Mi historia

Rosa Parks · Capítulo 12 de 13

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Mi historia

11. Nos mudamos a Detroit

 

No me quedé mucho tiempo en Montgomery después del fin del boicot a los

autobuses. Mi hermano organizó la mudanza, porque le preocupaba mucho

nuestra seguridad si permanecíamos en Alabama. Ciertamente, sufrimos

acoso.

Las llamadas telefónicas amenazantes prosiguieron incluso después de la

decisión del Tribunal Supremo. Durante un tiempo, mi marido durmió con

una pistola al lado. Bertha Butler, una buena amiga nuestra en Montgomery,

dice que había noches en que mi madre la llamaba y tenía largas

conversaciones con ella, para que la línea comunicara durante un buen rato y

las llamadas de odio no pudieran pasar. Una vez, cuando estaba en la calle, un

hombre blanco me reconoció y me hizo un comentario agresivo. Mi fotografía

había salido en los periódicos y era muy improbable que pudiera volver a

tener un trabajo normal en una empresa blanca en Montgomery.

Mi hermano, que se había mudado a Detroit después de la Segunda

Guerra Mundial, no volvió nunca a Alabama. Ni una sola vez. Nos dijo que

nos ayudaría a instalarnos en Detroit, así que nos trasladamos allí en 1957.

Para entonces, las llamadas de odio casi habían cesado, pero pensamos que

nuestra vida sería mejor en Detroit.

El día antes de que nos marchásemos, nuestros amigos de Montgomery

organizaron un evento para nosotros y recaudaron algo de dinero como regalo

de despedida. Fueron unos ochocientos dólares y les estuvimos muy

agradecidos, porque no teníamos demasiado dinero. Mi hermano Sylvester

nos había alquilado un apartamento en un piso alto en Euclid Avenue, en

Detroit, y mi marido, mi madre y yo nos trasladamos allí.

Yo seguía viajando y haciendo apariciones. Aproximadamente un mes

después de llegar a Detroit, viajé a Boston, Massachusetts. Allí conocí al

presidente del Instituto Hampton, una facultad negra en Hampton, Virginia.

Me preguntó si aceptaría un trabajo como recepcionista de la Holly Tree Inn,

que era la residencia y casa de invitados en el campus. Me encargaría de los

huéspedes ajenos al campus y también de los hombres y mujeres, profesores y personal, que vivían allí. Cuatro mujeres trabajaban a media jornada para

limpiar las habitaciones y yo las supervisaría. Acepté el trabajo en Hampton

con la esperanza de que también hubiera un sitio para mi marido y mi madre,

pero no pudo ser y ellos se quedaron en Detroit. Ninguno estábamos bien,

aunque a Parks le fueron bastante bien las cosas y estudió para obtener su

licencia de barbero mientras yo estuve fuera. El estado de Míchigan exigía

que los barberos tuvieran licencia para poder trabajar. Encontró trabajo como

profesor y encargado de mantenimiento en una escuela para barberos.

También se registró como votante por primera vez en su vida. Yo me sentía

sola y no me gustaba estar alejada de mi familia.

Estaba en el Instituto Hampton cuando Martin Luther King Jr. fue

apuñalado en Nueva York en verano de 1958. Recuerdo que estaba leyendo

Marcha hacia la libertad, su primer libro, en un ejemplar que me había

autografiado personalmente cuando lo oí en las noticias. Había estado

firmando ejemplares de ese libro en una biblioteca de Nueva York cuando

una mujer enajenada se le acercó y lo apuñaló. Estaba ingresado en el hospital

en estado muy crítico.

Fue un golpe terrible para mí. Perdí los nervios y lloré. Me alegré mucho

cuando supe que la operación había sido un éxito y que se iba a recuperar.

Me resultó muy difícil vivir sola esa experiencia. Además, mientras

estuve en Hampton tampoco estuve demasiado bien de salud. Durante las

vacaciones de Navidad volví a casa, en Detroit, y acudí al médico para una

operación quirúrgica menor. Pregunté en Hampton para ver si podía encontrar

alojamiento para los tres y conseguir a mi marido un empleo en la barbería

para negros local, pero no conseguí ni lo uno ni lo otro. En el anexo de la

Holly Tree Inn había un apartamento y solicité que me dejaran usarlo, pero

nunca me autorizaron a ello. No me dijeron exactamente por qué, aunque creo

que querían reservarlo para el personal docente.

Mi marido y mi madre me echaban mucho de menos y a mí se me hacía

muy cuesta arriba quedarme en Hampton sola y preocupada por ellos. En

Hampton deseaban sinceramente que me quedara y marcharme me producía

sentimientos encontrados, porque el trabajo me gustaba y el campus era

precioso. Pero sentí que tenía que volver a Detroit.

De nuevo en Detroit, trabajé en casa de una amiga costurera y luego en

una pequeña fábrica textil en el lado oeste de la ciudad. En 1961, nos

mudamos a un piso más bajo en Virginia Park.

Seguía viajando bastante para hablar del boicot a los autobuses y del

movimiento de derechos civiles, que ahora ya era muy activo. El doctor King y otros ministros habían formado la Conferencia Sur de Liderazgo Cristiano

(SCLC) para luchar contra la segregación en otras áreas de la vida en el sur.

Volví al sur para asistir a las convenciones de la SCLC y también estaba allí

cuando se convocaban manifestaciones o marchas multitudinarias.

Recuerdo una convención de la SCLC en concreto. Se celebró en

Birmingham, Alabama, una de las ciudades donde la segregación era más

intensa. Allí fue donde los blancos bombardearon una iglesia y mataron a

cuatro niñas negras. Estaba sentada entre el público, cerca del escenario. El

doctor King estaba clausurando la convención con varios anuncios cuando, de

repente, un hombre blanco saltó al escenario de entre el público y le propinó

al doctor King un puñetazo en la cara con tal fuerza que lo hizo girar. Pilló a

todo el mundo desprevenido y, antes de que nadie pudiera hacer nada al

respecto, el hombre volvió a golpear al doctor King, que intentaba protegerse

de los golpes. Entonces, de repente, el doctor King se volvió hacia el hombre

y dejó caer las manos. El hombre blanco se quedó tan sorprendido que se lo

quedó mirando un instante, suficiente para que el reverendo Wyatt Tee

Walker y otros se interpusieran.

Entonces, el doctor King gritó: «¡No lo toquéis! ¡Recemos por él!», y

empezó a hablar en voz baja al hombre y le siguió hablando mientras se lo

llevaban poco a poco del escenario. Parecía que se esforzaban más en

tranquilizar al hombre que en atender al doctor King.

Me dirigí a la zona detrás del escenario y le ofrecí dos aspirinas y una

Coca-Cola, mi remedio para el dolor de cabeza, mientras él se sujetaba un

pañuelo lleno de hielo sobre la cara. Más adelante, explicó ante la convención

que había hablado con el hombre y que este pertenecía al Partido Nazi

Americano. El Partido Nazi Americano es una organización muy racista. Sin

embargo, el doctor King se negó a presentar cargos contra él. Para muchos de

nosotros, eso fue la prueba de que el convencimiento del doctor King respecto

a la no violencia era tan sólido que superaba incluso a su instinto de

protegerse de los ataques.

También asistí a la marcha a Washington de 1963 para exigir leyes

federales que protegieran los derechos civiles. A las mujeres no nos

permitieron desempeñar un papel relevante. El comité organizador de la

marcha no quiso que Coretta Scott King ni el resto de las esposas de los

líderes varones marcharan junto a sus maridos. Así que organizaron una

procesión separada para ellas. Tampoco había oradoras en la programación, la

misma en la que el doctor King pronunció su célebre discurso «Tengo un

sueño» frente al Monumento a Lincoln.

Sí que hubo un «Tributo a las mujeres», en el que A. Philip Randolph, uno

de los organizadores de la marcha y el fundador de la Hermandad de los

Conserjes de Coches Cama, presentó a algunas de las mujeres que habían

participado en la lucha, y yo fui una de ellas. Otra fue Josephine Baker, la

bella bailarina y cantante que había pasado la mayor parte de su vida en

Europa, pero que había defendido los derechos civiles cuando estuvo en los

Estados Unidos. Voló desde París solo para asistir a la marcha. Marian

Anderson cantó «He’s Got the Whole World in His Hands» y Mahalia

Jackson cantó «I’ve Been ‘Buked and I Been Scorned». Según recuerdo, las

que no cantamos no pudimos decir nada, excepto Lena Horne, a la que

presentaron y proclamó a voz en grito: «¡Libertad!». Ahora, las mujeres no

tolerarían que las relegaran de este modo, pero, entonces, los derechos de las

mujeres aún no eran tan populares.

Hablé en la séptima convención anual de la SCLC en Richmond, Virginia,

el mes siguiente. Otras personas hablaron acerca del movimiento de derechos

civiles en otras ciudades. A esas alturas, la población negra de las ciudades y

los pueblos en todo el sur se había organizado y protestaba contra la

segregación.

El movimiento en defensa de los derechos civiles ejerció un efecto muy

profundo. Aunque no cambió la manera de sentir y de pensar de muchos

sureños blancos, sí que marcó una gran diferencia para los políticos de

Washington DC. El presidente entonces era Lyndon Baines Johnson, que

había nacido y crecido en Texas. Fue él quien impulsó la Ley de Derechos

Civiles de 1964, la legislación más amplia promulgada desde el final de la

guerra de Secesión. El objetivo de la ley era garantizar el derecho de los

negros a votar y a usar alojamientos públicos y ordenaba al Gobierno federal

procesar a quienes no obedecieran la ley. Cuando firmó la ley para que se

hiciera efectiva, Johnson dijo: «Venceremos», aludiendo a «We Shall

Overcome», una canción que habíamos cantado en múltiples ocasiones

durante el boicot al autobús de Montgomery y que los defensores de los

derechos civiles, tanto negros como blancos, habían cantado también muchas

veces durante la lucha que siguió.

La Ley de Derechos Civiles de 1964 no resolvió todos nuestros

problemas, pero sí que ofreció a la población negra cierta protección y un

modo de reparar las injusticias que pudiéramos sufrir. Quedaban más

derechos civiles que conseguir y el movimiento por los derechos civiles

continuó.

A principios de 1965, el doctor King y la SCLC decidieron organizar una

campaña de manifestaciones en Selma, Alabama, donde no estaban teniendo

demasiado éxito a la hora de conseguir que los ciudadanos negros se

registraran para votar. Decidieron llenar las cárceles haciéndose arrestar

deliberadamente y eso irritó a la policía local. A principios de febrero, el

sheriff de Selma, Jim Clark, y sus hombres rodearon a un grupo de unos

ciento cincuenta niños que se estaban manifestando en el centro de la ciudad.

Los echaron de la ciudad en grupo, como si fueran ganado, y los hicieron

trotar por caminos rurales mientras los azuzaban con picanas eléctricas para

obligarlos a mantener el ritmo. La escena fue retransmitida por televisión y

los activistas de los derechos civiles se enfurecieron. Gente de todos los

rincones del país se dirigió a Selma y el doctor King decidió organizar una

marcha multitudinaria de Selma a Montgomery, que estaba a unos ochenta

kilómetros de distancia. Se programó para el 7 de marzo de 1965.

La SCLC solicitó una autorización para la marcha y obtuvo permiso para

desplazar a un máximo de trescientos participantes por los tramos de dos

carriles de la autopista 80 entre las ciudades. En los tramos de cuatro carriles,

más próximos a Selma y a Montgomery, podía haber un número ilimitado de

manifestantes.

Los participantes salieron de Brown’s Chapel, en Selma, en domingo, y

hasta la noche del miércoles no llegaron a las afueras de Montgomery. La

marcha estaba muy organizada. En los tramos en los que la autopista 80 tenía

cuatro carriles habría hasta tres mil personas, pero en los de dos carriles no

superarían las trescientas. Los organizadores montaron puntos de acampada y

prepararon abundante comida y ropa. Personas como Dick Gregory, el

cómico famoso por sus huelgas de hambre para llamar la atención sobre los

derechos civiles y la pobreza, y Harry Belafonte, el cantante, entretenían a los

manifestantes cuando se detenían para acampar por la noche. Incluso

repartieron chaquetas de distintos colores para identificar a las personas que

habían hecho el recorrido completo desde Selma.

El jueves era el día de la marcha definitiva hasta el edificio del Capitolio y

ese fue el día en que me incorporé a la marcha. En ese tramo hubo muchas

personas importantes, pero el señor E. D. Nixon no fue una de ellas. No

promovió la marcha en absoluto, no le parecía una buena idea. Se quedó

mirando desde fuera. Creo que estuve junto a él un rato, en una de las

ocasiones en que me expulsaron.

La marcha de Selma a Montgomery. De izquierda a derecha: Rosa, el reverendo David

Abernathy, la señora Juanita Abernathy, el embajador Ralph Bunche, Martin Luther King Jr.,

Jean Young, Coretta Scott King y el reverendo L. V. Reese. (Fotografía de Elaine

Tomlin/Gentileza de la SCLC.)

 

Participar en la marcha fue una experiencia muy extraña. A mí me daba la

impresión de que hacía muy poco que me había ido de Alabama, pero durante

el tiempo que llevaba fuera habían crecido muchos jóvenes. No sabían

quiénes eran y yo no les importaba en absoluto, porque no me conocían. Al

parecer, los manifestantes del último tramo tenían que llevar chaquetas, o

ropa, de un color determinado y yo no iba vestida con el color adecuado. Me

empujaban constantemente para sacarme de la marcha diciéndome que yo no

podía estar allí. Me sacaron unas tres o cuatro veces. Cada vez que me

expulsaban, me quedaba al lado, mirando, hasta que alguien pasaba y me decía: «Señora Parks, vamos, entre en la manifestación». A lo que yo

respondía: «Ya estaba dentro, pero me han sacado fuera». Entonces, decían:

«Bueno, pues venga y camine junto a mí esta vez».

Recuerdo que anduve durante un rato con Lillian, la esposa de Dick

Gregory. También anduve con Odetta, la cantante de góspel. Sin embargo,

por algún motivo no pude quedarme con ellos o no podía seguir su ritmo, y al

final algún joven me acababa sacando fuera. De todos modos, yo volví a

incorporarme una y otra vez y avancé como pude hasta recorrer los trece

kilómetros hasta el Capitolio.

Cuando llegamos al centro, alguien me hizo avanzar hasta la primera fila

y me hicieron una foto con Roy Wilkins, el director de la NAACP, Ralph

Bunche, el primer afroamericano en ganar un premio Nobel de la paz, y otras

personas importantes. De todos modos, lo que más recuerdo de la marcha es

haber sido expulsada de ella.

Lo otro que recuerdo de ese día es que, cuando llegamos al Capitolio,

había mucha gente blanca hostil que nos gritaba y abucheaba. Sí, habíamos

integrado los autobuses, pero en Montgomery aún quedaba mucho trabajo por

hacer si queríamos que las dos razas vivieran en paz.

Entonces nos enteramos del asesinato de la señora Viola Liuzzo. Era de

Detroit, aunque yo no la conocía. Era un ama de casa blanca con convicciones

muy firmes acerca de los derechos civiles que había decidido conducir hasta

Alabama para ayudar en la marcha de Selma a Montgomery. Ella y un joven

voluntario negro estaban cruzando el condado de Lowndes de camino a

Montgomery, para ayudar a los manifestantes a regresar a Selma, cuando un

coche lleno de miembros del Ku Klux Klan se les acercó y la mató de un tiro.

La noche anterior había tenido un sueño muy extraño y no había podido

dormir demasiado. Sufría de insomnio ocasional desde pequeña y esa fue una

de las noches en que tuve dificultades para conciliar el sueño. Cuando por fin

lo conseguí, tuve un sueño muy raro. Mi marido y yo estábamos en un campo,

en algún lugar, y había un cartel enorme delante de nosotros. Vi que había

alguien armado e intenté decirle a mi marido: «Parks, corre y escóndete,

podrían dispararte». Entonces, un hombre vestido con un mono de tejido

vaquero (no lo conocía) salió desde atrás del cartel. Yo estaba en un extremo

y él en el otro y me apuntó con la escopeta para dispararme. Entonces me

desperté. Encendí la televisión y fue así como supe que habían disparado a la

señora Liuzzo.

El presidente Lyndon B. Johnson (dcha.) con (desde la izda.): el congresista Walter Fauntroy,

Martin Luther King Jr. y el reverendo Ralph David Abernathy, después de la ratificación de la

Ley de Derecho al Voto en 1965. (Fotografía de Y. R. Okamoto/Gentileza de la Biblioteca

LBJ.)

 

Supongo que fue una especie de premonición, porque recuerdo haber pensado

que algo no iba bien. Aunque la marcha había terminado, sentí que algo iba

mal. Ella era de Detroit y, por algún motivo, nadie había caído en avisarla de

que por la noche no podía ir arriba y abajo en el coche acompañada de negros.

Era algo escandaloso, pero, en el sur de entonces, era una de las cosas que una

daba por sentadas.

Asistí al funeral de Viola Liuzzo y conocí a su marido y a sus hijos.

En agosto de ese mismo año, 1965, el presidente Johnson ratificó la Ley

de Derecho al Voto. Establecía que las personas negras a quienes los

funcionarios locales negaran la posibilidad de registrarse para votar podrían

hacerlo ante examinadores federales. Fue otra ley que ayudó a la población

negra del sur, una ley muy importante.

Ambas leyes fueron el resultado directo de las protestas no violentas de

personas negras y de las personas blancas que las apoyaban. El doctor King

creía firmemente en el concepto de no violencia. Había leído mucho acerca de cómo Mohandas Gandhi había usado las manifestaciones no violentas en la

India para lograr la independencia de Gran Bretaña. Gandhi dijo que no se

debía responder a la violencia con violencia y el doctor King dijo que no se

debía ser violento, y creo que ese fue el único motivo por el que los

afroamericanos pudieron lograr tantas victorias contra la segregación.

Cuando pienso en mi infancia y en los problemas que tuvimos, me doy

cuenta de que no sabíamos nada acerca de la no violencia, a pesar de que no

hacíamos nada que pudiera provocar nuestro linchamiento. Siempre pensamos

que si hablábamos de forma violenta y decíamos lo que haríamos si nos

hacían algo, conseguiríamos más que con la no violencia. Antes he explicado

lo que mi madre me dijo cuando era muy pequeña, pero nunca pude aceptar

que me empujaran, aunque pudiera costarme la vida. Me criaron para que me

sintiera orgullosa de mí misma y defenderme con agresividad me había

funcionado bien. Sé que mi marido dijo que, cuando él era adolescente, o

incluso ya un hombre joven en su ciudad natal al este de Alabama, tampoco

había sabido nada de la no violencia. Sabía que tenía que hablar con mucho

aplomo si quería protegerse.

La mayoría de las personas negras de Montgomery pensaban de un modo

parecido. A título personal, era fácil confundir la no violencia con la cobardía.

El concepto de la acción no violenta multitudinaria era nuevo y muy

controvertido. Había quien pensaba que era demasiado arriesgado y que solo

conseguiría provocar más violencia. Nadie lo había intentado antes en los

Estados Unidos. Yo había leído acerca de Gandhi en la India, pero nunca

había aplicado su filosofía a nuestras protestas individuales. Sin embargo,

cuando la población negra de Montgomery al completo se unió de un modo

no violento, vi que la estrategia podía tener éxito. También lo tuvieron las

otras protestas en los días en que la lucha era contra la segregación.

Ni siquiera hoy soy una defensora absoluta de la no violencia en todas las

situaciones. Sin embargo, creo firmemente que el movimiento en defensa de

los derechos civiles de las décadas de 1950 y 1960 nunca habría tenido tanto

éxito sin el doctor King y su fe absoluta en la no violencia.