Mercaderes del espacio
Capítulo 14
—Por favor, Fowler —le dije—, mañana. Hoy no.
Fowler me miró fijamente.
—Esperaré, Mitch —me dijo—. Nunca he apurado a nadie.
Fowler Schocken mostró esa habilidad característica que lo ha convertido en un jefe. Olvidó en un instante toda su ardiente curiosidad y no me hizo ninguna otra pregunta.
—Excelente trabajo —me dijo golpeando su escritorio con las hojas que yo había escrito la noche anterior—. Habla con O’Shea, ¿quieres? O'Shea puede darte un poco más de vista, sabor, olor, sonidos, sentimiento. Y si él no puede, nadie podrá. Y empaca tus cosas para el viaje de vuelta. Embarcaremos en el Vilfredo Pareto… Me olvidaba, no tienes nada que empacar. Toma, un poco de cambio. Compra algo enseguida. Que alguno de los muchachos te acompañe. El igualador ¿recuerdas? — Me guiñó el ojo.
Encontré a Jack O'Shea en un cubículo al lado del mío, acurrucado como un gato en medio de su cama. El hombrecito se dio vuelta y me miró turbiamente. Parecía deshecho.
—Mitch —me dijo con una voz pastosa—. Otra maldita pesadilla.
—Jack —le dije sacudiéndolo—. Despierte, Jack.
O'Shea se incorporó bruscamente y me miró enojado.
—¿Qué pasa? Ah, hola, Mitch. Ahora recuerdo. Alguien me lo contó esta mañana, al entrar. —Se tomó la cabeza entre las manos—. Me siento morir —dijo débilmente—. Deme algo, ¿quiere? Y oiga mis últimas palabras. No se transforme en un héroe. Es usted demasiado bueno.
El enano volvió a sumergirse en su modorra. Se estremecía de cuando en cuando. Fui a la cocina y preparé un poco de Mascafé, Tiamina y una rodaja de Pam. Volvía ya a la habitación, cuando decidí pasar por el bar y recoger dos dedos de aguardiente.
O'Shea miró la bandeja y hocicó.
—¿Qué demonios es esto? —me dijo débilmente, refiriéndose al Mascafé, la Tiamina y el Pam.
Bebió de un trago el aguardiente y se estremeció de pies a cabeza.
—Cuánto tiempo sin vernos, Jack —le dije.
—Oh —gimió O'Shea— justo lo que necesitaba. ¿Por qué esta costumbre de añadir un poco de alcohol a las borracheras?
O'Shea trató de incorporarse en toda su estatura de ochenta centímetros, y volvió a caer pesadamente. Las piernas le colgaron fuera de la cama.
—Cómo me duele la espalda —dijo—. Creo que tendré que ingresar en un monasterio. Estoy viviendo de acuerdo con mi reputación, y ésta me está matando poco a poco. Oh, esa turista de Nueva Escocia. Estamos en primavera, ¿no es así? ¿Cree que eso explicará algo? Quizá esa mujer tenía sangre esquimal.
—Ya hemos entrado en el otoño.
—Oh, bueno. Probablemente la chica no tenía almanaque… Deme ese Mascafé.
Ningún «por favor» ni ningún «gracias». Unas maneras frías, descuidadas, como si el mundo sólo existiera para servirlo. O'Shea había cambiado.
—¿Podríamos trabajar un poco esta mañana, O'Shea? —le dije, agriamente.
—Yo, sí —dijo Jack con indiferencia—. Al fin y al cabo estamos en casa de Schocken, ¿no es cierto? Eh, Mitch, ¿qué demonios ha estado haciendo?
—Investigando —le dije.
—¿Ha visto a Kathy? —me preguntó—. Tiene usted una mujer magnífica, Mitch.
La sonrisa de O'Shea podía nacer de algún recuerdo. A mí por lo menos no me gustó. No me gustó nada.
—Me alegro —le dije inexpresivamente—. Invítela cuantas veces quiera.
O'Shea se sumergió en su Mascafé y luego dijo bajando lentamente la taza:
—¿A qué trabajo se refería?
Le mostré mis notas. O'Shea devoró su Tiamina y comenzó a leer cada vez más sobrio.
—Está todo mal —dijo al fin con desprecio—. No conozco a Learoyd, Holden y McGill; pero es una tontería presentarlos como exploradores desinteresados. Venus no atrae a nadie. A Venus se va a empujones.
O'Shea se sentó y cruzó las piernas.
—Nosotros suponemos que Venus los atrajo —le dije—. Tratamos, si usted quiere, de que la gente crea eso. Y ahora deseamos que usted nos dé algunas impresiones concretas para desparramarlas por todo el texto. Por ejemplo, ¿cómo reacciona usted ante estas hazañas?
—Con náuseas —me dijo O’Shea aburrido—. ¿Me quiere reservar una ducha, Mitch? Agua fresca, diez minutos, treinta grados. No me importa el precio. Usted también podría ser una celebridad, Mitch. No le falta sino un poco de suerte.
O'Shea balanceó sus cortas piernas y se miró los pies, a quince centímetros del suelo.
—Bueno —suspiró—, seguiré mientras pueda.
—¿Qué hay de mi texto? —le pregunté.
—Consulte mis informes —me contestó—. ¿Qué hay de mi ducha?
—Consulte su valet —le dije, y salí furioso de la habitación.
Ya en mi cubículo comencé a sudar impresiones reales sobre mi texto durante un par de horas, y luego llamé a un escuadrón de guardias para ir de compras. No nos encontramos con los patrulleros. Advertí que en el negocio de Warren Astron había un nuevo cartel:
EL DR. ASTRON LAMENTA QUE
NEGOCIOS URGENTES
LO RECLAMEN EN LA TIERRA
Le pregunté a uno de los muchachos:
—¿Ya salió el Ricardo?
—Hace un par de horas, señor Courtenay. El próximo es el Pareto, mañana.
Ahora ya podía hablar.
Le conté a Fowler Schocken toda la historia.
Y Fowler no me creyó una sola palabra.
Fue bastante amable y trató de no herir mi sensibilidad.
—Nadie te acusa, Mitch —me dijo bondadosamente—. Has pasado un mal momento. Nos a pasa a todos. Es difícil luchar con la realidad. Pero no te sientas abandonado. Nos ocuparemos del asunto. Hay veces en que todos necesitamos ayuda. Mi psicoanalista…
—Temo haberle gritado.
—Vamos, vamos, Mitch —me dijo Fowler, amable y comprensivo—. Aunque sea para pasar el tiempo… Soy un lego y no debía hablar de estas cosas, pero entiendo algo de psicología y creo que podría hacerte una exposición objetiva. Si me permites explicarte…
—¡Explique esto! —aullé metiéndole mi tatuaje de Seguridad Social bajo las narices.
—Si así lo deseas —me dijo Fowler con calma—. Es parte de esas breves… llamémosles «vacaciones de la realidad». Te has emborrachado psicológicamente. Te has alejado de ti mismo. Decidiste asumir una nueva identidad y elegiste la más alejada de tu yo de costumbre, ese yo trabajador inmensamente capaz que en verdad eres. Elegiste la vida fácil y perezosa de un despellejador, amodorrado bajo el sol de los trópicos…
Comprendí al fin quién estaba fuera de la realidad.
—Tus horribles calumnias contra Tauton son claras como el cristal. (Pero, ah, para alguien que conozca el funcionamiento del subconsciente). Me alegra que hayas decidido confesarte conmigo. Eso significa que estás curándote, que vuelves a tu yo verdadero. ¿Cuál es nuestro problema esencial… el problema esencial de Mitchell Courtenay? ¡Vencer a la oposición! ¡Arruinar a la competencia! ¡destruirla! Tus fantasías alrededor de Tauton indican (pero, ah, para una persona bien informada) que estás luchando por volver al Mitchell Courtenay verdadero. Velada por los símbolos, oscurecida por las actitudes ambivalentes, la fantasía Tauton es, sin embargo, clara. Tu imaginario encuentro con esa muchacha «Hedy» es casi un ejemplo de manual.
—¡Maldita sea! —grité—. ¡Mire esta mandíbula! ¿Ve el agujero? ¡Todavía duele!
Fowler sonrió con suficiencia y dijo:
—Alegrémonos de que no te hayas hecho a ti mismo un daño peor, Mitch. El ello, verás…
—¿Y Kathy? —le pregunté con voz ronca—. ¿Cómo lo explica? ¿Qué me dice de todas esas informaciones detalladas que le he dado sobre el conservacionismo? ¿Apretones de manos, saludos, contraseñas, lugares?
—Mitch —me dijo Fowler serenamente—, como te he dicho antes, no debía meterme en esto, pero esos informes no tienen ninguna realidad. La disociación de tu yo en «Groby» y Courtenay ha liberado una hostilidad sexual que terminó por identificar a tu esposa con algo que odias y temes a la vez: el conservacionismo. Y Groby arregló cuidadosamente las cosas como para que tus datos sobre consistas fueran inverificables. Groby trató que tu yo… tu yo real… elaborara unos datos imaginarios, por lo menos hasta que los mismos consistas no te demostraran cuál era la verdad. Groby actuaba en defensa propia. Courtenay estaba de vuelta. Groby lo sabía y sintió que lo echaban. Muy bien. No ha perdido el tiempo. Preparó todo el escenario como para volver en el momento más inesperado.
—¡No estoy loco!
—Mi psicoanalista…
—¡Tiene usted que creerme!
—Estos conflictos subconscientes…
—¡Le digo que Tauton tiene asesinos!
—¿Sabes qué terminó por convencerme, Mitch?
—¿Qué? —le pregunté con amargura.
—Esa fantasía… Una célula conservacionista dentro del cuerpo de una gallina. El simbolismo… —Fowler se sonrojó—… bueno, es evidente.
Me di por vencido, pero decidí conservar alguna defensa:
—¿Se le puede hacer caso a veces a los locos, señor Schocken?
—Tú no estás loco, hijo mío. Necesitas… ayuda. Como tantos otros.
—Seré preciso. ¿Me hará caso en un solo punto?
—Bueno —me dijo Fowler, y me miró con aire de complacencia.
—Cuídese y cuídeme… Tauton tiene asesinos. Sí, sí. Yo o Groby, o algún otro dice que Tauton tiene asesinos. Si me escucha por lo menos en esto, si trata de protegerse y me protege a mí, le prometo no colgarme del cielorraso ni decir más tonterías. Hasta iré a ver a un psicoanalista.
—Muy bien.
Fowler me sonrió. Quería ayudarme.
¡Pobre viejo Fowler! ¿Quién podía acusarlo? Cada una de mis palabras era un ataque a un mundo de ensueño. Toda mi historia era una sola blasfemia contra el dios de las Ventas. Fowler no podía creerla, y no podía creer tampoco que yo —mi yo verdadero— la creyese. Cómo podía Mitchell Courtenay, jefe de publicidad, repetir cosas tan horribles como:
El interés de los productores no es el interés del consumidor.
Casi todo el mundo es desgraciado.
Los trabajadores no encuentran automáticamente el empleo para el que son más aptos.
Los hombres de empresa no respetan las leyes del juego.
Los conservacionistas pueden ser sanos, inteligentes y estar bien organizados.
Esas afirmaciones eran como martillazos en la cabeza de Fowler. Pero Fowler tenía una gran resistencia. El martillo rebotaba y las depresiones de los golpes se borraban rápidamente. Todo tenía explicación. Las Ventas no podían hacer daño a nadie. Y sin embargo, Mitchell Courtenay, redactor de publicidad, decía esas cosas. Se trataba indudablemente de un Mitchell Courtenay enfermo, minado por un subconsciente salvaje, o por «George Groby», o por cualquier otro.
Cualquiera, menos el verdadero Mitchell Courtenay.
Entablé un diálogo conmigo mismo.
Fowler Schocken o su psicoanalista hubiesen asistido encantados a esa disociación.
—¿Sabes, Mitch —me dije—, que estás hablando como un conservacionista?
—Bueno —me repliqué—. No sé, pero quizá…
Uno de los axiomas de mi profesión dice que las cosas son invisibles hasta que se las contempla en contraste con un fondo. Como, por ejemplo, las opiniones y actitudes de un Fowler Schocken… Hágame caso, Fowler, pensé, protéjame. No quiero volver a verme ante una fantasía ambivalente como Hedy. El simbolismo puede ser evidente, pero Hedy me hizo mucho daño con su agujita simbólica.