Los senderos del terror
Capítulo II
porche, y el viento le levantó la bata cuando se acercó al bulto. Cuando le faltaban unos cinco metros, se detuvo, apenas sosteniéndose a sí misma, y se quedó mirando. Alrededor del cuello de esa cosa había un cartel pintado apresuradamente: ESTO TE PASA POR LAMENEGROS.
Carol no gritó cuando vio abrirse aquellos ojos, grandes y blancos, como los de un bufón pintarrajeado. No gritó cuando aquel rostro hinchado hasta el horror la miró, brillando en la penumbra y dejando escapar un esputo alquitranado sobre la hierba. Tampoco gritó cuando el brazo, extendido, intentó asir el vacío con una mano teñida de negro.
Sólo lanzó un chillido de pavor que le hirió la garganta cuando aquella cosa abrió la boca negra de alquitrán y pronunció su nombre en un susurro.
Las plumas revoloteaban en la brisa. En medio del valle, Hawthorne dormía como un niño inocente, y sólo alguna pesadilla ocasional turbaba su sueño. En la casa de los Booker, el viento se desplazaba como un ser vivo entre las habitaciones, donde la sangre había manchado el suelo y las paredes, y en ese silencio profundo podría haberse oído el ruido de unos pasos y de un sollozo leve y desamparado.
II
EL CARBÓN EN EL SÓTANO
7
–¡Ahí va, Billy!
–¿Por qué no la atrapas, Billy?
–Billy tiene novia, Billy tiene novia… -cantaban Johnny Parker, Ricky Sales y Butch Bryant, y para Billy la cancioncilla era más de lo que podía soportar. Se lanzó en persecución de sus tres verdugos, blandiendo los libros atados con una goma como la maza de un cruzado. Los chicos salieron disparados en tres direcciones diferentes, sin dejar de burlarse y hacerle muecas. Él se quedó ahí, echando chispas como un cable cargado de electricidad, de pie sobre el montículo del lanzador en el centro del campo de béisbol del Instituto Kyle, con las zapatillas envueltas en una nube de polvo.
No entendían por qué Billy se había fijado en Melissa Pettus. Era cierto que llevaba el cabello largo y rubio atado con cintas, pero también era simpático un cachorro de perro, y no había por qué armar tanto lío por eso,
¿no? Y aquella tarde, cuando todos volvían a casa bajo un cielo azul de
fines de abril, y vieron que Melissa caminaba más adelante entre las enredaderas verdes, no pensaron más que en reírse a costa de Billy. No se esperaban una reacción tan violenta, pero disfrutaron, sobre todo después de percatarse de que Melissa se había detenido y ahora estaba mirando.
–Billy está enamorado, Billy está enamorado, Billy… -croaba Ricky Sales, y tuvo que escabullirse, rápido, porque Billy se abalanzaba hacia él como una locomotora, con los libros en ristre.
De pronto la goma cedió con una especie de gemido y los libros volaron por el aire como lanzados por una honda. Las tapas se abrieron, rígidas, como alas de cometas, y luego cayeron levantando nubes de polvo.
–Joder -estalló Billy, y lo invadió una repentina ola de vergüenza por la palabrota. Los demás niños se retorcían de risa, pero a Billy no le quedaba ni un asomo de rabia. Si había algo que la señora Cullens no toleraba, eran los libros de mates en mal estado, y ahora Billy estaba seguro de que incluso se le habían roto algunas páginas. Los niños seguían bailando alrededor, sin acercarse demasiado, pero al ver que Billy ya no les hacía caso, se lanzaron corriendo campo a través.
–Ya nos veremos, Billy, ¿vale? – gritó Ricky, volviéndose hacia atrás.
Billy se despidió con gesto desganado, algo afligido por los libros caídos, y se agachó a recogerlos. Al llegar a su libro de matemáticas, alguien, con un vestido verde como la hierba nueva de abril, se inclinó para entregárselo. Era Melissa Pettus. En el rosa de sus mejillas, Billy distinguió unos diminutos granos de polen amarillos. Bajo la luz del sol, su pelo brillaba como ondas de oro trenzado, y Melissa sonreía con timidez.
–Gracias -dijo Billy, y lo cogió de sus manos.
«¿Qué se les dice a las chicas?», se preguntó, mientras se frotaba los libros contra la camisa para sacarles el polvo. Luego empezó a caminar de regreso a casa, sabiendo que Melissa lo seguía unos pasos a la izquierda. Se le empezaba a formar un nudo en la boca del estómago.
–Vi cómo se te caían los libros -comentó Melissa, al cabo de un momento.
–Ya. Pero están bien, sólo un poco de tierra.
–He sacado un diez en la prueba de ortografía de hoy -dijo ella.
–Ah -asintió él. Él había sacado un ocho y medio-. Yo me he equivocado en un par de palabras.
A su paso, un enjambre de mariposas amarillas emprendió un vuelo rasante sobre la hierba. El ruido de la serrería llegaba como el canto de un gigantesco grillo montes, entrecortado por el soplido de las cintas transportadoras que cargaban la madera cortada.
Ante ellos, las ondas de calor flotaban por encima del campo de juego.
«¿Qué se les dice a las chicas?», volvió a preguntarse, acosado por una sensación de pánico.
–¿Te gusta el Llanero Solitario? – preguntó al fin.
–No lo sé -dijo ella, encogiéndose de hombros.
–La semana pasada fuimos al cine en Fayette, y ¿sabes lo que vimos? El Llanero Solitario en el Desfiladero del Oro, pero me dormí antes del final.
Hablaban demasiado. Él monta un caballo que se llama Silver y las balas que dispara también son de plata-aseveró Billy.
–¿Por qué?
Él se la quedó mirando, desconcertado por la pregunta.
–Porque las balas de plata son más rápidas para matar a los malos -
explicó-. También había indios en la peli -añadió-. Eran indios apaches. Yo soy medio indio, ¿lo sabías? Tengo sangre choctaw, me lo dijo mi madre.
Los choctaw era la tribu que vivía en los bosques de estas tierras, hace mucho tiempo. Sabían cazar y pescar y vivían en tiendas.
–Yo soy americana -dijo Melissa-. Si eres indio, ¿por qué no llevas pintura de guerra y mocasines?
–Porque no soy guerrero, por eso -explicó Billy-. Además, mi madre me dijo que los choctaw eran pacíficos y no les gustaba ir a la guerra.
Melissa se sentía atraída por Billy, pero había oído a sus padres contar cosas extrañas sobre los Creekmore. Decían que en los estantes de la cocina, aquella bruja guardaba frascos con alas de murciélago, ojos de lagarto y tierra del cementerio. Decían que sus bordados eran los más complicados que jamás se había visto porque contaba con la ayuda de demonios que la visitaban a medianoche. Y decían que Billy, tan parecido a su madre y tan distinto de su padre, estaba marcado por la sangre pecadora de esa india, que le hervía en las venas como la ciénaga en el fondo de la olla de una bruja. Ella no sabía si aquello era verdad o mentira, pero Billy le caía bien. No dejaría que la acompañara hasta su casa, desde luego, porque tenía miedo de que sus padres los viesen juntos.
Se acercaban al punto en que Melissa debía separarse para ir a casa.
–Me tengo que ir -le dijo a Billy-. Adiós.
Se llevó los libros al pecho y se alejó caminando por un estrecho sendero. Billy observó que los arbustos se le enganchaban a los bordes del vestido.
–Adiós -gritó Billy-. Gracias por ayudarme con los libros -se apresuró a añadir. Por un instante, pensó que ella no miraría, pero se equivocó. Melissa se volvió, con una ancha sonrisa en los labios, y a él le pareció que se derretiría en los zapatos como un helado de frambuesa. El cielo le parecía tan grande como el mundo, y tan azul como los platos especiales que su abuela había hecho para el cumpleaños de su madre el mes pasado. Billy se volvió en dirección contraria y atravesó el campo del Instituto Kyle hacia su casa. Se encontró diez centavos en el bolsillo, y en el colmado del semáforo compró un pastelillo que se comió mientras caminaba por la carretera.
«Billy tiene novia, novia, Billy tiene novia.» De pronto pensó que tal vez Melissa era su novia. Se ruborizó de vergüenza al pensar en las tapas de ciertas revistas en el colmado: Amor verdadero, Historias de amor y Joven Romance, había leído. La gente siempre se estaba besando en esas fotos que le llamaban la atención cuando se paraba a mirar los tebeos.
Sintió que una sombra flotaba sobre su cabeza. Miró hacia la casa de los Booker y algo lo paralizó. Con el tiempo, la casa verde se había tornado gris, y la pintura se desconchaba en largas franjas. Las persianas, de un blanco terroso, colgaban de las bisagras, apenas enmarcando los vidrios rotos de las ventanas. La puerta de entrada se balanceaba sobre su eje, y alguien había escrito: ¡PROHIBIDO ENTRAR! ¡PROPIEDAD PRIVADA!
Por los muros trepaban enredaderas y malezas, y el verde ramaje del bosque reclamaba su territorio. Billy creyó oír un suspiro leve, ahogado en la brisa, y recordó aquel melancólico poema que la señora Cullens había leído en clase en una ocasión, acerca de una casa abandonada. Supo que tenía que alejarse de ahí, o pronto empezaría a sentir la tristeza en el aire.
Pero no se movió. Le había prometido a su padre, allá por enero, después de todo lo sucedido, que jamás volvería a esa casa, y que no se detendría a mirarla como ahora. Se había mantenido fiel a la promesa durante tres meses, pero pasaba delante de la casa de los Booker dos veces al día, al ir y venir del colé, y se sentía cada vez más Atraído por ese lugar, cada vez, paso a paso, un poco más. Ahora, de pie frente a la casa, que proyectaba sobre 61 la sombra, como una sábana fría, supo que nunca había
estado tan cerca. La curiosidad lo impulsaba a subir esos peldaños que conducían al porche. Estaba seguro que en esa casa aún había misterios por resolver, que al entrar y buscar por su propia cuenta, todas las piezas del rompecabezas que revelaban por qué se había vuelto loco el señor Booker y por qué le había hecho eso a su familia encajarían adecuadamente, tal como sucedía con los trucos de magia.
Su madre había intentado explicarle cosas acerca de la muerte, de cómo los Booker habían pasado a otra vida, y de cómo Will también, se suponía, había pasado a otra vida, aunque nadie sabía exactamente dónde descansaba su cuerpo. Le dijo que tal vez yacía en algún lugar del bosque, tendido en un lecho de musgo verde oscuro, con la cabeza sobre una almohada de hojas que se fundían en la tierra, y rodeado de un manto de setas blancas que, como linternas, lo protegían de la oscuridad.
Billy subió los dos primeros peldaños y se quedó mirando la entrada de la casa. ¡Le había prometido a su padre que no entraría! Sintió la angustia, pero no volvió atrás. Se parecía a la historia de Adán y Eva que había leído tantas veces. Él quería ser bueno y vivir en el Jardín, pero esta casa, la llamada Casa del Asesino, era la fruta prohibida de la sabiduría que le desvelaría cómo y por qué Will Booker había sido llamado por el Señor, y a qué lugar y vida había pasado. De pronto, en el filo de la decisión, tuvo un estremecimiento.
En ciertas ocasiones había tenido la sensación, al pasar frente a la casa, sin mirarla, que de entre los árboles nacía un sutil gemido anhelante. Aquel sonido siempre lo hacía levantar la vista. A veces imaginaba que alguien murmuraba su nombre, y en una ocasión se figuró haber visto una pequeña figura que lo observaba detrás de una ventana rota, esperando a que él pasara.
–¿Sabes lo que me han dicho? – le había preguntado Johnny Parker sólo unos días atrás-. ¡Que la casa de los Booker está llena de fantasmas! Mi padre me ha prohibido que juegue cerca de allí, porque durante la noche la gente ha visto luces extrañas y ha oído gritos. El viejo Keller le contó a mi padre que el señor Booker le cortó la cabeza a Katy y que después la clavó en una estaca. Y mi padre piensa que el señor Booker cortó a Will en pedacitos y que lo desparramó por todo el bosque…
Billy pensó que Will había sido su mejor amigo. «Nada en esa casa podría hacerme daño…» La curiosidad lo impulsaba a dar un paso adelante.
Lanzó un vistazo a ambos lados de la carretera, pensando que su padre estaría trabajando en los maizales, ocupándose de los primeros brotes de primavera. «Sólo una mirada.» Dejó los libros sobre la escalera. Subió y se detuvo ante la puerta desvencijada. Se le había acelerado el pulso. La puerta nunca le había parecido tan pesada, y el interior de la casa tan oscuro y lleno de misterios. La historia de Adán y Eva pasó por su mente como un relámpago, como la última oportunidad que tenía para retroceder. «Cuando has pecado -pensó-, cuando entras donde no debes, jamás volverás a lo que había antes de entrar. Cuando sales del Jardín y penetras en las Tinieblas, es demasiado tarde…»
Un arrendajo graznó y Billy se llevó un susto de muerte. Le pareció oír su nombre en un suspiro quedo, y aunque escuchó atentamente no volvió a oírlo. Es mamá que me llama desde casa, se dijo a sí mismo, porque ya he tardado bastante. ¡Me darán una paliza! A su izquierda, vio el agujero por donde se habían asomado los policías buscando a Will, debajo del porche.
Cogió el canto de la puerta y tiró de ella hasta dejar una pequeña abertura.
La base de la puerta arañó el suelo con un gemido. Una nube de polvo se levantó del interior y se deslizó hacia fuera, rozándole la cara.
«Cuando sales del Jardín y penetras en las Tinieblas…»
Respiró una bocanada de aire rancio y cruzó el umbral que conducía a la Casa del Asesino.
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