Maggie Cassidy
Capítulo 1
Era Nochevieja, nevaba en el norte. Los amigos avanzaban dando traspiés por la calle cubierta de nieve, cogidos del brazo, sosteniendo a la figura central que cantaba en solitario y con voz cascada, triste y entrecortada, lo que había oído cantar al cowboy en el cine Gates el viernes por la tarde: Jack o diamonds, Jack o diamonds, you’ll be my downfall («Jota de diamantes, jota de diamantes, tú serás mi perdición»). Pero como no se sabía la parte de la «perdición», solo la de «Jack o», ahí hacía un falsete y gangueaba al estilo vaquero. Quien cantaba era G. J. Rigopoulos. Con la cabeza caída como un borracho, mientras los demás lo arrastraban, sus zapatos en la nieve, los brazos caídos y las caderas al aire, como un idiota, en una actitud de tremenda y total despreocupación por los esfuerzos y resbalones que sufrían los demás en la nieve por sostenerlo. Pero de su cuello de muñeco roto brotaban las quejumbrosas notas, Jack o diamonds, Jack o diamonds, mientras caían gruesos y espesos copos de nieve sobre las cabezas. Era la Nochevieja de 1939, antes de la guerra, antes de que nadie conociera las intenciones del mundo hacia América.
Todos los muchachos eran francocanadienses, menos el griego G. J.
Nunca se le había ocurrido a ninguno, ni a Scotty Boldieu, ni a Albert Lauzon, ni a Vinny Bergerac, ni a Jacky Duluoz, plantearse por qué G. J.
había pasado su infancia con ellos en vez de buscar amigos íntimos y almas gemelas de la pubertad entre otros chicos griegos, pues le habría bastado cruzar el río para ver un millar de muchachos griegos, o subir la colina de Pawtucketville, hasta un barrio griego bastante grande, para encontrar multitud de amigos. Puede que a Lauzon se le ocurriera que G. J. nunca acabaría entre los griegos, a Lauzon el Piojoso, que era el más solidario y amable de la pandilla; todo se le ocurría a él, pero nunca había dicho nada
en ese sentido; todavía. Pero el cariño de estos cuatro franceses por el griego era fantástico, realmente voluminoso, impasible e inocente en otras cosas del mundo y totalmente serio. Lo sostenían como si la vida les fuera en ello y se volvían para ver la broma que a lo mejor se le ocurría a continuación en su papel de Actor del Rey. Avanzaban bajo los inmensos y hermosos árboles de oscuras ramas del negro invierno, ramas oscuras, torcidas y sinuosas que sobresalían de la acera; cruzaban la calle, Riverside Street, formando un sólido techo de varias manzanas de longitud, hasta más allá de las viejas y fantasmales viviendas de anchos porches en cuyo fondo se veían luces navideñas; reliquias inmobiliarias de cuando estar junto al río significaba y exigía edificios costosos. Pero Riverside Street solo era ya una zona heterogénea que partía de una tienda griega de saldos, mal iluminada, que se alzaba junto a un terreno arenoso de donde partían otras calles de bungalós en dirección al río. Y llegaba hasta un campo de béisbol para aficionados, escenario de tramos de hierbajos más o menos crecidos, de ventanas rotas por pelotas mal lanzadas, de fogatas que las noches de octubre encendían los golfos y golfillos de la ciudad, categoría a la que habían pertenecido y aún pertenecían G. J. y su pandilla.
—Dadme una bola de nieve, chicos —dijo G. J., abandonando su papel de borracho y tambaleándose; Lauzon saltando al efecto para darle la bola de nieve con risa de expectación.
—¿Qué vas a hacer, Rata?
—Voy a bombardear a ese idiota que está dando vueltas —respondió con un gruñido—. Que haga revoluciones a nado. Los mamones levantarán las patazas para cagarse en las orillas del sur, Palm Miami Beach —y, trazando un arco despiadado con el brazo, lanzó la bola contra un coche que pasaba y le dio en el parabrisas con un impacto blando que dejó una estrella brillante en el cristal y en los ojos de los que miraban, pues todos reventaron de risa y empezaron a golpearse las rodillas. El impacto había sido suficientemente ruidoso para llamar la atención del chófer, que conducía un viejo y ruidoso Essex, con una carga de leña en la trasera, un árbol de Navidad y unos troncos, y algunos otros delante, con un niño sujetándolos apoyado en ellos, el hijo del conductor, ya que eran campesinos de Dracut. El tipo se volvió y arrugó la frente un instante y
enfiló cejijunto hacia Mill Pond y los pinos de las viejas carreteras alquitranadas.
—Ja, ja, ja, ¿habéis visto la cara que ha puesto? —gritó Vinny Bergerac estremeciéndose de entusiasmo, dando saltos en la calzada y empujando a G. J. con un brote de alegría y riendo histéricamente. Casi cayeron sobre un montón de nieve.
Scotty Boldieu se hizo a un lado totalmente en silencio, con la cabeza gacha, meditabundo, como si estuviera solo en una habitación y observara la punta de un cigarrillo. Ancho de espaldas, bajo, elegante, con cara de halcón, un poco moreno y con ojos castaños. Se volvió para emitir un breve pensamiento interior y una carcajada discreta, mientras los demás reían a mandíbula batiente. Al mismo tiempo, en su lado oscuro, brillaba en sus ojos la poca confianza que le inspiraban aquellas payasadas, el serio y asombrado reconocimiento de las mismas, una especie de autoridad sobre el alma viajera y silenciosa que tenían todos, así que Piojoso, al ver su abstracción y alejamiento de la hilaridad general, apoyó la cabeza en su hombro durante un segundo con una carcajada de hermana mayor y lo sacudió para que lo mirase.
—Eh, Scotty, ¿es que no has visto a Ratono lanzar un pelotazo contra el cristal del tipo? Ha sido como cuando lanzó el helado a la pantalla mientras veíamos en el Crown aquella película sobre el cobro de la hipoteca. ¡Joder!
De locos, ¿verdad? ¿No lo has visto?
Scotty se limitó a mover la mano y a afirmar con la cabeza; se mordió el labio y dio una profunda y preocupada chupada a un Chesterfield, probablemente el trigésimo o cuadragésimo de su nueva vida, de diecisiete años, destinada a sumergirse en el trabajo en etapas lentas, pesadas y relajadas, y era trágico y hermoso ver la nieve que adornaba sus cejas y su bien peinada y descubierta cabeza.
Vinny Bergerac era delgado como un palo y gritaba todo el tiempo; su padre debía de llamarse Jolgorio; dentro de su agitado y demente caparazón de actividades y gritos con la pandilla, su pequeño, delgado y debilitado cuerpo oscilaba sobre unas caderas inexistentes y unas piernas blancas, largas, trágicas. Su cara era afilada como una navaja barbera, claramente atractiva, perfilada con una lima de uñas; ojos azules, dientes blancos y brillantes ojos de loco; tenía el pelo mojado, peinado hacia delante para
formar un tupé y luego cepillado hacia atrás, liso y negro tras la blanca bufanda de seda; sus cejas destacaban como las de Tyrone Power, conscientes de su perfecto aspecto. Pero era un pirado desde el comienzo.
Su estrepitosa risa resonaba por toda la silenciosa y nevada calle de encogidos trabajadores de temporada navideña, concentrados en su faena con botellas y paquetes, las narices sorbiendo en la noche. La nieve caía sobre su cabeza y entre las salvajes rachas de sus gritos. G. J. había salido de su tumba de nieve, donde había caído la «asqrosa rata», y como era blanda se había hundido tiritando en el frío; tras levantarse blanco, había cargado a Vinny sobre su hombro, lo había girado como un avión y lo había lanzado como todos habían visto en los combates de lucha del Rex y el CMAC, y en sus propios patios, promovidos por ellos mismos; gritando como salvajes, bailaron el inevitable desenlace con el orgulloso y aleteante abrigo adolescente.
Ni siquiera habían empezado a beber.
G. J. y Vinny se desplomaron juntos en el montón de nieve, se hundieron, todos bailaron y aullaron; la nieve volaba, algunos copos caían de las trémulas ramas en la noche elevada; era Nochevieja.
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