mirando a Cynthia con la boca abierta, perpleja, helada, y se echó a reír—. Y sabe lo que estoy pensando, y siento lástima por él, pero, al mismo tiempo, si todo esto es demasiado para su ego de mierda, pues… La última vez que lo hicimos no volvimos a dirigirnos la palabra hasta el día siguiente. Hablando de lo cual —dijo, sacando el teléfono del bolso—, voy a llamarlo. Se supone que hoy es uno de nuestros días fértiles. Tiene que ir derecho a casa en cuanto salga de trabajar e inseminarme. Si se le olvida, lo mato. Perdóname un minuto. ¿Nos trae dos más? —le dijo al camarero.

A esas alturas se reían tanto que tenían que robar las servilletas de las mesas libres para secarse las lágrimas, y atraían las miradas de los peatones que pasaban a la luz del sol, más allá del toldo de la terraza. Media hora después, se abrazaban tres veces para despedirse y prometían verse más a menudo y Cynthia, borracha y paranoica, se dirigía a Dalton, a recoger a los niños. Debería evitar las conversaciones con otras madres, aunque eso, dada la poca simpatía que le tenían, no le resultaría difícil. En cuanto a los niños, se tranquilizó a sí misma, no eran lo suficientemente mayores para notar nada; además era jueves, así que April tenía baile y Jonas béisbol, y lo único que había que hacer era meterlos en un taxi y salir volando por el East Side. Nada de conversaciones. Los niños no las aguantaban cuando iban con el tiempo justo.

Se acordaba de haber recorrido hacía años ese mismo tramo de la Quinta Avenida, cuando Jonas ni siquiera andaba todavía, y de que, mientras esperaba a que cambiara el semáforo, una de esas ancianas demasiado risueñas que se sienten con libertad de abordar a cualquiera que empuje una sillita había empezado a señalar al niño con el dedo y a arrullarlo. Cuando acabó, miró a Cynthia y dijo: «Disfruta estos momentos. Pasan muy deprisa». Y Cynthia dijo: «Entonces se me ha parado el reloj o una de las dos está loca». O quizá no llegó a decirlo en voz alta. Ya no se acordaba.

Había sido un periodo difícil, los niños aún con pañales. Y sin embargo, incluso ahora, quizá su secreto más inconfesable fuera la impaciencia de que terminaran estos años, de que sus hijos fueran por los menos adolescentes y empezaran a arreglárselas solos sin que ella tuviera que pasar tanto tiempo preguntándose si estaría a la altura de las circunstancias en caso de que les pasara algo malo. La mayoría de los días eran normales, pero de vez en cuando se veía atrapada en una tarde que parecía no querer acabar. El lado positivo era que sus hijos iban más adelantados que la mayoría de los niños de su edad, algo que se debía en parte a que ella no se limitaba a ejercer de artista invitada en su vida de todos los días, y a que, a diferencia de muchos de sus amigos, April y Jonas no se habían criado con niñeras que los transportaban profesionalmente de un lado a otro como si fueran paquetes especialmente valiosos. No le importaba que no lo apreciaran en el presente, pero una parte de ella confiaba en que lo agradecieran en el futuro. Y se irritaba cuando la gente soltaba esa mierda a lo Norman Rockwell de que los niños crecían demasiado deprisa; al contrario, estaba deseando poder hablarles de igual a igual, y quizá pedirles consejo en vez de sentirse obligada a conocer siempre todas las respuestas. Y si pensabas en el surtido completo de males a los que la infancia te exponía, ¿existía algo comparable a crecer demasiado deprisa?

Volvió a consultar el reloj; acababa de mirarlo hacía apenas unos segundos, pero, quién sabe cómo, ya habían pasado cinco minutos y aceleró el paso. No quería llegar después del timbre. Andar al sol le estaba produciendo un terrible dolor de cabeza, como si estuviera borracha y al mismo tiempo en plena resaca. Mientras buscaba otra vez en el bolso las gafas de sol, y ya sabía que se las había dejado en casa, encima de la mesa de la entrada, una voz se abrió paso a través del fastidioso zumbido en la cabeza, y susurraba: demasiado tarde. Demasiado tarde.

Lo cual era ridículo. Apenas tenía treinta años. En el antiguo trabajo de Adam había un broker que, después de dedicarse profesionalmente a pasear perros, se había graduado en la escuela de negocios a los treinta y cinco años. ¿Demasiado tarde para qué, exactamente? Probablemente sería distinto si hubiera algún trabajo que la apasionara, o alguna habilidad especial a la que pudiera entregarse hasta alcanzar la excelencia, algo más vendible que una inteligencia superior a la media y que el miedo a la inactividad. A Marietta le encantaba reírse de sus clientes disolutos, pero si la emborrachabas lo suficiente, empezaba a hablar con total seriedad de su trabajo en términos de segundas posibilidades y propósito de enmienda. Bueno, si emborracharan a Cynthia, pensó Cynthia, admitiría querer hacer algo bueno en la vida, o por lo menos sentir que su presencia era un valor añadido. Pero ¿cómo conseguirlo? Sin una base sólida, sin recursos, incluso las aspiraciones más secretas degeneraban en tonterías sentimentales.

De repente le pareció que había pasado mucho tiempo. La sensación de injusticia, la conciencia de que era imposible volver al punto de partida, a las ventajas del pasado, no disminuyó ni aquel día ni el siguiente. Sabía que todos los días, en algún sitio, una mujer hacía exactamente lo mismo que en aquel momento a ella le resultaba imposible. Y sin embargo seguía sintiendo que le habían robado un privilegio, no sus hijos, naturalmente, pero alguien sí.

 

El capital riesgo se consideraba anticuado en ciertos aspectos, porque seguía manteniendo un pie en la realidad: una oferta pública inicial, beneficios derivados de la venta de bienes auténticos, e incluso puesta en marcha de empresas innovadoras… Comparado con eso, los etéreos instrumentos de los bonos basura constituían algo parecido a una rama de la astrofísica que generaba dinero. Y también requería viejas dotes sociales caídas en desuso, que pronto Adam demostró poseer en abundancia. Era necesario sentarse con un tipo, escuchar su rollo, además de cualquier cosa que se le ocurriera soltar cuando diera el rollo por terminado, y valorar por fin si el individuo era clave para el futuro de su empresa, o si para obtener beneficios apreciables habría en algún momento que arrebatarle el control del negocio.

Pero el dinero real estaba en lo etéreo, y todo el mundo lo sabía. Parker disfrutaba especialmente quejándose de que trabajar en Perini era como conducir una tartana financiera, impaciente por que el jefe soltara un poco las riendas y los dejara jugar en serio. Envidiaba a tíos que estudiaron con él en Wharton y en apenas tres años habían ganado cincuenta millones de dólares colocando capital en empresas nuevas e innovadoras. Una vez a la semana como mínimo intentaba involucrar a Adam en una conversación sobre la posibilidad de irse y montar su propio fondo de inversiones. Y quizá habría valido la pena escucharlo, pensaba Adam, si no fuera porque Parker era un desastre en su trabajo. En Cornell jugaba al fútbol, y era fácil entender por qué le había gustado a Sanford, pero en los últimos tiempos parecía haber decepcionado al jefe. Cuanto más le preocupaba a Parker su propia estabilidad profesional, más desprecio manifestaba en privado hacia la empresa, y más estúpidas, ridículas y arriesgadas eran las propuestas que presentaba con la esperanza de demostrar de una vez por todas que era indispensable en Perini.

Una mañana se acercó a la mesa de Adam con una carpeta de papel manila y dijo: «¿Puedo hablar contigo, tío?». Había pasado el fin de semana en Los Ángeles, en una decadente fiesta de cumpleaños organizada por un compañero de la escuela de negocios, y volvía a Nueva York con la ocurrencia de que Perini debía entrar en el negocio del cine. Al parecer, el crédito comercial era tan escaso en ese momento que, antes de suspender proyectos en curso, los pequeños estudios aceptarían financiación sin importarles su procedencia.

—Ésa es la idea —murmuró Parker—. Se sale un poco de lo normal, y si me atrevo a proponérsela solo, me corta los huevos antes de oírme. Pero si vienes conmigo, me dará una oportunidad. Le caes de puta madre. ¿Me acompañas al despacho? Ni siquiera tendrás que abrir la boca.

Adam estaba prácticamente seguro de que cinco minutos de reflexión bastarían para decidir que la idea era absurda. Pero sentía lástima y fascinación al mismo tiempo: Parker parecía cada vez más capaz de estrellarse y destrozarse de un modo épico, y sabía que Sanford se daría cuenta de que lo acompañaba por hacerle un favor. Y la idea era tan demencial que le parecía inimaginable no estar en el despacho cuando Sanford la oyera.

—¿Cuándo? —dijo.

—Ahora es el momento —sonrió Parker.

La pared del fondo del despacho de Sandford era una cristalera, del suelo al techo, que daba al Hudson. Todo era de piel y madera oscura, con tantas tonterías náuticas que Sanford, asomado al ventanal, podía imaginarse en la cofa de vigía de un barco de tecnología punta. Fuera diluviaba, y la oscuridad superaba lo previsible. Parker expuso la idea, muy nervioso, y el jefe, mirando a Adam, hizo un gesto para que le dieran la carpeta manila. Leyó sin prisa el análisis de Parker. Levantó las vista de pronto y dijo:

—Pero ¿quién es Joe Levy?

—El jefe de producción —dijo Parker.

—Sí, ya lo he visto. Pero ¿quién es? ¿Qué ha hecho? ¿Cuál es su trayectoria en términos, ya sabes, de hacer dinero?

Parker cambió de postura en la silla.

—Bueno —dijo—, ha producido muchas películas independientes. Boathook funcionó muy bien en taquilla. Pero lo más fascinante es su pedigrí. Es el hijo de Charles Levy, que fue el jefe de producción de United Artists en sus últimos días de gloria. Una leyenda. Cinco o seis Oscars. Joe ha crecido entre los grandes cerebros de la industria del cine.

Sanford resopló.

—¿Eso? —dijo, y se retrepó en su sillón—. ¿Su padre? ¿Qué tienen? ¿Una especie de sistema feudal?

—Sí, algo así —dijo Parker.

Pero Sanford estaba lanzado.

—¿Se han pronunciado alguna vez palabras más escalofriantes —dijo, dejando la carpeta sobre la mesa— desde el punto de vista del inversor? «Es el hijo del fundador». Y se imagina que si el padre consiguió que el negocio resultara tan fácil, ¿cómo va a ser difícil? No me malinterpretes: estoy seguro de que es un tipo encantador. Estoy seguro de que da magníficas fiestas. Pero siempre he desconfiado de los que hacen eso, los que andan con los zapatos de sus padres. Porque lo normal

es que sean como Pete Rose Junior[2]. Mira, mi padre fue sastre. ¿También yo tenía que ser sastre? ¿Crees que tengo afinidades genéticas con el oficio? ¿Y tú? ¿A qué se dedica tu padre?

Parker asentía, intentando parapetarse en la idea de que la propuesta sólo planteaba una posibilidad.

—Es abogado, especialista en derecho fiscal —dijo.

—Bueno, pues entonces quizá hayas equivocado tu vocación. Quizá tú también deberías ser abogado. ¿Y tú qué, Adam? ¿Qué hace tu padre?

Adam sonrió.

—Montador de calderas y tuberías —dijo.

Los otros dos se miraron en silencio y luego se echaron a reír.

—¡Ya lo veo! —dijo Sanford—. Estás pensando trabajar con él, ¿no?

—Es poco probable —dijo Adam—. Está muerto.

Lo dijo como lo que era, un hecho, pero sonó de un modo totalmente distinto. Lo deducía por las caras de Sanford y Parker. Si algo no le gustaba, era que los demás lo compadecieran. Cuando la compasión se esfuma, recuerdan tu debilidad, y un día te apuñalan por la espalda.

A cuarenta pisos de altura la lluvia producía un efecto raro, porque no la veías caer sobre las cosas: generaba una especie de electricidad estática en el aire gris.

—¡Jesús! —dijo Sanford. Le había cambiado la voz. Era un hombre con una vena sentimental. Lo sabía todo el mundo, y había quien intentaba aprovecharse, aunque no había sido ése el propósito de Adam—. No lo sabía.

—¿Murió cuando eras niño o algo por el estilo? —dijo Parker.

Adam reflexionó un momento.

—Hace menos de un año —dijo.

—¿Cómo? —dijo Sanford—. ¿Estás diciendo que ya trabajabas aquí?

—Justo antes de empezar.

—No tenía ni idea. ¿Estaba enfermo?

—No —dijo Adam—. Murió de un infarto, pero ya era el tercero.

—¿Qué edad tenía?

—Sesenta y dos.

Sanford se puso blanco.

—No tenía ni idea —dijo.

—Bueno, no se preocupe —dijo Adam.

Esperaba que se reanudara la conversación. Sanford lo miraba como si no estuviera presente, como si fuera un retrato de sí mismo. Por fin golpeó la carpeta con el dedo índice.

—Le echaré un vistazo —dijo.

Adam y Parker asintieron y se levantaron para irse, y ese día no volvieron a hablarse, aunque Parker debió de decirles algo a los compañeros; Adam podía asegurarlo por la manera en que lo observaban cuando creían que no estaba mirando. Al final de la jornada se sentía nervioso e irritable y le hubiera gustado salir a correr, pero llovía tanto que casi no se veía el río. Tuvo entonces una inspiración repentina: cogió la bolsa del gimnasio y bajó al sótano, pero la piscina ya estaba cerrada, aunque sólo eran las seis y unos minutos. Cuando volvió al piso cuarenta no quedaba nadie en la oficina. Entró en el despacho de Sanford y estuvo un rato mirando por el ventanal, y luego volvió a su mesa y descolgó el teléfono.

—Qué buen tiempo, ¿no? —dijo Cynthia—. Creía que ya venías de camino.

—¿Qué estas haciendo en este momento? —dijo Adam.

—¿Qué estoy haciendo?

—¿Puedes llamar a la estudiante del Barnard College? ¿Crees que podrá quedarse con los niños?

—Estoy segura de que no. ¿Por qué?

—Porque quiero hacer lo siguiente —dijo, mientras veía parpadear las luces de los teléfonos en la oficina silenciosa—: quiero pasar un par de horas contigo en un hotel. Quiero ir a cenar y beber un poco de vino al mejor sitio que se nos ocurra y luego llevarte a la cama. Quiero que pienses en algo que no me hayas pedido nunca y yo lo haré. Quiero sorprenderte. Quiero que se quejen desde recepción. Quiero que me echen del hotel. En serio, se me pone dura como una piedra de sólo pensar en ti.

Cynthia se rió con placer.

—Me parece que estoy echando humo —dijo—. Espero por tu bien que no tengas intervenido el teléfono, pervertido. Quizá deberías llamar al número que atiende a quienes sufren una erección más de cuatro horas seguidas.

—No bromeo —dijo Adam—. Te quiero. En serio, los niños ya son lo bastante mayores para quedarse un par de horas solos, ¿no?

—No —dijo Cynthia, condescendiente—, no son lo bastante mayores. Pero se acuestan temprano. Tengo una contrapropuesta. —Adam oía cómo se dirigía a otra habitación con el teléfono—. Cuando se duerman, te sientas en el sofá, te doy un whisky, me arrodillo delante del sofá y, sea lo que sea lo que te haya pasado hoy, apuesto a que entre el whisky y yo lo remediamos. ¿De acuerdo? Ah, yo también te quiero. Y me encanta lo que has pensado. Pero con mi propuesta nos evitaremos la visita de los servicios de protección de menores. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

—Lo llamaremos el Plan B —dijo Cynthia—. Ahora vente a casa.

Adam colgó. Ya era casi de noche, y la lluvia en los cristales producía un efecto maravilloso en la pared de enfrente, como una sombra que se desangrara. Llamó al servicio de alquiler de vehículos y quince minutos más tarde iba en el asiento trasero de una limusina que permanecía inmóvil bajo la lluvia en la calle Cincuenta y siete, en tal atasco que le parecía que el tiempo se había parado.

¿Tu padre no ha muerto, Barry?, le hubiera gustado decir. ¿No se le muere el padre a todo el mundo? ¿No es eso lo normal? Pero había pensado que cuanto menos dijera, antes acabarían. Durante mucho tiempo Adam había visto a su padre como un hijo de puta con facilidad para perder los nervios, pero algo cambió en los años de la adolescencia, cuando empezó a pensar que tanto su padre como su madre le tenían un poco de miedo. La verdad es que no era una sensación desagradable.

Aunque limpió el cristal del coche con el dorso de la mano, no se veía el exterior. No avanzaban lo más mínimo, o eso parecía. Pensó en echarle una bronca al chófer por haber elegido precisamente la calle Cincuenta y siete, pero no se hubiera sentido mejor así. Lo único que necesitaba era que empezara un nuevo día.

 

Sanford era dueño de varias segundas residencias, pero la preferida de su actual mujer estaba en Cornwall, en Connecticut, a más de dos horas de la ciudad. El jueves siguiente, durante el almuerzo, Sanford decidió en voz alta que Adam pasara con ellos ese mismo fin de semana y llevara a su mujer y a sus hijos; al principio Adam no supo si tomárselo en serio, sobre todo porque estaban comiendo en Gramercy Tavern y el vino había corrido generosamente, pero cuando al día siguiente recibió un fax de la secretaria de Sanford en la que le explicaba cómo llegar a la casa, llamó por teléfono a Cynthia y le dio la noticia. Se lo tomó con naturalidad. Le preguntó si debía coger el bañador de los niños. Adam le contestó que no tenía la menor idea.

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