Marcelo
Capítulo 3. La española
—Definitivamente, tú hoy no. —Aparta a un lado en la tercera gaveta la
corbata burdeos engalanada con cazabombarderos con la que Marcelo
triunfó en su barrita del Oyster Bar durante la celebración del Memorial
Day.
A continuación pasa por alto la de las velas de windsurfing, cuya
procedencia no recuerda, y también rechaza, aunque no puede evitar
detenerse a experimentar el suave tacto del plástico con que está
confeccionada, la elegantosa corbata estampada con caballos de carreras
que siempre reserva para celebrar el Derby de Kentucky.
Estos dos cajones vienen a resumir la biografía de Marcelo en la ciudad
de Nueva York. Cincuenta y cinco años narrados corbata a corbata. Cada
tira, como las canciones, asociada a un momento particular de su existencia.
A un beso. A un desengaño. A una pérdida. Todas ellas, siguiendo fielmente
el calendario festivo de Gringolandia. Barras y estrellas para el 4 de julio.
Calabazas y fantasmas para Halloween. Gnomos y tréboles para San
Patricio. Pelotas de baloncesto para la Final Four. Raquetas de tenis para el
Open USA. Pavos para Acción de Gracias. Conejitos para Pascua. Renos
con nariz roja para Navidad…; pero, por lo que se ve, nada que le motive
especialmente para dotarle de sentido al día de hoy.
—Ese es el problema de la USA —se quejó la Delia con sarcasmo una
mañana de domingo que platicaba con su hermano en el patio de la casa—.
Acá tienen demasiado donde elegir. Tanto que la gente se pierde.
La Delia estaba en lo cierto. ¿Cómo se podía dedicar un pasillo
kilométrico del supermercado solo a distintos tipos de cereales para el desayuno? En el Ecuador de su infancia, la palabra «zapatos» iba en plural
porque venían de dos en dos, izquierdo y derecho, no porque uno dispusiese
de varios pares debajo de la cama. Ni mucho menos. De este modo, a uno
no le podían entrar dudas a la hora de calzarse.
—¿Se acuerda, ñaña —rememoró a cuenta de esto Marcelo—, de
aquellas sandalias que me hacía poner mamá de niño? Me quedaban tan
apretadas que, cada vez que me las quitaba, parecía que las seguía llevando
puestas del daño que me hacían.
—Ave María…
—Ja, ja, ja… —Sacude la cabeza de nuevo ahora el barman
rememorando con melancolía aquel pequeño detalle de infancia cuando, de
pronto, descubre a su presa.
—¡Pero si hoy son los Grammy! —Le viene el titular a la cabeza
mientras, como si de un cazador de anacondas se tratase, extrae de la gaveta
con precaución una tira ancha estampada con guitarras eléctricas.
—Es lo malo que tiene esto de vivir solo, Marcelo: que termina uno
hablando con los muebles —le confesó una noche el capitán Caipiriña al
barman—. Yo, acá donde me ves, tan marcial, tan condecorado por el
Pentágono y todo eso, converso en mi cocina con la loza. Pongo voz de
dibujos animados y le digo: «Bueno, tacita, gracias por el café. Ahora te
voy a meter en el lavavajillas, pero no tengas miedo, ¿eh? ¿Ves qué bien?
Tú no te preocupes, tacita, porque, estando yo acá, nadie te va a procurar
ningún daño. Ale…».
Termina el barman de ajustarse las guitarras con un estiloso nudo
windsor, cuando amanece la Delia.
—Buenos días, hermano.
—Buenos días, ñaña.
—¿Durmió bien?
—Sí, de un solo lado.
—¿Ya tomó su cafetito?
—Recién lo apuré nomás.
Marcelo se pertrecha adecuadamente para el clima destemplado de la
calle. El abrigo. El gorro. La bufanda. Los guantes.
—Parece mera cebolla, con tantas capas, ñaño —bromea su hermana.
—¿Le quedó quina para la compra? —Se lleva la mano a la billetera el
barman.
—Ando más pelada que una pepa de guaba, Marcelo.
—Acá le dejo algo de plata. Que tenga buen día.
—Igualmente, hermano. Dios primero.
Marcelo agarra la pequeña bolsa de deportes en la que pasea sus
pertenencias (calzado de recambio, una guía para preparar cócteles de
referencia, un peine, una pastilla de jabón y una toalla y los audífonos para
escuchar música) tira del portón y se baraja.
—One, two, three…
Como cada mañana, torpemente agazapado tras el visillo de la ventana
de su cocina, el vecino mexicano que levantó el muro junto al baño y que se
revienta cada noche la madre para ganarse un salario digno en el Coach
House Diner de North Bergen le observa salir. El charro acaba de regresar,
lleva un horario contrachapeado con el mundo y, como cada mañana, antes
de calentar el colchón vuelve a convencerse de que su compadre, el señor
Hernández Salcedo, padece un trastorno obsesivo compulsivo de la
personalidad.
—Four, five, six…
Lo piensa al escucharlo un día más contar meticulosamente, en alto y
uno a uno, los escalones que separan su vivienda del nivel más bajo de la
calle.
—… seven, eight, nine.
El resultado del conteo vuelve a dar inexorablemente nueve. Lo que el
cotilla del vecino desconoce es que enumerar con tanta parsimonia las cosas
es un truco que le enseñó a Marcelo su padre la primera vez que lo llevó a
verle ensayar con su banda a un club de jazz. Acababa de cumplir el
muchacho diez años. La edad en que los pobres se hacen adultos.
—Cuente usted los árboles, las piedras, los picaflores, mijo. Es el modo de
fijarse en ellos y de demostrarles que uno les tiene estima.
Más allá de comprobar que los nueve peldaños continúan inamovibles en su
sitio, Marcelo detecta, gracias a esta infalible táctica, una nueva fisura en el
último de ellos: un desgarramiento por el que puede colarse agua de lluvia
que, al congelarse, reventará sin contemplaciones el cemento.
—Si uno no mira, no ve —cavila el barman—. El domingo toca
bricolaje.
Tendrá que acercarse a Lowes en el carro. O mejor a Home Depot. Sale
algo más caro, pero los materiales que sirven presentan mejores calidades.
—Prepárese para el viaje —le anuncia al desconchado auto que ocupa
prácticamente la totalidad de la entrada del garaje, protegido de las
inclemencias del tiempo por una capota de lona y de los delincuentes por
una verja de hierro.
En este barrio todo el mundo vive enjaulado. Acá los malhechores
tienen acceso fácil a un arma y la Policía no ha alcanzado celebridad,
precisamente, por presentarse con puntualidad a las llamadas de auxilio. Si
es que se dignan a personarse. Algunos ya prefieren no marcar el 911
porque a veces el remedio es peor que la enfermedad. Enfrente no más, en
el mero asfalto, se dice que un agente del orden ahogó al hijo adolescente
de una morena.
La calle hoy está botada, piensa Marcelo. No hay nadie. La calzada la
ha tomado al asalto un vendaval gélido que vierte del mar y que, de
sopetón, devuelve al andino a la cruda realidad de los duros inviernos en la
costa este de Estados Unidos; no vaya a ser que Marcelo hubiera
contemplado la posibilidad de olvidarse.
—Pucha… —se queja.
El barman sujeta firme con la mano el cuello del abrigo e inicia la
caminata con ese andar dificultoso, chanchaco, con el que se acostumbró a
trepar la cordillera. La Ciudad de Jersey no será San Francisco, pero
también tiene sus cuestas.
En la parada del 320 aguardan impertérritos, quizás por efecto de la
congelación, los mismos rostros de cada mañana. El señor metiche. El
matrimonio carapalo. La estudiante malcriada. La doña simpática…
—Buenos días.
—Morning.
«Estos al menos viajan», recapacita para sí Marcelo al colocarse en la
fila.
El veterano emigrante es consciente de que todavía encuentra paisanos
en Nueva Jersey que jamás han cruzado a Manhattan.
—El negocio de hostelería anda flojo en América, Marcelo. Te lo digo yo,
que lo veo con mis propios ojos. Entramos en recesión. No hay clientes.
Esa es la retahíla de quejas que le repite machaconamente, noche sí y
noche también, Ataúlfo, el camarero de Oaxaca. Su vecino el espía.
Marcelo trata de cerrar su barra en el Oyster a eso de las once. Se pone a
recoger y, pasada la media noche, si no tiene que arrastrarse al catre
extenuado, se presenta en el Coach House Diner de North Bergen, que le
queda a un tiro de piedra de su casa, a ver a Ataúlfo y a alegrarse el
estómago con un bol de sopa caliente.
—¿Que no hay clientes en América, Ulfo? Pues cruce usted alguna vez
el río Hudson y pase a Niuyork como yo, hombre de Dios. Ya verá la
cantidad de clientes que se encuentra. Hoy no he parado un segundo de
servir comandas. Una tras otra todo el santo día.
—A mí no se me ha perdido nada en Manhattan, Marcelo —refunfuña
el mexicano.
El ómnibus no tarda en aparecer. El servicio es fiable y hace poco que la
compañía de transportes reemplazó por fin la flota. Ya era hora, la verdad,
porque los vehículos se habían convertido en pura chatarra. Se dice que en
un trayecto perdieron a un pasajero que se coló por un hueco de los bajos.
Los buses se caían a trozos como se están cayendo ahora los puentes. Y las
carreteras, que son también meros hoyos. Nadie quiere pagar impuestos. Se
conoce que la gente viene a Estados Unidos a hacer plata, no comunidad.
Marcelo saluda al tipo que conduce y encuentra enseguida asiento. Lo
habitual porque Washington Park es principio de trayecto. En este commute,
sacarse el premio de la New York Lotto no consiste en conseguir asiento,
sino en que el acompañante que le toque a uno en suerte le deje tranquilo y no le obligue a darle palique. Como todos los ecuatorianos originarios de
las montañas, el barman no salió muy charlatán y, además, bastante le toca
hablar ya en el trabajo como para tener que darle conversación también a
quien se siente a su lado cada mañana en el 320.
—¿Quiubo?
Ya estamos. Marcelo no contesta. Se hace el loco. No desea parecer
antipático; pero la realidad es que, fuera de su puesto en el bar, nunca
resultó muy amigable. Prefiere guardarse las energías para la barra.
Además, los gringos te sueltan sin reparos sus emociones. A quemarropa.
«Mi marido me hizo esto», «Mi pelada no me quiso hacer lo otro», y
Marcelo tampoco es capaz de asimilar tantas intimidades.
—Murió mi madre, ¿sabe?
—Ajá.
—No me hablo con mis hermanos.
—Ajá.
—Llevo dos años sin hacer el amor con mi pareja.
—Ajá.
En el mundo hispano es distinto. Afuera salen los chistes, pero lo
privado se deja a resguardo en casa. Si topas con alguien conocido por la
calle, no comentas y, si me apuras, en lugar de saludarlo con un «hola», lo
despides directamente con un «adiós» para evitar que se detenga a
conversar, no vaya a tirar del hilo. En Estados Unidos ocurre todo lo
contrario. Si tú le preguntas a un desconocido cómo está, a la mínima te lo
detalla. Con pelos y señales.
—Murió mi madre y apenas alcancé a mencionarle que soy gay.
El misterioso acompañante insiste en hacerle partícipe de sus íntimas
confidencias.
—Ella me reconoció que lo había sabido toda la vida y que me
respetaba y me quería lo mismo. Que yo era su hijo. ¿Se imagina? Qué
estúpido fui por ocultarle sin razón durante tanto tiempo… Se murió ella y
sentí que el que se moría por dentro era yo. Así como se lo digo, caballero:
soy un cadáver andante.
Marcelo se voltea para consolarlo, pero el tipo ya no está. Se acaba de
bajar en la parada del Fallen Soldiers Memorial y, en su lugar, ya otra chica ocupa el asiento.
La nueva acompañante resulta ser una joven chismosa que le pregunta
de dónde viene, adónde va, a qué dedica el tiempo libre. Marcelo responde
rápido por quitársela de encima. Que es ecuatoriano. Que se dirige al
trabajo. Que necesita descansar.
«¿Qué caso tiene darle cuerda a esta man?» Justifica su silencio el
barman antes de desconectarse del mundo por completo seducido por la
música de sus auriculares.
Don José Hernández, Míster Otto, quiso convertir a su primogénito en
intérprete profesional y, aunque el experimento resultara un fracaso,
ciertamente sirvió para infundir en Marcelo una apasionada atracción por
las composiciones melódicas. Primeramente llega a sus oídos Río Bravo,
interpretada por el inmortal Dean Martin. Después viene Guantanamera en
versión de Pepesito Reyes y le sigue Palomita guasiruca del nicaragüense
Carlos Mejía Godoy en compañía de los de Palacagüina.
—El Ecuador está ahora guay, mucho mejor que España —consigue
hacerse escuchar por fin, elevando su voz sobre los primeros compases de
El último vals interpretado por The Band, la pasajera espinaca.
—Vaya —recapacita reconfortado el barman—. Tuve que esperar
setenta y cuatro años para poder escucharle a una hija de la madre patria
afirmar eso.
—No, en serio. Tengo bastantes amigos que se mudaron a Quito en
busca de mejores oportunidades para no comerse un marrón en Madrid.
A Marcelo le aflora la misma sonrisa pícara que le brotó la tarde en que
la escuadra nacional del Ecuador le ganó a la del Perú por goleada.
A la entrada del Lincoln Tunnel el bus queda definitivamente atascado.
Se forma el consabido embudo y los conductores olvidan sus modales y
comienzan a pegar bocinazos; como si sus gritos sirvieran para ayudarlos a
adentrarse con mayor agilidad por el agujero negro.
—El Lincoln Tunnel es lo más parecido que yo he visto al túnel del tiempo
—le confesó el barman a Soledad O’Brien, la prestigiosa presentadora del I
Am Latino in America, la vez que fue invitado a hablar de mojitos, piscosagüers y otros combinados hispanos en el programa que ella grababa
en el Museo del Barrio.
—Interesante. ¿Y cómo así? —mostró curiosidad por el comentario
sobre el largo túnel la O’Brien.
—Cuando lo atraviesa uno, de pronto sale a otra dimensión —aclaró
Marcelo—. Verá, señorita: Niuyork es cien por ciento frenética, mientras
que, Niujersey resulta más joumy. Más acogedora. En Manhattan trabajas y
te diviertes. Acá, en Jersey City, siente uno que está en casa.
—Ajá.
—El cuento fácil para la gente de Niuyork consiste en reírse de los de
Niujersey y despreciarnos —continuó su relato el barman—. Estamos
hartos de escuchar que si el agua de Jersey está contaminada por fábricas
malolientes; que si las playas de Jersey están tomadas por güidos,
italoamericanos con cadenas de oro macizo sobre el torso peludo; que si
nuestras desesperadas mujeres se desviven por unos pechos de silicona…
pero la realidad es otra. Muchos de los grandes nombres que este país ha
dado al mundo han nacido en nuestro estado jardín: Bruce Springsteen,
Buzz Aldrin, Danny DeVito… ¡Si hasta la madre del alcalde Bloomberg,
por favor, fue mi vecina durante muchos años…!
Finalmente, a embestidas, el ómnibus impone la autoridad de su tamaño y
despacha turismos a la cuneta para adentrarse en el túnel. Marcelo pretende
haberse quedado roque, pero la española, que anda con el ojo pelado y le ha
visto manipular el celular para cambiar de canción, decide volver a la carga.
—Vale, entonces dice que va usted a trabajar…
—Así es —se resigna al interrogatorio el barman por no parecer
trompudo—. Voy al Oyster Bar. ¿Lo conoce? Llevo cincuenta y cinco años
haciendo este mismo trayecto y de momento no he fallado ni un solo día.
—¡Joder, sí que se pone usted las pilas! —reacciona alucinada su
acompañante con una expresión castiza que el de Quito viene a interpretar
como un «bueno es el cilantro, pero tampoco es para tanto».
—Ni siquiera solicité la baja la tarde en que el oftalmólogo me aplicó
unas gotas que me dilataron sobremanera las pupilas, señorita —confirma con orgullo el menudo barman—. Como no era capaz de distinguir las
etiquetas de las botellas, tuve que servir las copas de oídas. Je, je…
—Je, je, je… —rio la anécdota contada también en el Museo del Barrio la
periodista Soledad O’Brien—. ¿De verdad, Marcelo, que no ha fallado a su
puesto de trabajo ni un solo día en cincuenta y cinco años?
—¿Y cómo podría? —suspiró taciturno el emigrante ecuatoriano—.
Trabajar es lo único que sé hacer.
Soledad cerró un instante los micrófonos y dejó que sonara un rato El
camisón de Pepa, un simpático bolero de Machín interpretado por Compay
Segundo. Cincuenta y cinco años sin faltar un día. ¿Se hallaría entre el
público alguno de esos individuos estereotipados que se empeñan siempre
en asimilar lo latino a la vagancia?
Volvió a encenderse el foco verde en el escenario. El regidor elevó el
brazo. Aplausos.
—Dizque afuera, acá en la calle, yo, Marcelo Hernández, ya no soy el
barman del Oyster Bar. En la calle soy tan solo un perro más en aguacero.
Otro emigrante hispano que tiene que soportar comentarios harto
desagradables a su espalda.
La O’Brien bajó dos estudiados tonos el pitch de su narración.
—¿Y qué es lo que usted escucha a su espalda, Marcelo? —preguntó al
tiempo que posaba levemente su mano sobre la de su interlocutor en un
gesto cariñoso de comprensión y apoyo.
—Se escucha bien feo —se disculpó con pena el barman.
—Es importante que se sepa… —insistió con el aliento entrecortado la
entrevistadora.
Marcelo se tomó una pausa antes de atreverse a reproducir con
literalidad los comentarios.
—¿Por qué no vuelves a tu infesta ratonera, spic? —recitó con pena—.
¿Acaso viniste a robarnos el empleo? Esto es América, beaner, y acá
hablamos inglés.
—Y acá hablamos inglés… —repitió como un eco de la conciencia la
locutora.
—Sí, claro que vinimos a hablar inglés, pero ¿solamente inglés? —
Alargó los brazos al público repentinamente Marcelo—. ¡Por favor, señora
O’Brien, si en mi casa de Jersey City hasta mi perro es bilingüe!
La presentadora hizo un gesto al realizador y el hombre cambió a rojo el
color de la lamparita del escenario. Sabía de sobra que los silencios son
capaces de transmitir una emoción mejor que mil palabras consecutivas.
—Por supuesto que hablamos también inglés —se apresuró a aclararle a
micrófono cerrado el barman—. Lo que ocurre es que, si no naciste con el
inglés como lengua materna, cada vez que abres los labios en público el
acento te delata y te chingaste. Nada más arrancar a hablar ya te cayó el
estereotipo.
—A mí su acento me resulta sumamente atractivo…
Marcelo no pudo evitar ruborizarse. Compay Segundo seguía a lo suyo.
Qué bonita se ve Pepa
con su camisón,
paseando por la Alameda
y por el Malecón…
—Los acentos son como los colores de la paleta de un pintor y dicen mucho
de las personas —resonó, ahora sí ya por el micrófono, la reconocible voz
de Soledad O’Brien.
—Yo siempre digo, señora, que, si alguien habla en inglés con acento,
hemos de tratarlo con admiración y respeto porque eso significa que,
cuando menos, sabe hablar otro idioma.
—¿Qué color diría que tiene su acento, Marcelo?
—Ah, bueno… Tendrá la musicalidad que uno no puede evitar. Los
nacidos en la cordillera de los Andes, a casi tres mil metros de altura, se
supone que debemos adecuar nuestros pulmones para oxigenar mejor y por
eso, se conoce, nos acostumbramos a sacar las frases más bien cantaditas.
—¿Alguna vez se vio enganchado en una pelea verbal con sus
agresores? —regresó la conversación la comunicadora al punto anterior.
—No es fácil —meditó Marcelo—. Suelen ir en piña, como los coyotes,
y se las arreglan bien para meterle a uno miedo. Ahora hay un grandullón
maleducado con el que coincido en el diner al que voy a cenar. Un tipejo
que, últimamente, parece haberla tomado conmigo.
—No entiendo cómo la gentuza que viene de países corruptos nos quiere
dar lecciones de democracia a nosotros —soltó inesperadamente y con un
aire de desafío en la mirada el pata que apuraba un whisky junto a Marcelo
en la barra del Coach House de North Bergen.
Al otro lado, Ataúlfo se secó el repentino exceso de sudor de las manos
en el mandil y tragó saliva por toda respuesta.
—Lecciones de libertad a nosotros, la nación más libre de la tierra.
¡Ja!…
Aunque el acosador no se dignaba a mirarlo, Marcelo supo enseguida
quién era el destinatario de su envenenado comentario y lo sintió como un
escupitajo en la trompa. Lo estaba viendo venir desde que apareciera con
aires intimidatorios, se despojara con chulería de su gorra roja con el
acrónimo MAGA (de Make America Great Again) y la colocara en la barra
demasiado pegada al plato de Marcelo como para no considerarlo una
ofensa. Había detectado también desde el principio sus miraditas de refilón,
cargadas de superioridad y desprecio, y los gestos de asco evidentes que le
había dedicado al plato de sopa de tortillas que el ecuatoriano apuraba para
reponer fuerzas tras una larga jornada en el Oyster Bar.
—¿Por qué, en lugar de venir a darnos lecciones, mejor no regresan y
ayudan a reparar los infestados antros de perversión y vicio de los que
vinieron? —le soltó de sopetón con voz agria.
—¿Serías tan amable de entregarme por ahí la cuenta, Ulfo? —pidió
Marcelo con discreción a su vecino en un intento de quitarse de en medio
cuanto antes y evitar el enfrentamiento.
—Hey, acá tienes que hablar en inglés, mi amigou —le recriminó
envalentonado el maltón—. Esto es Estados Unidos.
—Oká —alzó Marcelo ambas manos en son de paz.
—Here —le presentó el tíquet de su consumición el camarero.
Marcelo pagó su deuda en metálico y se incorporó con intención de
marcharse, pero el faltoso buscaba pelea y, visiblemente irritado, saltó del
taburete para cortarle el paso.
—Do you no com-pren-de, hom-bre?
—Me hubiera gustado haber tenido valor para plantarle cara —le confesó
Marcelo arrepentido a la O’Brien en el escenario del Museo del Barrio—.
Pero, lo mismo, el tipo me hubiera arrancado la cabeza. Es mucho más
fuerte y mucho más joven que yo. ¿Quién sabe si llevaría un arma? Está
uno harto de ver en las noticias de este país a gente que asesina por nada:
porque tal vez lo miró alguien mal en un pub, porque le quitaron la plaza en
el parqueadero… Acá no existen derechos sociales. Las personas con
problemas mentales no están asistidas. Ni hay hospitales psiquiátricos, ni
los quieren sus familias. Dicen que si fracasaron es su problema. Que se
hallan sin techo por decisión propia. Así que andan todos sueltos por las
calles. Como perros callejeros. Tristemente, no puede uno arriesgarse.
—Pero ¿qué le hubiera gustado decirle a su agresor, Marcelo? —insistió
la de Long Island.
—A lo mejor…
—Si…
—A lo mejor… a lo mejor esto: «Mire usted, caballero, por muchas
vueltas que quiera darle, usted y yo somos igual de estadounidenses. Yo,
como usted, tengo mi pasaporte y mis papeles en regla. Pago igual que
usted mis impuestos. Ambos compartimos por igual derechos y
obligaciones. Y cada uno gozamos de la libertad de poder expresar
libremente nuestras ideas, aunque no las compartamos. Desista ya de buscar
lo que nos divide y trate de entrever lo que nos une, porque la única
diferencia que existe entre usted y yo, si me permite una observación de
profesional de la barra, es que usted chupa el scotch con agua porque su
origen es anglo y yo lo tomo con soda por ser hispano. Eso es todo».
Era lo que Marcelo Hernández Salcedo hubiera gustado argumentarle al
racista de North Bergen. Pero no se atrevió a decírselo. En su lugar
permaneció en silencio y solo acertó a acelerar el paso con las piernas en
temblequera mientras la voz del grandullón retumbaba como un saco de
truenos a su espalda.
—Go back! ¡Muéstrame tu pasaporte americano o vete a tu maldito
país! ¡A-di-ous!
Ataúlfo recogió los dólares depositados por Marcelo en el platillo y, tras
realizar el requerido recuento, en cuestión de segundos pasó de
experimentar verdadera compasión por su buliado vecino a sentir ganas de
cometer un homicidio involuntario en segundo grado.
Resulta que, con los nervios, el barman del Oyster Bar había calculado
mal la propina y le había dejado al charro apenas un cinco por ciento.
Marcelo acababa de cometer, posiblemente, el crimen más deleznable de
cuantos tipifica el código penal de la Unión: una felonía del tipo C. Para
Ataúlfo en asuntos de propina el aforismo era bien claro: no tip, no mercy.
En otras palabras: si no dejas suficiente, te chingamos. Te escupimos en el
plato o en la capucha del abrigo. Vamos, hombre, que todo el mundo
conoce las reglas. Los camareros reciben un salario mísero y viven de las
propinas.
—Si son los santos que, aun siendo santos, no se molestan en hacer
milagros salvo que uno les deje limosna en la peana —reflexiona enojado el
vecino cotilla—, pues imagínese usted yo, mano. Si a mí no me dan
propina, ni me meneo.
No era para menos. Dejar por debajo de un doce por ciento, como le
había ilustrado Marcelo en una ocasión a su propia hermana, se consideraba
una canallada digna de un hijuefruta mal nacido.
—¡Port Authority! ¡Final de trayecto! —vocea puesto en pie el conductor
del ómnibus.
Marcelo saborea el Ripple de los Grateful Dead en sus cascos. Una
canción que lo transporta a un sueño del que trata de deshacerse ahora
desorientado.
—¡Port Authority! —insiste el hombre.
Marcelo se incorpora, mira a su alrededor confuso y, ante el estupor de
los pocos pasajeros que aún quedan, les pronuncia un sentido discurso
elevando su voz por encima de la música.
—Muchas gracias, señoras y señores, por este premio. Solo puedo
decirles que me siento un privilegiado por tener la fortuna de aprender cada día de las lindas personas que visitan mi barra. Nada más. Y a todas ellas
les digo: «Muchísimas gracias, de todo corazón».
La inesperada perorata produce disparidad de opiniones entre el
público. Desde el «¡usted chispotea!» de la esposa carapalo, al caluroso
«Jungle fever!» de la morenita que alza un pulgar en señal de aprobación.
El conductor se encoge de hombros y vuelve a asombrarse, una vez
más, de la cantidad de locos que predican en voz alta por las calles de su
ciudad. Sintecho por vocación, ya dijimos.
—Pucha, se me zafaron los cables… —Se retira azorado Marcelo los
audífonos.
—¿Se encuentra usted bien? Por un momento se le fue la pinza —se
preocupa la española.
Marcelo la mira aturdido, mientras ella se hace cargo de la bolsa
deportiva que el barman ya se dejaba olvidada en el suelo. Es pequeña, de
piel sintética de color blanco y con la inscripción «MUNICH 1972» en letras
negras junto al símbolo de un sol acaracolado.
—¿Me puede usted guardar un secreto? —ruega Marcelo.
—Seguro —confirma la joven mientras le ayuda a recorrer el pasillo
hasta la puerta.
—Je, je… —se le escapa una risilla a Marcelo—. Es que andaba
despistado en mis cosas y solté la frase de agradecimiento que tengo
preparada para cuando me entreguen el Oscar. ¿Le pareció adecuada?
La explicación del barman deja seca a su joven acompañante.
—¿El Oscar? Yo lo flipo.
—Por la película de mi vida. Basada en mis vivencias, se entiende. De
momento no están escritas, es solo un modesto sueño. Ni siquiera he
comentado la idea con mi compadre Albert…
—¿Albert? —pregunta confundida la española por el inesperado
aluvión de datos.
—Tiene que conocer usted a Albert algún día. Le va a gustar. Es el
cajero del Oyster Bar y lleva allá exactamente los mismos años que yo.
Cincuenta y cinco. Ambos competimos por arrebatarle el récord a Papa
Díaz, ¿sabe?
—Papa Díaz… Lo siento, pero no estoy al loro —se excusa cada vez
más desconcertada la joven.
—Oh… Papá Díaz era un dominicano bien entregado a su oficio. Se
jubiló después de cincuenta y seis temporadas en el Oyster. Ostenta el
récord absoluto de permanencia.
—¡Joder, tío!
—No está mal, ¿verdad? Pues Albert y yo nos hemos propuesto
destronarlo. Ya veremos quién de los dos se lleva el gato al agua.
—Marcelo, ojalá que tenga suerte —le desea con sinceridad la joven al
iniciar la obligada despedida y tras comprobar aliviada que el barman se
maneja de nuevo con soltura.
—Dizque arar en el mar no puede causarle mal a nadie, ¿verdad,
señorita? —sonríe Marcelo tendiéndole con cordialidad su mano.
La viajera, conmovida, prefiere plantarle dos besos en las mejillas.
—Así es la costumbre de España —le indica quitándole importancia a
un acercamiento físico que para muchos estadounidenses resultaría
intimidatorio.
—Muy linda costumbre —responde halagado Marcelo.
La española le hace entrega de su bolsa deportiva y de una tarjeta de
negocios.
—Ah, caray. Qué cabeza. Gracias.
—No me presenté, soy periodista. Me llamo Anna y trabajo de reportera
para El Diario, el periódico en español de Nueva York. Así que, igual, si no
le importa, me dejo caer por el Oyster Bar un día de estos a tomarme una
birra.
—¿Reportera? —Revisa ufano la tarjeta—. Entonces, señorita, usted
entiende bien de qué vaina le estaba yo conversando. Mire, si me guarda
otro secreto, antes de que se marche le confesaré que tengo incluso pensada
la música para los títulos de crédito: Ripple, de los Grateful Dead. ¿No le
parece adecuada?
Mientras aguarda respuesta, Hernández barrunta si, como solía
mantener su padre, este fortuito encuentro con la súbdita de España no
podría ayudarlo a propulsar de manera inesperada su sueño.
—Cada encuentro con una persona, mijo —le había explicado en más
de una ocasión don Otto—, es como un punto dibujado sobre una lámina de
cuaderno en blanco. No dejes de darle importancia a ninguno de ellos por
nimios que te parezcan en el momento en que se produzcan, pues todos y
cada uno de ellos te resultarán imprescindibles cuando llegue el tiempo de
unirlos para formar sobre el lienzo el dibujo de tu propia existencia.
—Vale. Adiós, señor Marcelo.
—Quedo a la orden, pues, señorita… García.
OceanofPDF.com