Los senderos del terror

Robert McCammon · Capítulo 2 de 66

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Los senderos del terror

Capítulo I

Stanton se acercó por detrás del reverendo cuando éste se inclinó sobre Ramona Creekmore. El rostro de la mujer se había teñido de una palidez grisácea, y el labio inferior le sangraba de su propia mordedura. Aún tenía las manos plegadas sobre el vientre cuando abrió los ojos y miró a los dos hombres, aturdida y asustada.

Stanton tuvo la sensación de que acababa de recibir un martillazo en el pecho.

–Dios mío, reverendo -logró articular-. ¡Esta mujer está a punto de dar a luz!

I

HAWTHORNE

1

Hacía ya un buen rato que el muchacho de pelo oscuro se esforzaba en terminar sus deberes de matemáticas, tendido junto al hogar. De pronto levantó la cabeza y miró hacia la ventana. Supo que el leve susurro del viento había cesado, y que un silencio profundo invadía el bosque. Contra un trozo de cielo gris que se recortaba en la ventana, observó las ramas desnudas apenas mecidas por el viento, y un estremecimiento de entusiasmo lo recorrió de arriba abajo. Dejó a un lado el lápiz, la libreta y el libro -

alegremente- y se levantó del suelo donde estaba tendido. Había algo diferente, lo sabía, algo que había cambiado. Se acercó a la ventana y se estiró para mirar hacia el exterior.

Al principio no vio nada fuera de lo común y sintió una ligera decepción. Todos aquellos números, las sumas y las restas seguían rondándole por la cabeza, y un tintineo insistente le impedía pensar. Pero de pronto su mirada se convirtió en asombro, porque acababa de ver la primera ráfaga de copos de nieve que caía flotando del cielo. Su corazón dio un vuelco.

–¡Papá! – gritó, entusiasmado-. ¡Está nevando!

John Creekmore, que leía la Biblia junto a la chimenea, miró por la ventana y no pudo reprimir una sonrisa bonachona.

–¡Pues sí, no cabe duda! – dijo, inclinándose para mirar, tan entusiasmado como su hijo-. Gloria al Señor. El hombre del tiempo no se equivocó, al menos esta vez.

No solía nevar en esa región del sur de Alabama. La última gran nevada que John Creekmore recordaba era la de 1954, cuando Billy tenía sólo tres años. Después de un verano que había calcinado todos los cultivos de maíz y judías hasta las raíces, aquel invierno se habían visto obligados a aceptar la caridad de la iglesia, que les proporcionó alimentos enlatados.

Comparado con aquel año desastroso, las últimas cosechas habían sido bastante abundantes, si bien John sabía que no convenía sentirse demasiado favorecido, porque el Señor podía retirar fácilmente los bienes que otorgaba. Al menos tenían para alimentarse aquel año, y contaban con un poco de dinero que les permitiría salir indemnes de lo que quedaba del invierno. Pero ahora Billy le había contagiado su entusiasmo, y se acercó a ver cómo caía la nieve al otro lado de la ventana.

–Puede que siga nevando toda la noche -aventuró-. Y puede que mañana por la mañana haya llegado al techo.

–Jolín -dijo Billy. Con un sentimiento entremezclado de placer y temor, abrió los ojos de color castaño claro, que tanto contrastaban con la piel más oscura que había heredado de su madre. Se imaginó a toda su familia sufriendo por el frío, obligados a hibernar como los osos, sepultados bajo la nieve hasta el mes de abril, cuando las flores volvieran a brotar-. ¿No nevará tanto, no?

–Noo -respondió John, riendo, y revolvió el pelo cobrizo oscuro del niño-. Puede que no llegue siquiera a acumularse. Lo que está cayendo ahora es sólo lo que trae el viento.

Billy se quedó otro rato mirando cómo caían los copos.

–Mamá -se le ocurrió gritar de repente, y salió disparado hacia el otro lado del salón, cruzó un pequeño pasillo y entró en la habitación donde Ramona Creekmore, sentada sobre la cama y apoyada en las almohadas, remendaba pacientemente un jersey marrón que le había tejido a Billy para las navidades. No había pasado ni un mes desde las fiestas, y Billy ya tenía los codos gastados de tanto subirse a los árboles y correr como un salvaje por el bosque-. ¡Mamá, está nevando! – exclamó, señalando la estrecha ventana por encima de la cama.

–Ya te había dicho que eran nubes de nieve, ¿te acuerdas? – dijo ella, y le sonrió.

Tenía profundas arrugas alrededor de los ojos, y en su cabello brillaban algunas canas. Sólo tenía treinta y cuatro años, pero el tiempo la había

maltratado. Al nacer Billy, estuvo a punto de morir de una pulmonía, y nunca se recuperó del todo. Permanecía en casa la mayor parte del día, dedicada a sus complejos bordados, bebiendo infusiones caseras para combatir los escalofríos y las fiebres. Había engordado por la falta de ejercicio, pero en el rostro aún destacaban la finura y belleza de sus rasgos, pese a las oscuras ojeras que se le adivinaban. Su cabellera era la misma de antaño, abundante y brillante, y el color de su tez le daba la falsa apariencia de una salud inmejorable.

–Todavía queda lo más duro del invierno, al menos mientras esos pájaros negros sigan ahí en los árboles -dijo, y volvió a su costura. No dejaba de sorprenderle lo rápido que crecía Billy. Todo lo que le quedaba bien el mes anterior ya podía entregarlo en Hawthorne a los que se ocupaban de recoger la ropa usada.

–¿No quieres venir a verla? – preguntó Billy.

–Ya sé cómo es. Es blanca.

A Billy se le ocurrió que a su madre no le gustaba ni el frío ni la nieve.

Había noches en que tosía mucho, y él oía a su padre, al otro lado del delgado tabique intentando aliviarla.

–Entonces no es necesario que te levantes -se apresuró a decir-. Será mejor que te quedes aquí.

John se acercó por detrás y colocó su nudosa mano sobre el hombro del chico.

–¿Por qué no te abrigas y salimos a dar un paseo? – preguntó.

–¡Sí, señor! – exclamó Billy, con una gran sonrisa, y corrió al armario a buscar su viejo anorak verde.

John sacó de su armario la cazadora tejana forrada con piel de cordero.

Se cubrió la cabeza con una gorra de lana negra. En los últimos diez años, John Creekmore se había vuelto espigado y curtido, y tenía la espalda ligeramente encorvada debido a las labores estacionales del campo y al arduo trabajo de mantener en pie aquella desvencijada casucha, ya fuera durante el infierno del verano o las heladas del invierno. Tenía treinta y siete años, pero las arrugas de su rostro, tan duras y rectas como los surcos de su arado cuando sembraba el maíz, le daban el aspecto de un hombre diez años mayor. Sus labios eran delgados y recios, y los mantenía cerrados en un rictus severo, si bien su sonrisa afloraba con facilidad cuando estaba con su hijo. En Hawthorne, algunos decían que John Creekmore era un

predicador de vocación perdida, que se había quedado con las cosas de este mundo en lugar de aspirar a las del cielo. Y también se decía que si alguien lo hacía enfadar o lo contradecía, el azul acerado de sus ojos podían taladrar hasta las tablas de un granero. Pero cuando observaba a su hijo, su mirada tenía siempre un hálito de ternura.

–Yo ya estoy -anunció:-. ¿Quién quiere salir a dar un paseo?

–¡Yo!-chilló Billy.

–Entonces, ¿a qué esperamos? – rió John, y le tendió la mano a su hijo.

Al cogérsela Billy, John sintió el inmediato placer del contacto. Billy era un chico tan rebosante de vida, despierto y curioso. Cuando pasaban un rato juntos, John se sentía contagiado de la energía de su juventud.

Abrieron la puerta de madera de pino sin desbastar, luego la puerta mosquitera, y salieron a la luz grisácea del atardecer. Mientras caminaban haciendo crujir el lodo helado del camino que unía los dos acres de la propiedad Creekmore con la carretera principal, Billy escuchaba el suave roce de los diminutos copos en el aire lleno del olor de las encinas. Pasaron junto a una pequeña laguna redonda, de aguas teñidas del color del lodo y surcada por delgadas vetas de hielo. En un buzón blanco, agujereado por una bala de calibre 22 e inclinado hacia el camino, se leía el rótulo J.

CREEKMORE. Siguieron caminando por el borde de la carretera hasta la calle principal de Hawthorne, a poco más de un kilómetro, acompañados de copos que se convertían en agua y luego en nieve. John se aseguró de que el niño tuviera la capucha bien cerrada y amarrada bajo el mentón.

Los rigores del invierno recién comenzaban, y enero aún no había llegado a su fin. Se sucedían las lluvias heladas, y una tormenta de granizo había hecho estragos en las ventanas de todo el condado de Fayette. Pero John sabía que el día seguía a la noche, que la primavera vendría después del invierno, y que, una vez más, se reanudarían las actividades importantes de la granja. Plantarían maíz y judías, tomates y nabos. Volverían a colocar el espantapájaros en el campo, aunque en aquellos tiempos sombríos que corrían, incluso los cuervos parecían más astutos y se resistían a caer en la trampa. Los pájaros y los bichos habían dado cuenta de una buena parte de sus semillas durante las últimas siembras, y el maíz había crecido poco y mal. Aquella tierra era buena, pensaba Creekmore, Dios la había bendecido.

Pero parecía que ahora comenzaba a agotarse irremediablemente. Él sabía de las rotaciones de los cultivos, de los nitratos y de todo tipo de

fertilizantes que el agente comercial del condado pretendía venderle. Pero usar esas sustancias, excepto el fertilizante animal de siempre, que era lo más elemental que la naturaleza le daba al hombre, era una violación de la ley divina. Si la tierra se agotaba, no había nada que hacer.

La verdad era que en todas partes surgían problemas, pensó John. Ahora que aquel católico era presidente, los comunistas volvían a lo de siempre, y la gente incluso comenzaba a hablar de viajes al espacio. Las tardes de otoño e invierno, John solía pasear hasta la barbería de Curtís Peel, donde los hombres se reunían a jugar ajedrez junto a una estufa panzuda mientras escuchaban las noticias de Fayette en la vieja radio Zenith. John estaba seguro de que muchos pensaban que se acercaba el día del Juicio Final y, con el libro del Apocalipsis en mano, solía citarles a los incrédulos los males que se abatirían sobre la humanidad en los siguientes diez años, más o menos, si el mundo llegaba a durar tanto. Las cosas también iban mal en el pueblo, en la Iglesia Baptista de Hawthorne. El reverendo Horton hacía lo que podía, pero en sus sermones no había chispa ni pasión alguna.

Además, se decía que lo habían visto en la iglesia de Dusktown, ayudando a los negros a conseguir comida para sus pobres cenas. A nadie le gustaba ya estrechar la mano de Horton una vez concluidos los oficios dominicales.

Billy se afanaba intentando coger los copos de nieve. Logró atrapar uno en la punta del dedo y lo observó un instante. Era tan pequeño e intrincado como el mantel que su madre tendía sobre la mesa los domingos, y de pronto se desvaneció. Ramona le había hablado de la naturaleza, y de cómo el tiempo se expresaba con distintas voces cuando cambiaba de ánimo, si bien había que estar muy atento y tranquilo para entender qué decían esas voces. También le había enseñado a percibir los bellos dibujos de las nubes, y a adivinar en los murmullos del bosque la cercanía de animales que merodeaban, huidizos. De su padre había aprendido a cazar ranas y con la honda que le regaló solía derribar ardillas, aunque no le gustaba escuchar sus chillidos de dolor cuando daba en el blanco.

Ahora pasaban junto a las casitas de madera antes de llegar a la calle principal de Hawthorne. El mejor amigo de Billy, Will Booker, vivía en una casa verde con persianas blancas un poco más adelante. Tenía una hermana pequeña, Katy, y un perro llamado Boo.

La nieve se acumulaba en leves estrías sobre la tierra. Un camión negro se acercaba penosamente por el camino, y al pasar junto a ellos, se abrió la

ventanilla del conductor y asomó el cráneo rapado de Lee Sayre, el propietario de la tienda donde John trabajaba los fines de semana.

–Hola, John. ¿Adónde vas? – preguntó.

–He salido a dar un paseo con el niño -respondió John-. Saluda al señor Sayre, Billy.

–Hola, señor Sayre.

–Billy, estás creciendo como una enredadera. Seguro que antes de acabar el colé habrás llegado al metro noventa. ¿Te gustaría jugar al fútbol?

–Sí, señor. Sí que me gustaría.

Sayre le devolvió una sonrisa. En su rostro algo regordete y rubicundo se movían unos ojos claros, verdes como los de un felino en la selva.

–Tengo noticias de Horton para ti -le dijo a John, con un tono de voz más discreto-. Por lo visto, lo que ha andado haciendo con sus amigos negratas es algo más de lo que creíamos. Tenemos que hablar.

John dejó escapar un gruñido desganado. Billy miraba absorto el chorro de humo blanco que emanaba del tubo de escape del camión. Las ruedas habían dejado una

huella negra impresa en el frágil manto de nieve, y Billy se preguntaba de dónde venía el aire que hinchaba los neumáticos.

–Y será pronto -dijo Sayre-. Acércate a lo de Peel mañana por la tarde, a eso de las cuatro. Cuéntaselo a todos. Cuida bien de tu padre -añadió, dirigiéndose a Billy, y se despidió con un saludo amistoso-. Vigila que no se pierda.

–Sí, vale -gritó Billy, pero el señor Sayre ya había subido la ventanilla del camión y se alejaba por la carretera. El señor Sayre era simpático, pensó Billy, pero su mirada le daba miedo. En una ocasión, Billy se había quedado en medio del campo de béisbol de la escuela Ernest K. Kyle. Era una tarde de abril, y miraba cómo caía la tormenta sobre los bosques de las colinas circundantes. Las nubes negras galopaban como caballos desbocados y de pronto se desató el estruendo de los rayos contra la tierra. El relámpago cayó muy cerca de donde él se encontraba, y el estampido del trueno lo sacudió hasta la suela de sus viejas zapatillas. Billy corrió sin parar hasta su casa, pero no había podido evitar que la lluvia lo empapara. Su padre le dio una buena tunda.

Mientras veía alejarse el camión, Billy recordó aquella tormenta. En los ojos del señor Sayre había relámpagos, y se veía que buscaban un lugar

donde descargarse. Casi había parado de nevar. Billy vio que la nieve no había cuajado, y que el cielo estaba gris y húmedo. Eso significaba que habría colé al día siguiente, de forma que debía terminar los deberes de mates para la señora Cullens.

–Está dejando de nevar, hijo -advirtió John, con el rostro enrojecido por el frío-. Pero empezará a helar. ¿Quieres que volvamos a casa? – preguntó a Billy.

–Creo que sí -asintió él, aunque no era cierto. Aquello le causaba una gran inquietud. Por mucho que caminaras, el camino siempre seguiría más allá. Y luego estaban todos los senderos y los caminos en el bosque, que también iban cada uno en su propia dirección, y… ¿qué había al final de esos senderos? A Billy le parecía que aunque caminara para siempre, no llegaría nunca al final de las cosas.

Anduvieron unos minutos más hacia el centro, en dirección al único semáforo de Hawthorne, siempre en ámbar. Flanqueaban el crucé de este semáforo la barbería, la tienda de Coy Granger, una vieja gasolinera de Texaco y la oficina de correos de Hawthorne. El resto de las casas del pueblo, unas estructuras de ladrillos y tablas que un niño parecía haber desparramado de un manotazo, se repartían a ambos lados de la carretera, que seguía hasta cruzar un breve puente y luego se perdía hacia los montes de color tierra. Allá arriba, alguna que otra chimenea lanzaba un hilo de humo hacia el cielo. El campanario blanco y espigado de la Primera Iglesia Baptista de Hawthorne se erguía por encima de las ramas desnudas de los árboles como un dedo amonestador. Finalmente, al otro lado de la vía del tren se amontonaba un puñado de chozas y comercios conocidos como Dusktown. En Hawthorne, las vías del tren eran una especie de barrera electrificada que separaba la zona de blancos y negros. A John no le gustaba que el reverendo Horton abandonara los deberes legítimos de su ministerio por andar mezclándose con las gentes de Dusktown. Aquel hombre no tenía nada que hacer al otro lado de la vía, y era evidente que pretendía agitar ciertos asuntos que era preferible mantener ocultos.

–Será mejor que volvamos -dijo John, y cogió la mano de su hijo.

Siguiendo por la derecha, al cabo de unos minutos pasaron frente a aquella casa verde, pequeña pero bien cuidada. Era una de las casas más nuevas de Hawthorne. Un par de escalones conducía a un porche pintado de blanco, y la chimenea despedía volutas de humo blanco.

Billy dirigió una mirada a la casa, luego miró por segunda vez y vio al señor Booker sentado en el porche. Tenía puesta su gorra amarilla John Deer y llevaba una camisa azul de manga corta. Saludó al padre de su mejor amigo, pero el señor Booker lo miró como si no existiera. – ¿Papá…? –

dijo, inquieto. – ¿Qué pasa, hijo? – preguntó John, y luego miró y vio a Dave Booker sentado ahí como una estatua.

–Hola, Dave, ¡buenas tardes! – gritó, con el ceño fruncido-. ¡Hace mucho frío para estar aquí afuera, ¿no te parece?

Booker no se movió. John se detuvo y vio que su viejo compañero de pesca tenía la mirada perdida en los montes, con una expresión vacía y petrificada, como si quisiera ver hasta el río Mississippi. Luego vio que llevaba una camisa de manga corta.

–¿Dave? ¿Pasa algo? – preguntó, despacio. Él y Billy cruzaron lentamente el jardín enlodado y se detuvieron al pie de la escalera. Booker tenía unos anzuelos enganchados a la gorra. Su rostro cuadrado y de mandíbulas anchas estaba pálido a causa del frío, pero ahora al menos pestañeó, y John supo que no estaba muerto por congelamiento.

–¿No te importa si entramos un momento, Dave? – Ya que estáis aquí, pasad -dijo Booker. A Billy la voz le sonaba hueca, y tuvo miedo.

–Se agradece -dijo John, y subió con su hijo. En el interior se movió la cortina de una ventana y durante unos segundos asomó el rostro de Julie Ann, la mujer de Booker. Luego se volvió a cerrar-. ¿Qué te parece la nieve? – preguntó Creekmore-. Ha caído un buen rato, ¿la has visto?

–¿Nieve? – inquirió Booker, y las pobladas cejas se le fundieron en un arco oscuro sobre la frente. Tenía el blanco de los ojos inyectado en sangre, y sus labios, que colgaban flojos, estaban teñidos de un color rojo como el hígado-. Ya, ya lo creo -añadió, y al asentir con la cabeza provocó el tintineo de los anzuelos.

–¿Te encuentras bien, Dave? – preguntó John.

–¿Por qué no habría de encontrarme bien? – preguntó a su vez Booker, que había dejado de mirar a John y volvía a escrutar hacia el Mississippi.

–No sé, lo que pasa es que… -empezó Creekmore, y cayó en un silencio repentino.

En el suelo, junto a la silla de Dave, había un reguero de colillas de tabaco Prince Albert liados a mano, y un bate de béisbol que parecía

manchado con sangre seca. John pensó que no era más que barro. Seguro, no pasa nada. Cogió a Billy por la mano y la apretó.

–Uno tiene derecho a sentarse en el porche de su propia casa, ¿no? –

masculló Dave, con voz queda-. Tengo entendido que es así. Tengo entendido que estamos en un país libre. ¿O acaso ha cambiado algo? –

insistió. Esta vez se volvió hacia John, y al devolverle la mirada, éste vio con perfecta claridad la ira fría e implacable de sus ojos. Sintió que un escalofrío le recoma la espalda. Se fijó en los ángulos diabólicos de un anzuelo que atravesaba la gorra de su amigo, y recordó que el sábado anterior se habían citado para ir de pesca, pero a Dave lo había tumbado una de esas jaquecas suyas tan frecuentes.

–Estamos en un país libre, maldita sea -repitió Dave, y de pronto esbozó una sonrisa morbosa.

John estaba atónito. No estaba bien que Dave usara una palabra como esa delante del niño, pero decidió pasarlo por alto. La mirada de Dave había vuelto a sumirse en la nada.

Se abrió la puerta de la entrada y Julie Ann asomó la cabeza. Julie Ann era una mujer alta y de aspecto frágil, de cabello castaño rizado y ojos azul claro. En su rostro se dibujó una sonrisa que John Creekmore percibió como una mueca.

–¡John Creekmore! – exclamó, con una alegría amable y tensa-. ¿Qué os trae por el pueblo? Billy, ¿estás cuidando de tu padre esta tarde? Entra y déjame ofrecerte una taza de café, John.

–No, gracias, Billy y yo tenemos que volver a casa…

–Por favor -susurró Julie Ann, con los ojos húmedos. Hizo un leve gesto con la cabeza-. Sólo una taza -insistió, y abrió la puerta de par en par-. Will,

¡ha venido Billy Creekmore! – gritó hacia el interior.

–¡No chilles, mujer, maldita sea! – rugió Dave Booker, girándose en su silla-. ¡Te daré, juro que te daré lo que te mereces!

John, Billy y Julie Ann se quedaron quietos junto a Booker, paralizados en un triángulo de asombro. Billy escuchó a la pequeña Katy sollozando dentro de la casa.

–¿Mamá? – gritó finalmente Will.

La mueca de Julie Ann se le había quedado suspendida en los labios, y se mantenía inmóvil junto a Dave, como si un solo movimiento pudiese hacerlo explotar. Dave desvió bruscamente la mirada, buscó en uno de sus