Mi adorada esposa

Samantha Downing · Capítulo 32 de 73

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Mi adorada esposa

Capítulo 32

32

 

 

El doctor Barrow nos recomienda un psicólogo infantil, que accede a darnos cita para el sábado cobrando el doble de sus honorarios habituales. Todo en su consulta es beis, desde la moqueta hasta el techo, y da la impresión de que estamos en un bol de gachas de avena.

El psicólogo es especialista en este tipo de cosas, porque es un tema serio, y en su opinión Jenna no se siente a salvo. Él sospecha que padece algún trastorno de ansiedad provocado por los medios de comunicación, aunque el nombre en sí es irrelevante. Lo mismo que las razones que la impulsan a mostrar este comportamiento, las cuales carecen de importancia, porque no tienen ni pies ni cabeza. Aquí la razón está fuera de lugar.

—Pueden explicarle a Jenna que está a salvo una y mil veces, pero no servirá de nada.

Millicent se ha sentado frente al psicólogo, lo más cerca posible. Se ha pasado la noche en la habitación de Jenna, sin pegar ojo, y está hecha un asco. Yo tengo más o menos la misma pinta. Jenna ha pasado la noche de maravilla. Al parecer se quedó tranquila cortándose el pelo. Cuando trato de contarle esto al médico, me interrumpe con la mano en alto.

—Falso.

—Falso —repito. Intento imitar su tono, pero la arrogancia resulta excesiva.

—Es muy probable que su tranquilidad sea pasajera, hasta que otra noticia actúe como detonante —dice. Se ha pasado con Jenna la última hora, parte de la sesión matutina urgente de sábado cuya cita ha concertado el doctor Barrow. Nosotros somos la segunda parte.

—¿Qué hacemos? —pregunta Millicent.

Él sugiere varias ideas para conseguir que Jenna se sienta a salvo. Primero, citas en su consulta dos veces por semana. Cuesta doscientos dólares cada una, no se aceptan seguros médicos, y solo se abonan en efectivo o con tarjeta de débito. Segundo, hacer todo lo que nos comprometemos a hacer. No fallar a Jenna bajo ningún concepto. No dejar que piense que no puede contar con nosotros bajo ningún concepto.

—Pero si ya lo hacemos —afirmo—. Nosotros siempre…

—¿Siempre? —ataja.

—Como mínimo el noventa por ciento del tiempo —tercia Millicent—. Igual el noventa y cinco.

—Pues que sea el cien por cien.

Millicent asiente, como si pudiera hacer que esto sucediera por arte de magia.

—Por último, pero no menos importante —dice él—, que se mantenga al margen de los medios de comunicación: de este asesino en serie, de todas las historias sobre su víctima. Soy consciente de que estoy pidiendo algo imposible, sobre todo en los tiempos que corren y en esta era, pero procuren hacerlo en la medida de lo posible. No pongan las noticias en casa. No comenten nada de Owen ni relacionado con él. Procuren actuar como si él no tuviera nada que ver con su familia.

—Es que es no tiene nada que ver —digo.

—Por supuesto que no.

Rellenamos un cuantioso talón para el médico y nos marchamos. Jenna está en la sala de espera. En la tele que hay colgada en la pared están poniendo dibujos animados. Ella está pendiente de su teléfono.

Millicent pone cara larga.

Yo sonrío y hago de tripas corazón.

—¿Quién quiere desayunar?

 

El fin de semana es una vorágine de encuentros: con la familia al completo, con Jenna a solas, con Rory a solas, con ambos niños, y solo con Millicent. Muchos encuentros con Millicent. Para el domingo por la noche ya tenemos una nueva serie de reglas, y giran en torno a suprimir las noticias de nuestra rutina. Se prohíben todos los programas informativos, igual que los periódicos. Veremos películas en streaming y evitaremos los programas en directo en la medida de lo posible. Nada de programas de radio. Todo esto es fácil comparado con internet. Los niños lo utilizan para el colegio, para entretenerse, para comunicarse.

Millicent lo intenta de todas formas, comenzando por la contraseña. Nadie podrá conectarse a menos que ella lo haga.

Amotinamiento.

—Entonces no puedo vivir aquí. —Rory se juega el todo por el todo con su descarada frase.

Jenna asiente a modo de acuerdo con su hermano. Un raro momento de complicidad.

Yo coincido con los niños. Millicent ha propuesto algo que es poco práctico, inviable. Absurdo.

Pero no digo nada.

Rory mira a su madre y a mí, percibiendo flaqueza. Enumera todas las razones por las que la idea de la contraseña no funcionará, empezando por las largas jornadas de Millicent.

Jenna finalmente salta.

—Suspenderé Lengua.

Con eso se zanja el tema.

Este año la asignatura de Lengua se le ha hecho cuesta arriba. Ha hincado los codos para mantenerse entre los mejores estudiantes y, ante la perspectiva de que Jenna suspenda, Millicent cambia de parecer. Establece unas reglas más permisivas.

Controles parentales; los ordenadores portátiles se trasladan a la sala de estar; todas las nuevas aplicaciones se desinstalan de los teléfonos. Es más psicológico que práctico, pero todos captamos la idea. Ignoro por completo si Jenna acatará las nuevas reglas.

Un peluquero trata de darle forma a los cuatro pelos que le quedan a Jenna. Ahora que lo lleva parejo, no tiene mala pinta; solo diferente. Millicent compra sombreros y gorras de todo tipo por si acaso le apeteciera cubrirse la cabeza. Los coloca todos encima de la mesa del comedor, y Jenna camina de una punta a la otra para probárselos todos. Al final, se encoge de hombros.

—Son bonitos —comenta.

—¿Te gusta alguno en especial? —pregunta Millicent.

Jenna se encoge de hombros de nuevo.

—No estoy segura de si necesito un sombrero.

A Millicent se le hunden ligeramente los hombros. Le preocupa más el pelo de Jenna que a la propia Jenna.

—Vale —dice, y se pone a recoger los sombreros—. Los dejaré en tu cuarto y listo.

Antes de la hora de dormir, voy a ver a Rory. Está en su cama leyendo un libro. Lo esconde debajo de un cojín y me hago el sueco.

—¿Qué? —dice. Está que echa chispas.

Me siento junto a su escritorio. Libros, cuadernos, cargadores de pilas vacíos. Una bolsa entera de patatas fritas, y un dibujo de algo que parece mitad monstruo y mitad héroe.

—No es justo —comento—. Nada de esto es culpa tuya, pero tienes que apechugar con ello igualmente.

—Pagar los platos rotos. Lo he pillado.

—¿Qué opinas? —pregunto.

—¿De qué?

—De tu hermana.

Hace amago de decir algo. Esos ojos verdes me indican que va a ser un sabelotodo.

Pero se interrumpe. Tras una pausa, contesta:

—No sé. Ha estado un pelín obsesionada con este tema.

—Con Owen.

—Sí. Vamos, más obsesionada de lo normal. Ya sabes cómo se pone.

Se refiere a la habilidad de Jenna de centrarse totalmente en un tema, sea el fútbol, los lazos o los ponis. Rory lo considera una obsesión porque él es ajeno a ello.

—¿Cómo le va en el colegio últimamente? —pregunto.

—Bien, que yo sepa. Sigue siendo popular.

—¿Me avisas si hay alguna novedad?

Se queda pensativo, tal vez planteándose pedir algo a cambio.

—Sí —responde.

—Y no la chinches demasiado.

—Pero ese es mi cometido. Soy su hermano —replica Rory, sonriente.

—Ya. Pero no te pases.

 

Millicent y yo por fin nos quedamos a solas el domingo bien entrada la noche. Estoy agotado. Agobiado. Atemorizado ante la próxima noticia sobre Owen o Naomi o Lindsay.

Naomi. Por primera vez desde hace dos días, caigo en la cuenta de que Millicent no se ha despegado de nuestro lado. Ha estado con Jenna, conmigo, con nosotros, desde el viernes por la noche. Me hace preguntarme dónde estará Naomi, si aún seguirá con vida. Debe de tener agua. De lo contrario, no sobreviviría.

En ningún momento quise conjeturar dónde se encontraba Naomi, cómo fue reducida, cómo era su entorno. Me obligué a no pensar en ello. Sin embargo, me vienen las imágenes de las que he oído hablar, el búnker subterráneo o el sótano, el cuarto insonorizado de una casa por lo demás normal. Ataduras… También pienso en ellas. Cadenas y esposas, de acero para impedir que las rompa.

Pero igual no es así. A lo mejor simplemente está encerrada bajo llave en un cuarto y tiene libertad para moverse. Podría tratarse de una habitación normal y corriente con una cama, un armario, un cuarto de baño, quizá una nevera. Confortable y limpia. No una cámara de los horrores o de tortura o de cosas por el estilo. A lo mejor hasta tiene televisor.

O no.

Me vuelvo hacia Millicent, que está recostada en la cama, con su tableta, documentándose sobre niños que tienen miedo de lo que oyen en la tele.

De nuevo, sopeso la posibilidad de preguntarle por Naomi. Tengo ganas de saber dónde y cómo la tiene recluida Millicent, pero temo lo que yo podría hacer con esa información.

Dudo que pudiera controlarme.

Si me entero de dónde está, iré a verla. Será irremediable. ¿Y si se trata del peor de los escenarios? ¿Y si está encadenada a un radiador en algún sótano, cubierta de mugre y desangrándose a consecuencia de las torturas? Porque si eso es lo que me encuentro, no estoy seguro de cómo reaccionaría.

Si la mataría. Si la liberaría.

Así que no le pregunto.

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