Los senderos del terror
Capítulo V
visitarlo de esa forma. No, la bestia será diferente, y más fuerte. Pero Billy también habrá cambiado y será más fuerte.
–¿Debería decirle algo sobre el halo negro?
–No, ya verás como él solo lo verá, como te sucedió a ti -le aconsejó su madre-. No quiero que tenga que cargar con eso tan pronto -dijo, y miró a su hija, con la cabeza inclinada hacia un lado-. Dormirá durante el día. Si lo oyes gritar, no debes entrar ni intentar despertarlo. Su antigua vida debe resquebrajarse para que surja la nueva, ¿me entiendes?
–Sí -respondió Ramona-, lo que sucede es que está… solo.
–Y así tiene que ser. Cuando acaben estos tres días, podrás estar junto a él, pero debe recorrer el resto del camino solo. Sabías que sería así antes de traérmelo -dijo la anciana, y cogió suavemente a su hija por el hombro-. Me había equivocado con él. Puede que lleve la sangre de un blanco, pero también es fuerte de corazón y alma. Estarás orgullosa de él, hija. Vamos, preparemos un poco de té.
Ramona asintió y entró en la casa con su madre. Cerró suavemente la mosquitera.
Dentro de la cabaña, Billy se encogía como un ser recién nacido a la vida.
V
EL HALO NEGRO
20
–¿Billy? Ya lo tengo -gritó Coy Granger en dirección al pequeño estante de revistas del colmado. Sostuvo en alto un estuche de agujas de bordar envuelto en un plástico lleno de polvo-. Se había quedado detrás de una caja, al fondo. ¿Me has dicho que necesitabas clavos para el techo?
–Sí, señor, con un par de paquetes tengo bastante -dijo el chico, y levantó la mirada de las revistas que estaba hojeando. Luego se dirigió pausadamente al mostrador mientras Granger buscaba los clavos.
Comenzaba el mes de mayo de 1969, y Billy tenía diecisiete años. Ya superaba el metro ochenta de altura, y había alcanzado la misma altura que su padre. Si bien tenía huesos gruesos, también como su padre, era más esbelto y le faltaba poco para ser realmente delgado. Le sobresalían las muñecas de las mangas de la vieja camisa azul, manchada de grasa y aceite debido a su trabajo en la gasolinera. Su rostro había adelgazado y los
pómulos parecían estirarse más allá de la piel. Tenía los ojos marrones, moteados de brillos de ámbar cuando le daba la luz. El cálido sol de primavera ya le había bronceado la piel hasta dejársela de un color parecido al nogal oscuro. Su cabello era una maraña de rizos y mechones que le caían sobre la frente. Ya no llevaba el pelo con el mismo corte severo de antaño, porque Curtis Peel había leído en una revista del gremio de peluqueros que el cabello más largo estaba de moda entre los clientes jóvenes, por mucho que les pesara a los padres, que sufrían ataques de rabia cuando oían a los Beatles en la radio.
Billy había crecido hasta convertirse en un muchacho atractivo en los siete años que habían transcurrido desde que visitara a su abuela y sudara su angustia en la pequeña cabaña. Sin embargo, en su mirada había un asomo de cautela, una especie de velo que lo protegía de los murmullos que escuchaba en los pasillos del instituto de Fayette. Podían hablar de él todo lo que quisieran, no le importaba. En alguna ocasión, eso sí, había oído pronunciar el nombre de su madre o de su abuela, y entonces se enfrentaba al ofensor buscando una venganza. Billy no era un chico malo, y no estaba preparado para los trucos sucios que los chicos del campo solían conocer tan bien, aquellos chicos que crecían convirtiéndose en la fiel imagen de sus padres. Las patadas en la entrepierna y clavadas de los dedos en los ojos eran moneda común entre ellos, y no pocas veces Billy se había visto rodeado de chicos que armaban una alegre algarabía mientras alguien le tenía cogida la cabeza y se la estrellaba contra la rodilla. No tenía a nadie a quien pudiese tratar como a un verdadero amigo, lo cual no le impedía soñar con ser un personaje popular y salir los sábados por la noche a Fayette, acompañando a las pandillas de muchachos que se divertían tanto con todo el mundo. Había tardado bastante tiempo en darse cuenta de que la gente le temía. Lo veía en sus ojos cuando entraba en una habitación, o lo escuchaba cuando las conversaciones se interrumpían ante su presencia. Se sentía diferente, empezando por el hecho de que su piel era morena y que conservaba en sus facciones una clara herencia india, y desde su ingreso en el instituto se había visto, efectivamente, aislado. Su armadura de cautela se había vuelto más gruesa, lo cual le permitía proteger tanto su dignidad como su sentido (aún infantil) de maravilla ante el mundo.
A menudo se dedicaba a la lectura. Antiguos volúmenes de tapa dura y novelas de bolsillo que encontraba en las ventas de segunda mano. Algunas
semanas atrás había hecho un gran descubrimiento al dar con una caja llena de National Geographic rescatada de algún sótano donde el tiempo iba desgastándolos. Sus excursiones por el bosque, siguiendo las viejas vías del tren y los senderos que subían hacia los aserraderos, lo llevaban cada vez más lejos de casa. Cuando no hacía demasiado frío, solía llevar unas mantas, satisfecho con su propia compañía y atento a los ruidos del bosque que llenaban la oscuridad. En aquella penumbra aterciopelada, solía divisar cientos de estrellas fugaces, y a veces las luces titilantes de un avión que se dirigía a Birmingham. Durante el día gozaba del sol y era capaz de seguir las huellas de los venados como un cazador experimentado, a veces logrando acercarse hasta diez metros antes de que los animales se percataran de su presencia.
Su curiosidad lo impulsaba siempre a dar un paso más allá. Llegaba hasta la siguiente curva del camino, o hasta el siguiente monte. El mundo lo llamaba lejos de Hawthorne, lejos del hogar donde su silenciosa madre lo esperaba junto al padre de expresión severa.
–Aquí tienes -dijo Granger, y dejó los paquetes de clavos sobre el mostrador, con el pan, el tocino, el azúcar, la leche y la harina que constituía la compra de Billy. John Creekmore le debía a Granger una buena cantidad de dinero, y aquellos días solía enviar a Billy a por las compras. Granger sabía que los Creekmore estaban pasando una mala racha, y que los clavos para el techo estarían destinados a mantener en pie un verano más aquella choza que llamaban casa. La última vez que Granger había reclamado su dinero, a finales del invierno, Billy había trabajado gratis para él, repartiendo pedidos. Ahora Billy estaba pidiendo fiado de la cuenta que John tenía con la gasolinera.
–¿Quieres que te lo apunte? – le preguntó Granger al chico, intentando disimular un tono áspero en la pregunta. A pesar de que Billy realmente le caía bien, comenzaba a aflorar en él cierta inquietud por el estado del crédito de John Creekmore.
–No, señor -dijo Billy, y sacó un puñado de dólares de los bolsillos.
–Vaya, parece que John ha ido temprano al mercado este año -comentó Granger, mientras sumaba los precios en un bloc.
–Mamá ha vendido algunos bordados a un señor en Fayette. No creo que sea suficiente para pagarle lo que le debemos, pero…
Granger cogió el dinero y se encogió de hombros. – Está bien. Yo, de aquí no me muevo -dijo, y le entregó unas monedas de cambio a Billy-. Es una lástima que John no consiguiera el trabajo en la serrería, ¿no? Tengo entendido que pagan bastante bien.
–Sí, señor. Pero sólo contrataron a cinco hombres, y papá me dijo que eran más de cincuenta los que se presentaron -dijo Billy, y comenzó a poner las provisiones en la bolsa-. Me imagino que mucha gente necesita ese dinero, con la sequía que hemos tenido.
–Así es -asintió Coy, aunque le habría costado pensar en una familia que estuviese más necesitada de dinero que los Creekmore. El único negocio que realmente funcionaba en Hawthorne era la serrería de los hermanos Chatham, que había pertenecido a la familia durante más de cuarenta años.
Siempre había funcionado en el mismo barracón destartalado, con los mismos motores y las mismas correas en las mismas sierras-. En fin, tal vez contraten a más gente en el otoño. ¿Has pensado en tu propio futuro, Billy?
El chico se encogió de hombros. El señor Dawson, profesor de mecánica en el instituto de Fayette, le había dicho que tenía mucha habilidad para comprender cómo funcionaban las máquinas, y que probablemente sería un excelente técnico cuando terminara los estudios. El señor Marbury, tutor de Billy, reconocía que sus notas eran muy buenas en lengua y en comprensión de lectura, pero no lo bastante para aspirar a una beca universitaria.
–No lo sé. Supongo que trabajaré con mi padre durante un tiempo -dijo Billy.
Coy asintió con un leve gruñido. La tierra de Creekmore no había producido un sólo cultivo decente en los últimos tres años.
–Deberías meterte en el negocio de la construcción, Billy -le aconsejó-.
He oído que hay empresarios cerca de Fayette que van a contratar mano de obra. Y pagan bien. Sabes, pienso que Hawthorne le queda demasiado estrecho a un joven listo como tú. Y eso no se lo diría a cualquiera, porque veo que tienes mucha chispa, muchacho. Sabes pensar y razonar. No, Billy, creo que Hawthorne no está hecho a tu medida.
–Mis padres me necesitan -adujo Billy, y sonrió-. Soy el único que sé poner en marcha ese viejo Olds.
–Bueno, creo que eso no es ningún futuro -opinó Granger.
Sonó la campana de la puerta y Billy miró en el momento en que entraban la señora Pettus y Melissa, con sus bellos ojos azules enmarcados por una melena de cabello rubio como el trigo en verano. A Billy se le olvidó respirar durante un momento. Solía ver a Melissa todos los días en el instituto del condado, pero aún seguía sintiendo una descarga de tensión eléctrica cada vez que se encontraba con ella. Sólo faltaban dos semanas para el baile de la escuela, en mayo, y Billy había intentado reunir el valor suficiente para adelantarse a los demás y preguntarle si quería ser su pareja.
Sin embargo, cada vez que estaba a punto de acercarse a ella, recordaba que no tenía dinero ni permiso de conducir, y que la ropa que llevaba puesta siempre había sido estrenada por alguien antes que él. Melissa solía vestir ropa impecable, y tenía un rostro pulcro y radiante.
Billy cogió su bolsa de provisiones para intentar salir antes de que Melissa le viera las manos y la camisa manchada de grasa.
–¡Hombre! – exclamó Coy-, ¡qué guapas estáis las dos esta tarde!
–Ésta es nuestra especialidad -replicó alegremente la señora Pettus, y colocó un brazo protector alrededor de su hija cuando el chico Creekmore pasó junto a ellas.
–Hola -alcanzó a balbucear Billy. Melissa sonrió y saludó con un gesto, y su madre tiró de ella para que entrara en la tienda.
Él la miró por encima del hombro cuando se acercó a la puerta, y vio que Melissa le dirigía una mirada furtiva. El corazón le dio un vuelco. La campana de la entrada volvió a sonar y, al girarse, tropezó de bruces con el hombre que estaba a punto de entrar.
–¡Sooo, Billy! – exclamó Link Patterson, intentado pasar a su lado-.
¿Estás ciego, muchacho? – preguntó con una sonrisa bonachona. De pronto, aquella sonrisa se le heló, porque Billy lo miraba como si le estuvieran creciendo cuernos en la frente.
Billy quedó paralizado. Link Patterson era un hombre de aspecto saludable y bien alimentado, probablemente porque era uno de los pocos contratados en la serrería, lo cual le daba a su vida un giro favorable. Su mujer esperaba el segundo bebé para octubre, y él acababa de pagar la primera cuota de una caravana que había estacionado más allá de los límites del pueblo. Sin embargo, Billy vio que Patterson estaba envuelto en un líalo de luz púrpura oscura, un capullo horrible que se retorcía sinuosamente a su alrededor.
Link lanzó una risa nerviosa.
–¿Qué te pasa, muchacho? Parece que hubieras visto un… -murmuró, y la palabra «fantasma» estuvo a punto de resbalarle de la lengua, pesada como una fría bola de plomo, una palabra que finalmente prefirió tragarse.
Billy estiró lentamente la mano. Sus dedos tocaron el halo, pero no sintió nada.
Link retrocedió un paso.
–¿Qué coño te pasa, chico? – inquirió. Coy Granger, la señora Pettus y Melissa observaban la escena. Billy parpadeó y sacudió la cabeza.
–Nada, señor Patterson. Lo siento. Lo… siento -respondió Billy, salió de la tienda y se alejó rápidamente por la calle con la bolsa de provisiones en el hueco del brazo. Al cabo de unos pasos, comenzó a correr, presa del miedo y de una sensación de náusea. Se preguntaba qué era aquella cosa que había visto, y no dejó de correr, incluso al pasar frente a las ruinas de la casa de los Booker invadidas por la vegetación.
–Dame un paquete de Kent, Coy -pidió Link Patterson.
Cuando Granger le pasó los cigarrillos, se asomó a la ventana y vio cómo corría Billy. Desde ahí oía el agudo chillido de las sierras. Faltaban cinco minutos para que comenzara el siguiente turno, y él debía sustituir a un hombre enfermo que había tenido que irse a casa.
–El chico Creekmore es muy raro, ¿no te parece? – preguntó Link a nadie en particular.
La señora Pettus recogió el comentario.
–Lleva dentro esa semilla diabólica, eso es lo que pasa. Mi Melissa lo ve en la escuela todos los días y dice que siempre anda metido en líos, ¿no es así, hija?
–No, mamá -negó Melissa, y se soltó del brazo de su madre-. Yo no he dicho eso.
–… Siempre está peleando, y eso que es un chico de aspecto tan simpático. Qué pena que lleve aquella maldición en la sangre -agregó la mujer.
–Billy es un buen chico -intervino Coy-. Es un joven inteligente. Si puede alejarse de la granja, le irá bien en la vida. Link, aquí tienes tu tabaco. ¿Qué tal van las cosas en la serrería? – preguntó.
–Así, así -bromeó Link, intentando conjurar una sonrisa. La manera en que Billy lo había mirado le había puesto los pelos de punta. Pagó los
cigarrillos, salió, subió a su camioneta y enfiló hacia la serrería.
Dejó el coche en el aparcamiento cubierto de gravilla, fumó unas caladas para calmar los nervios y, después de apagar la colilla, se colocó los gruesos guantes de seguridad. Anduvo unos metros hasta llegar a la entrada, pasando junto a los troncos de pino amarillo que descansaban en la vía del tren. Los troncos acababan de llegar y aún exudaban resina. No tardarían en ser lanzados a la pequeña laguna detrás de la serrería, antes de que el calor los endureciera e hinchara. Subió los peldaños de unas escaleras maltrechas que conducían al vestíbulo. Antes de abrir la puerta, el ruido de la sierra era sólo un murmullo irritante. Penetró en una nube dorada de serrín y en el calor de la fricción despedido por las sierras circulares, y los chillidos de las máquinas le asestaron un golpe en la frente como un pesado martillo. Buscó en los bolsillos hasta encontrar los tapones de cera y se los colocó en los oídos. Casi no servía de nada. El olor de la madera en bruto y del serrín en el aire le provocaron un escozor en la garganta. Marcó su tarjeta en la máquina junto a la oficina aislada por grandes vidrios, donde Lámar Chatham estaba sentado a su mesa con el teléfono pegado a una oreja y el dedo índice tapándose la otra.
La serrería trabajaba a pleno rendimiento. Link averiguó dónde lo necesitaban. El viejo Durkee, uno de los capataces, se ocupaba de la sierra maestra alineando los troncos, un trabajo que normalmente hacían dos hombres, y que ahora disminuía el flujo de alimentación. Patterson se dirigió deprisa al otro lado de la cadena. Ocupó su lugar junto a la sierra que no dejaba de emitir su agudo chirrido y comenzó a manipular la gran palanca que aceleraba o detenía la sierra circular, mientras el viejo Durkee medía los troncos a ojo y los introducía de modo que la sierra los cogiera en el ángulo y a la velocidad correcta. Link tiraba de la palanca y regulaba la velocidad de la sierra según las órdenes que le gritaba Durkee.
Los troncos seguían entrando, cada vez más rápidamente, y Link comenzó a acostumbrarse a la rutina, vigilando la válvula manchada de grasa que tenía a su lado, con la que medía la velocidad de la sierra.
Del techo colgaban unas bombillas desnudas que proyectaban una luz dura y a veces no del todo fiable. Muchos de los hombres que trabajaban ahí habían perdido algún dedo porque la escasa luz no les permitía medir exactamente dónde se encontraba el borde de la sierra. Link se relajó y se convirtió en una pieza más del estridente engranaje. Al cabo de un rato,
pensaba en su nueva caravana. Aquello era una buena compra, y ahora que su segundo hijo estaba a punto de nacer, sería conveniente que él, Susie y su hijo Jeff abandonaran la choza donde habían vivido tantos años. Parecía que al final empezaba a sonreírle la fortuna.
–¡Éste está más podrido que una muela picada! – gritó Durkee, y tiró del tronco con un gancho leñador-. ¡Joder, qué clase de mierda quieren vendernos! – protestó, y se inclinó, empujando un extremo del tronco hacia delante para alinearlo y le hizo una seña a Patterson para que acelerara la sierra. Link empujó la palanca adelante. El tronco avanzó y voló una nube de serrín desde el tajo que abrían los dientes de la sierra. De pronto, el motor comenzó a vibrar, y Link pensó: «Este hijoputa se va a…»
Y entonces se produjo un poderoso chasquido que vibró en todo el barracón. Link vio cómo el tronco se partía de forma irregular al desviarse la trayectoria de la sierra.
–¡APÁGALO! – rugió Durkee, y Link tiró de la palanca, pensando «la he cagado, la he cagado, la…»
Algo voló por el aire como una daga dorada. La astilla de diez centímetros le atravesó el ojo a Patterson con una fuerza que le sacudió la cabeza. Lanzó un grito de agonía, agarrándose la cara con las dos manos, y trastabilló hacia delante. Con un gesto instintivo, quiso sostenerse para no caer… y el relincho de la sierra se convirtió en un goloso borboteo.
–¡Socorro! ¡Que alguien apague el interruptor! – chilló Durkee.
Link se tambaleó, con la sangre chorreándole por el rostro. Se llevó la mano derecha para limpiarse los ojos, y tras el velo de aquella visión parcial, distinguió el muñón blancuzco y gelatinoso que colgaba de la carne despedazada de su antebrazo. Su mano, agitando los dedos, desaparecía llevada por la cinta transportadora, envuelta en el guante de lona ensangrentado.
Y el muñón que quedaba de su brazo comenzó a lanzar un chorro de sangre del grosor de una manguera de incendio.
Alguien apagó el interruptor principal y la maquinaria se detuvo, mientras las sierras silbaban como avispas enfurecidas. A Link le flaquearon las rodillas. Intentó gritar, pero no le salía la voz y, en su lugar, aún escuchaba el sonido de la sierra circular, chillando incesantemente con su macabra voz metálica. No podía respirar, tendido sobre el serrín. Se ensuciaría y a Susie no le gustaría verlo así…
–Así no -gimió, sujetándose el brazo contra el cuerpo, como un bebé-.
Dios mío, Dios mío, así no.
Por encima de él, las voces cortaron el velo que lo envolvía.
–Llamad a un médico… deprisa… torniquete… vendas… que alguien llame a su mujer…
–Mi mano -murmuraba Link-. Mi mano…
Ya no recordaba cuál de las manos había perdido, pero sabía que debían encontrarla para que el médico se la cosiera de nuevo. El serrín del suelo estaba mojado, su ropa estaba mojada, todo estaba mojado. Por su cabeza pasó una nube negra.
–No -murmuró-. No es justo que suceda así.
Las lágrimas le rodaron por el rostro, mezclándose con la sangre. Se dio cuenta de que alguien le anudaba una camisa alrededor del antebrazo. Todo se movía a cámara lenta, todo se había vuelto absurdo, todo estaba del revés…
–… demasiada sangre, esta maldita mierda no va a… -dijo una voz incorpórea a lo lejos. Alguien gritó, un grito lleno de ecos agudos-. ¡…la ambulancia!
El grito se desvaneció.
La nube negra volvió, y pareció levantarlo de donde se encontraba. El se asustó, y se resistió con los dientes apretados.
–¡NO! – gritó-. ¡NO LE DEJARÉ!… hacer esto…
Las voces que lo rodeaban se fundían en un murmullo indescifrable. Le dolía el ojo, eso era lo peor, y no veía nada.
–Limpiadme el ojo -pidió, pero nadie pareció oírlo. Lo invadió una ola de ira, punzante e inflamada. Aún tenía muchas cosas que hacer. Cuidar a su mujer y del bebé. La caravana de la que estaba tan orgulloso y para la que tanto había trabajado. «¡No dejaré que suceda así!» gritó interiormente.
La luz comenzaba a apagarse.
–No quiero que esté oscuro -murmuró Link.
A su lado, un Durkee de rostro lívido y salpicado de sangre miró a los hombres que lo rodeaban.
–¿Qué ha dicho? – preguntó-. ¿Alguien lo ha oído? Dios mío, qué desastre -dijo. Se arrodilló y sostuvo la cabeza del joven en las manos.
Ahora que todas las sierras habían callado, se oía la ambulancia, pero aún estaba al otro lado de Hawthorne.