Manuela
Capítulo III
E l suelo de la ermita de San Nicolás de Bari seguía siendo de tierra, una tierra fría y suelta, buena para la labranza, demasiado húmeda y fértil para los muertos y los sudarios. El río tenía la culpa de aquello; cercano, se filtraba por debajo de los cimientos del templo y pudría los cuerpos enterrados en el lecho santo de esta tierra vizcaína, con una rapidez asombrosa, en un convite de insectos ávidos, hambrientos. No era aquí donde correspondía yacer a este muerto, en el hueco abierto de la sepultura de su mujer. Ella sí, Juana de Arechederra, pertenecía a este lugar y yacería en él el descanso eterno cuando tuviera Dios a bien disponer su hora. Aún era joven. El que había muerto era su marido, y aunque pertenecía a San Román de Oquendo, las circunstancias, y un extraño empeño de la vida por separarle de la sepultura debida, lo arrojaron bajo la tierra del vecino valle de Gordejuela, de donde era ella.
Juana de Arechederra y Chivarria había parido ocho hijos en beneficio de aquel matrimonio que sus padres se empeñaron en celebrar un lejano día de verano de 1719. Lo recordaba bien, fue en esta misma ermita de Zaldu, en la que hoy enterraban al hombre que un ambicioso contrato le impuso para recorrer junto a él el camino de la vida que entonces comenzaba, al lado de los 45 gastados años de un viudo con nueve hijos a sus espaldas.
Ignacio Aldama había muerto el 29 de septiembre, de madrugada, y por esos azares extraños que tiene la vida le llegó la hora en la casa troncal de los Arechederra, en el valle de Gordejuela. Juana, su viuda, decidió que sería esa tierra y no otra la que habría de otorgarle el descanso eterno. Corría el año 1749 y coincidió su sepelio, al día siguiente, con la correspondencia más abundante que hasta la fecha se había recibido desde la Nueva España.
El caserío de los Aldama se asomaba al camino desde la colina que lo ensalzaba. Era un solar de prestigio, infanzón, en el ascenso a San Román de Oquendo. Los 75 años bien cumplidos de aquel hombre dejaban a la postre tantos hijos que en un tiempo se vio obligado a construir añadidos a la casa principal para poder albergarlos a todos. Ahora ya no vivían muchos allí, pero este día estaban con él; no los diecisiete que llevaron con orgullo su apellido por el mundo, pero sí aquellos que mantenían cercana su hacienda y casa.
Se había casado en primeras nupcias con una joven del pueblo con buena dote y vientre, que le llenó el hogar de hijos, hasta nueve, antes de morir. Pero el luto por la pérdida no era algo que entretuviera a Ignacio Aldama. Enseguida encontró éste moza apropiada para compartir el lecho y atender la prole.
La casa solariega de los Arechederra adornaba con su inusual altura la cuadrilla de Zaldu, en el valle de Gordejuela. Era un solar con cierta notoriedad, un nombre que sonaba cercano al de los Villanueva, padrinos y benefactores, señores de elevado rango con los que siempre mantuvieron buenas relaciones. Allí buscó y encontró a su segunda mujer: Juana de Arechederra, una joven sin muchas gracias que cuando parió el octavo hijo se cruzó de piernas para siempre. En el noveno había muerto su antecesora; no tentaría a la suerte. Por más ruegos y amenazas que lanzó el viejo Aldama, la puerta de aquella alcoba se le cerró a cal y canto, obligándole a acomodarse en un viejo catre al lado de los vástagos solteros.
El sepelio se celebró con las puertas de la ermita abiertas de par en par, para no excluir a los que no cabían ya en el interior del templo. No se veían entierros tan concurridos salvo en aquellas ocasiones en que el muerto era cura o señor de señores. No era exactamente el caso de éste, quién, sin sufrir grandes estrecheces o necesidades, en esta vida había sido, sobre todas las cosas, padre.
Los grandes ausentes aquel día fueron Domingo y Juan, hijos de su segundo matrimonio, que habían iniciado años atrás su particular carrera de Indias. El primero se había instalado ya México, allá en la Nueva España, mientras que Juan nunca se decidió a dejar Cádiz, aquellos enormes barcos parecían intimidarle. Aldama había pasado los últimos meses de su vida documentando la limpieza de sangre, nobleza e hidalguía que por ley natural de su fuero, nombre y casa infanzona les correspondía. El extenso legajo elaborado, justificado y atestiguado por numerosos vecinos y parientes era, a día de su muerte, un hecho que había logrado enviar a sus destinos, allí donde residían sus hijos emigrados.
El enterramiento sacó a los feligreses del templo para dejar sitio a quienes manipulaban el hueco en el que descansaría eternamente el cuerpo de Ignacio Aldama. El anteúltimo responso por su alma alejó a la viuda y a sus hijas de San Nicolás de Bari, mientras que el resto de los presentes discutían sin mucho criterio un extraño rumor acerca de la correspondencia que había llegado aquella misma tarde.
—¿Una saca? Estás exagerando hombre, ¡no puede ser tanto!
—¿Quién dijo una saca? Eso es una patraña, ni aunque se hubieran puesto de acuerdo, no hay tantos de los nuestros en la Nueva España.
—Haberlos sí los habrá, pero no todos están dispuestos…
—Os digo que era una saca. ¡Apostad si no me creéis!
—¡No! Nada de apuestas, no empecemos que os conozco. Cómo es posible que sin haberse enfriado aún el cuerpo de Aldama ya estéis con envites. Si llega a oídos del alcalde se va a armar una gorda.
La reprimenda era propiedad de don Francisco de Ugarte, cura beneficiado de las iglesias del valle de Oquendo. Aún así, los parroquianos no se quedaron tranquilos, quitándose la palabra en un último intento por descubrir la verdad de aquella saca de la que tanto alardeaba Juan de Mendieta.
—Padre, usted ha de saber cómo está eso de la correspondencia, ¿es tanta como dicen?, ¿tanto como una saca llena hasta los topes, como asegura Mendi?
—Calma, dejad ya la discusión. En verdad si debe ser más de la que ha llegado en ocasiones anteriores, pero nada de sacas, eso es exagerar, y mucho. El que espere noticias de tierras lejanas que se pase mañana por la iglesia, después del oficio repartiré lo que tenga entre los bienaventurados.
—¿Habrá también algo para el Concejo, padre?
—Cierto es que no he tenido tiempo de revisar lo que me han traído, pero si algo urgente hubiera yo me encargo de que llegue a las manos debidas. Y ahora, mejor retiraros a vuestras casas, descansad y dejad descansar al muerto, que ha de andar a tientas con tanto revuelo.
—¿A tientas, ése? No diga, padre, que ése donde puso el ojo puso la bala.
Los ojos como platos se le pusieron a don Francisco, pero eso no impidió, más bien alentó la sonora carcajada con la que todos los presentes aplaudían la ocurrencia.
—¡Un respeto!
—Si padre, usted perdone, lo he dicho sin pensar…
Era imposible, el coro de risas ahogadas contagió incluso al cura, que se alejó con prisa por la calzada tratando de disimular su propio ahogo. Aún debía pasar por la iglesia de Santa María, y subir después a San Román a acompañar con un último responso a la familia del difunto.
El último hijo varón de éste no tardó en ponerse a la altura del párroco y caminar a su lado. El campo se volvía amarillento, ocre, jaspeado durante el otoño, y de eso hablaron, también de Juana, y de los hijos que aún quedaban en casa, hasta que mencionaron a Domingo de Aldama. Desde que embarcó para la Nueva España, el joven José Ignacio aguardaba ansioso la llamada que dirigiera sus pasos en la misma dirección. Por eso estaba allí, porque no podía esperar a mañana para saber si había o no entre aquella correspondencia una carta de su hermano que cambiara definitivamente el rumbo de su vida.
Don Francisco de Ugarte quiso mostrarse intransigente, pero de nada le sirvió. Antes incluso de llegar al molino de Olabeaga terminó cediendo y ofreciendo un trato de favor a aquel muchacho que acababa de enterrar a su padre.
—Está bien. Vayamos a comprobar si hay algo de tu hermano entre las misivas que han llegado.
A partir de ahí, el camino hasta Unza fue una estrepitosa carrera que los 17 años de José Ignacio impusieron al maduro beneficiado, que arrastraba la sotana mientras se empapaba de sudor.
Eran varios los caminos que subían empinados hacia San Román, desde donde la iglesia dominaba el horizonte. Por uno de ellos, escarpado en la montaña, corría José Ignacio, sin aliento por las prisas. Sujeto en una mano, un pergamino estrecho y largo, impregnado de tinta, se arrugaba y alisaba por la fuerza del viento que exigía la carrera.
… y para ello providenciaré el remitirle por la conducta más segura otros cien pesos fuertes, para que pueda facultar a mi hermano José Ignacio a que inicie viaje a estas tierras donde yo le estaré esperando. Deseo que su venida sea con brevedad, porque para él guardo un buen trabajo como mi ayudante en el obraje de don Balthasar de Sauto. Como usted bien sabe, la prosperidad del negocio de telares que su vecino de usted ha desarrollado en estas tierras es grande y…
Sonreía. Por fin tenía entre sus manos el futuro esperado. Inició nuevamente la carrera en dirección a casa, cruzó por bosques y arroyos, dejando atrás el campo de Escoriaza, buscando con la vista la torre de la parroquia asomar tras las copas de los árboles. Eran las mejores letras que había leído nunca, las mejor escritas, las que sonaban como versos cantados. Su mente se mostraba ágil y confusa a la vez, los pensamientos se desataban como un torbellino de ideas precipitadas en mitad de esa marcha estrepitosa, de las pocas que le quedaban ya por trazar hacia la cima de la montaña, hacia la casa troncal de los Aldama.
Don Francisco, incapaz de detenerle, se había quedado un rato más en la sacristía, revisando el resto de cartas, sus destinatarios y remitentes. Ciertamente, algunas de aquellas misivas llegaban con meses de retraso. Abrió las dos que se dirigían a su persona, y enseguida hizo recuento de los pesos fuertes que sumaban los donativos. Satisfecha la primera curiosidad, cerró con llave el arca con todos los documentos dentro y encauzó la vía en dirección a San Román, algo más descansado y feliz de viajar sin las prisas del joven a su lado, que a buen seguro ya estaba con un trozo de pan entre los dientes. Sintió que se le arrugaban las tripas y apresuró un poco el paso, recordando que le esperaba mesa opulenta en casa del finado.
Viuda e hijos recibieron durante toda la tarde a vecinos y familiares, soportando una velada ruidosa y casi festiva que las buenas temperaturas y noticias de Indias alargaron hasta bien entrada la noche.
—¿Y dices que Domingo ha reclamado a su hermano José Ignacio para que vaya a trabajar con él en el obraje de Sauto? Pues eso sí que es una buena oportunidad para el chico, señal de que al otro le va bien. ¿Y no habrá dispuesto también algún peso para ésta su parroquia? Temo que el próximo invierno caiga más nieve y nos eche el tejado abajo.
—¿El tejado, don Francisco? Pero, yo creía que había quedado completamente nuevo después del derrumbamiento del veintinueve.
—Sí, sí, hija, si bien está, es más por prevenir…
Catalina buscó en su cabeza cualquier excusa con la que alejarse del cura.
—Perdóneme, padre, voy a atender a ama, que ha de estar exhausta a estas horas.
—Ve, hija, ve, y no te olvides de preguntar por lo nuestro, que estoy seguro de que tu hermano no se ha olvidado de los donativos que le encomendé.
Las conversaciones en la casa de los Aldama aquella tarde noche versaron más sobre la Nueva España que sobre el fallecido. No es que se hubieran olvidado tan pronto del padre, abuelo, tío y vecino, es que la vida se volvía un poco más esperanzada cuando había noticias del otro lado. Después todo volvía a ser como antes, como siempre había sido en estas latitudes: trabajoso, frío y más bien escaso.
Esa misma madrugada, antes del amanecer, se volvió a oír por todo el valle el repique de campanas sonando a muerto. Las de Santa María, contagiadas por las de Lartundo, Otaola y Zaldu, dirigían aquella orquesta fúnebre que anunciaba un nuevo fallecimiento. Cosme se estremeció en el catre y sintió el vacío que había dejado Maricruz a su lado. Estaba levantada, con Fabián en brazos y el pequeño Luis gateando a sus pies. Desde el hueco abierto de la ventana observaba la casa de enfrente, extrañamente iluminada a esa hora, y temió por la vieja Marina.
Hizo sonar la aldaba con prudencia, temiendo quebrantar el descanso de las sombras, y enseguida apareció ante ella Domeca, la hija de la vieja Marina, sorprendida por la llamada.
—Maricruz, ¿ocurre algo en tu casa?, ¿hay alguien enfermo?
—¡No!, yo… —titubeó, sin entender muy bien lo que le preguntaban—. Pensé que pasaba algo aquí, no sé, al oír tantas campanas y ver velas encendidas… Perdóname si te he asustado.
—Oh, no es aquí, Maricruz, no suenan por nosotros los badajos. Acaba de llegar mi hermano del monte, de las ollas, y nos ha contado que repican por el hijo de mi sobrina, la de Arechavala, la que se casó con el primogénito de los Abasolo. La pobre criatura apenas ha aguantado una semana en este mundo. Dicen que Ana María está como loca, que no reacciona.
—No me extraña, Domeca. ¡Qué desgracia! Entonces, doña Marina está bien — quiso asegurarse Maricruz antes de volver a su casa.
—Sí, está bien. Más viva y despierta que cualquiera de nosotras. ¿Quieres pasar a saludarla?
Maricruz sintió el brazo de Domeca sobre el hombro invitándole a entrar hasta la habitación donde su madre, Marina de Sauto, llevaba postrada años, sin poder abandonar la cama, casi tan vieja como ella. Las recibió contenta, y enseguida, a la menor oportunidad que se le presentó, retomó los tiempos antiguos, volviendo una y otra vez a aquellos malditos años en que perdió a tantos que quiso volverse loca.
—Mira hija —comenzó la anciana—, por esas mismas escaleras que has subido tú ahora bajé yo una noche a toda prisa. Sí, a recoger a mi hermano, que del golpe que se dio al caer tenía la cabeza abierta por el medio, igual que una nuez. La sangre ya se escapaba por el portal de la casa cuando yo llegué a donde él estaba.
—Por Dios, ama, ¡otra vez está usted con lo mismo!
—¿Esta que está aquí no es Maricruz de Olabarrieta?
—Sí, señora Marina, la misma —contestó la recién llegada.
—¿Y no has venido a visitarme a mí, hija?
—¡Claro! Continúe, siga contándome.
Domeca hizo un gesto de cansancio a Maricruz antes de salir de la alcoba en dirección a la cocina, mientras la voz de la anciana se alzaba de nuevo.
—Qué te voy a contar, hija, aquello fue espantoso. Solos estábamos entonces mi hermano y yo en este caserío. Yo aún sin casar, mis padres fallecidos, que Dios los guarde, y los otros hermanos cada uno por un lado, algunos casados y otros viajando por tierras castellanas. Quise morir con él. Me pasé toda la noche a su lado, en las mismas escaleras, sujetándole el cráneo para que no se le esparcieran los sesos por el suelo.
—Pero su hermano tenía un hijo, ¿no es cierto, doña Marina? —Maricruz ya sabía lo que tenía que preguntar para que la historia siguiera su curso. Conocía bien aquel suceso, y otros que asolaron a la familia Sauto en esos años. Durante mucho tiempo, en la sepultura que estos poseían en Santa María, en Unza, las ceras ardieron una detrás de otra.
—Sí, tenía un hijo: Balthasar de Sauto y Villachica. El pobre perdió a su madre con sólo siete años. Era una muchacha tan endeble, siempre se lo dije a mi hermano, mira que esa moza no tiene buen color, pero nada, ya se sabe, para él no había otra como aquella. Y ahí que se le muere, tan joven como era, y le deja con un hijo que no había quién gobernara, un demonio de crío.
—Cuénteme qué fue de él.
—Pues que mi hermano, que era muy burro, y más que se volvió después de enviudar, lo mandó a las Indias. Doce años tenía cuando le hice el traje nuevo. Parecía cualquier cosa, todavía lo estoy viendo, ahí mismo donde tú estás, vestido de estreno. Recuerdo que se fue llorando de aquí. Se giraba y me miraba con una tristeza el pobre crío. Por más que insistí para que no lo alejara, y nada, él erre que erre. Yo creo que le recordaba demasiado a ella, no lo soportaba, apenas hablaba con él, ni se preocupaba de lo que necesitaba. Gracias a mí no se murió de hambre después de faltar su madre.
—Fueron años duros, doña Marina.
—Aquellos y los anteriores, y los que luego llegaron. La vida puede ser muy cruel, hija, muy cruel. Después de todo lo que luchó mi pobre hermano en esta vida, y mira para qué, para acabar muriéndose así, de una mala caída por las escaleras de su propia casa. Aún recuerdo como si fuera hoy el pleito que mantuvo con Antonio de Larrea por los reales que le correspondían a su hijo. Años duró aquello, y muchos le acusaron por pedir lo que no era suyo, pero él llevaba toda la razón, y estaba empeñado en enviar al pequeño Balthasar a la Nueva España. Y mira si lo consiguió que allí sigue, y dicen que con muy buena hacienda.
—Mucha ha de ser, doña Marina. Y aquí, en nuestro valle, también tiene buena posición, que este año le han nombrado nada menos que alcalde. Todavía el otro día lo recordaba don Francisco desde el púlpito.
—Ese cura algo esperará que le caiga de aquellas tierras. ¿Y dices que es alcalde?
—Sí, alcalde honorífico. Dicen que allá, en la Nueva España, posee tierras y empresas de ganado y lana, y que no alcanza a conocer el total de los caudales que atesora.
—Y pensar que le hice aquel traje con las telas que guardaba para mi ajuar. El muy desagradecido nunca mandó un real a esta casa; aunque no le culpo, era tan niño el pobre, y daba tanta lástima verle partir, ver cómo se resistía.
Unas horas más tarde, en la cima del monte Otaola, la comitiva, encabezada por un padre que llevaba en brazos el cuerpo inerte de su hijo, comenzaba un largo descenso hasta la iglesia principal del valle. A su lado, una muchacha con los ojos hundidos no dejaba de mirar el envoltorio de blanco lino, aquel trozo de vida que, irremediablemente y sin sentido, había perdido para siempre. Llegaron a Santa María, en la cuadrilla de Unza, en Oquendo, a primera hora de la tarde, cuando todo estaba dispuesto para el enterramiento. Como era costumbre, las casas del valle permanecían reunidas en el pórtico, esperando al cortejo fúnebre, que avanzó en silencio por el interior del templo para ofrecer un breve rezo por aquel alma que apenas había tenido tiempo para acomodarse en el regazo de su joven madre.
Al salir al exterior la tarde ya tenía luna. Dentro quedaban encendidas las velas sobre la sepultura de la familia Abasolo, en la segunda fila frente al evangelio. Ana María lloraba en brazos de hermanas y madre, mientras Bernardo trataba impaciente de alejarla de aquel tumulto de pesares. Quería regresar a casa cuanto antes y empezar a vivir como si nada de aquello hubiera ocurrido, al fin y al cabo no era cosa de tanto, en muchas casas morían hijos que después se olvidaban.
Manuela caminaba a un lado de la mula. Lo hacía despacio, tratando de mantener ese ritmo lento que había terminado por provocarle un dolor desconocido en las piernas, acostumbradas como estaban a un paso más largo y ágil. Junto a ella, María de Sollano no se apuraba, sus andares eran pausados y continuos, sin permitirse un mínimo descanso a lo largo del camino tantas veces recorrido a través de las montañas, uniendo el valle con los embarcaderos de mineral. Un viaje de ida y otro de vuelta, con la mula cargada en ambas direcciones, siempre llevando y trayendo, comiendo sobre la marcha, y a menudo también dormitando sobre los pasos pausados de sus pies errantes.
La joven viuda no alcanzaba la treintena y sin embargo arrastraba con ella kilómetros de tierra y lluvia. Con frío o calor, en cualquier estación del año, la Sollano, como se la conocía por las montañas del hierro, aparecía tres veces por semana con el pan que se cocía en los hornos de Gordejuela. Cargaba la acémila de hogazas, castañas y lo que le pedían allá arriba, donde no había de nada y nada era mucho. A menudo se hacía con viejos cestos que ofrecer a buen precio a aquellos hombres sucios y malolientes. Los necesitaban para arrastrar el mineral que sacaban de agujeros hechos en la misma tierra, semejantes a las sepulturas que se abrían en los suelos santos de las iglesias. El agua les iba cubriendo el cuerpo mientras picaban incansables el corazón del hierro, abriéndose paso por estrechas y cortas galerías que una vez inundadas abandonaban para comenzar de nuevo en otra vena próxima. Sus ropas, manos y caras aparecían cubiertas por un manto de polvo color ocre, que les daba un aire cómico y triste en mitad de aquella humedad infernal que les iba enfermando y matando lentamente.
Habían salido de casa cuando todavía era noche cerrada y la luz del día les acompañaba desde hacía tiempo. La pequeña Allende quiso parar en algún momento de la larga caminata pero María de Sollano no atendió a sus ruegos, y cuando Manuela ya no pudo aguantarse más y se desvió para desahogar la dolorida vejiga, no la esperó. Tampoco eso detenía su paso, le advirtió mientras se ahuecaba la basquiña con ambas manos y avanzaba con las piernas separadas durante un largo tramo que le sirvió de demostración.
La joven Sollano se había presentado en Zubiete tan sólo dos días antes. Llegó llamando a voces y aporreando con urgencia la aldaba del caserío de los Allende. Todas las mujeres de la casa se encontraban en ese momento en el interior, y corrieron a conocer el motivo de tanto alboroto.
—Pero ¿qué sucede ahí afuera? —bajaba diciendo María por las escaleras.
—No sé, ama, pero el recado viene con prisa.
Josefa fue la primera en ver a la viuda, sentada ésta en el banco de piedra y la mula junto a ella, olisqueando y eligiendo la hierba más fresca.
—Hola, mi nombre es María de Sollano. Vengo de Santurce y traigo recado de tu hermano mayor. ¿Están tus padres en casa?
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Josefa insistente—. ¿Qué le sucede a Joseph?
—¿Está tu madre?
—Sí, aquí estoy. Dime, ¿qué le acontece a mi hijo? —María se adelantó un paso colocándose frente a la desconocida.
—Me ha pedido que les mande aviso de una desgracia. Joseph les ruega que envíen en su ayuda a la menor de sus hermanas para socorrer a su mujer en los días que le restan hasta el alumbramiento.
—Pero ¿de qué desgracia me hablas, muchacha? No te entiendo, trata de aclararte.
—Narcisa, la nuera de usted, señora, es ella la que ha sufrido una caída y, al encontrarse en avanzado estado de preñez, la situación es grave. Su hijo me ha mandado a decir que necesita a su hermana menor para que cuide de ella por lo menos hasta que ésta traiga al mundo a la criatura que espera.
—Pero, ¿qué sabe Manuela de partos? ¿No hay mujeres que se dediquen a eso allí donde viven?
—Sí, claro que las hay, señora, pero es más la necesidad de atender a la enferma hasta entonces, no en el parto, sino hasta que llegue ese momento y quizá después, porque ella no puede moverse.
—Entonces, ¿es que se ha quebrado algún hueso?
—Uno no, señora, varios, y debe permanecer muy quieta para que suelden antes que el crío quiera salir al mundo y ella tenga que empujar con él. Ahí sí se descompone del todo, figúrese.
—¿Y dónde se ha caído? —Josefa no aguantaba la curiosidad.
—Eso no lo sé. Yo sólo les transmito lo que su hermano de usted me dijo.
—¿Y queda mucho tiempo para el alumbramiento? —se interesó Manuela.
—No se sabe, pero el cirujano confía que Narcisa disponga al menos de otra luna.
—¿Y si el crío llega antes? —preguntó inquieta.
—Pues mejor que no sea así, creo yo.
—Bueno, Manuela, no nos pongamos en lo peor. De cualquier forma habrá que ir a socorrer a esa muchacha, que parece no tiene a nadie quien la ayude en estos trances —la ironía acompañaba la voz de María—. Esperaremos a contárselo a tu padre esta noche, pero casi seguro está de acuerdo conmigo en que tendrás que salir hacia Santurce cuanto antes.
Aquellas palabras pronunciadas con tanta firmeza por su madre la dejaron perpleja. No esperaba, no suponía que tendría que marcharse justo ahora.
Pero… —Manuela dudó, no se atrevía a continuar—, pero… ¿no sería más acertado que fueran Josefa o Francisca en mi lugar? Al fin y al cabo yo no sé nada de enfermos ni alumbramientos, y quizá no sea de gran ayuda allí —fue toda su protesta, apenas un balbuceo que de nada le sirvió.
—Hija, tu hermano te ha requerido a ti, así que no se hable más. Podrás hacer lo que esté en tu mano, y con eso será suficiente. Hablaremos con tu padre esta misma noche y saldrás lo antes posible.
—Señora, yo regreso en dos días. Si quiere, y le parece bien disponerlo para entonces, ella puede acompañarme en el viaje. La llevaré hasta la misma casa de su hijo de usted —se ofreció María de Sollano.
—¿Caminar por esas montañas dos mujeres solas?
—No es tan peligroso como parece. Yo lo hago desde bien chica y nunca he encontrado percance. Todos me conocen por esos caminos. Además, soy fuerte y sé cómo defenderme.
—Bueno, Antonio decidirá. En cualquier caso mañana te mando recado a tu casa.
—En Sandamendi, señora. Agur.
—Agur —dijeron todas a una y se retiraron hacia el interior del portal mientras la joven viuda tiraba de la perezosa mula hasta encaminarla de vuelta a la calzada.
Manuela no acababa de hacerse a la idea. Un día, sólo disponía de un día antes de comenzar el viaje propuesto por aquella extraña. Tenía que darse prisa, encontrar a Txomin, decirle que se marchaba sin saber por cuánto tiempo. ¿Y si él no estaba ya en el valle a su regreso? No hacía ni una semana desde que llegaron al pueblo aquellas cartas, demasiadas para traer algo bueno. Había muchas de la Nueva España, pliegos y más pliegos que reclamaban a hermanos, parientes y vecinos para que siguieran sus pasos en la carrera de Indias. Parecía que se habían puesto todos de acuerdo, todos menos Domingo Narciso, que no había respondido aún a las últimas letras enviadas por su padre.
Sabía que Txomin sería uno de los que partiría hacia aquellas tierras, se lo había dicho su amiga Juana, y todos lo confirmaban. Decían que estaba ilusionado como un niño, que era el que más alardeaba de la fortuna que en el futuro traería de vuelta al valle. Pero nadie se creía lo de su regreso, porque nadie regresaba. Manuela lo buscó con empeño aquel día, sin encontrarlo. Le dijeron que estaba en Oquendo, hablando con el párroco, y pudo saber que allí también había muchachos preparando viaje, que saldrían todos juntos, eran varios, a principios de año.
Las horas parecían volar, el tiempo no llegaba para todo lo que querían hacer en una única jornada. María preparaba algo de comida para la larga caminata en la que finalmente les acompañaría Zurrape. Antonio había decidido que el ficticio sobrino de Gerardo las custodiara durante buena parte del trayecto, al menos hasta que el día estuviera bien abierto y los peligros fueran menos. Por un instante barajó la posibilidad de ir él mismo en persona, pero algo de resentimiento por la desobediencia de Joseph frenó la generosidad de su pensamiento.
Josefa organizó una canastilla con ropas y telas que irían bien para el nacimiento del niño, y Francisca dispuso hortalizas frescas, huevos y queso. Cuando llegó con su mula, María de Sollano casi se muere del susto al comprobar la carga que aquella entusiasta familia pensaba montar sobre los lomos del desdichado animal. La mitad no cupo, así que hicieron prometer a la viuda que regresaría a por ello en dos semanas.
Zurrape salió el primero, feliz en su papel de vigía. Tal y como había visto hacer a Gerardo, se adentró por un lado del camino para avanzar unos metros por delante, previniendo cualquier asalto. Ascendieron con cuidado por la colina de Berbiquez, dejando atrás Zubiete y Molinar. Manuela iba desanimada y confusa, quería acudir en ayuda de Joseph, pero no ahora, no sin saber la fecha de regreso. Al alcanzar un claro, en mitad del camino, echó la mirada atrás y entre las sombras de la noche, aún cerrada, vislumbró la torre de la iglesia de San Juan, la chimenea humeante de la posada, un claroscuro que le ayudaba a divisar su casa ya lejana, y el lugar donde sabía se levantaba la de su primo Txomin, seguro dormido a esas horas sin ni siquiera imaginar que ella se alejaba. Espera a mi regreso, no te vayas sin despedirte de mí, le rogó en silencio antes de maldecir la costumbre de esta tierra, en la que nunca sucede nada hasta que sucede, y entonces todo es demasiado precipitado, sin darle tiempo a uno a tomar conciencia.
Cuando el cielo se despejó por completo y no quedaba ni un atisbo de bruma rasgando el horizonte, Zurrape reapareció en el camino y anduvo junto a ellas mientras se repartían el pan y el tocino. Habían dejado atrás iglesias y ermitas que les marcaron el sendero de ascenso hacia los montes de Sopuerta. En adelante la subida se insinuaba tediosa. Las dos muchachas le animaron a abandonar ya la marcha y comenzar el regreso; continuarían solas. Con una manzana en cada mano Jacinto Pereda, Zurrape para ellas, se despidió retomando sus propias huellas a un lado del sendero. Manuela y la Sollano le miraron perderse entre los árboles, y de alguna manera sintieron su ausencia durante un breve instante.
Reemprendieron la marcha animadas por el anuncio de un día de sol, avanzando en su peregrinaje por veredas cerradas y sombrías, donde surgió una intimidad cómplice entre ellas. María, lenta y charlatana, como la definiría después Manuela ante su amiga Juana, era una mujer decidida y no dejaba con facilidad la charla.
Enseguida se descubrió tal cual, con su historia de viuda joven que no había conocido otra cosa que el trabajo y la necesidad, sobre todo después de parir una hija sin apellido que comía más de lo que ella era capaz de ganar. Al principio, Manuela no comprendía bien lo que escondían sus palabras, pero poco a poco la misma Sollano fue desgranando los desaciertos de su corta vida.
—Tomé estado siendo todavía una niña. Mis padres necesitaban sacar a sus hijas de casa cuanto antes porque allí nos moríamos todos de hambre, y enseguida apalabraron un matrimonio que no sé por dónde les convenía, porque a decir verdad, el hambre siguió siendo el mismo. Mi marido, bastante mayor que yo, había arrendado una casa en el valle, en la cuadrilla de Sandamendi, y ahí fuimos a instalarnos. Al principio todo iba bien, él trabajaba el campo y yo procuraba vender algo de pan aquí y allá, como había hecho siempre, y así nos arreglábamos. Hasta que un día enfermó y, después de una semana con tisanas y remedios que no daban ningún resultado, quise llamar al cirujano, pero no me dejó, dijo que mejor guardara los pocos reales que teníamos para la cosecha, que él se pondría bien para la misa del domingo. Pobrecito mío, dos días después salía de casa con los pies por delante. Ni un año me duró el matrimonio. A Dios gracias que hijos no me dejó, pero sí algunas deudas que se sumaron al sepelio del difunto. Tuve que abandonar nuestro hogar e instalarme de nuevo con mis padres. Casi se descomponen cuando me vieron aparecer en el portal con las manos vacías. Por un momento creí que no me iban a admitir, pero no tuvieron valor de echarme a la calle. Fueron tiempos difíciles. El luto era como una penitencia añadida, yo tan joven y con tantas ganas de vivir, y aquel hábito aislándome del mundo. No podía hablar con nadie, ni trabajar, mucho menos salir si no era para acudir a la iglesia y en las ocasiones menos concurridas. Me sentía extraña, siempre triste, callada bajo la mirada atenta de mi madre y mi abuela. Yo que había sido una niña risueña. Hasta que las cosas se pusieron muy feas para todos, no había qué llevarse a la boca, así que una mañana me harté y les anuncié que pensaba ponerme a trabajar, que el luto no nos daría de comer a ninguno. Fue entonces cuando empecé a hacer viajes a las minas con la mula, que es arrendada también, de tal modo que la mitad de lo que gano se lo lleva el propietario del animal. No es un mal trabajo, me gusta caminar, y sobre todo me gusta estar en la calle, no soporto las paredes frías de las casas. Cuando estoy dentro temo que el caserío entero se me caiga encima. En los primeros viajes que hice me sentía la mujer más feliz del mundo. Eso debió de ser lo que más llamó la atención de Juan, un buen mozo de Lanzagorta que enseguida me vio quiso frecuentarme. Traté de disuadirle, aún estaba de duelo por mi marido, pero insistió tanto y de una forma tan alegre que acabé aceptando. Nos veíamos en la montaña, escondidos de todos para ahorrarnos el escándalo. Hasta que me dejé arrastrar por sus promesas y, tonta de mí, no tardé nada en quedarme encinta. Mira que no me cansaba de advertirle, yo creo que de alguna manera hasta lo intuía. El día que le dije que me había hecho un crío no me quería creer, pero luego ya se convenció. Peor lo pasé cuando mis padres se percataron de ello. No dudaron en echarme de casa, no podían soportar una deshonra así, dijeron. Aunque más bien creo que no querían más bocas que alimentar. Yo pensaba que Juan iba a resolverme, que iba a cumplir con sus promesas de matrimonio, pero él sólo me pedía tiempo, decía que necesitaba tiempo para enfrentar la situación en el caserío, con sus padres. Así que me quedé en la calle, sola, deshonrada y con una criatura en el vientre. No sé porqué decidí dirigirme hacia Sandamendi, donde había vivido con el difunto. La casa la arrendaba entonces una familia de campesinos que no dudaron en realquilarme una habitación. Ahí sigo viviendo, con esa misma familia. A Juan lo veo de vez en cuando, suele salir a buscarme a los caminos y me promete cosas que sé no va a cumplir; parece que sus padres tenían ya apalabrado su matrimonio con una familia de Zalla y no lo puede romper. Suele preguntar por la niña y a veces me ayuda con unos pocos reales, aunque eso no es suficiente. Lo que yo quiero, lo que necesito, es que cumpla su promesa y se case conmigo como juró que haría.
Cuando la narración llegó a este punto Manuela estaba más perpleja que cansada. Callada, con la vista puesta en el barro del camino, avanzaba por inercia. No sabía qué decir, casi no sentía los músculos de las piernas y un dolor sordo se le había instalado en las plantas de los pies, que añoraban la suela nueva que una vez disfrutaron aquellas viejas y desgastadas alpargatas.
Una vez más fue María quien rompió el silencio alzando su alegre voz para anunciar que ya estaban muy cerca del pueblo de Santurce. Por primera vez en horas Manuela recordó cuál era el sentido de tan larga caminata, y pensó en Joseph, en Narcisa, y en el hijo de ambos. Quiso acelerar el paso, pero sus acompañantes, la joven viuda y la mula, no variaron ni un ápice su ritmo pausado, y ante la posibilidad de perderse si se alejaba de ellas optó por mantenerse a su lado.
Desde el alto de Triano María quiso mostrarle la ubicación exacta de Ortuella, un remolino de sucios tejados que cubrían las piedras de varias casas, entre ellas la que habitaban Joseph y Narcisa. Pero toda indicación era en vano, la pequeña de los Allende apenas podía distinguir nada en la ladera que se extendía inmensa ante sus ojos. El paisaje le pareció gris y pobre en aquella tarde que se volvía oscura. No sabía si era su cansancio o el aspecto de esa tierra arañada por senderos y caminos que se dilataban en cualquier dirección, cruzándose una y mil veces. Sólo quería llegar, alcanzar al fin el hogar de su hermano y sentarse, sentarse recostando la cabeza sobre cualquier pared. Quería dormir, soñar con Zubiete y con Txomin, y quizá después, con más calma, rememorar todo lo que aquella extraña mujer le había contado en uno de los días más largos de su vida, del que ya no podía recordar cómo ni cuándo había comenzado.
Joseph no la vio llegar. Estaba de pie, delante de la puerta de una casa pequeña y vieja, resquebrajada, conversando con un hombre mayor que él. Ella lo reconoció en un gesto que nunca hubiera pensado que echaba de menos hasta ese momento. Lo descubrió de espaldas, atándose el pelo a la nuca con la familiar agilidad de sus grandes manos. Sólo entonces dejó atrás a su compañera de viaje y corrió, corrió con las pocas fuerzas que le quedaban tras la interminable caminata, con los pies doloridos y el pecho encogido por la extrañeza que sentía ante todo lo que la rodeaba. Antes de alcanzarle Joseph respondió a las indicaciones del anciano y se dio la vuelta. Al descubrirla, desaliñada, inundada en lágrimas sonrientes, corriendo hacia él, la esperó con los brazos abiertos, generoso y agradecido, queriendo acogerla en su pecho y allí consolar su cansancio.
La casa de Joseph era diminuta, con espacios demasiado estrechos para cruzarse unos con otros, las escaleras se inclinaban hacía un lado e incluso habían perdido algún peldaño, obligando al que las transitaba a dar más de un improvisado salto. Mientras Manuela vivió allí, su hermano no se hartó de decir que en cualquier momento repondría las maderas que faltaban, pero no lo hizo. Casi no había mobiliario y el ambiente era tan húmedo que Narcisa pasaba su convalecencia diurna en un camastro en la cocina, próxima al fuego. Por la noche, su marido la acompañaba a la cama que compartían en la habitación contigua. Entonces Manuela ocupaba el jergón vacío junto a la lumbre y trataba de buscar su propio descanso. A decir verdad, le gustaba el canturreo de las últimas ascuas, una nana larga que iluminaba el albor del sueño.
Al despertar, con la primera luz del día, volvía a sentirse triste, perdida, y ansiaba que la oscuridad la alcanzara cuanto antes, con la calidez de su lumbre. No le gustaba aquella casa, aquel pueblo, aquella montaña. Joseph y Narcisa lo sabían desde mucho antes que llegara, pero ella no, ella se sorprendió de lo que vio un día tras otro durante los meses que vivió con ellos.
Narcisa, que guardaba total reposo sin moverse del jergón de la cocina o el de la alcoba, según la llevaran o trajeran, agradecía los cuidados que Manuela le profesaba mostrándose alegre, dispuesta a quedarse sola en cualquier momento para que la joven saliera a ver la calle, a hablar con las vecinas y pasear por los senderos por los que se llevaba el mineral. Sólo en una ocasión, aprovechando una visita de María de Sollano, llegó hasta el puerto de Galindo, y regresó a casa afligida. En mitad de un paraje desolador descubrió a mujeres de todas las edades dejándose la piel de las manos en las sirgas, mientras avanzaban todas a una, por ambas orillas del río, arrastrando gabarras cargadas de mineral. Intentó no volver a bajar al puerto para no tener que ver aquello.
Y entonces una noche le despertaron los gritos de dolor de Narcisa. Manuela corrió a avivar las brasas. Antes de darse cuenta, una mujer mayor, vestida entera de negro, se metía apresurada en la habitación de la parturienta. Debió de mandar a Joseph a buscar a otra porque pronto eran dos, y al mediodía hasta tres desconocidas trataban de apaciguar las voces de sufrimiento que salían de la alcoba. Manuela no sabía qué hacer, lo mismo empezaba a rezar que presentía que le pedirían agua y se iba corriendo a llenar la herrada a la fuente. Se encontraba perdida, e inquieta, casi tanto como su hermano. Joseph, incapaz de soportar los gritos de su mujer, pasó aquellas interminables horas al raso, entre el portal y la calle, esperando que alguien le dijera o le mandara hacer algo. Cualquier trabajo hubiera sido mejor para ambos que esa terrible espera.
Una nueva noche se impuso. Sólo entonces empezaron a precipitarse los minutos, cuando la más anciana de las mujeres que atendían a la primeriza se asomó a la cocina y le ordenó, con voz áspera y tajante, que mandara avisar al cirujano, porque aquello no se resolvía. Manuela salió en busca de su hermano, que esperaba en el portal ansioso ante cualquier cambio. Cuando supo el encargo corrió por los caminos como un alma en pena. No tardaron tanto, pero cuando al fin llegaron era ya muy tarde, el crío había muerto y la madre se desvanecía. Fue su propia fortaleza la que salvó a Narcisa, pero nada se pudo hacer por el pequeño, que pereció en el intento de ver el mundo. Después de eso, los cuidados para con la madre tuvieron que extremarse. El trance le había descompuesto por completo las heridas mal curadas en la caída, y la pérdida le había arrancado de cuajo el ánimo y las ganas de vivir. Manuela se volvió su sombra, de noche y día permanecía junto a ella, consolando su pena y cubriendo el dolor de sus entrañas con cataplasmas y ungüentos.
Pasaban las jornadas juntas y solas, horas silenciosas que llenaban con suspiros entre los escasos quehaceres que las entretenían. Aquella monotonía, que llegó sin aviso a sus vidas, sólo se rompía de vez en cuando, con los alegres gritos de María de Sollano anunciando los encargos que traía de Zubiete: hortalizas frescas y fruta que recibían agradecidas. En varias ocasiones llegó a compartir con ellas el puchero antes de tomar de nuevo el sendero de regreso. A Manuela le gustaba verla, escucharla y acompañarla un tramo. Era el único momento que se permitía alejarse de la enferma, y lo aprovechaba para preguntar por Juana o indagar sobre aquellos que partirían a tierra de Indias. Así supo que finalmente eran siete los jóvenes de Oquendo y Gordejuela que saldrían el próximo año para la Nueva España. La fecha en que dejarían sus casas todavía no se había fijado, pero todo apuntaba a que sería para principios de 1750. El Perú era otro de los destinos que se mencionaban por el pueblo, según le contó, y eso alertó a Manuela, que hasta entonces había confiado en que Txomin y Domingo Narciso se encontrarían en la Nueva España. Preguntó a Joseph por aquel lugar del Perú, y éste poco le pudo decir salvo que estaba lejos, demasiado lejos.
Cerca ya de la fecha de la Navidad la Sollano trajo a la casa de Joseph de Allende otro tipo de encargo, tenía que ver con el regreso de Manuela a Zubiete. Para Narcisa resultó un duro golpe, no se sentía con fuerzas aún de prescindir de la ayuda y sobre todo de la compañía de su cuñada. Joseph y Manuela trataron de demorar la marcha un par de semanas más, hasta que el requerimiento de sus padres se volvió una exigencia.
La quinta mañana de enero de 1750 María de Sollano se presentó en Ortuella con el cometido explícito de acompañar a Manuela a su casa. Nadie intuía las razones de tanta exigencia, pero la partida era inminente. Antes de iniciar el descenso por las imposibles escaleras aún sin arreglar, Joseph abrazó a su hermana pequeña por cuarta vez en su vida, y Narcisa, aunque triste, dibujó en su cara una sonrisa mientras les prometía que la primera hija que pariera llevaría con orgullo el nombre de su tía.
Nuevamente caminaba a un lado de la mula, y lo hacía despacio, con ese paso lento que la Sollano y su acémila nunca variaban, igual daba que subieran o bajaran. Entre las muchas cosas que la joven viuda pronunció durante el largo camino de regreso, Manuela sólo tuvo oídos y atención para dos. Supo que su primo Domingo de La Torre había salido de viaje hacia la Nueva España apenas una semana antes, y por más que trató de no pensar en ello, no lo logró. Hubo algo más: la noticia de su inminente traslado a la casa de Urrutia, en Isasi, bajo la tutela de don Manuel de Braceras.
Llegaron de noche cerrada. Una luz en la puerta anunciaba la impaciente espera de padres y hermanas. La negrura de las sombras obligó a la Sollano y a su mula a reposar los huesos en la accesoria, o al menos así lo pensaron los Allende, porque al alba ya no estaban donde las habían acomodado.
Manuela despertó con un calor en la piel que conocía bien. Había añorado su casa, los rincones de sus habitaciones, grandes y amuebladas, las escaleras amplias y ordenadas, las piedras de la fachada, el portal y la mirada de las ventanas despidiéndose del día que se esconde tras la montaña.