Mi adorada esposa
Capítulo 65
65
No duermo mucho. Una hora después de despertarme, las cadenas de noticias anuncian una rueda de prensa de Claire Wellington. Se me revuelve el estómago con el café mientras espero a que comience. Claire no ha dicho nada positivo todavía, y sé que no lo hará esta mañana.
En la comisaría han colocado un estrado. Está flanqueado por las banderas de Estados Unidos y del estado y rodeado de micrófonos, cámaras y focos. Diez minutos después de la hora prevista, Claire camina hacia el estrado. No lleva puesto un traje de pantalón. Hoy, es una falda azul marino con una chaqueta a juego, del estilo de trajes que usa Millicent, solo que no tan ceñido. De alguna manera, sé que esto es mala señal.
Claire comienza con el retrato robot que ya ha salido a la luz, y pide a los ciudadanos que lo cuelguen en comercios, colegios y edificios públicos, así como en sitios web locales. Aunque cualquiera que no lo haya visto a estas alturas es porque no tiene televisor o internet. O está en coma.
Pero este no es el motivo por el que Claire está dando una rueda de prensa. Esto no es más que su primer acto. La primicia viene a continuación.
«Bien, tengo novedades respecto a las tres mujeres que encontramos en el sótano de la iglesia. Dados los diversos grados de descomposición, su identificación conlleva un proceso minucioso. Por otro lado, les han rebanado las huellas dactilares».
Hace una pausa, respira hondo.
«Pese a las dificultades, el médico y los especialistas en medicina forense han realizado una extraordinaria labor. La primera de estas mujeres ha sido identificada, y se ha informado a su familia. Gracias al arduo trabajo de numerosas personas, esta joven por fin puede descansar en paz».
Antes de decir el nombre de la mujer, aparece una imagen en pantalla.
La conozco.
Jessica.
La cajera de EZ-Go donde me compro el café. Se fue no hace mucho. El tío que la sustituyó dijo que se había ido a estudiar a otro estado. No puedo creer que Millicent la conociera. Millicent no compra café ni nada en EZ-Go.
Seguramente me ha estado siguiendo desde hace mucho más tiempo de lo que yo me figuraba. Millicent siempre ha controlado mis movimientos. Y con quién hablo.
El corazón se me pone a mil por hora ante la idea. Suelto el café.
En la tele, una pantalla dividida muestra a Jessica a un lado y a Claire al otro. La detective aún está hablando, explicando que las otras dos mujeres no han sido identificadas.
Ahora, sé lo que Millicent ha hecho. Ha asesinado a mujeres que yo conocía, con las que pueden vincularme. Tal vez esto forme parte de su encerrona.
O tal vez piense que me acosté con todas ellas.
Quizá ha empleado la táctica de tierra quemada, eliminando a cualquiera que supusiera una amenaza.
Me devano los sesos para averiguar quiénes podrían ser las otras dos. Mis clientas no. Ninguna ha desaparecido recientemente, y, en todo caso, yo estaría al corriente. La gente pudiente no desaparece de buenas a primeras sin que alguien dé la voz de alarma.
Hago un repaso de todas las mujeres que conozco, concretamente de las jóvenes que encajan con el perfil de Owen. Algunas de ellas trabajan en la barra, en el comedor, en la tienda del club. Conozco a todas de vista y he hablado alguna que otra vez con la mayoría. Unas llevan más tiempo allí que otras. Casi todas continúan allí; no están muertas en el sótano de una iglesia.
Excepto una.
Beth.
La alegre Beth, de Alabama, una camarera del club. Jamás tuvimos una aventura; simplemente era una joven agradable, y a veces conversábamos mientras yo comía en el club. Nada más.
Hace poco, se marchó debido a una urgencia familiar en Mobile. El gerente del restaurante me lo dijo. Nadie lo puso en duda. Nadie sospechó que le hubiera ocurrido algo. Nadie se presentó buscándola.
De haber pasado más tiempo, a lo mejor su familia lo habría hecho.
Me levanto y me pongo a caminar de un lado a otro; primero, en la sala de cine, y seguidamente por toda la casa. Arriba, abajo, por todas las habitaciones dando vueltas en círculo.
Otra.
Millicent asesinó a una tercera mujer. Como nadie más ha desaparecido —que yo sepa—, me pregunto si se tratará de Petra. Teniendo en cuenta que Annabelle y los camareros pueden identificar a Tobias, ¿por qué no deshacerse de ella?
Una llamada telefónica me saca de mi estado de pánico. El único que tiene mi nuevo número es Andy.
—Eres tú —dice. No menciona el retrato robot de la policía y no hay necesidad de ello.
Asiento con el teléfono en la mano, como si él pudiera verme.
—Esto es lo que te decía. Me ha tendido una trampa.
—Sí, hasta ahí de acuerdo. Pero te quedaste corto al trasmitirme la magnitud de su furia.
—Dije que mejor que no supieras nada más. Te lo advertí.
—¿Cómo es posible que esté haciendo esto?
De nuevo, me dan ganas de sincerarme, pero no puedo. Tampoco tengo una buena respuesta.
—Si lo supiera, se lo diría a la policía.
Él suspira. Justo antes de colgar, dice:
—Maldita sea.
Y aún tiene la tableta de Millicent.
Me paso todo el día viendo las noticias, registrando mi ordenador portátil y buscando a mis hijos en internet. Mi búsqueda no aporta nada nuevo; únicamente viejos artículos del periódico local sobre el equipo de Jenna o Rory en un campeonato de golf.
Miro las fotos que hice de la casa. Me da la impresión de que son de hace siglos, de la época en la que yo tenía una vida que ahora se me antoja un sueño.
Es de noche. Estoy junto a la piscina, dando vueltas alrededor de ella. Si Kekona tuviera vecinos, pensarían que estoy chiflado, cosa que puede ser, pero no hay ninguno en las inmediaciones. Como no hay un alma, me zambullo, con ropa y todo, y permanezco sumergido hasta que no aguanto más. El aire me conmociona al emerger a la superficie. Me espabila y a la vez me calma.
Salgo de la piscina y me tiendo en el patio, con la mirada perdida en el cielo, procurando no plantearme hasta qué punto puede empeorar la situación.
Mi vida está patas arriba, y debería sentirme indignado. Creo que hay un rescoldo de rabia, avivándose bajo la superficie, un cúmulo de tristeza y desengaño, de remordimiento, vergüenza y horror. Todo aflorará, y todo me sobrepasará, pero aún no. No hasta que averigüe cómo salir de este atolladero.
Y recuperar a mis hijos. Me quedo dormido pensando en ellos. Solo en nosotros, no en Millicent.
El sol y los pájaros me despiertan. Se respira tanta paz en la casa de Kekona, es muy fácil fingir que el resto del mundo no existe. Entiendo por qué rara vez sale de los Oaks. ¿Por qué iba alguien a desear salir de aquí para volver a la realidad por voluntad propia? Yo no, a no ser que no tuviera más remedio.
Finalmente, vuelvo dentro y pongo la tele.
Yo.
Estoy en esa pared, con la mirada clavada en mí mismo. Mi imagen cubre la pantalla, y mi nombre aparece debajo, junto a un rótulo:
SE BUSCA
A pesar de que lo anticipaba, caigo de rodillas al suelo.
Qué rapidez. Mi vida entera se ha ido al traste en menos de una semana. De no estar pasándome a mí, me parecería imposible.
La voz de Josh me hace alzar la vista. Está hablando como un loro, como siempre, pero hoy no ejerce de periodista. Como nos conocimos en el First Street Bar & Grill, es el protagonista de la entrevista. La estrella.
Casi todo lo que dice es mentira, y me quedo corto. Que yo lo abordé. Que le pregunté por el caso. Que le rogué que me diera los nombres de sus fuentes. Se salta la parte en la que se emborracha, tilda de zorra a Claire Wellington, se queja de que contaba con información y que la compartió conmigo, pero que no podía sacarla a la luz.
«Entiendo que la policía esté intentando localizar a este hombre, y quizá no pase de ahí. Yo solo puedo describirte lo que sentí. ¿Sabes esa sensación que tienes cuando algo te da mal rollo, como que salta una alarma en tu cabeza diciéndote que te largues? Esa es la sensación que me causó ese tío».
Su comentario es lo bastante inquietante como para hacerme parecer culpable, a pesar de que Josh no se encontraba en condiciones de percatarse de nada cuando lo conocí.
Tengo ganas de volver a ponerle la batería a mi verdadero teléfono. Para ver si los niños me han enviado algún mensaje, si están preocupados, si creen lo que se está diciendo de mí. O para ver cuántas veces ha llamado por teléfono la policía.
En vez de eso, estoy solo, atrapado en la preciosa casa de Kekona sin nadie con quien hablar.
Hasta que llaman por teléfono. Andy.
Descuelgo, pero no digo nada. Él se pone a hablar automáticamente.
—Esos crímenes afectaron mucho a Trista. Casi me alegro de que no pueda ver cuántas víctimas hay.
Si Trista siguiera viva, sabría que Owen no asesinó a estas mujeres. Y no tendría motivos para suicidarse. Me guardo esto para mis adentros.
—Lo recuerdo —digo—. Ella hablaba de ello en el club.
—Pero tú no lo hiciste.
—Yo no asesiné a esas mujeres. —Cierto. Solo maté a Holly, y nadie la encontró.
—Si descubriera lo contrario…
—Llama a la policía —le interrumpo—. Delátame.
—Iba a decir que yo mismo te mataría.
Respiro hondo.
—Hecho.
—He conseguido entrar en la tableta. ¿Me puedes decir dónde estás?
—Por tu propio bien, más te vale…
—No saberlo —apostilla—. Lo he pillado.
Quedamos en otro aparcamiento, no en el de la puerta de Golden Wok. Me camuflo con una gorra de béisbol y gafas de sol, y llevo barba de dos días. No es gran cosa, pero nadie va a seguirme la pista en el todoterreno de Kekona. Salgo por la puerta trasera de Hidden Oaks para eludir a los vigilantes.
Ha oscurecido, porque no pienso salir a plena luz del día. Tampoco dejaré que Andy vea el coche o la matrícula, así que aparco a dos manzanas y camino hasta el aparcamiento. Él está fuera de su camioneta, con la tableta de Millicent en la mano. No hay ningún otro vehículo a la vista, ni luces encendidas. El aparcamiento pertenece a una tienda de repuestos para coches sellada con tablones.
Andy está un pelín más erguido que la última vez que lo vi. Tiene la barbilla levantada.
—Todo el maldito condado anda buscándote —dice.
—Sí, ya.
Andy se da la vuelta, coloca la tableta encima del capó y la mantiene derecha con la mano.
—Como me digas que has fracasado, dejaré de creer que eres un genio —comento.
—Yo jamás fracaso. Pero no sé si esto te servirá de algo. —Desliza el dedo por la pantalla, que se ilumina con un teclado numérico—. Nueva clave. Seis-tres-siete-cuatro. Primero, las malas noticias. Debe de haberse dado cuenta de que te llevaste esto, porque ha borrado todo de la nube.
—Cómo no.
—No pasa nada: hay buenas noticias. Ella tenía información almacenada en el disco duro. A eso no tuvo acceso.
Me enseña unas cuantas fotos. Un par de los niños, varias de casas a la venta y una instantánea de una lista de la compra.
Meneo la cabeza. Todo es demasiado prosaico para ser de utilidad.
—Le gustaban los juegos —señala Andy. Abre unos cuantos juegos de Match 3 y crucigramas.
Cualquier esperanza que yo albergara se apaga como una hoja mustia. Por supuesto que no hay nada en la tableta. Millicent jamás cometería semejante estupidez.
—También he encontrado unas cuantas recetas —dice, al tiempo que abre unos archivos en PDF.
—Champiñones rellenos, ¿eh?
—El humus de espinacas tiene buena pinta.
Suspiro.
—Eres un gilipollas.
—Oye, que es tu mujer —dice—. Por último, pero no menos interesante, sus búsquedas en internet y las páginas que visitó. Ella limpió el historial, pero he recuperado la mayor parte, por si acaso hay algo que valga la pena.
No mucho. Más recetas, webs médicas sobre fracturas en las muñecas y dolores de estómago, el calendario escolar online y un puñado de sitios web de inmobiliarias.
—Ningún cuchillo ensangrentado —digo.
—Por lo visto no.
Suspiro.
—No es culpa tuya. Gracias por intentarlo.
—Me debes la vida, ¿sabes? —dice.
—Si no me encierran de por vida.
Me da un abrazo y acto seguido se aleja en su vieja camioneta.
Me quedo solo de nuevo, sin ninguna prisa por llegar a la casa de Kekona. Hasta una casa grande puede resultar agobiante.
En vez de irme, cojo la tableta y reviso todos esos sitios web de inmobiliarias que visitó. Nadie es perfecto, me digo para mis adentros. Ni siquiera Millicent. De alguna manera, en algún momento, cometió un error.
Cuando lo descubro tengo los ojos prácticamente inyectados en sangre.
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