Los terroristas

Per Wahloo · Capítulo 7 de 30

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Los terroristas

Capítulo 7

Al día siguiente de la fiesta del solsticio de verano llegó a la jefatura de policía de Märsta un hombre joven y entregó al inspector de guardia un objeto pesado y largo, envuelto en papel de periódico.

Desde el día del asesinato de Rotebro habían pasado diecinueve días, y los resultados de las investigaciones habían sido bastante pobres. La inspección técnica había aportado muy pocos datos dignos de atención o de interés, ni siquiera una huella digital que no fuera las del propio Walter Petrus, Maud Lundin o cualquiera de sus conocidos o personas cuya presencia en la casa se considerase normal. Lo único que podía pensarse que proviniera del asesino era una huella de pisada delante de la puerta del jardín.

Se habían realizado numerosos interrogatorios a vecinos, parientes, empleados, amigos y conocidos, y, mientras crecía todo ese material, también se iba clarificando la imagen del propio Walter Petrus. Tras una fachada de generosidad y jovialidad se ocultaba un hombre duro e inmisericorde, desprovisto de escrúpulos a la hora de conseguir sus propósitos. Su comportamiento sin conciencia en la esfera de los negocios le había granjeado numerosos antagonistas, pero las personas de su entorno que pudieran tener motivos suficientes para asesinarle tenían todas clarísimas coartadas. Aparte de su mujer y de sus hijos, no había ninguna persona que se pudiera beneficiar económicamente de su muerte.

El inspector de guardia hizo llegar el paquete al comisario de homicidios Pärsson, quien lo abrió, echó un vistazo a su contenido e hizo pasar al joven que lo había traído.

Señaló la barra de hierro envuelta en papel de periódico.

—¿Qué es eso, y por qué nos lo ha traído?

—Es una cosa que encontré en Rotebro —dijo el hombre—. Pensé que podía tener algo que ver con el asesinato de ese Petrus. Leí algo en el periódico, y allí decía que el arma homicida no había sido hallada en el lugar del crimen. Tengo un amigo que vive en la casa de enfrente de donde sucedió, y esta noche he dormido allí. Naturalmente, hablamos del crimen, y, cuando encontré esto esta mañana, he pensado que podía ser el arma

homicida. En fin, que he pensado que lo más adecuado era entregárselo a la policía.

Miró a Pärsson y continuó con aire de duda:

—Por si acaso, porque nunca se sabe.

Pärsson asintió.

Algunos días antes, una mujer había enviado unas tenazas por correo y en una carta acusaba a su vecino del crimen. Las tenazas las había encontrado en el garaje del vecino, y daba el razonamiento de que, ya que estaban manchadas de sangre y el vecino ya había cometido un crimen anteriormente, lo que tenía que hacer la policía era simplemente ir allí y detenerle. Luego se supo que la mujer estaba mal de los nervios y era paranoica, que estaba convencida de que su vecino se había cargado a su gato, que llevaba tres meses sin aparecer, y, finalmente, que las manchas rojas eran de pintura.

—¿Dónde lo ha encontrado? —preguntó Pärsson.

—En realidad, fue Emil el que lo encontró —dijo el joven.

—¿Emil?

—Mi perro. Es que fuimos a pasear por el campo y a Emil se le enredó la correa en unos arbustos, y al irlo a soltar vi la barra en el suelo.

Pärsson volvió a asentir.

El joven parecía un poco inseguro, y Pärsson le dijo amablemente:

—Ha sido muy amable al venir. ¿Podría usted indicarnos el lugar exacto en donde la encontró si fuera necesario?

—Desde luego; clavé una rama para señalar el lugar, por si acaso.

—Muy bien —dijo Pärsson—, muy comprensible. Deje ahí afuera su nombre y el número de teléfono por si hubiera que llamarle en caso necesario.

—A lo mejor, sólo es un barrote de hierro cualquiera, pero, como leo la Enciclopedia del Detective Práctico, pues... —dijo el joven desde la puerta.

Una hora más tarde, el paquete se hallaba sobre la mesa de Martin Beck, en la Jefatura de la zona sur. Examinó la barra de hierro y la comparó con las ampliaciones de la fractura craneal de la víctima. Después descolgó el teléfono y llamó al laboratorio Criminal del Estado, en Solna. Pidió hablar con Oskar Hjelm, jefe de sección del laboratorio.

Hjelm parecía irritado, como de costumbre.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó.

—Una barra de hierro —dijo Martin Beck—. Por lo que veo, muy bien podría ser la que mató a Walter Petrus. Naturalmente, ya sé que tienes mucho trabajo, pero ¿me harías el favor de ocuparte de esto lo antes posible?

—¡Lo antes posible! —exclamó Hjelm—. Tenemos trabajo hasta Navidad y todo se tiene que hacer lo antes posible. Pero, en fin, envíamela.

¿Hay que hacer algo especial, o lo de siempre?

—Sí, lo de siempre. Mira si encaja con la herida, y cualquier otra cosa que veas. Ha estado un tiempo a la intemperie, y a lo mejor es difícil encontrar algo, pero haz lo que puedas.

Hjelm pareció un poco molesto al decir:

—Aquí hacemos siempre lo que podemos.

—Ya lo sé —se apresuró a decir Martin Beck—, Te lo enviaré en seguida.

—Te llamaré cuando haya terminado —aseguró Hjelm, y colgó.

Cuatro horas más tarde, mientras Martin Beck ponía orden entre sus papeles antes de marcharse llamó Hjelm.

—Aquí Hjelm —dijo—. Sí, encaja perfectamente, y se advierten restos de sangre y de materia cerebral adheridos, aunque muy poquita cosa; de todos modos, he conseguido determinar el grupo sanguíneo y es el correcto.

—Muy bien, Hjelm —dijo Martin Beck—, ¿algo más?

—Fibra de algodón, de dos clases, una blanca, probablemente del trapo que se utilizó para limpiar la sangre, y otra azul, que puede ser de la ropa.

—¡Estupendo Oskar! —exclamó Martin Beck.

—Y tierra y óxido. La barra mide cuatrocientos veintidós milímetros de longitud y treinta y tres de diámetro, es octogonal, de hierro de fundición, y, a juzgar por la corrosión, ha estado a la intemperie mucho tiempo, muchos años, a lo mejor siempre. Está soldada a mano y tiene soldaduras en ambos extremos, por haber estado montada en algún sitio.

—¿Dónde, por ejemplo?

—Parece una cosa vieja, a lo mejor sesenta o setenta años; podría ser de alguna barandilla o algo parecido.

—¿Estás seguro de que es el arma con la que se mató a Walter Petrus?

—Sí —contestó Hjelm—, definitivamente. Por desgracia, la superficie es tan rugosa que resulta imposible encontrar huellas digitales.

—Ya nos arreglaremos —dijo Martin Beck.

Le agradeció el favor a Hjelm, que contestó con un gruñido, y colgó.

Martin Beck llamó a Pärsson, de Märsta, y le contó lo que le había dicho Hjelm.

—Bueno, ya hemos avanzado algo —dijo Pärsson—; será mejor que enviemos algunos hombres que puedan rastrear el terreno. No es que vaya a servir de mucho después de tantos días, pero nunca se sabe.

—¿Se sabe exactamente dónde estaba este pedazo de hierro? —preguntó Martin Beck.

—El joven que lo encontró dejó una señal en el lugar —contestó Pärsson

—. Le llamaré. ¿Querrás venir a verlo?

—Bueno, llámame cuando salgas, e iré para allá.

Martin Beck continuó cambiando papeles y carpetas de sitio, hasta que consiguió poner algo de orden en su escritorio.

Se inclinó hacia atrás en su sillón y abrió una carpeta de informes que le había dejado Aasa Torell por la mañana. La carpeta contenía el informe realizado por Aasa Torell después de interrogar a dos muchachas que habían conocido a Petrus. Por lo que se leía, Aasa ya conocía a una de las chicas, de su época en la sección de moralidad y orden.

Los relatos de las chicas eran casi idénticos. Sus opiniones sobre Petrus no eran nada buenas, y ninguna de las dos sentía especialmente su desaparición. En cuanto a una de sus características, ambas coincidían plenamente: había sido un tacaño descomunal.

Por ejemplo, no las había invitado jamás a tomar una copa ni a comer por ahí, ni les había regalado una miserable golosina o un paquete de tabaco. En una ocasión, llevó a una de ellas al cine, pero era porque tenía invitaciones.

Con cierta frecuencia las llamaba y las hacía ir a su oficina, siempre por las tardes, cuando ya se había marchado todo el mundo, y coincidían en decir que sus condiciones sexuales eran deplorables. La mayor parte de las veces se mostraba completamente impotente, y las infructuosas horas de amorío en la oficina nunca le hicieron ser más generoso. Alguna que otra vez, muy de tarde en tarde, les había dado dinero para el taxi después de una sesión larga, llena de esfuerzos agotadores y frustrados para proporcionarle alguna satisfacción sexual, pero en general las mandaba a paseo de mal humor e insatisfecho.

Una de las razones decisivas para que las chicas quisieran saber algo de él era su generosidad en cuestión de hachís y de alcohol. En este apartado era muy desprendido. A pesar de que él mismo apenas tomaba bebidas

fuertes y sólo fumaba algún porro de vez en cuando, sus cajones siempre estaban bien surtidos de canabis y de marihuana, y su botellero bien repleto de toda clase de bebidas.

La otra razón decisiva era su constante promesa de proyección y promoción artística dentro de la cinematografía, y las perspectivas de viajes, festivales de Cannes y una vida de lujo y fama.

Una de las chicas había dejado de verle seis meses atrás, pero la otra había estado con él hasta pocos días antes de su muerte.

Admitía que al principio había sido lo suficientemente tonta como para creer en todas su promesas, pero que luego empezó a sospechar que tan sólo se estaba aprovechando de ella. Después de su último encuentro se había sentido humillada, y tan asqueada de él que había decidido soltarle cuatro verdades y colgarle el teléfono la próxima vez que le llamase. Luego, dado lo que había pasado, prefería no pensar más en ello.

El sentimiento que le quedaba tras la muerte de Walter Petrus no era mucho más agradable. Aasa había repetido textualmente sus deseos de

«bailar a go-go sobre su tumba, si es que algún imbécil se ha entretenido en enterrar a semejante cabrón de mierda».

Aasa había unido un papelito a su informe, con un comentario escrito a mano. Martin Beck soltó el papel de su grapa y leyó:

«Martin: esta chica está colgadísima, aunque no se la conoce en la sección de estupefacientes, pero tiene todas las características de los que consumen cosas más fuertes que el hachís. Ella niega que W. P.

le suministrara otras cosas, pero quizá sería interesante investigar por ahí».

Martin Beck dejó el papel en una bandeja de asuntos urgentes, cerró la carpeta con los informes y se levantó, dirigiéndose a la ventana con las manos metidas en los bolsillos.

Pensaba en la sospecha de Aasa de que Walter Petrus hubiera podido estar metido en el tráfico de drogas, cada día más extendido y menos controlable. Era un nuevo aspecto del caso, que podría abrir nuevas vías de investigación, pero también complicarlo todavía más.

No se había encontrado ninguna pista que indujese a pensar que Walter Petrus hubiera traficado en drogas duras, ni en sus oficinas

cinematográficas ni en su casa, pero por otro lado tiempo atrás se había sospechado de él en ese sentido. Lo mejor era entrar en contacto con la sección de estupefacientes y ver qué le contaban allí.

Sonó el teléfono.

Pärsson de Märsta le dijo que había localizado al joven que les indicaría el lugar del hallazgo, y que saldrían hacia allí al cabo de un rato.

Martin Beck le prometió ir en seguida y fue a buscar a Skacke, pero éste se había marchado ya a casa, o había salido por algún recado.

Levantó el auricular para llamar un taxi, pero cambió de opinión y llamó al garaje. Ir hasta Rotebro en taxi costaría casi cien coronas, y otro tanto la vuelta, y la partida de vales de taxi de aquel mes ya estaba demasiado abultada.

A Martin Beck no le gustaba demasiado conducir, y sólo se ponía al volante en casos de apuro. No tenía elección y tomó el ascensor para bajar al garaje, donde había un Volkswagen negro a su disposición.

Pärsson le esperaba en el lugar convenido de Rotebro, y, junto con el joven y su perro, se dirigieron al arbusto de endrino donde había estado la famosa barra de hierro.

El tiempo se había estropeado y el aire era húmedo y frío. El cielo vespertino estaba tapado y gris, y se veían nubes repletas de lluvia.

Martin Beck miró hacia la casa más allá del campo.

—Es curioso que viniese por aquí, porque era fácil que alguien le viese

—dijo.

—A lo mejor tenía un coche esperándole en la calle Enköping —alegó Pärsson—. Yo creo que debemos trabajar sobre esa hipótesis y ver de encontrar mañana qué camino tomó para ir a la calle.

—Seguro que lloverá —dijo Martin Beck—, y ya han pasado casi tres semanas. No creo que sirva de nada.

—Con probar no se pierde nada —replicó Pärsson.

El perro había desaparecido entre los árboles y su dueño lo llamaba insistentemente.

—¡Qué nombre tan curioso para un perro! —observó Pärsson.

—Yo conozco a otro perro que se llama Emil —dijo Martin Beck—, es muy divertido. Vive en la calle Kungsten.

Tenía frío en los pies y echaba de menos a Rhea. Los arbustos de endrinas no les daban la respuesta de quién había matado a Walter Petrus, y estaba oscureciendo.

—¿Nos vamos? —dijo, y empezó a caminar hacia donde estaban los coches.

Fue directamente a la calle Tule, y mientras Rhea freía un poco de carne en la cocina, él se quedó tumbado en la bañera, pensando cómo tendría que organizar el trabajo del día siguiente.

Había que informar a la sección de estupefacientes y había que hacerla intervenir en el caso.

Había que proceder a un registro a fondo en la mansión de Djursholm, en los despachos de la productora y en la casa de Maud Lundin.

Benny Skacke tendría que encargarse durante todo el día de averiguar si Petrus había tenido algún escondrijo misterioso o había alquilado algún piso bajo nombre falso.

Había que presionar un poco más a la chica que había hablado con Aasa.

Sería un asunto de la sección de narcóticos.

Por su parte, llevaba varios días dándole vueltas a la idea de llegarse de nuevo a la villa y charlar con la señora Pettersson y con el jardinero Hellström, pero eso podía esperar. Al día siguiente tenía que estar en su oficina.

Con el servicio de la mansión de Djursholm podía muy bien hablar Aasa.

No sabía qué era lo que estaba haciendo Aasa; no la había visto en todo el día.

—¡La comida está lista! —gritó Rhea—. ¿Quieres vino o cerveza?

—Cerveza, gracias —gritó él a su vez, saliendo de la bañera y dejando de pensar en lo que haría al día siguiente.

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