Max Aub, novela
Epílogo: no todo está consumado
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Viver de las aguas, 9 de abril de 1977
—¡Padre, madre, han legalizado el Partido, lo acaban de anunciar por la radio! —exclamó José Vicente la noche de aquel 9 de abril, Sábado Santo, al que se acabaría llamando «sábado santo rojo», nada más entrar en el comedor de casa de sus padres en Viver de las Aguas, en la comarca del Alto Palancia, donde vivían desde que se habían jubilado porque el clima atemperaba las dolencias crónicas que provocaba en su padre una vieja enfermedad pulmonar. José Vicente había viajado en coche desde Valencia, en compañía de Helena, su mujer, y de sus hijas, para pasar ese fin de semana con sus padres. José Vicente era militante del Partido Comunista de España, al igual que lo eran sus padres desde los años de la República y también su mujer, profesora de latín en un instituto de la ciudad. Los encontró adormecidos en el sofá. Hacía rato que habían terminado de cenar y estaban leyendo, su padre el periódico y su madre una novela de Pérez Galdós. No tenían encendido el televisor ni la radio así que nada sabían de la noticia. Los rumores de la posible legalización del partido eran cada vez más insistentes, de modo que tampoco causó en ellos excesiva sorpresa lo dicho por su hijo.
José Vicente Dalmases Meliá era el único hijo de Asunción Meliá y Vicente Dalmases. Nació en diciembre de 1939 en Valencia. Asunción supo que estaba embarazada semanas después de haberse encontrado con Vicente en el puerto de Alicante en los últimos días de marzo de 1939. Cuando los separaron, al entrar en el recinto del puerto los soldados italianos, ella consiguió huir y refugiarse en casa de una compañera cerca de Playa de San Juan, en las afueras de Alicante. El dolor de la separación la desgarró por dentro, ignoraba entonces si alguna vez volvería a ver con vida a Vicente. En aquella primavera, la más triste que había conocido nunca, Asunción pasó su embarazo sin ninguna atención médica y en unas condiciones de vida muy precarias. A la incertidumbre por la suerte que pudiera correr Vicente, se sumaba el dolor por la separación y la tristeza inmensa de la derrota. «¿Qué vida te espera, hijo mío, en esta España?», se decía a menudo Asunción conforme iba teniendo noticias de la magnitud de la represión, de los fusilamientos, de las condenas a muerte, del hacinamiento de los presos en las cárceles. Pero la fuerza de su juventud y el deseo de sacar adelante el embarazo suplieron las carencias de todo tipo que le tocó sufrir.
Hasta que no entró el otoño, no pudo trasladarse a Valencia. Carlos Riquelme, médico liberal y conservador, amigo del padre de Asunción, que siguió en Valencia ejerciendo su profesión, la ayudó. Le facilitó alojamiento en casa de una conocida suya en la calle Garrigues y le prestó atención médica para que el embarazo llegara a buen puerto. La juventud y la fuerza de Asunción hicieron el resto. Así, una tarde fría y lluviosa de diciembre, cuando ya expiraba 1939, vino al mundo, en la clínica en la que trabajaba el doctor Riquelme, un niño al que Asunción mandó inscribir en el Registro Civil con el nombre de José Vicente Dalmases Meliá. El doctor Riquelme, que la atendió en el parto, la protegió ante las autoridades y declaró que el padre del niño había sido combatiente republicano y había desaparecido desde el final de la guerra, pero que era el deseo de la madre que su hijo llevase el apellido del padre.
Mientras tanto, en Gandía, donde había sido detenido nuevamente —al abandonar la plaza de toros de Alicante, tras ser puesto en libertad, decidió encaminarse hacia Valencia para intentar obtener noticias de Asunción—, Vicente Dalmases se enfrentaba a un consejo de guerra en el cual el fiscal pedía, para él y para otros quince acusados más, la pena de muerte por rebelión militar. Durante la vista oral, el presidente del tribunal, un coronel de intendencia, admitió las alegaciones de la defensa, que encarnaba un joven teniente del cuerpo jurídico, en las cuales se sostenía que, a pesar de haber sido el acusado, Vicente Dalmases, capitán en una unidad comunista, no había participado de forma activa en el combate y sólo había desempeñado labores de carácter informativo, sirviendo de enlace y de apoyo al mando, siempre en cumplimiento de sus obligaciones militares; sostenía la defensa que, dado el precepto de obligado cumplimiento de las órdenes en virtud de la disciplina militar, no se podía hacer responsable al acusado de los desmanes ideados y dirigidos por sus jefes. Gracias al carácter piadoso y humanitario del coronel que presidía el tribunal, el alegato de la defensa fue admitido y así, en vez de ser el acusado condenado a muerte, como solicitaba el fiscal, un teniente coronel del arma de aviación, se le condenó a la pena de veinte años y un día de reclusión mayor por auxilio a la rebelión militar. Vicente sintió un gran alivió cuando escuchó de boca del secretario del tribunal, un comandante de artillería autoritario y de maneras bruscas, la lectura de la sentencia. Pensó que, con buena conducta y trabajos de redención, en unos diez o doce años podría estar en libertad. En el fondo de su corazón Vicente esperaba poder tener algún día noticias de Asunción. Al mismo tiempo, la pena de saber que algunos de sus compañeros habían sido condenados a muerte con cumplimiento inmediato de la sentencia le llenaba de dolor. Vicente se despidió de ellos en madrugadas llenas de angustia que no olvidaría mientras viviese. Tan pronto como le fue posible, solicitó su traslado a alguna de las cárceles de Valencia. En diciembre de 1940, cuando su hijo, de cuya existencia no tenía noticia, cumplía un año, fue trasladado al penal de San Miguel de los Reyes, un viejo monasterio convertido en cárcel, a las afueras de Valencia.
Asunción había logrado, con la ayuda del doctor Riquelme, un trabajo como limpiadora en el hospital; con lo que le pagaban, más alguna ayuda de su benefactor, pudo alquilar una modestísima vivienda de planta baja con dos cuartos en el barrio marítimo de El Cabañal, muy degradado desde el final de la guerra. Allí se trasladó a vivir con su hijo en marzo de 1941. José Vicente se quedaba al cuidado de una vecina cuando su madre se iba a trabajar. Quiso el azar que el marido de esta vecina trabajara en un almacén que proveía de víveres a la cárcel de San Miguel de los Reyes. Estando un día ambas mujeres sentadas a la puerta de sus casas y mientras vigilaban que los chicos, el de Asunción y los tres de Josefina, que así se llamaba la vecina en cuestión, no hicieran trastadas, entraron en conversación acerca de las condiciones de vida de los presos en la cárcel a la que su marido iba a llevar provisiones.
—Chiqueta —decía Josefina—, mi Francisco dice que es muy triste lo que allí ve, che: los hombres amontonados en las galerías, vestidos con ropas sucias que deben de estar llenas de piojos, envueltos en un olor a miseria que trasciende. Mi Francisco los ve algunas veces caminando por el claustro del monasterio a la hora del paseo. Dice que allí hay dos tipos de presos, los que ya han sido juzgados y los que todavía esperan juicio. Por lo visto —se acercó Josefina a Asunción para hablar en voz baja—, un funcionario de prisiones con el que tiene alguna que otra atención le cuenta que cada noche sacan a unos cuantos presos y se los llevan para fusilarlos contra las tapias del cementerio y luego los entierran en fosas comunes.
Asunción pasó aquella noche dándole vueltas a lo que le había dicho Josefina. Aunque no eran los tiempos de fiar, porque abundaban las denuncias y las delaciones, Asunción pensó que tenía que hablar con Josefina para intentar saber si entre todos esos presos podría estar Vicente. Así que una noche, a los pocos días de la referida conversación, y cuando las mujeres estaban solas, después de haberse acostado los chiquillos y el marido de Josefina, Asunción decidió contarle la verdad de su situación a su vecina. Le dijo, ocultando deliberadamente parte de la verdad, que su marido —aunque no estuvieran casados, Asunción decidió utilizar esa palabra—, el padre de su hijo, había sido combatiente republicano y lo habían detenido en el puerto de Alicante, desde donde lo llevaron, al parecer, a la plaza de toros. No lo había vuelto a ver. Ignoraba cuál habría sido su suerte. Asunción le rogaba a Josefina que su marido preguntara a ese funcionario de prisiones amigo suyo por Vicente, que estaba dispuesta a pagar lo que hiciera falta.
—Aixo esta Jet, chiqueta —dijo Josefina hablándole en la lengua vernácula—, per qué no m’ho deies antes? Lo meu Paco li preguntará a aquest pocasolta de funcionan, i de pagar, res de res, dona, poc hi faltaría mes! Treballadors i republicans ho som tots, que ho sápigues.
Así fue como semanas después Asunción supo que Vicente Dalmases estaba vivo, encerrado en la cárcel de San Miguel de los Reyes, cumpliendo una condena de veinte años.
—Mira, Asunción —dijo Francisco, el marido de Josefina, días después —, no quiero alarmarte, pero tu Vicente está en la enfermería de la prisión, por lo visto tiene algo grave relacionado con los pulmones y las noticias no son muy esperanzadoras que digamos; hay allí mucha miseria, y los médicos apenas cuidan de los enfermos, se diría que les da igual que se mueran, además de que escasean los medicamentos. Siento decirte esto, pero prefiero no ocultarte la verdad.
Asunción agradeció a Francisco y a Josefina la ayuda que le habían prestado y, aunque la noticia de la enfermedad de Vicente provocó en ella una gran preocupación, el hecho de saberle con vida la llenó de una inmensa alegría. Al día siguiente de saberlo, habló en el hospital con el doctor Riquelme y se lo contó.
—Doctor —le dijo Asunción con voz angustiada—, tiene usted que ayudarme ¡Vicente está enfermo en la cárcel de San Miguel!; por lo que he conseguido saber, puede que tenga tuberculosis. No sé a quién acudir, ayúdeme, se lo suplico.
El doctor Riquelme calmó como pudo la ansiedad de Asunción y prometió ayudarla. Esa tarde telefoneó al doctor Berenguer, un colega que trabajaba en otro hospital de la ciudad, para preguntarle por el jefe médico de la prisión de San Miguel de los Reyes, quien resultó ser el doctor Chuliá, un coronel del cuerpo sanitario que había cursado estudios de medicina en la Universidad de Valencia una promoción anterior a la suya, y a quien el doctor Riquelme conocía vagamente. Le telefoneó y concertó una entrevista con él después de salvar no pocos obstáculos.
—Me he informado del caso por el que se ha interesado —le dijo el doctor Chuliá en el tono seco en el que se expresaba habitualmente; parecía no agradarle demasiado la consulta que le hacía su colega—; se trata de un joven capitán comunista condenado a veinte años de prisión cuyo nombre es Vicente Dalmases; no consta ni que esté casado ni que tenga hijo alguno; está en la enfermería de la prisión desde hace unos días porque presenta síntomas inequívocos de tuberculosis; su estado es estacionario, pero tememos que empeore rápidamente por la carencia de medicamentos adecuados para tratar su enfermedad. Esta semana voy a ordenar su traslado al sanatorio-prisión de Porta Coeli, situado, como usted sabe, en el antiguo monasterio cartujano y que es desde 1898 un hospital para tuberculosos; allí atienden estos casos desesperados con algún éxito. Con respecto a la petición de esa joven madre de contraer matrimonio con el preso, habrá que consultárselo primero a él; si está dispuesto a ello y si decide reconocer como suyo al hijo de esa joven, no habrá ningún problema, que los case el sacerdote de prisión y asunto concluido.
El doctor Riquelme agradeció al doctor Chuliá, a quien se dirigía por el tratamiento militar llamándole «mi teniente coronel», la atención que había tenido al interesarse por el caso que le había planteado. Pocas horas después se entrevistó con Asunción y le expuso la situación sin ocultarle ningún detalle.
—Es necesario —le dijo— que Vicente acepte contraer matrimonio contigo y reconocer a vuestro hijo; se lo van a consultar y, aunque su estado de salud empeora y parece ser que empieza a ser preocupante, si él acepta podréis casaros antes de que sea trasladado a Porta Coeli, un sanatorio-prisión para tuberculosos que hay en la sierra, en el valle de Lullén, entre Náquera y Serra, en la comarca del Campo del Turia. En unos días nos avisarán. Te tendré al corriente de todo. Ten confianza y no pierdas el ánimo.
Fueron días aquellos de espera angustiosa para Asunción. La respuesta de Vicente se demoraba y ella empezaba a pensar en lo peor; sin embargo, una semana después, el doctor Riquelme la mandó llamar a su despacho:
—Ya tenemos respuesta —le dijo—, Vicente acepta casarse en prisión y reconocer a vuestro hijo. El sábado por la mañana os casará el capellán de la cárcel en la misma enfermería porque el estado de salud de Vicente ha sufrido un repentino empeoramiento. El lunes a primera hora de la mañana está previsto que Vicente sea trasladado a Porta Coeli. Ya verás como allí logrará reponerse de su enfermedad. Ten entereza cuando lo veas, sé fuerte. Os acompañaré y actuaré como testigo de bodas.
Asunción se prometió a sí misma, mientras el coche la conducía a San Miguel de los Reyes en compañía de su hijo José Vicente y del doctor Riquelme, a quien agradecía todo lo que estaba haciendo por ellos, que no les daría el gusto, a los carceleros de Vicente, de que la vieran llorar: frente a la injusticia, entereza. Sin embargo, se esperaba lo peor. Tras cruzar la verja de entrada al edificio, un soldado los condujo, ante la mirada curiosa de cuantos se encontraron a su paso, hasta la enfermería de la prisión. Cuando lo vio, pensó que aquel no era Vicente, que era otra persona que había usurpado su personalidad. Tendido en un camastro, sin apenas arropar porque los rigores del calor —era la mañana del 15 de junio de 1941— se dejaban sentir en aquel ámbito que olía a cerrado y a podredumbre de enfermo, Vicente levantó la vista y tuvo fuerzas para alzar los brazos y coger las manos de Asunción, mientras musitaba, con voz susurrante, «amor mío, por qué has venido hasta aquí para verme de esta forma».
Toda la tristeza del mundo, todo el regusto amargo que habían ido dejando en ella las vivencias acumuladas desde el final de la guerra, acudieron en tropel en aquel momento para llenar de angustia el alma de Asunción, para nublarle la vista, para hacer que le temblara el pulso y que fuera incapaz de pronunciar palabra alguna. Pero se sobrepuso a la tremenda impresión que le causó ver a Vicente en aquel estado y le dijo, en voz muy baja, al oído:
—Ten confianza, amor mío, te vamos a sacar de aquí para llevarte a un sanatorio en la sierra donde te puedas curar; tienes que ser fuerte, vida mía, por ti y por nuestro hijo José Vicente.
En ese momento, Asunción llevó al chico ante su padre y éste se incorporó trabajosamente para poder verlo, mientras acariciaba la manita que el niño le tendía. Asunción los abrazó a los dos. Después recobró la entereza y le dijo, con voz seria, al cura:
—Cuando quiera puede empezar con la ceremonia.
Asunción cogió a José Vicente en brazos y se mantuvo en pie mientras duró el breve oficio. Contestó a las preguntas rutinarias del cura y pronunció el «sí, quiero» cuando le tocó decirlo. Vicente lo hizo a su vez y con la firma de los testigos se dio por terminada la ceremonia. Asunción y el niño, acompañados del doctor Riquelme, abandonaron la prisión. Asunción llevaba el corazón roto por el dolor de tener que abandonar a Vicente en aquellas circunstancias. Antes de salir de la enfermería, el doctor Riquelme habló con el capitán médico y le pidió que le pinchara al enfermo unas inyecciones que había traído con la autorización del doctor Chuliá; eran tres y debía ponerle una cada día hasta que Vicente fuera trasladado a Porta Coeli.
La entereza de Asunción se quebró cuando, al llegar a su casa, se vio sola con el niño. Rompió entonces a llorar desconsoladamente, como queriendo vaciar su alma a través de las lágrimas de toda la tristeza acumulada. Lloraba por Vicente, por ella misma, por su hijo, por todos aquellos hombres amontonados en la cárcel, por España; lloraba de rabia, de desconsuelo, de soledad, de la tristeza inmensa que guardaba desde hacía tantos meses dentro de sí; lloraba contra todo y contra todos; lloraba porque ya no le quedaba más que la derrota.
Pero el curso de la vida seguía imparable. Los días pasaban, sucediéndose unos a otros, inexorablemente. El tiempo no se apiada nunca de las tristezas de los hombres. Vicente fue trasladado al sanatorio de Porta Coeli. Las inyecciones que le suministró el doctor Riquelme tuvieron un efecto positivo sobre él. Las condiciones de vida en Porta Coeli no eran tan severas como las de la cárcel de San Miguel, así que gracias al clima seco de la sierra el estado de salud de Vicente empezó a mejorar paulatinamente. Las atenciones que les dispensaban las monjas-enfermeras, así como las estancias al sol templado de los mediodías de otoño, atemperaban lo más punzante del dolor. A los pocos meses de estar recluido en aquel sanatorio, la mejoría se hizo evidente.
La primera visita que Asunción y José Vicente hicieron al enfermo, acompañados del doctor Riquelme, quien consiguió un coche para hacer el viaje hasta la sierra, se llevó a cabo cuando estaba a punto de entrar el invierno y a José Vicente, que ya caminaba por sí solo, le faltaban apenas diez días para cumplir los dos años y ya parloteaba con su media lengua. La alegría presidió aquel encuentro, pues la mejoría de Vicente era muy notoria. Todos lo celebraron, incluido el doctor Riquelme, que traía una nueva dosis de inyecciones que entregó de nuevo al médico que atendía a los enfermos. Vicente pudo, por fin, tener a su hijo en brazos y hablarle por primera vez.
A esa visita se sucedieron otras durante los cerca de tres años en que Vicente Dalmases estuvo internado en el sanatorio de la sierra, hasta que una mañana de primavera del año 1944 fue trasladado, dada la recuperación casi total de su enfermedad, a la cárcel Modelo de Valencia. Allí pudo Vicente recibir las visitas de Asunción, quien le llevaba comida y algunos medicamentos que le suministraba el doctor Riquelme, así como podía hacerse cargo de lavarle la ropa e incluso de suministrarle algunos libros para leer. Asunción llevaba de tanto en tanto a José Vicente a la cárcel para que viera a su padre. Al niño le llamaban la atención los tremendos accesos de tos que sufría su padre, motivados por un asma bronquial crónica para la que era muy perjudicial el clima húmedo de Valencia y el aire viciado de la cárcel.
Vicente Dalmases fue puesto en libertad el 20 de noviembre de 1950, cuando su hijo José Vicente estaba a punto de cumplir once años y de ingresar en el bachillerato. No existió un día más feliz en la vida de Asunción y José Vicente que aquél en que fueron a esperar la salida de la cárcel de Vicente. Aquel abrazo, aquellos besos que se dieron irían para siempre grabados en su memoria, eran los primeros besos en libertad desde aquel lejano 31 de marzo de 1939. Asunción había conseguido hacer de la casa de El Cabañal un hogar, vistiendo con cortinas las ventanas, pintando de azul claro las paredes y de blanco las puertas y adecentando con barniz los muebles que recogía aquí y allá. José Vicente, por su parte, había ido al colegio con la ayuda del doctor Riquelme, y aunque tuvo que soportar algunas burlas de compañeros despiadados por tener a su padre en la cárcel por «rojo», había demostrado poseer un talento innato para los estudios.
Tras la alegría inmensa del reencuentro, pasados unos meses surgieron las preocupaciones. A Vicente no le era fácil conseguir un trabajo que le rehabilitara en una sociedad que marginaba abiertamente a los vencidos, además de las limitaciones que le imponían las secuelas de su enfermedad. Así las cosas, no les quedó otro remedio que recurrir una vez más al doctor Riquelme. Le consiguió éste una plaza de celador en un hospital de la ciudad y ése fue el momento y la hora en que la situación de la familia empezó a mejorar. José Vicente había comenzado sus estudios en el instituto con gran aprovechamiento, sobre todo en las materias de ciencias.
No escasearon las dificultades, pero gracias al tesón y al coraje de Asunción, que era el alma de aquella casa, consiguieron salir adelante. Llevaban una vida un tanto apartada. Asunción se convirtió en esos años en una gran lectora, especialmente de la obra de Benito Pérez Galdós, que leyó prácticamente completa. A Vicente su enfermedad le imponía muchas limitaciones, sobre todo físicas. Se dedicaba a su trabajo y compartía con Asunción el gusto por la lectura, aunque él leyese preferentemente biografías y libros de historia. José Vicente era un muchacho introvertido y con una rica vida interior. Iba pasando los cursos con excelentes calificaciones. Empezó a tener sus primeros amigos, muchachos de familias humildes como la suya, y contrapesó su tendencia a las ciencias con la lectura de libros de aventuras, Salgari, Kipling, Verne y sobre todo Stevenson, su autor favorito.
El asma bronquial de Vicente se agudizaba con el clima húmedo del barrio de El Cabañal, de modo que el doctor Riquelme recomendó a Asunción que se mudaran al centro de la ciudad. No fue fácil, pero encontraron un piso de alquiler, pequeño pero suficiente para los tres, en el barrio de Ruzafa y a él se trasladaron a vivir cuando José Vicente aprobó la reválida de cuarto e ingresó en el bachillerato superior. Ésa habría de ser su casa hasta que, al jubilarse, decidieran trasladarse a Viver de las Aguas.
Cuando menos lo esperaban, el doctor Riquelme falleció a causa de un infarto fulminante al salir de la consulta del hospital. Había atendido a sus pacientes como lo hacía siempre. Al terminar, le dijo a la enfermera que se iba al centro porque había quedado con un colega con el cual preparaba una ponencia que tendrían que exponer en un congreso de medicina que se iba a celebrar en fechas próximas en Valencia. Se vieron en una cafetería céntrica. El doctor Riquelme y su colega intercambiaron información y unos artículos de última hora publicados en una prestigiosa revista americana. Cuando se levantó para acercarse a la barra y pagar las consumiciones, sintió un intenso dolor en el brazo izquierdo, que le quedó agarrotado, se crispó su gesto, se retorció de dolor y cayó al suelo fulminado, muerto en el acto. Su colega nada pudo hacer. La noticia llenó de tristeza a Asunción y a Vicente. Acudieron al entierro al día siguiente en el cementerio de Valencia. Lo despidieron con lágrimas en los ojos. Fue un hombre bueno.
A José Vicente le llegó el momento de ingresar en la universidad. Sus padres estaban dispuestos a renunciar a lo que hiciera falta, a pedir cuantas becas fuesen necesarias, pero su hijo estudiaría en la universidad. A los dos, pero sobre todo a Asunción, les llenó de alegría el saber que José Vicente estudiaría medicina. Era una forma, pensaba Asunción, de devolver al doctor Riquelme lo que había hecho por ellos en aquellos años difíciles.
Mediada la década de los sesenta, cuando cursaba ya uno de los últimos años de la carrera, José Vicente les dijo a sus padres que se iba a afiliar al Partido Comunista en una célula clandestina de la universidad. Asunción y Vicente, que no solían hablar a su hijo de su militancia política y de su participación en la Guerra Civil, lo vieron, claro está, con buenos ojos. Ellos, que no recuperaron el carné del partido hasta que murió Franco, trataron de no significarse en la lucha antifranquista, ¡bastante habían sufrido ya! Ahora era el momento de los jóvenes, a quienes correspondía recoger el testigo allí donde la historia les obligó a ellos a dejarlo.
Coincidió José Vicente, en un azar venturoso, en la célula universitaria a la que fue asignado por la organización clandestina del Partido Comunista de Valencia con una joven compañera, entonces estudiante de Clásicas, llamada Helena. Se sintieron atraídos desde el principio, se gustaron a la primera, se desearon enseguida. Empezaron a salir y al cabo de poco tiempo se casaron por la Iglesia porque la familia de Helena no permitió que su hija se casara por lo civil. Las niñas, Susana y Elena, no tardaron mucho en llegar. Helena se puso a dar clases en un instituto al entrar ya en la década de los setenta, primero como penene, profesora no numeraria, y luego como agregada, nombre que recibían los profesores de segunda enseñanza al aprobar las oposiciones. Por su parte, José Vicente fue médico interno residente en un hospital de la Seguridad Social nada más terminar la carrera, el mismo en el que había trabajado el doctor Riquelme y su madre, que se jubiló unos meses antes de que él empezara a ejercer la medicina; Vicente se jubiló, por su parte, escasos meses después que su mujer.
—Me han pedido que vaya en las listas que presentará el Partido para concurrir a las elecciones del quince de junio —dijo José Vicente a sus padres aquella noche, después de que su madre les hubiera preparado algo de comer.
—¿Y tú qué has respondido? —le preguntó Asunción.
—Que acepto, pero con la condición de que sea un puesto testimonial, de los que se sabe con seguridad que no van a salir —contestó José Vicente.
—¿Y eso? —le preguntó con las mínimas palabras posibles su padre, quien con los años se había vuelto extraordinariamente taciturno.
—Porque yo no me veo como político, padre —le contestó José Vicente —; lo mío es la medicina, el hospital, los pacientes, en eso sí que creo que soy útil, pero de diputado, en el Parlamento, no, eso no es lo mío.
—Pero ¿si el Partido te lo pide? —insistió Vicente.
—Mi compromiso con el Partido es total, todos lo sabéis, y creo haber dado en estos años suficientes pruebas de ello, pero no estoy dispuesto a dedicar mi vida a otra cosa que no sea ejercer la medicina —sentenció José Vicente.
—Pero, a veces, es necesario sacrificarse, hijo —replicó su padre, quien tenía dificultades para comprender que se antepusieran razones personales a las razones de la organización.
—Ahora las cosas son diferentes, padre; yo bastante me la jugué en los años de la clandestinidad, bastante me comprometí y luché; ahora es el tiempo de los compañeros que más preparados están para desenvolverse en eso que llaman el parlamentarismo, es decir, en la vida política propia de una democracia; en el fondo, padre, yo no tengo en absoluto madera de político, lo mío fue y es una actitud de responsabilidad ante mí mismo y ante la sociedad y el país en el que vivo y en el que han de vivir mis hijas, pero, créeme, yo no sirvo para político.
Las elecciones se celebraron, como estaba previsto, el 15 de junio de 1977. El Partido Comunista de España, en cuyas listas, finalmente, no había sido incluido el médico valenciano José Vicente Dalmases Meliá, obtuvo una representación discreta, pues eran ciertamente más altas las expectativas de la organización, dada su importante contribución en la lucha política clandestina contra el franquismo, de lo que después fue el resultado de las votaciones; el partido socialista sobrepasó los cinco millones de votos mientras que el partido comunista obtuvo un millón y medio.
Asunción y Vicente vieron por televisión, el 13 de julio, semanas después de la celebración de las elecciones, la sesión inaugural de unas cortes que iban a ser constituyentes, esto es, iban a elaborar una constitución que rigiera la vida democrática del país después de tantos años de dictadura. Vieron, emocionados, cómo La Pasionaria bajaba las escaleras desde la zona de los escaños para dirigirse a la mesa de la presidencia, para integrarse en la Mesa de Edad, del brazo del poeta, melenas blancas al viento, Rafael Alberti. Recordó entonces Vicente cuando tuvo que ir desde Madrid, en los días finales de la guerra, en marzo de 1939, hasta Levante para entregar una comunicación a Dolores Ibárruri en la posición Yuste, donde se encontraba reunido el gobierno del presidente Negrín. Recuerda el diálogo seco y breve que mantuvo con ella, entonces una mujer de mediana edad llena de energía y de capacidad de mando. Ahora la veía como lo que era, una anciana, una mujer envejecida, pero aureolada de la leyenda que siempre la acompañó. Del mismo modo, los dos, Asunción y Vicente, recuerdan a Rafael Alberti, acompañado de Max Aub y de María Teresa León en el Teatro de la Zarzuela, en noviembre de 1936, en los ensayos de La Numancia de Cervantes, versionada por el poeta gaditano; le recuerdan y ese recuerdo va acompañado, al menos para Vicente, por una leve sombra de tristeza porque allí fue cuando Asunción le confesó lo de Peñafiel al mismo tiempo que le entregó su amor para siempre. Ahora estaban ahí los dos, Pasionaria y Alberti, ¡en el Congreso de los Diputados!
Durante las primeras semanas de julio empezaron a llegar a Viver de las Aguas los veraneantes. Normalmente se trataba de gentes de Valencia que o bien poseían casas en el pueblo o bien las alquilaban para pasar el verano. Max Aub, Medina Echavarría, Alfonso Zapater y José Gaos fueron los que descubrieron este pueblo en los años treinta a los intelectuales y artistas de la Valencia de entonces y muchos compraron casas en el pueblo y las rehabilitaron. La casa de los Aub estaba al final del pueblo. Era una casona señorial y vieja, rodeada de jardín al que se entraba por una verja y un camino de gravilla y cuyo estado era de casi total abandono, invadido por la maleza, porque la familia del escritor hacía tiempo que no iba a Viver. Asunción y Vicente gustaban a menudo de llegarse paseando hasta allí en los atardeceres calurosos del verano. Una tarde vieron las persianas abiertas de la casa y un coche aparcado en el exterior del jardín. Intrigados, decidieron acercarse. Vieron entonces a un hombre de pelo canoso, con gafas de concha y aire de intelectual, que bajaba el equipaje del coche y lo iba introduciendo en la casa. Iba solo y caminaba trabajosamente, sus gestos estaban marcados por la lentitud y por cierta torpeza. De tanto en tanto se paraba como para descansar, como para reponerse del esfuerzo que le suponía llevar las maletas desde el coche hasta la casa. A Vicente y a Asunción, que se miraron sin decirse palabra, asombrados los dos como estaban, les pareció advertir algo conocido en los rasgos de aquel hombre, era como si ya lo hubieran visto otra vez, había algo en él que les resultaba vagamente familiar, conocido:
—Oye, Vicente, ¿no es ese Max Aub, el escritor que dirigía El Búho? — preguntó Asunción.
—No, mujer, imposible —le contestó Vicente con sus pocas palabras de siempre.
—¿Imposible?, ¿por qué? —le preguntó Asunción con la misma escasez de palabras.
—Porque Max Aub murió en el exilio mexicano en julio de 1972.