Manuela

Inma Roiz · Capítulo 3 de 18

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Manuela

Primera parte: LOS VALLES

Primera parte:

 

LOS VALLES

CAPÍTULO I

 

D omingo Narciso ocupaba un camastro estrecho y frío al lado de otros jóvenes y hombres que llenaban el suelo de aquel viejo buque español. La humedad, el intenso frío y la sensación de mareo le embriagaban el cuerpo desde hacía días. Se sentía débil y triste, y sólo el recuerdo de la casa de Zubiete le mantenía vivo en el umbral de la conciencia al que había llegado.

La lumbre encendida, el sabor de las castañas asadas, la voz de ama, la sonrisa de Manuela, la pequeña Manuela. Si se concentraba podía oír su llanto con claridad, y verla correr tras él por el puente, llamándole, gritando que no se fuera, que no la dejara, que se moriría de pena. Era entonces, con la imagen de esa cara tan querida, cuando un inquietante escalofrío recorría de punta a punta su columna vertebral, evitando que las lágrimas que se le agolpaban en la cuenca de los ojos resbalaran finalmente por sus mejillas.

Un hondo dolor por lo que amaba se manifestaba en la mirada de la pequeña de los Allende. En ella se reflejaba todo menos la resignación. Anhelaba la calma de conformarse a medida que se alejaba, cada día un tramo más, cada vez más lejos, y también más cerca, cada vez más confuso, más mareado y, quizá, hambriento. Su mente sabía jugar con los recuerdos, acercándole despacio, tanto que había aprendido a esperarlo, el susurro alegre de aquella risa de niña, sus manos temblorosas descubriendo las letras que él le enseñaba en largas tardes de abrigo, su porte altivo y elegante, sus torpes ademanes de chica grande. Todo el paisaje verde del valle en sus ojos, destellos de una luz intensa que no había vuelto a ver. Agua fresca, árboles, animales, y gentes conocidas y semejantes se dibujaban en su pensamiento con una nitidez desmedida, mientras aquel navío avanzaba contra corriente, luchando en su propósito frente al viento y las olas.

Se sentía mareado. Casi desde el principio de la travesía, desde que se le hizo consciente aquel mar de agua bajo los pies sustituyendo la serena y tan bien conocida tierra firme. Había otros muchos como él, incapaces de alzarse, de incorporar la cabeza si no era para expulsar una bilis amarga que sus cuerpos exhaustos fabricaban a un ritmo más lento del que deseaban. Fueron jornadas difíciles. Domingo vivió momentos de desesperación en los que llegó a pensar que no aguantaría. No soportaba el sudor frío sobre la piel, el viento cálido del sur que lo embadurnaba con su brisa salada, los gritos de los hombres del mar, el cacareo de las gallinas y otras aves coreando a ovejas y cabras, de día y de noche, sin más alimento que la sucia sopa que en ocasiones alguien le acercaba y él rechazaba con una nueva arcada.

Hacía tiempo que había dejado Gordejuela para emprender aquel largo viaje. La idea sobrevoló su imaginación juvenil en varias ocasiones, pero nunca creyó que los sueños se cumplirían. Por eso se sintió feliz cuando supo de aquella carta, un pliego escrito con elegancia, releído una y mil veces, que alteró de forma inesperada la sosegada vida de Zubiete.

Fue una noche clara y templada de diciembre, cuando María y Antonio, con sus hijos reunidos a la mesa, expusieron los próximos acontecimientos sin preámbulos ni adornos, asumiendo el hecho de que la noticia era de interés para todos los miembros de la casa: Domingo Narciso partirá en unas semanas hacia la Nueva España. Lo dijeron así, sin detenerse, en la voz del padre y el asentimiento de María. Y todos, sin excepción, se mostraron felices con la buena nueva, con aquel reclamo hecho por un pariente de Arracico, don Pedro de la Puente, para que Domingo Narciso acudiera a su servicio y ayuda en su casa y hacienda de San Miguel el Grande. En ningún momento dudaron de la disposición del hijo. Aquella era una oportunidad para él y para los Allende, una inversión a largo plazo, una garantía de éxito para quien emprendía viaje y también para los que se quedaban, padres y hermanos, conservando y acrecentando la sucesión del linaje.

Durante algo más de un mes la vida de la familia se convirtió en un sin fin de idas y venidas. Lo más urgente era formalizar los trámites necesarios para el embarque rumbo a aquella tierra lejana, todos los documentos que atestiguaban su limpieza de sangre, su hidalguía vizcaína y el requerimiento desde Indias. Todos ellos salvoconductos que le permitirían inscribirse en la Casa de Contratación y poder comprar un pasaje para el primer navío con destino a la Nueva España.

Se intensificaron los recados y las reuniones en casa de su tío y su abuelo, escribanos reales del valle, que se entregaron a la labor, tantas veces repetida con otros jóvenes del pueblo, de disponer lo necesario para que no hubiera ningún impedimento legal que quebrara las intenciones del joven Allende por tomar tierra en el otro lado del mundo.

Tuvo que partir solo. Aquel año no había nadie en el valle que emprendiera viaje, como en muchas otras ocasiones en que la aventura podía ser compartida rumbo a Cádiz. Domingo Narciso salió de Gordejuela por los senderos que se adentraban en el valle de Oquendo, cruzando las angostas tierras de Ayala hasta llegar a la ciudad de Orduña, y de ahí a los reinos de Castilla. Apenas barajaba más información que el nombre de algunas ciudades por las que debía transitar y la orientación, siempre hacia el sur.

Con él llevaba, además de los reales necesarios para cubrir los gastos del primer viaje, una carta de pago en su favor otorgada por su padre, Antonio de Allende, en la que dejaba constancia de haber entregado ya una cierta suma de dinero a Juan de Zamudio, vecino de Cádiz, para adornos y vestidos para Domingo Narciso de Allende, y más dinero con que sacar el pasaje y enviarlo a la partida de Indias. La suma correspondía a la legítima y al adelanto que Castaños y Cenarro, mayordomo de la iglesia de Molinar, le había facilitado por la compra de la próxima cosecha de txakoli.

Y así, mientras se ultimaban los detalles, en la casa de Zubiete los ánimos jubilosos del principio se fueron tornando en pesadumbre y tristeza conforme se aproximaba el momento de la despedida. En primavera Domingo Narciso debía estar en el puerto gaditano, listo para embarcar en el primer navío que zarpara rumbo a aquellas tierras lejanas.

Desde entonces, desde que dejó su hermoso verde valle, una sensación de vacío ocupaba su interior. Todo había sucedido demasiado de prisa. Los dos últimos días los vivió alternando la euforia y la tristeza, según mirara hacia la montaña y el camino real, o hacia la cara triste de Manuela y el semblante serio de ama, cada vez más callada, más pálida, ocultando el llanto de su mirada clara.

Cuando por fin llegó la diligencia era muy de mañana, una niebla blanquecina envolvía las aguas del Ibalzibar en su curso lento y firme hacia el mar de Vizcaya, desperezándose así un nuevo día en el valle de Gordejuela. De aquella dirección llegaba el carro en el que había de subirse para empezar a alejarse. Al ocupar su asiento, en el estrecho tramo de madera dispuesto a tal fin, algo se encogió en su interior. Sabía que no regresaría, nadie lo hacía. La aventura comenzaba con el sabor amargo de aquella única y definitiva despedida. A su espalda, Manuela gritaba su nombre, se deshacía en lágrimas mientras cruzaba el puente envuelto por la niebla espesa de la mañana. Su figura, apenas cubierta por una camisa larga de lino blanco y una manta arrebujada sobre el pecho, se iba haciendo diminuta, se perdía, se quedaba anclada a la tierra, sobre las aguas sinuosas y frías del río.

 

Después de días sin probar bocado consiguió incorporarse y levantar por fin la jarra de agua que alguien le había dejado cerca de la cara. Recuperó el aliento un instante y se reclinó de nuevo sobre la madera húmeda del suelo. Ya no sentía el movimiento del oleaje dentro del estómago con tanta furia, y el sudor frío que insistentemente emanaba por los poros de su piel había cedido aceptando la calidez de la brisa que se filtraba por las rendijas del viejo navío; le parecía imposible poder respirar mientras descubría las sombras dibujadas por los rayos de un sol lejano.

Tan sólo unas horas después se tambaleaba sobre sus propias piernas buscando el equilibrio perdido hacía varias jornadas. Aquellos primeros instantes de consciencia quiso pasarlos al aire libre. Apenas recordaba la división de la embarcación, las estancias que ocupaban unos y otros, el camino recorrido hasta el catre donde había permanecido inmóvil durante casi una semana. Una vez erguido, deambuló entre cuerpos tan mareados como él. El espacio era extraño a sus ojos. Finalmente, encontró una escalera estrecha que anunciaba un cielo amplio cargado de oxígeno limpio. Alcanzó la cubierta del buque con una agradecida sonrisa que se fue tornando en sorpresa e impresión conforme descubría el mundo vivo y caótico que se había apoderado del barco.

Había aves enjauladas, y ovejas. Le sorprendieron un par de cerdos ruidosos caminando entre marinos rudos y malolientes que no dejaban de gritarse unos a otros y reír a carcajadas, mostrando indiferentes los huecos de sus dientes ausentes. Se apreciaba un orden extraño, fuera de todo sentido, pero orden al fin, que adjudicaba un espacio a cada hombre y a cada animal, como si cada quién supiese de antemano qué hacer y dónde colocarse.

Al principio se sintió perdido en aquel pintoresco caos. Avanzó lentamente, observando cada movimiento, cada gesto y actitud. Un joven, más bien un niño, fregaba el suelo mientras otro de edad similar guisaba algo en un fuego cubierto. Se sentó en un rincón, sobre un trozo de madera astillada en el que poder reposar el mareo que amenazaba con regresar a su estómago, y allí permaneció hasta que el cielo se cubrió de negro, en una noche fría que le devolvió al camastro abandonado apenas unas horas antes.

El sueño lo arrastró de regreso a Zubiete, donde su casa, la casa de los Allende, no era la misma de siempre, no tenía luz, no había ventanas, y llovía dentro de la propia alcoba. Estaba solo. El viejo y oscuro caserío de piedra lo recibía frío y ajeno, sin fuego, sin lumbre en el hogar, con las cenizas muertas, sin rescoldos ni crepitar. Nunca faltaron brasas allí, no conseguía entender cómo habían dejado apagar el fuego, cómo ama, aita, Joseph o sus hermanas lo habían dejado morir. Intentó encenderlo de nuevo pero no lo logró, falló una y mil veces, se sintió agotado y desesperado. Y entonces un golpe seco le despertó. Sudaba, y una angustia nueva le abrazaba la garganta. Necesitó un instante para reponerse, para saber dónde se encontraba, qué hacía en ese espacio nauseabundo que le era extraño pero no ajeno.

Aquella mañana almorzó por primera vez desde que salió de Cádiz, apenas una abreviada ración de bizcocho blanco mojado en un caldo espeso con sabor a ave de corral. Y también entabló conversación con algunos pasajeros, que al igual que él no sabían muy bien qué hacer y cómo moverse sin caer sorprendidos por un golpe de la embarcación, o acabar remojados por una ola ruidosa y grande que sobrepasaba sin avisar los límites menos elevados de la nave. Supo que habían superado un mar que los marinos llamaban Las Yeguas, y recordó haber oído decir que hasta el más veterano de aquellos bravos hombres se revolvía en sus entrañas con el balanceo del navío sobre estas aguas. La esperanza llegó con el aviso del próximo arribo en las Islas Afortunadas. En un par de jornadas más estarían nuevamente frente a puerto, donde los esperaban para reponer las despensas de agua y leña.

Domingo Narciso sentía que las fuerzas perdidas volvían lentamente, regresaban a sus jóvenes músculos alentando paseos, conversaciones y divertidos ejercicios de equilibrio para no ceder al balanceo del suelo que pisaba. Un equilibrio que también se ajustaba, cada vez con más éxito, a los sentimientos de alegre incertidumbre por lo que le aguardaba y de honda tristeza por las añoranzas que apenas comenzaban. El sonido del agua y el tintineo del velamen se fueron haciendo cada vez más presentes, y más agradables a sus oídos. Empezaba a disfrutar observando aquel caos, tratando de comprender lo inexplicable del funcionamiento de aquella turba de marinos que resolvían la faena diaria con chocante agilidad.

De vez en cuando traía a su mente los días vividos en Cádiz. Sevilla había sido para él la gran ciudad. Antes tuvo que viajar por tierra castellana durante interminables días de sol sin sombra, en los que no se detenía más tiempo del necesario, lo justo para reponer fuerzas y poder rehacer la marcha. Algunas posadas en el camino, diligencias o carretas esperadas durante días en pueblos desconocidos, palabras nuevas, otros olores y sabores, distintos colores y diferentes tierras. Se había sentido cansado, desorientado, confundido y nervioso, una inquietud que no conocía se instaló en su cuerpo mientras atravesaba los reinos españoles. Sólo ahora, con el crujir de las arboladuras y el rechinar lento de los cables, parecía disiparse. Por aquellos caminos no vio más horizonte que una larga y extensa tierra llana, alimentada por un sol que crecía día a día, que se agrandaba y se esparcía por la roja arcilla de la que brotaban los árboles más pequeños, más redondos y más oscuros que nunca habían visto sus ojos.

A veces surgía una aldea en mitad del paisaje, un pueblo o una villa cruzada por ríos y arroyos de aguas tibias, en la que se detenía durante un día o varios para reponer fuerzas mientras esperaba el siguiente carro de pasajeros que le llevara un poco más lejos del valle verde, más lejos del norte, más cerca del sur y del final del viaje.

Se encontró con buenas gentes que le indicaron veredas y le anunciaron cuidados y peligros. Hizo algunos compañeros de travesía, caminó durante días enteros con ellos y otros en completa soledad, conoció pastores de rebaños tan grandes que superaban con creces los que poblaban los caseríos de Gordejuela y Oquendo.

Y por fin llegó a Cádiz con todos sus documentos y algunos reales aún en la bolsa atada a la cintura, a buen recaudo tras la faja y el calzón. El forro de la chupa o las albarcas habían sido también buenos para dividir y esconder los caudales con que presentarse ante ese tal Zamudio. La carta de pago firmada por Antonio de Allende fue suficiente para que se le abrieran definitivamente las puertas a la tierra de Indias.

Fue la ciudad de Sevilla la que más lo impresionó, sus calles estrechas y embarradas, las pequeñas casas pegadas unas a otras, sus gentes alborotadas, risueñas, que mostraban su particular ajetreo en el no hacer nada. Allí, en un lugar que llamaban el arrabal de Triana, se acomodó durante tres días, que le parecieron los más cortos de su corta vida. El mesón pertenecía a una familia que descendía de la tierra de Álava, Arrieta se llamaban, y aunque había transcurrido más de un siglo desde que se instalara el primer Arrieta en este lugar, sus descendientes, que poco tenían ya que ver con aquel, acogían en la misma posada a los paisanos que arribaban a esta ciudad extraña, cada vez en más número, para embarcarse rumbo a las Colonias de Ultramar.

Sevilla no dormía. Eso fue quizá lo que más sorprendió al joven Allende. La ciudad se mantenía despierta también de noche, y lo mismo ocurriría en Cádiz. Las gentes de estas latitudes no se retiraban hasta muy entrada la madrugada. Las calles seguían iluminadas, transitadas y alborotadas. Había mujeres, muchas mujeres, de noche y de día, en cualquier calle o portal, y niños, niños de todas las edades, circulando a su libre albedrío, correteando, gritando y cantando. Unas y otros sembraban del mismo modo las calles de abandono y pobreza.

Tres días después el curso del Guadalquivir le fue acercando al último tramo de tierra que pisaría antes de sentir el balanceo del agua bajo los pies. Cádiz era una ciudad tanto o más bulliciosa y extravagante que Sevilla: la Casa de Contratación, el pago del pasaje, la indumentaria y los enseres que necesitaría para el viaje, otros pasajeros que subirían junto a él al navío rumbo al puerto de Veracruz, los marinos que iban llegando de todas partes para hacerse un sitio en las labores de la embarcación, los grumetes y niños que se enrolaban sin dilación a las órdenes de desconocidos. Prisas, carreras, últimas disposiciones para zarpar en la fecha prevista con todo lo necesario para un viaje que podría llegar a durar dos largos meses.

Pasó las últimas horas observando el llenado de las despensas del viejo barco. Parecía imposible que aquel buque de madera, por grande que se mostraba a los ojos de cualquiera, pudiera soportar un cargamento de tal magnitud. Sin embargo, cupo, y sólo cuando todas aquellas telas, ceras, papel, aceites y especias, reses y aves, agua y leña; cuando todo lo inimaginable a sus ojos estaba ya dentro, llegó el turno de los pasajeros, que se fueron acomodando al interior, según indicaciones expresas, en espacios comunes, sobre catres sueltos que ocupaban todo el suelo. Allí, falto de espacio y oxígeno, sin poder reponerse en varios días, sufrió Domingo Narciso la indisposición que le mantuvo al margen hasta casi alcanzar puerto en las Islas Afortunadas.

El atraque, apenas dos breves jornadas de quietud, sirvió para rellenar las cubas de agua y el almacén de madera. Unos y otros, la embarcación y sus habitantes, retomaron fuerzas y equilibrio para comenzar un nuevo periplo que les llevaría por el mar de Las Damas hasta las Antillas, con los vientos alisios soplando de popa.

Sin embargo, pese a que el inicio se había anunciado prometedor, conforme avanzaban los días el viaje se fue volviendo monótono, insípido e insalubre. Un hastío hasta entonces impensable se apoderó de todos ellos, también de los marinos, que dejaron de faenar con el apremio de días pasados. Los naipes y los dados ocupaban buena parte de la jornada, mientras el casco avanzaba lento, sin sobresaltos ni balanceos.

Aquella quietud instalada dentro y fuera del navío, aquella interminable y lánguida travesía que parecía no tener fin, iba apoderándose del ánimo y la paciencia de todos ellos. El calor resultaba sofocante, por momentos insoportable, en un espacio tan reducido en el que se empezaban a estorbar sin llegar a tocarse.

Por la noche, cuando Domingo Narciso regresaba al interior buscando su sucio y estrecho camastro, el olor nauseabundo de aquel agujero oscuro se incorporaba irremediablemente a su paladar y no lo abandonaba hasta el día siguiente, con un desayuno a base de duro bizcocho, que hacía las veces de pan, disuelto en un caldo de vino agrio.

 

Era un muchacho alto, moreno, de espalda y manos grandes, que apenas sobrepasaba los quince años. La barba asomaba oscura y se anunciaba espesa en el rostro aún inocente de aquel Allende. El pelo le caía suelto sobre los hombros y, aunque a primera vista podía parecer un joven rudo, los ojos verdes, casi trasparentes, suavizaban hasta lo inexplicable sus rasgos.

Pasaba los días sentado sobre la cubierta del buque, mirando la espuma del agua, su movimiento inagotable, sintiendo el leve balanceo y saboreando la sal que le cubría el rostro, las manos, las vestimentas. Le sorprendía el olor, su sabor, el color blanquecino que habían adquirido el suelo y los aparejos de trabajo, las muchísimas cuerdas, telas y cosas extrañas que había por cualquier parte.

Todo le sabía, le llevaba a aquello, al salitre que el mar despedía en su particular pelea contra la embarcación en que navegaban. También la comida, las sopas con sabor rancio que le ofrecían y en las que deshacía el duro bizcocho blanco, amargo, y el bacalao, salado y pegajoso, que horas después continuaba separando de su reseco paladar. Los días en que le servían carne, casi siempre conservada en salazón, no lograba diferenciarla del sabor del resto de alimentos, a la postre tocino y bacalao. Eso era todo tras un mes de viaje. Las frutas y verduras se habían convertido en un recuerdo lejano de aquellas primeras jornadas en que zarparon del último puerto, al igual que el sabor de gallinas y otras aves de corral, que perecieron la mayor parte de ellas con el primer balanceo. Aún quedaba algún cerdo por sacrificar y una docena de viejas ovejas. Nada más. El resto, raciones en salazón. Hasta el agua dulce empezaba a saber asquerosamente mal. Había tardado muy poco tiempo en dejar de ser el bien más preciado para transformarse en un líquido putrefacto y nauseabundo al que sólo se acercaban aquellos que no podían soportar la sed del mar. La maldita sed del mar, porque no había otra sed como aquella, otra angustia reseca y amarga como la que entonces sentía en la boca, en los ojos, en la piel. Nada se podía parecer a la falta de agua dulce y cristalina, de agua que corría por las cuencas de ríos ágiles, de caudales amplios saltando por las abruptas grietas de la tierra.

A veces le pedían ayuda con algún ramal, para sujetar con fuerza un cabo o asir un mástil mientras otros estiraban por aquí y anudaban por allá. Le llamaban a viva voz ¡vizcaíno!, y él se ponía a la orden sin más espera. Cuando no sabía qué otra cosa hacer volvía a sentarse en alguna esquina a mirar y sentir cómo la sal iba formando costra sobre su cuerpo; se había metido dentro de sus ropas y se le había pegado a la piel con tanta insistencia como a la saliva espesa que le llenaba la boca.

Entonces, cuando creía que ya no podría aguantarlo más, aquel muchacho tan flaco y pálido aparecía con su cubo de agua y un cazo ofreciendo un trago a todos los que se iba encontrando. Domingo procuraba evitar el olor pestilente del mineral corrompido y bebía con vehemencia mientras sus sentidos se refugiaban en las aguas del río que corrían frente a casa, los saltos y las presas del Ibalzibar.

Aquel mismo grumete se le acercó un atardecer, mientras arrebujaba en torno a su cuerpo una vieja manta.

—Hola, mi nombre es Rodrigo, ¿y el tuyo?

La pregunta le cogió por sorpresa, y al levantar la vista vio al chico del cubo que se sentaba frente a él extendiendo una mano llena de galletas. Mientras cogía uno de aquellos ásperos bizcochos le contestó:

—Domingo Narciso de Allende y Ayerdi.

—¡Vizcaíno! —más que una pregunta fue una afirmación que Domingo corroboró.

—Así es.

Se quedaron en silencio, contemplando la línea que el sol dibujaba sobre el horizonte para esconderse tras él. Con la negrura de la noche ya anunciándose Rodrigo se levantó.

—Regreso al trinquete, tengo que alimentar el fuego.

—Agur —le despidió.

El joven castellano reapareció ante su mirada atónita la mañana siguiente. Corría, agitaba enardecido sus espigados brazos tras una rata peluda que escapaba despavorida por el suelo de la cubierta sin reflejos para divisar un escondrijo a tiempo. La extravagante escena le hizo recuperar las carcajadas olvidadas en los rincones donde se había instalado la añoranza. El roedor patinaba, tropezaba y corría sin lograr orientarse mientras Rodrigo le seguía de cerca, blandiendo en el aire un enorme cazo, acompañándose de gritos enloquecidos, hasta que el inmundo animal cayó preso dentro del cucharón un segundo antes de salir volando por los aires y acabar sumergiéndose en el mar. Sólo entonces alzó la vista y dedicó una mirada triunfal a todos los presentes, que aplaudían y vitoreaban al improvisado cazador.

En los últimos días el navío se había convertido en un gran nido de ratas y cucarachas. Resultaba difícil caminar sin encontrarse alguno de estos indeseables seres vivos royendo y afilando dientes. Aunque todos trataban de pisar o patear a los intrusos, nada se podía hacer ante una plaga que se adueñaba de la embarcación, anidando entre las legumbres y la leña, las salazones y el agua. Solían abundar cuando las reservas comenzaban a hacerse más necesarias, más vitales y racionadas, y la suciedad se incrustaba en cada esquina y en cada morador que transitaba sobre las balanceantes tablas saladas. Entonces proliferaban éstas y otras plagas, aprovechando las fuerzas diezmadas, el hastío y la falta de agua dulce y clara con que poder, al menos, refrescarse la garganta.

Esa noche Domingo Narciso no pudo dormir. La quietud era tal que no se oía otra cosa que el respirar profundo y ronco de los habitantes del mugriento buque que se mecía silencioso sobre el mar. Se irguió despacio, y tras tomar conciencia de la luz con que contaba se decidió a subir a cubierta. Las temblorosas llamas de un par de lámparas alejadas varios metros entre sí dibujaban sombras cruzadas de los largos mástiles vestidos con su blanco velamen.

En medio de aquel oscuro y desconocido mundo, la tierra que había dejado tras de sí se abría paso, cada vez con menos violencia, para llenarle el pensamiento. Rodrigo se aproximó a él ofreciéndole una mano rebosante de migas de galleta dulce y seca.

—¿En qué piensas, vizcaíno?

—En mi patria.

—Ha de ser una tierra hermosa esa tuya que te tiene tan entristecido.

—Sí, es buena tierra. No he vuelto a ver montañas como aquellas desde que salí de mi valle.

—¿Quién te espera en la Nueva España?

—Un pariente de mi madre que me requirió para que fuera a ayudarle en la administración de su hacienda. Vive en un lugar que llaman San Miguel el Grande, hay muchos vecinos de mi pueblo afincados allí. ¿Lo conoces?

—No, no lo conozco, pero puede ser por el camino de los arrieros en dirección a Jalapa, es el más transitado por los que venís del norte. Yo únicamente he estado en el puerto de Veracruz el tiempo que tardamos en preparar el viaje de retorno. La última vez fueron varios meses, y te aseguro que sienta bien aquella tierra. Si no fuera por el clima, tan sofocante y húmedo que a veces te hace perder el seso.

—¿Para tanto es?

Y Rodrigo hizo un gesto que afirmaba el exceso de calor y el bochorno que les iba a descomponer apenas se acercaran a puerto, y continuó hablando.

—Allí todo es de muchos colores a un mismo tiempo, sobre todo en las mujeres, que se visten con trajes muy alegres, son muy morenas y casi siempre están riendo. Los mercados son de lo mejor que he visto, llenitos de gente que parece feliz esperando durante días a que arriben los navíos españoles con todas sus mercancías.

Domingo veía los ojos del grumete cada vez más abiertos, más entusiasmados, hasta sentirse él también arrastrado hacia la colorida tierra que le describía. Escuchaba atento la atropellada narración queriendo creer que el final del viaje estaba cerca.

—Me imagino que tu pariente habrá mandado por ti, porque si no es así yo podría mostrarte lo que te hablo —se ofreció Rodrigo, con la esperanza de poder compartir algunas jornadas en tierra firme.

—No estoy seguro, pero tampoco tendré mucho tiempo que perder, parecía urgente la carta que envió a casa y ya llevo meses de viaje. Sólo quiero llegar para empezar a trabajar.

—Bueno, dicen que toda la Nueva España es así, muy colorida y con mucho bullicio. Ya tendrás oportunidad de conocerlo.

Sonreían mientras se levantaban del suelo y avanzaban en dirección a sus sucios y estrechos camastros. Una breve mirada les sirvió de despedida sabiendo que en escasas horas volverían a encontrarse frente al mismo horizonte de agua.

Domingo Narciso vagabundeó entre decenas de cuerpos dormidos. Todos estaban exhaustos por el calor y la infrahumana disposición de aquel habitáculo en el que apenas cabían extendidos de forma ordenada, unos al lado de otros. Se sintió abrumado una noche más por la falta de aire, de espacio, de intimidad incluso para pensar. No era fácil conciliar el sueño entre tantos otros como él, cansados de un viaje que parecía no acabar nunca.

Los marinos, a diferencia de los pasajeros, dormían en hamacas que colgaban en el entrepuente, telas suspendidas en el aire, de colores ya perdidos, que se disponían en ordenadas filas y que de día se retiraban, arrinconándolas contra la pared. Desde que sintió el corretear nocturno de las ratas por la madera anhelaba poder ocupar una hamaca volante de aquellas que no tocaban el suelo, manteniendo alejados a los roedores, cada vez más grandes y asquerosos, de sus apreciadas orejas.

El insistente desvelo de la noche lo empujó por segunda vez a cubierta. Allí, bajo un manto de estrellas, acurrucado entre cuerdas y envuelto en la vieja manta pensó en Manuela, en su risa alegre y sonora, en las muchas veces que sus hermanas y ama reprendían el descaro de sus carcajadas. Ahora las traía a su cabeza desde la lejana tierra vasca para que lo guarecieran del frío que sentía, de la soledad que le helaba el alma.

Fue su primera noche. Al despertar supo que ya no volvería a dormir en el interior del buque, elegiría el raso bajo las estrellas, cada vez más cálidas y templadas, que iluminaban la quietud lánguida de aquel mar de Las Damas. Pronto descubrió que no era el único, al amanecer otros como él se desperezaban por los rincones, estirando brazos y piernas, formando largas colas para alcanzar cuanto antes las malolientes letrinas. El uso comunitario de aquellas maderas con agujeros las había convertido en un espacio despreciable, siempre húmedo y repugnante, donde cadáveres de insectos, bichos y objetos difíciles de identificar se acumulaban en el transcurso de la noche. Resultaba insoportable acudir a aquel lugar a cumplir con unas necesidades que, en el mejor de los casos, se habían vuelto poco corrientes o inexistentes gracias a una alimentación excesivamente salada y a la considerable escasez de agua potable.

Según iban pasando las jornadas las diferencias que antes saltaban a la vista entre unos hombres y otros, los ajetreados marinos y los pasajeros que vagabundeaban ociosos, se iban disipando. En aquellas filas largas de personas esperando su turno, apenas les distinguían las cicatrices y las bocas desdentadas de los marinos más veteranos. Todos empezaban a oler igual, a inmundicia salada, a sequedad, al cúmulo de jornadas enteras transpirando por los poros el salitre que respiraban en el aire, que resecaba su paladar y se pegaba a su piel como una fina capa de cal.

Domingo Narciso se sentía abatido por aquella quietud, maloliente calma. Sin embargo, cada vez con mayor interés, contagiado por el resto, esperaba la tarde para ver aparecer a las silenciosas señoras que cubrían una muy pequeña parte del pasaje. Como si fueran damas de la corte en aquel vergel de suciedad humana, las cuatro mujeres que ocupaban un espacio privilegiado en las estancias de popa, caminaban con prudencia hacia proa tras los hábitos santos del capellán encargado de los oficios religiosos. Ver a aquellas damas, intocables, avanzar despacio con sus largas ropas, arrastrando mugre y agua, seguidas por un séquito de criadas y sirvientas, que igualmente se asemejaban a elevadas señoras dada la inmundicia que les rodeaba, extasiaba a tripulantes y pasajeros en lo que llamaban entre ellos la hora del ángelus. Todos los habitantes de aquel singular universo marino se retiraban formando paseíllo hasta que el ministro rogaba silencio y comenzaba a oficiar el rezo. Entonces, los hombres, que ya habían cumplido con sus obligaciones religiosas bien de mañana, se sumaban a la nueva ofrenda con fingida devoción, para entregarse, en miradas y gestos escondidos, a las señoras que milagrosamente los acompañaban.

Domingo nunca tuvo más contacto con ellas que aquel que le proporcionaba la oración del atardecer. Las altas damas se cuidaban mucho de dejarse ver, y sólo algún grumete y pajes más inocentes acudían a su reclamo y cubrían sus encargos. Por supuesto, mediaban criadas que alguna vez aparecían brevemente, provocando tras de sí un tremendo alboroto que se alargaba durante horas. Por ellas florecían las apuestas, que de forma irremediable crecían tras los dados o los naipes.

A lo largo de aquellos días de harto hastío, el cotilleo y los rumores se apoderaron de los hombres del navío. El alto honor de las señoras, y el cuidado que les dispensaban general, maestre, escribano y capellán, las protegía de cualquier intento de asalto. Pero no parecía ocurrir lo mismo con alguna de sus sirvientas, que según las bocas mugrientas de los hombres de mar, ofrecían favores por no pocos reales.

Después de semanas de total calma el viento apareció sin avisar, como el prólogo de un suceso que se anuncia, sonando igual que cien ruedas de molino corriendo colina abajo. Y tras largas jornadas sometidos a su violencia, se desató una lluvia tormentosa, intensa, incansable, que duró dos largos días con sus implacables noches. Las primeras gotas les volvieron locos de alborozo y, agradeciendo la tupida lluvia del Caribe, se expusieron peligrosamente a su rigor. La intensidad del agua que iba cayendo del cielo se sumaba a la que entraba por las fisuras de la vieja madera desde un repentino mar embravecido. Achicarla fue una dura labor a la que se sumaron todos sin excepción. Las Antillas están cerca, se decían unos a otros, pronto veremos puerto. Y así sucedió. La tormenta se fue como había llegado, sin anunciarse, despejando el cielo y descubriendo ante ellos la tierra exuberante de la isla Dominica. Se encontraban ya en la segunda y última escala de la larga travesía a Indias.

El verano se anunció con las primeras y más tempranas cerezas. Manuela aprendía las letras con tesón gracias a la buena disposición de una monja del beaterio de Ibarguti, que reunía a algunas de las niñas más afortunadas del valle para instruirlas en la escritura. Esto enorgullecía enormemente a María, que seguía con devoción el progreso de su hija pese a su total falta de conocimiento para la lectura. Era una ventaja poco habitual, y que no se podían permitir otras muchas casas del entorno, el proporcionar algún estudio también a las hijas. Pero el empeño de Manuela y el deseo expreso de Domingo Narciso fueron más fuertes que la costumbre.

Día a día la vida transcurría apacible, sin sobresaltos, en la casa de los Allende de Zubiete. Joseph, el primogénito, continuaba su formación de herrero en casa del maestro Taramona, mientras su padre, Antonio, se las arreglaba con la ayuda de un único criado para atender el viñedo y el ganado. Francisca se repartía entre su devoción parroquial y las uvas, que anunciaban una vendimia de grano abundante para el próximo otoño, y Josefa procuraba satisfacer las necesidades de unos y otros tras los pasos certeros de su madre. Nada anunciaba lo que estaba por llegar, y sin embargó llegó y asoló aquella paz y aquella calma que envolvía la vida privilegiada y abundante de la familia Allende.

No hizo falta que transcurriera mucho tiempo desde la partida de Domingo. Una vez fuera del entorno familiar, el joven emigrado nunca se imaginaría lo que los años depararon a la casa segura y confortable de su infancia. En aquellas paredes de piedra y aquel hogar siempre encendido, las generaciones de sus antepasados habían construido sobre suelo sólido la pervivencia de un apellido, el de los Allende, y sin embargo, se acercaba otro tiempo que amenazaba con cambiarlo todo sin remedio.

 

Con sólo trece años Manuela era una joven que apuntaba maneras para ocupar una de las casas más principales del valle. Más alta que el resto, con hermosos rasgos dibujados en un rostro claro, de extraños ojos verdes como los de su hermano, le gustaba mostrarse bien vestida y adornada, por encima incluso de la apariencia que usaban las otras hijas de propietarios. Ya entonces cosía con esmero basquiñas y chambras bajo la mirada orgullosa de María, y aprendía el gobierno de la casa acatando las recomendaciones de su hermana Josefa. Era observadora, risueña y temperamental, y desde hacía unas semanas no cejaba en su empeño por viajar hasta la cercana villa de Bilbao. Había oído cosas, a su entender maravillosas, sobre aquel lugar en el que vivían tantas personas que resultaba imposible conocer a todas. Tras insistentes ruegos logró ablandar el corazón de su madre, que le prometió, sin mucho entusiasmo, una visita a la ciudad con los días más largos del verano.

—Podré ver los barcos de los que tanto me hablaba Domingo Narciso, y el mar, que dicen llega hasta la misma Catedral.

Su hermano le había contado que viajaría en un gran navío con velas, pero no sabía lo que eso significaba, nunca había visto nada semejante y tampoco alcanzaba a comprender lo que era un mar o un océano, por mucho que intentaran explicárselo. Sólo conocía el río a su paso por las ferrerías, y se imaginaba el mar como una crecida presa por la que navegaban pesados barcos de madera, avanzando muy lento hasta alcanzar la otra orilla. Y allí, en el puerto, como decían, estarían esperando a su hermano todos los que vivían en Indias.

No dejaba de pensar en cómo sería aquel lugar, tan lejano y extraño. Miraba hacia las montañas, se quedaba largo rato escudriñando lo que éstas podrían esconder tras sus altas cimas; sus pupilas seguían la calzada real, sabía que por allí comenzaba el largo viaje hasta esa Nueva España, y soñaba con subirse algún día a un carro y transitar por aquella vía que siempre traía y llevaba cosas nuevas a Zubiete.

La que escuchaba sus anhelos no era otra que Juana, su inseparable amiga y, como ella, última descendiente de la casa vecina, la de la familia La Presa. Las dos niñas crecían juntas, una al lado de la otra.

—Dicen que las casas están pegadas, todas unidas, y que son altas. También que hay arena al lado del río, barcos, puentes y un montón de cosas bonitas. Pienso fijarme bien en las chambras que usan para coserlas igual para mí. Ama ha dicho que comprará alguna tela, y quizá algún adorno, aunque será para el ajuar de Josefa.

—Pero ¿Josefa tiene hecho contrato matrimonial?

—No, aún no, pero ella está preparando un gran ajuar para cuando llegue el momento.

—¿Y por qué no tiene contrato?

—Porque ama dice que primero se tiene que casar Joseph.

—¿Y con quién se va a matrimoniar tu hermano?

—No lo sé. Como está en Güeñes, con el maestro Taramona, parece que hasta que no se examine de oficio no se va a arreglar eso.

—¿Irán también tus hermanas a Bilbao?

—No creo, las dos andan muy atareadas. Además, a ama no le gusta dejar la casa sola y alguien tiene que atender a aita. No, seguro que no vienen.

—Qué suerte tienes, Manuela, ojalá fuera tan fácil de convencer mi madre.

—Dile que vamos nosotras, quizá se anime.

—Se lo diré, pero sé muy bien lo que va a contestar: a nosotras no se nos ha perdido nada por esas callejuelas estrechas donde no corre ni un mal aire.

La voz fingida de Juana las hizo estallar en una carcajada. El agua de la fuente de Oxirando salía cristalina y muy fría pese a la hora del mediodía en que se encontraban. La tarea de cargar con las herradas para transportarla hasta casa era nueva para ambas, una labor que les encomendaron esa primavera y que cumplían con exagerada alegría. Aquellos recién estrenados momentos de libertad, fuera de la presencia de padres y hermanos, suponían toda una novedad en sus vidas.

—Yo va he llenado suficiente, no quiero que se me caiga. ¿Estás lista para irnos?

—Sí, vamos.

Las dos alzaron a un mismo tiempo, con movimientos casi sincronizados, aquellas vasijas de cobre reluciente sobre sus cabezas y salieron de la fuente una detrás de la otra, con los brazos aún en alto, avanzando despacio para no perder el equilibrio hasta alcanzar la calzada. Por el camino se tropezaron con un grupo de mozos algo mayores que no les dedicaron ni una curiosa mirada. Sólo uno de ellos se giró a su paso para verlas alejarse de espaldas.

—Vamos, Txomin, no te quedes rezagado que nos están esperando en Molinar — le gritaron los demás.

Al oír aquel nombre Manuela se dio lentamente la vuelta para descubrir la figura de su primo Domingo de la Torre correr en dirección al grupo. Algo, no sabía bien qué, le hizo cosquillas dentro del estómago.

 

El 26 de junio de 1746, antes de asomar las primeras luces del día, María atizaba la lumbre del hogar después de extender sobre la mesa el talo de maíz recién cocido. El resplandor del fuego le daba un aire misterioso, ocultándola bajo las sombras de la noche y dejándola aparecer, poco después, próxima a la hoguera. Su marido la contempló unos segundos desde el umbral de la puerta antes de acercársele despacio. Al llegar hasta donde estaba, aceptó de buena gana la sopa de ajo con manteca y el trozo de talo aún caliente que sus manos le ofrecían. Sentados uno al lado del otro, comían en silencio cuando apareció Joseph, desperezándose aún de los ritmos de la noche. María se levantó y recogió de la mesa el desayuno que le tenía preparado.

—Hoy es el día de tu nacimiento, hijo —le anunció.

—¿Cuántos años tengo, madre?

—Uno más de veinte.

El joven sonreía mientras devoraba trozo a trozo el pan elaborado con mijo de las Indias y sorbía con cuidado la sopa caliente que desbordaba el tazón. Aquella mención acerca de su edad le había hecho sentirse bien, ¡ya soy un hombre de más de veinte años! Siguió pensando en ello y sonriendo momentos después, mientras cruzaba junto a su padre el campo en dirección a la montaña.

El largo año en Güeñes, en casa de Eugenio Taramona, le había cambiado, se sentía y mostraba diferente, más seguro de sí mismo, y ahora que sabía de su edad nada le parecía imposible. Había regresado a Zubiete aquellos días para ayudar a su padre con el arreglo de un cercado en el monte, pero tendría que volver en menos de una semana a la herrería a cumplir con el contrato de aprendiz y, aunque algunos domingos y fiestas de guardar se acercaba por Gordejuela, no se instalaría en el hogar familiar hasta el otoño, para el tiempo de la vendimia.

María los vigilaba desde una ventana, distinguiendo sus delgadas siluetas en las largas sombras de la mañana. No podía ver a Gerardo, el criado que llevaba tantos años trabajando mano a mano con ellos, pero sabía que marchaba unos metros por delante, abriendo el paso y previniendo la aparición de jabalíes, lobos o cualquier alimaña nocturna.

Fue en este ir y venir cuando el joven Joseph conoció a Narcisa, una muchacha del barrio de Sodupe, en Güeñes, que caminaba a diario por los senderos del pueblo llevando y trayendo un cesto de pan alzado sobre su cabeza. Sujetando con destreza éste con una mano, y la otra apoyada en la cintura, avanzaba airosa por la calzada, de un vecindario al otro, vendiendo hogazas recién hechas. En ocasiones, cuando el calor apremiaba y no encontraba sombras que cobijaran su tez, elegía sigilosa las veredas de la montaña.

La víspera de su 21 aniversario, Joseph regresaba a casa cuando descubrió a aquella Narcisa refrescándose en la orilla del río. Descalza, y con la falda y la saya remangadas, introducía lentamente los pies en el agua helada para salir poco después y dar rienda suelta a una divertida danza que la hacía girar y girar sobre un brevísimo tramo de hierba. Empeñada en desprenderse a toda prisa de las gotas que resbalaban por sus pantorrillas no se fijó en la mirada atónita del joven que la observaba. Nuevamente se calzó las alpargatas, tomó en jarras la cesta y continuó canturreando bajo las sombras que le ofrecían los árboles del camino. Nada le previno del público con que contaba, y Joseph no quiso o no supo cómo acercarse sin asustarla. Siguió desde lejos sus pasos un rato y después regresó al lugar donde la había visto mojarse. Se aproximó a la orilla y, desnudándose, se introdujo él también en el agua. Una sensación nueva, desconocida, le embargaba por dentro y por fuera. Tras el baño retomó el sendero sin dejar de pensar en la muchacha del río.

 

En Zubiete, Manuela se acababa de sentar en la piedra que, como un promontorio, asomaba a la fachada de casa, irregular y fría. Aquel improvisado banco, característico de muchos caseríos del valle, había sido el lugar preferido de su abuelo en las tardes soleadas. Le contaba su padre que siempre estaba allí, sentado, con los ojos acuosos y la pipa humeante, invitando a la charla a todos los transeúntes que pasaban por la calzada. Ahora el que se sentaba a esperar el atardecer era Antonio, que reposaba el día viendo perderse el sol tras las cumbres de las montañas. En aquella misma piedra, bajo el emparrado que cubría la fachada, Manuela rememoraba a Domingo Narciso, queriendo retener su rostro, su voz, sus palabras. En este lugar se convencía cada día de que ya no volvería a ver, a sentir la cercanía protectora de su hermano más querido.

Jugaba con un roído carboncillo entre las manos cuando el carro de pasajeros pasó frente a la accesoria. Iba veloz en dirección a Molinar, o al menos así se lo pareció a la pequeña de los Allende, que intrigada por aquella urgencia, y por las personas que pudieran viajar en su interior, se le ocurrió seguir las huellas que las ruedas imprimían sobre la calzada.

Lo hizo sigilosa, convencida de que nadie la observaba. Su madre siempre insistía en que una joven de buena familia no debía ser vista sin la compañía adecuada. Aquellas palabras, que acudieron a su mente como la advertencia que eran, se disiparon tras las prisas por alcanzar a tiempo, y sin que la descubrieran, el descenso de los viajeros que llegaban en la apresurada diligencia.

Sentía verdadera curiosidad por todo lo que venía de la ciudad, y la feria de San Andrés o un inesperado carro con pasaje eran fuente de continuas sorpresas que avivaban su imaginación. Por eso siguió las ruedas del carro, por eso y porque en Zubiete nunca ocurría nada, o al menos así se lo parecía a ella.

Antes incluso de cruzar el puente pudo distinguir a un señor alto y bien vestido, un hombre que no había visto nunca, con sombrero de copa y bastón. Cojeaba ligeramente, lo que hacía su caminar lento mientras atravesaba la plaza. Manuela avanzó por el puente y se quedó quieta, muda, al cobijo de la fachada trasera de una casa vieja, esperando ver qué de nuevo traía un forastero como aquel al pueblo. Cuando éste llegó a la altura de las tejavanas, las mismas que alojaban a transeúntes y gentes sin casa, comenzó a llamar a viva voz:

—¿Quién mora en este lugar?, ¿hay algún zagal por aquí?

Dos muchachos despeinados y poco aseados asomaron sus caras de incredulidad a las tablas que hacían las veces de puerta, y al mirarse, tanto el forastero como los jóvenes, se sorprendieron de encontrarse. Aquel señor les hizo señal de que salieran a la plaza a entrevistarse con él; ellos se interrogaron incrédulos al tiempo que lo observaban detenidamente, inmóviles.

De pronto, como si alguien los hubiera empujado, dieron un gran salto ante los ojos pasmosos del desconocido que les invitaba sin éxito, y cada vez más exacerbado, a una conversación sosegada. Pero aquellos muchachos, castellanos que habían llegado buscando un jornal que sacar al mineral que se extraía de las cercanas montañas vizcaínas, desaparecieron de la vista de cualquiera, como si se los hubiera tragado la tierra. Sólo Manuela, desde su escondite tras la vieja casa, a un paso del puente, pudo ver cómo uno de ellos se dirigía por el río hacia Sandamendi, mientras el otro trepaba veloz por la ladera del monte en dirección a Berbiquez.

Con cautela, esperando que nadie recayera en su presencia, comenzó a desandar las huellas del carro que le habían llevado hasta allí. En la plaza, frente a las tejavanas, el forastero se deshacía en aspavientos y gestos de enfado. Su charlatanería se mezcló rápidamente con la de las mujeres que vivían en los mismos barracones de madera mal aireada, que le increparon sin recato ni decoro hasta conseguir que se alejara de la vista de todos.

Las viejas maderas crepitaban quejosas al alejarse de aquella tierra fértil, espléndida a los ojos del joven Allende. Lentamente fue retornando la melodía armonizada del viento meciendo las velas, y sonaron una vez más los acordes de cables y el arrastre de cuerdas. La recalada en la isla Dominica había sido breve, demasiado breve, después de lo vivido y ante lo que vendría por vivir, nuevas jornadas de tedio hasta el infinito. Veracruz quedaba tan lejos aún, y hasta allí el horizonte se dibujaba porfiado de azul y sal.

Las despensas, rebosantes de agua dulce y madera; el navío algo más limpio, más lleno, más fatigoso; la tripulación nuevamente enardecida y risueña; los pasajeros extasiados por la apariencia de aquella tierra recién abandonada; y el mar, tranquilo de nuevo, sereno, abriendo paso al viejo cascarón español.

Sin embargo, aquellas sensaciones no duraron mucho tiempo. Una semana después ya nadie se acordaba de la isla y del alborozo de sus extrañas gentes. Domingo Narciso deseaba tener la mente ocupada, cansar el cuerpo, sudar la añoranza, pero no era mucho lo que podía hacer, apenas un corto paseo, una charla animada o la lectura de alguno de los libros de aventuras y vidas de santos que un pasajero dispuesto leía en voz alta para el resto. Sentía los músculos agarrotados, anquilosados, y la mente confusa bajo el implacable sol.

El trabajo en el navío era cosa de los hombres de mar, y aunque algunos se aventuraron a pescar, el escaso éxito y las continuas burlas desanimaban al más atrevido. Sólo cuando algún banco de peces se acercaba lo suficiente, descendían dos hombres en un bote y regresaban con canastos repletos de brillantes y plateados pescados que mejoraban sustancialmente los rigores de una dieta cada día más escasa.

Al final de la jornada, cuando el resto descansaba o sencillamente se entretenía en naipes y charlas, él seguía contando con la compañía endulzada de Rodrigo.

—Pareces feliz, vizcaíno, nunca pensé que te oiría silbar. La voz del español llegaba jocosa y risueña una noche más al rincón de cubierta que ya habían hecho suyo.

Con las manos extendidas mostraba su tesoro en forma de panecillos que Domingo Narciso se apropiaba con avidez.

—¿Qué tal te ha ido hoy la caza?

—Mal, qué quieres, no tengo tiempo para perder tras esas asquerosas ratas peludas, así que a la mayoría las tengo que dejar escapar. Me conformo con mantenerlas fuera del puchero. Eso ya es un trabajo duro.

—Entonces, ¡mañana tampoco comeremos carne!

—No te rías, que si un día te cocino alguna de esas ratas vas a creer que comes conejo. Te vas a chupar los dedos, ya lo verás —y la amenaza sonó jactanciosa en la voz del español.

—Creo que sería capaz de comerme una de tus asquerosas ratas por no volver a tragar esas salazones rancias.

—No me tientes, vizcaíno, no me tientes.

Los dos rieron y miraron hacia la oscuridad del mar mientras saboreaban con calma el aroma dulce de galleta que les llenaba la boca, desplazando por un instante el implacable sabor a sal que les ocupaba el paladar.

Rodrigo era charlatán, animoso, y gustaba de contar su vida a todo el que le daba oportunidad. Esto venía bien a Domingo Narciso, que prefería escuchar a hablar. Apenas le mencionó Zubiete y a la pequeña Manuela, y obtuvo a cambio el detalle de una existencia que nada tenía que ver con lo que él había conocido. Con una extensa lista de hermanos, nueve en total, que sobrevivían a duras penas en una aldea al sur de Sevilla, Rodrigo había tenido que salir a trabajar con sólo ocho años. Dos días estuvo merodeando en los muelles de Cádiz antes de enrolarse hacia Indias. La experiencia y las sucesivas travesías le fueron dando posiciones y, aunque todavía no tenía edad para superar la de grumete, acabaría convirtiéndose en un hombre de mar.

Se enorgullecía de su vida sobre el océano. Decía necesitar el vaivén del agua bajo los pies y echarlo de menos cuando se veía obligado a permanecer demasiado tiempo en puerto. Aseguraba que no conocía otra forma de vivir, y se sentía libre y feliz de haber dejado aquel pueblo lejano y hambriento, abandonar aquella tierra inerte, aquel hogar sin padre, y ponerse a las órdenes de extraños que le contrataban para cumplir cualquier servicio en el primer navío que soltara amarras.

Sólo había un temor incontrolable para Rodrigo: perder su dentadura. A Domingo Narciso, la primera vez que se lo oyó decir, le provocó una carcajada que el joven español atajó con un oportuno refunfuño. El origen de la pesadumbre estaba en la peste de mar, el escorbuto, una miserable enfermedad que acababa con hombres fuertes y sanos, hombres que perdían todos los dientes, que se volvían viejos y cansados a los treinta años. Rodrigo le temía más incluso que a los piratas y filibusteros que habían recorrido durante décadas aquellas mismas aguas para hacerse con los tesoros de la Corona; corsarios de todo origen que dejaron a su paso rumores y leyendas de sanguinarias muertes y terribles naufragios.

Muchos de sus encuentros bajo las estrellas se llenaban con historias de piratas, aventuras cargadas de misterio que atraían a la conversación a otros pasajeros y a algunos marinos empeñados en adornar el relato con un exceso de vísceras y sangre.

Habían transcurrido varias jornadas desde que retomaron rumbo en las Antillas y Domingo les había oído decir que el tiempo se acortaba, que cada día se aproximaban un poco más a la última parada de aquella interminable travesía marítima. Rodrigo se lo confirmó, aunque no supo precisar cuántos días y noches faltaban aún.

Cada vez más impaciente y cansado, ya no encontraba entretenimiento en los relatos e historias de asaltos. Tampoco los recuerdos, cada día más vagos y desdibujados, le ofrecían consuelo. De vez en cuando le asaltaban insistentes las voces de antes, la mirada alegre de Manuela, el frescor del río y las palabras dichas en otra lengua, en su lengua. Entonces hacía lo imposible por desecharlo, alejar de su mente todo aquello para no flaquear, para no volver a padecer el temblor que se apoderaba repentinamente de sus piernas y sentir de nuevo las mismas lágrimas aguando sus ojos.

 

Una tarde oscura, sin luna ni estrellas, escucharon el sonido sordo de algo cayendo al mar, una zambullida seca en aquella balsa de agua inmóvil. Después un silencio sepulcral lo envolvió todo otorgando un protagonismo poco usual a la noche. Las historias de piratas que había oído narrar tantas veces a los marinos, la exageración en sus asaltos, la saña con que saqueaban, violaban y mataban, su aspecto grotesco, todos los espeluznantes detalles de las leyendas de piratería y naufragios ocuparon la mente de Domingo Narciso en tan sólo un segundo. Nuevamente sonó otro golpe seco al costado del buque, y luego otro. Después nada. Silencio. Estaba convencido, de un momento a otro oiría los cañones, habría mucho fuego, humo, gritos de gente muriendo, ahogándose… Creía que no le quedaba sangre en las venas, sintió el pánico, sus músculos se paralizaron, su mente lloró la lejanía de la tierra firme. Cerró los ojos e intentó escuchar algo, cualquier cosa que le diera una pista de lo que podía estar a punto de suceder, pero sólo reconoció la respiración de su amigo rompiendo el silencio de la oscura y huérfana noche.

—¿Qué ha ocurrido? —y la pregunta sonó como un susurro.

—No estoy seguro, amigo, pero piratas no son, estate tranquilo, se les oiría desde muy lejos.

Pero no se quedó tranquilo, no le gustaba la sensación de quedar suspendidos en una noche como aquella en medio del océano. Quería saber qué había detenido al buque, y sobre todas las cosas quería llegar a tierra firme cuanto antes. El viaje empezaba a ser demasiado largo. No se movió de donde estaba y, aunque lo intentó, no logró conciliar el sueño. Apenas unas cabezadas, a la postre insuficientes, le devolvieron a la luz del alba con un gesto cadavérico. Tras varios intentos, encontró al fin respuesta a sus recelos en un viejo marino que se rió burlón al percibir el temor a los piratas en la mirada del joven vizcaíno: nada de eso, hijo, más bien bajas en el rebaño. Y le explicó que los golpes secos de la noche anterior no eran sino los cadáveres de dos ancianos y un paje que no resistieron el inframundo que se había apoderado de los departamentos habitados en el interior del buque.

Al atardecer se había ofrecido un responso por sus almas, pero lo que Domingo no se preguntó fue qué ocurriría con sus cuerpos. Nunca hubiera imaginado que, con un lastre al cuello, acabarían sumergidos en las profundidades del mar para alimento de tiburones y otras alimañas que poblaban el océano.

Sintió cómo regresaba la arcada del primer mareo. Se alejó tambaleante por cubierta hasta encontrar un trozo de suelo en el que sentarse y ahuyentar el desasosiego instalado en su cuerpo. Debió quedarse dormido, porque cuando recuperó la conciencia estaba ya atardeciendo de nuevo y oía la voz de Rodrigo que le llamaba a gritos. Se levantó despacio y salió del escondrijo que le había servido de madriguera para dormir sus miedos marinos por última vez. Cuando consiguió erguirse del todo se encontró con la mirada chispeante de su amigo que le señalaba con mano inquieta el horizonte:

—¡Tierra a la vista, vizcaíno, tierra a la vista!

Los apacibles días estivales transcurrían sin sobresaltos. El sol y las temperaturas tibias habían aliviado el peso de la ropa de gruesa lana, dejando espacio a las faldas más delgadas y al lino suave. Aquellas prendas, que Manuela celebraba como nuevas sin serlo, le hacían sentir ligera, ágil y más feliz.

Como cada año, el 29 de agosto Gordejuela celebraba sus fiestas patronales, varios días de música y misas que congregaban a todo el valle y a muchos visitantes en torno a San Juan de Molinar. La familia Allende vivía un buen momento. La situación del caserío no era de total abundancia, pero el futuro se presentaba prometedor, o al menos así lo preveían María y Antonio, que se mostraban alegres y sosegados ante la fortuna de aquellos hijos sanos, enérgicos y en edad de ir tomando estado.

Fueron también las primeras fiestas para Manuela. Este año, además de las continuas celebraciones religiosas, pudo disfrutar del bullicio y la animación que cubrían a diario la plaza de Molinar, de la alegría que transmitían el txistu y el tamboril con su tintineo mil veces repetido, y del juego de pelota en la pared de la iglesia, que siempre se iniciaba con alguna envalentonada apuesta entre mozos.

—Juana, ¿te has fijado?

—¿En qué?

Inseparables, Manuela y Juana iban y venían tras los pasos firmes de Josefa, encargada esta última de salvaguardar el honor y las buenas formas de las más pequeñas. La eucaristía había terminado y la plaza rebosaba de gente. Los danzantes, que con ocasión de la celebración el ayuntamiento tenía a bien contratar, se iban acercando y tomando posiciones. Desde una esquina del pórtico, expectantes, las dos niñas divisaban al elenco de autoridades del Concejo, y a sus mujeres reunidas por separado, entregados todos a una charla animosa y relajada.

Entre aquellas señoras, vecinas de éste y otros valles colindantes, se encontraba una mujer elevada, con atuendo y actitud muy destacados, que escuchaba atenta al resto sin apenas decir palabra, asintiendo con la cabeza y mostrando exagerado recato y prudencia. En ella se fijaba Manuela más que en nadie.

—En esa señora, ¿la ves?, la que usa hebillas adornando sus zapatos.

—Ah, sí. Nunca antes la había visto por aquí. Parece alguien importante.

—Seguro que lo es. ¿Con quién crees que habrá venido?

Juana no compartía la intriga de su amiga, prefería no perder de vista la plaza y la señal de Josefa para correr hacia ella. Se moría de ganas por ver a los bailarines danzando y haciendo piruetas.

—Mira, ahí está tu hermana, parece que nos llama. Vamos, vamos, ¡qué ya va a empezar!

En ese momento Manuela también se olvidó de las hebillas, de aquellos zapatos y de todo lo demás. Las dos salieron de la sombra que proporcionaban las frías piedras del pórtico para alcanzar en unos segundos el centro y acercarse junto a Josefa al grupo allí congregado. Los primeros acordes del txistu sonaron acompañados por el alegre castañeteo del tamboril, y los jóvenes, vestidos de un inmaculado blanco, comenzaron a saltar y rodearse unos a otros con movimientos ágiles y rápidos. Fueron tres días intensos en que se combinaron las ofrendas y la música hasta bien entrada la tarde. Después, la vida sosegada y tranquila acabó por regresar a Molinar y al valle. Pero todavía hubo tiempo para el regocijo, animando conversaciones y tertulias en tabernas y fuentes. Manuela y Juana se fueron sumando, cada vez con mayor frecuencia y libertad, a las reuniones de otras jóvenes y mujeres que repasaban los detalles de los días festivos alargándolos hasta la saciedad.

La próxima cita con la música y el gentío pisando las calles de Gordejuela no llegaría hasta noviembre, cuando la feria de San Andrés ocupaba la plaza llenándola de actividad y ruido. Entre tanto habría que recoger las uvas y cosechar el campo. Manuela seguiría soñando con la promesa del viaje a Bilbao, para el que María no lograba fijar una fecha. Se dilataría tanto su cumplimiento que para cuando Manuela conoció aquellas calles, sus arenales, puentes y barcos, no necesitó de nadie que la llevara de la mano.

Entre tanto, esperaba ansiosa la llegada de Joseph. Estaba previsto que el primogénito regresara a finales de septiembre, para la vendimia. Y el último día del noveno mes inició éste el camino de regreso a Gordejuela. Apenas quedaba tiempo para que comenzara el trabajo, así se lo había hecho saber su padre por un recado que le envío a casa del maestro Taramona: la uva está casi madura. Prepara vuelta en unos días. Ese mensaje era la llave al trato apalabrado: el primogénito regresaría a ayudarles con la cosecha y el txakoli. Cuando las barricas estuvieran llenas podría continuar con el aprendizaje de herrero, mientras tanto todos los brazos eran pocos para recorrer las vides.

Por el camino se animó a tomar el último baño del verano en el mismo recodo escondido del río en que aquella primavera descubrió a la joven refrescándose. La volvió a encontrar semanas después. Fue de nuevo aquel canturreo alegre lo que le anunció su proximidad y le hizo detenerse a esperar. Pero cuando Narcisa lo vio parado, en mitad del sendero, aguardándola, no se lo pensó dos veces, se dio la vuelta y apresuró el paso hacia la calzada. En su mente repicaban las advertencias constantes de su madre acerca de los peligros que podía correr una mujer sola por el monte. Joseph no alcanzó a decir nada, y se quedó inmóvil sin saber cómo reaccionar.

Aquel último día del mes de septiembre braceó en el río hasta sentirse cansado. Se estiró, se tendió sobre el agua a merced del sol y de su suave balanceo. Nada ocupaba su mente cuando Narcisa le gritó desde la orilla. Salió de su ensimismamiento con un movimiento brusco, sumergiéndose sin quererlo. Sólo cuando logró sacar la cabeza y abrir los ojos, la reconoció, era la misma muchacha, con el cesto apoyado en la cintura, observándolo a tan sólo unos metros de distancia. Joseph levantó una mano.

—Pensaba que te había ocurrido algo, estabas tan quieto. Lo siento, no quería asustarte —Narcisa decía esto mientras se alejaba.

—No, espera, no te vayas, deja que me presente, soy Joseph de Allende, de Zubiete —hablaba y avanzaba hacia su ropa tan veloz como el peso del agua escurriéndose por la larga camisa se lo permitía.

Narcisa aligeró el paso y antes de regresar a la vía que salía a la calzada se volvió a mirarle. Sintió el deseo de esperar, pero en su lugar comenzó un caminar lento que concedía tiempo al apresurado y torpe joven. Cuando éste la alcanzó, tan sólo unos metros después, jadeante y con el pelo enmarañado, acomodándose la faja y con una alegría espontánea desbordando sus ojos, ella no pudo evitar una sonrisa complaciente.

—¿Te puedo acompañar?

—Sólo por la calzada.

—De acuerdo, ve por delante que enseguida te alcanzo.

Narcisa continuó hacia la vía principal. Lo hacía sola y, sin embargo, se sentía contenta por la compañía a su espalda. Durante un instante quiso calibrar las consecuencias de aquel paseo con un hombre a la vista de todos, pero no pudo o no quiso detenerse mucho tiempo en ello. Enseguida estaba Joseph a su lado, observándola, preguntando:

—¿Cuál es tu nombre?

—Narcisa de la Puente y Bueno de Basora.

—Yo soy Joseph de Allende y Ayerdi, de la cuadrilla de Zubiete.

—Sí, ya sé quién eres, y que estás de aprendiz con el maestro Taramona. ¿Vas a tu casa?

—Sí, unos días, a recoger el txakoli.

Recorrieron despacio el suelo de tierra polvorienta que los acercaba a Sodupe, en completo silencio, dejando que los rayos de sol que se filtraban por sus espaldas dibujaran reflejos de luz en la calzada. El camino transcurría zigzagueante entre las villas de Balmaseda y Bilbao, a la orilla de un caudaloso río, en la vaguada de otro valle, también verde, aunque el destello rojizo del cercano mineral le hacía mostrarse diferente. Era muy transitado por arrieros, caminantes y jinetes debido a la intensa actividad comercial de ambas villas y su carácter fronterizo, Bilbao con el mar y Balmaseda con tierra castellana; una vía amplia, empedrada en algunos de sus tramos.

En Sodupe se enlazaba otra calzada, asimismo real, que transcurría sinuosa hacia el verde valle de Gordejuela, abocado a las orillas húmedas y ruidosas del curso del Ibalzibar. Y en el mismo vecindario de Padura, un tercer camino ascendía por Ascari y Zaldu hasta encontrarse con la noble tierra de Ayala, en una garganta de profundas y fértiles colinas que se iban adentrando por Oquendo, haciendo correr las aguas frías del cauce Izalde entre ferrerías y molinos, al abrigo de altas y frondosas montañas.

Cuando Joseph y Narcisa alcanzaron el cruce por el que se adentraban en el barrio de Sodupe, trataron de separarse el uno del otro y no lo consiguieron. Sin llegar a rozarse en ningún momento, como habían caminado hasta entonces, pero tan próximos que sus respiraciones se habían acompasado al ritmo de sus pasos iguales, avanzaron silenciosos por una calle estrecha hasta que ella se despidió, con un gesto alegre y un largo agur que Joseph guardaría en sus oídos hasta volver a escuchar su voz. La vio alejarse, con la cesta casi vacía sobre la cabeza y ambas manos apoyadas en la cintura, y lo hacía por un sendero de polvo que mostraba al final el dibujo gris e incierto de unas casas lejanas, pegadas unas a otras, presumiblemente oscuras y pequeñas.

Al verla desaparecer, convirtiéndose en una miniatura del paisaje, retomó el camino en dirección a Zubiete. Las últimas luces de la tarde iban cayendo sobre las montañas que poblaban el valle, un viento suave y cálido le acariciaba sigiloso el pelo y la piel. Se llenó de una ilusión extraña y sonrió al aire. Escuchó el susurro de los castaños allá arriba, en lo más alto, madurando los erizos que guardan su fruto; casi podía oler la miel de los higos perdidos, oír las flexibles ramas de los avellanos mecerse en el aire, todo bajo el rítmico tintineo metálico del martillo pilón que trabajaba incansable en la ferrería Zabalburu. Canturreó durante todo el trayecto hasta entrar en el viñedo. Enseguida divisó a su hermana Francisca, cerca de la cima, revisando las largas hileras que cubrían frondosas las vides. Un racimo de uva blanca sobresalía del resto a su paso, invitándole a probar su jugo. Tomó un grano, lo presionó contra el paladar y sintió el sabor dulce del otoño adueñándose de su olfato.

—¡Están ya para recoger, Francisca! —se dirigió a ella sin que ésta lo esperara.

—Joseph, no te había visto. Algunas ya están, sí, pero aún quedan muchos racimos que necesitan sol. Has venido demasiado pronto, faltan unos días para la vendimia —le anunció Francisca, contenta de verle.

Paseó durante largo rato entre las parras, comprobando la calidad del grano y la cantidad de vino que prometían. Dispuestas en largas filas paralelas, se extendían hacia la montaña, a la entrada de un sombrío bosque de hayas y castaños, en una colina empinada, despejada de arbolado, a la que se llegaba por un sendero estrecho que ascendía desde la misma calzada real. Aquel camino tantas veces transitado había sido lugar de juegos, de secretos y de trabajo toda su vida, siempre despejado, una estrada antigua, un paso de vecinos que, como tantos otros, subía inclinado desde su primer tramo.

Regresó por él hasta casa, cruzó el portal y se perdió en el interior de la cuadra buscando calzado apropiado para faenar con el ganado. A la postre una vaca, una buena pareja de mulas, cerdos y gallinas era todo lo que conservaba un caserío en fechas estivales, cuando la climatología permitía a la mayoría de los animales comer y dormir al raso. Joseph pensó que quizá Francisca tenía razón y debía haber esperado, el trabajo en la ferrería se había acumulado en los últimos días y el maestro Taramona iba a echar de menos sus brazos, cada día menos inexpertos y más seguros. Sin embargo, sonrió para sí recordando el encuentro con la joven Narcisa y se alegró de estar allí.

 

Mientras el hijo se movía distraído entre los aperos de la accesoria, el padre se alejaba despacio, taciturno, de la plaza de Molinar. Aquella misma tarde se había llevado a cabo una dilatada reunión entre los hombres principales del valle para comenzar a calibrar la cantidad de txakoli que cosecharían ese año, y barajar los precios de su venta. Antonio de Allende entraba en el viñedo cuando el sol empezaba a ponerse. Ni Francisca ni Joseph estaban ya allí, sólo Gerardo, allanando el sendero por el que las mulas habrían de bajar la carga de uva. El semblante del amo le alertó sobre las malas noticias que traía. Lo que trataron en la reunión del Concejo no le había dejado muy satisfecho. En su opinión la cosecha se preveía abundante, aunque el grano no había ganado suficiente azúcar, para ello eran necesarios unos días más de sol, mediodías fuertes con temperaturas altas, y entonces sí, entonces obtendrían un excelente txakoli. Sin embargo, Pedro Eguia había anunciado la amenaza de tormentas y fuertes lluvias, un temporal que podía llegar en cualquier momento. Al escuchar aquello en la voz del pastor de Biquirrio, Antonio quiso recordar el pronóstico de las últimas témporas. Efectivamente la lluvia iba a venir, pero no tan pronto, no aún. A no ser que aquel prolongado viento del sur hubiera adelantado el otoño. Fue la duda lo que lo arrastró directamente hasta el monte, a calibrar y precisar cuándo debía comenzar su propia cosecha, la que ya había vendido y cobrado para enviar a Domingo Narciso a la Nueva España.

Se deslizaba encorvado entre las hileras de vides, observando sigiloso la delicada fruta que mostraban generosas, a manos llenas. Echó de menos el cántico dulce, pegajoso, la melodía lenta y sensual entonada por los granos de uva madura que a menudo se hacía la ilusión de escuchar.

—Hay que empezar cuanto antes, Gerardo —anunció al criado, sin dejar de acariciar los racimos y mirar al cielo, incorporándose a cada instante, observando aquellas cimas que anunciaban el tiempo venidero.

—Si amo, cuanto antes. El cielo se va quebrar en cualquier momento.

—Así es, y después poco o nada se va a poder hacer con el txakoli.

—Es una pena, amo, porque aún quedan muchos racimos sin sazonar.

—Habrá que cosecharlo todo de cualquier forma. Saldrá un vino más flojo, pero qué remedio, no podemos esperar. Tendré que apremiar a Joseph, enviarle un nuevo recado para que se apresure.

—No será necesario, a su hijo de usted lo he visto en la cuadra esta misma tarde. Ya lo tiene en casa.

A Antonio se le quiso dibujar una sonrisa en la cara, aunque había que conocerle bien para saber que únicamente era el amago de un breve alivio a la situación desesperada a la que se enfrentaba. Si la cosecha se perdía, Castaños y Cenarro, con quien se había endeudado, le exigiría la devolución de aquel dinero que había llevado a Domingo Narciso a Indias. Aún era demasiado pronto para que éste enviara algún caudal, y el contrato de matrimonio que estaba tratando de establecer para Joseph no acababa de cerrarse. Lo peor es que no sabían por qué, por más que María y él pensaban en ello no daban con las razones que llevaban a los padres de la pretendida novia a alargar la respuesta. Aún no había hablado con su primogénito, prefería esperar a que se confirmara el contrato. Mientras tanto, más les valdría a todos que el txakoli cubriera su propia deuda, porque una nueva hipoteca sobre la casa sería un lastre demasiado grande. En todo ello pensó Antonio de Allende mientras se le dibujó aquel gesto extraño en el rostro.

—Entonces, en dos días podemos empezar a vendimiar. Baja cuanto antes a la accesoria, Francisca debe estar aún por allí, y díselo a ella también, para que empiece a prepararlo todo. Yo voy a hablar con Jauregui y los otros.

—Así sea.

Gerardo descendió presuroso la cuesta. Encontró a Francisca tal y como la había imaginado su padre, atareada con los cestos y las cubas.

—Me manda su señor padre a decirle que pasado mañana se comenzarán a recoger las uvas.

—¿Cómo? Es muy pronto todavía, Gerardo. ¿Dónde está mi padre? Pero, si aún queda mucho por preparar, no he limpiado ni la mitad de las cestas, y las mulas…

Francisca dejó de hablar al darse cuenta de que Gerardo no había modificado su expresión desde que entró en la accesoria y se dirigió a ella. Parecía tan seguro de lo que estaba diciendo que la joven se sintió imprudente rebatiendo las palabras que traía con él.

—El amo ha ido a entrevistarse con el señor de Jauregui y alguno más.

—¿Y por qué quiere vendimiar ya?, no todas están maduras.

—Porque el cielo se quiebra en cualquier momento, en cuanto pare este maldito viento caliente.

Gerardo era un hombre rudo, que no gustaba de conversaciones ni charlas. No se le conocía otra familia que aquella y, aunque no participara de la vida íntima, su trato y fidelidad le garantizaban un lugar en el caserío de Zubiete. Debía superar al amo en más de dos décadas, pero nadie sabía exactamente cuántos años sumaba, y su aspecto desaliñado y poco aseado en nada ayudaba a precisar su edad.

Reconocían en él un don especial para el campo, y Antonio siempre dio muestras de confiar en su criterio por encima del de muchos otros propietarios. Dormía en la accesoria, donde contaba con un breve espacio acomodado de manera más bien precaria, apenas un jergón de paja en el que estirar y descansar los huesos, y un arcón de madera cerrado con correas de cuero que le servía para guardar sus escasos vestidos. No leía y no firmaba, no comía con la familia y nunca preguntaba nada que no le sirviera para hacer mejor su trabajo. Trataba con igual respeto y distancia a mujeres y a hombres, y sólo una vez al año, el 24 de mayo, traspasaba la puerta de la taberna y pedía una jarra de vino. Cuando el amo le preguntó por aquella extraña costumbre, Gerardo confesó que no sabía cuando cumplía años y que aquella fecha era tan buena como cualquier otra para celebrar su santo. Sólo una vez acompañó Antonio a su criado a la taberna, allí el mutismo al que le tenía acostumbrado en el caserío y en las montañas se le hizo insoportable y no volvió. En su lugar, pidió a María que sumara un plato más a la mesa cada veinticuatro de mayo a partir de aquel año.

 

En el momento más frío de la mañana, cuando la luz del día ha desbancado por completo a la noche oscura, la familia Allende concluía la oración con que abrían y bendecían la cosecha de 1746. Rezaron en voz queda, un rezo apenas perceptible tras las pausas marcadas por María, bajo el manto de una lluvia fina que se había desatado por la noche y que permanecería con ellos durante días.

Antonio esperaba tormentas, y en su lugar el cotidiano sirimiri les calaba hasta los huesos y embarraba la tierra con su cadencia incesante, convirtiéndola en un fango pesado y difícil de manejar.

El ambiente se había enfriado de repente. La brisa cálida del día anterior cedió por fin ante las nubes que llevaban jornadas insinuándose sobre las cimas. Se acabó el sol, la luz y el sabor más dulce de la uva, que sin duda hubiera mejorado el txakoli. La vendimia, normalmente amena en las primeras jornadas, resultó tediosa y agotadora desde sus primeras horas, obligándoles a redoblar esfuerzos ante la humedad que se acumulaba en la tierra, bajo aquella lluvia cansina que rociaba sus encorvados cuerpos.

Las mulas perdían agilidad con cada nuevo ascenso hasta la colina donde se extendía el viñedo. Sus torpes patas se escondían en el barro, tropezaban con las piedras y las ramas caídas, haciendo tambalearse la carga. Gerardo y el joven Joseph salían a su encuentro cuando las veían aparecer tras la espesura del sendero. Acumulaban la uva recogida y cargaban a los animales ante la mirada experta de Antonio, que vigilaba que no se perdiera ni uno solo de los racimos cortados. Quiso encargarse él mismo de guiar los descensos por el infierno de aquella cuesta resbaladiza, desnivelada, apenas visible tras el manto envolvente de la bruma en un día húmedo como pocos.

Llevaba la carga a la accesoria, donde iba llenando las cubas como podía, recogiendo del suelo buena parte de lo que se le caía a ambos lados del cuerpo. Este era un trabajo para dos hombres, y el de arriba, en lo alto de la colina, se volvería interminable con tan pocas manos recorriendo y cortando las vides. Tan sólo la familia y Gerardo. Este año no había cómo hacer cuadrilla.

El viñedo de los Allende se remontaba a un tiempo muy lejano. Antonio siempre lo había conocido y trabajado, desde niño, desde que tuvo uso de razón recorrió aquellas largas calles que formaban las vides, una seguida de otra, ordenadas en una pendiente amplia y despejada que se cortaba en su parte más alta con la espesura de un monte también de la casa. Una vez quiso contar las filas, recordaba que eran muchas más de cincuenta. En invierno se quedaban peladas de hojas y fruta, y entonces podaban las ramas y las ataban, una a una. Recorrían las estrechas veredas que las separaban con los pies helados y las manos rígidas por el frío, sin apenas sentir los arañazos y la sangre que brotaba de los dedos magullados. Antonio las vigilaba, controlaba los brotes de las hojas nuevas y de la fruta, de aquellos racimos con granos tan pequeños como cabezas de alfiler. Su padre apenas tuvo tiempo de enseñarle a caminar por allí, sin embargo él se había convertido en un buen viticultor, y su txakoli era apreciado por buenos compradores, como lo era el mayordomo de Molinar.

Con el sol las vides se abrían, se extendían, se llenaban de vida verde, se volvían frondosas y enrevesadas. Entonces el tiempo seco allanaba el camino y las hileras se recorrían fácilmente, aguardando con ansia el momento de poder cortar los racimos y obtener el txakoli. Todos los propietarios del valle tenían un viñedo, o al menos un emparrado del que sacar algo de caldo para el consumo de la casa. Antonio poseía uno de los más extensos, mirando al norte, en una tierra protegida de vientos fuertes, soleada y seca. Era el salvavidas al que pudo agarrarse para cubrir algunas de las deudas adquiridas por sus padres años ha, cuando aún no se había casado, y para sumar a la dote de algún hermano. Lo último que habían cubierto aquellas vides era el pasaje de Domingo Narciso a la Nueva España.

 

Durante la quinta jornada, antes de que la mañana se descubriera por completo, subían la ladera del monte, cada vez más cenagosa e intransitable, con el cansancio acumulado de los días anteriores. Al alcanzar la cima pasaron de largo las primeras cepas ya cosechadas, pero aún quedaba otro tanto por recoger. Caminaban agachados, buscando los racimos y llenando las cestas que arrastraban con esfuerzo por el suelo. El agua continuaba cayendo del cielo, lo hacía sin prisa, insistente, humedeciendo los huesos de todos ellos. Joseph trataba de correr, era el que más carga acumulaba, y aún le quedaba brío para animar al resto a que apresuraran el paso. El cielo gris y plomizo de mediodía les había anunciado que la lluvia fina se convertiría en tormenta en cualquier momento.

Era incluso más alto que su padre, de piernas largas y manos muy grandes. Tenía los ojos oscuros y profundos, y siempre llevaba barba; una barba espesa y desaliñada que le daba un aire salvaje al juntarse con la melena que le sobrepasaba revoltosa la altura de los hombros. Solía atarse el pelo con una cuerda, lo hacía con un gesto rápido, casi imprevisible, y con ello conseguía aclarar su mirada. Era un joven atractivo, se sabía candidato para hijas y padres de otros caseríos, primogénito y heredero universal de la hacienda de los Allende. Sin embargo, aquello le parecía una pesada carga, y ahora más que nunca hubiera deseado no tener el futuro escrito en las líneas de su linaje.

Sin acabar el día la negrura del cielo se ciñó sobre el valle. En aquella penumbra sin luna, sus sombras silenciosas, dobladas sobre sí mismas, se confundían con las de animales y alimañas. Empezaba a ser insensato permanecer allí, al pie del monte, en una prematura noche como aquella, recogiendo uvas que hacía tiempo habían dejado de ver con los ojos y únicamente adivinaban por el tacto. La brisa que acompañó al sirimiri los días anteriores se había retirado con las últimas luces, ya nada se movía, todo era quietud y silencio prediciendo un apresurado final de cosecha.

Un rayo cayó muy cerca de donde estaban, extendiendo un haz de luz gélida sobre la tierra que les estremeció a todos con un tronido ensordecedor. Las dos mulas, poco antes pacientes y tranquilas en la entrada del viñedo, dieron rienda suelta a su temor con unos relinchos espeluznantes. En ese momento todos estaban de pie, mirando el cielo que cubría las cimas de Padura. Antonio trataba de sujetar a los animales sin mucho éxito cuando sintió aquel viento en la cara y reconoció los aires del norte, fríos y fuertes. Levantó los brazos para que todos pudieran verle, alzando y agitando una canasta sobre sus hombros, apremiándoles para que corrieran en aquella dirección. Tenía que sacar a su familia de allí cuanto antes. Cuando lo alcanzaron les indicó con un gesto Zubiete, la tormenta se desataba con furia también en aquel punto. Se extendía, acotaba el cielo amenazante, cercándoles.

Sin tiempo para recoger, arrearon a las mulas y descendieron por la ladera. Corrían, se tropezaban, rodaban, bajaban de cualquier manera por aquel barrizal de tierra y ramas. La opaca noche, rota sólo por el destello de los relámpagos, les obligó a transitar a tientas la mitad del camino. Supieron que estaban cerca de la calzada y de casa cuando el ensordecedor ruido de la tormenta se mezcló, acrecentándose, con el del salto de la presa. Ya no se podía oír otra cosa que no fuera la violencia del agua al alcanzar el suelo una y otra vez, agolpándose, corriendo en cualquier dirección y aumentando apresurada su caudal en charcos y pozos.

Llegaron fatigados, sudorosos y empapados de lluvia torrencial. Frente a la puerta de casa se miraron sin poder decirse nada. Parecía que el cielo se estaba rompiendo en mil pedazos sobre el valle y sobre ellos. Quisieron cruzar el portal corriendo al interior, buscando un mayor refugio para sus cuerpos ateridos de miedo y frío, pero el barro había cubierto la entrada y tuvieron que empujar con fuerza la puerta hasta lograr arrancarla de aquella amalgama de tierra, ramas y piedras que la envolvía sujetándola, inmovilizándola.

Pusieron a buen recaudo a las nerviosas mulas en el interior y subieron corriendo las escaleras en busca de cobijo. No se oía ni el ladrido de un perro, el caserío estaba en completo silencio. María se inclinaba ya sobre el hogar avivando la lumbre con el aire de sus pulmones cuando su marido, el anteúltimo en entrar, dejaba a sus pies un brazado de leña seca. Tras él, Gerardo repetía el mismo gesto depositando a un lado más troncos con que avivar el fuego. Cuando quiso salir de la estancia Antonio se lo impidió, invitándole a acercarse al hogar para entrar también él en calor.

Manuela, Francisca y Josefa estrujaban y escurrían un montón de ropa entre sus manos encima de la piedra que servía para desagüe. Fuera llovía con fuerza y la luz de los rayos parecía querer partir el cielo, filtrándose por las rendijas de las ventanas, iluminando y dejándoles a la espera de impactantes truenos que les cortaban el aliento.

Aquella noche Gerardo estuvo con ellos, en silencio, mientras comía y bebía lo que María y Antonio le iban ofreciendo. No solía permanecer en la misma estancia en que se encontraba reunida la familia, pero la intensidad de la tormenta desanimaba al más valiente a abandonar la solidez de aquella casa. Aún así, no esperó a que amainara y acabó por despedirse agradeciendo la cena y la manta seca que le cubría la espalda. Al bajar las escaleras se acercó a la cuadra a comprobar el estado de las mulas, algo más tranquilas a esa hora, cerró la puerta con cuidado y abrió la de la accesoria, avivó el fuego y se tumbó exhausto sobre el jergón de paja.

Francisca fue la primera en levantarse y anunciar que se retiraba a descansar; tras ella salieron Manuela y Josefa. Los padres y Joseph no tardaron en abandonar las luces de la lumbre en aquella noche sin luna. Todos se sentían agotados.

En San Miguel el Grande, Nueva España. Año de 1146.

Amados padre y madre, muy señores míos, les escribo estas mis primeras letras desde la Nueva España para informarles de mi afortunada llegada a la hacienda de nuestro pariente don Pedro de la Puente y Santibáñez, que me ha acogido como a un hijo en su casa y me ha ofrecido todas sus comodidades para que las haga también mías.

Les recuerdo en mis oraciones diarias, les tengo presentes y espero en breve poder remitirles algún dinero, que bien les vendrá después del importante desembolso que han tenido que realizar para enviarme hasta estas lejanas tierras. Es por ello que me siento en deuda con ustedes y con mis hermanos, y confío en que tendré oportunidad y sabré cómo corresponder a su esfuerzo.

Espero que se encuentren bien de salud y que la cosecha haya dado una buena cantidad de txakoli. Sé que mis hermanas les ayudarán en todo lo que esté en su mano, y que Manuela se irá convirtiendo poco a poco en una mujer fuerte y resuelta. Les pido por favor que le expresen mi cariño inquebrantable y mi deseo de que continúe con el aprendizaje de las letras, para que algún día ella y yo nos podamos escribir y mantener informados de las noticias que a nuestras vidas conciernen. Me saludan a mi primo Domingo de la Torre y a mi hermano Joseph, que confío siga en casa del maestro Taramona concluyendo sus estudios de herrero.

Les ruego no sientan inquietud alguna por mi persona, dado que me encuentro en cualquier forma privilegiado y agradecido por la decisión que ustedes tomaron respecto a mi futuro. La ciudad en la que ahora vivo es grande y muy hermosa. Lo que más me conmueve es el mercado que aquí se instala cada semana para deleite de sus habitantes. Las gentes pasean por entre los puestos que llenan las plazas, charlando y comprando alimentos ya cocinados que se consumen de inmediato, a pie de calle. En mi caso, nunca disfruté de comidas tan sabrosas y jugosas como las que se sirven en casa de nuestro pariente. Sobre manera me he de referir al chocolate, de cuyo aroma y sabor el paladar guarda recuerdo durante horas. No pierdan la oportunidad si la ocasión se les presenta, ya que no hay nada semejante que pueda compararse al deleite de ese líquido caliente.

La vida en estas latitudes está iluminada por un sol radiante que aparece a primera hora de la mañana, sin faltar ni un solo día de este cielo azul que me cubre desde que pisé la tierra de Indias. Esa misma luz entra por las ventanas de las estancias de esta hacienda en la que vivo desde que llegué, que bien parece un palacio. Son tantos los criados y sirvientes que la vida resulta cómoda y alegre, gracias al ajetreo diario al que se entregan los hombres y mujeres del lugar.

He querido aprovechar la oportunidad que se me presentaba de enviarles estas letras con un vecino de Menagaray, a quien las circunstancias obligan a abandonar San Miguel el Grande y regresar a las tierras de Ayala. Sin tiempo para otra cosa que instalarme me he dispuesto a comunicarles mi llegada, pero nada les puedo participar sobre otros hijos de esas nuestras montañas que residen en esta misma ciudad en que me hallo. Por voz de mi tío don Pedro de la Puente sé que son numerosos los afincados en torno a estas soleadas tierras, y frecuentes las reuniones que celebran para mantenerse unidos e informados de los aconteceres de nuestro valle. Parece que aquí todo son noticias de allí, como sucede allí con los que están aquí.

Les pido sírvanse comunicarme las novedades de esa mi amada patria, que yo las transmitiré con gusto a todos en este lugar, y del estado de mis hermanas y hermano, muy especialmente de mi pequeña Manuela y de sus progresos en la vida. Me encomiendo a ustedes y rezo por su buena salud. San Miguel el Grande, Agosto 22 de 1746.

Su más amartelado hijo que de corazón les ama,

Domingo Narciso de Allende y Ayerdi