Mercaderes del espacio

Frederik Pohl · Capítulo 2 de 19

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Mercaderes del espacio

Capítulo 2

Como me demoré unos minutos con Fowler, mientras los otros volvían a sus puestos, y el ascensor emplea además unos segundos en descender hasta mi oficina, situada en el piso ochenta y seis, me encontré al entrar con que Hester estaba ya limpiando mi escritorio.

—Felicitaciones, señor Courtenay —me dijo—. Nos mudamos al piso ochenta y nueve, ¿no es maravilloso? ¡Y yo tendré mi propia oficina!

Le di las gracias y tomé el teléfono. Tenía, ante todo, que reunir a mi gente y luego entregar las riendas de la sección Producción. Le tocaba el turno a Tom Gillespie. Pero primero telefoneé a casa de Kathy. No contestaban; así que llamé a los muchachos.

 

Los muchachos se mostraron adecuadamente tristes, porque yo me iba, y adecuadamente contentos, porque todos avanzaban un poco.

Y así llegó la hora de almorzar, así que dejé el problema Venus para las primeras horas de la tarde.

Llamé por teléfono, comí rápidamente en el restaurante del edificio, descendí en el ascensor hasta el tren subterráneo, y recorrí en él, hacia el sur, un kilómetro y medio. Al salir del subterráneo me encontré, por primera vez en aquel día, al aire libre. Busqué en mis bolsillos los tapones antihollín, pero no llegué a ponérmelos. La lluvia reciente había lavado un poco el aire. Era un verano húmedo y caluroso. Las hordas que se apretaban en las aceras estaban tan ansiosas como yo de volverse a sentir bajo techo. Atropellando a la gente, me metí en un vestíbulo.

El ascensor me llevó hasta el piso catorce. Era un edificio anticuado con un acondicionamiento de aire bastante imperfecto. Yo tenía las ropas húmedas. Sentí un escalofrío. Se me ocurrió que podía valerme de esta excusa, pero lo pensé mejor y decidí llevar adelante mi viejo plan.

Cuando entré en el consultorio, una muchacha de uniforme blanco y almidonado alzó la vista y me miró.

—Mi nombre es Silver —le dije—. Walter P. Silver. Me están esperando.

—Si, señor Silver —recordó la muchacha—. Su corazón. Un caso urgente.

—Eso es. Claro que puede ser de origen psicosomático. Siento una…

—Claro. —Me señaló una silla—. La doctora Nevin lo atenderá inmediatamente.

Pasaron diez minutos. Una joven salió del consultorio, y entró un hombre que esperaba desde antes que yo. Al fin terminaron con el hombre. La enfermera me dijo:

—¿Quiere entrar, señor Silver?

Entré. Kathy, muy elegante y muy hermosa, vestida con una bata de médico, guardaba en ese momento una hoja clínica en un cajón de su escritorio. Se enderezó y exclamó al verme:

—¡Oh, Mitch!

Parecía disgustada.

—Sólo dije una mentira —repliqué—. Di un nombre falso. Pero es un caso urgente, de veras. Y se trata de mi corazón.

En su rostro se insinuó una sonrisa que no llegó a formarse del todo.

—Pero no como caso médico —me contestó.

—Le dije a la enfermera que quizá era algo psicosomático. Y sin embargo me hizo pasar.

—Ya hablaré con ella. Mitch, ya sabes que no puedo verte en horas de trabajo. Así que por favor…

Me senté muy cerca de su escritorio.

—Nunca puedes verme, Kathy. ¿Qué pasa?

—Nada. Por favor, vete, Mitch. Tengo mucho trabajo.

—Nada es más importante que esto, Kathy. He estado llamándote toda la noche y toda la mañana.

Kathy, sin mirarme, encendió un cigarrillo.

—No estaba en casa.

—No, no estabas. —Me incliné hacia adelante, le saqué el cigarrillo de la boca y soplé sobre él. Kathy tosió, se encogió de hombros, y tomó otro cigarrillo—. Creo que puedo preguntarle a mi esposa dónde pasa su tiempo, ¿no es cierto?

Kathy estalló:

—Maldita sea, Mitch. Bien sabes que…

Sonó el teléfono. Kathy cerró un momento los ojos, y luego, reclinándose en su silla, levantó el auricular y miró hacia el otro extremo del cuarto. Durante unos instantes fue sólo un médico que tranquiliza a un enfermo. Cuando terminó la conversación, ya se había dominado totalmente.

—Por favor, vete —dijo aplastando su cigarrillo.

—No hasta que me digas cuándo puedo volverte.

—No tengo tiempo, Mitch. Y no soy tu esposa. No tienes derecho a molestarme. Podría hacerte arrestar.

—Mi certificado ya está legalizado —le recordé.

—El mío no. No lo estará jamás. A fin de año habremos terminado, Mitch.

—Quería decirte algo.

Kathy fue siempre una mujer curiosa. Guardó silencio durante unos minutos y al fin, en vez de pedirme otra vez que me fuera, me preguntó:

—Bueno, ¿de qué se trata?

—Algo magnífico, Kathy. Merece que lo festejemos. No es sólo una excusa. Por favor, Kathy… Prometo no hacerte ninguna escena.

—… No.

Pero había dudado. Insistí.

—Por favor…

—Bueno… —Mientras Kathy pensaba, volvió a sonar el teléfono—. Está bien, Mitch. Llámame luego a casa. A las siete. Ahora deja que atienda a mis enfermos.

Levantó el aparato. Salí del consultorio cuando Kathy comenzaba a hablar. No me miraba.

 

Cuando entré en su oficina, Fowler Schocken, inclinado sobre el escritorio, estudiaba de cerca la última edición del Semanario de Tauton. La revista centelleaba a todo color. Las apretadas moléculas de sus tintas recogían los fotones a gotas y los soltaban en cascadas. Fowler sacudió ante mí aquellas páginas brillantes y me preguntó:

—¿Qué te parece esto, Mitch?

—Propaganda barata —le contesté rápidamente—. Si descendiéramos a fomentar una revista como ésa… Bueno, yo renunciaría. Un recurso muy vulgar.

—Hum —murmuró Fowler.

Puso la revista boca abajo. Las fulgurantes tintas lanzaron un último chisporroteo, y faltas de su fuente de luz, se apagaron totalmente.

—Si, es vulgar. Pero no podemos negarle iniciativa a Tauton. Sus anuncios tienen ahora dieciséis millones de lectores. Lectores que serán clientes de Tauton. Y espero que eso de la renuncia no haya sido en serio, Mitch. Acabo de darle el visto bueno a Harvey. Editaremos Schock. La primera edición aparecerá en el otoño, con un tiraje de veinte millones. No. —Fowler levantó una mano misericordiosa como para cortar mis tartamudeantes explicaciones—. Comprendo lo que quisiste decirme. Eres enemigo de la propaganda barata. Yo también. Tauton resume a mí entender todo lo que impide que la publicidad ocupe el lugar que le corresponde, junto a la religión, la medicina y el derecho. Tauton es capaz de emplear todas las triquiñuelas: desde sobornar a un juez hasta robar a un empleado, y de ese hombre, Mitch, tienes que cuidarte.

—¿Porqué? Quiero decir, ¿por qué yo en especial?

Schocken rió entre dientes.

—Porque le robamos Venus, por eso mismo. Te he dicho que es un hombre emprendedor. Tuvo la misma idea que yo. El gobierno tardó en concedernos la paternidad del asunto.

—Entiendo —dije.

Y entendía. Nuestro gobierno representativo no fue nunca tan representativo. No necesariamente representativo per cápita, sino ad valorem. Si le gustan los problemas filosóficos, aquí tiene uno: ¿los votos de todos los ciudadanos tendrían que valer lo mismo, como opinan los tratados de derecho, y como deseaban, según dicen algunos, los fundadores de la nación? ¿O el valor del voto dependerá de la sabiduría, el poder y la influencia… es decir, el dinero… del votante? Este problema filosófico es suyo, no mío, ¿me entiende? Yo soy un hombre práctico que está enrolado en las filas de Fowler Schocken. Pero algo me preocupaba.

—¿No tratará Tauton de… bueno, de intervenir directamente?

—Oh, sí, tratará de robarnos la idea.

—No es eso lo que quiero decir. ¿Recuerda usted lo que pasó en la Antártida?

—Estuve allí. Tuvimos ciento cuarenta bajas. Pero quién sabe cuántas tuvieron ellos.

—Y sólo se trataba de un continente. Tauton se toma las cosas muy en serio. Si nos declaró la guerra por unas tierras piojosas y heladas ¿qué no hará por un planeta?

Fowler dijo pacientemente:

—No, Mitch, no se atreverá. Esas luchas son muy costosas. Además, no le damos ningún motivo. Ninguno, por lo menos, que tenga valor judicial. Y por otra parte… recibiría una paliza.

—Espero que así sea —dije más tranquilo.

Créanme, soy un fiel empleado de la Sociedad Fowler Schocken. Desde mis días de cadete. He tratado de dedicar mi vida «a la Compañía y a las Ventas». Pero los pleitos comerciales, aun en nuestra tranquila profesión, suelen ser una verdadera carnicería. Unas pocas décadas atrás, una agencia londinense, pequeña, pero muy activa, le entabló pleito a la sucursal inglesa de la firma B. B. D. & O. dejando con vida sólo a dos Barton y a un Osborn menor de edad. Y se dice que en los escalones del Correo Central, en el sitio en que la Unión Telegráfica del Oeste y la Compañía Americana de Ferrocarriles lucharon por un contrato de correspondencia, se pueden ver todavía algunas manchas de sangre.

Schocken habló nuevamente.

—Hay algo que requiere atención: los fanáticos. Proyectos como éste los hacen reaccionar, siempre. Todas esas organizaciones chifladas, desde los consistas hasta el G. O. P., van a ponerse en movimiento, en favor o en contra del proyecto Venus. Trata que todos se pongan a favor.

—¿Aun los consistas? —chillé.

—Bueno, no. No quiero decir eso. Sería peligroso. —Fowler asintió con un movimiento de cabeza y la luz se reflejó en sus canas—. Hum. Podrías difundir el rumor de que la conquista del espacio y el conservacionismo son intereses diametralmente opuestos. Se consume demasiada materia prima, desciende el nivel de vida… ¿te das cuenta? Que en el combustible de los cohetes se emplean compuestos orgánicos que los consistas desearían utilizar como fertilizantes…

Me gusta ver a un experto en acción. En unos pocos minutos, Fowler Schocken me planeó toda una subcampaña. Sólo faltaba completar los detalles. Los consistas eran pan comido. Esos fanáticos desorbitados pretendían demostrar que la llamada civilización moderna está saqueando nuestro planeta. Ridículo. La ciencia se adelanta siempre a la escasez de recursos naturales. Cuando la carne fresca comenzó a faltar, aparecieron las croquetas de soja. Cuando disminuyó el petróleo, la técnica del coche de pedales.

Algo oí en otros tiempos de la doctrina de estos hombres. Todos sus argumentos se resumen en uno: la vida natural es la vida verdadera. Tonterías. Si la naturaleza pretendiera que nos alimentásemos solamente de vegetales frescos, no nos hubiese dado la niacina, ni el ácido ascórbico.

Aguanté otros veinte minutos de la inspiradora charla de Fowler, y salí con el descubrimiento que ya había hecho otras veces. Brevemente, y con eficacia, Fowler me había solucionado todos los problemas.

Faltaban los detalles, pero yo conocía mi trabajo.

Venus tenía que ser colonizado por nosotros. Para realizar esta empresa necesitábamos tres cosas. Colonizadores, un vehículo para llevarlos a Venus, y algo en que ocuparlos cuando estuvieran allí.

Lo primero era fácil, gracias a la publicidad. Los programas televisados de Schocken eran un modelo perfecto. Bastaba imitarlos. Es muy fácil convencer a un cliente de que el pasto que no ve es el más verde. Planeé rápidamente una campaña de prueba de un costo algo inferior a un millón. Más hubiese sido extravagante.

El segundo problema casi no nos concernía. Las naves habían sido diseñadas por tres empresas diferentes, Aviación Republicana, Laboratorios Telefónicos Bell y Aceros U. S. A., contratados para tal efecto por el Departamento de Estado. Nuestra tarea no consistía en hacer posible el viaje, sino en hacerlo deseable. Cuando vuestra mujer descubriera que no podía cambiar el quemador de la tostadora, porque su pieza de nicromo formaba parte de las turbinas del cohete; cuando el inevitable y disgustado legislador, representante de una minúscula y paralizada compañía, agitara unos documentos de expropiación alrededor de su cabeza y comenzara a hablar de los derroches del gobierno en planes descabellados, entonces entraríamos nosotros. Le diríamos a vuestra mujer que los cohetes son más importantes que las tostadoras, y le diríamos a la firma representada por el legislador que su campaña era impopular y que reduciría sus beneficios.

Pensé brevemente en una campaña que aconsejase austeridad. La rechacé. Perjudicaría nuestros otros negocios. Mejor sería un movimiento religioso, algo que atrajese suficientemente a los ochocientos millones que se quedarían en tierra.

Anoté eso. Bruner podía ayudarme. Y así llegué al tercer punto. Algo en que ocupar a los colonizadores de Venus.

Estas eran, como yo bien lo sabía, las miras de Fowler. El dinero que nos pagaría el gobierno por nuestra campaña inicial no era despreciable, pero Fowler Schocken no podía detenerse en esas cuentitas. Queríamos aumentar constantemente nuestra cadena comercial, queríamos que los colonizadores, y sus hijos, contribuyeran con su dinero al crecimiento de nuestra cuenta. Fowler como es natural, esperaba repetir, en una escala enormemente aumentada, nuestro suceso Indiastrias. Sus agentes, dirigidos por él mismo, habían organizado el territorio de la India en una sola unidad comercial, en donde todos los productos (desde los canastos tejidos a mano hasta los lingotes de iridio y los paquetes de opio) eran vendidos a través de la propaganda de Fowler Schocken. Ahora haría lo mismo con el planeta Venus. ¡El valor potencial del negocio equivalía al de todo el dinero circulante! ¡Todo un planeta, y del tamaño de la Tierra, tan rico en teoría como la Tierra, y cada micrón, cada miligramo, totalmente nuestro!

Miré mi reloj. Eran cerca de las cuatro. Estaba citado con Kathy a las siete. Tenía el tiempo justo. Llamé a Hester para que me reservara un pasaje en el aeroplano para Washington mientras yo llamaba a un número que el mismo Fowler me había facilitado. Se trataba de Jack O'Shea, el único ser humano que había vuelto de Venus… hasta ahora. Arreglamos una entrevista. Su voz era joven y arrogante.

 

Esperamos cinco minutos más de lo acostumbrado en el campo de aterrizaje de Washington. Luego hubo un revuelo en la escalera. Los guardas del Expreso Brinks corrían en enjambres alrededor de nuestra nave. El teniente que los dirigía comenzó a exigir a todos los pasajeros los papeles de identidad. Cuando me llegó el turno, le pregunté qué pasaba. El teniente, pensativo, miró el número de mi cédula de Seguridad Social, y luego me hizo un saludo:

—Lamento molestarlo, señor Courtenay —se disculpó—. Los consistas bombardearon Topeka. Nos dijeron que el culpable viajaría en el cohete de Nueva York a las 4:05. Parece haber sido una pista falsa.

—¿Qué bombardeo fue ése?

—La división Materias Primas de la compañía Du Pont (estamos contratados para proteger sus instalaciones, como usted sabe) estaba inaugurando los trabajos de una nueva veta de carbón descubierta bajo un campo de trigo. Después de una hermosa ceremonia, y justo cuando la excavadora hidráulica comenzaba su trabajo, alguien, desde la multitud, arrojó una bomba. Mataron al maquinista, a su ayudante y a un vicepresidente. El hombre se perdió en la multitud, pero fue identificado. Lo atraparemos en seguida.

—Buena suerte, teniente —dije, y me alejé de prisa hacia el bar del aeropuerto.

O'Shea, sentado junto a una ventana, me estaba esperando, con visible impaciencia. Le pedí disculpas y me sonrió.

—Le puede pasar a cualquiera —me dijo, y balanceando sus piernecitas llamó a un camarero.

Cuando hicimos nuestros pedidos, se echó hacia atrás y me preguntó:

—¿Y bien?

Lo observé por encima de la mesa y luego miré por la ventana. El gigantesco pilón erigido en memoria de F.D.R. resplandecía en el sur; detrás de él se alzaba la pequeña cúpula oscura del viejo capitolio. Yo, un charlatán publicitario, no sabía cómo empezar. Y O’Shea se divertía conmigo.

—¿Y bien? —me preguntó otra vez alegremente. Y yo sabía que quería decir «Ahora todos tienen que venir a mí. ¿Qué le parece el cambio?».

Me eché al agua:

—¿Qué hay en Venus?

—Arena y humo —me respondió—. ¿No leyó mi informe?

—Claro que sí, pero quiero saber algo más.

—En ese informe está todo. ¡Dios mío! Estuvieron interrogándome tres días seguidos; si algo quedó afuera, lo he olvidado.

—No me refiero a eso, Jack —le dije—. ¿Quién se va a pasar la vida leyendo informes? Tengo quince empleados que no hacen otra cosa que digerir informes para que yo no necesite leerlos. Pero quiero saber algo más. Quiero sentir el planeta. Y sólo usted puede dirigirme, porque sólo usted ha estado en Venus.

—A veces desearía no haber estado —dijo O'Shea con aire de fatiga—. Bueno, ¿y por dónde quiere que empiece? Ya sabe cómo me eligieron… el único enano en el mundo que poseía licencia de piloto. Y ya sabe cómo construyeron la nave. Habrá visto también los análisis químicos de las muestras que traje de vuelta. No aclaran mucho. Todas son del mismo lugar, y cinco kilómetros más lejos el terreno puede ser totalmente distinto.

—Sí, ya sé todo eso. Óigame, Jack, supongamos que usted deseara que un montón de gente fuera a Venus. ¿Qué les diría?

Se rió.

—Les diría unas cuantas condenadas mentiras. Comencemos desde un principio, ¿quiere? ¿De qué se trata?

Hablé de lo que pensábamos hacer, mientras unos ojitos redondos me miraban fijamente desde la cara de luna llena de O'Shea. Las facciones de los enanos tienen algo así como una cualidad opaca, como si fueran de porcelana, como si el destino que las ha hecho más pequeñas las hubiese hecho también más perfectas y acabadas que las de los hombres comunes; como para mostrar que la falta de tamaño no significa falta de terminación. O'Shea bebía a sorbos su bebida, y yo a tragos, entre párrafo y párrafo.

Cuando terminé mi discurso, yo aún no sabía si O'Shea estaba o no de mi lado. O'Shea no era un títere del servicio civil que bailase sostenido de las cuerdas que manejaba Fowler Schocken. No era tampoco un civil a quien pudiésemos comprar con los diezmos de nuestras ganancias. Fowler lo ha ayudado a hacerse de un pequeño capital mediante presentaciones en público, libros y conferencias. Nos debía cierta gratitud; pero nada más.

—Me gustaría poder ayudarlos —dijo O'Shea, y eso facilitó las cosas.

—Puede hacerlo —le supliqué—. Para eso estoy aquí. Dígame qué hay de bueno en Venus.

—Muy poco —me dijo, y se le dibujó una arruguita en la frente de laca—. ¿Por dónde empezaré? ¿Le hablaré de la atmósfera? Formaldehido puro… como para embalsamar a cualquiera. ¿El calor? Varios grados por encima del punto de ebullición del agua, si hubiera agua en Venus; pero no la hay. No a la vista por lo menos. ¿Los vientos? Algunos soplan a ochocientos kilómetros por hora.

—No, no se trata de eso —le dije—. Ya estoy enterado. Y honestamente, Jack, esos problemas pueden solucionarse. Yo quisiera tener una sensación de ambiente. Dígame qué pensó al llegar, cuáles fueron sus reacciones. Hábleme, y ya le avisaré cuando esté satisfecho.

O'Shea se mordió los labios de mármol rosado.

—Bueno —dijo—, comencemos por el principio. Pidamos otro trago, ¿quiere?

Vino el mozo, tomó nuestro pedido y volvió con las bebidas. Jack tamborileó con los dedos sobre la mesa, bebió un sorbo de su vino del Rhin, mezclado con agua gaseosa, y comenzó a hablar.

Comenzó desde el principio. Mejor. Yo quería llegar al alma del asunto, a los factores íntimos que no habían tenido cabida en sus informes, a las emociones que animarían el proyecto.

Me habló de su padre, un ingeniero químico de un metro ochenta de estatura, y de su madre, una rolliza ama de casa. Me hizo sentir la congoja el amor que les había inspirado ese hijo de ochenta centímetros de estatura. Tenía once años de edad cuando se habló por primera vez de su vida adulta y de su posible trabajo. O'Shea recordó la tristeza de sus rostros ante la inevitable y apresurada sugestión de un circo. Le costó bastante no insistir en el tema. Sus padres se alegraron; pero más se alegraron cuando Jack, a pesar de los obstáculos, los rechazos y las risas, realizó su deseo de estudiar ingeniería y cohetes, con el propósito de convertirse en un piloto de pruebas.

Venus había pagado todo eso con creces.

Los diseñadores del cohete a Venus se habían encontrado con un grave problema. Había sido bastante fácil mandar un cohete a la Luna, menos de cuatrocientos mil kilómetros de distancia; teóricamente no era mucho más difícil enviar otro cohete al planeta más próximo: Venus. Sólo se trataba de cuestiones de órbitas y tiempo, el gobierno de la nave y el viaje de vuelta. Un dilema. Podía alcanzar a Venus en unos pocos días con un derroche tan enorme de combustible que la potencia de diez naves no bastaría para transportarlo. O el curso del cohete podía seguir una órbita natural — como una barca que navega aguas abajo por un río tranquilo—, lo que ahorraría mucho combustible, pero aumentarla la duración del viaje en varias semanas. Un hombre consume en ochenta días doce veces su propio peso en comida, respira nueve veces su peso en aire, y bebe agua suficiente como para mantener una lancha a flote. Alguien sugirió: destilen agua de los productos de desecho y háganla circular otra vez. ¿Y hacer lo mismo con la comida? ¿Y hacer lo mismo con el aire? Lo sentimos mucho. El aire y la comida pesan menos que el equipo que requieren semejantes operaciones. Había que desechar al piloto; era indudable.

Los diseñadores se pusieron a trabajar en un piloto automático. Cuando terminaron, parecía excelente. Pero pesaba cuatro toneladas y media, a pesar de los minúsculos circuitos y conexiones, construidos bajo la lente de un microscopio.

El proyecto se detuvo hasta que alguien pensó en un mecanismo perfecto: un enano de treinta kilos. Con un peso tres veces inferior al de un hombre común, Jack O'Shea se alimentaba con un tercio de comida y respiraba un tercio de oxígeno. Con purificadores de aire y agua, de peso mínimo y bajo consumo, Jack entró justo en peso y ganó la fama.

Jack dijo, vacilante, un poco ebrio bajo el impacto de dos copas de bebidas aguadas:

—Me metieron en el cohete como un dedo en un guante. Quizá recuerde usted a qué se parecía el cohete. ¿Pero sabe que me embutieron en el asiento del piloto? No era del todo un asiento. Se parecía una escafandra. Todo el aire de la nave estaba en el traje. El agua llegaba a mi boca mediante un tubo. Se ahorraba peso…

Y así pasó ochenta días. El traje lo alimentó, le dio de beber, enjugó su transpiración, eliminó sus desechos corporales. Si hubiese sido necesario, habría inyectado novocaína en un brazo roto, habría parado la hemorragia de una arteria o habría bombeado aire en sus pulmones. Era una placenta; una placenta horriblemente incómoda.

Pasó así ochenta días; treinta y tres días de ida, cuarenta y un días de vuelta. Los seis días intermedios justificaban el viaje.

Jack descendió envuelto en una total oscuridad (nubes de gas le cerraron los ojos y ocultaron la pantalla del radar) hacia la epidermis de un mundo desconocido. Se encontraba a trescientos metros del suelo y aún no había visto sino un torbellino amarillo. El cohete se posó en las arenas y Jack cerró las turbinas.

—Bueno, no pude salir —me dijo—. Será algún otro el que pise el suelo de Venus. Alguien a quien no le interese respirar. De todos modos, allí estaba yo, mirando. —Se encogió de hombros, me miró aturdidamente y lanzó una palabrota—. Lo he dicho mil veces en mis conferencias, pero nunca he conseguido dar una impresión exacta. Les dije que Venus se parece al antiguo desierto pintado. Quizá se parezca. Nunca estuve allí. El viento sopla fuerte en Venus, y despedaza las rocas blandas que se convierten en tormentas de arena. Las partes más duras, bueno, se alzan como figuras raras y manchas de color. Algunas de ellas parecen grandes estatuas. Y las colinas están llenas de agujeros. Es algo así como el interior de una caverna, pero sin oscuridad. La luz es… rara. No hay luz como esa en la Tierra. Anaranjada y castaña, brillante, muy brillante; pero… amenazadora. Como el cielo de verano en el crepúsculo, cuando amenaza lluvia. Pero en Venus no hay lluvias, pues no hay agua. —O'Shea se detuvo—. Hay rayos, muchos; pero no lluvias… No sé, Mitch —terminó abruptamente— ¿Le sirvo de algo?

No le contesté enseguida. Miré mi reloj y vi que ya estaba por salir mi aeroplano de vuelta. Me incliné y cerré el aparato registrador que llevaba en el portafolios.

—Me ha servido de mucho, Jack —le dije—. Pero quiero algo más. Y ahora tengo que irme. Óigame ¿puede venir a Nueva York y trabajar conmigo unos días? He registrado todas sus palabras, pero necesito también algunas imágenes. Nuestros artistas pueden sacar bastante de sus informes, pero se necesita más. Usted nos será más útil que cualquier fotografía.

No le dije que en los cuadros de nuestros artistas se iba a ver cómo sería Venus, si Venus fuese diferente.

—¿Qué le parece?

Jack se inclinó hacia atrás y durante un minuto adoptó los aires de un querube, y aunque me hizo sudar mientras me describía la extensa campaña de conferencias que le había preparado su agente para las próximas semanas, se mostró finalmente de acuerdo. La charla de la ciudad de Shriner podía ser cancelada, decidió, y las reuniones con sus redactores podían realizarse en Nueva York. Nos citamos para el día siguiente, y justo en ese momento un parlante anunció que mi nave estaba ya por salir.

—Lo acompañaré hasta el aeroplano —se ofreció Jack.

Bajó de la silla y arrojó un billete sobre la mesa. Caminamos juntos a través de los angostos pasillos del bar y salimos al campo. Jack sonrió y se pavoneó ligeramente ante los gritos y exclamaciones que despertó su presencia. El campo estaba en sombras y el resplandor nocturno de Washington destacaba contra el cielo las siluetas de algunas aeronaves. Hacia nosotros, desde la estación terminal, venía un gigantesco helicóptero de cincuenta toneladas. Las luces del aeródromo resplandecían en su casco. No estaba a más de quince metros del suelo. Sus paletas giratorias crearon un torbellino descendente que casi me arrastra el sombrero.

—Malditos chóferes de ómnibus —gruñó Jack alzando la vista hacia el helicóptero—. Tendrán que ponerlos bajo las órdenes de la G.C.A. Como los aparatos son tan dóciles, esos jockeys de paletas se meten en cualquier parte. Si yo manejara un cohete como ellos manejan… ¡Corra! ¡Corra!

Jack O'Shea comenzó a gritar dándome puñetazos en el vientre. Lo miré con asombro; todo era tan repentino e ilógico… O'Shea lanzó contra mí su cuerpo diminuto y trastabillé unos metros.

—¿Qué demonios…? —comencé a decir, pero no llegué a oír mis propias palabras.

Un crujido metálico y el aletear de los rotores ahogaron mi voz. Enseguida se oyó un estruendo increíble; la caja del helicóptero, con su cámara de aluminio, cayó sobre el piso de cemento, a un metro de nuestros pies. El armazón se hizo pedazos, y unas cajas de avena arrollada de Astromejor Verdadero se desparramaron en todas direcciones. Uno de los rojos paquetes rodó hasta mis pies. Lo recogí estúpidamente, y me quedé mirándolo.

Sobre nuestras cabezas, el aliviado helicóptero se elevó rápidamente, alejándose; pero no lo miré. Jack estaba gritando:

—Por amor de Dios, ¡sáquelo de ahí!

Debajo de las retorcidas planchas de aluminio salía un brazo con una valija, y en medio de unos confusos ruidos, creí oír el sonido balbuceante del dolor humano. A eso se refería Jack O'Shea. Sáquelo de ahí.

Dejé que me arrastrara hasta el aplastado metal, y tratamos de levantarlo. Sólo conseguí lastimarme una mano y romperme el traje. Y enseguida apareció el personal del aeropuerto, y nos echaron de allí, bruscamente.

No recuerdo cómo nos alejamos, pero de pronto me encontré sentado sobre el equipaje de alguien, con la espalda apoyada en la pared de una plataforma terminal. Jack O'Shea me hablaba excitado. Maldecía a todo el gremio de pilotos de helicópteros, y me acusaba de no haberme movido cuando vio que se abrían las portezuelas de la bodega. Recuerdo también que Jack me sacó de un golpe la caja de avena que yo llevaba todavía en la mano. Los psicólogos afirman que no soy excesivamente sensible, ni timorato; pero esta vez el aturdimiento me duró hasta que Jack me metió en nave.

Más tarde la camarera me dijo que cinco personas, por lo menos, habían muerto aplastadas por la caja, y comencé a recordar más claramente. Pero no muy bien. Todo lo que yo recordaba, lo único que parecía importante, era la voz de Jack que decía una y otra vez, con la amargura y la ira pintadas en su rostro de porcelana:

—Demasiada gente, Mitch, multitudes en todas partes. Estoy con usted. Necesitamos Venus, Mitch. Necesitamos espacio.