Manuela
Capítulo VII
E n San Miguel el Grande, Anna caminaba al lado derecho de Domingo Narciso. A pocos metros por delante los padres de ella marcaban el paso y las formas. Acababan de asistir al rezo de la tarde.
—¿Cómo es la casa de Zubiete?
El joven Allende miró a su prometida sorprendido por la pregunta.
—Siempre me cuentas de tu hermana Manuela, de tus padres y del valle, pero aún no sé cómo era tu casa allí —insistió ella.
—Muy diferente a la que estamos construyendo aquí, créeme —respondió con una sonrisa melancólica, y antes de continuar hablando la invitó a ocupar un banco frente a la vieja parroquia.
Domingo Narciso acababa de decidir que no quería sentarse con sus suegros aquella tarde. Estaba cansado de no poder tener un rato de intimidad con su prometida; quería hablar con ella a solas, de nada en particular, pero solos, para poder mirarla con libertad, y si se terciaba la ocasión hacerla reír y sonrojar.
—Mira, desde aquí se ve la fachada principal de nuestra casa, cuando esté completamente levantada será tan alta como la del mayorazgo de La Canal. Pienso hacer que coloquen herrajes en cada ventana, arriba y abajo.
—¿No me vas a hablar de la casa de tus padres?
—Es que no sé qué contarte. Es una casa solariega, pero no como la nuestra, es… diferente. Allí las casas son distintas, son más antiguas, oscuras, y también son frías. Es una tierra muy húmeda, casi siempre llueve o está nevando, y cuando sale el sol no calienta como éste. No creo que te gustaría aquello, Anna.
—Mi padre me ha contado de su caserío en Oquendo, dice que es muy grande, y que dentro viven también los animales, en unas cuadras en la planta baja.
—Sí, así es. Los animales calientan nuestras casas a falta de un sol tan generoso como el que luce en el cielo de la Nueva España. Y hay una tercera planta, la del camarote, donde se guarda la cosecha y la paja. Hay que andar a gatas porque el techo está muy bajo, y no hay paredes, sólo suelo. Me gustaba esconderme entre la paja y las manzanas allá arriba, mientras Manuela me buscaba incansable.
—¿Y dónde recogéis el agua para el aseo y la cocina?
—Hay fuentes y las mujeres llenan en ellas sus herradas. Pero no te preocupes, nosotros podremos construir una pileta al lado de la cocina, bajo una buena sombra, desde la que se vean el patio y los corrales.
—Sí, en la planta alta. Y debemos pensar en una pequeña capilla donde cumplir con nuestras oraciones, con una ventana que mire a la parroquia.
—En ese caso tendrá que dar a la fachada principal.
—Vamos a tener una casa hermosa, hermosísima. Tengo tantas ganas de verla terminada.
Las palabras de Anna sonaban llenas de impaciencia. Domingo Narciso también deseaba ver terminado su nuevo hogar. La boda sería en febrero, apenas quedaban dos meses, y su casa era poco más que un ambicioso proyecto. Vivirían con sus suegros mientras no estuviera terminada y, aunque no tenía ningún reproche que hacer a la familia de ella, la idea no le encantaba.
—En Zubiete la casa de los Allende ha existido desde siempre, allí han nacido y muerto todos mis antepasados. Aquel hogar permanece encendido desde los tiempos más lejanos.
—¿Encendido?
—Sí, nunca lo apagamos.
—¿Tampoco cuando hace calor?
—Nunca hace tanto calor.
Domingo Narciso se sonrió recordando las piedras del hogar, los pucheros colgando de la ganzúa, a su madre extendiendo las manos para calentarse, y soplando una y otra vez los rescoldos para hacer subir las llamas. Pensó en lo rápido que envejecía el tejado por las lluvias constantes, y cómo las nevadas lo quebraban formando agujeros en la madera. Tendré que enviarles algunos pesos. Sin un hombre joven que suba a repararlo tendrán que pagar a alguien para que lo haga. Manuela no me ha escrito hace tiempo, y no sé cómo se las estarán arreglando para mantener la casa en pie, siempre ha necesitado demasiado trabajo. ¿Quién lo hará ahora, si padre está viejo y no tiene a Gerardo con él? ¿Joseph? No, no creo.
Los pensamientos de Domingo Narciso se vieron interrumpidos por la voz de su suegro, que les animaba a acompañarles para la cena. Hubiera deseado quedarse un rato más allí sentado, con Anna a su lado, contemplando el hueco en el cielo azul donde su imaginación concluía sin esfuerzo su futuro hogar. Pero ella ya se había puesto en pie y lo esperaba. Tomaron la esquina de la parroquia y bajaron por el camino del Hospital, donde atendían a los indios. Miró la tierra sobre la que se asentaban los cimientos del hogar de los Allende en San Miguel el Grande y pensó en quién de sus antepasados levantaría la casa de su padre en Zubiete. Desconocía aquella parte de su historia, y sintió pena por no tener cerca a Antonio para preguntarle por ella.
La navidad de 1761 empezaba a apreciarse en el bullicio que se apoderaba lentamente de las calles de San Miguel, y el joven Allende trataba de sacudirse la nostalgia alejándose del ruido que envolvía la villa trasladándose a Los Manantiales, junto a don Pedro. Desde que había acondicionado la vivienda de la hacienda, éste acudía cada vez con más frecuencia, alojándose por temporadas largas, cuando el comercio se lo permitía. No tenía muchos más años que él, pero se comportaba como un padre, protector y generoso. En el último tiempo le gustaba decir que se retiraría a envejecer en aquella casa del campo, siempre y cuando se lo permitiera la nueva señora. Él reía y añadía algo así como ‘es usted más dueño aquí que yo mismo’ o ‘no ha nacido quién le quite su silla’.
Los negocios le eran fructíferos, permitiéndole cumplir con holgura los plazos e intereses del préstamo que la Iglesia había tenido a bien concederle. En el último año obtuvo el cargo de abastecedor oficial, y se había dedicado en cuerpo y alma al control de la matanza, la distribución y el mantenimiento de los precios. La abundancia ganadera había convertido a la villa en la mayor proveedora de carne de la ciudad de México.
Anna andaba aquellos días de rezo muy ajetreada con los preparativos del matrimonio. El pequeño comercio que don Balthasar de Sauto mantenía abierto en el centro de la villa se había convertido, de la noche a la mañana, en su lugar de peregrinaje preferido. Era la mejor tienda, la más surtida, donde se vendían terciopelos negros y cintas de seda exportadas desde la mismísima Italia, perlas finas de Oriente o azafrán de Guatemala, a la vez que cacao, mantones de algodón de Sultepec y pergamino. Estaba entretenida y, aunque no entendía bien el imperioso deseo que movía a Domingo Narciso a alejarse precisamente en aquellas fechas tan especiales, lo disfrutaba por la libertad que ello le proporcionaba para decidir y actuar en todo lo referente al día de su matrimonio.
El sólo regresaba en fechas puntuales. Asistió a los oficios religiosos más obligados, y le regaló un Misterio hermosamente tallado con las figuras de San José, la Virgen y el Niño que ella celebró con alegría adolescente.
—Será el que pongamos en nuestra sala de asistencia. Ya me lo imagino, será perfecto, junto al balcón principal. No se lo enseñaré a nadie hasta que lo podamos lucir en nuestro propio hogar. ¿Crees que en las próximas navidades estaremos ya allí? Es difícil que las obras hayan terminado para entonces, lo sé, pero me ilusiona pensar que podríamos colocar…
—Tendrás que tener un poco de paciencia. Las obras no van tan rápidas como tu cabeza. Yo también estoy deseando, pero si queremos la casa que imaginamos habrá que esperar. —Se lo dijo sabiendo que ella comprendería, como siempre lo hacía. Y aprovechando aquella generosidad, continuó hablando—. Tengo que pedirte algo. Quiero que la misa de nuestro matrimonio la oficie también el padre Alfaro. Sé que no es un clérigo de aspecto, digamos, apropiado para una ceremonia, y que el padre Villegas, único beneficiario de la parroquia, se puede sentir violento, pero ya he hablado con don Felipe de Alfaro y está dispuesto a cubrir un segundo puesto en el altar. ¿A ti te parece bien?
—Sí, por mi no hay problema. Además, mejor déjame a mí tratar el asunto directamente con don Esteban, seguro que no pone impedimento en compartir el oficio.
—Coméntaselo también a tu padre, estoy convencido de que le agradará la noticia.
Domingo Narciso se había hecho muy buen amigo del padre Alfaro, al que conoció gracias a la relación que éste mantenía con Unzaga, su suegro. Don Felipe Neri de Alfaro se había convertido en una leyenda viva en San Miguel, abandonando dos décadas atrás el Oratorio para trasladarse a Atotonilco, a doce kilómetros de la villa, en mitad de unos campos yermos. Y allí, próximo a los ojos de agua caliente donde ricas herederas curaban los desarreglos del parto, se había empeñado en levantar un santuario y una casa de ejercicios espirituales con el dinero de su propia herencia y los generosos donativos de las familias más ilustres y devotas, entre las que se encontraba la de Unzaga.
Domingo Narciso, desde que conoció al padre Alfaro, sintió un respeto y una admiración tal por su obra que no tardó en entregar también buenos caudales a la causa. Pero, sobre todo, había entregado su confianza espiritual a aquel hombre sabio que había recorrido mundo, estudiado y conocido la lejana Italia, y tenía la clemencia de un ser universal. Con él había debatido y confesado los pesares que arrastraba por no haber respondido a la llamada de su padre. Todavía hoy, cuando pensaba en los ornamentos y la amplitud de la casa que construía, la casa que sería de los Allende en la Nueva España, y la comparaba con aquella que había abandonado a su suerte por no regresar a tomar asiento y gobierno de las heredades que se le ofrecían por sangre, se sentía el peor de los hombres y el más ingrato de los hijos.
Atotonilco, aquel lugar extraño que a su beneficiario le gustaba predicar que se trataba de la Jerusalén de la Nueva España, se había convertido en los últimos tiempos en su cobijo, el refugio de sus remordimientos y mayores temores. Y el padre Alfaro en un amigo sincero y exigente, que apaciguaba como nadie los fantasmas de su pasado. Si hubiera sido por Domingo Narciso el matrimonio se celebraría en el santuario dedicado al Jesús Nazareno, de una belleza soberbia. Sin embargo, reconocía que sería una crueldad para Anna sellar en un templo rudimentario como aquel el matrimonio, al son de un único clérigo, humilde hasta el extremo que sacrificaba de forma cruel su propia carne, apareciendo magullado y herido en más de una ocasión ante los feligreses que le acompañaban en sus múltiples rezos. Aquel lugar no era el idóneo para desposar a Anna de Unzaga y Menchaca, así que no discutió el templo, pero sí discutiría la bendición. Cosa que no fue necesaria.
El día catorce del mes de febrero el altar de la parroquia esperaba a los novios para sellar ante Dios y los hombres su unión matrimonial. Ella, una jovencísima criolla de hermosa piel blanca, vistió para la ocasión galas propias de una cortesana. Domingo Narciso, al igual que todos los invitados a la fiesta, no pudo dejar de contemplarla durante toda la jornada. La dulzura que emanaba del rostro de Anna le embriagó para siempre aquella mañana. Ni la pelea de gallos, una de sus atracciones más vitoreadas, logró desprenderle por completo del candor que desde ese día caminaría a su lado, sonriendo junto a él.
Berrio y Aldama insistieron para llevarle con ellos al circo cruel de las aves. Las apuestas estaban abiertas y los pájaros izaban sus crestas desafiantes. Jugaron, arriesgaron y bebieron. Hubo más de un macho presumido batiéndose a picotazos sobre la arena, los hombres se abalanzaban sobre ellos, vociferaban palabras ilegibles, insultos y grandezas. Decidieron salir de allí cuando todo estaba perdido y ni un mal peso habían cobrado del gallo que se suponía iba a ser el campeón.
Entonces Berrio, animado por el alcohol y la recuperada compañía de los amigos, decidió que sería una buena idea bendecir la casa nueva de Allende, aunque no estuviera terminada.
—Vamos a buscar al padre Alfaro. Él regará sus cimientos con agua bendita, ¡para que nazcan al interior de tu hogar buenos retoños que luchen por esta tierra también bendita!
Domingo Narciso lo miró extrañado un instante para, al segundo siguiente, contagiarse sin remedio de la carcajada de Aldama. El joven Ignacio no dejaba de reír y aplaudir la ocurrencia de Berrio, siempre tan comedido.
—Tienes razón, esta tierra es una bendición. Vamos a buscar a don Felipe. Que nos haga los honores y riegue tu casa, pero sólo eso, Allende, que Alfaro no te haga todo el trabajo…
Todos trataron de ocultar las risas tras una mueca de seriedad confusa. La novia se acercaba vacilante. Saludó, y después de recibir los correspondientes halagos le pidió que la acompañara a donde se encontraba su padre, al parecer éste quería presentarle a alguien importante que acababa de llegar de México. Domingo Narciso no tardó en regresar y comprobar que la idea de bendecir su casa se estaba materializando. Don Felipe Neri de Alfaro mantenía con Berrio y Aldama una conversación de lo más animada.
—Díganos padre, ¿no es demasiada soledad la que se impone? Ya nunca se le ve por San Miguel.
—Aquí estoy, ¿o acaso no me veis? Y ahí viene el novio —anunció el cura.
Este se unió a ellos satisfecho de alejarse por unos instantes del tumulto y deseoso de conocer las impresiones de su amigo Alfaro. El beneficiario de Atotonilco vestía una raída y oscura sotana en la que se acumulaban los años de polvo y tierra que había dedicado a las obras del Santuario y la casa de ejercicios. Delgado, pálido y de aspecto demacrado, se le encendían los ojos como dos luceros cada vez que hablaba de la semejanza entre los yermos campos de Atotonilco y la Tierra Santa. Era un hombre admirado por su entrega y pasión por Cristo, a la que se dedicaba en cuerpo y alma, día y noche, sin descanso.
—Allende, ansioso estoy por conocer y bendecir tu nuevo hogar. Vayamos cuanto antes porque he de emprender el camino de regreso, mis devotos alumnos esperan a su guía espiritual.
—¿Tan pronto?, ¿no va a comer con nosotros?
—Primero lo primero, amigo Allende, y es la bendición de esos cimientos regios que se alzan frente a esta parroquia y que desde aquí puedo admirar. La comida es secundaria para este cuerpo, que se alimenta de la savia divina de nuestro señor Jesucristo.
El rezo fue breve. El padre Alfaro se situó en una de las esquinas al interior de aquel edificio aún por concluir, con la vieja parroquia a su espalda. En aquel mismo espacio se acabaría erigiendo el oratorio particular de la familia Allende. Alfaro bendijo el nuevo hogar con el deseo explícito de que se llenara de hijos y prosperidad en los años venideros. Después se alejó por el camino que mira a poniente, tan silencioso y callado como había realizado su entrada. Su gran logro había sido la casa de ejercicios espirituales, cuyas habitaciones, refectorio y patio se encontraban junto al santuario. En ella los penitentes pasaban los días bajo su dirección espiritual, dedicando su tiempo a la plegaria colectiva, la meditación, el examen de conciencia y la flagelación penitencial. Cuando llego a Atotonilco, de noche cerrada, una treintena de hombres, ricos y pobres, avanzaban arrodillados por el patio de la casa, envueltos en túnicas sangrantes y coronas de espinas apretadas a sus sienes, alumbrados únicamente por los cirios que portaban en sus manos quemadas por la cera luna tras luna, y aguantando las pesadas imágenes del calvario sobre los hombros. Alfaro se sintió feliz una vez más de encontrarse en el lugar que había elegido como el más Santo de esta tierra de la Nueva España.
A pocos kilómetros otro hombre, éste más mundano y terrenal, trataba de apaciguar los temores de la joven con quien se había unido hasta la muerte. Como dos desconocidos, se buscaron en la penumbra de la alcoba, primero con los ojos y luego con las manos, respetando los lugares más ocultos, dejando que fuera él quien dirigiera los actos para los que se había inventado el matrimonio. Poco a poco los nervios de la dama cedieron a la ternura y un renovado deseo la empujó a las manos del hombre que la poseía. Él olvidó todo lo aprendido, lo vivido y sentido en los brazos de indias y mulatas; en su lecho ya no habría sitio para otro cuerpo. Reconoció en aquella piel blanca, y más suave que la seda que llegaba en barcos desde Filipinas, el amor eterno por otro ser humano. Y fue tanta la impresión que le causó el primer encuentro que rompió la norma que la buena costumbre establecía y, pese al mal humor que ello generó en su severo suegro, nunca yació en otra cama distinta a la de su amada.
Fuera de la alcoba conyugal la boda se había convertido en todo un acontecimiento. Durante semanas no se habló de otra cosa en las reuniones sociales. Hombres y mujeres trataban de acomodarse a la nueva circunstancia que unía para siempre a Unzaga con su yerno. El primero un hombre de gobierno que ocupaba algunos de los puestos más importantes del Cabildo, y el segundo un joven prometedor que contaba con una de las haciendas más prósperas y fructíferas de la villa.
Una mañana de septiembre llegó un correo a lomos de un caballo veloz. Los vecinos observaban atónitos al jinete dirigirse sin aliento por las calles de la villa. Cuando alcanzó la puerta del colegio de San Francisco de Sales saltó de su montura y corrió al interior. En un instante sacerdotes de todas las órdenes ocuparon la antigua plaza. Corrían de un lado a otro transmitiéndose la noticia, abrumados, nerviosos, sin hallar las respuestas que buscaban. Aquellos momentos de incertidumbre sirvieron para que los habitantes de San Miguel se fueran arremolinando en torno a ellos. En esta villa, como en el resto, nunca se sabía cómo era que las noticias se extendían de manera tan meteórica, pero lo hacían y en esta ocasión no hubo excepción. Cuando los frailes quisieron darse cuenta, la puerta del colegio y el templo de la salud eran el destino de las improvisadas carreras de hombres y mujeres buscando conocer aquello que alteraba la paz de sus líderes espirituales.
Alguien dijo algo de una expulsión, el nombre del Marqués de Pombal salpicaba las frases de muchos curiosos que creían poder descifrar el mensaje no recibido, otros hablaban de Francia, de los Estados Pontificios y hasta del rey de las Españas, Carlos III. Lo que a ninguno de los presentes se le escapaba era que una vez más los jesuitas volvían a verse asediados, perseguidos y barridos. Finalmente uno de los clérigos alzó los brazos al cielo proclamando la noticia: el Parlamento de París ha abolido a la Compañía de Jesús en Francia y confiscado sus propiedades. Antes había sido Portugal, ahora Francia, y la duda acechaba a España, ¿habría también expulsión de los jesuitas de los territorios de la Corona? Las murmuraciones, las cábalas, las contradicciones fueron haciéndose grandes y abarcando cada vez más espacio. Parecía que una espada de Damocles apuntaba directamente a la Compañía de Jesús en los reinos españoles. Aquello, si algún día llegaba a suceder, sería una debacle.
Durante días no se habló de otra cosa en San Miguel, en Dolores, en San Luís Potosí. Hasta que las aguas volvieron a su cauce y los detalles de aquel suceso quedaron relegados al interior de claustros, sacristías, salones y despachos. El espacio y poder de la Compañía en los territorios de la Corona española se mantenían intactos, pero la incertidumbre empezaba a transpirar por la piel de aquellos sosegados hombres de religión. Eran muchísimas las riquezas y posesiones que los jesuitas habían acaparado en la Nueva España, pero sobre todo eran muchos los intereses endeudados de españoles y criollos que habían acudido a sus arcas para servirse de créditos a pagar en cómodos y largos plazos. Había muchas haciendas en San Miguel que dependían de préstamos e hipotecas firmados por estos fieles seguidores del Papa de Roma. La incertidumbre sobre el futuro se fue mezclando en las conversaciones de los hombres del Cabildo, y en las charlas amistosas y concurridas que se celebraban en algunas de las salas de estrado más importantes de la villa. Pero aún así, no podían hacer otra cosa que confiar en la sensatez de la monarquía de no desterrar de sus reinos a la valiosa Compañía de Jesús.
En medio de aquella inseguridad que sobrevolaba la fortalecida economía de familias enteras la hacienda de don Balthasar de Sauto volvió a la normalidad. Esta vez era el pequeño de los Aldama, Ignacio, el que se entregaba sin remedio a las pasiones del cuerpo con la negra Jimena. Su romance, o lo que fuera que era aquello, surgió sin aviso, de la mano de una sombra al lado del río, en un inesperado encuentro que llevó al joven al éxtasis bajo las carnes flojas y oscuras de una mujer generosa en todas sus dimensiones, de risa extravagante y manos teñidas en mil colores.
Sauto había recobrado su ansiada libertad en la primavera de 1760, con la condición de que permaneciera en San Miguel hasta nuevo aviso. Nada de viajes, de sorpresas, de actos que pudieran interpretarse de rebeldía. Aún así, el gachupín entró con la cabeza alta, el talle del traje cortado por un buen sastre, y a lomos del mejor caballo andaluz que había podido encontrar. Había pasado de la bancarrota al contraataque. Sus enemigos ardieron en cólera al verlo asomar la nariz en las nuevas casas reales, pero no había nada que pudieran hacer salvo esperar una resolución definitiva por parte de la real audiencia que cerrara para siempre el obraje.
El viejo vizcaíno supo manejar aquella situación como nadie, y en lugar de un cierre definitivo, lo que se sucedió en estos años fueron resoluciones contradictorias, quejas, motines y un sinfín de propuestas que nunca llegaron a materializarse. Los problemas de la Corona habían empezado a ser otros, y las circunstancias políticas a cambiar: nuevo virrey, distintos regidores y diferentes intereses. Sauto se fue haciendo fuerte, retomando su posición al frente de los telares más productivos de San Miguel, y distanciándose cada día más de la élite política y social de la villa.
Sin embargo, la contradicción volvía a él una y otra vez. Doña Juana Petra, reconciliada a medias con su pasado y, de igual modo, esperanzada a medias con su futuro, estaba decidida a levantar una casa bien adornada y cómoda en el mismísimo centro de la villa. Sabía de la oposición que encontraría en su marido, así que puso de su parte a la hija de ambos, María Antonia, para que el empeño fructificara y poder dormir su vejez en la misma calle en la que florecían las nuevas casas reales. Desde que su amado Aldama dejó la hacienda, y de eso hacía ya algunos años, había sentido el aguijón de la soledad hiriéndole en lo más profundo, haciendo mella en su frágil espíritu. Odiaba vivir lejos del bullicio, como si fuera una mujer de campo, sin poder compartir con otros que no fueran los criados y serviles peones de Santa María. Sus hijos crecían y ella se sentía aislada en aquella hacienda que se había convertido en la cárcel de todos ellos. Estaba completamente decidida, y sabía bien cómo mover los hilos para que su hija convenciera a su padre de la necesidad de edificar una residencia propia en el centro de la villa.
Lo cierto es que San Miguel bullía de agitación en aquel tiempo. En mitad de una década convulsa como lo estaba siendo aquella, el nuevo centro social y político de la villa se alzaba con un impulso modernizador. Las nuevas casas reales ofrecían una visión renovadora, rodeadas por las principales familias criollas, que desde unos años atrás habían empezado a construir en torno a la parroquia y el recinto público sus hogares. Surgieron ideas para levantar nuevos templos, llenar de arte el interior de éstos santos lugares, y trazar otros caminos más cómodos y transitables. Todos, sin excepción, arrimaron pesos e ingenio para convertir a San Miguel el Grande en la más hermosa urbe del obispado de Michoacán.
La casa de Domingo Narciso de Allende era una buena muestra de ello. Se estaba convirtiendo en una de las más admiradas y envidiadas de la ciudad, y también en una de las más costosas y mejor ubicadas que se construirían en la villa aquel siglo. Anna se sentía feliz y toda la familia Unzaga celebraba el derroche con entusiasmo. Mientras, Domingo Narciso no veía el momento de trasladarse por fin a su hogar y abandonar las rígidas normas que dirigían su vida en casa de sus suegros. En cuanto la ocasión se terciaba, cabalgaba a lomo partido por los campos hasta llegar a Los Manantiales y recluirse allí durante días. Pero nunca mucho tiempo, ya que no le gustaba estar lejos de ella. A menudo la llevaba con él, pero acababa aburrida y desesperada. Habrá que esperar a los hijos, ellos la ocuparán el tiempo, pensaba antes de saber que el primero ya estaba en camino.
La noticia le emocionó, y se decidió a contratar más peones que alzaran por fin aquella interminable estructura que iba a ser su hogar. Y cuando vio la planta baja completamente terminada, con sus arcos, maderas y herrajes, comprendió que el diseño era perfecto. Buena parte de aquel piso lo destinaría al comercio. Tendría su propia pulpería en la que vender los frutos de sus huertas, artículos para el vestido y utensilios de mil formas y usos. Le gustaba la vida que se creaba en torno a estos establecimientos que abrían una puerta de la casa a la calle, al mundo. Tendrían portones de madera y forja. La fragua a su espalda, con otra entrada para el ganado, y un patio cuadrado en el centro, con una hermosa escalera ascendiendo a la planta de la vivienda. Domingo Narciso se precipitaba en su necesidad de cumplir aquel sueño, una casa de los Allende, un hogar para su descendencia, un lugar para su estirpe en aquella América.
Por su parte, Sauto tomó las riendas de su nueva casa y comenzó a idear un hogar digno de su posición social en el centro de la villa. Doña Juana Petra se sentía reconfortada, al fin obtenía una respuesta a sus plegarias. Lo que nunca se hubiera imaginado es que poco tiempo después Domingo Aldama, con una jovencísima esposa que le llenaría la vida de hijos bellos y sanos, levantaría su propio hogar justo en frente.
La boda de este Aldama se celebró con todos los honores la tarde del veintinueve de marzo de 1763. La novia, Francisca González, apenas había alcanzado la edad apropiada para el matrimonio, mientras que el afortunado novio había dejado atrás, hacía tiempo, los cuarenta años de edad. Era una diferencia bastante común en estas tierras, en las que los matrimonios no dejaban de ser acuerdos sustanciosos.
Lo más sorprendente quizá de aquel enlace fue la presencia de doña Juana Petra. Engalanada como si aquella fuera su última aparición en público, paseaba por los salones de la casa, fumando cigarros y recitando para sí su propia letanía, a la espera de un sobresalto que nunca llegó. Mientras ella perdía sus últimas esperanzas mirando de reojo la calle, deseando escapar de aquella trampa que le había tendido el paso del tiempo y la edad que marcaban los pliegues de su piel, en la capilla particular de la casa la pareja cumplía con el rito del matrimonio.
Tras la bendición, Domingo Narciso de Allende cumplió con los deberes propios de un testigo firmando los documentos que oficializaban el matrimonio. Ignacio también estaba allí, junto a su hermano, pero no se ocupó de firmar nada, ni de decir o añadir cosa alguna a lo que ya estaba escrito. Al menos uno de ellos avanzaba como se esperaba en esta tierra, casándose con una criolla de buena cuna y dote. Ya con la noche cerrándose sobre la villa, Ignacio tomó el camino de regreso a la hacienda del obraje con la esperanza de encontrar aún despierta a su Jimena del alma y perderse en sus carnes frondosas y amplias. Lo que no imaginaba era lo que las sombras de la luna le devolvieron: la imagen del cuerpo de ésta rodeado por los brazos de otro de su casta, fundiéndose ambos en una piel tan brillante y negra como la noche que les acechaba. Un miedo atroz le embriagó el pensamiento, le nubló la vista, le inyectó de sangre agria la mente, los ojos, la piel de todo el cuerpo, y en lugar de acabar con la causa de su dolor a filo de machete, se volvió a subir a su caballo, tomó el camino del puente viejo y no regresó a San Miguel el Grande hasta que las penas ahogaron lo que quedaba de su juventud, algunos años más tarde.
Un mes después del matrimonio entre Domingo Aldama y Francisca González, en abril de 1763, nació el primogénito de los Allende, y lo hizo en la casa de sus abuelos maternos. Domingo Narciso se sintió feliz ante aquel extraño y diminuto cuerpo que sólo dormía y comía en la paz de una primavera sofocante. Habían discutido el nombre del recién nacido hasta la saciedad, y al final asumió que no se llamara Antonio como su padre, pero sí José. Desde que había conocido a Anna se había vuelto un gran devoto de San Pedro Regalado, de hecho, no faltaría una imagen del santo en el oratorio particular de su casa. Finalmente la criatura fue bautizada bajo el extenso nombre de José María de la Luz Pedro Regalado Vital. Siempre lo llamaron José María, y aún siendo un bebé su padre se acercaba sigiloso al moisés y, sin despertarle, le inculcaba su amor por la tierra de Vizcaya, el verde valle de Gordejuela y el caserío de los Allende en Zubiete.