Max Aub, novela

Javier Quiñones · Capítulo 2 de 11

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Max Aub, novela

La verde geografía de la fábula

7

 

—Los vecinos acudieron alarmados ante tanto grito. Lo más chocante es que viniera de ellos, tan formales, tan bien avenidos. Fue una sorpresa. Al oír los disparos y los gritos atronadores de ella, que le decía: «¡Es tuyo, es tuyo!», los vecinos forzaron la puerta. ¡Menudo cuadro se encontraron! El primo de la mujer, un hombre joven y bien parecido, estaba tendido en el suelo, muerto. Ella lloraba abrazada al cadáver. El marido estaba sentado en una silla, tapándose la cara con las manos. En el suelo la pistola, humeante todavía. Por lo visto estaba en silencio, quién sabe si arrepintiéndose de lo que había hecho. Los celos, la culpa la tuvieron los malditos celos. La pareja no tenía hijos, a pesar de llevar cinco años casados. El primo de ella, según las malas lenguas, la visitaba con demasiada frecuencia. El caso es que la mujer se quedó embarazada y lo que hubiera debido ser un gran motivo de alegría se convirtió en el desencadenante de la tragedia. El marido sospechaba del primo, así que le hizo responsable del embarazo y acusó a su mujer de adulterio. ¿Que por qué estaba tan seguro? Porque los médicos le habían dicho que, debido a una enfermedad que pasó de niño, nunca podría tener hijos. Sí, claro que los médicos pueden equivocarse, pero no atendió a razones y mató al primo de su mujer. Sí, bárbaro y todo lo que usted quiera, pero fue muy hombre.

Aub ha estado escuchando, discretamente, la conversación. En Calatayud el otoño es frío y este de 1923 no es una excepción. Despacha con una de sus mejores clientas. A Calatayud acude gente de los pueblos de los alrededores y por ello el comercio es floreciente. Aub se esfuerza por ser lo más simpático y agradable posible con esa clienta. Juega con ventaja y lo sabe. La señorita Pilar Gascón, propietaria del establecimiento Almacenes El Siglo, moda para señora y caballero, responde a ese patrón cruel de lo que se flama la solterona. Elocuente y dicharachera, gusta de comentar con las clientas los sucesos que alteran la tranquilidad de la pequeña ciudad de provincias, especialmente los revestidos de cierto morbo y truculencia. Ha visto entrar a Aub, pero ha seguido contando esa brutal historia de celos sin importarle que él la oyera. Aub sabe que la señorita Pilar Gascón le mira con buenos ojos y a veces ha pensado que hasta se le insinúa. Aprovecha, con decoro y disimulo, claro, esa pequeña ventaja para que el pedido sea generoso. Mantienen una conversación intrascendente, Aub sabe que forma parte del negocio el hecho de cambiar impresiones con los clientes, aunque él nunca haya sido aficionado a ese vicio tan español de hablar por hablar. No comenta nada acerca de la historia de cuyo relato ha sido testigo y se despide hasta dentro de unos meses.

Muchos años después, en la «Explicación» que irá al frente de su libro más personal, en el que dejará más de sí mismo, Hablo como hombre, dirá que nunca se consideró alto ni bajo, sino más bien feo, aunque le gustara siempre lo bueno, lo que le sabía bien. Aub, sincero en esas páginas, tuvo siempre clara conciencia, sin embargo, de resultar atractivo para las mujeres y no tanto por la beldad de su físico, que no pasaba de normal, sino por un nosequé que le hacía diferente a los demás y le daba un aire intelectual y sensible, más distinguido; era como una seguridad aplastante en sí mismo que se manifestaba en la relación con las mujeres con una ausencia casi total de prejuicios, con una búsqueda directa del amor y del placer más hedonista y festivo, con una admiración sin límites ante la belleza encarnada en un cuerpo femenino, dejando de lado la agobiante presión que sobre las relaciones amorosas impuso desde siempre la estrechez de miras de la religión católica, con sus absurdos conceptos de culpa, caída y pecado.

Llega, caminando, a la calle de la Bodeguilla; se detiene frente a los almacenes Bardagí, abiertos al público desde 1915. Observa su fachada modernista de amplias y altas vidrieras; la puerta central, con sus columnas de hierro forjado y los escaparates cerrados con biombos de madera de roble. Desemboca en la porticada plaza de España, sede del Ayuntamiento. Contempla los balcones torcidos de los edificios vetustos. Advierte cierto revuelo a las puertas de la Casa Consistorial. Tal vez se deba a la situación creada por el golpe de Estado de Primo de Rivera, a cuyo bando de proclamación asistió, días atrás, en Zaragoza. Está hospedado en la fonda La Dolores, ubicada a pocos metros en una de las calles que desembocan en la plaza. Ha comido migas aragonesas, acompañadas de uvas y de huevos fritos. Después se ha retirado a su habitación y ha dormido un rato. Más tarde, al despertarse, ha empezado a escribir Crimen, que será su primera obra dramática, en un acto, inspirada en la historia que ha escuchado esa mañana de boca de la señorita Pilar Gascón en la tienda. Le ha vencido la inmediatez; tanta fuerza ha advertido en la historia de ese crimen por celos, que ni siquiera deja que se sedimente y adquiera matices nuevos en su interior; por el contrario, casi como queriendo que no se le olvide, como quien desconfía de su propia memoria o de que otras actividades y otros pensamientos le borren los perfiles del drama, toma la pluma y escribe. ¡Cuántas veces se quejará en el futuro de su falta de memoria! ¡Cuántas veces, sobre todo desde que se verá obligado a marchar al exilio en 1939, escribirá pegado a los acontecimientos, como malfiándose de que el tiempo acabe por destruir los recuerdos! El teatro empieza a ser su principal ocupación literaria. ¡Qué poco sabía Aub que esa obra, que escribe tras su siesta aragonesa, no se estrenaría hasta 1956 y a cargo de un grupo universitario de Puerto Rico!

Miguel Garcés es periodista y escribe en el Heraldo de Aragón, vive en Zaragoza, pero es de Calatayud. Es unos diez o quince años mayor que Aub, quien lo conoció a través de su padre. Es Garcés un lector atento de la obra de Baltasar Gracián. Está preparando un trabajo biográfico sobre los años del escritor en Calatayud. Ha quedado citado con Aub a las diez de la mañana para visitar Belmonte, pueblo natal de Gracián. Aub conoce muy poco la obra literaria del escritor barroco aragonés y de su persona apenas sabe que fue jesuita. Sin embargo, se siente interesado por ese autor debido a las muchas alabanzas que de él y de su obra le ha oído a José Gaos. Así que no dudó en acompañar a Garcés a Belmonte.

Un amigo del periodista se ha ofrecido a llevarles en su coche. Garcés presenta a Aub a su amigo como escritor valenciano, «uno de estos jóvenes escritores modernistas que prometen», le dice con cierta sorna que no pasa inadvertida a Aub. Toman la carretera de Madrid en dirección hacia Zaragoza. El cierzo ha dejado la mañana limpia, con un sol como recién lavado. A escasos kilómetros de Calatayud toman una carretera que conduce, paralela al río Perejiles, caudaloso afluente del Jalón, hasta Miedes, Codos y Cariñena. Estrecha y mal asfaltada, discurre por el valle que forma la sierra de Vicort, que es el telón de fondo de estos pueblos: Villalba de Perejil, Belmonte de Calatayud, Mara, Miedes. Aub, en silencio, contempla la belleza del paisaje con los ojos tendidos en la lejanía. ¡Qué hermoso país es España, se vaya por donde se vaya! ¡Qué contrastes enriquecedores, del secarral a la vega, del litoral a la meseta, qué melancolía la del campo sosegado y en silencio!

Han aparcado el coche en la parte baja del pueblo y suben a pie hacia los restos del antiguo castillo. Llegan a la iglesia de San Miguel, de finales del siglo XV.

—Aquí, probablemente, fue bautizado el escritor, el 8 de enero de 1601 —dijo Garcés al entrar en la iglesia. El interior tenía un aire vetusto y en el ámbito en penumbra parecían detenidas las horas. El campanario mudéjar, el pequeño atrio junto a la fachada principal, la suciedad de la piedra, la soledad de los tejados.

Al bajar de una escalinata, la casa natal del escritor.

—Poco tiempo debió de vivir aquí Gracián —continuó Garcés—, porque nunca nombra esta aldea en sus obras y siempre recuerda Calatayud. En la casa vivía una familia campesina, ignorante de que ésa fuera la casa natal de un escritor tan importante como aquellos señores decían. Aub no pasó por alto la dignidad de aquella familia a pesar de su menesterosa pobreza.

Caminaron después hasta la fuente del Despeño y allí hicieron un alto para descansar.

—Se sabe poco de la vida de Gracián en esos años, pero de algunos datos se tiene certeza; por ejemplo, que siguió dos cursos de filosofía en el Colegio de Jesuitas de Calatayud en 1623, mandado construir por la Orden al igual que la iglesia de San Juan el Real. Su biblioteca era una de las mejor surtidas de la Orden. Créame, Aub, la sólida formación teológica y filosófica de Gracián hicieron de él, cuando encontró su estilo propio, el escritor más importante de su tiempo. Nada es comparable, con excepción del Quijote, a la grandeza de El Criticón.

No puede saber Garcés que, con el tiempo, Aub hará grandes elogios de Gracián y dirá que su estilo ha permanecido vivo hasta nuestros días.

La hora del regreso se acercaba y los tres amigos quisieron visitar la ermita de San Roque. Después, el coche les devolvió de nuevo a Calatayud. A media tarde, Aub tomó el tren camino de Valencia. Durante el viaje fue leyendo los textos de una breve antología de Gracián que Garcés le había regalado. El gusto por el aforismo se le contagió, quién sabe, tal vez en ese primer contacto con la obra del escritor aragonés. De entre los que leyó en el tren, uno le acompañó siempre como lección de vida: «Sólo tenemos tiempo, lo tiene hasta el que nada tiene».

—Estábamos muy preocupados por ti; Max, con todo el lío que se ha formado por lo del golpe de Estado de Primo de Rivera, sabiéndote por ahí de viaje, y solo —le dijo su madre cuando regresó a la casa de la calle Garrigues.

—Pero si todo está tranquilo, como siempre —le respondió con una media sonrisa Aub, que trataba así de sosegar a su madre y de demostrar a un tiempo su ironía hacia quien consideraba un dictador de zarzuela—; habrá que esperar a ver el rumbo que toman los acontecimientos, pero a mí, la verdad sea dicha, la figura de Primo de Rivera no me despierta mucho respeto.

No muchos años después, el rey Alfonso XIII, en un viaje que hizo a Roma acompañado del dictador, lo presentará como el Mussolini español. Le parece a Aub, sin embargo, que la dictadura de Primo de Rivera no es una cosa seria y por tanto no será una verdadera dictadura, aunque no piensen lo mismo escritores como Miguel de Unamuno, quien se opondrá frontalmente al directorio militar, lo que le costará el destierro en Lanzarote y la pérdida de su cátedra en la Universidad de Salamanca.

—Max, ya puedo decírtelo con seguridad, éste ha sido el último viaje que has hecho por cuenta de la casa sevillana, porque ya tengo todos los papeles arreglados, toda la documentación necesaria, para crear un negocio propio. De momento la sede y las oficinas estarán aquí en casa. He alquilado un almacén, en un edificio de aquí al lado, para guardar el género. De modo que a partir de ahora trabajaremos para nosotros mismos, seremos una empresa familiar. Habrá que trabajar duro, Max, pero aprovecharemos la clientela de todos estos años. Los principios son siempre inciertos, pero estoy seguro de que saldremos adelante. Tendremos que ampliar el radio de acción de nuestros viajes y cubrir más zonas del territorio español. Quiero renovar y poner al día el muestrario, por lo que te voy a pedir que hagas un viaje por Francia y Alemania para contactar con nuevos proveedores y ofrecer un género de mayor calidad —concluyó su padre con el entusiasmo propio de quien emprende un nuevo camino profesional para el que será, en el devenir de los años, importantísima la colaboración de su hijo.

A Aub no le sorprende la noticia porque sabe que su padre hace ya tiempo que quería instalarse por su cuenta, tener su propio negocio. Acepta sus planes y asume la cuota de responsabilidad que le corresponde, pero lo hace sin excesivo entusiasmo; a él lo que le interesa y le desvela es la creación literaria; sin embargo, colaborará fielmente y con el máximo esfuerzo en el proyecto durante años, hasta que la guerra lo haga todo imposible y la vida le lleve por otros insospechados caminos que lo alejarán irremediablemente de ese mundo pequeño de la empresa familiar de bisutería fina para caballeros.

Ha quedado con Perpetua en un café. Cada vez siente con más fuerza que Perpetua, a quien desde el principio llamó Peua, será su mujer entre todas las mujeres y ninguna otra podrá desbancarla nunca del lugar preeminente que ocupa ya en su corazón. Al correr de los años la sombra imprecisa de otras mujeres, real unas veces o imaginada otras, que se cruce en su camino, se desvanecerá ante la fuerza avasalladora del amor de Perpetua. No quiere postergar ya más el momento, que espera impaciente, de poder vivir con ella, junto a ella, siempre al lado de ella. ¿Para qué esperar? ¿Qué sentido tiene que sigan separados, viéndose sólo cuando la ocasión lo permite? Esa tarde está dispuesto a proponerle que se casen enseguida. Le explica todas las novedades que con respecto al negocio le ha expuesto su padre; le dice que si las cosas van bien, y no hay ninguna razón para que no sea así, podrán casarse de inmediato. Le habla también de que su padre le ha pedido que haga un viaje por Francia y Alemania para renovar el género, lo quiere más moderno y adecuado a los tiempos, que pretende ofertar la nueva empresa familiar y le dice que estará fuera por lo menos un par de meses y que si ella está tan segura como lo está él, y siente el amor y el deseo con la fuerza con la que él los siente, a su vuelta podrían empezar todos los trámites para la boda.

—Haz ese viaje, Max, y todos cuantos sean necesarios y nunca te preocupes por mí, yo sabré esperarte siempre y estar a tu lado para compartir mi vida con la tuya —le dijo Perpetua mientras tenía sus manos enlazadas con las suyas.

Cuando se casen, no mucho tiempo después, ella asumirá que lo hará con un escritor que trabaja como viajante de comercio y no con un viajante de comercio que escribe.

—¿Decía usted algo, señor Aub?

—El autor se está dejando cosas importantes en el tintero.

—Le recuerdo que está escribiendo su novela a ordenador.

—Bueno, qué más dará eso; lo que quiero decirle es que al obviar ciertos episodios, que yo considero fundamentales, la historia se resiente y hasta se desnaturaliza.

—¿Qué historia, señor Aub, la suya personal o la del contexto de la España de aquellos años turbulentos?

—Estoy por decirle que las dos al tiempo.

—Sea como fuere, a usted no le queda otro remedio que aceptar, señor Aub, que es el autor quien elige los episodios que quiere novelar.

—Y lo acepto, pero hay avalares que yo hubiera contado de otra forma.

—¿Y qué puede importar eso al autor?

—Supongo que nada, pero se trata de ser fiel a la memoria.

—¿Acaso cree, señor Aub, que cuanto cuenta de usted el autor no ha pasado un proceso previo de documentación? ¿Cree que el autor escribe a humo de pajas?

—Pues siendo así, se olvida de episodios demasiado importantes como para ser olvidados.

—Ha conseguido usted intrigarme. Veamos esos episodios a los que usted se refiere.

—¿No podría explicárselo directamente al autor para que enmiende el error?

—¿No le parece que resulta un poco presuntuosa esa expresión «enmiende el error», señor Aub? ¿No le he dicho ya varias veces que tiene usted vedada la comunicación con el autor? Si quiere puede explicármelo a mí.

—¿De qué serviría?

—Eso nunca se sabe.

—En el fondo, sólo trato de ayudar al autor en su trabajo.

—¿Quién le ha dicho que necesite ayuda? ¿Le ha oído usted pedirla en algún momento?

—Vamos, no sea terca, todo el mundo necesita que le ayuden.

—Bien, ¿me va a explicar ese episodio que tanto echa en falta, sí o no?

—Está bien, pero que conste que esto es hablar por hablar y usted sabe que eso fue una de mis fobias.

—Lo sé y le ruego que me lo cuente de una vez o que callemos y sigamos atentos al relato.

—En el capítulo anterior el autor hace un guiño literario, que dudo mucho que capten quienes no hayan leído mi relato «El Cojo», al situar en Nerja una escena en la que un cantaor actúa acompañado de un guitarrista ciego en un tugurio de cante flamenco. Trata de explicar el deslumbramiento que en mí produjo aquella costa del sur por un lado y por otro el quejío estremecedor del cante jondo. Lo que quiere insinuar el autor es que ese cantaor cojo, antiguo minero, es un personaje real en el que yo me inspiré, años después, para el personaje de mi cuento. Hasta ahí, nada que decir, me puede parecer un recurso más o menos verosímil, discutible como todo, pero nada que objetar, reitero.

—Entonces, ¿dónde está el problema, señor Aub?

—No se impaciente, voy a ello. Los dos hemos podido advertir que el autor está jugando estructuralmente con el tiempo de la narración, así, pasa sin solución de continuidad del presente al pasado. Del mismo modo, en su relato mezcla lo histórico y lo literario constantemente. Pues bien, ahí reside el problema, el olvido al que me refería. Describe el autor, aunque someramente, con tres pinceladas, como quien dice, la carretera que va desde Málaga hasta Almería y no hace la menor mención a lo que allí sucedió a principios de 1937 y olvida que a esa carretera, en virtud de esos sucesos a los que me refiero y que fueron uno de los grandes horrores de la guerra, se le llamó desde entonces «la carretera de la muerte». De lo que me quejo es de que si el autor está haciendo al lector un guiño literario acerca del personaje de mi cuento en el que relato los sucesos allí acaecidos, no haga la más mínima mención a ellos y al simbolismo trágico que sin querer adquirió esa carretera, fatídica para tanta gente, sobre todo mujeres y niños, que en ella dejaron su vida cruelmente abatidos por las balas de los aviones o alcanzados por los obuses disparados desde los barcos.

—Continúe, se lo ruego.

—Todo fue culpa del miedo, del pánico que produjo en la población civil el avance de las tropas nacionales sobre Málaga. La gente contaba las barbaridades que hacían en cada pueblo que tomaban, que si fusilaban, que si violaban y cortaban el pelo al cero a las mujeres, que se yo; el caso es que la gente huía y lo dejaba todo atrás. En Málaga, pocos días antes de la caída de la ciudad, tuvieron que habilitar la catedral para dar albergue a tantísima gente como huía. Cuando fue inminente la entrada de las tropas nacionales en la hermosa ciudad andaluza, «ciudad del paraíso», la llamó Vicente Aleixandre, la huida se hizo masiva: viejos, mujeres, niños, familias enteras se echaron a andar por la carretera de la costa, la que conduce a Almería, entonces, a principios de 1931, todavía en territorio republicano. La idea de la ofensiva fue de Queipo de Llano y lo que se perseguía era alejar hasta Motril el frente divisorio de la España rebelde y de la España leal al gobierno legítimo y constitucional. Las tropas fascistas italianas tuvieron un papel decisivo, con su participación, en estos hechos. Nueve batallones italianos, con más de diez mil hombres al mando del general Mario Roatta, quien por cierto fue herido en combate aunque pudo continuar al mando de las operaciones, participaron en esta tremenda ofensiva. Era cosa de oír a Queipo de Llano gritar desaforadamente: «Duce, Duce, Duce, ¡Viva Mussolini!». Pero lo que despertó el horror, no sólo en España, sino en Europa, fue la saña, el odio, el uso indiscriminado de la violencia sobre la población civil inerme y en retirada. El fascismo enseñó allí, quizá por primera vez, la más negra de sus caras. Los aviones hostigaban constantemente a esa masa desamparada de viejos, mujeres, niños y hombres desarmados que huía ante el pánico que habían despertado las tropas nacionales. Los ametrallaban desde el cielo casi como quien juega al tiro al blanco, produciendo una cantidad inmensa de muertos y heridos que eran abandonados a su suerte por falta de medios sanitarios para atenderlos. Por si eso era poco, desde el mar los barcos, sobre todo el Baleares y creo que también el Cervera, disparaban sus obuses mortales sobre la carretera como quien juega al pim, pam, pum fuego. Y así durante varias jornadas. Los que llegaban vivos a Almería eran incapaces de describir aquel infierno, apenas encontraban palabras para hacerlo; desde entonces llamaban a aquella carretera «la carretera de la muerte».

—Conozco sobradamente los sucesos, señor Aub, fue uno de los momentos más terribles de la Guerra Civil.

—Sí, pero siempre esos acontecimientos tienen otra lectura y es que sirven, en plena orgía de sangre y de destrucción, para mostrar la solidaridad humana, el lado noble del ser humano. Tal fue el caso del médico canadiense Norman Bethune, autor de un folleto titulado El crimen del camino Málaga-Almería, editado por Publicaciones Iberia y traducido a varios idiomas. Este médico, sirviéndose de una única, vieja y atrotinada ambulancia, cuando tuvo noticia de la tragedia que se estaba viviendo en la carretera y de la falta de apoyo y de ayuda sanitaria a los heridos, empezó a hacer viajes de ida y vuelta a la carretera, partiendo claro desde territorio republicano, para recoger a los heridos y atenderlos en la medida de lo posible. Actuaciones como la de ese doctor canadiense y sus ayudantes le hacían pensar a uno que no todo estaba perdido, que no todo estaba consumado, que siempre, en medio del desprecio a lo humano y de la maldad, hay un resquicio, por pequeño que sea, para que sobreviva la esperanza y la solidaridad entre los hombres.

—Sin duda fue aquél un hermoso ejemplo de la grandeza del hombre. ¿Esa huida de la población civil fue la que contó usted en su relato «El Cojo», no es así?

—Sí, así es, y en esa huida la hija del Cojo muere ametrallada mientras da a luz en plena carretera a una niña a la que otros deciden llamar Esperanza.

—¿Le parece que sigamos, señor Aub, atentos al desarrollo de la novela?

—Aclarado este punto, por mí no hay inconveniente.

8

 

—Es admirable, Max, ese empecinamiento tuyo en querer ser español. Si a nosotros nos hubieran dado la posibilidad de ser franceses o alemanes, íbamos a ver qué hubiéramos elegido. No, Max, somos españoles porque no podemos ser otra cosa, como dijo el político conservador, pero tú lo eres por voluntad propia, por eso serás el más español de todos nosotros —le dijo con irónico sentido del humor Medina Echavarría aquella mañana de principios de junio en que habían quedado para celebrar la llegada de Aub a la mayoría de edad.

Cuando esté prisionero en el campo de concentración de Djelfa, en el altiplano argelino, en pleno Atlas sahariano, en febrero de 1942, Aub escribirá un poema a España para decirle que se le sube a la garganta, que le desampara y que se ha convertido en cementerio abierto, lejana e inaccesible, quemada a fuego, asolada. Nunca se arrepentirá, a pesar del trato recibido por ello, de haber escogido ser español cuando le tocó hacerlo. Al correr de los años, se definirá como escritor español y ciudadano mexicano. Después, cuando regrese tras treinta años de ausencia, ya no la reconocerá; la España de 1969 no será la misma en la que él vivió, sino otra que habrá usurpado su lugar, prisionera de voces extrañas y destempladas, hirientes como ladridos de jauría. La suya será para siempre una España perdida en el laberinto del sueño, una España imposible.

Hacía cuatro meses que no se veían, el tiempo que había durado el viaje de Aub por Francia y Alemania. Tenían muchas cosas de que hablar, entre otras de su compartida afición al teatro. Está con ellos Carlos Gaos. Los tres han escrito obras de teatro. Aub les habla del expresionismo alemán, de Erwin Piscator y de otros autores europeos de los cuales sus amigos no han oído hablar nunca y algunas de cuyas obras él ha tenido oportunidad de ver representadas durante su viaje. Los amigos de Aub siempre admiraron en él su estar al día de la cultura europea, su dominio de las lenguas, el hecho de ser capaz de leer las obras en el idioma en que fueron escritas, de estar suscrito a las principales revistas literarias europeas, sobre todo francesas; admiraron, en fin, el cosmopolitismo de su cultura.

—Eso que estás explicando ya lo ha hecho entre nosotros don Ramón del Valle-Inclán —dice Carlos Gaos mientras beben vino blanco frío, casi helado, como les gusta a los tres—; recuerda el deslumbramiento que nos produjo leer Luces de bohemia en la revista España.

—El expresionismo y el esperpento —dijo a su vez Medina— son estéticas teatrales renovadoras; estamos de acuerdo en que el teatro de Valle-Inclán es el más importante que en este momento se escribe en España, por su lenguaje dramático y por su carga crítica; su ética se expresa a través de un estética deformadora. Será muy difícil que ese teatro triunfe en los escenarios españoles, un público que abarrota las salas donde se representa el llamado género chico, que aplaude los estrenos de los Quintero o de Benavente, no está preparado para un arte teatral como el de Valle-Inclán.

En 1937, Aub conocerá a Piscator en París; se lo presentará el embajador, Luis Araquistáin, quien le pedirá que se entienda con él, puesto que quiere montar Fuente Ovejuna, obra que La Barraca estrenó en junio de 1933, en una versión preparada por García Lorca, en el Teatro Principal de Valencia; dos años después El Búho representó, dirigida por Aub, la obra de Lope en la plaza del Patriarca de esa misma ciudad. Aub, que en 1937 se sentía ya muy lejos de la estética del dramaturgo alemán y que consideraba que éste había dado lo mejor de sí mismo en los años anteriores a Hitler, tuvo un fuerte enfrentamiento con él. Le molestaba su aire de superioridad, su megalomanía, su carácter presuntuoso, sus proyectos imposibles; la manipulación que quería llevar a cabo del texto de Lope de Vega acabaría haciendo imposible el montaje. Tormentosa será la relación entre Aub, entonces en los albores de su producción dramática, y el autor consagrado y encumbrado que era Erwin Piscator. Escribirá a raíz de este episodio Aub, fijando la que acabará siendo su estética teatral, que no es necesario falsear un drama para hacer propaganda y que hacer política desde el escenario es crear un ser híbrido que nunca tiene larga vida; por el contrario, el teatro político se ha de parecer al teatro clásico griego.

Pero ahora es tiempo de esperanza, todo está por suceder. Los tres amigos toman café sentados frente al mar.

—¿Y si todo esto que vivimos no fuera más que un sueño? ¿Y si la muerte no fuese sino el tránsito hacia otra vida en la que nunca supiéramos lo que es la muerte? ¿Dónde están los límites de la realidad, qué es verdad y qué sueño, qué ficción? Yo, amigos —dijo Medina apurando un trago de coñac con sosegado deleite—, desconfío, desconfío absolutamente de todo. Desconfío como Anselmo desconfiaba de la virtud de su mujer y su locura le llevó a encargarle a su amigo Lotario que la sometiera a la absurda prueba de ver si cedía a sus artes seductoras. Lo mío no es locura, como la de esos personajes del Quijote, sino deseo de conocer la realidad. Digamos que quiero saber si Pleberio, en el planto ante el cadáver de Melibea, en La Celestina, tenía razón cuando dijo que la vida le parecía un «laberinto de errores, un desierto espantable, una morada de fieras, región llena de espinas, falsa alegría y verdadero dolor».

—En eso estamos todos —dijo Carlos Gaos—; yo pienso, como Max, que todo esto a lo que llamamos mundo y vida a la fuerza debe tener algún sentido, si no, las generaciones se seguirían unas a otras sin más fin que agotar los años que el destino nos reserve a cada uno y santas pascuas. Creo que ennoblece al hombre la lucha por la justicia y por un mundo mejor; aunque también desconfíe de lo que me rodea e incluso de las muchas elucubraciones que elabora mi razón, que no reposa jamás, siempre en perpetuo movimiento, quién sabe si hacia ninguna parte.

Aub guarda un silencio cómplice. Está de acuerdo con las ideas que sus amigos han manifestado. No les dice nada, pero ha escrito una nueva obra en un acto, El desconfiado prodigioso, que recoge en parte las reflexiones existenciales que sus amigos están haciendo entre trago y trago de coñac; esa obra se asomará, aunque eso no lo sabe en el momento en que toma café con ellos, a los escenarios de su tiempo en Vilafranca del Penedés, traducida al catalán, bajo el título de El malfíat extraordinari. Los tres amigos coinciden, aunque Aub es el único que lo cumple en su escritura teatral, en que la nueva estética dramática tiene que estar basada en la superación del realismo. De todo desconfía su desconfiado prodigioso, hasta el punto de plantearse que tal vez el todo no sea sino la nada, que al fin y al cabo la realidad no sea más que una representación teatral en la que cada uno cumple su papel. Acaba su Malfiat cuestionándose su verdadera identidad y gritando con angustia que él quiere ser, existir, a pesar de que lo blanco no sea blanco ni los muertos sean muertos.

Unos meses después, Aub fue declarado inútil para el servicio militar por su miopía.

—Me alegro por ti, Max, no parece el ejército español el lugar más adecuado para un joven sensible y con aficiones literarias como tú, es más una ventaja que un inconveniente, hijo —le dijo su padre la tarde de octubre en que supo la noticia—. Por otro lado, Max, a tu madre y a mí nos gusta esa chica, Perpetua, con la que sales y, si bien te veo aún un poco joven para casarte, entiendo tu deseo de estar junto a ella, así que aunque nuestra recomendación es que esperes un poco más, haz lo que creas conveniente. ¿Te has parado a pensar, Max, que si deseas casarte por la Iglesia será necesario que te bautices? Decide tú lo que debes o no hacer. Nosotros respetaremos tu decisión sea cual sea.

Aub ha sido educado en el agnosticismo y nunca ha oído hablar de religión en casa. El problema Dios y sus silencios le interesa sólo de modo racional, conceptual, filosófico. Tampoco se ha preocupado nunca por esclarecer el supuesto judaísmo, por vía materna, de su familia. Años después, a raíz de la tragedia sufrida por los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, en 1943, aunque la obra esté ambientada en 1938, los hará protagonistas de la que será su mejor obra teatral, San Juan; un nutrido grupo de personajes navegará a la deriva en un barco ganadero sin que ningún país acepte acogerlos por el hecho de ser judíos. Su visita a Israel, comisionado por la Unesco para impartir un curso en la Universidad Hebrea de Jerusalén, y la guerra de los Seis Días con los árabes, enfriarán su solidaridad con los judíos. En ese momento, ni se siente judío, ni cristiano, ni capaz de profesar religión alguna que no sea la de la razón. Por eso decide que si casarse por la Iglesia con Perpetua le obliga a bautizarse, lo hará; aunque siga siendo agnóstico, sin más religión que la lucha por la justicia y por la libertad, lo que no impide que le incomode esa obsesión de las religiones por manifestar externamente las creencias a través de unos rituales y unas liturgias que tienen más de ceremoniático que de verdadera piedad. La religión, de sentir verdaderamente la presencia de Dios en el corazón, ha de ser un sentimiento íntimo, que se viva en el recogimiento y en el silencio conventual de los claustros de la propia conciencia, sin la necesidad absurda de mostrar a todo el mundo aquello en lo que uno cree.

Su madre ha querido hablar con él porque siente cierta preocupación, después de leer sus últimas obras dramáticas, tanto por los temas que en ellas trata como por la forma de expresión, por el lenguaje y las imágenes ciertamente crípticas que elige; así que una mañana, después de desayunar, charlan junto a dos tazas de café.

—Max, me parece que hay algo enfermizo en esa obsesión tuya por los celos y sus violentas consecuencias. No juzgo la calidad literaria de lo que me has dejado leer, sólo te diré que me parecen bien escritas pero experimentales en exceso y veo difícil que ningún teatro se arriesgue a programarlas. Excepto El desconfiado prodigioso, son excesivamente cortas. Deberías probar a escribir obras más largas y con más argumento, obras que reflejen los problemas reales de la gente de tu tiempo. Tal vez eso sería mejor que hurgar en los celos y en las historias trágicas que provocan. Me ha exasperado la historia de El celoso y su enamorada, eso de que se arranque los ojos y acabe muriendo en los brazos de su amante, insensible, prepotente y atormentado… No sé, hijo, estas obras respiran angustia y mucha violencia, un sentimiento demasiado trágico de las cosas. ¿Las ha leído Perpetua? ¿No le ha llamado la atención esa obsesión con el problema de los celos?

Aub sabe que su madre tiene razón, que su literatura está demasiado intelectualizada. Para qué decirle que su estética dramática trata de retomar los temas clásicos y actualizarlos, recrearlos con un sentido nuevo. Ese teatro le conduce inevitablemente al fracaso, pero no puede hacer nada, le salen así las obras y es inútil luchar por cambiarlas. No le preocupa el éxito, sólo trata de escribir la literatura que le sale de dentro.

9

 

—Me gusta eso de que los mástiles de los barcos recuerden los palotes de los cuadernos escolares, lo de los acentos circunflejos de los tejados de los tinglados y comparar los colores de la tarde con un traje de arlequín. Está muy bien, demuestra tu imaginación y tu ingenio, es muy bella tu prosa, Max, pero a mí me deja fría; ya me pasó con ese relato de la muchacha cajera que resulta ser una sirena. Me parece que por ese camino literario malgastas tu talento. Lo siento, no debería decirte estas cosas, pero no puedo evitarlo. Cuánto me gustaría que escribieses una novela como las de siempre, con historia, con personajes de carne y hueso, en la que explicaras las cosas de la vida, las esperanzas y las frustraciones de las personas corrientes. Ya sé que así no escribís los jóvenes vanguardistas, pero qué quieres, yo sigo leyendo con gusto las novelas de Galdós y de Baroja —le dijo Perpetua una tarde después de leer lo que le había dejado Aub, que no era otra cosa que Geografía, su primera novela.

Al correr de los años, será Perpetua su crítica literaria más severa y más sincera, puede que también la más acertada. Nunca se enfadó con ella, a pesar de que expresase sus opiniones con crudeza. Aunque le ha hecho pensar lo que le ha dicho, Aub tardará tiempo en cambiar su estilo, no puede escribir de un modo distinto a como lo hace. El escritor, piensa, no es más que la expresión de la vida de su tiempo, y el suyo, a la altura de 1926, es el de la superación del realismo y el de la búsqueda de trajes nuevos con que vestir lo literario. Geografía es tan diferente a lo que esperaba que la ha desconcertado. Su novela es literaria en el más estricto sentido del término. Siguiendo la estética de recrear viejos temas mitológicos insuflándoles sentimientos propios de la época, ha querido reescribir los amores de Fedra con su hijastro Hipólito, pero ha cambiado tanto la anécdota, la ha revestido de tantos lances imaginarios expresados en una prosa en exceso metafórica, que su mujer no ha sido capaz de reconocerla. ¡Tanta geografía, tanto viaje imaginario, tanta metáfora rebuscada! Fragmentos de la novela se publicarán en Revista de Occidente y en Verso y Prosa, en octubre de 1927. Aub lo considerará un buen regalo en el primer aniversario de su boda, sobre todo por la revista de Ortega, donde escribían los elegidos, los vanguardistas, los renovadores del verso y de la prosa.

Con todo, su primera publicación narrativa será «Caja», el cuento de la cajera-sirena, en la revista Alfar, que dirige el poeta uruguayo Julio J. Casal, a quien visitarán durante su viaje de bodas. El poeta uruguayo morirá en 1954 y su viuda remitirá a Aub a México una antigua carta en la que le decía que su marido le esperaba para charlar tomando café y fumando, y que le reservaba un ejemplar, que nunca pudo entregarle, de su última obra, Cuaderno de otoño, publicada en 1947, tan alejada ya del romanticismo de sus inicios y del simbolismo decadente que después practicara. Aub evocará entonces aquellos días de septiembre de 1926 en La Coruña, en una breve estancia durante su viaje de bodas, en la casa del poeta, con sus halconeras blancas encristaladas frente a la bahía de Riazor, con el bramido del Atlántico rompiendo en espumas bravas sobre la arena de la playa, cuando Casal le enseñó los ejemplares de Alfar, la revista en la que Aub se estrenaba como narrador. ¡Cómo ha pasado el tiempo! ¡Cuántos sinsabores trajeron los años! Era Casal, como tantos otros, escribirá en su diario a raíz de su muerte, un hombre bueno.

Aub se va abriendo paso y revistas importantes, aunque algunas sean muy minoritarias, acogen lo que escribe y no se demoran en publicarlo. Empieza a ser un escritor conocido, al menos en los ambientes literarios. Su nombre desconcierta a más de uno, que lo considera autor extranjero traducido.

Posan en las escaleras que descienden hasta el estanque del Palacio de Cristal en el Parque del Retiro. Es una soleada mañana del otoño madrileño. Un frondoso fondo de árboles se refleja en el agua mansa a los pies de la escalinata. Aub, un peldaño elevado, la toma por el hombro, mientras con la otra mano sujeta un elegante sombrero. La americana abrochada deja ver el chaleco y el cuello de la camisa y la corbata. La cabeza, ligeramente ladeada. Mantiene fija la mirada en el objetivo de la cámara. La felicidad, ascendiendo desde la punta de los zapatos por todo su cuerpo, no impide un gesto adusto de seriedad. Por el contrario, Perpetua, de quien el sombrero calado hasta las cejas sólo deja ver medio rostro iluminado, es sonrisa aleteante, cálida, tímida y segura a un tiempo. Viste camisa blanca y corbata, falda por debajo de la rodilla, un poco a la moda charlestón. Sostiene, con sus manos enguantadas, un abrigo o tal vez una gabardina. Tiene los pies juntos, como niña que posara tímida para un fotógrafo.

Están en Madrid, primera etapa de su viaje de bodas; han llegado el 3 de octubre de 1926. El cielo de Madrid es especialmente hermoso en los inicios del otoño. Madrid, numantina en noviembre de 1936, capital de la gloria, la del callejón del Gato, la calle de Valverde, el Campo del Moro. Estarán algo más de tres semanas. Se casaron temprano porque a mediodía tomaban el tren para Madrid. Nunca les gustaron las ceremonias, de modo que su particular banquete de bodas será en el vagón restaurante del tren. Se encontraron con Pedro Salinas, que viajaba en el mismo tren. Aub se acercó a saludarle; el poeta tomó café con la pareja. Cuando se despidieron, Aub le dijo a Perpetua que ese señor, atento y simpático, de voz dulce y sosegada, era uno de los primeros poetas de España.

Se han instalado en el hotel Gran Vía, en pleno centro. Aub se ha llevado, para resolverlos, asuntos del trabajo. Pero los posterga. No quiere separarse ni un minuto de su esposa. Prolongan las noches de amor hasta horas imposibles de la madrugada, duermen hasta bien entrada la mañana. Luego, salen a la calle, lo quieren ver todo, museos, avenidas, jardines; comen cualquier cosa por ahí; por la tarde al café, de noche al teatro; soberbia plenitud de la vida, indeclinable fuerza del amor, los caminos inciertos conducen todos a su nombre, lira perpetua que viste de música callada el desvelado asombro del corazón.

Ha querido que los conozca a todos, a García Lorca, a Paulino Masip, a Díez-Canedo, a Rafael Alberti, a Altolaguirre, a Sender, hasta a Valle-Inclán. La lleva al café Regina. Otro día a cenar a casa de unos amigos, donde Lorca, lleno de gracejo, le ha salido a recibir imitando su peculiar manera de pronunciar la erre. No han podido hacer otra cosa que reírse y luego admirarse hasta quedar boquiabiertos cuando les ha recitado algunos de sus romances gitanos. Cernuda, Guillén, Salinas, todos están esa noche y todos comparten el deslumbramiento ante la calidad trágica de los versos lorquianos, que son escuchados en devoto y entregado silencio.

—He sabido, por Díez-Canedo, que estás muy interesado en el teatro —le dijo Lorca en un breve aparte—; si has escrito algo, podrías mandármelo, a mí me gustaría leerlo y así podría darte mi opinión. Yo estoy terminando un drama sobre Mariana Pineda, la heroína liberal granadina.

Después, sólo coincidió con él en alguna tertulia, y aunque en Barcelona asistió en 1935 a una lectura de su Doña Rosita la soltera, apenas tuvieron ocasión de cambiar impresiones sobre el teatro que se escribía en el momento. ¡Quién había de decirle que esos fugaces encuentros, el de 1926 y el de 1935, éste en Barcelona, a un año escaso de su muerte, iban a ser los únicos entre ellos! Aub no le mandó ninguna de sus obras en un acto, ni entonces ni cuando Lorca le volvió a insistir en 1935, tal vez inseguridad, quizá respeto hacia una figura que estaba en el candelero literario y todo el mundo se hacía eco de la calidad y la fuerza de sus versos. Había creado un estilo propio, escribiría Aub años después, que otros le copiarían hasta la saciedad, hasta desnaturalizarlo.

—Si ésas son sus ideas, si ése es su credo político, Aub, no le queda más camino que venir al socialismo democrático; ¿se ha planteado usted alguna vez la necesidad de afiliarse a alguna organización política? —le dijo Luis Araquistáin una tarde en que hicieron un aparte en el café Regina. Aub le había dicho al que fuera director de la revista España, escritor y periodista, que su socialismo nacía de un sentimiento de solidaridad, de un deseo de que los que no tienen vivan mejor. Los conoce bien, los ha visto a lo largo y ancho de los caminos de España, en pueblos y ciudades que recorre dos veces al año con su muestrario de bisutería fina para caballero. Era el suyo un viejo deseo de justicia social, de que el mundo dejara de ser tan estrecho para los menesterosos.

Era Luis Araquistáin eso que se llama un hombre de partido, radical en sus postulados revolucionarios, firme defensor de la tendencia más izquierdista y obrerista del partido, la que representaba Francisco Largo Caballero. Poco dado a ocupar cargos ni a tener responsabilidades en la organización, Araquistáin se dedicaba a sus tareas intelectuales, sobre todo al periodismo. Hacía sus pinitos en la novela social, pero lo suyo era el ensayo de corte humanista y político. Cuando llegue la guerra y Largo Caballero sea presidente del gobierno, lo nombrará embajador en Francia y él a su vez se llevará a Aub como agregado cultural. Ahora es el hombre de la mano del cual Aub entra en el PSOE. No es que le llame la política, es más bien su conciencia social la que le lleva a ingresar en una organización que lucha por mejorar las condiciones de vida de los humildes. Resulta curioso que ambos, Araquistáin y Aub, escritores los dos, militen en un partido de trabajadores y de campesinos; pero no serán los únicos, otros hombres de letras, profesores, médicos, catedráticos, institucionistas y liberales se afiliarán también a un partido que poco a poco irán haciendo reformista hasta llegar a ser una organización clave del movimiento del reformismo burgués que convergió en la llegada de la República. Nombres como los de Jaime Vera, Julián Besteiro, Fernando de los Ríos y otros intelectuales de prestigio influyeron sin duda en la decisión que tomó Aub de afiliarse al partido socialista. Eran buenos ejemplos para ser imitados. Esta militancia de Aub le distanció mucho de los escritores de su tiempo, algunos tan reacios a formalizar ningún tipo de compromiso con los partidos políticos de la España de aquellos días.

A la vuelta de su viaje de bodas, entró Aub en el Partido Socialista Obrero Español de Valencia.

—Ha tomado usted una decisión acertada y la más coherente con sus inquietudes sociales y su manera de pensar —le dijo Araquistáin cuando días después conoció la decisión de su joven amigo, a quien felicitará y llamará compañero a partir de entonces.

Aub no abandonó nunca el partido, pero no era un político, sino un escritor responsable.

—Estoy de acuerdo contigo, Max, cuando dices que hay que luchar por un mundo mejor; me gusta eso de obligar a la razón a emprender el camino para buscar ese mundo mejor cuando se tiene la certeza o simplemente la sospecha de su existencia; por eso creo que es muy correcta la decisión que has tomado de afiliarte al partido socialista al regreso de nuestro viaje. No olvides, Max, que tú eres escritor y no político; así que me parece bien que hayas decidido comprometerte en la defensa de tus ideas, aunque lamentaría mucho que te convirtieras en un escritor político. Además, Max, ahora vamos a tener una buena razón para hacer el mundo más habitable: vamos a ser padres —le dijo Perpetua después de que hubieran abandonado el restaurante en el que habían cenado y decidieran regresar al hotel dando un paseo por el Espolón.

Están en Burgos, en el hotel Norte. Es la segunda etapa de su viaje. ¡Qué diferente el mundo desde que lo sabe! ¡Qué aleteante vuelo, qué densidad compacta la vida desde ese momento! ¡Qué entrañable su regazo perpetuo, el claustro oscuro en que anida la vida renovada! ¡Qué diferente la mansedumbre de la sombra!

A Burgos le siguió Vitoria y a ésta Bilbao y Santander, allí se vieron con Gerardo Diego y participaron en la tertulia que éste mantenía alrededor de la revista Carmen. Siempre se sintió Aub distante de Gerardo Diego, a quien admiraba, no obstante, como poeta creacionista; sin embargo, de todos los poetas de la Generación del 27, la que Aub consideró siempre como la suya, Diego era el más distante con él, aquel con quien más le costó relacionarse. No le extrañó a Aub que el poeta decidiera permanecer en la España de Franco al acabar la Guerra Civil, viviendo sus días como un modesto profesor de instituto en Madrid. Fue, no obstante, cordial ese encuentro en Santander. Después Oviedo y Gijón. De Asturias a Galicia, luego Astorga y Zamora. Vuelta nuevamente a Madrid, donde sólo estuvieron tres días. Desde Madrid a Zaragoza y Calatayud. Llegaron a Valencia el 22 de diciembre. Esas Navidades fueron entrañablemente diferentes para ellos y para sus familias.

10

 

—¡Y qué si no te invitaron, Max! Sabes que forman un grupo cerrado y sólo se tienen en cuenta a ellos mismos. Lo tienen todo, Max: proceden de la burguesía, pero son liberales de izquierda y republicanos; no desdeñan la tradición, pero son vanguardistas; escriben muy bien, con mucha originalidad; no son elitistas, si acaso algo señoritos; saben que están renovando la poesía española y para ellos todo lo que se opone a esa renovación es putrefacto. ¿Por qué te extrañas, Max, de que no contaran con los prosistas? Todos los que os empeñáis con vuestras creaciones en prosa en formar parte de esa generación de elegidos estáis condenados al fracaso; como mucho os haréis acreedores, el día de mañana, de una nota a pie de página; toda la gloria está reservada a los poetas —le dijo José Gaos mientras paseaban por el Retiro, aletargado bajo la luz helada de finales de enero—. No discuto, Max, su derecho a reivindicar a Góngora; si lo leen, lo estudian, lo editan y en cierto modo lo imitan, es porque ven en su obra el reino de la metáfora y la búsqueda incansable de la belleza; pero a mí me interesa más la poesía de Quevedo o la obra en prosa de Gracián, si de escritores barrocos se trata. Hubo mucho de sincero y verdadero en aquel homenaje que hicieron a Góngora en el Ateneo de Sevilla, pero también ganas de llamar la atención, de hacerse los originales, de ir a contracorriente, de provocar a los putrefactos. Sé de lo que hablo, Max, he convivido con ellos en la Residencia de Estudiantes y son, o quieren ser siempre, diferentes, originales, geniales. Los he visto jugar a esos juegos que ponen a prueba su ingenio. Los llaman anáglifos y consisten en decir dos sustantivos, el primero repetido, en medio la gallina y detrás un remate, bien con un nombre sonoro, bien con una frase ingeniosa: «La tonta, la tonta, la gallina y por ahí debe andar alguna mosca». Sí, ya sé que Francisco Ayala, Rosa Chacel o tú mismo demostráis ingenio en la prosa, pero a ellos no les interesa nada que no sea la poesía. La poesía es fervor y claridad, dicen, y existe o no existe. No hay más poesía que la que se realiza en el poema y poesía es lo que queda cuando eliminas de un poema todo lo que no es poesía. Tu camino literario va por otro lado, Max. El vanguardismo es un callejón sin salida para la novela.

Cuentan muy poco, por no decir que no cuentan nada en absoluto. Gaos tiene razón y Aub lo sabe. Que el vanguardismo es un camino de no retorno para la novela tardará en aceptarlo. No se ha desengañado aún, a pesar del escaso éxito de Geografía, publicada hace sólo unos meses. Trabaja en otra narración de corte vanguardista que titulará, cuando la acabe, Fábula verde. Ahora está en Madrid porque José Gaos, afiliado como él al partido socialista, le ha preparado una conferencia, de acuerdo con la Juventud Socialista Madrileña, en la Casa del Pueblo. Ha venido solo, Perpetua se ha quedado cuidando a María Luisa, a quien siempre llamarán familiarmente Mimín, nacida en 1927 y que está a punto de cumplir tres años. Estará en Madrid los menos días posibles. A solas en su habitación se pregunta cómo ha tenido valor para aceptar la propuesta de su amigo. ¿Quién es él para dar una conferencia sobre la guerra de 1914, si era un niño de once años cuando estalló?

Se sintió impresionado cuando entró, la mañana del domingo 2 de febrero de 1930, al Salón Grande de la Casa del Pueblo y lo vio abarrotado de gente; eran trabajadores, obreros, iguales a los que él conocía bien de verlos y tratarlos en sus viajes por España: la dignidad y la decencia en sus rostros, la masculinidad absoluta de sus manos, la altivez orgullosa de sus frentes, la huella que deja en sus miradas la injuria del trabajo a destajo y mal pagado. En las primeras filas, sentados, algunos dirigentes del sindicato y del partido. Aub los saluda con una leve inclinación de cabeza instantes antes de subir al estrado acompañado de José Gaos, quien le presentará al auditorio. Al pasar, distingue a Andrés Saborit, a Trifón Gómez y a Largo Caballero, que ha acudido acompañado de Luis Araquistáin, quien le insistió para que no dejara de ir a escuchar al joven escritor valenciano.

José Gaos cuenta al auditorio la historia de Aub, su exilio de Francia, la pérdida de todo cuanto tenían, la llegada a España, a Valencia, su amor por la cultura, la literatura y la gente españolas; su obra literaria, toda en castellano; su opción por la nacionalidad española; su compromiso y su ingreso en el partido socialista; su condición de escritor y el valor de su obra hasta ese momento. Bromea, en un lenguaje lleno de afectividad, sobre el error de los organizadores al anunciar a Aub como camarada alemán en los carteles. Aub dirige su mirada al público y advierte que muchos le están mirando a él mientras escuchan a Pepe Gaos. Siente, instantes antes de empezar a hablar, una emoción altiva al pensar que desde ese mismo estrado se han dirigido al público oradores como Pablo Iglesias o Julián Besteiro.

Como Gaos ya ha advertido al auditorio de la peculiar pronunciación de la erre, nadie se extraña al oír hablar a Aub. «Se vive una época turbia y confusa, en la que abundan los conservadores, los falsos liberales y los jóvenes que lo mismo se declaran reaccionarios que revolucionarios de café», dice; por eso justifica su ingreso en el único partido que ofrece la posibilidad en España de un mundo mejor. Arranca los primeros aplausos de la sala. Se califica a sí mismo, paradójicamente, como universitario y reconoce que en ningún sitio se encuentra tan a gusto como «entre compañeros». Tras estas palabras que ponen de relieve su compromiso, Aub desgrana el texto de su conferencia que, para algunos, resulta prolija y con un exceso de rigor intelectual. «La Historia no es más que una relación de guerras. Los hombres se matan entre sí y contra esa aberración se ha alzado el socialismo». Con vehemencia les dice que quisiera que su vida sirviera para algo, para ser un jalón en el camino de la paz perpetua. Después, un torrente de datos, de reflexiones políticas e históricas. Al llegar a los días que van desde el 28 de junio al 4 de agosto de 1914, traza una cronología de los hechos detallada, que reconoce extraída del libro de Emil Ludwig Julio de 1914. Pregunta a los asistentes si «tú, herrero, o tú, albañil, os veis agitando banderas y luchando y matando a otro herrero o a otro albañil». El mundo va a peor porque hay diez millones más de soldados que en 1914 y todo hace presagiar que habrá otra gran guerra; los partidarios de Hitler en Alemania y los de Mussolini en Italia ganan terreno. Las guerras sólo las parará el pueblo, sólo las evitará el entendimiento entre los pueblos y no entre los gobiernos que representan los intereses del capital. Los proletarios de todo el mundo deben gritar: «¡No queremos más guerras!». Si es necesario sacrificar vidas para lograr ese noble fin, él mismo daría, como haría todo buen socialista, con gusto la suya. El público aplaude puesto en pie. Felicitaciones también, al bajar del estrado. El texto de la conferencia se publica en El Socialista los días 5, 6 y 7 de febrero de 1930.

—Nunca serás tú mismo mientras no salgas al encuentro de los demás, Max, y espero que lo de esta mañana te haya abierto los ojos acerca de dónde está tu sitio y cuál es tu camino, ¿o acaso dudas aún? ¿Es que no tienes ojos en la cara? —le dijo José Gaos mientras comían en un restaurante cerca de la plaza Mayor, después de haber abandonado la Casa del Pueblo—. Sí, ya sé que no te gusta nada que te diga estas cosas y que estarás pensando que quién me creo que soy para hablarte de esta manera. Soy tu amigo desde hace muchos años y tengo tantas esperanzas depositadas en ti que sufro cuando te veo encerrado en el laberinto que tú mismo te has construido y del que es urgente que salgas cuanto antes, te enfrentes a la realidad y empieces de una vez por todas a ser tú mismo.

Aub se limitaba a escuchar, no estaba dispuesto a rebatir ni una sola de las afirmaciones de su amigo.

—¿No eres tú quien está detrás de la figura trágica de ese personaje de la obra Narciso que me mandaste y que por cierto leí con mucho interés? El Corifeo lo dice con claridad al señalar que ese Narciso de tu obra va buscándose en los demás. Ese Narciso que se siente solo, porque no hay nadie ni detrás ni delante, que invoca al Señor para que despierte muriendo si todo es sueño e ilusión; ese Narciso que lee, anda y desanda, pasea y es una especie de embudo que se traga todo lo que le sale al paso eres tú, Max. No haces más que dar vueltas alrededor de ti mismo. El problema de la incomunicación, la alienación y la soledad del ser humano es irresoluble y forma parte de nuestra condición trágica, pero el teatro debe tener otra dimensión aparte de la existencial, Max, debe ahondar en la condición humana; uno nunca es quien es sin los demás. Dime, ¿qué compañía se va a interesar por obras como esta tuya?

Aub sabe que su amigo tiene razón y que ese teatro, deshumanizado, del que Narciso es un claro ejemplo, está condenado al fracaso. Ante la dificultad de representarlo, decide editarlo. Está preparando un volumen que recogerá sus obras breves en un acto y que verá la luz en Barcelona en julio de 1931, bajo el título de Teatro incompleto. Está de acuerdo con José Gaos, pero nunca los cambios fueron bruscos en su obra y en los años venideros Aub permanecerá anclado en el mismo estilo literario, aquel en que los mástiles de los barcos recuerdan los palotes de los cuadernos escolares.

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Pasarán muchos años, casi treinta, para saber que Fábula verde —la historia de Margarita-Claudia, quien anunciada por un peculiar arcángel Gabriel, agente de propaganda del anuario de horticultura Divino, dio a luz en la plenitud de una naturaleza cómplice una manzana grande— tuvo lectores insospechados e interesó a alguien. Eso le compensará del desprecio que está a punto de sufrir y que le hirió menos de lo que algunos hubiesen deseado. Por otra parte, el rechazo que manifestaron hacia su libro posibilitó una portentosa edición de autor, ilustrada por Genaro Lahuerta y Pedro de Valencia e impresa sobre un fondo de láminas de la botánica de Cavanilles. Será en 1957, cuando en una carta Camilo José Cela, quien consideraba a Aub arquetipo del escritor químicamente puro, le confiese haber leído el libro hacia el año 1934 o 1935. ¡Qué lejos verá entonces Aub, a la altura de los años sesenta, el paraíso perdido de su infancia que quiso representar en aquel pequeño librito!

Miguel de Unamuno decía que era imposible vivir sin llevar a flor de alma los recuerdos de la niñez. Aub supo siempre que la circunstancia de la primera gran guerra le hizo perder aquella secreta arcadia donde pasó los veranos de su infancia. Ha querido recuperar en una fábula esa geografía verde de los paisajes de su niñez a través de ese personaje lleno de sensibilidad que es Margarita-Claudia. Lo ha logrado plenamente en esa breve historia llena de resonancias bíblicas. Ha acertado, está seguro. Sigue en la estética deshumanizada, pero cada vez más convencido de su estilo y de sus hallazgos poéticos. Cree, ingenuamente, que con esa obra va a alcanzar la condición de escritor reconocido en la estética vanguardista.

No se la ha dejado leer a nadie, y ha esperado la ocasión de llevarla personalmente a Revista de Occidente. Desoye las reflexiones de su amigo Pepe Gaos e insiste en un camino que más que abrirse se cierra para él. Le tenían preparada una encerrona y fue Fernando Vela quien, por encargo de Benjamín Jarnés, rechazó la novela con un «demasiados vegetales» que a Aub se le atragantó durante años, sobre todo por venir de donde venía, de la editorial de los elegidos del momento. Aub editaría el libro por su cuenta en diciembre de 1932 en la Tipografía Moderna de Valencia. Sólo tres años después, en 1935, Benjamín Jarnés, ¡oh, paradojas!, escribiría una elogiosa reseña sobre el libro; él, que contribuyó a vetar su publicación en la colección Nova Novorum.

La vida es para Aub, que ronda ya los treinta años, lo más hermoso que posee el ser humano. El mundo, como escribió su amigo Jorge Guillén en el poema «Beato sillón», a pesar de las injusticias y de las desigualdades, está bien hecho: el amor infinito que siente hacia Perpetua y hacia su hija, el asombro del amanecer, el agua limpia de las fuentes, el tronco retorcido de los olivos, la vida renovada en su interior, la perfección insoslayable de cuanto le rodea; el mar, la luz, el aire, la arena de la playa, el ruidoso ajetreo de las avenidas en las ciudades, la música de jazz, la de Bach, Virgilio, Los Miserables de Víctor Hugo, el color de las verduras, el rojo sangrante del crepúsculo, la solidaridad con los desheredados, el sueño imposible del cinematógrafo, el espacio escénico que cobija los sueños de la ficción dramática, la lectura sosegada al amparo de los troncos ardiendo en cualquier chimenea, la soledad compartida, el silencio: todo le habla a Aub de la plenitud inmarcesible del vivir. Ese sentimiento de alumbrar un ansia renovada de vida es lo que quiso explicar en la historia de Margarita-Claudia. ¿Qué puede importar el desprecio y el ninguneo del que ha sido objeto frente a la grandeza del sentimiento que guarda dentro de sí? Aunque le moleste el frenazo que ello ha supuesto en su carrera literaria, Aub se siente dueño ya de un estilo propio, de una manera de decir que lo individualiza, que lo diferencia de los demás escritores. Si del libro se venden treinta o trescientos ejemplares es en ese momento para él algo secundario.

—Vamos derechos hacia una república, Max —le dijo su padre aquella tarde de enero, recién estrenado 1931—. El rey no puede irse de rositas después de todo lo sucedido en estos años: las guerras coloniales de Marruecos, la dictadura de Primo de Rivera, la represión patronal de los trabajadores; esto es un polvorín y más temprano que tarde estallará y la que peor parada saldrá será la monarquía, ya lo verás.

Federico Aub sabe del ingreso de su hijo en el partido socialista y no lo ve con malos ojos. No le sorprende, porque no ignora que son muchos los intelectuales que están tomando partido, comprometiéndose con la causa popular. Le cuesta, no obstante, imaginar que su hijo vaya a dedicarse a la política. Sabe, quizá como nadie, de su carácter temperamental, de la vehemencia con que defiende sus posiciones, de la rudeza incluso con la que expone sus argumentos; la verdad es que lo ve poco flexible para ser político, es demasiado íntegro, se toma las cosas demasiado a pecho y eso no es conveniente para un político, que debe saber guardar distancias y no implicarse demasiado en los asuntos, y sobre todas las cosas tener eso que se llama mano izquierda. De todo ello anda un poco carente su hijo, cuya ética le impediría decir nunca otra cosa diferente de la que piensa, cuyo sentido moral de la política no le haría fácil transigir, «pastelear», como dicen los españoles, en ciertas situaciones. De modo que, aunque respeta, como siempre ha hecho, sus decisiones, le cuesta verlo como un político. Sin darse cuenta, quizá por influencia de su mujer, Federico empieza a ver a su hijo como un escritor. «¡Qué paradoja —piensa—, con lo que me costó aceptar que no fuera a la universidad hace unos años y lo que me desconcertó esa afición suya a la escritura!».

—A mí —continúa diciéndole aquella tarde casi en víspera republicana—, me asusta un poco el que la situación pueda radicalizarse, Max, y que la llegada de la República, que veo como algo inevitable, venga acompañada de conflictos o quién sabe si de algo peor.

Aunque para Federico Aub la política no pasara de ser un asunto de segundo orden, le gustaba comentar con su hijo los sucesos de la actualidad; por otra parte, era difícil sustraerse a la marea política que convulsionaba con sus cambios al país; «tanta politización no puede ser buena», decía para sí cuando veía que en todas partes no se hablaba de otra cosa que no fuera de política, en el café, en la barbería, en el restaurante; los camareros, los profesores, hasta los dependientes de las tiendas que visitaba hablaban de política, ¡todo el mundo hablaba de política!; él tampoco era una excepción y esa tarde, como lo haría muchas otras veces, hablaba de política con su hijo, de la, al parecer, inminente llegada de la República a España y de los temores, justificados o no, que el hecho provocaba en él, que había sido siempre un hombre de ideas moderadas, enemigo de los extremismos y de los cambios sociales bruscos, pero al mismo tiempo abierto a las nuevas ideas, tolerante y liberal.

—No seas pesimista, hombre —le dijo Aub a su padre con sentido del humor—, pero si hasta un conservador como José Sánchez Guerra ha participado en una suerte de complot republicano.

—Veremos en qué acaba todo esto, Max.

—Mira, suceda lo que suceda a nuestro negocio le va a afectar más bien poco.

—Ya, yo también lo veo así, pero todo esto me da mala espina; cuando un país empieza a convulsionarse de este modo, todo se vuelve inestabilidad —le dijo Federico, tan dado siempre a la expresión sentenciosa—; es obvio que la República tiene muchos partidarios en España, pero también tendrá muchos enemigos; habrá que estar atento a lo que pueda pasar.

Apenas nueve años después, recién terminada la Guerra Civil, la casa que ahora estrenan será requisada por los militares y la ocupará la familia de un coronel franquista. Tres décadas más tarde, cuando Aub vuelva a Valencia, la visitará y no resistirá la tentación de entrar a hablar con la portera, que resultará ser la misma de entonces, la señora Clotilde.

—¿Tan cambiado estoy que no me reconoce? —le pregunta Aub.

Ella fuerza un poco la vista, que ha ido perdiendo al correr de los años, y casi llorando por la emoción de reconocerle al fin, le dice:

—¡Don Max!

Charlan luego brevemente y Aub le pregunta por los ocupantes de la casa. En voz baja, casi como con miedo a que alguien la pueda oír, le cuenta la llegada de los militares y cómo se instaló la familia del señor coronel. También le dice que pasados unos meses vinieron unos trabajadores a llevarse sus libros metidos en cajas y algunos muebles que no quería la mujer del coronel. Le confiesa que ignora qué se hizo de todo ello, pero que la llenó de tristeza ver sacar sus pertenencias de la casa de aquella manera:

—¡Ay, don Max, qué tiempos más duros aquellos para los que nos quedamos aquí!

Aub se despide con la certeza de que no la volverá a ver. Camina en silencio, calle abajo, hasta el cine Goya; en la plaza casi triangular que forma la intersección de tres calles, decide tomarse una horchata a la sombra de la estatua del maestro Serrano, que no estaba allí cuando él vivía en esos barrios. El olor de la fruta de un puesto, en el que ha decidido comprar, le retrotrae al pasado. ¡Qué se hizo de aquella Valencia en víspera republicana, repleta de luz y de vida! ¿Dónde te fuiste, juventud?

Han dejado la casa de la calle Sevilla y se han trasladado a la de Almirante Cadarso número 13. Es una casa nueva, hermosa, no muy alejada de la Gran Vía, que van a estrenar ellos. Están ilusionados porque la casa es amplia y espaciosa, Mimín tendrá un cuarto luminoso, Aub podrá tener un despacho donde trabajar y además amplios pasillos donde ir almacenando su nutrida biblioteca, que contiene una importante colección de teatro de los siglos XVII y XVIII y ejemplares dedicados de obras, siempre en primeras ediciones, de Valle-Inclán, García Loica, Salinas, Hernández y muchos otros escritores de su tiempo. A Perpetua le gusta la amplitud de los espacios y la luz, sobre todo la claridad del comedor. Aub irá reuniendo también allí una importante colección de cuadros y dibujos. Será feliz en esa casa y creará en ella un mundo propio de libros, pinturas, cuadros, objetos personales que se contagiarán todos ellos de la armonía y el afecto de su familia, que vivirá allí los mejores años de su vida, un tiempo de esperanza que se llevó por delante el huracán enfurecido de la historia.

El coronel que ocupó la casa en abril de 1939 se quedó boquiabierto cuando contempló la magnífica biblioteca. No supo qué hacer; al principio la conservó tal como estaba durante unos meses, pero la falta de espacio le obligó a desprenderse de ella. Los libros fueron a parar a la Universidad de Valencia. El mural del comedor, pintado por Lahuerta y De Valencia, fue mandado tapar. En un rasgo de honradez, tratándose de los bienes de un rojo, algunos objetos personales llegaron a manos de la familia de la mujer de Aub, quien a mediados de los años cincuenta se los remitió a México. Allí los recibieron como restos del naufragio de lo que fue su vida de entonces, que alguien les había robado y que no recuperarían nunca.

Cuando volvió, en 1969, Aub supo que su biblioteca se guardaba en un sótano de la Universidad de Valencia, así que se decidió a intentar recuperarla. El rector, Barcia Goyanes, catedrático de Anatomía, le recibió fríamente, como si la visita de Aub fuera un inconveniente. «¿A qué viene ahora este hombre, después de treinta años —pensó cuando fue informado de la intención de Aub de recuperar sus libros, como un espectro del pasado a preguntar por unos libros que nadie ha consultado nunca?». Le da un trato frío pero correcto:

—Le consideramos —le dijo con cierta desgana cuando lo tuvo en su presencia— propietario de los libros y hágase al cargo de que están sólo en depósito en la universidad.

Al preguntarle Aub cómo habían ido a parar allí, el catedrático se escabulle de la pregunta y se limita a contestar que ya estaban allí cuando él ocupó el cargo.

—Mire usted, señor —le dice ásperamente el rector ante lo que consideraba insidiosos intentos de averiguar la verdad del caso por parte de Aub—, la devolución de esta biblioteca llevará su tiempo. Primero, deberá usted justificar adecuadamente que es su propietario; segundo, solicitar a este rectorado la tramitación de la devolución; una vez cumplimentados todos los requisitos, procederemos a dar curso legal a su petición. ¿Está usted de acuerdo? —Aub responde con un monosílabo afirmativo—. Pues no se hable más; que tenga usted un buen día.

Antes de marcharse, Aub solicitó el permiso del rector para poder visitar el lugar donde estaban almacenados sus libros. Se lo concedió y mandó a un conserje que lo acompañara al sótano.

No hay ni puede haber nada que le una con más fuerza al pasado que sus libros. Le viene a la memoria el establecimiento de Chuliá, en la calle Tallers, que tantos libros le encuadernó, y la librería de Berenguer donde compró algunos de ellos: Baroja, Unamuno, Valle-Inclán. Los libros, sus libros, le hablan del pasado, de su pasado. Recuerda dónde los compró o quién se los regaló dedicados, es capaz hasta de acordarse de en qué momento los leyó. Sus libros, enterrados en un sótano oscuro durante casi treinta años, son una metáfora de su propia vida, sepultada en el fondo de un cuarto oscuro, para que nadie sepa que una vez existió en Valencia un escritor vanguardista llamado Max Aub.

Allí está, materialmente, enterrada su juventud, sobre unas estanterías metálicas en un sótano frío, húmedo y oscuro. Allí la luminosidad de los días de la esperanza yace fatalmente sepultada. Allí los años de fervor de la juventud enmohecen huérfanos de aire libre. Allí una etapa de su vida de escritor, a la que puso brusco fin la Guerra Civil, late adormecida a la espera de que alguien la despierte del letargo y la recupere para que se sepa qué fue de aquel joven vanguardista, arquetipo del escritor químicamente puro, que el tiempo devoró con sus fauces hambrientas e insaciables.

12

 

—Fue una imagen patética, revestida de dignidad si tú quieres, pero patética a fin de cuentas —le dijo Francisco Ayala en una de las muchas conversaciones que mantuvieron durante su encuentro italiano en el exilio, en Nápoles, donde coincidieron al estar viajando ambos por Europa.

Aub y Ayala siempre fueron amigos. Mantenían correspondencia regular y se intercambiaban libros y artículos. Cuando Ayala publicaba algún libro nuevo, Aub era siempre uno de sus primeros lectores y viceversa. Siempre daban, con sinceridad, la opinión acerca de lo que les había parecido la lectura del nuevo libro del otro. Esos juicios solían ser casi siempre positivos. Ayala invitó en más de una ocasión, a través de la universidad en que trabajaba, a Aub a que diera conferencias en Estados Unidos y Aub facilitó una grabación del cuento «Baile de máscaras», que Ayala había incluido en uno de sus libros más festivos, El as de bastos, para la Radiotelevisión de la UNAM, que entonces dirigía. Fue la suya una colaboración franca y leal. Se ayudaron, en los duros tiempos del exilio, en lo que pudieron. Pero Ayala tuvo siempre una posición menos rígida que la de Aub, más dialogante, más dúctil, armó menos ruido, como suele decirse, y eso le permitió ir regresando escalonadamente a España, incluso publicar algunas de sus obras, como el libro de cuentos Historia de macacos, en la editorial Revista de Occidente, aunque pasara desapercibido y con más pena que gloria. Pero su nombre empezó a ser familiar en los ambientes intelectuales a través de sus artículos en revistas y de su presencia, en período vacacional, en España.

—Debió ser allá por el año cuarenta y siete o cuarenta y ocho, ya no estoy muy seguro —continuó Ayala rememorando un encuentro casual con Niceto Alcalá-Zamora, en el exilio bonaerense como él—. Subí, como hacía muchos días, a un autobús urbano que me llevaba hasta el campus de la universidad. Tomé asiento en la parte trasera y me entretuve observando a los transeúntes que recorrían las aceras. Lo vi subir en una parada intermedia del trayecto y no daba crédito a mis ojos; me decía en silencio que me había confundido, que no era él. Fue una visión fugaz, porque tres o cuatro paradas después descendió trabajosamente del vehículo y se perdió entre el tumulto de la gente. Estaba muy envejecido, decrépito sería el adjetivo que lo calificaría mejor. Tenía un aspecto descuidado, desaliñado y el aire vago de abandono de aquellos a quienes ha dejado de importar su aspecto externo. El bigote estrecho y canoso, el cuello del raído gabán subido, el sombrero que no se quitó durante todo el breve trayecto, el bastón sostenido por una mano de pulso tembloroso.

»Cuando después de observarle con detenimiento tuve la certeza de que era él, preferí disimular. A fin de cuentas, tampoco hubiera sabido qué decirle. Descendió del ómnibus y pensé en si alguno de los viajeros sabría que ese anciano astroso había sido durante cinco años presidente de la República Española, es decir, un ex jefe de Estado. Nadie, a juzgar por su aspecto, lo hubiera dicho. Fue esa imagen, Max, la que me reveló en carne viva la certeza absoluta de nuestra derrota. Tuve conciencia, a través de la visión de Alcalá-Zamora, de que la España de entonces navegaba hacia el mar oscuro del olvido irremediablemente.

Ayala guardó silencio y se quedó mirando el mar de la bahía de Nápoles; al cabo de unos instantes, retomó sus recuerdos:

—Fue también entonces cuando decidí dar carpetazo literario a la Guerra Civil española y diseñar una estrategia de regreso lento y escalonado a España, Max. He vuelto ya en dos ocasiones, en estancias cortas de dos meses. ¡Qué quieres que te diga, la verdad es que me gusta más bien poco lo que veo! Pero procuro ir adaptándome a la situación. Trato de mantener buenas relaciones con los escritores e intelectuales, que la verdad sea dicha me acogen con simpatía, respeto y hasta con cierta admiración hacia mi obra literaria.

La conversación con Paco Ayala le ha desasosegado, no puede conciliar el sueño. Se asoma a la ventana de la habitación del hotel, desvelado en la noche fría de finales de marzo. Contempla la quietud del mar y el silencio extraño de las calles. Piensa en Dámaso Alonso, a cuyo doctorado honoris causa ha asistido hace dos días en Roma. Se fotografió junto a él y a Jorge Guillén a la salida del acto. Siempre tan unido a los poetas de la Generación del 27, la suya, sin hacer distingos entre los que marcharon al exilio y los que se quedaron en España. Dámaso, tan entrañable siempre. Recuerda Aub la impresión que le causó su primer libro, cuando lo leyó allá por 1922, Poemillas de la ciudad, y el desgarramiento exacerbado de Hijos de la ira, escrito ya después de la catástrofe, de la refriega inútil: «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)», decía Dámaso en 1944. Jorge Guillén, con su poesía, tan intelectual como pasional, tan medida, tan pensada, donde no hay una sola palabra de más, encaje perfecto de relojería precisa. Guillén, asombrado ante la plenitud de la vida y la perfección del mundo en Cántico, que tantas veces leyó Aub impresionado ante la exactitud lírica de su palabra poética.

Ahora se encuentran los tres fuera de España, lejos de Madrid, con su millón de cadáveres. Guillen y Aub miran fijamente a la cámara y Dámaso parece como distraído y mirando hacia ninguna parte. Guillen y Dámaso llevan abrigo y traje oscuro, los de Aub son de colores más claros. Aub, situado en el centro de la fotografía, los tiene cogidos del brazo, en un gesto inequívocamente amistoso. ¿Adonde se fue nuestra España, Dámaso, Jorge?, se pregunta Aub en su desvelo. Si es verdad que la asesinaron y esparcieron sus cenizas en el océano, habrá que imaginársela de nuevo. ¿Para qué crecen los árboles, Dámaso? ¿Para qué sirve la luz en este nuestro desamparo, Jorge, en este errar nuestro por el mundo como sombras de un país inexistente, de una España que ya no figura en los mapas? No se le pasa la desazón que le ha creado la conversación con Ayala. No lo critica, no puede criticarlo, a él también le gustaría volver y ser tenido en cuenta y que sus obras se editaran y las pudiese leer quien deseara hacerlo. Pero otros se encargan de que eso sea imposible, de vetar su nombre y su presencia. Le duele, pero no puede luchar contra ello porque es dura y desigual batalla. Con la complicidad de Joaquín Díez-Canedo, envía, un tanto siempre de matute, ejemplares de sus obras a los libreros que se lo solicitan. Vuelve a la cama. Intenta conciliar el sueño. La turbia luz del alba deja entrever los primeros perfiles de las sombras.

La nostalgia impredecible del sueño le convoca a los lejanos años de su juventud, cuando la República sembró un anhelo de esperanza en el corazón de tantos españoles. En medio del baile de fantasmas en que se ha convertido su noche napolitana, Aub rememora la alegría de la gente por las calles, la explosión de júbilo, el no caber en sí de contentos, el vuelo imparable de las banderas tricolores. Y sin embargo, la perspectiva de los años pasados le permite ver los errores cometidos. ¿Por qué se eligió para presidir la República a esa medianía que fue Alcalá-Zamora? ¿Por qué predominó la conquista de las libertades sobre las reformas económicas y sociales? ¿Por qué no se llevó adelante la reforma agraria? ¿Por qué, si se sabía que conspiraban, no se ató corto a los militares? Tantos y tantos porqués que martillean su conciencia en la quietud intranquila de su sueño.

—Hay que empezar a preparar la habitación del fondo, Max, porque para el final del verano vamos a volver a ser padres —le dijo Perpetua una noche de finales de marzo, cuando faltaban apenas dos semanas para las elecciones municipales.

Nacerá en septiembre y se llamará Elena, aunque ellos aún no saben que será nuevamente una niña. Tampoco saben que, cuando nazca, España habrá dejado de ser monárquica como fruto de un empuje hondo, casi de siglos, de la necesidad del pueblo de forjar un país más libre y de sacudirse las cadenas y los yugos que otros le echaron encima desde tiempos inmemoriales. Quizá por ello, será ésta su hija más rebelde, la que más se le parecerá y con la que tendrá más encontronazos; pero también será la más consciente, cuando llegue con su madre y sus hermanas al exilio mexicano, en 1946, de lo que se perdió con la derrota de la República. Nacerá, pues, en un año decisivo y qué lejos está Aub de saber que su tercera hija, Carmen, vendrá al mundo en un mes y en un año aún más decisivos, julio de 1936.

La noticia le ha llenado de alegría, que se convertirá en júbilo dichoso apenas quince días después, cuando la monarquía pierda el plebiscito encubierto en que se han convertido las elecciones municipales. Parece como si hubiera dejado de importarle ser un escritor para minorías, que se edita sus propios libros; ya no se siente sino inmensa mayoría, es uno entre la alegría de todos, el júbilo de los demás es también el suyo. Ha reunido sus obras dramáticas breves en un volumen, al que dará el título de Teatro incompleto, y que ya está en la Imprenta Omega de Barcelona. Hasta finales de julio no le llegarán los primeros ejemplares. Aub sabe que es un libro condenado a no tener éxito, pero no le importa; es como si todo eso hubiera pasado a segundo plano ante el estallido de alegría que ha supuesto la llegada de la República. ¡Qué sinsentido ve ahora en la encerrona que le prepararon a su Fábula verde los de Revista de Occidente! ¡Qué pequeñas y miserables, ante el tamaño de la bienaventuranza republicana, le parecen las rencillas literarias!

Días antes de partir, como cada verano, a la casa de Viver de las Aguas, recibe los ejemplares del libro que recoge su teatro escrito hasta ese momento. ¿Está ahí, encerrado en esas páginas, el certificado de defunción del Aub dramaturgo vanguardista? Aub no volverá a esas formas dramáticas. En unos pocos años, retomará la obra en un acto en la que el avaro Esteban se mira en su propio espejo, para convertirla, convenientemente adaptada a los gustos teatrales del momento, en obra en tres actos susceptible de ser representada en cualquier teatro. Se la editará, con el título de Espejo de avaricia, Bergamín en Cruz y Raya, en 1935, pero tampoco será representada y no dejará de constituir un fracaso más. Pero ¿qué son el éxito y el fracaso? Todo eso ha dejado de preocupar a Aub, quien sabe que lo único importante es la calidad literaria de la obra escrita.

En la placidez cálida del verano, que discurre tranquilo y repleto de atenciones y cuidados hacia Perpetua, cuyo avanzado estado de gestación dificulta todos sus movimientos, Aub empieza a tomar notas para la que será su nueva novela, que tendrá por protagonista a un escritor vanguardista fracasado, como hombre y como artista. Le ha venido, como una imagen premonitoria, el nombre y los apellidos de su nuevo personaje, de su nueva criatura de ficción: Luis Álvarez Petreña. No le dará tiempo más que a escribir las primeras cuartillas de su historia. A finales de agosto, el estado de Perpetua aconseja el regreso a Valencia. No podrán quedarse a las fiestas de septiembre. Ese año, por prohibición expresa del nuevo gobernador civil republicano, no hubo toro de fuego en el laberinto de calles de Vi ver de las Aguas.