Los terroristas

Per Wahloo · Capítulo 6 de 30

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Los terroristas

Capítulo 6

La autopsia dio como resultado la información de que la muerte de Walter Petrus había ocurrido entre las seis y las nueve de la mañana. No había ningún motivo para no creer la afirmación de Maud Lundin, según la cual estaba con vida cuando ella abandonó la casa a las seis y media. Tanto Aasa Torell como Martin Beck estaban convencidos de que ella no tenía nada que ver con su muerte.

El hecho de que la puerta principal estuviera abierta había facilitado al asesino la entrada en la casa y le había permitido sorprender a Petrus cuando estaba en la ducha, pero el misterio residía en cómo había logrado salir de allí sin ser visto. Tanto si había venido en coche, que era lo más lógico, como si había llegado en tren, lo curioso del caso era que nadie de los que vivían en los alrededores le hubiera visto.

En un grupo residencial en el que todos se conocen, al menos los vecinos más cercanos y sus coches, parecía que la posibilidad de que le vieran a uno era considerable, precisamente entre las seis y media y las nueve de la mañana. Entonces estaba todo el mundo en movimiento, los hombres camino del trabajo, los críos de la escuela, y las amas de casa de compras y cuidando los jardines.

Durante varios días se preguntó puerta por puerta en toda la zona, y cuando prácticamente se había interrogado a todo Rotebro se pudo constatar que nadie había visto nada ni a nadie que pudieran tener alguna relación con el asesinato. Pärsson y sus hombres, fundamentalmente Aasa Torell, trabajaban sobre la teoría de que el asesino vivía en las cercanías, pero todavía no habían encontrado a nadie que conociera a Petrus o que pudiera tener algún motivo para haberle matado.

Martin Beck y Skacke se dedicaron a investigar en la vida privada de Walter Petrus, su actividad como productor y su situación económica.

Estos últimos aspectos eran difíciles de desentrañar. Petrus parecía haber sido un evasor de impuestos bastante considerable; vendía sus producciones en el extranjero y se podía imaginar que tenía unas abultadas cuentas bancarias en Suiza. Tampoco había demasiadas dudas sobre las trampas que había hecho con la contabilidad y con sus declaraciones, y seguramente se había asesorado con unos consejeros jurídicos muy capaces. Eran cosas

sobre las que Martin Beck no entendía demasiado, y delegó gustosamente la tarea en expertos en la materia para esclarecer el panorama.

La AB Petrus Film estaba enclavada en un edificio antiguo de la calle Nybro. Los locales, que un día fueron viviendas, habían sido respetuosamente renovados y consistían en seis habitaciones y una cocina.

Cada empleado tenía su despacho y los muebles de oficina parecían objetos raros en aquel entorno de estufas de cerámica, paneles de roble y relojes de cuco. El propio Walter Petrus había presidido todo aquello, sentado tras una enorme mesa escritorio de jacaranda en una habitación hermosa y amplia, que hacía esquina y con altas ventanas. Además, había una especie de sala de proyecciones con espacio para diez espectadores, y una habitación que servía de archivo y almacén.

Martin Beck y Skacke consumieron un par de horas matinales en la sala de proyecciones para hacerse una idea del tipo de productos que la actividad de Walter Petrus había logrado crear. Vieron una película del principio al final y fragmentos de otros siete filmes, a cual más deplorable.

Skacke, al principio se había sentido un poco avergonzado, pero al cabo de un rato había empezado a bostezar. Las películas eran todas de muy baja calidad técnica, y llamarlas artísticas, como había hecho Maud Lundin, no era una exageración, sino una mentira. Martin Beck pensó que en aquello no había sido muy sincera, a no ser que hubiera perdido totalmente el sentido del bueno gusto.

Los actores, si es que había que emplear esta denominación para designar a aquella tropa de simples aficionados que aparecían en la pantalla, se movían prácticamente desnudos. La partida de vestuario no debía de haber sido la más importante del presupuesto de aquella película. Si por casualidad aparecía alguien vestido, la idea era que se quedase sin nada lo antes posible.

En varias de las películas salían las mismas chicas adolescentes, unas veces juntas y otras veces una por una. Una de ellas parecía avergonzada y miraba fugazmente a la cámara insegura, mientras, siguiendo probablemente las imperiosas indicaciones detrás de la cámara, hacía mover la lengua, rodar los ojos y mover el cuerpo contoneándose. Los chicos, excepto uno que era negro, eran todos ellos rubios y bien formados. La escenografía era austera, y la acción se desarrollaba casi siempre en el mismo viejo camastro, al que de vez en cuando le cambiaban las sábanas.

Sólo una de las películas parecía tener un cierto argumento o guión. Era aquella de la que había hablado Maud Lundin, Amor bajo el sol de medianoche.

La habían rodado en las islas costeras cercanas a Estocolmo, y empezaba con la protagonista, una niña de unos quince años, que iba remando a una isla para celebrar el sol de medianoche a la vieja usanza sueca. En la canoa llevaba un cesto con una botella de aguardiente, vasos para el aguardiente, platos, cubiertos de plata, un mantel de lino, una lechuga y un pan redondo.

Cuando hubo bajado el cesto a tierra, junto con una gran cuchara, se desnudó casi totalmente, aunque despacio y con grandes aspavientos, la boca abierta y los ojos entreabiertos o entrecerrados, según se mirase. Acto seguido se colocaba con las piernas abiertas sobre una roca medio sumergida y empezaba a masturbarse con el mango de la cuchara. Después de haber agitado la cabeza y de haber emitido algunos mugidos de placer, tiraba del anzuelo y sacaba un enorme salmón muerto. Contenta con su pesca, daba saltitos por la roca durante un rato, abría y cerraba las piernas, movía las caderas y hacía bailotear los pechos. En un abrir y cerrar de ojos, organizaba una hoguera con los restos de un naufragio, que se hallaban casualmente amontonados a su lado, y empezaba a asar el pescado. Luego vertía aguardiente en uno de los vasitos, que más bien parecía una copa de champán, y, justo después de engullir el primer trago, veía cómo salía del agua un joven rubio, apuesto y desnudo. Le invitaba a compartir el almuerzo, y copa va copa viene, bebidas en el mismo vaso, despachaban el salmón, perfectamente ahumado y cortado en lonchas, como si acabara de salir de un supermercado para una fiesta. Se había hecho de noche, a pesar de que el sol continuaba alto, y ambos jóvenes iniciaban un ritual alrededor del fuego. Luego, se iban cogidos de la mano, hacia los verdes prados de la isla, encontraban un confortable montón de heno y yacían durante un cuarto de hora, con un total de unas veinte posiciones distintas. En la escena final, los dos jovencitos caminaban muy juntos hacia el mar abierto. The end.

—¡Madre mía! —exclamó Skacke—, ¡Y pensar que se pueden ganar millones con esto! ¿Qué puede haberle costado a Petrus producir esa porquería?

—No creo que mucho más que el valor de la cinta virgen, el revelado y el copiado —dijo Martin Beck—, No le hacía falta ni estudio ni escenografía ni nada, y la dirección, si es que se la puede llamar así, debía

correr a su cargo. Claro que seguramente tuvo que pagar al cámara y darles alguna propina a los actores, para llamarles de alguna manera.

—Sin embargo, el salmón es caro... —dijo Skacke—; podía haber asado una sardina, ¿no crees?

El jefe de ventas de la AB Petrus Film les propuso ver otros filmes de éxito parecido, por ejemplo Amor y lujuria en Suecia, o bien 3 noches con una Eva sueca, pero Martin Beck y Skacke rechazaron amablemente la invitación. Les dijeron que Amor bajo el sol de medianoche era uno de los números estelares de la compañía, y que se había vendido en ocho países.

La chica que desempeñaba el papel principal se encontraba en aquellos momentos en uno de esos países, y el jefe de ventas no recordaba en cuál, si era Italia o dónde, y allí pensaba continuar su carrera. El director Petrus le había buscado un buen contrato a otra de las chicas, con una compañía alemana, continuó explicando el jefe de ventas, quien opinaba que aquellas mozas quedaban muy bien situadas después, y salían ganando más que el billete de mil coronas que Petrus les daba por una película, es decir, si representaban el papel estelar, claro.

Martin Beck delegó en Skacke la continuación de la búsqueda de datos en las repugnantes estanterías de la AB Petrus Film, y decidió que había llegado el momento de hacerles una visita a los familiares más allegados del difunto. Había llamado a la villa de Djursholm el mismo viernes, pero sólo había podido hablar con el médico de cabecera, que en tono breve y autoritario le había informado de que la señora Petrus no estaba en condiciones de recibir ninguna visita, y mucho menos de la policía. El médico le había hecho saber que le parecía extraordinariamente inoportuno no respetar el dolor de una pobre viuda y no dejarla en paz al menos durante el fin de semana.

Como el fin de semana ya había pasado, y era lunes diez de julio, decidió ir. Cuando Martin Beck llegó a la calle Nybro, lucía el sol. Estaba empezando el verano, se aproximaba la época de vacaciones y la gente andaba por las calles más o menos presurosa.

Martin Beck bajó por la calle hasta la plaza Östernalm, y, cuando llegó a los nuevos locales policiales del distrito séptimo, entró en el portal y subió por la escalera para pedir que le dejaran utilizar el teléfono.

En la villa de los Petrus contestó una mujer. Le pidió que esperase, volvió al cabo de bastante rato y le anunció que la señora Petrus estaba

dispuesta a recibirle, con la condición de que la visita fuera breve. Él prometió no quedarse demasiado tiempo.

Después llamó un taxi.

La villa de Djursholm estaba rodeada por un vasto jardín que parecía más bien un parque, y el camino de acceso a la casa estaba bordeado por álamos altísimos. En la entrada había dos verjas de hierro abiertas de par en par, y el taxista le preguntó si tenían que entrar, pero Martin Beck le pidió que parase antes de entrar por la verja, pagó y se apeó.

Mientras Martin Beck caminaba por la alameda, fue estudiando aquella mansión y sus alrededores. El seto que daba a la calle era espeso, tenía la altura de una persona y estaba cuidadosamente redondeado en sus extremos.

Dentro de la finca, el camino de entrada se dividía y continuaba por la derecha hacia un gran garaje. El enorme jardín parecía muy bien cuidado, y el césped limitaba perfectamente con los caminillos de grava que rodeaban los arbustos y los parterres con flores; a juzgar por la altura de los álamos y la edad de los árboles frutales, aquel jardín tenía ya bastantes años.

Dentro de semejante marco, cabía esperar encontrar una mansión secular de las que abundaban en las zonas residenciales tradicionales, pero cuando Martin Beck se acercó a la casa por el sendero de gravilla, vio que se trataba de una creación arquitectónica bastante reciente, de dos plantas, con el tejado plano y enormes ventanas.

Le abrió la puerta una mujer de mediana edad vestida de negro y con un delantal blanco, sin darle tiempo a tocar el timbre. Le condujo en silencio a través de una amplia sala, pasaron junto a una ancha escalera que llevaba al piso superior, atravesaron otras dos habitaciones, y se pararon ante una gran abertura en forma de arco que daba a una estancia soleada, cuya pared frontal era toda ella de cristal.

El suelo, de pino barnizado, estaba a un nivel inferior, y Martin Beck, que no vio el escalón, se precipitó, más que entró, en la habitación donde le esperaba la viuda de Walter Petrus, tendida en una tumbona, en el ángulo de la pared de vidrio. Afuera, en la terraza, se veían unas cuantas tumbonas alineadas como si se tratara de la cubierta de un barco de pasajeros.

—¡Cuidado! —exclamó la mujer, mientras agitaba nerviosa una mano y miraba a la sirvienta del delantal, como quien espanta una mosca.

Cuando la sirvienta se había vuelto ya para marcharse, la señora Petrus cambió de idea y dijo:

—No; espere, señora Pettersson.

Miró a Martin Beck y le preguntó:

—¿Quiere usted beber algo, comisario? Hay café, té, cerveza, o una copa si lo prefiere. Yo voy a tomar un jerez.

—Gracias —dijo Martin Beck—, tomaré una cerveza.

—Una cerveza y una copa grande de jerez —dijo en tono imperativo—.

Y, señora Pettersson, traiga también algunos de aquellos pastelitos holandeses de queso.

Martin Beck pensó en la coincidencia de que la viuda de Walter Petrus Pettersson tuviera el mismo apellido que su empleada de hogar, o como se llamase ese oficio afortunadamente cada día más escaso. Y tenían, además, aproximadamente la misma edad.

Le habían dado algunas informaciones sobre aquella mujer y sabía que ya de soltera se apellidaba Pettersson, Kristina Elvira de nombre, aunque casi todos la llamaban Chris; que tenía cincuenta y siete años y que había estado casada con Petrus veintiocho años. De joven había trabajado como oficinista durante una temporada, y justo antes de casarse había sido secretaria de una empresa dirigida por Petrus. El productor cinematográfico Walter Petrus era algo relativamente reciente. Durante muchos años se había llamado Walter Pettersson y había trabajado como restaurador de coches de desguace, actividad muy lucrativa, pero escasamente honorable, que el endurecimiento de las leyes y un control más severo en el ramo le obligaron a abandonar.

Martin Beck continuaba de pie en medio del suelo, y mirando a la mujer de la tumbona.

Era rubia teñida y se la veía morena debajo del maquillaje, y llevaba una blusa negra sobre una ropa interior de lino que transparentaba un poco.

Estaba muy delgada y su cara parecía cansada y demacrada, en contraste con el peinado moderno y lleno de ricitos.

Se adelantó hacia ella y ella le tendió una pequeña mano huesuda; él le dio el pésame y le pidió disculpas por las molestias con que la venía a apesadumbrar en aquella hora; eran frases repetidas cientos de veces en situaciones semejantes.

Martin Beck no sabía muy bien dónde instalarse, pues la tumbona estaba solitaria en la esquina, pero la mujer se levantó y se dirigió hacia dos enormes sofás de piel que ocupaban la parte central de la habitación, a ambos lados de una mesa larga con superficie de mármol. Se sentó junto al

extremo de uno de los sofás y Martin Beck lo hizo en el centro del otro sofá.

Al otro lado de la pared de cristal, que se abría con puerta corredera, había una terraza con el suelo de piedra, y más abajo una piscina. Después de la piscina empezaba el césped, que llegaba hasta una hilera de abedules muy erguidos, a unos cincuenta metros de la casa. El césped era espeso y uniforme, y no había parterres ni árboles ni arbustos, como delante de la casa. Detrás del pálido verdor de los abedules se distinguía el brillo de las aguas azules del Gran Värt.

—Sí, tenemos una vista muy hermosa —dijo Chris Petrus, que había seguido la mirada de Martin Beck—. Lástima no tener también la playa, porque entonces haría cortar los abedules y podríamos ver mejor el agua.

—Pero los abedules también son bonitos —alegó Martin Beck.

Entró la señora Pettersson y colocó una bandeja sobre la mesa, sirvió la cerveza de Martin Beck y dispuso una copa grande de jerez y el cuenco con las galletitas de queso, que puso delante de la señora Petrus. Luego retiró la bandeja y abandonó la estancia sin pronunciar una sola palabra.

La señora Petrus levantó su copa y saludó a Martin Beck con una inclinación de cabeza antes de beber. Luego depositó de nuevo la copa y dijo:

—Siempre nos hemos encontrado bien aquí. Cuando compramos la finca hace seis años, había aquí un horrible castillo en ruinas, pero lo hicimos derribar y construimos esta casa en su lugar. Un amigo de Walter, que es arquitecto, nos hizo los planos.

Martin Beck estaba convencido de que el castillo en ruinas debió de haber sido más confortable para vivir. Lo que llevaba visto de la casa le parecía frío y poco acogedor, y aquel aspecto hipermoderno y probablemente muy caro parecía hecho más para impresionar que para hacer la vida agradable y cómoda.

—¿No hace mucho frío en invierno, con estas ventanas tan grandes? —

preguntó Martin Beck para entrar en conversación.

—No, qué va, tenemos infrarrojos en el techo y tuberías de calefacción en el suelo, incluso en la terraza. Además, no estamos mucho aquí en invierno; solemos irnos a zonas más cálidas, Grecia, Algarve, o África.

A Martin Beck le dio la impresión de que aquella mujer no se había llegado a dar cuenta de que su vida había cambiado, aunque quizá el cambio no fuera tan grande; había perdido a su marido, pero no su dinero.

A lo mejor, incluso había deseado su muerte alguna vez. A fin de cuentas, todo se puede comprar con dinero, incluso el asesinato.

—¿Cómo era la relación entre usted y su marido? —inquirió.

Ella le miró desconcertada, como si él estuviera allí para hablar de vaguedades y trivialidades en torno a la casa, a la vista desde la terraza o a sus viajes de placer al extranjero. Al cabo de un rato, contestó:

—Muy buena; hemos estado casados veintiocho años y tenemos tres hijos. Sólo por ellos vale la pena formar un matrimonio.

—Pero eso no significa necesariamente que el matrimonio sea feliz —

dijo Martin Beck—. ¿Fueron felices?

—Uno se acostumbra al otro con el paso de los años; se hace la vista gorda con los defectos y se aguanta —dijo—. ¿Cree usted, acaso, que existen matrimonios completamente felices? El nuestro, en cualquier caso, no tenía roces y jamás se nos ocurrió pensar en divorciarnos.

—¿Intervenía usted en los negocios de su marido?

—En absoluto. La compañía cinematográfica no me interesa en lo más mínimo, y jamás me metí en los asuntos de mi marido.

—¿Qué le parecen las películas que producía su marido?

—No las vi jamás. Creo que sé qué clase de filmes hacía, pero yo no tengo prejuicios y me abstengo de opinar sobre el particular. Walle trabajaba duro, e hizo siempre todo lo posible por que mis hijos y yo tuviéramos lo mejor.

«Lo mejor» era una expresión justa, y quizá se quedaba corta, pero Martin Beck se abstuvo de hacer comentarios y dijo:

—Sus hijos, es verdad; ya deben de ser mayores. ¿Viven en casa todavía?

Chris Petrus alzó su copa de jerez y la hizo girar entre los dedos. Bebió un poco y dejó la copa en su sitio antes de responder.

—Sí y no. Nuestro hijo mayor tiene veintiséis años y es oficial de la Marina. Vive aquí cuando está en Estocolmo, pero casi siempre está embarcado o en Karlskrona. Pierre, que tiene veintitrés años y siente inclinaciones artísticas, también quiere trabajar en el ramo cinematográfico, pero con estos tiempos difíciles en la actualidad se dedica a viajar para obtener contactos y almacenar impresiones. Sin embargo, tiene su habitación arriba y vive aquí cuando no está en el extranjero. He telegrafiado a su última dirección en España, pero no me ha contestado, de manera que ni siquiera sé si se ha enterado de la muerte de su padre.

Sacó un cigarrillo de una caja de plata que había sobre la mesa y lo prendió con un encendedor, también de plata, y monstruosamente grande.

—Bueno, y luego está Titti. Titti sólo tiene diecinueve años, pero ya se las arregla muy bien como modelo fotográfica. Vive alternando entre aquí y un pequeño estudio que tiene en la Ciudad Vieja. Ahora no está en casa; si no, la podría haber conocido. Es muy simpática.

—Estoy seguro de ello —dijo Martin Beck con expresión amable, pensando que, si era cierto, la niña se parecía bien poco a su padre.

—Aunque no le interesaran los negocios de su marido, seguramente sabía usted con quién alternaba en su trabajo —continuó.

Chris Petrus se pasó la mano por su fastuoso peinado y respondió:

—Ya lo creo, teníamos a menudo a gente de lo más variado dentro del mundo del cine a cenar, y luego Walle tenía que acudir a un montón de fiestas y reuniones, aunque en los últimos años yo casi no iba nunca.

—¿Por qué no?

La señora Petrus miró por la ventana.

—No me apetece —dijo—. Había siempre tanta gente, y un montón de gente joven con la que una no tiene nada en común. Y a Walle no le parecía necesario que fuera. Yo tengo mis propios amigos, con los que me lo paso mejor.

Walter Petrus, en otras palabras, no había querido llevar a su mujer cincuentona a las fiestas en las que tenía la oportunidad de conocer a muchachitas jóvenes con las que alternar gracias a su profesión y a su dinero. Él tenía sesenta y dos años, y era gordo, feo e impotente, y su reputación como productor cinematográfico había llegado a ser casi vergonzante, a pesar de que en ciertos círculos todavía se le consideraba como un hombre importante, con una producción apreciada y un espíritu ambicioso y artístico. Pero la aureola de admiración que rodea al mundo del cine hace que muchas chicas estén dispuestas a cualquier clase de humillaciones con tal de entrar en él, y Walter Petrus, indudablemente, no había desaprovechado jamás aquella predisposición.

—Señora Petrus, supongo que habrá tenido tiempo de pensar en quién haya podido matar a su marido —dijo Martin Beck.

—No se me ocurre otra cosa que la acción de un loco. Es horrible que aún ande suelto.

—¿No había nadie a su alrededor que pudiera...?

Ella le interrumpió y pareció agitarse por primera vez durante aquella conversación.

—Nadie, excepto un loco de remate, tiene la oportunidad de hacer algo así. Entre nuestro círculo de amistades no hay ningún chiflado, y he de decirle, señor comisario, que pensase lo que pensase la gente de mi marido, no había nadie que le odiara hasta ese punto.

—No era mi intención criticar a su marido o a sus conocidos —dijo Martin Beck—; sólo quiero decir que a lo mejor se sentía amenazado, o a lo mejor alguien se ha sentido maltratado por él...

Ella le volvió a interrumpir.

—Walle no maltrataba a nadie. Era bueno y hacía lo que podía por sus empleados. El gremio en el que trabajaba es duro y difícil, y a veces había que ser cruel para no sucumbir, eso lo había dicho alguna vez, pero de ahí a que le hubiera hecho algo tan grave a alguien, no me lo puedo imaginar, la verdad.

Vació su copa de jerez y encendió un cigarrillo, y Martin Beck esperó a que se serenase.

Martin Beck miró por la ventana. Por el césped venía un hombre con ropas de trabajo de color azul.

—Alguien viene —dijo.

La señora Petrus miró hacia el hombre.

—Ése es Hellström, nuestro jardinero —dijo.

El hombre de azul torció hacia la derecha junto a la piscina y desapareció de su vista.

—¿Tiene usted otros empleados, aparte de la señora Pettersson y el jardinero? —preguntó Martin Beck.

—No. La señora Pettersson se ocupa de la casa, y dos veces a la semana viene una asistenta. Y Hellström no es sólo el jardinero de esta casa, sino que cuida otros jardines de por aquí. No vive aquí, sino en una casita en el terreno del vecino.

—¿También se ocupa del coche?

Ella asintió.

—Los coches. Walle tenía un Bentley y yo un Jaguar pequeño.

Hellström se encarga de los dos coches, y a veces llevaba a Walle a la ciudad. A Walle no le gustaba conducir, o sea que Hellström también hacía de chófer. A veces, también iba yo a la ciudad al mismo tiempo que Walle, pero yo prefería conducir mi propio coche y él prefería ir en el Bentley.

—¿No conducía nunca su marido?

—Raramente, a no ser en casos extremos, pero no le gustaba nada.

Señaló la copa con el dedo y miró hacia la puerta. Después se levantó y dijo:

—Voy a llamar a la señora Pettersson. El único defecto de esta casa es que no hay timbre para llamar a la cocina.

Salió, y la oyó gritarle a la señora Pettersson que trajera la botella de jerez. Luego volvió a sentarse en el sofá.

Martin Beck esperó a hacerle la siguiente pregunta hasta que la señora Pettersson hubo colocado la botella de jerez sobre la mesa y se hubo alejado; bebió un trago de cerveza, que estaba empezando a calentarse y a perder presión, y dijo:

—Señora Petrus, ¿sabía usted que su marido tenía relaciones con otras mujeres?

Ella respondió en seguida, mirándole a los ojos.

—Naturalmente que lo sabía, y conocía su relación con la mujer en cuya casa ha sido asesinado. Ha sido su amante durante dos años. No creo que tuviera otros asuntos; quizá alguno esporádico, pero tampoco era ningún mozo ya. Como le he dicho antes, yo no tengo prejuicios y dejaba que Walle viviera su vida como le pareciera.

—¿Conoce a Maud Lundin?

—No, y tampoco tengo ningunas ganas de conocerla. Walle sentía una cierta atracción por las mujeres vulgares, y me parece que esa tal señora Lundin es de ese tipo.

—¿Ha tenido usted relaciones con otros hombres?

Ella le miró un rato y contestó:

—No creo que tenga nada que ver con el asunto.

—Lo tiene; de lo contrario, no se lo habría preguntado.

—Si está pensando en que yo tenía un amante que ha matado a Walle por celos, puedo decirle que se equivoca. Tengo, efectivamente, un amante desde hace varios años, pero él y Walle eran buenos amigos y mi esposo aceptaba nuestra relación mientras fuera discreta. No pienso decirle cómo se llama.

—No creo que sea necesario —dijo Martin Beck.

Chris Petrus se pasó el dorso de la mano por la frente y cerró los ojos; fue un gesto muy teatral. Tenía ojeras.

—Y ahora puedo decirle que me deje en paz —dijo—. La verdad es que no resulta nada divertido estar aquí hablando sobre la vida privada de Walle y la mía con un desconocido.

—Lo siento, de veras, pero mi trabajo consiste en intentar encontrar a la persona que mató a su marido, y por esa razón me veo obligado a hacer una serie de preguntas indiscretas, con el fin de formarme una idea de lo que pueda haber motivado su muerte.

—Usted me prometió por teléfono que la conversación sería breve —

protestó ella quejumbrosa.

—No la voy a molestar con más preguntas por ahora —dijo Martin Beck

—, pero quizá tenga que volver, yo o alguno de mis compañeros, y le ruego que me permita llamarla en ese caso.

—Sí, sí —asintió la señora Petrus impaciente.

Él se levantó y ella volvió a tenderle elegantemente su mano mientras continuaba sentada.

Cuando salía por el arco, aquella vez ya sin tropezar en el escalón, oyó el rumor de la botella de jerez al verter más vino en la copa.

La señora Pettersson estaba seguramente ocupada en las regiones superiores de la residencia, pues pudo oír sus pasos y el ronquido de una aspiradora.

El jardinero tampoco se veía por ninguna parte, y las puertas del garaje estaban cerradas.

Cuando salió por la puerta principal vio que en el marco exterior había células fotoeléctricas, probablemente conectadas a algún sistema de alarma en la casa. Eso explicaba que la señora Pettersson le hubiera abierto sin necesidad de tocar el timbre.

Mientras atravesaba el césped vio al jardinero, que terminaba de cortar la hierba alrededor de la mansión de los Petrus. Se detuvo y pensó en acercarse a él para conversar un rato, pero el hombre, que había estado agachado unos momentos antes, se levantó y se alejó con pasos rápidos.

Entonces empezó a resoplar una boquilla de aspersor y a lanzar unos finos hilillos de agua sobre el césped verdísimo.

Martin Beck continuó caminando, en dirección a la estación. Iba pensando en Rhea, y en que le contaría cómo era la familia Petrus y en qué ambiente vivían, y sabía de antemano cuál sería su reacción.

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