Maggie Cassidy
Capítulo 19
La noche del miércoles llegó muy despacio.
—Siéntate aquí, a mi lado.
Es Maggie, solemne, con las piernas cruzadas, las manos juntas en el regazo, en el sofá del salón, con luces intensas en el techo y su primo preparado para enseñarnos sus trucos de magia. Es una cosa infantil sacada de un libro práctico. Yo me aburro (como cuando veo la televisión), pero Maggie está muy seria, no se cree nada y observa todos los movimientos que hace Tommy, porque según ella: «Es un demonio, tienes que vigilarlo, hará los trucos más increíbles y se burlará de ti, es muy hábil.» Tommy, el guapo primo del que todas las Cassidy están enamoradas y al que admiran, el que despierta gritos y risas en salones y cocinas mientras realiza toda clase de proezas, un buen chico de ojos brillantes y medio tapados por el pelo que le cae por la frente, lleno de alegría. Ya han enviado a la cama a los pequeños, pero miran lo que ocurre desde lo alto de las escaleras, donde la lámpara nocturna ilumina de rosa apagado el papel decorador. Así pues, observo de reojo a Maggie, que observa a Tommy. Esta noche está más guapa que nunca. Lleva en el pelo una pequeña rosa blanca u otra flor del mismo color, en el lado izquierdo, y el pelo le cuelga por ambos lados de la cara, casi rozándole los rabillos de los ojos, frunce los labios (mastica chicle) mientras mira y duda. Lleva un cuello de encaje, muy limpio, por la tarde fue a la iglesia y a la casa de la señora O’Garra, que vive en Chelmsford Road, a recoger el preparado para el pastel de la fiesta. Lleva un crucifijo en la pechera del vestido; puntilla en el extremo de las mangas cortas; pequeñas pulseras en ambas muñecas; tiene las manos cruzadas y espío sus dulces y blancos dedos con ansias inmortales de asirlos con los míos aunque tendré que esperar; dedos que conozco bien, ligeramente fríos,
conmovedores, que tiemblan un poco cuando ella ríe pero que por lo general están doblados sobre la palma; sus piernas cruzadas me enseñan las dulces rodillas sin medias, la bien formada pantorrilla, los blancos tobillos, el borde del vestido que se ha arreglado señorialmente y que le cuelga de un modo enternecedor. El pelo le cae por la espalda, negro, espeso, suave, con rizos. Su blanca carne y sus increíbles y tristes ojos perezosos, más hermosos que los de todas las rubias de ojos radiantes de la MGM, Escandinavia y el mundo occidental. La leche de su frente, el óvalo de la cara, su cuello sedoso, sólido, orgulloso, erecto, todo lo absorbo esta noche por enésima vez.
—Venga, Tommy… deja de tomarnos el pelo y enséñanos el truco —
exclama Maggie, removiéndose con exasperación.
—¡Eso! —gritan Bessy Jones, la pequeña Janie y mamá Cassidy, que está sentada con nosotros leyendo por encima el periódico, y Roy, el hermano de Maggie, que es guardafrenos como su padre, y está de pie en la puerta con una floja sonrisa en los labios, comiendo un bocadillo con las manos mugrientas a causa del trabajo, los dientes blancos como perlas, en sus ojos negros el ligero escepticismo irlandés ante los juegos y trucos, y sin embargo el mismo interés ávido que los demás.
Así que también él gritó:
—Vamos, Tom, repite el del pañuelo rojo, so fulero. Este es una payasada, ya he visto cómo lo haces.
Sonrío para dar a entender que me interesa todo, pero en el salón de la eternidad empapelado de pardo mi corazón solo suspira por ella, por la dulcísima vida que está solo a un paso de mí.
—Eh —volviendo hacia mí el escrutinio asfixiante y devorador de aquellos negros, alegres y tristes ojos que destacaban en el camafeo de su increíble piel nívea—, esta vez no mirabas, tenías los ojos clavados en el suelo.
—¿Clavados en el suelo? —rió el mago de opereta—. Tanto trabajo para nada. ¡Mira a Roy!
—Claro.
—¡Míralo! —chilló Maggie.
—¡Maggie! —la madre—, ¡no grites así! Los vecinos van a pensar que estamos ahogando gatos en esta casa, pero ¡si es Luke McGarrity fumando
una pipa de arcilla al revés en el periódico!, si no lo veo no lo creo —y su corpulento cuerpo de matrona se estremeció a causa del ataque de risa que le dio. En la oscuridad incluso admití la posibilidad de que Maggie fuera alguna vez como su madre, alta y gorda.
—¡Vamos, Jaa-aack! ¡Has vuelto a perdértelo! Deja que te enseñe el truco que hice yo el año pasado delante del tío de Bessy, la noche que salió a pasear, tropezó con la lata de la leche que estaba en el porche y cayó encima de la silla recién pintada de la abuela y la rompió. ¡Fíjate! —y levantándose con mucha gracia, se puso a correr por la habitación detrás de su primo, ahora como una niña impaciente y acalorada cuando un minuto antes era el vivo retrato de una señora de camafeo con crucifijo en el cuello.
Más tarde, solos en el porche, antes de entrar, dándonos el lote con frenesí porque Bessy está todavía dentro riendo tontamente con Jimmy McFee:
—¡Vamos, vete a casa! ¡Vete a casa! ¡Vete a casa! —me zarandeó con furia cuando aún la tenía riendo entre mis brazos, le había dicho algo que la había irritado: arranques de indignación, mohínes, enrojecimiento de sus mejillas, un frunce encantador, advertencias, el regreso de su blanca sonrisa…
—Está bien, me iré —pero doy media vuelta, me pongo a tomarle el pelo y la vuelvo a besar, lo exagero todo y ella vuelve a enfadarse, aunque esta vez es un enfado en serio, me sienta mal, nos ponemos de morros y dejamos de mirarnos—. Nos vemos el lunes por la tarde, ¿te parece?
—Bffr —habría querido verme el sábado por la noche, pero había prueba de atletismo y a medianoche me reuní con mi padre en una heladería del centro y hablamos con todos los muchachos sobre el acontecimiento deportivo y sobre quién había conseguido la puntuación más alta; grandullones de dientes ávidos con periódicos en las cafeterías nocturnas, al estilo de Lowell, una pequeña ciudad famosa por sus cafeterías y heladerías abarrotadas, como lo evidenciaba y pregonaba una columna del periódico local que había escrito James G. Santos, que en cierta ocasión había trabajado con mi padre en los días de la prensa de escasa tirada y que era primo lejano de G. J. Maggie habría tenido que convencerme para bailar con ella aquella noche en el Salón Rex, no porque estuviera agotado después de las carreras ni enganchado con mi padre, sino porque se habría
hecho tan tarde para el baile que no habría valido la pena pagar la entrada, y como no quería que Maggie me tomara por un roñica no le dije nada de esto, y en el fondo piensa que quiero escabullirme con Pauline Cole como un as del deporte pueblerino, quizá en un coche de carreras, a la una de la madrugada, para fomentar tragedias del asfalto allá por Lakeview—.
Entonces no vengas.
—Mejor sí, estaré a las once y media, en cuanto salga de las duchas —
supliqué.
—Bloodworth estará en el Rex.
—¿Charley? —Fue una sorpresa; Charley era un viejo amigo del equipo de fútbol que solo había coincidido con Maggie por casualidad, cuando me lo encontré casualmente una noche en el baile. No creía que estuviera interesado por Maggie, ya que ella coqueteaba siempre. De hecho, me habló de ella muy en serio. La llamaba «M. C.», por sus iniciales.
—M. C. se pondría furiosa si se enterase de que no te presentaste a las prácticas de atletismo el otro día, Bill, muchacho —a mí me llamaba Bill, por Bill Demon—, los demonios y las demonias tenemos que estar unidos
—creo que lo había sacado de las tiras cómicas de Popeye que se publicaban todas las noches en el Sun, el periódico de Lowell—, por eso los demonios tenemos que tener cuidado con las demonias, M. C. Número Dos
—se interesaba tanto por mis aventuras que llamaba a Moe Cole M. C.
Número Dos, porque las iniciales coincidían; y todas estas salvajes complejidades de las alegres mañanas de la vida estudiantil hacían que la cabeza nos estallara.
—Está bien, Charley, tú te haces cargo de M. C. Número Dos y ya te veré en el cielo. —Bromeábamos sobre eso. Una vez me llevó a su casa y me enseñó un álbum de recortes lleno de fotos de beisbolistas famosos de los años 20 y 30, estrellas más viejas que la tos cuyos huesos enterraron hace siglos en polvorientos archivos, el sol rojo poniéndose en la Novena Entrada y ningún tío disponible. Hablando en serio, con el deprimente des-conocimiento infantojuvenil de la increíble ruina que los años y la muerte han causado en la carne y las quijadas de los hombres, sin excluir a las estrellas del béisbol, en su álbum de recortes de 1939 seguía aferrado a las viejas caras de los defensas izquierdos de Cincinatti de los tiempos de la Depresión y que acababan de salir de las ligas menores (JOHNNY
DEERING ni siquiera era todavía de los que calientan el banquillo), nombres de viejos jugadores, Dusty Cooke, Whitey Moore, Kiki Cuyler, Johnny Cooney, Heinie Manush, perdido para siempre el sereno número del centro derecha con tensa y bronceada expresión, tiesos sobre sus sólidas piernas en espera del golpe del bate mientras un agudo y cremoso pitido rasga la atmósfera silenciosa del estadio, el insondable plop de la pelota en el guante del cátcher y a continuación el árbiiiiitro del árbitro. Y el tipo que ha estado chu-chuleando toda la tarde en el área de la tercera base dice otra vez: «¡Chu-chu!» con una extraña y desesperada vocecita y las manos alrededor de la boca, y se lo dice al bateador que está con el bate echado hacia atrás, todo tenso, y en lo alto zumba un avión que vi y oí tristemente pegado con engrudo en el álbum de los álbumes, en la alfombra del suelo de su casa, que estaba en la parte alta. Luego nos fuimos corriendo a casa de Timmy Clancy, a oír discos de Benny Goodman y Artie Shaw. Clancy sería en primavera el cátcher del equipo del Instituto de Lowell y con el tiempo presidente de los Estados Unidos de América por su forma de politiquear en el instituto, en la ciudad, cierta vez había sido Alcalde Júnior por un día, con una foto suya muy grande oficiando detrás de una mesa, el año anterior había visto su nombre con admiración en la tabla de clasificaciones del equipo del Instituto de Lowell, y de todo eso se hablaba a gritos durante las tardes de oír discos y en América bullía la nueva savia de la insoslayable temporada de primavera del instituto. Bloodworth me caía bien y en primavera íbamos a jugar juntos de defensas en el equipo de Lowell, Bloodworth, un tipo cuyo nombre (Bloodworth = Digno-de-sangre) me había confundido durante años cuando lo veía en la tabla de clasificaciones del Instituto de Lowell y la Twi League; lo admiraba e iba a enseñarme a golpear la bola con efecto curvo cuando despuntaran los primeros brotes de hierba entre las crestas pardas de la parte alta de la ciudad (con las líneas del campo de fútbol todavía visibles a la izquierda). Me gustaba su forma de decir: «Pues ese tío puede hacerles correr un kilómetro, ¡diecisiete triples el año pasado, Bill! Y espera a ver cómo despeja Taffy Truman este año, ha sido grande, pero ¡este año es su año!» Todo era posible, Taffy Truman era un lanzador zurdo con estilo que tenía un hueco en los incisivos y una anatomía armoniosa y elegante, como debía ser un lanzador, Lefty Grove con traje holgado, y era bueno, los de Boston de la Liga Nacional iban tras él. El interés de Bloodworth por Maggie no me quitaba el sueño, no era
serio porque yo no había advertido nada y confiaba en que ella me amara solo a mí. Así que iría a verse con él el sábado mientras yo corría en la pista.
—Llevaré a casa a M. C. Número Uno y cuidaré de ella —Charley me había guiñado el ojo. Tenía la nariz ligeramente aquilina y una barbilla curiosamente puntiaguda, y los incisivos también separados, y una relajación seductora que lo hacía parecer un centrocampista sensacional, Bloodworth cc, el primer bateador: rápido, daba unos trallazos de miedo que conquistaban la primera base trazando un arco con un bate hecho con madera de fresno más blanca que la de los demás. Su pelo también tenía ese color—. ¿Estamos de acuerdo, Bill? Llevaré a su casa a M. C. Número Uno y me encargaré de que no la siga en coche ningún tipo para ligársela —y aquí cabeceaba y sorbía por la nariz como si estuviera bromeando o tomándome el pelo, o hablando como siempre hablaba, pero fingiendo seriedad, tanto que me lo creía, confiaba y lo miraba como un cordero: el odio es más antiguo que el amor. Yo no me oponía a comportarme como un cordero porque mi madre me había contado muchas historias sobre el hermano que se me murió a los nueve años y que era muy inocente, Gerard, sacaba los ratones de las trampas y los curaba en pequeños hospitales de cartón que también eran catedrales de santa reverencia hacia las que volvía la cara con el suave pelo de la melancolía cayéndole sobre los melancólicos ojos, esperando lo imposible; todo el mundo lloró cuando falleció. ¡Oh, Rusia! ¡También hay santos en América!
—Vete a casa ya —dice Maggie—. Y no te preocupes si no nos vemos hasta el domingo.
—El domingo vendré temprano…
—Ah… —sacudiendo la mano con amargura y de súbito, inefablemente tierna y triste—: Ah, Jack, a veces me siento muy cansada…
—¿De?
—No importa. —Desviando la mirada con una ligera expresión de dolor en la comisura de la floja y apagada sonrisa de su rotunda feminidad…, demasiado que acarrear…, la carga de las agotadoras afirmaciones con la cabeza, de la comprensión de todo lo que sucedía: una mujer mira un río con una expresión que no hay que nombrar. Sus oscilantes y misteriosos estados de ánimo, filosóficos, fecundos, vagamente animales, como torturar
cráneos y pechos de gatos, como ahogar subnormales, que es lo que hemos acabado por esperar ya de nuestra primavera, la mano floja dudando en la cadera equilibrada con la inclinación de la cabeza y los párpados algo caídos con escepticismo, y no solo eso, sino también una floja y fea sonrisa de burla de carne idiota femeninamente autosatisfecha, un regate que parodia la crueldad, yo habría querido rajarle la boca, matarla, para que de su interior brotara ternura profunda, dolorosa, oscura, que formara frunces lechosos en su frente, elevara lunas gracias a dedos que conjuran del fondo de ese manantial que es la matriz, la naturaleza, el suelo negro, el tiempo, la muerte, el nacimiento—. Vete a casa, Jack, déjame dormir. Esta noche tengo sueño.
—No, Maggie. No quiero dejarte cuando te sientes así.
—Sí quieres. No me siento de ningún modo especial.
—Sí te sientes.
—¿De un modo especial? Solo porque estoy harta… de esto… de aquello… de lo que espero… de lo que tú esperas… Yo solo quiero irme a casa.
—Ya estás en casa. Esta es tu puerta.
—Claro —mirándola con un fecundo frunce y un uf—. Mi casa. De acuerdo. Dormir.
—¿No estás en casa?
—Soñé con ella en otra época, ¿qué más da si es mi casa y no me emociono demasiado por ello?
—Yo no estaba…
—Tú nunca nada. Ay, Jack —pena en su grito—, vete a tu casa, quédate, haz cualquier cosa. Yo no soporto estar por ahí día tras día sin saber qué hacer conmigo, ni si debería casarme o no, o solo bla bla nada.
Oh, porlamordediós, ¿no te has ido todavía? —Y cuando la atraigo para besarla—: ¡Déjame en paz!
Apartándome la mano.
Doy media vuelta y me introduzco en la noche.
Cuatro casas más allá, con el cuello ardiendo y estrangulado, en la soledad estelar del invierno inmóvil, oigo que dice claramente «Ja, ja» y oigo que entra en la casa, el chasquido de la puerta, el «ja, ja» no reído, sino
hablado normalmente, significa no solo que no ha terminado conmigo, sino que además le ha servido para desembarazarse de mí esta noche.
No puedo afrontar mis propias conclusiones.
Sigo andando pasmado, con odio, aturdido, dándome cuenta de que no es nada; paso por delante del cementerio tan desconcertado por las fascinantes torturas de si Maggie esto o lo otro que no advierto los fantasmas ni las lápidas, ahora solo es el telón de fondo de mi angustioso encorvamiento sobre mis propios nudillos.
Recorro otra vez los cinco kilómetros que hay hasta mi casa, a medianoche en pleno invierno, esta vez no voy aprisa ni contento, sino desanimado, sin ningún sitio donde ir y sin nada detrás. Lo único que hace la noche es aumentar la distancia al final de una calle.
Sin embargo, por la mañana despierto reconciliado pensando no solo que ella me pedirá alguna disculpa, sino que debo reírme y olvidarme del asunto y hacer que ella también lo olvide y vuelva a ascender.
Mi madre ve los obstáculos de mis pensamientos y me aconseja:
—Deja de devanarte los sesos con esas tonterías, concéntrate en el atletismo y en los estudios, olvídate de Gus Poulo y la pandilla, que solo piensan en hacer el vago, tú tienes que hacer muchas cosas, ya los verás después y no te preocupes por esa Maggie Cassidy, ya la verás en primavera o en verano, no te precipites ni con las cosas ni con la gente. Déjate guiar por tu madre, ¿quieres? —Y me guiña el ojo, me acaricia la cabeza y me tranquiliza—. Yo me lo tomo todo con calma. —Detenida en el centro de la cocina, mi madre, con una especie de cinta en el negrísimo pelo, las mejillas encendidas a ambos lados de sus grandes ojos azules, las manos juntas y apoyadas durante un segundo en el respaldo de la silla, mirándome seriamente, con decoro, con grave comprensión de las cosas importantes entre los labios y un centelleo en los ojos—. Tu madre siempre te enseñará cómo se hacen las cosas y todo estará como es debido. ¿Sabes qué te he comprado para el sábado por la noche?
—¿Qué? Quoi?
—Unos zapatos nuevos, cuando vayas al vestuario para ponerte las zapatillas de deporte, nadie dirá que calzas zapatos de pordiosero, tes vieilles son pu bonne, los viejos están hechos un asco —me anunció colando un tono autoritario totalmente distinto, de convicción entre
codiciosa y desdeñosa, así me habló acerca de un par de zapatos, como si fuera una trabajadora del ramo—, así que te compré unos nuevos en Thom McAns, no me costaron mucho.
—Vamos, mamá, tu depense tout ton argent! —«Te has gastado todo tu dinero.»
—Voyons, ta besoin d’une paire de bottine, ton père itou, fouaire n’achetez avant l’moi est fini lui itou, weyondonc —«Mira, necesitas unos zapatos, tu padre también, tendré que comprar los suyos antes de que acabe el mes, ¡mírame!», irritada porque no se comprendiera una cosa tan sencilla, se fue al salón a enderezar el paño del brazo del sofá mientras hablábamos durante mi desayuno.
«Mamá, te quiero», digo para mí y no sé cómo decírselo a ella en voz alta, aunque de todos modos sabe que la quiero.
—Así que mange, come, olvídalo, unos zapatos no son un juego de té de porcelana, ¿verdad? —Afirma con la cabeza, me guiña el ojo. Allí estoy firmemente instalado en la eternidad.
Por la noche me arrodillo en mi dormitorio para rezar, pero la cabeza se me cae sobre la manta y hago el ganso con los ojos apretados. Quiero rezar en la noche invernal, sin moverme.
—Que se ablanden y se derritan mi cráneo y mi nariz. Conviérteme en una pieza que sabe…
OceanofPDF.com