Marcelo
Capítulo 25. Cantinflas
La tarde anterior, Anna García se sintió por fin inspirada y comenzó a
teclear:
Antes de ser barman, Marcelo Hernández probó todos los oficios. Fue peón de
albañil y mensajero, tornero en una factoría de hierros, contador de impuestos, profesor de inglés, reparador de máquinas traganíqueles y emigrante. Y en este camino cayó herido varias veces y murió otras cuantas, pero tuvo la habilidad de resucitar siempre.
En la pantalla del ordenador de la reportera iban brotando párrafos sueltos.
Descripciones aisladas que Anna García aún no podía anticipar claramente
si habrían de pertenecer al arranque de la narración, al nudo de la trama o al
epílogo del libro. Era su forma habitual de confeccionar una biografía.
Dispersar cachitos de inspiración, retazos de la historia en un puñado de
líneas, que luego imprimía, recortaba y pegaba en tarjetones blancos de
cartulina. Fichas preciosas que, como perlas de un collar confeccionado a
mano, iba coleccionando hasta tener suficientes para empezar a ordenarlas
(por sensaciones, por momentos, por escenarios…) y engarzarlas con un
hilo narrativo.
Marcelo emigró a la Yoni. El lugar en donde a uno lo respetan, le dijeron.
«Bajas del avión —le comentó un compadre—, y ya te están ofreciendo un contrato. Llegas y eliges casa por muestrario: con porche y antejardín. Allá te proporcionan un coche bien chulo y te llenan los bolsillos de dinero. Y las galerías comerciales se asemejan a Disneylandia: con empleados sonrientes que agradecen a cada minuto tu presencia». «Have a nice day». Los precios de las mercancías se supone que son tan bajos que uno ha de controlarse para no comprar las camisas de cuatro en cuatro.
—Ordenar las emociones lleva su tiempo, Margaux.
Es lo que Anna intentó explicarle a su compañera de apartamento
cuando esta última la sorprendió, bien entrada la madrugada, con un mar de
tarjetas desparramadas por el piso del salón. Margaux, con la valija en la
mano, repeinada y a punto de partir hacia La Guardia para volar en un vuelo
nocturno económico a Los Ángeles a pasar el fin de semana de Acción de
Gracias en familia, y ella, con ojeras, despeinada e hincada de rodillas junto
al anillo solitario y pegajoso que había dejado de recuerdo en el linóleo el
bote de cerveza.
—¿Qué haces despierta tan tarde, mi niña? ¿No te toca trabajar mañana
en el diner? —le preguntó preocupada Margaux.
—Necesito adivinar en qué número de taburete solía sentarse el capitán
Caipiriña.
—Good luck —repuso su amiga dándola por imposible.
Se abrazaron. Se despidieron. Se desearon feliz día del pavo.
—Cuídate —le dijo Anna sabedora de que, por cada puñado de
personas decentes que circulan libres por los aeropuertos del mundo, se
cuela siempre de incógnito un sinvergüenza.
Margaux giró el pestillo de la puerta y sus pisadas se perdieron por el
pasillo. García retomó su actividad. No le importaba perder sueño. Cambió
una y otra vez de sitio los tarjetones impresos, como si de piezas de un
rompecabezas se tratase, con la esperanza de que, de pronto y por arte de
magia, su ordenación cobrase el apetecido sentido. Antes de iniciar cada
movimiento, se dedicaba a releer la ficha.
En el Oyster Bar, los asiduos a la hora del almuerzo no tienen nada en común
con quienes frecuentan la barra en la noche. Ocupan los mismos taburetes, beben idénticos cócteles e intercambian parecidas bromas, pero pertenecen a universos de Nueva York que nunca se entrecruzan. Sin embargo, ambos grupos están convencidos de ser la estirpe elegida por Marcelo: los únicos e irremplazables custodios de este viejo templo de Manhattan. Sin ellos: la nada. El «cerrado por traspaso». El olvido. Precisamente por eso, digamos que, por ejemplo, a quien ocupa el taburete número siete al mediodía ni se le pasa por la cabeza imaginar que alguien más pueda colocar sus posaderas con dignidad en el mismo banco a distintas horas. Dios todopoderoso nos libre de que alguna vez coincidan esas dos concurrencias al mismo tiempo en la barra porque, de producirse tan insospechado fenómeno, asistiríamos en pleno corazón de la estación central al comienzo de la segunda guerra civil.
A decir verdad, más que un puzle, aquel mar de papelitos se le antojaba a la
señorita García como un perverso caleidoscopio. Era mover de lugar una
simple nota y cambiaba por completo el hilo argumental. Un sencillo
desplazamiento y Marcelo pasaba sin dilación del drama a la comedia o
incluso, apurando, se adentraba en los insospechados confines de la ciencia
ficción.
—Los hechos son lo que son, Margaux, pero el cuento es bien distinto
según cómo ordene las fichas —justificó así Anna la caótica nevada de
papeletas sobre el piso del salón—. No es lo mismo reírse y luego chocar
con la farola, que chocar con la farola y después soltar una carcajada.
A modo de ayuda, como el comodín que ofrecen a los concursantes en
los programas de la televisión, la señorita García se había colocado a mano
dos carpetas. La una, con tapas de color azul, contenía las transcripciones
de todas las entrevistas que la reportera le había venido grabando a
Marcelo. Miles de líneas que saltaban sin contemplaciones del inglés al
español y del español al inglés con la frescura de quien está acostumbrado a
condimentar la vida en dos idiomas. Los recuerdos de Ecuador surgían
mayormente en castellano.
Mi madre era mono. Así le decían porque se crio en la selva. Se mudó de
Guayaquil, en la costa, a la ciudad de Ambato, cuna de las frutas y las flores, y allá escuchó cantar a un gordito que le resultó bien jocoso. Era mi padre. A los pocos meses se lo topó en el cementerio por el Día de los Difuntos y, tras intercambiar un par de miradas sin intención aparente, se decidió a presentarse.
—Le reconocí —le dijo.
—¿Acá en el cementerio? Me deja usted muerto —repuso él.
Se conoce que a mi madre aquel comentario le arrancó una sonrisa. —Le vi actuar hace meses y le he reconocido por su uniforme de músico —le
aclaró ella.
—No es uniforme, señorita, es que no tengo otra ropa que ponerme. Je, je, je…
A las memorias de Nueva York, sin embargo, les dio por manar de forma
espontánea en idioma anglosajón. Debe de ser que los recuerdos gustan de
presentarse en el lenguaje original en que acontecieron.
You learn no to take seriously the bar talk. —A Marcelo sus clientes le
prometen esto, le prometen aquello y Marcelo va respondiendo que claro, que seguro, que de a poco, pero sabe perfectamente que son puras fantasías. Por eso a
la hora del cierre, cuando les entrega la cuenta, les advierte de que el vuelo ha terminado—. This plane is landing, amigos. Back to reality.
La segunda carpeta que anoche descansaba abierta sobre el linóleo, a los
pies de Anna, tenía la cubierta blanca y guardaba dentro esquemas, índices,
diagramas, un árbol de familia y pintarrajos diversos que la reportera había
ido manufacturando para poder navegar por la vida de Marcelo, cuyas
aguas aún le resultaban bastante ajenas.
En la primera de las hojas del archivador, Anna había dibujado la barra
del bar. Dos líneas transversales y ocho circulitos que marcaban las
posiciones exactas de los asientos. En el centro, Marcelo era una rosa de los
vientos que indicaba la orientación de cada elemento con respecto al
barman. La repisa de botellas le quedaba al sur. El ventanuco de la cocina,
al mero este. El taburete seis, al noroeste. Algunos asientos venían
acompañados de anotaciones. Junto al tres ponía: «Peter Old Fashion,
cascarrabias del Open USA». Debajo del ocho: «John John Kennedy, bebe
negroni». Y así.
En la siguiente hoja aparecía una lista con nombres. Cada uno con su
correspondiente fecha de nacimiento al costado. «Marcelo, 1944». «Dylan,
1988». «Señor Wall Street, 1967». Pasabas página y te encontrabas
dibujados, en pequeñito y con trazos básicos de esfero, diecinueve tipos de
vasos. Desde la copa de ponche hasta la silver mug. Algunos, como la copa
de balón de brandi, con su respectiva traducción al español. Luego venía
una fotocopia de la biografía de James Beard, un plano esquemático del
centro de Quito y el menú de ostras del Oyster Bar.
Las últimas hojas correspondían a un índice temático que remitía a las
transcripciones originales de la carpeta azul. Por ejemplo: «Marcelo traduce
crónica de boxeo a su abuelita fumadora, página 35». O: «Encuentro con
Karen en Nueva York, páginas 203 y 204». Pero también: «El Oyster Bar
no abre los fines de semana, página 16». De esta última referencia había
extraído Anna el contenido de la siguiente tarjeta que releyó en voz alta:
—Mírelo por el lado positivo, Marcelo —quiso animar Albert a su compadre
ecuatoriano en su primer trabajo fregando cacharros—. En el Oyster Bar tenemos la fortuna de librar los tres días de la semana que terminan en «o». —Marcelo se rascó dubitativo la frente con el capuchón de su bolígrafo. Solamente le salían dos: sábado y domingo—. Sábado, domingo y… ¡feriado! —resolvió el enigma el
colombiano—. Je, je, je. Ventajas de trabajar en una estación de ferrocarril —le dijo—. ¿En qué otro bar escuchó usted que le den libre los fines de semana?
Antes de volver a depositar la cartulina sobre el suelo, Anna hizo un
recorrido aéreo sobre el resto de las piezas. Como cuando jugaba de
pequeña con las cartas al Memory en busca de parejas. El esfuerzo encontró
su recompensa y, al poco, consiguió hermanar la tarjeta que sujetaba en la
mano con otra que decía así:
Cada cliente que aparece de nuevas se cree el más importante. El primero a
quien servir. Claro que usted es el número uno —les da la razón el ecuatoriano—, pero hay otros quinientos números uno delante de usted. —Se refiere a los fijos—. Commuters procedentes de Connecticut o de la parte de arriba del estado de Nueva York que se detienen a tomarse unos tragos con Marcelo antes de montarse en el tren de regreso. Clientela que se renueva cada dos o tres años siguiendo un mismo patrón: llegan con ínfulas, se calman, aparecen todos los días, cambian de residencia o trabajo y desaparecen. Al principio la mayoría de los asiduos era hombres solteros; pero, hoy en día, Marcelo cuenta entre sus fieles también con muchas mujeres.
Anna se encontraba en racha. Le alivió comprobar que, de alguna manera,
comenzaba a hilvanarse aquel tapete. Entonces, le vinieron a la cabeza las
deliciosas tardes, a la vuelta del colegio en Madrid, en que su abuela
manchega le enseñó a hacer ganchillo. Las manos de la viejita en las agujas,
tricotando con rapidez vertiginosa alrededor del tapón de plástico de una
botella de vino barato, y la mirada pegada al televisor, pendiente de las
novelas. Suspiró y volvió al trabajo. De nuevo sentada frente a las teclas del
ordenador:
Marcelo ha tenido la dicha de servir en un establecimiento de categoría y no en
un localucho de baja alcurnia, con matones apostados en la puerta, donde las riñas son el pan de cada día. En el Oyster Bar, como en el Waldorf Astoria, la atmósfera es civilizada y en su barra Marcelo ha atendido a personajes fabulosos. Todos de la vieja guardia. A las nuevas figuras ni las reconoce. Se centró en una época y allá se detuvo. Tal vez su primera celebridad fuera don Mario Moreno, Cantinflas. Un señor muy tímido que, como muchos de los grandes, hablaba poco. Despertaba delante de una audiencia y se encerraba en privado. Hubo de prestarle el barman toda la atención del mundo para lograr escucharlo, porque el tipo no hablaba muy alto.
—Y a usted, señor, ¿qué se le ofrece?
—…
—¿Señor?
—…
—¿Qué bebida resultaría de su agrado, señor? —Se decidió el joven Marcelo a
acercar más su trompa a la del comediante para que este pudiera oírlo.
Mala cosa. Mario Moreno, partidario del distanciamiento social, se disgustó y
le pellizcó el moflete.
—No me grite, hombre… —protestó antes de despacharle a Marcelo con una
cachetada floja.
El barman se volvió guinda, pero reaccionó con entereza. Usó igualmente los
dedos a modo de palillos de la ropa para presionar en legítima defensa el carrillo del artista mexicano y le replicó imitando el célebre palique de su personaje cinematográfico.
—Pues ni grito, ni dejo de gritar, ingeniero… Pero es que, como dijo el de
Tolucas, que nunca dijo nada porque no le dio tiempo, a usted como que no se le escucha cuando menea la dentadura, don Mario.
—¡No toque al señor Moreno! —saltó alarmado en su defensa un gerifalte del
estudio de cine que lo acompañaba.
—No, no. Está bien —intercedió Moreno súbitamente transformado en el
simpático Cantinflas de la pantalla—. Sin enojarse, caballeros. Que se enojen los romanos, que para eso tienen pecho de lata, porque hay momentos en la vida que son verdaderamente momentáneos y ahí está el detalle: ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario. A sus órdenes jefe: sírvame una chela bien ceniza.
—Pucha… —suspiró el ecuatoriano aliviado.
—Usted y yo compartimos el mismo bigotito incipiente de mestizo —le
susurró don Mario alzando la copa de cerveza.
Y a partir de ese día congeniaron.
Anna lo dejó ahí. Apagó el ordenador y consultó la hora del microondas: las
dos y media de la madrugada. Recogió las tarjetas del suelo sin prisas.
Podía dormir hasta bien entrada la mañana porque, Acción de Gracias, este
año le tocaba celebrarlo a solas.
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