Maggie Cassidy
Capítulo 7
Las noches de invierno son deprimentes en Massachusetts Street, el suelo se congela, los surcos y los hoyos se llenan de hielo, el polvo de nieve se cuela en las negras grietas. El río se hiela hasta la insensibilidad y espera; encallados en las orillas asoman restos de ramas de junio. Las patinadoras, chicas suecas e irlandesas, chillan y cantan, se apelotonan sobre el blanco hielo y bajo rizadas estrellas sin luna del sacrificio ni voz, pero por el trágico y denso espacio descienden drizas del Paraíso hasta lo profundo, donde las figuras fantásticas reunidas por los científicos moldean una masa fría; el velo del Paraíso sobre las tiaras y diademas de una inmensa Eternidad Morena llamada noche.
Maggie estaba entre las patinadoras; en sus bonitos patines blancos, manguito blanco, ves el destello de sus ojos que destacan asombrosamente entre las zonas de negrura; el rosa de sus mejillas, su pelo, la corona de sus ojos aureolados por el ala curva del mismo Dios. Por todo lo que yo sabía mientras me calentaba los pies calzados con esquíes en las hogueras del río Concord aquel febrero, Maggie podía ser la madre o la hija de Dios…
Nieve sucia amontonada en las alcantarillas de Massachusetts Street, desamparada y escondida en pequeños pozos de negra suciedad, mudos compañeros de los paseos que daba a medianoche después de la poderosa generosidad de sus besos.
Me dio un beso al revés en la silla, una noche de invierno al poco de conocerla, yo estaba en la habitación a oscuras, con la abultada radio de palpitante dial marrón que Vinny tenía en su casa y yo me mezo en la silla, la señora Cassidy está en la cocina, del mismo modo que la mía en la suya a cinco kilómetros de allí, en el otro extremo de la ciudad: la misma digna, corpulenta y eterna matrona de Lowell que lava platos y los pone en la
limpia alacena con esas femeninas ideas de orden y limpieza sobre cómo hay que hacer las cosas. Maggie está en el porche tonteando unos minutos en la noche helada con Bessy Jones, la amiga que vive en el bungaló de enfrente, una joven bondadosa, gorda, pelirroja y pecosa que tiene un hermano menor, un niño increíblemente flojo que a veces me entregaba notas que Maggie había escrito la noche anterior bajo la débil luz de su dormitorio o por la mañana, junto a la cañería helada, y que ella le daba por encima de la desvencijada cerca, y que él, cuando le tocaba ir al instituto, andando cansinamente o en autobús, y llegaba con los ojos lagrimeantes, y entraba en la clase de español, que era la segunda de la mañana e insoportablemente aburrida, me daba la nota, a veces gastándome una broma tontísima, pues era solo un crío y por no sé qué motivo lo habían metido en la secundaria después de haber pasado por la primaria de la parroquia, en la que se había saltado algunos cursos, sexto, quinto, o los dos, y allí estaba, un niño pequeño con una andrajosa gorra de cazador con borla escocesa mal hecha, y creíamos que tenía nuestra edad. Maggie le ponía la nota en la delgada mano pecosa, Bessy reía con disimulo detrás de la ventana abierta de la cocina, aprovechaba que la ventana estaba abierta y sacaba las botellas de leche vacías. La pequeña Massachusetts Street está viva durante las frías mañanas de sol y rosada nieve de enero, cuando salen fragantes bocanadas de humo negro de todas las chimeneas; y en la blanca capa de hielo del río vemos la última hoguera de la noche anterior, un rodal negro y chamuscado junto a las cañas rojizas de la otra orilla; el pito de la locomotora de la Boston and Maine se oye entre los árboles, tiritas y te cierras el abrigo con más fuerza para oírlo. Bessy Jones…, a veces también ella me escribía notas, dándome instrucciones sobre cómo conquistar a Maggie, y que Maggie también leía. Yo lo aceptada todo.
«Maggie te quiere», etc., «está más loca por ti de lo que ha estado por ningún otro, que yo recuerde», y en efecto, decía, «Maggie te quiere, pero no pongas a prueba su paciencia, dile que quieres casarte con ella o algo así». Las chicas, riendo, en el porche, y yo sentado en la sala a oscuras, esperando a que volviera Maggie para sentarse conmigo. Tengo las piernas cansadas del equipo de atletismo, dobladas debajo de mí. Oigo otras voces en el porche de los Cassidy, son chicos, el tal Art Swenson del que he oído hablar, estoy celoso, pero es solo el principio neto de los celos que vendrían
después. Espero que Maggie vuelva y me bese, que lo haga oficial.
Mientras aguardo tengo tiempo de sobra para repasar nuestra historia amorosa; que la primera noche no había significado nada para mí, cuando bailamos y la abrazaba me parecía poca cosa, insustancial, sin suficiente importancia. Solo su inusual y extraña tristeza, que procedía del otro lado de algo, me hacía notar un poco que estaba allí: su bonito aspecto…, todas las chicas tenían un aspecto bonito, ni siquiera G. J. había hablado de ella.
La ola profunda de su feminidad no me había sepultado aún. Estábamos en Nochevieja y después del baile fuimos andando a casa, en el frío de la noche, la nieve había cesado, solo quedaba escasa y blanda en el suelo implacablemente congelado, dejamos atrás obras en construcción, caminos de luces de petróleo, largos como avenidas que nos acompañaron hasta el sur de la ciudad y las orillas del Concord, la silenciosa escarcha de los tejados iluminados por las estrellas, doce bajo cero. «Sentémonos un rato en el porche.» Había entre nosotros pocos sobreentendidos infantilmente gimoteantes de que nuestros labios tuvieran que unirse aunque fuera en la calle. La idea había empezado a excitarme ya. Pero ahora, esperando en la silla, y por qué preocuparse por el tiempo, ser besado por ella lo era todo para mí. En la variedad tonal de sus palabras, sus estados de ánimo, sus abrazos, sus besos, los roces de los labios, y esta noche del beso al revés, por encima del respaldo de la silla, con sus ojos oscuros suspendidos encima y sus sonrojadas mejillas llenas de dulce sangre y ternura repentina cerniéndose como un halcón sobre el muchacho por encima del respaldo, sujetando la silla por ambos lados, apenas un instante, la sorprendente, repentina y dulce caída de su pelo sobre mi cara y el suave y descendente roce de sus labios, una penetración momentánea de la dulce carne labial, un momento ahogado en pensamiento y beso, rezando y esperando, y en la boca de la vida, cuando la vida es joven para quemar la alegría de fresca piel y ojos parpadeantes. La retuve cabeza abajo, igualmente durante un segundo, y saboreé el beso que primero me sorprendió como ataque que sufre un ciego, tanto que realmente no supe quién me estaba besando durante aquel primer instante, pero ahora lo sabía y lo sabía todo más que nunca, y rodeada de gracia descendió hacia mí desde las tinieblas superiores, donde había pensado que solo podía habitar el frío, y con sus carnosos labios y su pecho en mi cuello y sobre mi cabeza, y la repentina fragancia que la noche traía con ella desde el porche, uno de esos perfumes
baratos de Todo a Cinco y Diez Centavos que se ponía, ligero y hambriento aroma del cálido sudor de su preciosa carne.
La retuve largo rato, aunque forcejeó por soltarse. Comprendí que lo había hecho por un arrebato. Me amaba. También pienso que los dos tuvimos miedo más tarde, cuando hicimos durar un beso 35 minutos, hasta que se nos entumecieron los músculos de los labios y era doloroso seguir, pero en cierto modo se suponía que teníamos que hacer aquello, lo que todo el mundo decía, los muchachos, Maggie y las demás, «darse el pico», pues habíamos aprendido en la pista de patinaje, en las fiestas de Correos, en los porches después del baile, que aquella era la finalidad, y se hacía a pesar de lo que se opinara personalmente de ello, del miedo al mundo, los niños que se aferran a lo que creen que es un beso maduro y firme (desafiante y adulto), sin entender la alegría y el honor personal. Solo después aprendes a apoyar la cabeza en el regazo de Dios; y a descansar en el amor. Detrás de estos morreos largos e inútiles había un gigantesco impulso sexual, a veces nos mordíamos los dientes, la boca nos ardía de tanto intercambiar saliva, los labios nos escocían, nos sangraban, se nos partían. Estábamos asustados.
Yacía de costado con el brazo alrededor de su cuello, la mano pegada a sus costillas, y le comía los labios y ella los míos. Había crisis interesantes… Era imposible avanzar sin luchar. Después de esto estuvimos sentados y charlando en la oscuridad de la sala mientras la familia dormía y la radio sonaba bajito. Una noche oí que su padre entraba en la cocina. Por entonces yo no sabía nada de las espesas nieblas que arrasaban los campos de Nueva Escocia cercanos al mar ni de las pobres casas pequeñas que se perdían en las tormentas, del trabajo triste, del trabajo de invierno en el fondo de la vida, de los hombres tristes que recorren los campos con cubos en la mano, ni de la nueva forma del sol cada mañana. Ah, yo amaba a mi Maggie, deseaba comérmela, llevármela a casa, esconderla en el corazón de mi vida el resto de mi existencia. Rezaba en la iglesia de Santa Juana de Arco por el privilegio de su amor; casi había olvidado…
Dejadme cantar las bellezas de mi Maggie. Piernas: las rodillas metidas en los muslos, rodillas brillantes, muslos de leche. Brazos: palancas de mi contento, sierpes de mi alegría. Espalda: si la viera y reconociera en sueños en una calle desconocida en mitad del Cielo me desplomaría de gozo.
¿Costillas? Había allí algo blando y redondo como una manzana bien
formada y yo veía temblar la tierra desde los huesos de sus muslos hasta la cintura. Me escondía en su cuello como un ganso blanco perdido en Australia, buscando el perfume de sus pechos… No me dejaba, era una buena chica. El pobre gatazo callejero que la amaba, aunque casi un año menor que ella, tenía sobre sus piernas unas ideas tenebrosas que se ocultaba a sí mismo, ni siquiera las mencionaba en sus oraciones…, el muy canalla. Yo había recorrido la oscuridad de este ancho mundo, en barco, en autobús, en avión, mi inmensa sombra había cruzado los campos en tren, la caldera de la locomotora que llameaba detrás de mí me volvía omnipotente en la tierra de la noche, igual que Dios; pero desde entonces nunca me ha convencido hacer el amor con un dedo. Le roía la cara con los ojos; a ella le encantaba; y es que no me daba cuenta de que me amaba; no lo entendía.
—Jack —después de haber hablado de los chicos con los que ella coqueteaba todo el día, mientras yo estaba en el instituto y desde la última vez que la había visto, de los chismes, de las cosas de que hablaban los compañeros de estudios con otros de su edad, de las anécdotas, los rumores, las noticias sobre el baile y el matrimonio…—, Jack, cásate conmigo algún día.
—Sí, sí, siempre, con nadie más.
—¿Seguro que no hay nadie más?
—¿Quién va a haber? —Yo no amaba a la chica de la que Maggie estaba celosa, Pauline, que me había localizado en la pandilla de los futbolistas una noche de otoño, en un baile al que había acudido porque había un banquete para los jugadores y un partido de baloncesto que quería ver, cosas de chicos. Y estaba esperando en un rincón a que terminara el baile, la idea de bailar con otra me resultaba intolerable, pero tenía que disimular. Y me sacó del rincón como en un sueño de adolescentes. Dijo:
«Oye, me gustas, eres tímido y a mí me gustan los tímidos.» Y me arrastró temblando e impresionado hasta la pista, con sus ojazos clavados en los míos, me atrajo hacia sí, me apretó contra sí de un modo muy sugerente y me hizo «bailar» para hablar, para conocernos, ¡el olor de su pelo me mataba! En la puerta de su casa se me quedó mirando con la luna en los ojos, y me dijo: «¡Si no me besas, te besaré yo!», y abrió el cancel de tela metálica que yo acababa de cerrar y me estampó un beso frío. Habíamos hablado de besos mirándonos la boca toda la noche; habíamos dicho que no
nos interesaban aquellas cosas. «Soy una buena chica, creo en mmmm, los besos», sacudiendo la mano, «pero no permitiría que hubiera nada más», como las chicas de Nueva Inglaterra. «Tienes cara de caerte de sueño. ¿Te he hablado del chico aquel al que no conocía y que me rodeó con el brazo en el Baile de las Agentes del Orden?» Ella era Agente del Orden.
—¿Qué?
—¿Quieres saber si le dije que me quitara las manos de encima?
—¿Sí?
—No seas tonto, yo no hablo con desconocidos.
Pauline, pelo castaño, ojos azules, grandes estrellas brillando en sus labios. También vivía cerca de un río, el Merrimack, pero al lado de la carretera, el puente grande, la feria y el campo de fútbol; se veían las fábricas al otro lado del río. Pasé muchas tardes hablando con ella en la nieve, de besos, antes de conocer a Maggie. De repente, una noche abre la dichosa puerta y me besa… ¡toma ya! Lo único que pude hacer la noche que la conocí fue oler su pelo en mi cama, en mi pelo; le conté todo esto a Piojoso, también la olía a ella en el pelo de él. Despertó el interés de Piojoso. Cuando le conté que por fin nos habíamos besado la noche anterior (sentado con él en mi cama y la pandilla, G. J., Scotty, Iddyboy, sentados en sillas en mi habitación para hablar después de la cena sobre el equipo mientras mi madre fregaba los platos y mi padre oía la radio), Piojoso quiso que lo besara como había besado a Pauline. Eso hicimos también; los otros ni siquiera dejaron de hablar del equipo. Pero Maggie era otra historia: sus besos, un vino caro, no teníamos mucho, no a menudo, escondido en la tierra, en cantidad limitada, como el coñac Napoleón, se acabó muy pronto.
Casarse, ¿amar a otra? Imposible. Quise decirle: «Solo te quiero a ti, Maggie», sin más éxito que cuando explicaba a G. J. los amores de pubertad. Quería garantizarle que nunca tendría motivos para sentirse celosa, en serio. Basta de cantar, cantaré más tarde la historia de Maggie, el comienzo de mis celos, las cosas que ocurrieron.
En mi corazón pesa mucho la mortalidad, tendrán que arrojarme a un agujero comido ya por los perros del sufrimiento, como a un Papa enfermo que se lo ha montado con demasiadas muchachas y de las cuencas vacías de su esqueleto brotan lágrimas negras.
Ah, la vida, Dios mío… ¡ya no volveremos a ver floridas Nuevas Escocias! ¡No habrá más tardes redentoras! Los fantasmas, los antepasados, todos fueron a parar al polvo de 1900 en busca de los nuevos juguetes del siglo XX, como dice Céline; pero el amor aún tiene que descubrirnos y en los mostradores no había nada, solo ojos de lobos borrachos. Preguntad a los que fueron a la guerra.
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