Marcelo

Guillermo Fesser · Capítulo 4 de 36

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Marcelo

Capítulo 4. Grand Central

 

 

En el vestíbulo de la estación central, el agente de policía Brian O’Connor

reprende a un millennial por retozar en los escalones que conducen a la

tienda de Apple.

—Ahueca el trasero, pana —le recrimina el chapa con cara de disgusto.

—Dude… —protesta el muchacho haciéndose el remolón.

—¡Largo! —refuerza el tono de su amenaza el policía acariciando el

mango de la porra.

—Peace, dude… —Se recoloca las gafas de pasta, eleva las manos en

son de paz el importunado hasta dejarlas a la altura de un gorrito de lana,

enmohecido por las pocas ocasiones en que ha visitado una lavadora, que le

embute la cabeza.

—¿No me has oído o es que te crees la última Coca-Cola del desierto,

chaval?

El millennial finalmente acata las órdenes y se incorpora, pero a cámara

lenta. Por dinamitar la paciencia del uniformado. La Yoni es un país libre,

«home of the brave and land of the free», y aquí uno puede permitirse el

lujo de no dejarse amedrentar por un guachimán. Siempre que tu raza, tu

etnia y tu lugar de nacimiento hayan sido los adecuados, claro.

—En fotografía debemos de acostumbrarnos a aplicar la regla de los

tercios a la hora de componer objetos —sigue fielmente el joven desalojado

las instrucciones de su profesor de diseño en la Universidad de Parsons.

Eleva su iPhone, dándole la espalda desafiante al agente del orden, y apenas

tarda unas décimas de segundo en encontrar el encuadre.

«Horizonte bajo: dos tercios de cielo y uno de suelo», recuerda antes de

disparar el selfi.

—Lit —aprueba el millennial la composición mientras sube con el dedo

gordo la foto al firmamento o a donde quiera que quede la dichosa nube esa.

El autorretrato aparece casi de forma inmediata en una cuenta de

Instagram que él decidió bautizar con el nombre de @mothhole, «agujero

de polilla», en homenaje al roto deshilachado que preside el centro de su

inseparable gorro, un avispero del que no se desprende ni para tomar el sol

en verano en las playas de los Hamptoms.

El hemisferio izquierdo de la fotografía lo ocupa en su totalidad, en

primerísimo plano y meditada pose, el autor del retrato. Los millennials,

como el burro, siempre delante para que no se espanten. En la mitad

derecha, se vislumbra en el background (que es lo que venía llamándose «el

fondo» de toda la vida) la enorme bandera federal que preside el lobby de la

estación. Justo debajo de ella, aparece en plano americano el malencarado

agente.

«Llamamos plano americano a ese encuadre algo más abierto que el

plano medio, aunque sin llegar a la amplitud de uno general, que surgió

durante el rodaje de los wésterns para que pudieran apreciarse las pistolas

de los vaqueros en la pantalla», recuerda el joven que le explicaron en el

máster de diseño mientras repasa la composición fotográfica.

Todo muy estudiado. Perfectamente balanceado porque la llamada

generación Y se prepara a conciencia las improvisaciones. Por eso, al

millennial casi le entra un ataque de ansiedad al detectar que se le ha colado

un intruso en su selfi.

—What the f…! —exclama al descubrir que, por detrás del agente del

orden, en la mera esquina y de cuerpo entero, aparece un tipo con pinta de

muñeco de futbolín que saluda descaradamente a cámara.

—Morning, Brian —llama la atención del poli Marcelo sacudiendo en

alto los dedos cual sonajero.

—Nada de buenos días —le contesta sarcástico O’Connor mientras

sigue con la porra los movimientos del chaval, que se pierde escalones

abajo, dando pasitos de baile como los protagonistas de El mago de Oz en

su periplo hacia la Ciudad Esmeralda—. Menudo tocapelotas.

El agente se vuelve hacia el barman.

—No sabes cómo echo de menos los viejos tiempos, Marcelo…

—A su madre los viejos tiempos… —se persigna el barman—. Déjese

usted de nostalgias que, cuando yo empecé a trabajar en el Oyster Bar, la

Estación Central parecía la entrada al infierno.

—¿La entrada? Dirás más bien el propio infierno —le corrige Brian.

—No me lo recuerde, por favor. Si entraba uno en los baños públicos, se

arriesgaba a no salir con vida.

—Pues eso: ¡tiempos memorables! No como ahora que, con tanta visita

programada y tanto puesto de comida nórdica, la han convertido en

Disneylandia. ¡Que yo soy policía, coño, no Mickey Mouse para vengan a

tomarse fotos conmigo los turistas!

El barman ríe el agrio comentario del poli.

—No me creo que eche tanto de menos aquella bulla, Brian.

—Pues créaselo, Marcelo… —suspira melancólico el de uniforme azul

—. Cuando yo ingresé en el cuerpo, ser oficial de policía en la ciudad de

Nueva York resultaba estimulante. Había prostitutas chinas en el distrito del

Meat Pack, los gais celebraban leather parties escondidos en los

contenedores de los tráileres de dieciocho ruedas que aparcaban en los

descampados de Hudson Yards, se escuchaban intercambios de tiros a cada

rato en Soho… Había de todo. Para elegir. Lo pasábamos de miedo. Pero ya

ves tú la tarea de ahora: poner una sonrisita, «have a nice day» y levantar

veganos de las escaleras. Porque te aseguro yo que el pana ese del gorrito

putrefacto que acabo de largar es vegano. Léeme los labios, Marcelo: ve-ga-

no. Esta civilización se va a la mierda.

—Oká. Later, Brian —se escabulle Marcelo insinuando que lleva prisa.

—Wait! —lo intenta detener sin éxito el agente.

Brian O’Connor, católico, apostólico e irlandés, no se resigna a dar por

zanjada la conversación y eleva su voz por encima de los transeúntes para

compartirle al barman sus apesadumbrados lamentos.

—¡Lo malo de los malos es que no son buenos…!

«… pero lo malo de los buenos es que resultan profundamente

aburridos», completa el barman para sí la máxima del agente.

Se la sabe de memoria. Últimamente, el agente Brian la repite

machaconamente cada vez que baja en busca de un sándwich de almejas

fritas a la hora del almuerzo.

Un escalón más y Marcelo alcanza la planta sótano de la terminal, que

viene a ser como pasar una pantalla en un videojuego. Definitivamente, otro

universo. En ocasiones muy contadas se molestan en bajar hasta aquí los

turistas. La dining court es territorio commuter. De los locales. De quienes

entran y salen de Manhattan todos los santos días y han de conciliar la vida

laboral en un minúsculo cubículo a una altura que rasca el cielo con una

vida familiar a ras de tierra en una minicasa, con miniperro y minijardín en

un barrio de las afueras.

En las colas de los puestos, decenas de pasajeros consultan, con los

vellos de punta, las breiquin nius en los titulares de prensa del día. La

mayoría lo hacen en sus teléfonos. Algunos, los más veteranos, todavía en

papel. Todos, en cuanto reciben el café, buscan desesperadamente hueco en

una mesa para ahogar al unísono sus muffins y sus preocupaciones en los

humeantes vasos de cartón.

Como cada mañana, Marcelo confía en que Karen haya acudido hoy a

su cita.

—Perdone… —reclama la atención de una dama con un pálpito en el

corazón.

La mujer, con una larga melena reclinada sobre un libro, eleva molesta

la vista porque un desconocido haya osado propiciarle unos indeseados

golpecitos en el hombro.

—Excuse me… —se queja ella en demanda de explicaciones.

 

—A los americanos se los mira, pero no se los toca —le había advertido

cincuenta y cinco años antes su tía, doña Laura Salazar—. Acá, Marcelo,

tienes que respetar la distancia personal para que los individuos no sientan

que les estás invadiendo su privacidad.

—¿Y cuánta distancia es esa, tía Laura? —inquirió profundamente

intrigado el sobrino recién llegado de Quito.

—Dos pies más lejos de lo que tú acostumbres a distanciarte cuando le

hablas a la cara a un paisano.

—Perdone… I mean, I’m sorry. La confundí con alguien… —se disculpa el

barman.

Definitivamente no es ella. Karen no se dignó a presentarse hoy

tampoco.

 

—Hace cincuenta y tres años que quedaron en verse, Marcelo. ¿No le

parece que las posibilidades de que Karen acuda a la cita ya se agotaron?

No puede usted pasarse la vida hecho una noche —se había sincerado a

bocajarro la Delia una mañana de domingo en que sorprendió a su hermano

cabizbajo en el patio de la casa de Jersey.

Marcelo no respondió nada.

—Move on, pana —le aconsejó su hermana.

 

—Hábleme de esa mujer. ¿Quién es exactamente Karen? —cambió a un

tono más intimista Soledad O’Brien.

Marcelo pegó un respingo. Se suponía que la interviú iba de cócteles;

pero, por lo visto, los redactores del espacio se habían documentado a fondo

con su hermana.

—De mi vida privada prefiero no hacer comentarios —despachó la

cuestión algo incomodado el barman.

La periodista aguantó el silencio. Estratagema de libro: cuanto más

calles tú, más habla el otro.

—Digamos que se trata de una persona muy linda… que conocí en el

Ecuador cuando ambos éramos chiquillos… y a la que recuerdo con un

grato cariño. Eso es todo.

Lo que Marcelo se guardó en la recámara es que se había enamorado

perdidamente de Karen. Hasta la médula. Y que ese amor fue,

precisamente, el motor que lo impulsó a emigrar a Nueva York.

 

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