Los terroristas

Per Wahloo · Capítulo 8 de 30

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Los terroristas

Capítulo 8

El director general de la policía sonrió a Gunvald Larsson, pero en aquella sonrisa no había ni ingenuidad ni encanto, sino única y exclusivamente dos filas de dientes que ocultaban mal el desagrado que sentía hacia el visitante. Stig Malm estaba en su sitio, esto es, se ocultaba tras su jefe procurando parecer completamente ajeno a aquel asunto.

Malm había alcanzado su posición merced a lo que pudiera llamarse ambición de hacer carrera y gran esmero profesional, pero en un lenguaje menos refinado se diría que era un auténtico lameculos. Sabía lo peligroso que resultaba adular en exceso a los jefazos, del mismo modo que sabía que no conviene ser demasiado intransigente con los subordinados, pues muy bien podía ocurrir que un día ésos se sentaran en las poltronas de las alturas.

Por eso observaba la escena con una mirada neutral.

El director general de la policía alzó unos centímetros las palmas de las manos, para dejarlas caer luego sobre la mesa.

—Bueno, Larsson —dijo—, no hace falta que te diga lo contentos que estamos de que salieras ileso de esa desagradable experiencia.

Gunvald Larsson miró a Malm, que distaba de parecer contento.

Cuando Malm descubrió que le miraba, intentó reparar el malentendido con una amplia sonrisa, y dijo:

—Oh, desde luego, Gunvald, de verdad que pasamos un mal rato aquel día.

El director general de la policía volvió la cabeza y miró con frialdad a su hombre más cercano.

Malm se dio cuenta de que se estaba excediendo y apagó su sonrisa en seguida, bajando la mirada. Compungido, pensó: «Haga lo que haga, quedaré mal».

Era un hombre con lo que se dice mala pata. Si en alguna ocasión él o el director general de la policía tenían alguna actuación desafortunada, merecedora de la atención de la prensa, invariablemente era a él a quien despellejaban vivo los periodistas. Y si alguno de sus subordinados se pasaba de la raya, era él quien resultaba ridiculizado y zaherido. Si hubiera sido una persona más razonable y más sociable, nada hubiera exigido que

las cosas salieran siempre así, pero a él no se le había ocurrido nunca reflexionar a este respecto.

El director general de la policía, que creía firmemente que los largos silencios hacían crecer su autoridad, sin saber muy bien por qué, dijo por fin:

—Lo que resultaba un poco extraño es que todavía te quedases allí once días después del atentado, a pesar de que tenías billete para el día siguiente.

Tenías que haber vuelto el día seis de junio, pero no llegaste hasta el dieciocho. ¿Cómo explicas esto?

Gunvald Larsson tenía dos respuestas para esa pregunta. Sin pensarlo dos veces, escogió la respuesta que mejor se adecuaba a su manera de ser.

—Es que me hice cortar otro traje.

—¿Y se tardan once días para hacer un traje nuevo? —preguntó el director general con cansancio.

—Sí, si se quiere un trabajo bien hecho. Naturalmente, puede hacerse más de prisa, pero entonces es inevitable que surjan chapuzas por todas partes.

—Mmm —dijo el director general irritado—; como es sabido, tenemos nuestros inspectores, y cosas tales como trajes nuevos resultan más bien difíciles de meter en el presupuesto. Por cierto, que podías haberte comprado el traje aquí.

—Yo no me compro nunca trajes —replicó Gunvald Larsson—, yo me los hago hacer, y en toda Europa dudo que haya un sastre capaz de hacer lo que yo quería.

—Pero eso de los inspectores va a ser un problema, con estos gastos —

dijo Malm.

Estaba seguro de haber pronunciado una frase correcta e inofensiva, pero el director general pareció haber perdido repentinamente todo interés por el vestuario de Gunvald Larsson, y exclamó:

—Eres un tipo curioso, Larsson, pero con los años hemos visto que eres un buen policía.

—Sí —dijo Malm—, es verdad.

—¡Pues claro que es verdad, lo acabo de decir yo! —exclamó el director general irritado—. Pero eres un tipo especial.

—Y algo indisciplinado —corrigió Malm.

El director general de la policía se volvió hacia Malm y dijo con una expresión como si estuviera a punto de perder los nervios:

—Yo no tolero ni la indisciplina ni la embriaguez. A estas alturas ya deberías saberlo, Stig.

Era evidente que Stig Malm estaba en plena línea de tiro, y tenía que darse maña para salirse. Miró a su alrededor en busca de una salida.

Gunvald Larsson le guiñó un ojo.

Malm quedó perplejo, porque las relaciones entre ellos dos eran fatales desde siempre, y a menudo habían surgido conflictos cuando trabajaron en equipo.

—Como Stig sabe, no me he pasado los once días metido en casa del sastre —dijo Gunvald Larsson tranquilamente.

En realidad, Stig Malm no tenía ni la más remota idea de lo que había estado haciendo Gunvald Larsson. Era algo muy típico de la Dirección General de la Policía aquello de que ninguno de los jefazos hubiera tenido un minuto para charlar con Gunvald Larsson antes de aquel momento, cuando llevaba ya más de tres semanas de nuevo en Suecia. Pero, claro, se habían dado cuenta de su nota de gastos.

El director general dejó de interesarse ya por las inconveniencias de Malm. Como de pasada, dijo:

—Muy bien, Stig, me gusta que dediques parte de tu tiempo a seguir las andanzas de nuestros hombres.

Y volviéndose con curiosidad hacia Gunvald Larsson, le preguntó:

—Bueno, ¿y qué hiciste?

—Bueno, pues primero me ocupé de lo de la casa de putas. Siempre he creído que teníamos que hacer averiguaciones acerca de todas las casas de placer del mundo, como un servicio para marinos y otros suecos que se hallen fuera de casa.

Gunvald Larsson había ido a un burdel por primera vez a los veintidós años, y decidió también que sería su última visita.

Malm creyó que el director general iba a ser víctima de un ataque epiléptico o que le arrojaría un pisapapeles a la cabeza a Gunvald Larsson o cualquier cosa parecida, pero el gran jefe, e impensadamente, lo que hizo fue prorrumpir en una estruendosa carcajada incontrolable, que sólo pudo refrenar después de pasados un par de minutos.

—¡Caray, sí que eres divertido, Larsson! —exclamó entre risotadas por fin—. Hacía no sé cuánto tiempo que no me reía tan a gusto.

Gunvald Larsson pensó que alguien debería hacer un estudio serio sobre el sentido del humor del director general de la policía. Luego dijo:

—Bueno, y ya que estaba allí y tenía que esperar a que me terminasen el traje, me dediqué a investigar sobre lo que había ocurrido.

—No parece muy constructivo eso —dijo el director general—. La policía de allí llevó a cabo una investigación muy concienzuda. Por cierto, que nos enviaron todos los informes, que llegaron mientras tú todavía te encontrabas allí, o sea que igual te los podían haber dado a ti. Claro que estabas seguramente muy ocupado con lo de los burdeles...

El director general rompió de nuevo a reír a mandíbula batiente.

Malm lanzó una mirada completamente confundida a los otros dos y se acarició pensativo su cabello rizado.

Gunvald Larsson esperó a que el director general terminase su alboroto y se hubiera secado las lágrimas. Después dijo:

—Personalmente, me parece que el servicio de seguridad cometió diversos errores y que las conclusiones de la investigación oficial de la policía no son correctas, especialmente en unos cuantos detalles bastante significativos. Por cierto, tengo en mi poder un ejemplar del informe en mi despacho; me lo dieron antes de marcharme.

En la habitación se hizo el silencio durante unos instantes. Después, Malm se atrevió a pronunciarse:

—Puede ser importante para la visita de noviembre.

—Error, Stig, error —dijo el director general de la policía—; no sólo es importante, sino extremadamente importante. Hemos de celebrar una reunión en seguida.

—¡Exacto! —dijo Malm.

Las reuniones le encantaban, formaban parte de la propia vida. Sin las reuniones no se podía hacer nada, y la sociedad se hubiera simplemente derrumbado.

—¿A quién hay que llamar? —quiso saber Malm, ya con el teléfono en la mano.

El director general de la policía estaba sumido en sus pensamientos.

Gunvald Larsson se entretenía en tocarse los dedos uno por uno, hasta hacer crujir las articulaciones.

—Gunvald tiene que asistir, claro, como informador —dijo Malm.

—Después de lo que ha pasado tiene que asistir como experto en la materia —replicó el director general—, pero estoy pensando en otra cosa: el grupo especial no existe todavía. Tenemos bastante tiempo aún, pero se

trata de una misión muy delicada y yo creo que es el momento de constituir un grupo con lo mejor de nuestras fuerzas.

—El jefe del departamento de seguridad —dijo Malm.

—Sí, claro, éste no falla, como el jefe del departamento de orden público y el jefe de policía de Estocolmo.

Gunvald Larsson bostezó, más por incomodidad que por cansancio; cuando pensaba en el jefe de policía de Estocolmo, con sus corbatas de seda y los innumerables gilipollas bajo su presunto mando, siempre le acometía una especie de aburrimiento general, aparte de que también sentía un cierto temor interno.

El director general de la policía prosiguió:

—Vamos a necesitar grupos especializados de toda clase y habrá que pedir la ayuda del ejército y de la aviación, y a lo mejor también de la marina. Naturalmente, toda la responsabilidad de todo lo que suceda recaerá solamente sobre una persona: sobre mí.

Tan colosal responsabilidad no parecía hacerle sentir incómodo en absoluto. Se irguió ante la mesa e hizo el viejo gesto de apoyar las palmas de las manos sobre la mesa.

—O de lo que no suceda —señaló Gunvald Larsson.

—¿Qué quiere decir esto?

—Quiero decir la responsabilidad de lo que no suceda.

—Eres un tipo curioso, Larsson —dijo el director general—, pero sumamente divertido. —Siguió sus pensamientos y añadió con modestia—: Sobre mí, ya lo he dicho. A la reunión, dentro de dos horas, conviene indiscutiblemente que acuda Möller, el jefe local de la policía, el jefe del departamento de orden público y vosotros dos.

Hizo un vago gesto hacia Malm y Gunvald Larsson.

—Pero hay otra cosa —prosiguió—. A fin de poder tener bajo control todo lo que se haga, y coordinar desde el primer día todos los preparativos y todas las fuerzas, etcétera, conviene que haya un jefe operativo, un policía experto y un buen administrador, un hombre que pueda coordinar todas las fuerzas concentradas en esta operación de protección; un hombre que tenga estas características y además una agudeza de criminalista y algo de psicología. ¿Quién es ese hombre?

El director general de la policía miró a Gunvald Larsson, que asintió sin decir nada, como si la respuesta fuera ya un hecho.

Stig Malm se levantó automáticamente. Él creía que la respuesta era clarísima: ¿quién mejor que él podía reunir todas esas cualidades para encargarse de la misión? Él hecho de que tiempo atrás hubiera estado al frente de un caso con resultados catastróficos, no era más que mala suerte y una casualidad.

—Beck —dijo Gunvald Larsson.

—¡Justo! —exclamó el director general de la policía—. Martin Beck es nuestro hombre.

En su fuero interno pensó que valía la pena resaltar eso, sobre todo si algo salía mal. Pero añadió en voz alta:

—De todos modos, la responsabilidad última es mía.

No estaba mal, pero en seguida se le ocurrió una frase más rimbombante, que, aunque no llegó a pronunciar era: «Las últimas consecuencias hacen gravitar la espada de Damocles de la responsabilidad sobre mis hombros».

—¿Por qué no empiezas a llamar?

El director general miraba interrogativamente a Malm, que se engalló un tanto al decir:

—Beck tiene un caso, y en realidad es subordinado mío; pertenece a mi sección.

—Ah, qué bien, ¿así que la comisión nacional de homicidios se ocupa de un caso? Bueno, pero seguramente le sobrará tiempo, aparte de que esta comisión nacional me parece que desaparecerá pronto y para siempre.

Hacía algún tiempo que había un cierto interés en desmantelar aquella comisión nacional de homicidios. El principio del fin sería probablemente la mudanza desde Västberga hasta el formidable cuartel general de la policía de Kungsholmen, en Estocolmo, que debía realizarse durante el año mil novecientos setenta y cinco. El hecho de que se quisiera hacer desaparecer la comisión nacional de homicidios se debía, en parte, a las desorbitadas ambiciones centralizadoras y militarizantes, pero también a la corrosiva envidia que existe en todos los elementos oficiales suecos. A los de la comisión nacional de homicidios les iba todo demasiado bien, pues resolvían prácticamente todos los casos que se les presentaban, mientras una gran parte de la policía estatal aparecía como una colección de matones corrompidos e ignorantes, o como un rebaño de bobos uniformados con una dirección estúpida y desconsiderada; en cambio, la comisión nacional de homicidios rara vez ofrecía motivos de queja. La mayor parte de los

criminalistas que trabajaban en ella eran reconocidos por todo el mundo y eran muy populares. La expresión «ahora vienen los de la comisión de homicidios» venía siendo una especie de garantía de seguridad desde hacía años. El personal de la sección lo constituían policías bien preparados, que casi siempre realizaban bien su labor, y la idea de que algunos pudieran emplear métodos inhumanos era impensable. De todos modos, no se podía generalizar ni por exceso ni por defecto, porque del mismo modo que había montones de imbéciles de uniforme en los cuerpos de policía de las grandes ciudades, dirigidos además por tipos violentos, sádicos y estúpidos, también existía una gran cantidad de hombres intachables que realmente intentaban desempeñar lo mejor posible un oficio difícil. No era fácil encontrar algo que echarle en cara a la comisión nacional de homicidios, pero, con el paso del tiempo, Martin Beck se había visto obligado alguna vez a pedir el traslado de alguno de sus colaboradores a otra zona en la que necesitaran gente.

—Pues yo tengo once casos —alegó Gunvald Larsson.

—Pero tú no estás en mi sección —repuso Stig Malm.

—No, gracias a Dios. O a quien sea.

Stig Malm logró hablar con todos en seguida, incluso con el jefe de la sección de orden público, que tenía dolor de garganta, cuarenta grados de fiebre y apenas podía hablar. A ese hombre se le consideraba menos eficiente, pero eso tenía poca importancia, porque el jefe de la policía de Estocolmo podría hablar por él, y así lo haría con toda seguridad llegado el caso.

Cuando salían del Sancta Sanctorum, Stig Malm y Gunvald Larsson intercambiaron algunas frases.

—Realmente, me has echado un cable ahí dentro —dijo Malm—, pero...

—¿Pero qué?

—¿Por qué lo has hecho?

—Porque me dabas lástima.

—Pero yo no te caigo bien, ¿no es así?

—Me caes como un saco de mierda —dijo Gunvald Larsson—, pero a uno también le pueden dar lástima los sacos, ¿no?

—Supongo que sí.

—Por cierto, tengo un consejo para ti.

—A ver, di.

—Que cultives tu sentido del humor.

—A propósito —dijo Malm, lleno de curiosidad—, ¿qué tal eran los burdeles allí?

—Todos a rayas rojas y blancas, igual que todo lo demás que hay dentro; al cabo de media hora de estar en uno de esos lugares, se te pone la verga igual, como si fuera un caramelo de feria.

—¿Y cuándo se marchan esas rayas?

—Nunca —contestó Gunvald Larsson—; seguramente, por eso allí no va nadie a las casas de putas.

Cada uno se marchó por su lado. Stig Malm iba meneando la cabeza pensativo.

—¡Será papanatas! —renegaba Gunvald Larsson—. ¡Vaya oficio para el que me he estado preparando durante cuarenta y cinco años!

Todo el mundo llegó puntualmente, excepto Möller. Stig Malm y Gunvald Larsson se saludaron y saludaron al director general de la policía sin demasiado entusiasmo, pero tampoco era la primera vez que se veían en aquel día tan poco ameno del mes de julio. Martin Beck también estaba presente, vestido con una chaqueta de tejano y unos pantalones arrugados, y el jefe de la policía de Estocolmo lucía la esperada corbata blanca de seda.

A lo mejor estaba celebrando todavía el entierro del rey Gustavo VI Adolfo, el otoño pasado, aunque eso pareciera un exceso de celo monárquico.

Pero faltaba Möller.

Todos se habían sentado a la mesa de conferencias, cuando el director general se dio cuenta de su ausencia y pronunció la frase genial:

—¿Dónde está Möller?

—Seguramente está en secretaría, jugando a la ruleta rusa con las chicas

—contestó Gunvald Larsson.

—Pues no podemos empezar sin él —dijo el director general—. Ya sabéis el jaleo que se arma cuando está el departamento de seguridad por en medio.

Eric Möller era el jefe del departamento de seguridad de la dirección general de policía, lo que la gente llamaba vulgarmente la SÄPO, pero no se sabía exactamente si él mismo se había dado cuenta de que era jefe. Lo de la policía de seguridad era en sí una cosa bien curiosa. En total daba trabajo a unas ochocientas personas, que se suponía que pasaban el tiempo haciendo dos cosas: primero, perseguir y apresar espías extranjeros, y luego

desbaratar el trabajo de organizaciones y grupos que eran peligrosos para la seguridad del reino. Con los años se fue enredando este asunto, porque todo el mundo sabía que en realidad la única misión de la SÄPO consistía en registrar, perseguir y, en general, hacer la vida imposible a todo aquel que tuviera ideas socialistas. Cuando por fin la cosa llegó al extremo de que la policía empezó a meterse con los socialistas que pertenecían al partido socialdemócrata, el gobierno pseudosocialdemócrata se vio en apuros para aguantarse la máscara. Lo único que pudo hacer fue repetir, día tras día, que Suecia no tenía espías en el extranjero y que los registros por razones ideológicas no existían y que habían desaparecido —de hecho, se prohibieron por la ley en 1968—, pero pronto se vio que todas estas explicaciones eran falsas. Suecia tenía espías en el exterior, unos por cuenta del gobierno y otros por cuenta de terceros intereses, y la ley que prohibía los registros por razones ideológicas quedaba invalidada merced a sutiles disposiciones excepcionales. Estas actividades no las efectuaba directamente la policía de seguridad o el servicio secreto, sino que se producían a través de misteriosos despachos y algunas instituciones de tapadera, que dirigían la policía, el ejército y el gobierno en armoniosa unión. Cuando algunos de estos hechos atravesaban las nubes de humo que los ocultaban y se publicaban, el régimen reaccionaba de la manera desgraciadamente más esperable: valiéndose de la corrupción judicial se encerraba a los periodistas que habían destapado el maloliente pastel, mientras los miembros del gobierno continuaban mintiéndole a la gente con la mayor desfachatez. Luego, en los círculos más estrechos del poder, también unos mentían a los otros con igual descaro, de manera que había gente a la que le costaba creer que el jefe nacional de seguridad no supiera, exacta y detalladamente, de qué era jefe.

Treinta y tres minutos después de la hora prevista aterrizó Eric Möller en el despacho de la reunión. Si de verdad había estado jugando a la ruleta rusa, la cosa debía de haberle resultado bastante mal, porque el jefe de seguridad tenía la cara llena de sudor y respiraba con dificultad y resoplando. Tenía más o menos la misma edad que el resto de los presentes, aunque pesaba bastante más. Por otra parte, alrededor de su cabezota calva tenía una coronilla de pelo rojizo, y unas enormes orejas que llamaban poderosamente la atención.

A pesar de ser espía o contraespía, o lo que fuese, Eric Möller lo tenía difícil para disfrazarse.

Ninguno de los demás le conocía muy a fondo. Era un hombre bastante reservado, lo cual quizá fuese una deformación profesional, porque una cosa era segura: tenía que resultar una rareza y una continua pirueta lo de andar todo el día intentando averiguar si la gente era comunista en un país que por un lado disfrutaba de libertad de expresión y asociación, y en el que por otro lado era totalmente legal ser socialista, y además existía un partido comunista legalizado e instalado, aparte de otras tendencias que aseguraban estar más a la izquierda. Como remate, el partido capitalista del gobierno, cuando estaba en vena y se exaltaba, juraba una y otra vez en público ser socialista.

El único de los presentes que realmente despreciaba a Möller era Gunvald Larsson, que preguntó:

—¿Qué tal les va a tus comparsas de Ustasja? ¿Seguís teniendo reuniones para tomar el té en el jardín, los sábados por la tarde? ¿Y cómo es que Franco todavía no ha honrado a esos buitres con una habitación en el Ritz?

Eric Möller estaba demasiado cansado para poder responder.

El director general de la policía decidió abrir la reunión, contó lo de la visita del impopular senador el jueves veintiuno de noviembre, dijo que Gunvald Larsson traía consigo un material interesantísimo y muy instructivo, producto de su viaje de estudio, y continuó hablando del alto grado de dificultad de la empresa y de la enorme importancia que tenía para el prestigio de la policía. Luego hizo una relación de los específicos cometidos que iban a recaer sobre cada uno de los presentes.

«Lástima que no pude traerme aquella cabezota metida en un bocal con formol —pensó Gunvald Larsson—, porque entonces sí que hubiera sido un material interesante e instructivo.»

La noticia de que por primera vez en su vida iba a ser el jefe de un comando operativo sorprendió a Martin Beck en mitad de un bostezo, que procuró sofocar lo mejor que pudo.

—Perdón, un momento —dijo—, ¿estás hablando de mí?

—Precisamente de ti, Martin —confirmó el director general de la policía con afecto—, ¿qué es esto sino una investigación de homicidios preventiva?

Por eso resultas tan adecuado. Tendrás todos los recursos: puedes disponer de quien quieras y distribuir a tu personal de la manera que te parezca más conveniente.

Martin Beck pensó inmediatamente en sacudir la cabeza y negarse, pero después pensó que aquel hombre, de hecho, podía ordenárselo sin más.

Luego se dio cuenta de que Gunvald Larsson le daba un golpecito con el codo y se volvió hacia él.

—Me parece que los señores especialistas en asesinatos están deliberando —dijo el jefe local de la policía, que siempre intentaba resultar ocurrente y no lo lograba jamás.

Gunvald Larsson murmuró:

—Dile que te harás cargo de organizar el aparato de protección, de hacer las investigaciones previas, de la protección a distancia y de todo.

—¿Pero cómo?

—Con el personal de la comisión nacional de homicidios y la sección de delitos violentos. Sólo hace falta que le encarguen a otro la protección cuerpo a cuerpo; por ejemplo, evitar que se le acerque cualquiera y le clave un hacha en la cabeza.

—Bueno, a ver, hablad en voz alta —pidió el director general de la policía.

Gunvald Larsson lanzó una rápida mirada a Martin Beck, lo vio desanimado y dijo:

—Creemos que Beck y yo podemos encargarnos de organizar todo el despliegue de protección, incluido el apartado de protección preventiva y la protección a distancia, con la única ayuda del personal de la comisión nacional de homicidios y la gente de la sección de delitos violentos. Lo que, en cambio, preferimos dejar en manos de otras personas es lo referente a la protección cuerpo a cuerpo, esto es, que alguien llegue y le sacuda al honorable huésped en la cabeza con un ladrillo o algo por el estilo. Yo creo que esa misión les va perfectamente a Möller y a su equipo.

El director general de la policía se aclaró la garganta y preguntó con voz quebrada:

—¿Qué te parece, Eric?

—Sí —dijo Möller—, lo haremos nosotros.

El hombre seguía teniendo problemas de flato.

—Precisamente esta parte del trabajo es la más sencilla —dijo Gunvald Larsson—. Yo me atrevería a realizarla con la ayuda de los veinte guardias más idiotas que tenga, y Möller tiene muchos zopencos vestidos de payaso haciendo el tonto por la calle. El otro día oí decir a uno que fotografió al

primer ministro en su discurso del primero de mayo y dijo que le pareció un comunista peligroso.

—¡Basta, Larsson! —exclamó el director general de la policía—, Ya basta por hoy. Vamos a ver, Beck, ¿te encargas del asunto?

Martin Beck suspiró, pero asintió. Veía aquel encargo ante sí, con su enorme carga de complicaciones desagradables, reuniones interminables, y el trato con los políticos y los militares, que se metían siempre en todo.

Pero, aun así, en primer lugar no podía negarse ante una orden tan directa, y por otra parte tuvo la sensación de que Gunvald Larsson tenía alguna idea sobre cómo había que enfocar el asunto. De momento había conseguido quitar de enmedio a la policía de seguridad, y eso era ya buena cosa.

—Antes de continuar, quisiera saber una cosa —dijo el director general de la policía—, una cosa que quizá me pueda decir el amigo Möller.

—A ver —invitó el jefe de seguridad estoicamente, abrochando el botón de su portafolios.

—Sí, me refiero a esa organización la USCH, o como se llame... ¿qué sabemos de ella?

—No, no se llama USCH —dijo Malm acariciándose el cabello.

—Pero se tendría que llamar así —apuntó Gunvald Larsson.

El director general estalló en una carcajada. Todos, excepto Gunvald Larsson, se le quedaron mirando muy sorprendidos.

—Se llama ULAG —dijo Malm.

—¡Sí, eso! —exclamó el director general—. ¿Qué sabemos, pues, de ella?

Möller sacó un solo papel de su cartera y contestó lacónicamente:

—Prácticamente nada. Quiero decir que sabemos que han cometido varios atentados, todos con éxito. La primera vez fue en marzo del año pasado, cuando el presidente de Costa Rica fue asesinado cuando bajaba del avión en Tegucigalpa; nadie se esperaba un atentado, y se vio que las medidas de prevención y de seguridad eran insuficientes. Si no llega a ser porque el ULAG se atribuyó el atentado, todo el mundo hubiera creído que se trataba de la obra de un loco aislado.

—¿Le mataron de un tiro? —preguntó Martin Beck.

—Sí, por lo visto con un arma de largo alcance, oculta en una furgoneta.

La policía no consiguió encontrar a ningún culpable.

—¿Y la vez siguiente?

—En Malawi, donde dos jefes de estado se reunieron en conferencia sobre una regulación fronteriza. De repente explotó todo el edificio y murieron más de cuarenta personas; fue en septiembre. Las medidas de seguridad eran bastante completas.

Möller se secó el sudor de la frente. Gunvald Larsson pensó con alivio que su propia situación no era tan comprometedora.

—En enero, la organización cometió otros dos atentados; primero mataron a un ministro norvietnamita, junto con un general y tres miembros de su equipo, al disparar con un lanzagranadas contra el coche en el que viajaban. Iban a una conferencia con altos funcionarios sudvietnamitas. El convoy llevaba escolta militar, y, al principio, las malas lenguas quisieron hacer creer que tras el atentado se escondían otras fuerzas, pero el propio ULAG se atribuyó la responsabilidad del atentado en una emisión radiofónica. Apenas una semana más tarde, la organización volvió a actuar en uno de los estados del norte de la India. Cuando el presidente del estado visitaba una estación de ferrocarril, por lo menos cinco hombres empezaron a lanzar granadas de mano contra el tren y en la propia estación. Después, los terroristas dispararon varias ráfagas de metralleta. Éste es, hasta la fecha, el caso más sangriento, porque se habían congregado varios cientos de escolares para vitorear al presidente, y murieron casi cincuenta. Todos los policías y hombres de seguridad que se encontraban presentes murieron o resultaron gravemente heridos. El presidente saltó en pedazos. También es la única vez en que se vieron los asaltantes: iban enmascarados y llevaban una especie de uniformes de campaña. Huyeron en varios coches diferentes y no los pudieron encontrar. Después hubo otro caso en Japón, en marzo cuando un político muy famoso e importante visitaba una escuela. También en esa ocasión explotó el edificio y murió el político, junto con muchas otras personas. Se cree que fue obra de ULAG, pero la emisión radiofónica que se oyó era tan confusa que no se pudo distinguir el nombre con claridad.

—¿Esto es lo que sabes sobre ULAG? —preguntó Martin Beck.

—Sí.

—¿La habéis hecho vosotros esta relación?

—No.

—¿Cuándo la recibisteis?

—Hace unos quince días.

—¿Podemos preguntar de dónde la habéis sacado? —preguntó Gunvald Larsson.

—Sí, desde luego, pero no estoy obligado a responder.

Todos lo sabían ya y Möller dijo con expresión resignada:

—De la CIA.

El único que reaccionó fue el jefe local de policía, que inquirió:

—¿Qué significa eso, exactamente?

Möller no respondió. Martin Beck, viendo que el jefe local de la policía lo preguntaba porque realmente lo ignoraba, dijo:

—Significa Central Intelligence Agency.

—Está en inglés —dijo Gunvald Larsson con malicia.

—No es ningún secreto que intercambiamos información con Estados Unidos —precisó Möller, dolido.

—Intercambiamos información es una expresión bonita —dijo Gunvald Larsson—; encuentro que queda bien.

—¿O sea que, antes de esto, la policía de seguridad no sabía nada de ULAG? —preguntó Martin Beck.

—No —respondió Möller impasible—, no más de lo que había leído en los periódicos. No parece que se trate de un grupo de inspiración comunista.

—Ni árabe —agregó Gunvald Larsson.

—No —dijo Möller sin demasiado interés—, exactamente.

—A ver, oigamos lo que nos dice Larsson —propuso el director general de la policía—, ¿qué más sabes sobre esto del ULAG, o como se llame?

—Muchas cosas. Por ejemplo, que es típico de nuestro servicio de seguridad, que existe entre otras cosas para vigilar a los grupos terroristas internacionales, que haga oídos sordos ante todo lo que no sean grupos comunistas o palestinos.

—¡Esto no es verdad! —protestó Möller.

—Probablemente, tampoco será verdad que permitisteis que dos terroristas fascistas mataran a tiros a un enviado yugoslavo sin haber movido un dedo para evitarlo, y que luego los soltarais.

—No puede expresarse exactamente así —dijo Möller, que no reflejaba la menor intención de perder la calma.

Gunvald Larsson empezaba a darse cuenta de que aquel hombre era demasiado insensible como para dejarse provocar, por lo que volvió al núcleo de la cuestión y dijo:

—Yo sé sobre ULAG lo mismo que sabe Möller, porque lo tiene en este papel, y un poco más. Yo participé en gran parte de la investigación que siguió al atentado del cinco de junio, y me satisface poder afirmar que existen países cuya policía de seguridad no se contenta con recitar en voz alta lo que les llega en las fotocopias de la CIA.

—No seas tan reticente, Gunvald —le dijo Martin Beck.

Gunvald Larsson le miró de soslayo. No le gustaba demasiado Martin Beck, pero le admiraba como policía, y sobre todo por su clarividencia.

Además, reconocía que sí tenía cierta tendencia a ser reticente, tendencia que todavía no había podido domesticar en muchos años.

—Si examinamos estos atentados —dijo—, veremos que podemos llegar a algunas conclusiones. Por ejemplo, que siempre se han dirigido contra políticos de alto nivel, pero también que estos políticos tienen muy poco en común. El presidente de Costa Rica era más bien socialdemócrata, y los dos africanos eran auténticos nacionalistas. Los vietnamitas, que no eran norvietnamitas como ha dicho Möller, sino del PRR, es decir, del gobierno provisional del Vietnam del Sur, eran comunistas. El presidente del estado federal indio era liberal-socialista y el japonés ultraconservador. El presidente cuya muerte tuve ocasión de contemplar era fascista y fundador de una antigua y sólida dictadura. Le podemos dar vueltas y más vueltas a todo esto y no podremos establecer ninguna conexión política. Ni yo ni nadie está en condiciones de dar una explicación razonable.

—A lo mejor sólo trabajan por encargo —observó Martin Beck.

—Ya lo he pensado, pero no parece verosímil. Esta solución no acaba de encajar. Lo que me sorprende, igual que en todas partes, es que todos los atentados hayan estado tan bien planeados y ejecutados. Se han valido de métodos muy diferentes y todos han funcionado a la perfección. Esta gente conoce su trabajo y son un verdadero peligro de muerte, lo cual indica que están bien entrenados y formados. Además, da la impresión de que disponen de importantes recursos, y deben de contar con alguna especie de base.

—¿Dónde? —inquirió Martin Beck.

—No lo sé —dijo Gunvald Larsson—, Podría especular sobre ello e intentar adivinarlo, pero prefiero dejarlo. En fin, y prescindiendo del objetivo al que ataquen, no se me ocurre pensar en nada más tremendo que un grupo terrorista que siempre tenga éxito en sus atentados.

—Explícanos ahora lo que ocurrió allá abajo —pidió el director general de la policía.

—Tardamos un rato en ver qué había ocurrido —dijo Gunvald Larsson

—, La explosión fue extraordinariamente violenta, y, aparte del presidente y del gobernador, murieron otras veintiséis personas. La mayoría eran policías o agentes de seguridad, pero también les tocó la china a varios taxistas y cocheros que se hallaban cerca. También murió una persona que pasaba por otra calle, porque le cayó encima el resto del coche. La explosión fue tan tremenda porque habían puesto la carga justamente en una de las tuberías de gas principales de la ciudad. La única explicación es la de que hicieran estallar la bomba por control remoto desde muy lejos.

—¿Y cuál crees que fue el error de la policía? —preguntó Martin Beck.

—No se cometieron errores en la organización de protección —dijo Gunvald Larsson—; era prácticamente la misma que montó la policía norteamericana después del asesinato de Kennedy, pero, dado que el huésped era tan impopular, no se hubiera tenido que dar a conocer el itinerario que seguiría la comitiva.

—Pero entonces la gente no puede saludar ni agitar banderitas —alegó el jefe local de policía.

—Y aparte de esto, es un desbarajuste cambiar el itinerario de repente

—dijo Möller—. Me acuerdo del cacao que se armó cuando vino Kruschev.

—Me acuerdo de que cuando se marchó dijo que en ningún lugar del mundo había visto tantas espaldas de policías —observó Martin Beck.

—Eso es problema suyo —dijo Möller—; aquel puerco no era capaz ni de tener miedo.

—La situación mundial era distinta entonces —indicó Martin Beck—; no había tanta desesperación ni tanta confusión.

El director general de la policía no dijo nada. Por aquel entonces no era director general de la policía, ni nadie hubiera imaginado que pudiera serlo algún día.

—Otro fallo que tuvieron allí —prosiguió Gunvald Larsson— fue que se tomaron las medidas preventivas demasiado tarde. Se establecieron controles en los puertos y en los aeropuertos tan sólo dos días antes de la visita oficial, pero los tipos esos de ULAG necesitan más tiempo para preparar sus golpes. Suelen aparecer con semanas de antelación.

—Eso sólo son conjeturas —dijo Möller.

—No exactamente. La policía de allí realizó unos informes muy interesantes. Aparte de esto, los informes que existen sobre el atentado de la India no son tan exiguos como lo que has leído. Uno de los policías, que resultó gravemente herido y después murió, dijo que los terroristas no iban enmascarados, sino que por todo disfraz llevaban unos cascos como los que acostumbran a llevar los trabajadores de la construcción. También dijo que, de los tres que él vio, estaba seguro de que dos eran japoneses y el tercero europeo, alto y de unos treinta años. Cuando éste último saltó para meterse en el coche y huir, se le cayó el casco y ese policía herido pudo ver que tenía el cabello rubio y llevaba patillas. La policía india controló, naturalmente, todas las salidas del país, y encontraron a una persona que se ajustaba a la descripción. Tenía pasaporte rhodesiano y anotaron su nombre, pero ya que el testimonio del policía no había llegado todavía hasta allí, no se pudo hacer gran cosa. Las autoridades de Rhodesia dijeron que no conocían a nadie con ese nombre.

—Siempre es algo —dijo Martin Beck.

—Antes de que el presidente volara por los aires, la policía de seguridad no mantuvo ningún contacto con la policía india, pero se anotaron todos los nombres de los que salieron del país en los días siguientes, y entre ellos se encontró por lo visto una persona con el mismo nombre y el mismo pasaporte. El pasaporte es, casi con toda seguridad, falso, así como el nombre, pero creo que tiene un cierto interés. Estoy seguro de que todos vosotros lo vais a oír con una confusión de sentimientos.

—¿Cómo se hace llamar? —preguntó Martin Beck.

—Reinhard Heydrich —respondió Gunvald Larsson.

El director general de la policía se aclaró la garganta y dijo:

—Esto de ULAG parece desagradable. Y Heydrich es una aparición histórica.

—En cualquier caso es histórico —dijo Gunvald Larsson—, pero las acciones de ULAG hasta la fecha han demostrado un total y absoluto desprecio por la vida humana.

—¿Cómo puede uno proteger a nadie contra bombas accionadas a distancia? —preguntó Möller compungido.

—Ya lo arreglaremos —dijo Gunvald Larsson—; tú preocúpate tan sólo de la protección cuerpo a cuerpo.

—La verdad es que no tiene nada de fácil si de repente uno se ve volando por los aires —repuso el jefe de seguridad—; ¿cómo vamos a

protegerle?

—No te preocupes por las bombas y esas cosas; de eso ya nos encargamos nosotros.

—Estaba pensando una cosa —dijo Martin Beck—, y es que si de verdad funcionó allí la protección a distancia, entonces el que hizo estallar la bomba no pudo haber visto lo que ocurría.

—Seguro que no —dijo Gunvald Larsson.

—¿Tenía quizá a algún colaborador cerca de él?

—No lo creo.

—Entonces, ¿cómo supo en qué momento tenía que explosionar la bomba?

—Mi impresión es que el tipo estuvo escuchando la radio o viendo la televisión, porque la visita la retransmitieron en directo por los dos medios; es lo que suelen hacer en todos los países cuando pasa algo especial.

—Lo que también me sorprendió fue que ULAG hiciera unas declaraciones tan de prisa, atribuyéndose el atentado, y que las hiciera por una emisora francesa.

—En realidad, la declaración se oyó en una emisión en habla francesa procedente de las Antillas, y desde allí se captaba la emisión a partir de otra fuente que no se pudo localizar. Igual pudo ser desde un avión o desde un barco.

—Hum —rezongó Martin Beck—, me parece que más valdrá contar con ULAG.

—Sí —dijo Gunvald Larsson—, eso parece. He estado intentando pensar en sus procedimientos, y no creo que puedan establecerse normas de ninguna clase. Eso sí, sabemos algunas cosas sobre ellos, siempre atentan contra figuras políticas muy conocidas, y, hasta la fecha, cada vez ha sido cuando la persona en cuestión hacía algo fuera de lo normal o muy espectacular, preferentemente durante visitas oficiales y cosas así; o sea que en esta ocasión todo parece apuntar a que podemos esperar alguna acción por su parte.

—¿Qué hacemos con la prevención? —quiso saber Möller—. ¿Hemos de encerrar a todos los alborotadores que tengan la foto de Mao colgada en la pared de su casa?

Martin Beck se rió, recordando algo muy suyo, y, naturalmente, nadie comprendió de qué se reía.

—No —dijo Gunvald Larsson—, todos los que lo deseen podrán salir a manifestarse.

—No tienes ni idea de lo que estás diciendo —replicó el jefe local, que se había formado como policía de orden público, y prosiguió—: En este caso tendríamos que traer por la fuerza a cada uno de los policías del país.

Cuando McNamara tenía que ir a Copenhague hace unos años, simplemente no se atrevió a hacerlo cuando le dijeron la cantidad de manifestaciones que se esperaban; y cuando Reagan estaba en Dinamarca comiendo en el yate real, hace dos años, ni siquiera se publicó en los periódicos; estaba allí en visita privada y no quiso que ese hiciera ninguna publicidad, eso lo dijo él mismo. Imaginaos, Reagan...

—Si yo estuviera libre ese día, seguro que me iba a manifestar contra ese cabrón —dijo Gunvald Larsson—; ese tipo es mucho peor que Reagan.

Todos le miraron con desconfianza y una cierta seriedad, excepto Martin Beck, que parecía sumido en sus propios pensamientos. Todos, también excepto Martin Beck, pensaron: «¿Es ése el hombre adecuado en el lugar adecuado?».

El director general de la policía pensó después que Gunvald Larsson le había parecido un tipo divertido y que aquello sería probablemente una de sus bromas, y dijo:

—Ha sido una reunión muy interesante y creo que estamos en el buen camino. Gracias a todos.

Martin Beck ya había terminado de pensar. Se volvió hacia Eric Möller y dijo:

—He recibido ese encargo y lo acepto, lo cual quiere decir que debes atenerte a mis directrices; una de ellas es que te abstengas de atentar contra la libertad de personas que tengan ideas distintas de las tuyas, excepto cuando se trate de acusaciones realmente peligrosas, y después de que los demás, yo el primero, hayamos dado el visto bueno. Tienes una misión importante, que es la protección cuerpo a cuerpo, y es en lo primero que tienes que pensar. También quiero que recuerdes que tenemos derecho de libre manifestación y que te prohíbo hacer provocaciones y emplear la violencia sin necesidad. Has de recordar que es indispensable manejar bien las manifestaciones y debes colaborar con el jefe local de la policía y el jefe de la sección de orden público en esta cuestión. Además, todos los planes me corresponden a mí.

—Pero, ¿y todas las fuerzas subversivas del país? ¿Tengo que olvidarme de ellas?

—En mi opinión, las fuerzas subversivas son un producto de tu fantasía y de tus deseos. Tienes una misión importante, que es proteger al senador.

Las manifestaciones son inevitables, pero no deben sofocarse con violencia.

Si las fuerzas de orden público reciben las instrucciones adecuadas, no habrá complicaciones. Yo tomaré parte en todos tus planes. Puedes disponer de tus ochocientos espías como quieras, siempre que se haga todo legalmente, ¿lo has comprendido?

—Comprendido —respondió Möller—, pero tú sabes que hay instancias superiores a las que puedo dirigirme si lo juzgo pertinente.

Martin Beck no le contestó.

El jefe local de la policía se dirigió al espejo y se dedicó a enderezar su corbata blanca.

—Señores —dijo el director general—, la reunión ha terminado y tiene que empezar el trabajo de campo. Deposito mi confianza en todos vosotros.

Con eso terminó la reunión.

A la salida, Gunvald Larsson dijo a Malm:

—La próxima vez haz la prueba de contarle aquello de la verga de colores, a ver si tienes suerte.

Martin Beck les miró a ambos, con la expresión del que no entiende nada en absoluto.

Algo más tarde, aquel mismo día, Eric Möller fue en busca de Martin Beck, cosa que no había ocurrido jamás.

Martin Beck estaba todavía en la calle Kungsholm, aunque en realidad hubiera tenido que estar en su despacho de la central de Västberga, o en Rotebro o en Djursholm, porque estaba dispuesto a terminar con el asesinato de Petrus antes de que la nueva misión le ocupase demasiado tiempo, y todavía no había logrado confiar en la capacidad de Skacke como en su día confiara en la de Kollberg, para analizar fríamente un asesinato premeditado, con todas sus implicaciones sociales y psicológicas. Lennart Kollberg había sido un investigador criminal fuera de lo corriente, sistemático y rico en ideas, y Martin Beck pensaba a menudo que Kollberg había sido muy superior a él en muchos aspectos.

No había nada de malo en la ambición de Skacke y en sus energías, pero nunca había demostrado una agudeza deslumbrante, y probablemente jamás

llegaría a hacerlo. Claro que era posible que evolucionase, dada su relativa juventud; hacía poco que había cumplido treinta y cinco años y ya había mostrado su admirable voluntad y que no conocía el miedo, pero Martin Beck todavía tendría que esperar largo tiempo para poder dejar en sus manos una investigación difícil. Por otro lado, Benny Skacke y Aasa Torell formaban un buen equipo y podían llevar la cosa adelante, si la directiva de Märsta-Pärsta no les abandonaba.

Aparte de todo esto, pronto tendría que trasladar a Skacke al comando de protección que se estaba formando, por lo que la comisión nacional de homicidios quedaría temporalmente debilitada. Él estaba preparado para hacer tranquilamente dos trabajos a la vez, pero dudaba de la capacidad de Benny Skacke.

Por su parte, el trabajo en paralelo ya había empezado. Se acababa de discutir qué locales utilizarían como central de órdenes, cuartel general del comando, como Stig Malm lo denominaba marcialmente.

Estaba estudiando la composición de la escolta con Gunvald Larsson, mientras pensaba en la mansión de Djursholm, cuando se oyeron unos golpecitos en la puerta y entró Möller, más colorado y barrigudo que nunca.

Lanzó una mirada inexpresiva a Gunvald Larsson, se volvió hacia Martin Beck y le dijo con su voz y tono normales:

—Supongo que has estudiado cómo debe ser la escolta.

—¿Tienes micrófonos escondidos aquí dentro, también? —replicó Gunvald Larsson.

Möller ignoró totalmente a su adversario. No había forma de provocarle.

De lo contrario, tal vez no hubiera llegado a ser el jefe de la SÄPO.

—Pues tengo una idea —dijo.

—¿Ah, sí? —exclamó Gunvald Larsson—. ¿De veras?

—Parte de la base de que el senador, supongo, irá en el coche limousine blindado —dijo Möller.

Se volvió hacia Martin Beck.

—Sí.

—En ese caso, mi idea es que vaya otro en ese coche, y que el senador vaya en un vehículo poco llamativo, por ejemplo en un coche de la policía, al final de la cola.

—¿Quién sería ese otro? —preguntó Gunvald Larsson.

Möller se encogió de hombros y respondió:

—Psé, cualquiera.

—¡Típico! —dijo Gunvald Larsson—. ¿Es posible que seas tan condenadamente cínico...?

Martin Beck advirtió que Gunvald Larsson empezaba a enfadarse en serio y le interrumpió rápidamente.

—La idea no es nueva, se ha aplicado en algunas ocasiones, a veces con buenos resultados y otras veces sin fortuna. En este caso es un claro inconveniente. Primero subirá el senador al coche blindado, y después habrá la televisión, que mostrará quién sube al coche.

—Hay muchos trucos —dijo Möller.

—Ya lo sabemos —admitió Martin Beck—, pero no nos interesan los trucos.

—¡Está bien! —exclamó el jefe de la SÄPO—. Adiós, pues.

Y se marchó.

Los colores de la cara de Gunvald Larsson recuperaron poco a poco la normalidad.

—¡Trucos! —rezongó—. ¡Joder!

—No sirve de nada meterse con Möller —dijo Martin Beck—. No reacciona en ningún sentido y es como echar agua en un cesto de mimbre.

Bueno, ahora tengo que marcharme a Västberga.

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