Max Aub, novela
Los reencuentros
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
37
Cuando el Marqués de Comillas surcaba las aguas del Atlántico rumbo a La Habana, después de muchos contratiempos, demoras y postergaciones, supo que aquel viaje, diferente en sí mismo a cuantos hasta ese momento había llevado a cabo, era el más importante de su vida. Estaba revestido de una emoción de otra índole que lo hacía singular frente a todos los anteriores. Lo había deseado, desde el fondo del corazón, en la quietud solitaria de muchas tardes de invierno. Elena se preguntaba, mientras contemplaba acodada en la baranda de estribor la infinitud del mismo mar que cuatro años atrás viera también su padre, qué sentiría cuando lo volviera a ver, cuando se reuniera otra vez con él, ¿lo encontraría muy cambiado o sería el mismo de siempre? ¿Lo querría igual que antes? ¿Coincidiría su imagen con la que de él se había ido formando a lo largo de los años de ausencia?
Las tres hermanas están ilusionadas por reencontrarse con su padre. De las tres, Carmen, que acaba de cumplir diez años, es la que tiene de él un recuerdo más endeble. María Luisa tiene ya diecinueve años; ha estudiado todo el bachillerato en la Valencia franquista, en el mismo instituto en el que años atrás estudiara su padre; ha aprendido a ser mujer sin él, sin su consejo, sin su palabra confortadora; de todas, es la que más le ha necesitado en los momentos difíciles de la adolescencia y quien más le ha echado de menos. Será a ella, por su edad, a quien costara más acostumbrarse a la nueva realidad de México. Se casará pronto, con Neil Falkner, y se irá a vivir a Edmonthorpe, en Inglaterra. Elena cumplirá quince años al llegar a Cuba. Al pasar de los años, una hija, Carmen, mexicana, otra, Mimín, inglesa y la tercera, Elena, española. Eso trajo consigo la guerra. Las tres están contentas de que su padre las haya llamado a su lado, también porque tendrán una casa digna en un país libre y solidario, y porque podrán volver a estar juntos.
El viaje es largo y pesado. Desde Valencia en ferrocarril hasta Portugal, allí embarcar rumbo a Nueva York y a La Habana. No importan las penalidades, porque el signo de este viaje es el de la esperanza, el de la felicidad del reencuentro tras un período muy difícil en sus vidas. ¡Qué diferente este viaje de aquel otro cuando tuvieron que regresar a Valencia desde París al ser Aub detenido e ingresado en Vernet! Ahora todo es distinto, sin nubes que ensombrezcan el horizonte inmediato.
Valencia, 30 de agosto de 1946
Querido hijo:
Cuando recibas esta carta es muy probable que Perpetua y las niñas
estén ya ahí contigo. No sabes cuánto nos alegramos, tu madre y yo, de
que así sea. El que os volváis a reunir, después de todos estos años, es
signo de que reanudáis vuestra vida en común y eso es siempre un motivo
de alegría, Max; sin embargo, no puedo ocultártelo, a mí me produce, al
mismo tiempo, cierta tristeza porque sé que quizá ya no volverás a
Valencia y, quién sabe, a lo peor ya no te veo más. Te digo esto porque
hace ya muchos meses que no me encuentro bien y aunque el médico me
dice que no tengo nada, que el malestar se debe a los achaques de mi
avanzada edad, yo sé que hay algo dentro de mí que no anda bien. Si a
ello le sumas la tristeza acumulada por no tenerte cerca y por el desastre
tremendo que ha asolado a España, podrás entender cómo me encuentro
realmente.
Han sido muy duros estos años, Max, desde que terminó la guerra,
que, tú dirás lo que quieras, pudo haberse evitado de haber sido todos un
poco más generosos y de haber tenido una actitud más responsable para
con España. Pero ahora ya no sirve de nada lamentarse porque ya no tiene
remedio. Esta España, créeme, hijo, ya no es la misma a la que nosotros
vinimos a vivir en 1914, pero tanto tu madre como yo estamos ya
demasiado mayores como para pensar en marcharnos. No, Max, no nos
iremos, aquí seguiremos hasta que se agoten nuestros días.
Ahora, que han pasado tantos años, puedo decírtelo. Cuando me dijiste
que no querías ir a la universidad y que preferías trabajar conmigo en el
negocio familiar, me alegré mucho, aunque me cuidé de no expresarlo
porque a tu madre no le hubiera gustado nada, ya que ella era la que más
empeñada estaba en que fueras a estudiar a la universidad. No sabes cómo
añoro, hijo, aquellos años, cuando viajábamos juntos, cuando estabas
conmigo en las oficinas o en el almacén de la calle Garrigues, cuando
salíamos a cenar en las noches de verano. Todo eso pertenece a un mundo
que se ha perdido para siempre. Nunca volverá ese tiempo, Max, nunca
volveré a ser feliz como entonces lo fui, cuando las cosas iban viento en
popa, antes de que la maldita guerra viniera a arramblar con todo.
Cuando terminó la guerra, porque me niego a escribir que llegó la paz,
me puse a tratar de recomponer el negocio, pero puedes imaginarte la
situación de entonces, en puertas de empezar la guerra europea y con
España devastada y destruida, ¡estaba entonces la gente para bisutería fina
para caballeros, Max! Y sin embargo, como ya sabes, logré volver a
ponerlo en pie, con un gran tesón y sabiendo que el negocio habría de ser
más modesto. Sin que nos molestaran demasiado —alguna vez vinieron a
preguntarnos, de muy malas maneras, por ti, aunque eso se acabó
enseguida—, tu madre y yo conseguimos salir adelante y volver a vivir
del modo como lo hacíamos antes de que estallara la guerra. El año
pasado, poco tiempo antes de que empezara a sentirme mal, puse el
negocio en manos de una casa comercial de Valencia, de reciente
creación, y aunque no puedo quejarme, ya no es lo que era, las ganancias
han menguado y aquel espíritu romántico y un poco teatral que a ti y a mí
nos llevara entonces a «actuar» de plaza en plaza, hoy ha desaparecido
casi completamente. Pero no quiero cansarte con estas monsergas del
negocio, hijo, te ruego me disculpes porque me he dejado ganar por la
nostalgia.
Ahora lo único que deseo es vivir los pocos años que me queden en
paz y tranquilidad. No hace falta que te diga que nada me gustaría más
que teneros a todos aquí junto a nosotros, pero creo que eso no va a ser
posible en mucho tiempo, Max, así que más vale aceptar las cosas como
son. Te deseo que rehagas tu vida allí en México y que sigas escribiendo,
creo que ahora también puedo decirte que siempre me gustó mucho lo que
escribías, aunque ya sabes que yo de eso entiendo poco, tan bien como lo
has hecho siempre.
Te quiero y me enorgullezco de ti, Max.
FEDERICO AUB MARX
Por segunda vez La Habana, pero ahora no es el momento de la desesperanza como en 1942, cuando ni siquiera pudo visitar la ciudad porque se olvidó de solicitar el visado y no fue autorizado a desembarcar, teniendo que conformarse con verla desde el muelle. Entonces, en el tiempo del desarraigo, de buena gana se hubiese quedado en Casablanca, donde los estadounidenses desembarcarían escaso tiempo después de abandonarlo él. Pero ahora, en septiembre de 1946, ya no sueña con regresos imposibles; bien al contrario, la llegada de su familia es un indicio inequívoco de que ha empezado una nueva etapa en sus vidas, como un hecho irreversible que no tendrá vuelta atrás. Llega con tiempo y se dedica a visitar la ciudad que en su primera visita le fue negada.
Cuba, y sobre todo La Habana, será un lugar al que acabará sintiéndose muy ligado. Cuando Elena se case en 1954 con Federico Álvarez, se establecerán en Cuba. El 22 de diciembre de 1967 Aub llegará a La Habana por tercera vez, a ver a Elena, a sus nietos Terete y el Güero, a saber qué ha hecho Fidel y a conocer a jóvenes escritores españoles. En realidad, Aub asiste como invitado al Primer Congreso Cultural. Allí, entre diciembre de ese año y febrero de 1968, coincide con escritores llegados desde España, como los hermanos Goytisolo, Carlos Barral y Jaime Gil de Biedma; le llama la atención el hecho de que Luis Goytisolo no tenga ni una palabra de agradecimiento por la campaña de apoyo organizada por el Movimiento Español 59 para pedir su liberación cuando fue detenido en Barcelona en 1960. Se encuentra con José María Rancaño y otra vez a darle vueltas al pasado, a indagar en las denuncias que motivaron la persecución contra él en la Francia de los años cuarenta. En Cuba le dan la noticia de la muerte del director teatral Cipriano Rivas Cherif, cuñado del presidente Azaña, que estaba casado con su hermana Dolores. Evocará entonces los días en que lo conoció en el café Regina y organizó la lectura de sus poemas en el Ateneo de Madrid en diciembre de 1922, ¡qué recuerdos lejanos, qué lleno de esperanza aquel tiempo! Sufre de nuevo un ataque al corazón y lo tienen que internar en un sanatorio. ¡Ay, el corazón, siempre el corazón!
Como de costumbre, leer y escribir. Tampoco los días en La Habana fueron una excepción. Escribe un diario que publicará después bajo el título de Enero en Cuba. Durante aquellos días del congreso estuvo más de una vez tentado de levantarse y dar su opinión, decir que él ni era ni se consideraba un escritor revolucionario y que muchos de los que estaban allí tampoco lo eran, a lo sumo de boquilla: «¿Revolucionario Jorge Semprún o Jaime Gil de Biedma? Los auténticos revolucionarios son los cubanos». Se muestra partidario sin ambages de la revolución, esperanza de luz y alegría para muchos pueblos de América del Sur. En 1946, cuando fue a reunirse con su familia a Cuba, aún no era tiempo de revolución.
—Comprendo tu impaciencia, Max, pero estas maniobras requieren su tiempo, aquí tiene todo otro ritmo, y va a ser un poco raro que estemos en esta lancha dando vueltas alrededor del buque —le dijo Juan Chabás mientras la embarcación alquilada por Aub, quien en su impaciencia no había querido esperar a que atracara el barco en el muelle, se dirigía hacia el Marqués de Comillas, detenido en la bocana de entrada al puerto.
Cuando las vio, acodadas en la barandilla de estribor con las miradas fijas en el bote, atraídas y sonrientes por sus voces y sus gestos, supo que nunca más le sería dado el privilegio de vivir un momento más hermoso que el reencuentro, por fin, de sus miradas. Bastó ese instante, en que sus ojos se perdieron en los ojos de Perpetua y de sus hijas, para comprender que a veces la vida nos regala momentos que desde la humildad de su ternura nos hacen pensar que todo tiene sentido, que el mundo está bien hecho, que la luz derrota a las tinieblas, que el laberinto tiene una salida.
Desembarcaron más de dos horas después. Mientras las retienen en el trámite del visado del pasaporte, Aub se lleva a Carmen a un restaurante del puerto para que coma camarones; le parece mentira que la menor de sus hijas haya cumplido diez años. Estuvieron, antes de partir para México, ocho días en La Habana, junto a Manuel Altolaguirre, Juan Chabás y Sara Hernández Catá. Un detalle llama la atención de Aub: cada vez que van a cenar, Carmen pide pollo con patatas fritas, sin duda, el hambre de la postguerra en España, la necesidad y las carencias; tristeza. Mimín no sale de su asombro, está cenando con dos poetas de la Generación del 27, de quienes Ángel Lacalle le habló más de una vez en sus clases. Mimín ha leído versos del poeta malagueño y conoce Litoral, la revista que Altolaguirre dirigía. Mimín se maravilla de la confianza, fruto de la amistad, con la que tratan a su padre. Se da cuenta de su importancia como escritor.
Aub busca, afanosamente, dar una sensación de normalidad a su familia. Evita hablar de la guerra y de los sufrimientos padecidos en su laberinto francés; cuantas veces sus hijas le pidieron que les contara algo de los días del pasado, les respondió que leyeran sus libros. Se esfuerza por estar de buen humor, por gastar bromas, por dar rienda suelta a su naturalidad afectiva, por quitarle hierro a su situación de exiliado; habla siempre bien de México y les dice a sus hijas que es un país muy hermoso en el que merece la pena vivir.
Muy pronto pudieron comprobar que la casa de Euclides era un lugar de referencia para los escritores españoles exiliados. Grande fue la emoción de Mimín cuando su padre le presentó una tarde al poeta León Felipe. Había leído en Valencia, porque Ángel Lacalle se lo había prestado, Versos y oraciones de caminante; le había gustado especialmente el poema «¡Qué lástima!» y aquel que sin título le había hecho identificarse tanto con el poeta, «Yo no sé cómo soy / y no sé lo que quiero / y no sé a dónde voy / cambiando, inquieto, siempre de sendero / Algo espero, sí, pero / ¡No sé, tampoco, lo que espero!». Ahora tiene al poeta, con su barba blanca y sus grandes gafas de concha negra, bromeando con su padre enfrente de ella y no sabe qué decirle, y guarda un silencio reverencial y respetuoso y se pregunta, en su ingenuidad asombrada, por qué todos esos escritores, incluido su padre, tienen que estar fuera de España y sus libros prohibidos allí, ¿quién y por qué prohíbe versos como los del poema «¡Qué lástima!», qué peligro ven en ellos?
—¿Qué hay, León, cómo te encuentras hoy? —le dijo Aub cuando lo visitó aquella mañana de principios de septiembre del año 1968 en la habitación del Sanatorio Español de México donde hacía días había sido ingresado en un estado de salud muy precario y cuyas causas fueron objeto de controversia entre los especialistas que lo atendían, unos decían que se trataba de una trombosis cerebral y otros que eran problemas del corazón, insuficiencia de coronaria que había provocado un infarto agudo de miocardio.
El poeta le miró con aquella mirada perdida con la que miraba desde que se encontraba tan enfermo y no le dijo nada, tan sólo hizo una mueca con la que tal vez quiso dar a entender a Aub que lo había reconocido. Después abandonó el estado de duermevela en el que se encontraba postrado y sin venir a cuento empezó a vociferar, con su voz débil y matizada de entonces, voz de viejo, voz opaca y sin brillo, que no servía para reforzar un coro, sino para rezar solo bajo el cielo azul, como dijera en otro tiempo, «¡Mis dientes, mis dientes!», refiriéndose a su dentadura postiza que había olvidado en un vaso de agua cuando tuvo que abandonar su casa en ambulancia para ser ingresado de urgencia en el hospital. Aub lo miraba desconcertado, a pesar de que estaba acostumbrado a las rarezas «del viejo», como gustaba de llamarle. Le trajeron entonces la comida, que engulló sin poder masticar mientras gesticulaba con los brazos en una escena que hubiera resultado cómica de no ser tan patética.
—No sabemos nada de la muerte, querido Max —le dijo de repente el poeta con voz trabajosa.
Aub no replicó, le dejó hablar, conocía muy bien esos arranques suyos. De repente podía echarse a hablar sin tener en cuenta a quien estaba enfrente, al interlocutor, como si iniciase un monólogo en voz alta en el que mezclaba, sin ton ni son, pasado y presente, realidad y sueño, cordura y locura en dosis semejantes.
—Aquella casa de Almonacid de Zorita, en la Alcarria, adonde fui a parar para regentar una farmacia, aquella sala tan blanca y tan amplia, que estaba en la parte más baja y más fresca de la casa; aquella niña que se pegaba al cristal de mi ventana y me decía tonto y yo le contestaba que era una niña muy guapa; aquellas campanas que por ella doblaron a muerto un día; pobre niña, su cara al trasluz del cristalito de la caja blanca en la que se la llevaban en un poniente sangrante a la soledad inmensa del camposanto; aquella niña me enseñó el significado y el alcance de la muerte, ella, tan inocente y tan desvalida, tan perdida en el reino frío y tenebroso de las sombras eternas. Nadie fue ayer ni va hoy ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy. Ya veo al Señor, quemándome la carne hasta los huesos con un hierro encendido. Caminaré de noche, porque esa noche en que el Señor me llame a su lado no habrá luna y será todo tan triste sin la luna amiga; a tientas buscaré la luz; qué solo estaré en ese momento, Señor, y qué tristeza abandonar para siempre este camino tan largo y tan áspero; qué solo estaré…
Como si hubiera hecho un supremo esfuerzo, al terminar de decir esas palabras se derrumbó sobre la almohada, dejó caer el grave peso de su corpachón y se rindió al sueño reparador. Aub aprovechó para marcharse, impresionado por el hermoso delirio del poeta, extraviado en los laberintos inextricables de su mente y de su soledad.
Intimaron enseguida con Carmen Masip, que era un año más joven que Mimín y tres mayor que Elena. La amistad de la familia Aub y los Masip surgió espontánea desde la primera visita a Euclides del escritor, su mujer, Fernanda Echafarreta, y su hija mayor, Dolores, que se había naturalizado mexicana en 194E Los dos escritores habían reanudado su amistad tras la llegada de Aub a México. En 1944, Masip publicó su novela El diario de Hamlet García. Aub incluyó elogiosas palabras sobre este libro en su Discurso de la novela española contemporánea, augurando a la narrativa de Masip un lugar preeminente en la literatura de nuestros días. Ahora las familias, sobre todo las hijas, tratan de darle a su vida en México la máxima normalidad, a pesar de que sus padres, y tantos otros, estaban allí porque habían sido expulsados de España por la intolerancia de los vencedores.
—Viéndonos así de esta manera, en esta suerte de reunión familiar, se diría que es como si nos hubiesen transplantado, como si fuésemos plantas a las que les han cambiado la tierra y luchan por adaptarse a las nuevas condiciones climáticas y se afanan por tratar de absorber con la máxima eficacia las diferentes sales minerales del subsuelo —le dijo Masip a Aub en un momento en que hicieron un aparte y distanciados vieron a sus familias atareadas en la preparación de un refrigerio—. Estoy pasando unas neurastenias terribles, Max —confesó Masip a su amigo—, no consigo hacerme a esta situación extraña en la que nos ha colocado la historia. Este país está bien, Max, pero no me acostumbro. Mi vida, nuestra vida, la de nuestras familias, estaba en España, allí todo tenía otro sentido, allí se hacía caso de lo que escribíamos y aquí no somos nada y nadie se interesa por lo que hacemos. ¿Qué recibimiento crees que tuvo mi Hamlet García y sobre todo, qué ventas? ¿A quién le interesó?
—Yo escribí palabras elogiosas sobre tu libro —le interrumpió Aub.
—Y te estoy muy agradecido, Max, pero todo se queda entre nosotros, nos leemos entre nosotros y entre nosotros nos alabamos o nos ponemos verdes, pero a la gente que vive en este país, no te olvides que muchos de ellos no nos consideran refugiados sino gachupines, le es indiferente nuestra literatura, ni nos entiende ni nos valora y algunos no dejan de vernos incluso como desleales competidores. Estamos en tierra de nadie, Max, es como si nos hubieran segado la hierba bajo los pies. Es horrible vivir pensando en que éste no es tu sitio, que tu vida está en otra parte. Lo paso muy mal, Max, y lo peor es que en nada encuentro consuelo, nada calma este dolor lacerante que me crea el tener que vivir a la fuerza alejado de España.
A las pocas semanas de haber llegado su esposa e hijas a México, se recibieron en Euclides los ejemplares de la obra de teatro El rapto de Europa o Siempre se puede hacer algo, ambientada en la Marsella de 1941, en la que los personajes defienden que es necesario trabajar para que el mundo sea mejor y más decente. La tarea más inmediata fue buscar un colegio para Carmen; lo de las convalidaciones de los estudios de Mimín y Elena tendría que esperar hasta que se normalizase la situación de la familia. Pero lo importante es que vuelven a estar juntos y que esta vez es para siempre, es decir, para lo que razonablemente les quede de vida. Sin embargo, nadie puede detener el tiempo, así que en 1951 Mimín se casa y se marcha a Inglaterra. El 7 de noviembre su padre la despide en Tampico, frente al mar que se la lleva dejando un hueco indeleble en el corazón del escritor.
—Peua, acaban de llamarme del Sanatorio Español, León ha muerto esta madrugada de un infarto —le dijo Aub a Perpetua después de que descolgara el teléfono y hablara, en las horas primeras de la mañana, con el médico que había atendido al poeta en el hospital y que era amigo de Aub y de la mayoría de los escritores españoles del exilio, a quienes en una u otra ocasión había tenido que atender de sus dolencias.
Y de repente él, que quería y pedía al carpintero que le hiciera una cruz sencilla, sin barroquismos ni ornamentos, con los maderos desnudos y decididamente rectos, en el inicio del sueño eterno con una inmensa cruz de plata a sus espaldas, en un salón regio, en una caja noble construida para la ocasión con madera de roble centenario, con funerales casi de Estado, con la presencia en el duelo del ministro de Educación, que le brinda la nación mexicana y ni una sola bandera de la República, ni una representación de la Embajada española, como si hubiera muerto un poeta mexicano.
38
La larga e interminable espera. En las noches de desvelo se siente en los adentros el tiempo detenido, el transcurrir moroso y lento de las horas encarceladas. ¡Qué monótono el paso de los días, qué vacío el tiempo del exilio! Aub busca refugio en la escritura, para que sean las palabras un bálsamo contra el dolor del olvido, para que las historias que pergeña busquen razones que den sentido a la derrota, que arrojen luz sobre la magnitud de la tragedia, que le sirvan para explicarse por qué se desvela, por qué jamás llega el amanecer que espera desde hace tanto tiempo.
Nunca le arredraron las dificultades, ni las adversidades sin cuento que le tocó padecer supusieron jamás un freno a su creatividad, ni empecieron su firme decisión de dejar testimonio de lo que vio a través de su obra literaria. Por esas fechas, 1948, su amigo Francisco Ayala le remitió un artículo titulado «¿Para quién escribimos nosotros?» en el que reflexionaba acerca del sentido de la literatura exiliada; sin intentar contestar a la pregunta de Ayala, porque la respuesta era que para nadie, Aub no ceja en la escritura, ni siquiera le importa si podrá o no publicar cuanto sale de su pluma. Mientras tanto, para paliar la carencia, crea una revista a la que llama Sala de Espera. «Es muy acertada la idea de tu revista, Maxito», le escribió Rafael Alberti desde su exilio en Buenos Aires para agradecerle el envío del primer número.
Tan afectuoso como parco, nada le decía Alberti de la obra de teatro en un acto, Tránsito, que Aub escribió en 1944 y que incluyó en el primer número de su revista; simbólico título, como si todos estuvieran en tránsito hacia ninguna parte o esperando el regreso en una oscura sala de espera. La distancia engendra la impotencia, dice Emilio, uno de los protagonistas de la obra, ya son muchos años de mar de por medio, sin paso, sin puente; llega un momento en el que ya no se sabe qué pensar, en el que ya no se puede más, sentencia Alfredo, otro personaje que le da la réplica a Emilio. La revista publicó treinta números entre 1948 y 1951. Los intelectuales del mundo entero, dirá en una carta al crítico norteamericano Roy Temple House, están metidos en una enorme sala de espera, sin saber qué tren tomar, e ignorando la hora de salida. Tal vez no encontró mejor imagen del desconcierto.
De Ignacio Soldevila, Madrid, a Max Aub, México
Madrid, 11 de septiembre de 1953
Estimado señor Aub:
No se imagina hasta qué punto resulta heterodoxo por estos
menesterosos lares el que un joven estudiante decida dedicar su tesis de
licenciatura a un autor de los que aquí llaman desterrados, término que,
aun cuando posee una larga tradición literaria, resulta menos contundente
y con menor carga política que el de exiliado, esto es, obligado a
abandonar su país por razones políticas.
Quisiera agradecerle el solícito envío de sus obras que me llegó sin la
menor pega ni dificultad. Ni que decir tiene que la misma tarde en que las
recogí en la estafeta de correos que está cerca de mi casa, me puse a
leerlas con el mayor interés. Cuando terminé la lectura de Morir por
cerrar los ojos, comprendí por qué don Joaquín de Entrambasaguas me
prohibió terminantemente mencionar sus obras posteriores a 1936,
incluidas las que usted escribió para participar en la campaña electoral a
favor de la candidatura del Frente Popular. Con ello, las obras objeto de
estudio deberán limitarse al período que finaliza en diciembre de 1935; a
partir de ahí, silencio forzoso, olvido obligado. Así las cosas, de las obras
que me mandó, tan sólo su Teatro incompleto, de 1931, podrá ser
estudiado por mí en este trabajo que he de presentar en breve. No lo puedo
asegurar, pero me parece que el mío será el primer estudio que se dedica,
no sólo a su obra, sino a la de cualquier otro escritor exiliado en la
universidad española. Tengo para mí que don Joaquín, a pesar de las
limitaciones severas que ha impuesto a mi trabajo, guarda de usted un
buen recuerdo como uno de los escritores renovadores del teatro y de la
narrativa en el ámbito de las vanguardias.
Me parece acertadísimo no sólo el título, Sala de Espera, sino el
concepto de la revista unipersonal de la que me adjunta algunos
fascículos. Se me ocurre decirle, señor Aub, que, a juzgar por lo que uno
ve por estos pagos, la espera ha de ser larga por fuerza, pero comparto la
idea expuesta por usted en las palabras preliminares acerca de que esa
espera no puede ser en paro, sino en movimiento, porque andando
también se espera y se van oteando posibles salidas sobre la marcha. Es
verdad, señor Aub, no hay que darle tiempo al tiempo en este parón
forzoso en el que todos estamos empantanados. A ustedes y a nosotros nos
mueve un mismo afán, rescatar a esta España perdida, como usted dice, en
la desfachatez y la mentira. No será tarea fácil y desde luego, hoy por hoy,
no se otean luces en el horizonte.
Me han impresionado sus novelas Campo cerrado y Campo de
sangre, así como el libro de relatos No son cuentos. Le estoy muy
agradecido por el envío y le hago saber que lo que usted está escribiendo
está a años luz de lo que se escribe y se publica en España, tal vez con la
excepción del novelar de Camilo José Cela, el más importante de los
escritores que publican hoy en España. Nadie ha escrito sobre la Guerra
Civil como usted lo ha hecho, señor Aub. Estas novelas suyas sobre
nuestra guerra están a la altura de las de Valle-Inclán sobre la corte de los
milagros que resultó ser el reinado de Isabel II; es una novela nueva en
sentido y forma. No hace falta que le diga que, tras leerlas, he decidido
dedicar mi tesis doctoral a su narrativa; pero ese proyecto, de momento,
tendrá que esperar, ya que primero debo terminar mi tesis de licenciatura
sobre su teatro anterior a 1936.
Siento de verdad haberle forzado a tener que escribir sobre usted
mismo y le agradezco, por anticipado, ese texto autobiográfico que dice
estar preparando para mí. Comprenderá la escasez de datos con la que
trabajamos aquí —parece como si a ustedes los hubieran borrado del
mapa, como si no hubieran existido nunca—, es penoso. Por ello le
agradeceré esos datos que resultarán muy útiles para mi trabajo. Ya sé que
para un autor que dice haber hablado tanto de él a través de sus obras para
que se supiera cómo era, resulta incómodo tener que dedicarse a escribir
de sí mismo, pero es imprescindible para mi trabajo y se lo agradezco por
adelantado.
En fin, señor Aub, supongo que este Madrid desde el cual le escribo,
en este mes de septiembre de 1953, tendrá escasa similitud con aquel otro
que usted conoció en los años de la República y de la Guerra Civil. Aquí
todo parece cubierto por una inmensa losa de silencio. Hablar de Federico
García Lorca o de don Pedro Salinas resulta casi un acto subversivo, un
ataque directo al régimen. Tener en casa libros como La forja de un
rebelde, de Arturo Barea, o La cabeza del cordero, de Francisco Ayala,
basta para que uno sea denunciado a una suerte de nuevo tribunal de la
Santa Inquisición. Vivir para ver, señor Aub.
Reciba un saludo solidario y afectuoso de
IGNACIO SOLDEVILA
El azar permite que, por insospechados caminos, Aub recupere los manuscritos en que había redactado los primeros capítulos de lo que después sería Campo abierto, y que quedaron en París tras su detención en abril de 1940, al cuidado de madame Fénard, portera del edificio de Capitaine Ferber, en una de cuyas buhardillas vivía Aub con su mujer. Fue gracias al poeta Francisco Giner de los Ríos y al abogado Vicente Herrero que pudo recuperarlos. Lo contará en 1970, en un prólogo para una frustrada edición de El laberinto mágico.
La noche del 20 de febrero de 1972, un mes antes de que Aub iniciara su último viaje a España, Francisco Giner de los Ríos acudió a Euclides para cenar con los Aub. Comentaron esa noche la muerte de Antonio Espina, acaecida en Madrid seis días antes; Francisco Giner evocó la llegada de Espina a París en 1946, tras huir clandestinamente de España.
Se encontraron, Giner y Espina, en la estación y se fueron a cenar a un restaurante cercano. Aub, aprovechando que Giner viajaba a París, le pidió que visitara a madame Fénard con una carta para que le devolviera los manuscritos tan largo tiempo guardados; Antonio Espina, al saber que Giner venía de México, donde se exilió en 1939, le preguntó si podía decirle algo de Enrique Díez-Canedo. Giner le confiesa a Aub esa noche, tantos años después, que se le hizo un nudo en la garganta ante la pregunta de Espina y se limitó a decirle que sus hijos se apellidaban Giner de los Ríos Díez-Canedo. La evocación de Espina, y sobre todo la de Díez-Canedo, llenaron a Aub de tristeza, a él también se le puso un nudo en la garganta.
Cuando Giner de los Ríos regresó a México desde París, le llevó un paquete a Aub que contenía los manuscritos allí abandonados ocho años antes. Aub no dudó, dejando incluso otros proyectos en los que trabajaba, en ponerse de inmediato a revisarlos con la intención de completar la que sería la tercera novela, Campo abierto, de El laberinto mágico. Pero ha pasado demasiado tiempo y han ocurrido muchas cosas como para proseguir la novela donde forzosamente hubo de abandonarla. De modo que, tras incluir como segunda parte la historia de Claudio Luna, un fascista de Burgos que recae en Madrid, donde es detenido y pasado por las armas, decide ponerse a escribir la tercera parte, que se situará en el Madrid sitiado, en víspera de batalla, en un largo y frío noviembre de esperanza. Allí van a parar el propio Aub y los muchachos de El Retablo, trasunto literario de su añorado El Búho. Todos jóvenes, todos comprometidos con la causa republicana. Dos de ellos cobran relevancia y se convierten en personajes centrales de El laberinto mágico, en símbolos de una España joven que plantó cara al fascismo y que luchó por la justicia y la libertad, sin importarle la derrota, en la que no pensaba nadie: Vicente Dalmases y Asunción Meliá; comunistas ambos, enamorados, aunque los desvele a veces la sombra de la infidelidad, de las traiciones consumadas.
Pregunta por él en todas partes, lo busca con angustia, con la desesperación irremediable de su amor, con la fuerza que le dan sus dieciocho años, con la convicción absoluta de que tarde o temprano lo tiene que encontrar.
—Oye tú, aquí hay una compañera que pregunta por un tal Vicente Dalmases, de Valencia, ¿sabes algo?
Nadie sabe nada, una y otra vez la misma respuesta negativa, es como si se lo hubiera tragado la tierra. Pero no pierde la esperanza. Si no lo ve revienta. Lo tiene que encontrar. En ese momento triste de la desapacible tarde de noviembre en que va de un lado a otro buscándole, todo el sentido de la vida reside, para ella, en encontrar a Vicente. Recuerda, de repente, las palabras que le dijo a su padre Alfredo Meliá, conductor de tranvías en Valencia, pocas semanas antes de que muriera asesinado por equivocación, al ser tomado por falangista por los propios republicanos: «Cuando ganemos, todo será de todos en España, todos sabrán leer y no habrá más injusticias, no habrá ricos ni pobres, todos saciarán su hambre». Pero ahora tiene que encontrar a Vicente, tiene que dar con él, liberar su conciencia del fardo enojoso de Santiago Peñafiel, del error imperdonable que ni ella misma es capaz de explicarse, ¿cómo pudo dejarle hacer, entregarse a él?; dar con Vicente para decirle que su amor por él justifica su existencia, que lo desea de la manera sencilla en que el árbol suspira por la lluvia y las plantas agradecen la luz del sol de la mañana.
Se encontraron cuando Asunción estaba desmoronada y rota de cansancio en el ensayo de La Numancia de Cervantes en el Teatro de la Zarzuela. Allí estaban María Teresa León y Rafael Alberti, que era el autor de la versión, junto a Max Aub, un escritor que dirigía su grupo de teatro universitario en Valencia. Asunción Meliá y Vicente Dalmases se sientan al fondo del patio de butacas, envueltos en la sombra, con las manos enlazadas. Al terminar el ensayo, Asunción le dice a Vicente que tiene que hablar con él. No busca su perdón, sólo quiere que acepte la sinceridad de su amor, el compromiso que le propone, compartir sus vidas en la esperanza común de la lucha.
Cuando se separaron, Vicente Dalmases se acordó de los versos de Bécquer: «Cuando me lo contaron sentí el frío de una hoja de acero en las entrañas». Quizás en el momento en que ella le contó lo de Peñafiel, Vicente sintió que la quería como no había amado a nadie en toda su vida, con la fuerza imparable de su alma desgarrada por el dolor. Mientras hacía guardia enfundado en su capote militar, con el casco de combate y el fusil con la bayoneta calada, se preguntaba si sería capaz de olvidar lo que ella le había contado. La amaba, sí, la había amado siempre, con una fuerza que a sí mismo no era capaz de explicarse. Días después creyó verla junto a él en la trinchera de la Casa de Campo, cuando había empezado a campo abierto la batalla por la defensa de Madrid. Vicente, enriscado en la tierra, pegado a su fusil, disparando contra un enemigo que no veía, sentía que la quería cada vez que apretaba el gatillo y se lamentaba de que el mundo entero supiese que su lucha era justa y sin embargo nadie acudiera en ayuda de la República.
En julio de 1951 Aub da por terminada Campo abierto. Acude, como en otras ocasiones, a Ediciones Tezontle para entregar el manuscrito y que empiece el proceso de edición, costeado por él una vez más. Ese día, de principios de julio, anota en su diario que le roe como nunca la falta de público y que prevé la indiferencia con que será acogida esta nueva novela. Aub comprueba que sus libros ni se venden ni interesan a nadie. Entre los exiliados, sobre todo entre los comunistas, sus obras provocan ardorosas polémicas, discusiones estériles que sólo le producen hastío. Por momentos siente la necesidad de abrirse a otras realidades literarias, de escribir sobre otras cosas, sobre lo que le dicta la imaginación, sobre lo que observa en la realidad mexicana. Pasarán trece años hasta que vuelva a publicar una novela sobre la guerra.
Algunas veces piensa Aub en qué habría sido de su obra literaria sin la Guerra Civil. Sabe que la guerra vino a cambiarlo todo, que nada hubiera sido igual sin ella. Probablemente, de no haber sido por la refriega, Aub hubiera seguido siendo durante unos años un escritor vanguardista, habría terminado y publicado en su tiempo Yo vivo y quién sabe qué otras obras hubiese podido escribir. Quizás optara por dedicarse a un teatro menos experimental y tal vez habría alcanzado el éxito que siempre se le negó. Pero el conflicto trajo consigo la derrota y el extrañamiento del destierro y también el compromiso de Aub de dejar memoria escrita de cuanto vio y vivió entonces. Ahora, en 1951, después de haber escrito tanto sobre la conflagración, le asaltan las dudas: ¿servirá para algo tanto esfuerzo creativo? ¿Se interesará alguien por esas obras suyas a las que está dedicando más de la mitad de su vida? ¿No hubiera sido mejor zanjar ese compromiso y orientar su trabajo literario en otra dirección? ¿Tiene realmente derecho a secuestrar a su imaginación en nombre de ese compromiso? ¿Qué está perdiendo su literatura con esa limitación, con esa sordina puesta a la imaginación?
—Me ha parecido oírle murmurar algo, señor Aub.
—Nada importante, me preguntaba en voz alta si es lícito lo que el autor hace con mis personajes.
—¿Le molesta?
—No, simplemente me sorprende.
—¿Está seguro de que esos personajes, Templado, Cuartero, Dalmases, Asunción, con quienes el autor «juega» literariamente, son realmente suyos, le pertenecen?
—¿Qué me está queriendo decir, que esos personajes, que surgieron de mi imaginación, a quienes yo parí y di nombre, tienen vida propia al margen de su creador?
—Los libros los escriben los autores, pero después pasan a ser de los lectores. ¿Qué hay pues de extraño en que el autor decida «tomar prestados» algunos personajes de sus libros y decida continuar sus vidas, indagar en ellas, «recrearlas» en definitiva? ¿Ha olvidado acaso, señor Aub, que la literatura se alimenta de literatura? ¿Ya no se acuerda de que en su Geografía recreó usted los amores de Fedra con su hijastro Hipólito?
—Tiene usted razón, pero a mí, como autor que fui, no se me ocurrió nunca «tomar prestado» un personaje de Galdós y «recrearlo» o «jugar» literariamente con él.
—Me suenan a reproche sus palabras.
—De la misma manera en que antes protestaba por algunos aspectos referidos a mi biografía, lo hago ahora en nombre de mis personajes, ya que ellos no pueden defenderse por sí mismos.
—Me está resultando usted algo intolerante, señor Aub.
—Nunca lo fui, porque en la tolerancia me educaron y constituyó siempre uno de los pilares de mi formación y de mi manera de ser y de entender las relaciones entre las personas, fue para mí un valor ético fundamental; me ofende, pues, que me llame intolerante.
—Le pido disculpas y me explico. Lo que trato de decirle es que el autor tiene derecho a utilizar sus personajes en el contexto de esta narración, con el único límite de no traicionar su psicología. Si parece que el autor la respeta, ¿dónde está el problema, señor Aub?
—Problema ninguno, pero a veces me pregunto qué hay realmente del autor en todo lo que hasta ahora liemos visto; aquí sólo se habla de mí y de lo mío.
—Y de España, se habla mucho de España, ¿no le parece?
—Pudiera ser.
—Sobre todo de la España republicana, que con cierto maniqueísmo parece encarnar todas las virtudes, mientras que la otra, la llamada España nacional es un cúmulo de maldades sin cuento; a esa división se le puede encontrar razones históricas, pero en la literatura digamos que es poco admisible.
—¿Por qué?
—Porque si por alguna ley se rige la literatura es por la de la poética, y ésta acepta mal las simplificaciones, esto es, protagonistas buenos hasta el colmo, y antagonistas más malos que la tiña, si me permite la expresión coloquial.
—En todo caso, el responsable de ello será el autor, no yo, así que dígaselo usted a él, a quien por otra parte con su femenina persuasividad tanto defiende y justifica.
—Yo creo que el autor sigue las ideas expresadas por usted en sus obras.
—Pues no me hago responsable, la verdad, y además, en todo caso, lo que hace el autor es interpretar esas obras mías. ¿Sabe qué le digo? Que la España que yo defendía, en la que yo creía y en la que yo viví hubo un momento en que dejó de existir para convertirse en un sueño imposible, así que, en cierto modo, también hubo un momento en que yo dejé de sentirme español.
—Volviendo al hilo, he de decide que antes se equivocaba, señor Aub, porque aquí, además de usted y de España, hay mucho más del autor, de su mundo y de sus ideas, de lo que cree. Podría éste decir, tomando prestadas las palabras que usted escribió para explicar su intención en el libro sobre Luis Buñuel: «Sólo es mío el punto de vista, es decir, el emplazamiento de la cámara; nada más y nada menos». En el fondo, me da la impresión de que usted está molesto y algo decepcionado.
—¿Puede decirme por qué estoy molesto y de qué estoy decepcionado?
—Está molesto porque no ha aceptado en ningún momento el hecho de verse convertido en personaje literario, no le gusta y no puede disimularlo. Por otra parte, se siente decepcionado, porque lo que tal vez le hubiera gustado es que el autor escribiera una biografía documentada, canónica, de seiscientas páginas sobre su vida y su obra.
—No es eso; lo que me parece es que el autor está desperdiciando su talento literario, el mucho o poco que tenga, no soy quién para juzgarlo, en un libro como éste.
—Eso corresponderá a los lectores decirlo, ¿no le parece?
—Sin duda, no me interprete mal, lo que he querido decir es que el autor debería haber hecho con él mismo lo que está haciendo conmigo: escribir, en primera persona, sobre sí mismo, sobre lo que ha vivido, sobre su propia obra, sobre los escritores de su tiempo, sobre su propia época histórica.
—¿Sólo debe un escritor escribir sobre lo que ha vivido? No olvide, señor Aub, que usted murió en 1972 y el autor nació en 1954, luego compartieron, durante casi veinte años, eso que usted llama época histórica.
—Pero el autor no era entonces escritor y su tiempo ya no era el mío.
—¿Quién le ha dicho que no lo fuera? ¿Cómo puede estar seguro de una cosa así?
—No sea usted sofista; cuando el autor nació, yo tenía cincuenta y un años, ¡somos de generaciones absolutamente diferentes!
—No tanto como usted se piensa, señor Aub, pero, en fin, dejémoslo de momento aquí.
A los pocos meses de la boda de Aub y Perpetua, los padres del escritor se mudaron al séptimo piso del Edificio Oltra, en la calle Cotanda, aunque las oficinas y el almacén del negocio siguieron siempre en la calle Garrigues. Terminada la guerra, hacia finales de los años cuarenta, se fueron a vivir a una casa, rodeada de jardín, en Villahermosa, en Quart de Poblet. En esa casa, en la que había veraneado la familia en los años anteriores a la guerra, el 16 de abril de 1951 le llegó la muerte a Federico Aub Marx. Aub constata en esos días que el odio pervive en el corazón de los vencedores: le negaron un visado de cuarenta y ocho horas para entrar en España y acudir a su entierro. No pudo despedirse de él y lo evocará en muchas noches de insomnio. Tantas anomalías, tantos exilios, tantas separaciones. Aub entra, ese día, en el tercer acto de su vida. Las tres edades del hombre: cuando viven los abuelos y se es niño no existe la incertidumbre y la muerte es algo que le sucede siempre a los demás; cuando mueren los abuelos, se toma conciencia de que la muerte también tiene que ver con uno mismo, entonces se descubre la nostalgia, se comprende que el hombre es un ser de lejanías; cuando los padres mueren, ya no queda nadie por delante y se sabe, con miedo y melancolía, que se será el siguiente. De todas las afrentas que le produjo el franquismo, la de no poder enterrar a su padre la llevará Aub grabada indeleblemente en el corazón y en la memoria, como una herida punzante cuyo dolor se acrecentará con el paso de los años.
39
Vuelve otra vez al teatro, como lo hizo en el pasado y lo seguirá haciendo toda su vida, para defender la libertad del ser humano maniatado en estados policiales, obligado a elegir, en un mundo que se ha vuelto maniqueo, entre dos opciones políticas que se oponen e imponen su gélida visión de la realidad, el comunismo soviético y el imperialismo norteamericano. Aub se rebela contra ese falso dilema, contra esa elección que busca encasillar a las personas, limitar su capacidad de decisión; dirá, en una obra de teatro titulada No, un no rotundo a esos planteamientos políticos antagónicos que tienen como denominador común el imperio de la policía, el control de las conciencias y de la vida de la gente, para que nadie tenga ideas propias ni se salga del redil.
Sostiene Aub que el mundo agoniza por falta de tolerancia y porque los hombres, en general, han perdido la conciencia de ser libres. En la oposición entre igualdad y libertad, desdeñando que sean conceptos opuestos desde el momento en que si el mundo se decide por la igualdad no es posible que exista la libertad, Aub, anticipándose al futuro, elige un tercer camino, un mundo donde sea posible conjugar la libertad con la igualdad, esto es, un Estado cuya economía sea socialista pero su régimen político liberal. No lo entiende casi nadie.
Entre los exiliados españoles esta postura política de Aub, de criticar por igual a unos y a otros, tuvo muchos detractores, lo que provocó que se viera envuelto en numerosas polémicas y que perdiera muchos amigos. Algunos ni entendieron ni le perdonaron, ciegos en su sectarismo, el monólogo del Gran Mentecato, el Discurso de la plaza de la Concordia. ¿Cómo perdonarle que enfrentara en un escenario, tratándolos por igual, a Stalin y a Truman? Ese Gran Mentecato, que se siente liberal, que cree en el progreso moral, en el progreso político y en el progreso material, alza su voz porque le subleva que en los campos de concentración soviéticos y en las cárceles norteamericanas se pudra la gente porque delinque con el pensamiento. Ese Gran Mentecato no defiende, en fin, un liberalismo ya muerto, del que sólo disfrutaban los poderosos; por el contrario, es partidario de un liberalismo universal que se concreta en un mundo socialista por su contenido y liberal por su forma. No lo entendieron y muchos lo consideraron un traidor.
Aub abandona el periódico El Nacional, en el que desempeñó la función de crítico entre 1947 y 1949, por una fuerte discusión con el autor mexicano Xavier Villaurrutia, a raíz del estreno de su obra Antífona, que a Aub le pareció insulsa y muestra de una dramaturgia acomodaticia y escasamente renovadora. Con todo, Aub sigue siendo miembro de la Agrupación de Críticos de Teatro de México. Tiene, como las tuvo siempre, brillantes y originales ideas en el mundo de la escena. En colaboración con su amigo Héctor Azar, escritor y director teatral, organizó lo que llamaron «Los lunes trágicos de El Caballito», nombre de una sala de la ciudad. La iniciativa consistía en que los lunes, día en que descansan los teatros de la capital, Aub reunía a estudiantes y actores jóvenes para llevar a cabo lecturas dramatizadas de textos clásicos o modernos, unas veces Fuente Ovejuna, otras Divinas palabras.
A pesar de los reveses sufridos, Aub no desespera de que su dramaturgia pueda ser representada. Está escribiendo obras que reflejan los problemas de la sociedad de su tiempo, la división del mundo en bloques antagónicos, la falta de libertad, la cosificación y anulación del ser humano, prisionero de un sistema burocrático que tiende a anularlo; ya nadie podrá acusarlo de escribir sólo sobre la Guerra Civil española y sobre el pasado. Se nota en Aub un esfuerzo por comunicarse, por escribir obras que le permitan llegar a la gente, expresar sus ideas sobre el mundo surgido de la Segunda Guerra Mundial, el mundo de la Guerra Fría.
Un pueblo de Alemania llamado Altberg tiene su estación de ferrocarril en la línea divisoria de las zonas de ocupación soviética y norteamericana, de modo tal que el espacio escénico queda simétricamente dividido en dos zonas, que están separadas por alambradas. Cada una de ellas, la soviética y la estadounidense, posee una pequeña oficina en la que los funcionarios, protegidos bajo el amparo constante de soldados y policías, niegan y conceden el tránsito de una zona a otra a quienes lo solicitan. Un abigarrado grupo de personajes cuenta sus historias y sus anhelos de pasar de uno a otro lugar. Son los tiempos de la Guerra Fría, de un mundo dividido en bloques irreconciliables que se espían, se acosan y se vigilan. Un mundo encarcelado que coarta la libertad de las personas, su capacidad de movimiento, la posibilidad de vivir aquí o allá, el derecho a buscar la vida y la felicidad donde mejor convenga. Un mundo en el que los papeles parecen valer más que las personas, un mundo donde no eres nadie sin documentos que acrediten quién eres. La mayoría de los personajes pertenecen a países del este de Europa, pero también hay norteamericanos. Dos de ellos, Hermann y Mariano, alemán y rumano, dialogan:
—¿Pesimista yo?, ¿por qué? —dice Hermann—. ¿Porque no comulgo con ninguna de estas dos fuerzas que suponéis únicas? ¿Por qué ha de estar encerrado el mundo en este bárbaro dilema entre comunistas y norteamericanos, sin luz en medio?
—Yo creo en el hombre de carne, hueso y libertad y en que el mundo no se salvará por comunista o capitalista, sino por humano —le responde Mariano.
No es una denuncia del totalitarismo. Hermann intenta pasar al lado occidental con su esposa, pues es su deseo emigrar y establecerse en un país de América del Sur. A María le niegan el visado de entrada porque los servicios secretos alertan de que en el pasado perteneció al Partido Comunista. Aunque ella insista en que ahora se siente desligada de ese compromiso y ya no comparte ni los ideales ni los objetivos de la organización, en la oficina lo consideran como un estigma contagioso y le prohíben la entrada en la zona americana. Autorizan, sin embargo, a Hermann; pero aunque insista en que sin su mujer no irá a ningún lado, no ceden, se muestran inflexibles. Deciden ambos entonces burlar la vigilancia de los soldados, saltar la valla y escapar. Aunque son buscados por los soldados, consiguen su propósito, huir de un mundo limitado que encarcela sus sueños y su amor.
El teatro político de Aub, profundamente dialéctico, a través del cual trata de explicarse el mundo en el que vive, tampoco será entendido en México. Esta necesidad de arrojar luz sobre un mundo en tinieblas, que cada vez es más angosto y confuso, no es comprendida, no llega al público. Sin embargo, como una paradoja más de su carrera literaria, con una obra a la que el propio Aub no concedió demasiada importancia tuvo en Buenos Aires el éxito que se le negaba en México. Deseada, que se estrenó en el Teatro Estudio el 16 de abril de 1952, era un drama en el cual Aub recreaba el tema clásico de Fedra en una tragedia de corte amoroso y familiar con el tema de fondo de las falsas apariencias, en el que Aub demostró su profundo dominio del artificio teatral; algunos críticos creyeron ver en la obra ecos de la dramaturgia de Jacinto Benavente.