Maggie Cassidy

Jack Kerouac · Capítulo 8 de 47

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Maggie Cassidy

Capítulo 8

Veo su cabeza caída, pensando en mí, junto al río, sus hermosos ojos buscando en su interior la idea de que me amaba. Ay, ángel mío, el nuevo ángel que es negro me sigue ahora, cambié el ángel de la vida por el otro.

Me ponía delante del crucifijo de mi casa, muy concentrado, convencido de muchas cosas, tenía que ver las lágrimas de Dios y las veía ya en aquel semblante blanco y alargado, hecho de yeso, que daba vida: daba vida acribillada, acabada, con los ojos caídos, las manos clavadas, los pobres pies clavados igualmente, juntos, como los pies juntos y fríos en invierno del pobre trabajador mexicano que ves en la calle esperando que llegue gente con cubos para vaciar los andrajos y la mierda, y tiene un pie encima del otro para conservar el calor. Ah, la cabeza vencida, como la luna, como mi foto de Maggie, mía y de Dios; los sufrimientos de un Dante, a los dieciséis años, cuando no conocemos la conciencia ni sabemos lo que hacemos.

Cuando era más joven, con diez años, rezaba ante el crucifijo por el amor de Ernie Malo, un niño de la primaria de la parroquia al que quería como con un amor sublime, porque se parecía a mi difunto hermano Gerard, con toda la extrañeza de la infancia, por ejemplo rezaba ante la foto de mi hermano, fallecido cuando él tenía nueve años y yo cuatro, para procurarme la amistad, el respeto y el favor de Ernie Malo. Quería que el pequeño Ernie me diera la mano, así de simple, y me dijera: «Ti Jean, ¡eres simpático!» Y: «Ti Jean, siempre seremos amigos, iremos a cazar juntos a África, cuando terminemos la escuela, ¿eh?» Me parecía muy guapo, siete veces más que el mejor porque sus mejillas sonrosadas, sus dientes blancos y sus ojos de mujer soñadora, de ángel quizá, me llegaban al corazón; los niños se quieren como amantes, no nos fijamos en sus pequeños dramas

cuando somos adultos. Rezaba ante la foto; y también ante el crucifijo.

Todos los días, en la escuela, recurría a una treta tras otra para que mi muchacho me quisiera; lo observaba cuando estábamos en la cola del patio, el Hermano que estaba delante nos soltaba su sermón, su oración bajo cero, el cielo rojo detrás de él, el voluminoso vapor, el globo y las redondas boñigas de caballo en el callejón que cruzaba los terrenos de la escuela (la Parroquial de San José), los traperos llegaban en el momento en que entrábamos en clase. ¡No creáis que no teníamos miedo! Llevaban sombreros grasientos, sonreían burlonamente en sucios agujeros en lo alto de las viviendas… Yo por entonces estaba loco, tenía la cabeza llena de ideas fantásticas desde las siete de la mañana hasta las diez de la noche, como un pequeño Rimbaud angustiado y perturbado. Ah, la poesía que escribía a los diez años (cartas a Maggie), yendo a pie a la escuela por las tardes imaginaba cámaras de cine que me filmaban, la Vida Completa de un Alumno de Primaria de la Parroquia, sus pensamientos, cómo salta las vallas. Y mira por dónde, a los dieciséis, Maggie; y el crucifijo; Dios sabía que tenía penas de amor, grandes y reales ahora con aquella cabeza suya de plástico estatuario que acababa de romperse el cuello y caía triste como siempre, más triste que nunca. «¿Has encontrado tu pequeña oscuridad?», me dijo Dios en silencio, con su cabeza de estatua, y mis manos delante de ella, juntas, en actitud de espera. «¿Has crecido con tu pequeña gidigne?

[pilila]». A los siete años un cura me preguntó en el confesionario: «¿Y has jugado con tu pequeña gidigne?»

«Sí, mon pēre. »

«Pues si has jugado con tu pequeña gidigne rezarás delante del altar un rosario entero y después diez Notre Pères y diez Salut Maries, después podrás irte.»

La Iglesia me llevó de un Salvador a otro; ¿quién ha hecho eso por mí desde entonces? ¿Por qué las lágrimas? Dios me habló desde el crucifijo:

«Ya es por la mañana y la buena gente habla en la casa vecina y la luz entra por la persiana; hijo mío, te encuentras en un mundo incomprensible de misterio y dolor, yo lo sé, ángel, es por tu bien, te salvaremos, porque tu alma es tan importante como el alma de los demás de este mundo, pero por eso debes sufrir, efectivamente, hijo mío, debes morir, debes morir con

dolor, con gritos, miedos y desesperaciones; ¡las ambigüedades!; ¡los terrores!; las luces, pesadas, quebradizas, las fatigas, ah.»

Yo escuchaba en el silencio de la casa de mi madre tratando de adivinar cómo iba a arreglar Dios el éxito de mi amor por Maggie. Ya veía también las lágrimas de ella. Había allí algo que no era, que no era nada, solo la conciencia de que Dios nos espera.

«No es de Dios mezclarse en los asuntos del mundo», me dije corriendo hacia el instituto, preparado para afrontar otra jornada.

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