Mi adorada esposa

Samantha Downing · Capítulo 34 de 73

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Mi adorada esposa

Capítulo 34

34

 

Navidad, hace seis años. Rory tenía ocho años, Jenna siete, y los dos habían empezado a preguntar por qué solo tenían dos abuelos. Yo nunca había hablado de mis padres, nunca había comentado nada acerca de ellos o de cómo murieron. Sus preguntas me hicieron plantearme qué podía decir. Qué debía decir.

Una noche, bajé a la cocina con la esperanza de que con el estómago lleno me amodorraría lo bastante como para poder vencer el insomnio. Tomé sobras de enchilada de frijoles directamente de la cacerola. Fría, pero rica. Estaba todavía comiendo cuando Millicent entró en la cocina. Empuñó un tenedor y se sentó a mi lado.

—¿Qué pasa? —preguntó. Millicent tomó un poco y se quedó mirándome, expectante. Yo jamás me levantaba en mitad de la noche a comer. A ella le constaba.

—Los niños están preguntando por mis padres.

Millicent enarcó las cejas, sin comentar nada.

—Si miento y les digo que sus abuelos eran maravillosos, me odiarán si averiguan la verdad, ¿no?

—Es probable.

—Pero a lo mejor me odiarían de todos modos.

—Durante un tiempo —replicó—. Me parece que todos los niños atraviesan una etapa en la que todo es culpa de los padres.

—¿Cuánto dura?

Se encoge de hombros.

—¿Veinte años?

—Espero que ese periodo sea llevadero.

Yo sonreí. Ella sonrió.

Podía decirles que sufrí abusos por parte de mis padres. Psicológicos. Físicos. Incluso sexuales. Podía decir que me pegaban, que me ataban, que me quemaban con colillas de cigarrillos, y que me obligaban a recorrer a pie la cuesta para ir y volver del colegio. No fue así. Yo me crie en una bonita casa en una bonita zona, y nadie me puso la mano encima. Mis padres eran personas refinadas, educadas, que tenían buenos modales hasta durmiendo.

También eran personas horribles, frías, que no deberían haber sido padres. Deberían haber tenido el suficiente sentido común como para saber que una criatura era incapaz de arreglar nada.

Mi viaje al extranjero fue la gota que colmó el vaso. Cuando les dije que quería tomarme un descanso en los estudios para viajar, me dieron algo de dinero. Me compré un billete con la vuelta abierta y una mochila grande, y me tomé unas docenas de chupitos. Como Andy y otros dos amigos decidieron apuntarse, improvisamos un plan y concretamos una fecha. No les dije, ni a ellos ni a nadie, que tenía miedo.

Unas horas antes del vuelo, aún estaba haciendo la maleta, tratando de decidir qué camisetas llevarme o si me haría falta una cazadora recia. Emocionado, sí. Me moría de ganas de largarme de Hidden Oaks. Me moría de ganas de largarme de mi cuarto de la infancia, cuyas paredes estaban pintadas para que me diera la impresión de encontrarme en el cielo, rodeado de estrellas. Estaba harto de soñar con lo que había ahí fuera, y me apetecía comprobarlo en primera persona.

Por otro lado, no tenía ni la más remota idea de lo que sucedería. Ya había fracasado en el tenis, y también a la hora de conseguir plaza en una buena universidad. Jugador de tenis mediocre, estudiante mediocre. ¿Qué pasaría si me quedaba en la cuneta en pleno viaje? A saber. Pero seguro que eso sería mejor que el sentimiento de desear no haber nacido.

Albergaba la esperanza de no regresar jamás y no volver a ver nunca más aquellas paredes pintadas como el cielo.

Mis padres no me llevaron en coche al aeropuerto. Me recogió un taxi porque me daba demasiado corte pedir a mis amigos y sus respectivos padres que me acercaran. Era un miércoles por la mañana, mi vuelo salía temprano, y justo estaba amaneciendo. Mi madre con su taza de café, mi padre ya vestido: todos en el recibidor, sobre las relucientes losas, rodeados de espejos. El jarrón de la consola estaba lleno de crisantemos naranjas. El sol naciente se reflejaba contra la araña de cristal del techo, creando un arcoíris sobre la escalera.

El taxi pitó. Mi madre me besó en la mejilla. Mi padre me estrechó la mano.

—Papá, quiero…

—Buena suerte —me interrumpió.

Como no me acordaba de lo que tenía intención de decirle, me marché. Fue la última vez que los vi.

 

Al final no les mentí a los niños. Les dije que sus abuelos habían fallecido en un siniestro accidente de tráfico hacía muchos años.

No entré en detalles, pero por poco. Eso fue gracias a Millicent. Entre los dos, decidimos hasta dónde contar. Para que fuera lo más oficial posible, organizamos un encuentro familiar. Rory y Jenna eran muy pequeños. A lo mejor no estuvo bien, pero en cualquier caso lo hicimos.

Nos sentamos en la sala de estar. Jenna ya tenía puesto el pijama amarillo estampado con globos. A ella le encantaban los globos, y a Rory le encantaba pincharlos. Jenna llevaba su pelo oscuro cortado a la altura de la barbilla, y el flequillo le cubría toda la frente. Sus ojos oscuros asomaban por debajo.

Rory llevaba puesta una camiseta azul y pantalones de chándal. Cuando cumplió siete años, anunció que era demasiado mayor para usar pijama. Millicent y yo pensamos que aquello tampoco era para tanto, y ella dejó de comprarlos.

Me costó mirar sus caritas inocentes y decirles que a veces es mejor que las personas no tengan hijos.

—No todo el mundo debería tener hijos —observé—. Del mismo modo que no todo el mundo es buena persona.

Jenna fue la primera en meter baza.

—Ya me habéis advertido acerca de los desconocidos.

—No todos los miembros de tu familia son buenas personas. O eran buenas personas.

Gestos de extrañeza. Desconcierto.

Hablé durante diez minutos. Eso fue lo que tardé en decir a mis hijos que sus abuelos no habían sido buenos padres.

Caí en la cuenta de la paradoja de lo que había hecho años después, después de lo de Holly y las demás. Algún día, es posible que Rory y Jenna mantengan una conversación con sus hijos y les cuenten lo mismo sobre Millicent y sobre mí.

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