Mercaderes del espacio

Frederik Pohl · Capítulo 10 de 19

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Mercaderes del espacio

Capítulo 10

Llegué a la ciudad de Nueva York casi de un modo respetable, vestido con un barato traje de oficinista, a bordo de un cohete de turismo y como pasajero de proa. El panorama que se veía a través de las ventanillas prismáticas arrancaba exclamaciones de asombro a los importantes consumidores costarricenses instalados sobre mi cabeza. Algunos de ellos recontaban ansiosamente su dinero, pensando cuánto podrían gastar en los placeres del coloso del Norte.

En el entrepuente viajaba una pandilla de gente ruda y bastante descuidada; pero no éramos, por lo menos, pasaje de carga. No había ventanas, pero sí luces, ventiladores y baldes. Antes de despegar, un hombre de Clorela nos había lanzado un discursito:

—Pronto cruzarán la frontera de Costa Rica, en viaje hacia el Norte. Van a ocupar mejores empleos. Pero no olviden que se trata de empleos. Quiero que todos y cada uno de ustedes recuerden constantemente que están contratados por Clorela, y que los derechos de esta compañía sobre todos ustedes tienen prioridad sobre cualquier otro. Si alguno piensa que puede romper el contrato, pronto descubrirá con qué rapidez se consigue una extradición cuando se trata de una ofensa comercial. Y si alguien piensa que puede desaparecer, que lo intente. Clorela paga a la Agencia de Detectives Burns siete billones al año, y Burns entrega la mercadería. Así que si quieren que hagamos un poco de gimnasia, adelante; los esperamos. ¿Está todo claro? —Todo estaba claro —. Bueno. A bordo, y buena suerte. ¿Todos tienen sus billetes? Recuerdos a Broadway.

Aterrizamos suavemente en Montauk, sin un solo incidente. Ya en tierra nos sentamos a esperar, mientras los consumidores de la cubierta de turismo salían arrastrando sus equipajes. Nos sentamos y esperamos otra vez mientras los inspectores de Raciones Alimenticias, con sus brazaletes rojos y blancos, discutían a gritos con nuestros camareros a propósito de las raciones sobrantes… Cuatro de nuestros hombres habían muerto en el viaje y los camareros, como es natural, se habían guardado las lonjas de Gallina, para venderlas luego en el mercado negro.

Al fin se oyó una orden. Formamos en grupos de cincuenta. Nos pusimos en fila y nos estamparon en las muñecas el permiso de entrada. Luego entramos en pelotones en el subterráneo y partimos hacia la ciudad. Tuve bastante suerte. Me tocó un coche de carga.

 

En las oficinas de Cambios de Trabajo nos clasificaron indicándonos nuestros respectivos destinos. Un murmullo de temor recorrió las filas cuando se supo que Clorela había vendido veinte contratos a L. C. Farben. Nadie quiere trabajar en las minas de uranio. Pero yo no me inmuté. El hombre que estaba a mi lado observó pensativamente a los veinte infelices. Los guardias los separaron y arrearon el grupo hacia la calle.

—Nos tratan como a esclavos —dijo el hombre amargamente, tirándome de la manga—. Es un crimen. ¿No te parece? Un insulto a la dignidad esencial del trabajo.

Le lancé una mirada de fastidio. Este hombre era un consista, indiscutiblemente. Enseguida recordé que yo también lo era. Pensé si debería usar con él la señal del apretón de manos, pero decidí que no. Si yo necesitaba ayuda ya recurriría al hombre; pero si me revelaba prematuramente, sería él quien vendría a pedírmela.

Entramos en las instalaciones de Clorela, en los suburbios de Nyack.

 

Agua que no has de beber, déjala correr. Bajo la ciudad de Nueva York, como en todas las ciudades del mundo, los desagües desembocan en una serie escalonada de esclusas y diques. Conocía, como cualquier otro ciudadano, cómo los desperdicios orgánicos de veintiséis millones de personas corren, arrastrados por el agua, a través de las venas del sistema de desagüe. Los iones neutralizan las sales; unas largas cañerías conducen el líquido a las granjas de algas instaladas en Long Island, y unas bombas succionan el cieno y lo meten en los buques tanque que lo llevarán a Clorela. Conocía todo eso, pero nunca lo había visto.

Mi empleo tenía como título: agente de expedición, clase 9. Mi trabajo era unir las flexibles mangueras que transportan el cieno. Después del primer día me gasté el sueldo de una semana comprándome extractores de hollín. No suprimían todo el olor, pero permitían seguir viviendo.

Al tercer día aproveché un cambio de guardia y fui al cuarto de duchas. Lo había planeado todo de antemano. Después de seis horas en los tanques, donde no había máquinas vendedoras (por la sencilla razón de que en esa atmósfera no era posible comer, beber o fumar), la insatisfacción enardecida llevaba a los hombres a una media hora de gaseosas, galletas y cigarrillos sin que a nadie se le ocurriese pensar en un baño. Reprimiendo severamente mis deseos de hacer otro tanto (deseos que eran en mí algo más débiles, pues habían tenido menos tiempo para desarrollarse), podría bañarme casi sin compañía. Cuando las turbas entraran en los baños, yo iría entonces a las máquinas vendedoras. Se trataba solamente de un poco de inteligencia. ¿Y qué otra cosa distingue a un consumidor de un jefe de publicidad? Aunque reconozco que el hábito no era en mí tan fuerte.

Había otro hombre en las duchas, pero nos sobraba espacio y difícilmente nos tocábamos. Cuando entré, me alcanzó el jabón. Me cubrí el cuerpo de espuma y dejé que el agua rugiera cayendo sobre mí con toda la fuerza que le imprimían los recirculadores. Apenas advertía la presencia del hombre. Pero cuando le devolví el jabón, sentí que su dedo mayor me tocaba la muñeca, y que su dedo índice me rodeaba la base del pulgar.

—Oh —dije estúpidamente, y devolví la señal—. Es usted con…

—¡Chist!

El hombre señaló irritado el micrófono Murak que colgaba del techo. Me dio la espalda y se enjabonó otra vez minuciosamente.

El jabón volvió con un trozo de papel. Me encerré en el vestuario, saqué el papel, lo desdoblé y leí:

«Esta noche tenemos franco. Vaya al Museo Metropolitano de Arte, pabellón

de los clásicos, exposición de las formas de doncella, cinco minutos antes de

la hora de cerrar».

Tan pronto como terminé de vestirme, me uní a la cola que llevaba al escritorio del superintendente. A los treinta minutos había conseguido el pase sellado que me autorizaba a no dormir allí esa noche. Volví a mi cama a recoger mis pertenencias, advertí al nuevo ocupante que el hombre de arriba hablaba en sueños, guardé mi valija en el depósito y tomé el subterráneo hacia Bronxville.

Subí luego a otro coche que iba hacia el norte. Me bajé en la primera estación. Tomé otro tren hacia el sur, y salí enfrente del edificio Schocken. Nadie me seguía aparentemente. No esperaba que alguien lo hiciera, pero no tenía por qué correr riesgos inútiles.

Faltaban unas cuatro horas para mi cita en el Metropolitano. Vagué por el vestíbulo hasta que un policía, ojeando con desprecio mis ropas baratas, se me acercó lentamente. Yo había esperado ver a Hester, o quizá al mismo Fowler. Reconocí muchas caras, como es natural, pero no vi a nadie que me inspirara bastante confianza. Y mientras yo no descubriese qué había ocurrido en el glaciar Astromejor, no pensaba decirle a nadie que me encontraba con vida.

—¿Quieres que Schocken administre tus negocios, mamarracho? —anunció el hombre de Pinkerton—. ¿Vas a abrir una gran cuenta corriente?

—Perdón —le contesté, y me dirigí hacia la puerta de calle.

Me pareció que no iba a molestarse siguiéndome a través de la multitud que llenaba el vestíbulo. Efectivamente, no me siguió. Di un rodeo por la sala de juegos, donde un grupo de consumidores seguía en una pantalla el desarrollo de una historia de amor de Nopren y recogían sus muestras de Mascafé, y entré en un ascensor de servicio.

—Piso ochenta —le dije al ascensor, y enseguida comprendí que me había equivocado.

A través de la rejilla del altoparlante surgió una voz que me dijo con dureza:

—Usted, en el ascensor cinco. Los ascensores de servicio llegan sólo hasta el piso cincuenta. ¿Qué desea?

—Mensajero —mentí miserablemente—. Tengo que recoger un paquete en la oficina del señor Schocken. Les dije que no me dejarían entrar. Un tipo como yo. Les dije: «Oigan, seguro que tiene veinticinco secretarias. Tendré que pasar por todas antes de verlo». Les dije…

—El correo en el piso cuarenta y cinco —dijo el operador con una voz un poco más suave—. Póngase frente a la puerta para que pueda verlo.

Me acerqué al aparato. No me gustaba, pero no había otra solución. Creí oír un ruido en la rejilla, aunque no podría asegurarlo. Yo no había estado nunca en la central de operadores, a trescientos metros bajo tierra, desde donde, y mediante manipulaciones en un tablero, se hacen subir y bajar los ascensores por unos carriles dentados. En ese momento hubiese dado el sueldo de un año por estar ahí.

Me quedé quieto durante casi medio minuto. Luego la voz del operador dijo inexpresivamente:

—Muy bien, usted. Vuelva al ascensor. Piso cuarenta y cinco, primera alfombra rodante a la izquierda.

Los hombres que iban conmigo en el ascensor me miraron distraídamente a través de una nube de alcaloides de Mascafé. Bajé en el piso cuarenta y cinco, me subí a la alfombra que iba hacia la izquierda y pasé de largo ante la puerta en la que se leía Correo. Llegué al extremo del corredor donde la alfombra desaparecía debajo del piso. Tardé un rato en encontrar la escalera, pero no me importaba. Necesitaba tiempo para ponerme al día con mis maldiciones. No me atrevía a volver al ascensor.

¿Han tratado alguna vez de subir treinta y cinco pisos por una escalera?

 

Ya no me faltaba mucho, pero no iba muy bien. El cuerpo me dolía desde los pies hasta el ombligo, y estaba perdiendo un tiempo precioso. Pero, además, eran casi las diez y los consumidores que dormían en los escalones ya estaban llegando. Traté de subir cuidadosamente, pero en el piso setenta y cuatro casi me peleo a puñetazos con un hombre acostado en el tercer escalón. No me imaginé que pudiera tener las piernas tan largas. Después del piso setenta y ocho, por suerte, ya no había más gente acostada. Estaba en el dominio de los jefes.

Me deslicé sigilosamente por los pasillos, pensando que la primera persona que se fijase en mi o me reconocería o me haría echar. Sólo me encontré con algunos empleados, y yo no conocía muy bien a ninguno. La suerte seguía acompañándome.

Pero no mucho. La oficina de Fowler Schocken estaba cerrada.

Me escabullí en la oficina de su secretaria, donde no había nadie, y pensé durante un rato. Fowler tenía la costumbre de hacer algunos hoyos de golf en el Country Club, al terminar las horas de trabajo. Ya era un poco tarde, pero decidí correr el riesgo. El club estaba instalado cuatro pisos más arriba.

Llegué enseguida. Las instalaciones del Country Club son enormes. Lo correcto, pues las cuotas son también enormes. Además del campo de golf, hay unas canchas de tenis y de otros juegos, y el extremo norte de la habitación es todo bosques… más de una docena de árboles bien imitados. Y hay, además, veinte casillas de recreo para leer, ver películas, y otros placeres visuales.

Dos parejas estaban jugando al golf. Me acerqué a sus asientos con todo el disimulo posible. Inclinados sobre los tableros, movían a sus jugadores en el hoyo doce. Leí los tantos en la pizarra con el corazón angustiado. Todos pasaban de noventa. Muy pobre. Fowler Schocken no llegaba a ochenta a esta altura del juego. No podía estar aquí. Me acerqué y vi que los hombres eran dos desconocidos. Dudé un momento antes de retirarme. No sabía qué hacer. Schocken no estaba a la vista. Quizá se había encerrado en alguna de las casillas, pero yo no podía ir a mirar. Tan pronto como abriera alguna ocupada, me echarían a puntapiés. A no ser que con la ayuda de Dios el ocupante fuera Fowler.

La charla de los jugadores me llamó la atención. Una de las chicas acababa de hacer un golpe afortunado; había acertado a un hoyo desde diez centímetros. Sonrió, contenta, mientras los demás la felicitaban, y se inclinó hacia adelante para mover la palanca que hacia retroceder a los muñecos y cambiaba la disposición del campo para el hoyo trece. Alcancé en ese instante a verle la cara. Era Hester, mi secretaria.

Todo ahora era más fácil. No podía imaginarme qué hacía Hester en el Country Club, pero conocía al dedillo todas sus costumbres. Me retiré a una alcoba instalada no muy lejos del cuarto de las mujeres. Esperé solamente diez minutos.

 

Hester se desmayó, por supuesto. Lancé unas cuantas maldiciones, y la hice entrar en la alcoba. Había una cama. Acosté a Hester. Había una puerta. La cerré.

La muchacha recuperó el conocimiento y me miró parpadeando.

—Mitch —dijo en un tono que era tanto un murmullo como un grito.

—No estoy muerto —le dije—. Alguien murió, y cambiaron los cuerpos. No sé quién lo hizo, pero no estoy muerto. Si, soy yo, de veras, Mitch Courtenay, tu jefe. Puedo demostrarlo. Por ejemplo… recuerdo la fiesta de Navidad del año pasado, cuando estabas tan preocupada por…

—No importa —dijo Hester rápidamente—. Dios mío, Mitch… Quiero decir, señor Courtenay…

—Mitch está bien —le dije. Dejé caer la mano que le había estado frotando y Hester se incorporó para verme mejor—. Oye —le dije—, estoy vivo, es cierto, pero me encuentro en una situación bastante rara. Tengo que hablar con Fowler Schocken. ¿Puedes conseguirme una entrevista? ¿Ahora?

—Oh.

Hester tragó saliva y buscó un cigarrillo. Automáticamente saqué un Astro.

—Oh, no, Mitch. El señor Schocken está en la Luna. Es un secreto, pero me parece que puedo decírselo a usted. Cuando lo mataron… bueno, ya sabe lo que quiero decir… cuando pasó eso y nombraron al señor Runstead, las cosas comenzaron a andar bastante mal, y el señor Fowler decidió encargarse personalmente del proyecto. Le di todas nuestras notas. Una de ellas decía algo de la Luna, me parece. En fin, salió para allá hace un par de días.

—Maldita sea —exclamé—. Bueno, ¿quién ha quedado a cargo de la casa? ¿Harvey Bruner? ¿No puedes comunicarte…?

Hester sacudió la cabeza.

—No. El señor Bruner no. El jefe es el señor Runstead. El señor Schocken salió tan deprisa, y no había nadie para ocupar su puesto excepto el señor Runstead. Pero puedo llamarlo a él.

—No —le dije.

Miré mi reloj y lancé un gruñido. Tenía el tiempo contado para llegar al Museo.

—Óyeme. Hester —le dije—. Tengo que irme. No le digas nada a nadie, ¿me entiendes? Pensaré algo y te llamaré. Veamos, cuando te llame puedo decir que soy… ¿cómo se llamaba aquel médico de tu madre? El doctor Gallant, y nos citaremos afuera, y te diré entonces lo que puedes hacer. Puedo contar contigo, Hester, ¿no es cierto?

—Claro que sí, Mitch —dijo Hester sin aliento.

—Muy bien —le dije—. Bueno, ahora tienes que llevarme en algún ascensor. No tengo tiempo para bajar por las escaleras, y si alguien me encuentra aquí, me veré en un aprieto. —Me detuve y la miré—. A propósito, ¿qué haces en el club?

Hester enrojeció.

—Oh, ya sabe usted cómo son las cosas —me dijo con un tono lastimoso—. Cuando usted se fue, no quedó ninguna vacante de secretaria. Todos los jefes tenían ya la suya, y yo no podía volver a ser un consumidor, Mitch. Otra vez las cuentas… y todo… Y bueno… había trabajo aquí, y…

—Oh —exclamé.

Espero no haber dejado traslucir mis sentimientos. Dios sabe que hice todo lo posible. Maldito Runstead, me dije a mí mismo, y pensé en la madre de Hester, y el festejante de Hester, con quien ella quizá se casase algún día, y en la asquerosa injusticia de que un hombre como Runstead hiciera su propia ley, y arruinara la vida de sus jefes —la mía— y la de los empleados —Hester— hasta hundirlos al nivel de los consumidores.

—No te preocupes, Hester —le dije gentilmente—. Te debo algo por esto. Y créeme que no tendrás que recordármelo. Haré cualquier cosa por ayudarte.

Y yo sabía cómo hacerlo. Muchas chicas con un contrato 22 consiguen evitar el despido automático y la consiguiente caída. Yo no podía comprar el contrato de Hester antes de que el año terminara (me hubiese costado un montón de dinero), pero algunas chicas consiguen salir adelante con los jefes inferiores después del primer año de prueba. Y yo era bastante importante como para sugerirle a algún jefe de oficina o algún encargado de sección que no la maltrataran demasiado.

No me gustan los sentimientos en los negocios. Pero, como ustedes pueden ver, soy un tonto cuando se trata de relaciones personales.

 

Hester insistió en prestarme algún dinero, así que tomé un coche y llegué al Museo con tiempo de sobra. Aunque pagué por adelantado, el conductor no pudo reprimir un comentario grosero sobre la vida que se daban algunos consumidores. Si no tuviese cosas más importantes en qué pensar, le hubiese dado allí mismo una lección.

Siempre sentí un cariño especial por el Metropolitano. La religión no me atrae extraordinariamente —en parte, supongo, porque ese asunto es explotado por Tauton —, pero en el Museo Metropolitano hay cierto aire de nobleza y seriedad que me llena el alma de paz y reverencia. Ya dije que llegué adelantado. Pasé esos minutos sentado en silencio ante el busto de George Washington Hill, y me sentí mejor que nunca desde aquella tarde en el Polo.

Eran exactamente las doce menos cinco y yo estaba contemplando una de las formas de doncella de la última época —número 35 en el catálogo: «Soñé que estaba pescando en el hielo sólo vestida con mi corpiño de doncella»—, cuando sentí que alguien silbaba en el corredor, detrás de mí. Las notas eran inconfundibles. Había aprendido esa señal en aquel agujero, debajo de la Gallina.

Una de las guardianas se alejaba por el pasillo. Me miró por encima del hombro y sonrió.

Para un observador cualquiera, sólo se hubiese tratado de una conquista casual. Nos tomamos del brazo y sentí la presión de sus dedos en mi muñeca. Los dedos me dijeron en código: N-o h-a-b-l-e s-i-é-n-t-e-s-e e-n l-a-s u-l-t-i-m-a-s f-i-l-a-s y e-s-p-e-r-e.

Asentí con un movimiento de cabeza. La mujer me llevó hasta una puerta de material plástico, la abrió y me señaló el interior. Entré solo.

Doce o quince consumidores, sentados en sillas de respaldo recto, miraban a otro consumidor, más viejo, de barba de chivo. Encontré una silla vacía en el fondo del cuarto, y tomé asiento. Nadie se fijó en mí.

El conferenciante estaba hablando de algunos sucesos pertenecientes a una época precomercial particularmente aburrida. Escuché a medias mientras trataba de descubrir algún punto en común entre los tipos que me rodeaban. Todos eran conservacionistas, era indudable, si no, ¿por qué iba a estar yo allí? Pero el estigma básico, la visible señal que denuncia al oculto fanático, faltaba totalmente. Todos eran consumidores con esos rostros afilados que nacen inevitablemente de una alimentación basada en croquetas de soja y tortas de levadura; pero yo hubiera podido cruzarme con ellos sin dirigirles una segunda mirada. Sin embargo estábamos en Nueva York, y de las charlas con Bowen yo había deducido que aquí iba a encontrarme con los ejemplares más insignes del conservacionismo, los Trotzkys y los Tom Paines del movimiento.

Y esto era importante también. Cuando yo saliera de esta reunión —cuando me encontrara con Fowler Schocken y aclarara los hechos—, podría entonces descubrir esta conspiración canallesca. Miré con atención a las gentes que me rodeaban, tratando de fijar sus rasgos en mi memoria. Algún día volveríamos a encontrarnos.

Hubo seguramente alguna señal, pero yo no me di cuenta. El conferenciante se detuvo, de pronto, casi en medio de una frase, y un hombrecito rechoncho y barbudo, se puso de pie en la primera fila.

—Muy bien —dijo con una voz normal—. Ya estamos todos, y no hay necesidad de desperdiciar más tiempo. Somos enemigos de todo desperdicio; por eso estamos aquí. —Lanzó una risita—. Sin ruido —nos previno— y sin nombres. Para los propósitos de esta reunión basta que usemos números. Yo puedo llamarme «Uno» y usted «Dos» —y señaló al hombre más próximo—, y así fila por fila hasta llegar al último. ¿Está claro? Muy bien, presten atención. Los hemos reunido porque todos ustedes son nuevos. Se encuentran ahora en los cuarteles centrales; no pueden ir más arriba. Cada uno de ustedes ha sido elegido por una cualidad especial… Ustedes sabrán cuál es. A todos se le asignará su trabajo; aquí mismo; esta noche. Pero antes, quiero decirles algo. Ustedes no me conocen a mí y yo no los conozco a ustedes. Todos han sido recomendados muy especialmente por sus células, pero a veces esos hombres se entusiasman demasiado. Si se han equivocado con ustedes… Bueno, entienden lo que quiero decirles, ¿no?

Todos asintieron. Yo también, pero me fijé muy particularmente en ese gordito barbudo. No quería olvidarlo. Llamaron a todos por su número, uno por uno. Y uno por uno se fueron levantando todos los novatos, conferenciaron brevemente con el barbudo y se fueron en parejas, o en grupos de tres con destinos no declarados. Cuando me tocó el turno sólo quedaba en la habitación una muchacha muy joven, de pelo anaranjado y ojos hundidos.

—Muy bien —dijo el hombre—. Van a formar un equipo, así que hay que presentarlos. Groby, ésta es Corwin. Groby es algo así como un redactor de propaganda. Celia es una artista.

—Muy bien —dijo Celia encendiendo un cigarrillo Astro con una colilla de otro Astro. Una consumidora perfecta, si no hubiera sido corrompida por estos fanáticos. Noté que mientras fumaba no dejaba de mascar una pastilla de goma.

—Nos entenderemos bien —dije con aprobación.

—Claro que sí —dijo el barbudo—. Tienen que entenderse. Escúcheme, Groby. Para que pueda hacer su trabajo tendremos que mostrarle unas cuantas cosas que no quisiéramos ver en los periódicos. Si usted decidiera retirarse —dijo sonriéndose—, nos pondrá en dificultades. Tendríamos que arreglarlo de algún modo.

Y el hombre golpeó con las puntas de los dedos una botellita de líquido incoloro colocada sobre el escritorio de aluminio. El débil sonido del metal no fue más débil que mi voz cuando dije:

—Sí, señor.

Yo sabía muy bien qué clase de líquido incoloro contienen esas botellitas.

Pero no se mostraron muy duros conmigo. Trabajé durante tres horas allí hasta que al fin les dije que si no volvía a las barracas, no podría presentarme en el turno de la mañana, y tendría un disgusto. Me permitieron salir.

Pero falté al trabajo, de todos modos.

Salí del museo. Era una hermosa madrugada primaveral y yo me sentía muy bien, casi alegre Una figura surgió de la niebla y me miró a la cara. Reconocí el rostro despreciativo del conductor del taxi que me había llevado hasta allí.

—Hola, señor Courtenay —me dijo con brusquedad, y en seguida el obelisco que está detrás del museo, o algo muy parecido, me golpeó con fuerza en la nuca.